
«La novela policíaca», afirmaba Bertolt Brecht, «al igual que el mundo mismo, la gobiernan los ingleses».
Bueno, tenía razón en lo primero, pero los novelistas policíacos británicos de los años 20 y 30 —el periodo bautizado como Edad de Oro de la novela policíaca por John Strachey, compañero comunista de Brecht— podrían haber discrepado sobre quién gobernaba realmente el mundo. Sospechaban que había otro orden del día completamente distinto. «El oro bolchevique está entrando en este país con el propósito específico de provocar una revolución», afirma el señor Carter, un alto cargo de los servicios de seguridad en The Secret Adversary [El adversario secreto, también traducido como El misterioso señor Brown] (1922), de Agatha Christie.
Christie, fallecida hace cincuenta este mes, es reconocida internacionalmente como la Reina del Crimen. De hecho, está reconocida legalmente como tal: la frase ha sido registrada como marca comercial por sus herederos, y cualquiera que se anuncie con ese título probablemente reciba una carta de cese y desistimiento («sorprendentemente lamentable», dijo Val McDermid, cuando recibió la advertencia en 2022). Es la escritora de ficción más vendida del mundo (se estima que ha vendido entre dos mil y cuatro mil millones de libros) y una de las más adaptadas: prácticamente todas sus 66 novelas policíacas han llegado a la pantalla, al teatro o a la radio. La adaptación de Netflix de The Seven Dials Mystery [El misterio de las siete esferas] es sólo la última. Tradicionalmente, estas adaptaciones eran asuntos cordiales. Más recientemente, han intentado ser atrevidas, pero pocas han aprovechado el contenido político de los libros originales, en particular los de su juventud. Lo cual es una lástima, aunque solo sea porque, en una época en la que las teorías conspirativas vuelven a ser tristemente comunes, sería bueno recordar lo frecuentes —y lo erróneas— que eran hace un siglo.
En The Secret Adversary (1922), su segunda novela, una encantadora pareja de aficionados, Tommy y Tuppence, frustra una conspiración internacional para acabar con la civilización occidental. La novela se escribió en una época de agitación económica. En 1921 se produjo una grave recesión —«uno de los peores años de depresión desde la Revolución Industrial», según escribió The Economist— acompañada de una ola de huelgas: se perdió más del doble de días laborables por acciones sindicales que en cualquier año anterior. Más alarmante aún era el temor a que los exmilitares desempleados se inspirasen en las revoluciones de Rusia e Irlanda. Mientras tanto, los liberales se estaban viendo suplantados por el ascenso aparentemente inexorable del Partido Laborista.
En la historia de Christie, el Sr. Carter explica que, por desastroso que pudiera ser un gobierno laborista, ellos no eran el verdadero problema. Ni siquiera los comunistas. Hay alguien más atrás, en las sombras. «Los bolcheviques están detrás de los disturbios laboristas, pero este hombre está detrás de los bolcheviques». Nadie conoce su identidad. «Pero una cosa es segura: es el maestro criminal de esta época».
De manera similar, en The Big Four [Los cuatro grandes] (1927), Hércules Poirot lucha contra la conspiración que se esconde detrás de «los disturbios mundiales, los problemas laborales que acosan a todas las naciones y las revoluciones que estallan en algunas». Su alcance es global. «En Rusia, como sabes, había muchos indicios de que Lenin y Trotsky no eran más que marionetas cuyas acciones dictaba otra mente». Tal como dice Poirot: «Su objetivo es dominar el mundo».
Esto era algo característico de la ficción popular de la época. El héroe de suspense más importante de los años veinte era Bulldog Drummond, que luchaba contra su supervillano enemigo en una serie de novelas, obras de teatro y películas de Sapper (seudónimo de H. C. McNeile). Una vez más, hay una organización internacional que controla la política de izquierdas en Gran Bretaña. «Desde la guerra, vosotros, reptiles venenosos, habéis estado trabajando para provocar disturbios internos en este país», le dice Drummond a un diputado laborista en The Black Gang [La banda negra] (1922). «Ni uno de cada diez de entre vosotros cree en lo que predica: vuestra fuerza motriz es el dinero y vuestro propio progreso».
La idea de que el Partido Laborista era un compañero de viaje era algo común. Dorothy L. Sayers, otra escritora considerada reina del crimen, presentó en Clouds of Witness [Nube de testigos] (1926) el Club Soviético de Londres, donde hay mucho entusiasmo por la presencia del líder laborista, que «va a pronunciar un discurso sobre la conversión del Ejército y la Marina al comunismo».
