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sábado, 13 de junio de 2026

MEMORIA HISTÓRICA. El manifiesto, en pleno franquismo, que abrió las puertas a la pre-Transición

Jorge Semprún, en una imagen de archivo sin fecha.Gerard AIME (Gamma-Rapho / Getty Image
El 1 de abril de 1956, hace ahora 70 años, un grupo de “hijos de los vencedores y los vencidos” dio un paso decisivo para que se activara una futura política de reconciliación.

El 1 de abril de 1956, el próximo miércoles hace 70 años, un grupo de universitarios hizo un llamamiento a la oposición al franquismo. No era un manifiesto normal de “los abajo firmantes”. En él aparece por primera vez un sujeto colectivo que se autoidentifica como “nosotros, hijos de los vencedores y de los vencidos”. Esa fue la novedad y la sustancia del documento que, entre otras cosas, decía, tal y como refleja el historiador Santos Juliá en Nosotros, los abajo firmantes (Galaxia Gutenberg, 2014): “En este día, aniversario de una victoria militar que, sin embargo, no ha resuelto ninguno de los problemas que obstaculizaban el desarrollo material y cultural de nuestra patria, los universitarios madrileños nos dirigimos nuevamente a nuestros compañeros de toda España y a la opinión pública. Y lo hacemos precisamente en esta fecha —nosotros, hijos de los vencedores y de los vencidos— porque es el día fundacional de un régimen que no ha sido capaz de integrarnos en una tradición auténtica, de proyectarnos a un porvenir común, de reconciliarnos con España y con nosotros mismos”.

Entre los autores de este manifiesto estaban el escritor Jorge Semprún, el economista Francisco Bustelo, el diplomático Víctor Pradera y el editor Javier Pradera. Este último, cuando escribe sobre aquello en La transición española y la democracia (Fondo de Cultura Económica, 2014), afirma: “Todavía me sigo haciendo la ilusión de que aquel pronunciamiento civil firmado por los descendientes de los combatientes y los muertos de ambos bandos contribuyó a la preparación del espíritu que hizo posible la Transición”. Eran la vanguardia de la generación de 1956, formada por los hijos de los vencidos y de los vencedores. Este llamamiento puede considerarse uno de los precedentes de la Transición, una especie de pre-Transición, entendida como un proceso abierto hacia la democracia, no un acontecimiento puntual. En la Guerra Civil hubo vencedores y hubo vencidos, y luego hubo hijos de los vencedores que no la conocieron y que sin ocultar, pero también sin presumir, de su identidad como tales, supieron construir un nosotros con los hijos de los vencidos.

La lucha contra la dictadura franquista tuvo diversos frentes. Los principales fueron el movimiento obrero y el estudiantil y, más adelante, cuando las oleadas de emigración del campo a la ciudad, el movimiento vecinal. A principios de los años cincuenta tuvo lugar en Barcelona un precedente muy significativo, con una huelga de tranvías por la subida del precio del transporte público. Pero el origen del Manifiesto del 1 de abril son los sucesos de la primera semana de febrero de 1956. El catedrático Antonio López Pina se ha preguntado en La generación de 1956 (Marcial Pons, 2010) si en aquel tiempo de silencio se podía hacer poco más que pensar mucho y actuar poco, como el protagonista de la novela de Luis Martín Santos. Los enfrentamientos de febrero de 1956 entre universitarios, falangistas y policías en el entorno de la Universidad Central son una respuesta a aquella pregunta. El 1 de febrero de ese año se distribuye mediante octavillas volanderas un manifiesto (dentro de lo que se denominó luego “oposición firmada”) que pedía la convocatoria de un congreso de estudiantes que acabase con el monopolio del Sindicato Español Universitario (SEU, falangista). Una semana después la Facultad de Derecho era asaltada por la Centuria 20 de la Guardia de Franco; los asaltantes fueron rechazados y en la batalla campal quedaba destrozado parte del escudo falangista del yugo y las flechas (que se convertiría en una “reliquia”) que se encontraba dentro del recinto universitario. En la refriega, los que iban armados —falangista y policías— sacaron las pistolas; al terminar los disparos quedaba en el suelo el cuerpo del joven falangista Miguel Álvarez, de 19 años.

