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lunes, 22 de junio de 2026

Repensando las matemáticas en la era de la inteligencia artificial


Los modelos de aprendizaje automático comienzan a demostrar teoremas originales y obligan a replantear tanto la investigación como la enseñanza de esta disciplina.

Durante décadas, la inteligencia artificial (IA) fue una promesa intermitente: deslumbraba en los laboratorios, se apagaba en los inviernos tecnológicos y volvía a encenderse con cada salto de potencia de cálculo. Hoy esa promesa es una realidad, que obliga a repensar múltiples aspectos de nuestra sociedad y así optimizar el delicado equilibrio entre riesgo y oportunidad que siempre acompaña a las revoluciones tecnológicas. Esto resulta especialmente cierto en el caso de la investigación en matemáticas, donde en los últimos tiempos se han empleado modelos de aprendizaje automático (que sustentan la inteligencia artificial moderna) para apoyar la obtención de demostraciones matemáticas originales.

Hasta hace poco, la IA ha tenido un papel menos visible en las matemáticas que en otras áreas científicas. El origen de ese desfase está en las propias raíces de la inteligencia artificial, que contrastan con las de otras áreas más tradicionales de la computación. Mientras estas últimas parten de la lógica matemática, a través de los trabajos fundacionales de Alonzo Church, Alan Turing y, posteriormente, John von Neumann, los sistemas de aprendizaje automático tienen orígenes —también matemáticos— muy distintos. Estos modelos surgen de la estadística y, particularmente, de la necesidad de extraer predicciones fiables a partir de grandes volúmenes de datos ruidosos. Por tanto, desde su origen, en el aprendizaje automático subyace un compromiso entre precisión y tolerancia al error, muy distinto del ideal clásico de las matemáticas, construido sobre demostraciones “duras y claras como diamantes”, en palabras atribuidas al filósofo inglés John Locke.

Sin embargo, pese a ello, en los últimos años las técnicas de aprendizaje profundo se han incorporado al trabajo investigador en matemáticas para acelerar procesos esenciales, como la identificación de patrones y conjeturas, la generación y depuración de ideas o la producción de código. Estos sistemas (que no comprenden la aritmética básica) realizan un amplio rango de cálculos numéricos de forma efectiva usando simples correlaciones, aunque fallan de forma grotesca cuando se salen del territorio aprendido.

Recientemente se ha ido un paso más allá: los modelos de lenguaje ya son capaces de crear demostraciones de forma autónoma, que pueden resultar relevantes bien sea por sí mismas o como pasos auxiliares en el camino hacia a un resultado más complejo. Además, estas pruebas se pueden verificar con herramientas como Lean, un software que traduce las matemáticas a un código que los ordenadores pueden comprobar paso a paso para asegurar que no existen errores.

Todo indica que estas capacidades se ampliarán con rapidez, aunque aún ignoramos dónde se encuentran sus límites o hasta dónde podrá llegar la inteligencia artificial en la generación de ideas verdaderamente nuevas. ¿Estaremos ante sistemas sin duda útiles, pero intrínsecamente limitados, o ante “Einsteins de silicio” capaces de producir de forma autónoma las grandes ideas que darán forma a nuestra cultura? Más que perdernos en un debate sobre la esencia del ser humano y los límites de la cognición, es urgente actuar con criterio para mitigar los riesgos y aprovechar las oportunidades que esta tecnología ofrece a la investigación en matemáticas.

En primer lugar, conviene recordar que las matemáticas no solo se benefician del avance de la inteligencia artificial, sino que también ofrecen un terreno de prueba excepcional para su desarrollo. Igual que el ajedrez, el go o el reconocimiento de imágenes sirvieron para entrenar las primeras generaciones de algoritmos, el razonamiento matemático —por su claridad y su estructura— se perfila ahora como un nuevo laboratorio para la IA. Del diálogo entre matemáticas e IA podrían nacer tecnologías más transparentes y fiables y una mejor comprensión de cómo razona la máquina. Impulsar el encuentro entre estas dos disciplinas, tanto en el ámbito empresarial como en investigación básica, es, por tanto, una tarea urgente. Y esta sinergia sólo puede prosperar con un apoyo fuerte y sostenido a ambas áreas por separado.

Por otro lado, la llegada de la inteligencia artificial generativa permite al matemático liberar tiempo de tareas rutinarias y dedicarlo a objetivos de mayor calado. Las ideas superficiales o los desarrollos repetitivos corren el riesgo de volverse tan obsoletos como los pesados cálculos de las admirables “calculadoras humanas” retratadas en la película Hidden Figures. La tecnología brinda ahora una oportunidad excepcional de concentrarse en lo esencial: pensar con más profundidad, distinguir lo importante de lo accesorio y cultivar una intuición capaz de guiar a la máquina en lugar de ser guiada por ella.