Quizás este tema recurrente pueda verse como un intento de comprender la escala y el horror, por lo demás incomprensibles, de la Primera Guerra Mundial y su impacto social. Cuando las cosas habían ido tan mal, era necesario creer que podía haber una causa subyacente al descontento. «Detrás de todas las creencias del mundo, el cristianismo, el budismo, el Islam y el resto, se esconde una antigua adoración al diablo», argumenta el carismático villano de The Three Hostages [Tres rehenes] (1924), de John Buchan. Ahora que «la guerra había resquebrajado la fachada en todas partes, lo auténtico estaba saliendo a la luz», sobre todo en el auge del comunismo. Su intención es explotar el desorden moral para hacerse con el poder.
Fantasioso, por supuesto, incluso risible. Pero la idea de una mano oculta que manipula la política tuvo su impacto, preparando el terreno a los sucesos de la vida real. La caída del primer gobierno laborista en 1924 se desencadenó por las acusaciones sobre la influencia ejercida por el Partido Comunista de Gran Bretaña. En la campaña electoral posterior, el Daily Mail presentó las pruebas: una carta supuestamente enviada por Grigori Zinóviev, jefe ruso de la Internacional Comunista, en la que ordenaba al PCGB «agitar a las masas del proletariado británico». Se alegó que existía una clara cadena de mando. «Moscú da órdenes a los comunistas británicos», escribía el Mail, «y los comunistas británicos, a su vez, dan órdenes al gobierno socialista, que las obedece dócil y humildemente».
Era algo totalmente falso —y la carta misma de Zinóviev era una falsificación—, pero la sospecha de que existía algún tipo de influencia bolchevique ya estaba bien arraigada. La acusación de lealtad a una potencia extranjera era precisamente algo sobre lo que habían advertido las novelas de suspense de Agatha Christie y Sapper, y sus numerosos lectores reconocieron el peligro. El resultado fue que los votantes liberales desertaron en masa hacia los conservadores, decididos a mantener fuera a los socialistas, de modo que, aunque el Partido Laborista aumentó su porcentaje de votos, su número de diputados disminuyó. Se aprendió la lección y, cuando se produjo la huelga general de 1926, el Congreso de Sindicatos (TUC) se apresuró a negar cualquier influencia externa, comunicando a la prensa que un cheque enviado desde Moscú, «por varios miles de libras», se había devuelto sin cobrar.
A partir de entonces, la atención prestada a la subversión comunista se desvaneció un poco, fusionándose con una sospecha mucho más antigua en torno a Rusia. La novela A Man Lay Dead [Un hombre muerto] (1934), de Ngaio Marsh, presentaba una hermandad secreta rusa «de asombrosa antigüedad» que, en la época de Pedro el Grande, «practicaba diversos ritos indecentes y horribles, basados en una especie de monacato invertido». Más recientemente, se había convertido en una organización política prosoviética, aunque conservaba su afición por «las representaciones eróticas y las mutilaciones».
En The Devil Rides Out [La novia del diablo] (1934), Dennis Wheatley fue más allá e identificó al verdadero cerebro que había provocado la guerra. «El monje Rasputín era el genio malvado detrás de todo», explica nuestro héroe. «Era el mayor mago negro que el mundo había conocido a lo largo de los siglos. Fue él quien encontró una de las puertas por las que dejar salir a los cuatro jinetes para que se deleitaran en la sangre y la destrucción».
Sin embargo, en términos más generales, los detectives y los héroes de las novelas de suspense centraron su atención en otros temas. Tras el crac de Wall Street en 1929 y la consiguiente Depresión, se puso de moda en la novela negra la figura del financiero indiferente y el empresario rapaz. Estos parecían amenazas más acuciantes para el bienestar de la nación. La literatura popular era popular precisamente porque reflejaba los miedos y las preocupaciones de sus lectores.