Inmediatamente comienzan las detenciones de los que se suponían responsables del enfrentamiento entre universitarios y escuadristas. El encarcelamiento de los primeros siete dirigentes estudiantiles fue publicitado con gran escándalo por los periódicos y los diarios hablados de Radio Nacional de España, que se transmitían por todas las emisoras (todavía no funcionaba la televisión en España). Sus nombres llamaban la atención por dos motivos: el primero, porque todos ellos habían obtenido ya la licenciatura universitaria; el segundo, por la personalidad de la mayoría de ellos, relacionados con las altas esferas del régimen: eran vástagos de los vencedores de la guerra. El más significativo, Dionisio Ridruejo, pata negra de la vieja guardia de Falange, coautor de la letra del Cara al sol, delegado de Propaganda de Franco hasta el final de la guerra y voluntario de la División Azul. Y los demás: Miguel Sánchez Mazas, primogénito de un exministro amigo de José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange; José María Ruiz Gallardón, hijo de un periodista y cronista militar de la guerra de África, amigo personal de Franco; Javier Pradera, hijo y nieto de fusilados por los “rojos”, cuyo abuelo era considerado un “protomártir” de la Cruzada, y Gabriel Elorriaga, un dirigentes del SEU que había aspirado a ser designado jefe nacional del sindicato falangista. Los dos únicos encarcelados no relacionados con esa nomenklatura fueron el abogado Enrique Múgica y el economista Ramón Tamames. Después de unos días cayó el resto de la célula comunista de la Universidad: el escritor Jesús López Pacheco, los cineastas Julián Marcos y Julio Diamante o el escritor Fernando Sánchez Dragó. Paradójicamente, en los interrogatorios no apareció el nombre del deus ex machina de aquella revuelta desde la clandestinidad: Jorge Semprún, que operaba con el “nombre de guerra” de Federico Sánchez, de quien la policía lo ignoraba todo. En un ambiente generalizado de torturas y malos tratos, los detenidos universitarios no fueron maltratados por la policía. Cuando los diversos analistas han escrito sobre los “sucesos de febrero de 1956”, se preguntan qué llevó a que un grupo significativo de veinteañeros, hijos de familias vinculadas por lazos emocionales, ideológicos, políticos y económicos al bando vencedor de la guerra civil y al régimen construido sobre los cimientos de fusilamientos, exilios, encarcelamientos y muertes civiles de decenas de miles de derrotados, se incorporasen a mitad de la década de los años cincuenta a los grupos radicales de oposición clandestina al franquismo.

Dionisio Ridruejo pronuncia el pregón de las Fiestas de la Merced en Barcelona en 1957. Carlos Pérez de Rozas ( EFE )

La movilización del 56 incluía tres etapas, un congreso de poesía, otro de escritores y, finalmente, una más general de estudiantes, que tenían como objetivo cercano acabar con el SEU, que hacía tiempo que no era objeto de las pasiones ideológicas de antaño. Encuadrado en la Ley de Ordenación Universitaria, del año 1943, esta decía textualmente, con esa literatura ampulosa (y tantas veces inconcreta) que caracterizaba las normativas de la primera etapa franquista: “La Universidad es el ejército teológico para combatir la herejía y la creadora de la falange misionera que debe afirmar la unidad católica (…) El Estado necesita ahora más que nunca de la Falange aristocrática del espíritu, de aquella que nace del don celestial del talento, acrecentado por el esfuerzo afanoso del trabajo. La indiferencia del Estado por el estudiante ha dejado de existir. Se asigna al Sindicato Español Universitario una misión efectiva y concreta dentro de la Universidad. En este orden de cosas es donde los estudiantes españoles habrán de sentirse vinculados a las tres categorías de deberes para con la Universidad, España y la Falange, que les señalara con definitivo acierto José Antonio”. Según Roberto Mesa, que editó los documentos de los sucesos de 1956 (Jaraneros y alborotadores, Universidad Complutense de Madrid, 2006), la aspiración del franquismo en los momentos de euforia castrense que siguieron al triunfo en la guerra civil residía en convertir las universidades en “fábricas que lanzasen al mercado un robot arquetípico que fuese mitad monje, mitad soldado”, hacer de la Universidad “la escuela de mandos de la patria”.