Efectivamente, este tipo de conocimientos (que tienen que ver no sólo con lo que sabemos, sino con cómo lo sabemos) son los que valen más en la era de la inteligencia artificial: visión, intuición, profundidad o capacidad de captar contextos. Estas cualidades diferencian también, según el modelo de adquisición de habilidades de Dreyfus, al experto del principiante. Por ello, la inteligencia artificial multiplica el alcance del experto, pero, en manos del principiante, puede limitarse a amplificar su ruido.

Esta reflexión afecta tanto a la forma en que hacemos investigación como a la manera en que enseñamos y aprendemos matemáticas, dentro y fuera del aula. La clave será desarrollar la intuición y la flexibilidad que distinguen al verdadero experto, una tarea donde la inteligencia artificial también puede servir de aceleradora. Esto supone un giro profundo respecto a los modelos tradicionales educativos, que se conformaban con dotar al principiante de una competencia básica. Hoy el reto es otro: acortar el camino hacia la comprensión genuina.

Alberto Enciso, profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en el Instituto de Ciencias Matemáticas (ICMAT), donde dirige el proyecto FLUSPEC del Consejo Europeo de Investigación (ERC), y académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de España.

Edición y coordinación: Ágata Timón (Instituto de Ciencias Matemáticas)


domingo, 2 de febrero de 2020

Quiénes son los "marcianos" húngaros que ayudaron a Estados Unidos a convertirse en una potencia científica.

"¿Cómo es posible que muchos de los genios del Proyecto Manhattan vengan de un país que la mayoría ni siquiera puede ubicar en un mapa?", preguntó una noche uno de los integrantes del proyecto en un bar provincial en Estados Unidos.

Teller y Wigner

"Bueno, la verdad es que no son humanos: son marcianos", respondió uno de sus compañeros a modo de broma.

Así es como Marina von Neumann Whitman, hija de uno de esos "marcianos", relata la historia que habría dado origen al nombre.

"Y para disimular el hecho de que no son humanos hablan húngaro entre ellos mismos, una lengua que nadie puede entender", prosigue el relato la prominente escritora, autora del libro "The Martians' Daughter: A Memoir" (La hija del marciano: una autobiografía).

La historia se volvió viral y en la actualidad son muchos los intelectuales que han escrito obras en honor a estos genios cuya contribución al mundo de la ciencia y de la física fue inconmensurable.

Pero ¿quienes fueron estos "marcianos" y cómo ayudaron a Estados Unidos a convertirse en una potencia científica?

Leo Szilard.

Derechos de autor de la imagen GETTY
Leó Szilárd (segundo arriba de izquierda a derecha) tuvo una relación cercana con Albert Einstein.

5 genios con mucho en común

Se trata de un grupo de científicos que, escapando de los nazis alemanes y de los comunistas soviéticos, emigraron a Estados Unidos antes o durante la II Guerra Mundial.

"Eran cinco principalmente. Cuatro que trabajaban en el Proyecto Manhattan y un experto en misiles balísticos" le dice von Marina von Neumann Whitman a BBC Mundo.

Efectivamente, en el libro The Martians of Science, ("Los marcianos de la ciencia") el autor István Hargittai, también originario de Hungría, cuenta la historia de este grupo conformado por John von Neumann -padre de la autora del libro-, Theodore von Kármán, Edward Teller, Leó Szilárd y Eugene Wigner.

Eran 5 hombres provenientes de la élite de Budapest, capital del país europeo, criados en familias judías de clase media-alta, todos habían realizado al menos una parte de sus estudios en Alemania, eran políticamente activos y se oponían a todas las formas de totalitarismo.

Un legado incalculable

Hargittai cuenta que todos se hicieron amigos, trabajaron juntos y se influenciaron los unos a los otros hasta la muerte.

Y esta unión impulsó algunos de los desarrollos científicos más importantes del siglo XX.

John von Neumann, considerado como el matemático más destacado del grupo y uno de los más grandes de la historia, fue uno de los impulsores de la computadora moderna con el llamado modelo de von Neumann: una arquitectura de diseño para un computador digital electrónico que hasta el día de hoy es utilizada en casi todos los aparatos.

Eugene Paul Wigner recibió el Premio Nobel de Física en 1963 por "su contribución a la teoría del núcleo atómico y de las partículas elementales, en especial por el descubrimiento y aplicación de los importantes principios de simetría", explica la organización.