En The Smart Detective [“Un detective listo”] (1933), de Leslie Charteris, Simon Templar (alias el Santo) recibe la visita de una mujer que trabaja para «Oppenheim, el dueño de los talleres clandestinos». Ella describe el sistema: «Trabajo con otras cincuenta chicas en un ático del East End. Trabajamos diez horas al día, seis días a la semana, cosiendo. Si eres hábil y rápida, puedes hacer dos piezas al día. Te pagan un chelín por pieza». Oppenheim, por el contrario, acaba de comprar una colección de esmeraldas por un cuarto de millón de libras. «Es una de esas cosas por las que a veces te dan ganas de hacerte comunista». Se pueden encontrar variaciones sobre este tema en obras como Death of a Banker [“Muerte de un banquero”] (1934), de Arthur Wynne; Death of the Board [“La muerte de la Junta”] (1937), de John Rhodes; There’s Trouble Brewing [“Está difícil destilarlo”] (1937), de Nicholas Blake, y Murder Pays No Dividends [“El asesinato no reparte dividendos”] (1938), de Gathorne Cookson.
Y en One, Two, Buckle My Shoe [La muerte visita al dentista] (1940), de Agatha Christie, en la que Alistair Blunt es el director de «la mayor entidad bancaria de Inglaterra». De él depende la estabilidad económica que ha mantenido al país libre en una época de dictadores. Es, según otro personaje, «la respuesta a sus Hitlers, Mussolinis y todos los demás», y Blunt tiende a estar de acuerdo: «He hecho algo por Inglaterra, señor Poirot. La he mantenido firme y solvente. Está libre de dictadores, del fascismo y del comunismo».
Pero esta es la Reina del Crimen en su madurez, y el mensaje es más sutil que en las primeras novelas de suspense conspirativas. Por muy sólida que sea su economía, Blunt es un asesino e intenta convencer a Poirot de que no se le puede hacer responsable. Si le detienen, afirma, «muchos malditos idiotas intentarían muchos experimentos muy costosos. Y eso sería el fin de la estabilidad, del sentido común, de la solvencia. De hecho, de esta Inglaterra nuestra tal y como la conocemos».
El destino del país está en juego, y le corresponde a Poirot reafirmar el principio esencial que sustenta a Christie y a la mayor parte de la Edad de Oro. «No me preocupan las naciones, monsieur», dice con severidad. «Me preocupan las vidas de los individuos particulares que tienen derecho a que no se les quite la vida». En última instancia, por supuesto, es esa humanidad, el valor del individuo, lo que ha garantizado la continua popularidad de Christie.
Alwyn Turner crítico cultural e historiador social británico, es profesor de la Universidad de Chichester. Como divulgador ha escrito sobre cine, moda, novela popular, rock & roll, política o bandas militares. Su libro más reciente es “The Last Post: Music, Remembrance and the Great War”
Fuente: Unherd, 29 de enero de 2026 Temática: Cultura Literatura Traducción:Lucas Antón
Christie, fallecida hace cincuenta este mes, es reconocida internacionalmente como la Reina del Crimen. De hecho, está reconocida legalmente como tal: la frase ha sido registrada como marca comercial por sus herederos, y cualquiera que se anuncie con ese título probablemente reciba una carta de cese y desistimiento («sorprendentemente lamentable», dijo Val McDermid, cuando recibió la advertencia en 2022). Es la escritora de ficción más vendida del mundo (se estima que ha vendido entre dos mil y cuatro mil millones de libros) y una de las más adaptadas: prácticamente todas sus 66 novelas policíacas han llegado a la pantalla, al teatro o a la radio. La adaptación de Netflix de The Seven Dials Mystery [El misterio de las siete esferas] es sólo la última. Tradicionalmente, estas adaptaciones eran asuntos cordiales. Más recientemente, han intentado ser atrevidas, pero pocas han aprovechado el contenido político de los libros originales, en particular los de su juventud. Lo cual es una lástima, aunque solo sea porque, en una época en la que las teorías conspirativas vuelven a ser tristemente comunes, sería bueno recordar lo frecuentes —y lo erróneas— que eran hace un siglo.
En The Secret Adversary (1922), su segunda novela, una encantadora pareja de aficionados, Tommy y Tuppence, frustra una conspiración internacional para acabar con la civilización occidental. La novela se escribió en una época de agitación económica. En 1921 se produjo una grave recesión —«uno de los peores años de depresión desde la Revolución Industrial», según escribió The Economist— acompañada de una ola de huelgas: se perdió más del doble de días laborables por acciones sindicales que en cualquier año anterior. Más alarmante aún era el temor a que los exmilitares desempleados se inspirasen en las revoluciones de Rusia e Irlanda. Mientras tanto, los liberales se estaban viendo suplantados por el ascenso aparentemente inexorable del Partido Laborista.