Casi inmediatamente después del Manifiesto del 1 de abril emerge la política de reconciliación nacional del Partido Comunista de España (PCE). Son acontecimientos complementarios. Hacía poco tiempo que había sido liquidada su estrategia de los maquis. El propio Stalin se había reunido en Moscú con los dirigentes comunistas Pasionaria y Carrillo para sugerirles (ordenarles) la penetración en las instituciones del Estado y en los agentes sociales (el sindicato oficial) como nueva línea estratégica. Pradera indica en sus libros que el PCE tenía la urgente necesidad de romper su situación de aislamiento, que le había conducido “casi a una leprosería”. En junio de 1956, los comunistas españoles cancelan el espíritu guerrero de la contienda y comienzan a hablar abiertamente de reconciliación. Ello venía sucediendo a pequeños sorbos desde el año 1954, cuando se crea la primera célula comunista en la Universidad Central, ultraminoritaria, formada tan solo por Enrique Múgica, Julián Marcos y Jesús López Pacheco. Luego, entre otros, entraron Sánchez Dragó, el filósofo Javier Muguerza, el economista Eduardo Punset, Javier Pradera y Ramón Tamames. Quien sistematizó los primeros contactos entre intelectuales y universitarios del interior, y la dirección del PCE en París fue Jorge Semprún. El profesor López Pina concluye: el PCE, gracias a la acción de los citados, fue capaz de forzar una conciencia auténtica, movilizar en la Universidad Central a centenares de universitarios hasta entonces instalados en la balsa de aceite que resultó ser solo expresión de una falsa conciencia.

Los sucesos políticos de 1956 tuvieron dos tipos de consecuencias: la primera, la reaparición del movimiento estudiantil universitario, aplastado por la represión en la posguerra. La segunda, en el interior del régimen, un conflicto entre los aperturistas y el macizo de la raza [los tradicionalistas, como lo utilizó Dionisio Ridruejo inspirado en unos versos de Machado], que acabó, entre otros aspectos, con el cese del rector de la universidad de Madrid, Pedro Laín Entralgo, y de los ministros de Educación y secretario general del Movimiento, Joaquín Ruiz Giménez y Raimundo Fernández Cuesta, respectivamente.

El intervalo entre el Manifiesto conjunto de los vencedores y los vencidos y el inicio de la transición a la democracia, con la designación de Adolfo Suárez como presidente de Gobierno, no duró, como preveían de modo voluntarista algunos de los firmantes, unos meses o, todo lo más, unos pocos años, sino dos largas décadas, en las que cada uno de ellos siguió caminos diferentes.

Jaraneros y alborotadores
Sería absurdo, además de falso, considerar que los detenidos por los sucesos de febrero de 1956 y los autores y primeros firmantes del Manifiesto del 1 de abril eran demócratas partidarios de una monarquía constitucional como la que ahora vivimos, y que por ella lucharon y sufrieron persecución, cárcel o torturas. El mismo mito ha formado parte de algunas de las historias escritas u orales sobre los protagonistas de la Transición. La realidad es que la mayoría de los estudiantes organizados redujeron poco a poco sus aspiraciones y convirtieron sus programas de máximos en programas de mínimos: ingresar en la comunidad europea, lo que significaba el desarrollo de todas las libertades y de un Estado de bienestar universal desconocido en otras partes del mundo. Esa ha sido su última utopía factible.