Theodore von Kármán
Theodore von Kármán (centro) fue uno de los pioneros de las investigaciones para el desarrollo de la aviación.

Nacido en 1881, Theodore von Kármán realizó importantes aportes en el campo de la aeronáutica y astronáutica y se convirtió en el primer director del Laboratorio de Propulsión a Reacción de la NASA, dándole una base científica a la Fuerza Aérea de los Estados Unidos (USAF, por sus siglas en inglés).

Leó Szilard, por su parte, contribuyó ampliamente en el campo de la física nuclear y la biología molecular y fue el autor de la famosa carta dirigida al expresidente Franklin D. Roosevelt en agosto de 1939 que impulsó el desarrollo de las bombas nucleares lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki seis años más tarde.

Por último, Edward Teller es considerado por muchos como el padre de la bomba de hidrógeno, también conocida como bomba termonuclear, que se ha convertido en una de las armas más destructivas de la historia.

Muchos marcianos, pero solo un gran beneficiado
Si bien las definiciones más estrictas solamente mencionan a 5 "marcianos húngaros", algunas incluyen en el grupo a otros genios como Paul Halmos, un destacado matemático que trabajó un par de años como asistente de John von Neumann, así como a George Pólya, Paul Erdős, el Premio Nobel de Física Dennis Gabory, John George Kemeny, entre otros.

Toda esta emigración tuvo un gran beneficiado: Estados Unidos.

El país logró atraer y nacionalizar a este grupo de genios y les dio herramientas para que desarrollaran al máximo sus capacidades en instituciones como la NASA.

Con esto, el pueblo estadounidense pudo atribuirse grandes desarrollos y descubrimientos físicos y científicos a mediados del siglo XX que ayudaron a la nación a convertirse en la potencia científica que es actualmente.

Von Neumann Whitman es de las que cree que, sin esa inmigración, "a EE.UU. le habría llevado mucho más tiempo desarrollarse científicamente y algunos descubrimientos tal vez no hubieran sucedido en lo absoluto".

La hija del marciano
Marina von Neumann Whitman reunida con el expresidente Richard Nixon, Barbara Franklin, Herbert Stein y George Shultz en la Oficina Oval de la Casa Blanca.

Derechos de autor de la imagen  BIBLIOTECAS PRESIDENCIALES DE EE.UU. Image caption

Marina von Neumann Whitman reunida con el expresidente Richard Nixon, Barbara Franklin, Herbert Stein y George Shultz en la Oficina Oval de la Casa Blanca - 29/01/1972.

Aunque Marina von Neumann Whitman no es considerada una "marciana", pues nació y se crió en EE.UU., tiene mucho en común con su padre y los amigos de este.

En diálogo con BBC Mundo, la también economista y profesora de la Universidad de Míchigan, califica su carrera como "pionera".

Y lo es: se trata de la primera mujer que sirvió en el Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca, también trabajó como directora del Council on Foreign Relations (Consejo de Relaciones Exteriores en español) y ha recibido una larga lista de doctorados honoris causa.

"Una de las cosas de las que hablo en mi libro The Martian's Daughter es cómo cambió la actitud hacia las mujeres profesionales a lo largo de mi carrera, desde mediados de los 70 hasta finales del siglo XX".

Al hablar de su padre, la autora es modesta "creo que no estoy cualificada para hablar sobre sus logros más importantes, pero puedo decir que lo que más me marcó a mí fue su convicción de que todo el mundo tiene la obligación moral de hacer un uso completo de sus facultades intelectuales. Eso me inspiró".

John von Neumann

La mayoría reconocía a John von Neumann como el matemático más destacado del grupo. La autora recalca que si EE.UU. hubiera tenido una política anti-inmigratoria en el siglo pasado, nada de esto habría sido posible. También asegura que sin estas importaciones "no es muy seguro" que su país hubiera ganado la II Guerra Mundial y la Guerra Fría.

"Estos talentosos inmigrantes contribuyeron enormemente en el desarrollo de estrategias y armas para que EE.UU. se convirtiera también en una potencia militar".

Pero advierte que el enfoque de la política migratoria del actual presidente estadounidense Donald Trump pone en peligro la privilegiada posición de su país como una potencia científica.

"Si Trump es reelegido para un segundo mandato y mantiene esta actitud, pienso que esto podría tener un impacto negativo en el liderazgo científico estadounidense. Los chinos están trabajando duro para ponerse al día y a EE.UU. se le va a hacer muy difícil mantenerse a la vanguardia en este campo sin inmigración", concluye la hija del marciano.

https://www.bbc.com/mundo/noticias-51036722