En la historia de Christie, el Sr. Carter explica que, por desastroso que pudiera ser un gobierno laborista, ellos no eran el verdadero problema. Ni siquiera los comunistas. Hay alguien más atrás, en las sombras. «Los bolcheviques están detrás de los disturbios laboristas, pero este hombre está detrás de los bolcheviques». Nadie conoce su identidad. «Pero una cosa es segura: es el maestro criminal de esta época».
De manera similar, en The Big Four [Los cuatro grandes] (1927), Hércules Poirot lucha contra la conspiración que se esconde detrás de «los disturbios mundiales, los problemas laborales que acosan a todas las naciones y las revoluciones que estallan en algunas». Su alcance es global. «En Rusia, como sabes, había muchos indicios de que Lenin y Trotsky no eran más que marionetas cuyas acciones dictaba otra mente». Tal como dice Poirot: «Su objetivo es dominar el mundo».
Esto era algo característico de la ficción popular de la época. El héroe de suspense más importante de los años veinte era Bulldog Drummond, que luchaba contra su supervillano enemigo en una serie de novelas, obras de teatro y películas de Sapper (seudónimo de H. C. McNeile). Una vez más, hay una organización internacional que controla la política de izquierdas en Gran Bretaña. «Desde la guerra, vosotros, reptiles venenosos, habéis estado trabajando para provocar disturbios internos en este país», le dice Drummond a un diputado laborista en The Black Gang [La banda negra] (1922). «Ni uno de cada diez de entre vosotros cree en lo que predica: vuestra fuerza motriz es el dinero y vuestro propio progreso».
La idea de que el Partido Laborista era un compañero de viaje era algo común. Dorothy L. Sayers, otra escritora considerada reina del crimen, presentó en Clouds of Witness [Nube de testigos] (1926) el Club Soviético de Londres, donde hay mucho entusiasmo por la presencia del líder laborista, que «va a pronunciar un discurso sobre la conversión del Ejército y la Marina al comunismo».
Quizás este tema recurrente pueda verse como un intento de comprender la escala y el horror, por lo demás incomprensibles, de la Primera Guerra Mundial y su impacto social. Cuando las cosas habían ido tan mal, era necesario creer que podía haber una causa subyacente al descontento. «Detrás de todas las creencias del mundo, el cristianismo, el budismo, el Islam y el resto, se esconde una antigua adoración al diablo», argumenta el carismático villano de The Three Hostages [Tres rehenes] (1924), de John Buchan. Ahora que «la guerra había resquebrajado la fachada en todas partes, lo auténtico estaba saliendo a la luz», sobre todo en el auge del comunismo. Su intención es explotar el desorden moral para hacerse con el poder.
Fantasioso, por supuesto, incluso risible. Pero la idea de una mano oculta que manipula la política tuvo su impacto, preparando el terreno a los sucesos de la vida real. La caída del primer gobierno laborista en 1924 se desencadenó por las acusaciones sobre la influencia ejercida por el Partido Comunista de Gran Bretaña. En la campaña electoral posterior, el Daily Mail presentó las pruebas: una carta supuestamente enviada por Grigori Zinóviev, jefe ruso de la Internacional Comunista, en la que ordenaba al PCGB «agitar a las masas del proletariado británico». Se alegó que existía una clara cadena de mando. «Moscú da órdenes a los comunistas británicos», escribía el Mail, «y los comunistas británicos, a su vez, dan órdenes al gobierno socialista, que las obedece dócil y humildemente».
Era algo totalmente falso —y la carta misma de Zinóviev era una falsificación—, pero la sospecha de que existía algún tipo de influencia bolchevique ya estaba bien arraigada. La acusación de lealtad a una potencia extranjera era precisamente algo sobre lo que habían advertido las novelas de suspense de Agatha Christie y Sapper, y sus numerosos lectores reconocieron el peligro. El resultado fue que los votantes liberales desertaron en masa hacia los conservadores, decididos a mantener fuera a los socialistas, de modo que, aunque el Partido Laborista aumentó su porcentaje de votos, su número de diputados disminuyó. Se aprendió la lección y, cuando se produjo la huelga general de 1926, el Congreso de Sindicatos (TUC) se apresuró a negar cualquier influencia externa, comunicando a la prensa que un cheque enviado desde Moscú, «por varios miles de libras», se había devuelto sin cobrar.
