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miércoles, 23 de septiembre de 2026

La izquierda: tristeza y melancolía

Conmemoración del Golpe de Estado en Santiago, el 11 de septiembre.
Cristian Soto Quiroz
La tristeza es por la certeza psicológica que entregaba algo que se perdió irremediablemente: un espíritu de época, un optimismo sobre el futuro, un suelo desde donde saltar, la utopía de que algo distinto era posible, un horizonte al cual acercarse

Cada día se entienden mejor las razones del declive electoral, sociológico y cultural (sí, cultural, en el sentido de la capacidad de moldear los significados de este mundo, la hegemonía) de las izquierdas: la paradoja es que esas mismas izquierdas no las entienden, o no las quieren ver ni entender. ¿Por qué tamaña incomprensión? Porque las razones del declive son poderosas, difíciles de aceptar, intelectualmente complejas y, sobre todo, porque la emoción es el principal obstáculo a vencer. Es sobre esta emoción que me quiero detener.

Si tuviese que utilizar un par de adjetivos para describir a las izquierdas, no diría que están perdidas (aunque lo estuvieron en los primeros meses del Gobierno de Kast), tampoco diría que se encuentran huérfanas de alguna fuente intelectual inspiradora (hay muchas disponibles, el problema es unificarlas). Lo que describe a las izquierdas es que están tristes, y ese sentimiento tan desmovilizador se traduce en melancolía.

La tristeza es por la certeza psicológica que entregaba algo que se perdió irremediablemente: un espíritu de época, un optimismo sobre el futuro, un suelo desde donde saltar, la utopía de que algo distinto era posible, un horizonte al cual acercarse. Lo que se perdió no fue el Zeitgeist propiamente tal, sino la posibilidad de actuar en el convencimiento de que se está luchando en la misma dirección de lo que grandilocuentemente podríamos llamar la Historia: esa fue la función que cumplió en términos pretéritos la Revolución rusa, la Revolución cubana, y hasta hace poco la socialdemocracia. Pues bien, es precisamente eso lo que está ocurriendo: el debilitamiento del horizonte de sentido que descansaba no solo en una idea, sino en experiencias políticas concretas que descansaban en una idea emancipatoria. Detrás de esa pérdida de sentido están actuando una infinidad de lógicas y dinámicas gatilladas por el propio capitalismo, un sistema camaleónico y ferozmente adaptativo a las circunstancias que él mismo genera, en este caso a través de nuevas fuerzas radicales de derechas que reinterpretan con innegable éxito todos los malestares del mundo. Son demasiadas las señales que están indicando que las clases sociales a las cuales la izquierda clásica les hablaba con fuerza y claridad están desapareciendo, y que lo que queda de ellas no votan por esa izquierda: a lo sumo, votan por algún candidato de izquierdas, sin ninguna fidelidad, o simplemente no votan, en el entendido que las clases trabajadoras, especialmente obreras, se están extinguiendo (de allí que los partidos comunistas no tengan ningún destino al haberse pegado a modelos de socialismo que se desplomaron o se encuentran al borde del colapso —como Cuba—, y que los socialistas correrán un similar destino si no son capaces de reconectar los modelos socialdemócratas con grupos nuevos, muchos de ellos precarios). Todo esto plantea la pregunta por el público de las izquierdas: pues bien, ese público existe, pero ya no es un público “natural”, tampoco manual.

El público de las izquierdas es cada vez más educado, de clase media, precario y vulnerable, a menudo frustrado por las expectativas que se forjó cuando era estudiante y que en la realidad de las cosas fue defraudado. Las izquierdas chilenas han intuido la existencia de este público y la necesidad de fidelizarlo: allí está el compromiso de eliminar el CAE, por ejemplo, el que choca con las condiciones económicas de posibilidad y, también, con el deseo de una parte relevante de ese público educado de clase media en ser reconocido por su propio mérito. He aquí una importante ceguera de las izquierdas: merecer una posición, sentirse orgulloso de haber alcanzado un estatus distinto de los padres (y qué decir de los abuelos) es ideológicamente castigado como expresión de neoliberalismo, y hasta de ‘fachopobrismo’ (una expresión chilena horrenda que se originó hace unos 10 años y que ha causado estragos a la hora de votar). Mientras el socialismo no incorpore en su imaginario el mérito bien ganado, sin perder de vista que junto al mérito y la victoria hay muchos perdedores, hay poco que hacer.

La tristeza de izquierdas tiene entonces como trasfondo un mundo que se fue, y que no volverá, el de clases y fracciones de clases identificables por sus lugares de trabajo y por su función en el proceso de generación de la riqueza. El mundo en el que se desenvuelven hoy las izquierdas no las acomoda, dada su inestabilidad, la velocidad de sus mutaciones, cuyos grupos sociales contienen más a individuos que a clases, quienes se mueven por intereses y pasiones personales más que por intereses colectivos. Este es el trasfondo de la tristeza, la que se expresa en una subjetividad melancólica: esa subjetividad demasiado volcada hacia el pasado impregna a viejas y nuevas izquierdas, y bien podría estar constituyendo el principal sedimento de una cultura e identidad que, de continuar, terminará por morir. Cada 11 de septiembre nos retrotrae a tiempos que ya no existen, al deseo de que quienes nacieron mucho tiempo después experimenten de la misma forma no solo la última catástrofe de Chile, sino esa gran esperanza de cambio social que fue aplastada por el golpe de Estado. La última expresión de esta melancolía que, por un rato muy corto, fue alegre (aterrando a muchos) tuvo lugar en septiembre de 2022, cuando todas las izquierdas se movilizaron por el voto Apruebo de una Constitución que aspiraba a eternizar en un solo texto un conjunto de imágenes del futuro. Esa melancolía adoptó una expresión nostálgica en el acto de cierre de la campaña por el Apruebo: medio millón de personas en las calles, cantando “el pueblo unido jamás será vencido” y entonando el nombre de Allende. En esas condiciones, era imposible ganar el plebiscito: aun menos triunfar en una elección popular. Recién ahora nos estamos dando cuenta de la necesidad de hablarle no a un mundo ideológico, sino al pueblo entero.

Tristeza y melancolía: dos emociones débiles, que no movilizan, sino que espantan cuando la nostalgia es dominante. McEwan describió muy bien este sentimiento en Máquinas como yo:
—Me siento…-abrió la boca buscando la palabra- nostálgico.
—¿De qué?
—De una vida que nunca he tenido. De lo que podría haber sido.
Alfredo Joignant es sociólogo y analista político