Lo resume Pradera de este modo tan directo: nuestro modelo era la democracia, pero no la representativa sino la revolucionaria; nuestro panteón no lo formaba la revolución americana, sino la francesa, las europeas de 1948, la Comuna de París, la revolución rusa de 1905 o la de Octubre de 1917. Nuestras lecturas no eran Locke o Montesquieu, Jefferson o Madison, Aron o Tocqueville, sino Rousseau, los jacobinos, Marx, Engels, Lenin, Rosa Luxemburgo, Sartre o Fanon; nos movilizaban la descolonización, la guerrilla urbana, Argelia, Cuba, Vietnam, el movimiento de los derechos civiles y de los panteras negras. Nuestros temas de conversación no eran la separación de poderes, el imperio de la ley, los sistemas electorales, la independencia del poder judicial, la alternancia en el poder o la protección de las minorías, sino el derrumbamiento del capitalismo, la vía parlamentaria de acceso al socialismo de Salvador Allende, los debates de la II y III Internacional, la conversión del valor de uso en valor de cambio, etcétera.

De este abigarrado mobiliario ideológico, cualquier proyecto político que no diese por supuesto el restablecimiento de la República, un breve proceso de transición hacia una economía planificada y las instituciones de una democracia popular carecía de hueco.

La Transición fue un milagro.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Semprún y Pradera en Biriatou