A partir de entonces, la atención prestada a la subversión comunista se desvaneció un poco, fusionándose con una sospecha mucho más antigua en torno a Rusia. La novela A Man Lay Dead [Un hombre muerto] (1934), de Ngaio Marsh, presentaba una hermandad secreta rusa «de asombrosa antigüedad» que, en la época de Pedro el Grande, «practicaba diversos ritos indecentes y horribles, basados en una especie de monacato invertido». Más recientemente, se había convertido en una organización política prosoviética, aunque conservaba su afición por «las representaciones eróticas y las mutilaciones».
En The Devil Rides Out [La novia del diablo] (1934), Dennis Wheatley fue más allá e identificó al verdadero cerebro que había provocado la guerra. «El monje Rasputín era el genio malvado detrás de todo», explica nuestro héroe. «Era el mayor mago negro que el mundo había conocido a lo largo de los siglos. Fue él quien encontró una de las puertas por las que dejar salir a los cuatro jinetes para que se deleitaran en la sangre y la destrucción».
Sin embargo, en términos más generales, los detectives y los héroes de las novelas de suspense centraron su atención en otros temas. Tras el crac de Wall Street en 1929 y la consiguiente Depresión, se puso de moda en la novela negra la figura del financiero indiferente y el empresario rapaz. Estos parecían amenazas más acuciantes para el bienestar de la nación. La literatura popular era popular precisamente porque reflejaba los miedos y las preocupaciones de sus lectores.
En The Smart Detective [“Un detective listo”] (1933), de Leslie Charteris, Simon Templar (alias el Santo) recibe la visita de una mujer que trabaja para «Oppenheim, el dueño de los talleres clandestinos». Ella describe el sistema: «Trabajo con otras cincuenta chicas en un ático del East End. Trabajamos diez horas al día, seis días a la semana, cosiendo. Si eres hábil y rápida, puedes hacer dos piezas al día. Te pagan un chelín por pieza». Oppenheim, por el contrario, acaba de comprar una colección de esmeraldas por un cuarto de millón de libras. «Es una de esas cosas por las que a veces te dan ganas de hacerte comunista». Se pueden encontrar variaciones sobre este tema en obras como Death of a Banker [“Muerte de un banquero”] (1934), de Arthur Wynne; Death of the Board [“La muerte de la Junta”] (1937), de John Rhodes; There’s Trouble Brewing [“Está difícil destilarlo”] (1937), de Nicholas Blake, y Murder Pays No Dividends [“El asesinato no reparte dividendos”] (1938), de Gathorne Cookson.
Y en One, Two, Buckle My Shoe [La muerte visita al dentista] (1940), de Agatha Christie, en la que Alistair Blunt es el director de «la mayor entidad bancaria de Inglaterra». De él depende la estabilidad económica que ha mantenido al país libre en una época de dictadores. Es, según otro personaje, «la respuesta a sus Hitlers, Mussolinis y todos los demás», y Blunt tiende a estar de acuerdo: «He hecho algo por Inglaterra, señor Poirot. La he mantenido firme y solvente. Está libre de dictadores, del fascismo y del comunismo».
Pero esta es la Reina del Crimen en su madurez, y el mensaje es más sutil que en las primeras novelas de suspense conspirativas. Por muy sólida que sea su economía, Blunt es un asesino e intenta convencer a Poirot de que no se le puede hacer responsable. Si le detienen, afirma, «muchos malditos idiotas intentarían muchos experimentos muy costosos. Y eso sería el fin de la estabilidad, del sentido común, de la solvencia. De hecho, de esta Inglaterra nuestra tal y como la conocemos».
El destino del país está en juego, y le corresponde a Poirot reafirmar el principio esencial que sustenta a Christie y a la mayor parte de la Edad de Oro. «No me preocupan las naciones, monsieur», dice con severidad. «Me preocupan las vidas de los individuos particulares que tienen derecho a que no se les quite la vida». En última instancia, por supuesto, es esa humanidad, el valor del individuo, lo que ha garantizado la continua popularidad de Christie.
Alwyn Turner crítico cultural e historiador social británico, es profesor de la Universidad de Chichester. Como divulgador ha escrito sobre cine, moda, novela popular, rock & roll, política o bandas militares. Su libro más reciente es “The Last Post: Music, Remembrance and the Great War”
Fuente: Unherd, 29 de enero de 2026 Temática: Cultura Literatura Traducción:Lucas Antón


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