lunes, 26 de octubre de 2026

La Leyenda Rosa: cómo el hispanismo sigue blanqueando un genocidio en pleno siglo XXI

Fuentes: Resumen Latinoamericano. La otra cara de las noticias de América y el Tercer Mundo


A más de quinientos años de la conquista, una corriente intelectual y política insiste en presentar la invasión europea de América como una empresa civilizatoria. La evidencia histórica demuestra lo contrario: fue un proceso de violencia, despojo y dominación que aún hoy se niega a asumir su carácter fundacional.


Un debate que no es sobre el pasado

Cuando en la Argentina contemporánea —y en buena parte de América Latina— resurgen voces que reivindican la conquista española como una gesta civilizatoria, no estamos ante un simple debate historiográfico. Estamos ante una batalla cultural por el presente. La llamada «Leyenda Rosa» —esa narrativa que presenta la colonización como una empresa providencial de evangelización y progreso— no busca comprender el pasado, sino legitimar un orden social jerárquico que hunde sus raíces en la violencia fundacional de 1492.

Sus defensores esgrimen argumentos que, a fuerza de repetición, han logrado instalarse en ciertos claustros académicos y en el discurso público: que España abrió escuelas y universidades, que evangelizó, que el mestizaje produjo una identidad armónica, que sin la conquista los indígenas se habrían exterminado entre sí. Todos estos argumentos comparten un mismo mecanismo: seleccionar hechos aislados para ocultar un proceso global de destrucción.

La evidencia histórica, sin embargo, es contundente. Y desmontarla no es un ejercicio de «resentimiento» o «antihispanismo», sino un acto de honestidad intelectual.

El problema de las categorías: nombrar desde el poder

Antes de desmontar los argumentos de la Leyenda Rosa, es necesario detenerse en un problema más profundo: las categorías mismas con las que describimos este proceso son eurocéntricas. Términos como «descubrimiento», «encuentro», «conquista», «civilización», «barbarie», «paganismo», «idolatría», «arte», «artesanía» o «mestizaje» no son neutros. Fueron acuñados por los propios colonizadores y cargan con una jerarquía de valores que presupone la superioridad de Europa.

Hablar de «descubrimiento» de América implica que el continente no existía antes de que los europeos lo nombraran. Hablar de «encuentro» sugiere una simetría que nunca existió. Hablar de «civilización» frente a «barbarie» invierte la carga de la prueba: obliga a los pueblos originarios a demostrar que eran civilizados según un estándar ajeno. Hablar de «paganismo» o «idolatría» para referirse a las cosmologías indígenas es adoptar el punto de vista del evangelizador que las condenaba.

Incluso el término «conquista» —que parece el más descriptivo— oculta que se trató de una invasión con proyecto de dominación. Y el «mestizaje», como veremos, es una categoría que edulcora la violencia sexual fundacional.

Reconocer este problema no es un capricho posmoderno. Es una exigencia de rigor histórico: no podemos analizar un proceso de dominación con el vocabulario que los dominadores crearon para justificarlo. Nombrar la invasión como invasión, el genocidio como genocidio y la violencia sexual como violencia sexual no es un acto de resentimiento: es un acto de precisión histórica. Y la precisión histórica es el primer paso para desmontar las jerarquías que aún hoy estructuran nuestras sociedades.

El mito de las instituciones «civilizatorias»

Es cierto que la Corona española ordenó fundar escuelas y universidades en Indias. Pero el contexto desmiente la idea de un beneficio generalizado. Las escuelas para «hijos de caciques» tenían como objetivo formar a un sector reducido de la nobleza indígena que sirviera de intermediario para la administración colonial y la difusión del cristianismo. La universidad hispanoamericana, si bien permitió cierta movilidad a individuos talentosos, lo hizo dentro de un sistema que clasificaba racialmente a la población y reservaba los puestos de poder para los peninsulares y sus descendientes.

Más importante aún: la labor educativa y evangelizadora no puede separarse de la conquista. Como señala un análisis de la UNAM, «los intereses imperiales y los principios católicos estaban en armonía» porque el cristianismo podía justificar guerras y, al mismo tiempo, predicar amor universal. La evangelización fue clave para el plan español de expansión y sometimiento: se buscaba convertir a los indígenas para que fueran «susceptibles de ser explotados». Lejos de ser una labor humanitaria desinteresada, era parte de la estructura de dominación.