La mujer que ha conducido el coche en el que Federico Sánchez, también llamado Rafael Artigas, Juan Larrea, Ramón Barreto o, en fin, Jorge Semprún, ha cruzado por Behobia la frontera franco-española, camino de París, y a la que ha pedido que le acerque a un pueblecito vasco, Biriatou, situado a escasa distancia, en una desviación de la carretera principal, sobre una colina desde la que se divisa el curso final del Bidasoa hacia la mar cantábrica, le ha preguntado si el motivo de querer ir a ese lugar guarda relación con algún recuerdo de infancia. El viajero clandestino le responde: "casi; tenía 15 años la primera vez".
Muchos años después, siendo ya ministro de Cultura, se publicó el libro que aquí se tituló Adiós, luz de veranos..., en el que Semprún rememora esa conversación con la conductora y se pregunta si fue entonces cuando por primera vez pensó que deseaba ser enterrado en el "pequeño cementerio" de Biriatou, "arrimado a una rústica y agreste iglesia". En este "lugar fronterizo, patria posible de los apátridas, entre los dos ámbitos a los que pertenezco (...), en la vieja tierra de Euskal Herria". Y añade que pediría asimismo que su cuerpo fuera envuelto "en la bandera tricolor de la República". No porque haya dejado de pensar que la Monarquía parlamentaria es "en las condiciones actuales el mejor sistema posible para garantizar la democracia y mantener la cohesión los diferentes componentes nacionales de España", sino como expresión de "una fidelidad al exilio y al mortífero dolor de los míos: aquellos en quienes no dejo de pensar, aún hoy, en la terraza umbrosa de Biriatou cuando regreso allí".
El viajero clandestino no había olvidado esa primera vez en la que el joven escolar, a punto de reintegrarse al Liceo Henri IV de París para cursar sexto de bachillerato, estuvo cenando en la terraza umbrosa de un restaurante de ese pueblito, el 22 de agosto de 1939. No duda de que era esa fecha porque recuerda perfectamente que un día después, el 23, se produciría un hecho histórico, la firma del pacto germano-soviético, que la mayoría interpretó como signo de la proximidad de la guerra. Pero también es una fecha personalmente inolvidable para Semprún por algo que ocurrió,...
Catorce años antes, pero también un 22 de agosto, el desterrado Miguel de Unamuno llegaba a Hendaya desde París tras haber escapado de la isla de Fuerteventura, a la que había sido deportado por la dictadura de Primo de Rivera. En Hendaya permanecerá durante cinco años, hasta 1930. En 1928 aparece en una editorial de Buenos Aires el Romancero del destierro, especie de "diario íntimo vertido en sonetos", según su propia definición. Entre los poemas recogidos en la obra figura uno con título en lengua vasca, Orhoit gutaz, palabras que toma de una placa con los nombres de los 11 hijos de Biriatou muertos en la Gran Guerra que descubre en un muro de la iglesia del pueblo. Desde el hotel de Hendaya en que se hospeda, el Broca, luego llamado "de la Gare", Unamuno acostumbra a dar paseos por los alrededores, frecuentemente hasta Biriatou. Le impresiona la frase que figura al pie de los nombres de los 11 vecinos "morts pour la patrie": Orhoit gutaz, o sea "acordaos de nosotros". Un ruego procedente de personas anónimas: con nombre y apellido pero sin historia, como los pueblos sin escritura, de tradición oral. Unamuno los imagina campesinos iletrados, "oscuros hijos sumisos del hogar / henchido de silenciosa tradición". Acordaos de nosotros: una súplica que recuerda la de François Villon, a punto de ser ahorcado, en 1461: "Hermanos humanos que viviréis después, / no tengáis contra nosotros el corazón endurecido".
Jon Juaristi dedicó un capítulo de su Bucle melancólico a ese poema de Unamuno. Poco después de la aparición del libro, a fines de 1997, publicaría un artículo en este periódico, De Fuerteventura a Bilbao (EL PAÍS, 16-3-1998) en el que comenta que si,...
Del contexto se deduce que Juaristi se refiere a la buena acogida y trato que dispensaron a Unamuno las "nobles gentes" de la isla, que despertaron en él un "brío de mocedad" que se trasladaría a las páginas escritas en los años de destierro...
Unamuno y Semprún. Y Pradera. En el último artículo que publicó en la revista Claves ("La extraterritorialidad de Jorge Semprún"; julio / agosto de 2011) Javier Pradera relacionaba a los dos desterrados a través de su vinculación con Biriatou. Pradera era por el lado paterno oriundo de Sara, en el País Vasco francés. Hoy no podrá estar en la aldea donde los 11 vecinos muertos en la I Guerra Mundial y los dos que se añadieron a la lápida tras la Segunda nos piden que no les olvidemos. Que no tengamos contra ellos un corazón endurecido.
Javier Pradera no lo tuvo contra quienes le ofendieron en vida y estos días le piden cuentas por su pasado comunista. Un amigo suyo, Ramón Recalde, escribió a propósito de esos que "solo pasivamente" estaban contra Franco y ahora reprochan a los que lo estuvieron activamente su pasado izquierdista: "Me resulta difícil tener que hacerme perdonar (...) por los que no lucharon contra la dictadura en el momento en que deberían haberlo hecho y hoy despliegan su buena conciencia apuntándose a la democracia o a los nacionalismos sobrevenidos".
Pradera: en una conversación telefónica mantenida tres o cuatro días antes de partir para su propio Largo viaje -como el que convirtió en su primer libro Semprún-, le dijo al periodista Juan Cruz que no podría estar en el homenaje de hoy en Biriatou. "Ya te enterarás por qué", añadió. Patxo Unzueta, El País, 26 de noviembre de 2011.

miércoles, 8 de junio de 2011

El último encuentro

Durante semanas he llevado conmigo una libretita en la que apunté todas las preguntas que debía hacerle a Jorge Semprún en la última entrevista que tuvimos, el 16 de noviembre de 2010 en su casa de París. Un objeto que llevaba como un conjuro, su vida contada por él y contada por otros, todo en la cuadrícula de un cuaderno para detener el tiempo ahí, para tener siempre esa mirada de Semprún descrita en el bloc. Un ejercicio imprescindible para enfrentarse a un entrevistado de esa altura. Con él no valían las conversaciones banales, Semprún siempre extraía de la vida hasta el último detalle, y ese detalle se quedaba en su mirada como una piedra. 
Ahí estaba, mirando, mirando siempre, escrutando él mismo este cuadernito que ahora relata aquel encuentro en pretérito perfecto. En aquel encuentro, Jorge de vez en cuando lanzaba una carcajada. Era otro Semprún, pero el del dolor hasta en los sueños era ese día el Semprún que tenía delante. Estaba a punto de ser operado, o eso creía él, y se preparaba para su cumpleaños con una profunda melancolía. El dolor no le dejaba festejar nada. Y ya lo tenía en los ojos, acaso como el miedo a la tortura en la bañera de Buchenwald.

Semprún era siempre una mirada exigente, sobre el amigo y sobre el periodista; cuando reía... Leer todo aquí. Articulo de JUAN CRUZ 07/06/2011 en El País. En Le Monde. L'écrivain espagnol Jorge Semprun est mort.

Homenaje en el Liceo Francés de Madrid. El teatro del Instituto Francés de Madrid se abarrotó ayer a última hora de la tarde. Hubo gente que se quedó en la puerta sin poder entrar. Dentro, un acto sencillo para recordar a un "gran señor", como lo denominó el embajador de Francia en España, Bruno Delaye. Un discreto homenaje a Jorge Semprún (Madrid, 1923-París, 7 de junio de 2011). En el escenario, su fotografía, con sonrisa cómplice y ese pelo blanco desenfadado que perfilaba su reconocida personalidad. Pero, sobre todo, su mirada. La mirada de la memoria.

Se sucedieron los recuerdos. Los de Juan Miguel Hernández León, actual presidente del Círculo de Bellas Artes pero antes miembro del equipo del Ministerio de Cultura que dirigió Semprún con el Gobierno de Felipe González (1988-1991). "Recuerdo aquella noche en la ópera", arrancó. "Probablemente fui yo una de las primeras personas que supo que Semprún sería ministro de Cultura", añadió. Y contó que en el entreacto observó a Javier Solana, entonces ya portavoz del Gobierno, hablando por teléfono y anotando algo en un papel que perdió y que su "curiosidad" recuperó: solo un nombre, Jorge Semprún. Trabajó con él un año en el ministerio. "Una de las primeras cosas que me pidió fue si le podía conseguir las obras completas de Azaña", dijo. "Las conseguí como conseguíamos tantos libros en nuestra época de clandestinidad universitaria -donde también coincidió fugazmente con Semprún, una referencia en la resistencia política para muchos estudiantes de entonces-, a través de Jesús Ayuso, propietario de la librería Fuentetaja". Luego leyó un fragmento de una de las grandes novelas autobiográficas del escritor, Le grand voyage (El largo viaje), donde narra el viaje de cinco días en tren con cientos de detenidos camino del campo de concentración de Buchenwald.

Unos párrafos que arrancaban con una pregunta: "¿Qué clase de vida se puede hacer en un campo de concentración?", y terminaban con un recuerdo nítido: "Ese fue el día que vi morir a los niños judíos". Y, de un plumazo, dejó allí uno de los retazos de la intensa vida del intelectual español. Casualmente, Rosa Re-gàs, que prosiguió con sus recuerdos, eligió la misma obra, aunque otras páginas. La escritora catalana ensalzó "dos grandes cualidades" de Semprún, a quien definió como "una persona completa" y con quien compartió amistad. "Compromiso y un inmenso sentido del humor", dijo.

Y recordó algunas de sus grandes frases, como aquella que le susurró al oído durante la entrega de un importante premio literario del que eran jurado. El galardonado se presentó vestido con unos guantes de Hilda ante la burguesía barcelonesa y comenzó a hablar de sí mismo. Entonces Semprún se acercó al oído de Regàs y le dijo: "Rosa, Rosa, este país no tiene solución". Luego proyectaron uno de los filmes que guionizó: Stavisky. Y la mirada de Semprún volvió a ser la mirada de la memoria.