La catástrofe demográfica: el dato que la Leyenda Rosa no puede ocultar

El núcleo de la negación hispanista es minimizar la magnitud de la destrucción. Los datos, aunque sujetos a debate en sus cifras exactas, apuntan a una catástrofe de proporciones inimaginables. Las estimaciones sobre la población precolombina varían enormemente, desde los 13 millones hasta los 100-110 millones para todo el continente. Lo que no está en disputa es la hecatombe: entre 1492 y 1570 se calculan unos dos millones y medio de muertos solo en el primer período, y para 1630 la población indígena se había reducido a 750.000 en algunas regiones.

Las causas combinaron la violencia directa, las epidemias, la sobreexplotación laboral y el despojo de tierras. La consecuencia no fue solo demográfica, sino también cultural: en muchos lugares supuso «la extinción de las poblaciones aborígenes y la desaparición de su cultura». La narrativa hispanista, al presentar la colonización como un «encuentro» beneficioso, invisibiliza las estructuras políticas, económicas y simbólicas preexistentes y las reduce a un estado de «barbarie» o inexistencia histórica.

El mestizaje: de la violación fundacional al mito identitario

Quizás ningún argumento haya sido tan eficaz para blanquear la conquista como el del mestizaje armónico. Según esta narrativa, la mezcla de españoles e indígenas habría producido una nueva raza, una identidad latinoamericana que trasciende el conflicto. La realidad histórica es otra.

El mestizaje latinoamericano se hizo esencialmente por la coerción. Los testimonios de la época, como el del propio Miguel de Cuneo, describen episodios de violación sexual de mujeres indígenas por parte de los conquistadores. En el Chile colonial, el primer contacto «se caracterizó por ser esencialmente violento y forzoso», y «fueron recurrentes las violaciones que perpetraron los españoles a las mujeres indígenas». El cronista Pedro Mariño de Lobera dejó constancia de que «hubo semanas que parieron sesenta indias de las que estaban en su servicio». Sobre la conquista de México, se concluye que «el mestizaje tuvo como inicio la violación de las indias».

Esta realidad violenta fue luego transmutada en un discurso identitario. El objetivo era construir la figura del «mestizo» como una categoría que, en la práctica, buscaba negar la existencia de europeos e indios como sujetos distintos y en conflicto. Al convertir el mestizaje en el «ser nacional», se invisibilizó la persistencia de las estructuras coloniales de poder y se presentó la violencia fundacional como un simple «encuentro» que produjo una nueva raza.

Como señala la crítica feminista decolonial, el «mestizaje compulsivo» fue una de las formas de violencia sexual de la colonización contra las que los movimientos latinoamericanos han tenido que resistir. En Brasil, la narrativa popular lo resume con crudeza: el país es hijo del «estupro colonial».

La falacia de la «salvación» por alianzas indígenas

Otro de los argumentos hispanistas sostiene que la conquista española «salvó» la vida de muchos indígenas al utilizar la rivalidad entre etnias para beneficio propio. El caso tlaxcalteca es el ejemplo más citado: sin la colaboración de este pueblo, enemigo histórico de los mexicas, la conquista de México no habría sido posible.

Pero esta lectura confunde la estrategia militar con una misión humanitaria. Los españoles no llegaron como árbitros benevolentes. Su alianza con los tlaxcaltecas fue vital para su supervivencia y éxito, pero no los «salvó» de la dominación; simplemente cambió un yugo por otro. Tras la conquista, los aliados indígenas también fueron sometidos a la estructura de poder colonial. La pregunta clave que desmonta esta falacia es: «¿por qué los tlaxcaltecas tenían más intereses en común con los habitantes de Tenochtitlan que con los guerreros de Cortés?». La respuesta es que no los tenían; eran pueblos distintos con intereses propios. Además, las propias crónicas españolas minimizaron y ocultaron el papel decisivo de los aliados indígenas para presentar la conquista como una gesta exclusivamente hispánica.

La «salvación» nunca fue el objetivo; la victoria y el sometimiento, sí.

La evangelización: montaje sobre creencias preexistentes

Cuando se produce el proceso de evangelización, los misioneros no llegaron a un vacío espiritual. Se montaron sobre creencias preexistentes que los europeos llamarían «paganismo», y lo mismo pasó con los conocimientos arquitectónicos. No se trató de un reemplazo limpio, sino de una superposición violenta sobre estructuras preexistentes, con una asimetría de poder brutal.

La Virgen de Guadalupe en el Tepeyac se asoció al culto previo a Tonantzin; muchas fiestas patronales se montaron sobre calendarios agrícolas y rituales locales; santos y vírgenes ocuparon lugares de deidades locales. Pero eso no significa que los europeos «respetaran» esas creencias: las clasificaban como paganismo e idolatría y buscaban erradicarlas. Hubo campañas sistemáticas de destrucción de templos, quemas de códices y objetos rituales, y castigos a prácticas indígenas. La «superposición» fue muchas veces borrado y reemplazo físico: construir el templo cristiano sobre el sitio sagrado para demostrar la derrota de los dioses locales.

Lo mismo ocurre con la arquitectura. La Catedral Metropolitana de Ciudad de México se construyó en parte con piedras del Templo Mayor y sobre el centro ceremonial mexica; el Convento de Santo Domingo en Cusco se erigió sobre el Coricancha, el principal templo inca. No fue solo «aprovechar materiales»: fue una política de demostración de superioridad y borrado simbólico. Los españoles se apropiaron del saber y del trabajo indígena, y luego negaron su valor.

El arte indígena: de la obra maestra a la «artesanía»

Este punto merece una atención especial, porque revela con particular claridad cómo opera la jerarquía cultural impuesta por la «civilización». Los pueblos originarios de América produjeron arte de un altísimo valor estético: esculturas monumentales como las cabezas colosales olmecas o la Coatlicue mexica; pinturas murales como las de Teotihuacán o Bonampak; cerámicas de una sofisticación técnica y simbólica extraordinaria, como las de Nazca, Moche o Tlatilco; textiles de una complejidad incomparable, como los paracas o los incas; orfebrería en oro y plata de una maestría que asombró a los propios europeos.

Sin embargo, el arte era únicamente civilizado y europeo. Lo que producían los indígenas era clasificado como «artesanía» o «arte popular», categorías que degradaban su valor estético y lo reducían a una manifestación «folclórica», «primitiva» o «decorativa». Esta distinción no es inocente: es una operación ideológica que reproduce la jerarquía colonial en el terreno de la estética. Al negar el estatuto de «arte» a las producciones indígenas, se niega también la complejidad intelectual, espiritual y técnica de sus creadores. Se los confina al lugar del «artesano» —un productor de objetos útiles o decorativos— y se reserva el lugar del «artista» —un sujeto con genio creador— para el europeo.

Esta jerarquía persiste hoy. En los museos, las piezas indígenas suelen exhibirse como «arte precolombino» o «etnografía», no como «arte» a secas. En el mercado, una cerámica indígena contemporánea se vende como «artesanía» mientras una obra europea de similar antigüedad se subasta como «arte». La distinción entre «arte» y «artesanía» no describe una diferencia real de valor estético: describe una diferencia de poder. Y desmontarla es también parte de desmontar la Leyenda Rosa.

El caso paradigmático de las misiones jesuíticas

Las misiones jesuíticas en Argentina y Paraguay son un caso especialmente ilustrativo de este «montaje» cultural. Allí los indígenas pasaron a adoptar el modelo de familia monogámica, la tradicional vivienda familiar europea, la educación formal. Se dotó a la lengua guaraní de escritura, se permitió que las iglesias fueran decoradas con motivos indígenas. Pero nada de esto dejó de constituir un proceso de montaje de una cultura sobre otra.

La vivienda guaraní tradicional, de planta alargada y habitada por familias extensas bajo la autoridad de un cacique, fue modificada internamente para imponer un modelo completamente ajeno: se la compartimentó para alojar a familias nucleares monogámicas, tal como las concebía la Iglesia. El objetivo explícito era erradicar la poligamia y las «uniones libres», instituyendo el matrimonio cristiano indisoluble y la patria potestad europea. Como señala un estudio, la base de la reestructuración social en las reducciones fue «la imposición de la familia monogámica y patriarcal».

La dotación de escritura al guaraní es otro ejemplo de cómo una herramienta aparentemente «civilizatoria» operó como un instrumento de «reducción». El propio lenguaje jesuita es revelador: hablaban de «reducir a escritura» y «reducir a arte» la lengua, en paralelo a la «reducción» socio-política de los indígenas a pueblos de misión. La creación de un «guaraní clásico» no fue un acto de preservación cultural desinteresado. Fue una política lingüística deliberada para crear un vehículo estandarizado de comunicación de la doctrina cristiana. La escritura, por tanto, no «salvó» al guaraní: lo domesticó para el proyecto colonial.

Los guaraníes, sin embargo, no fueron receptores pasivos. La historiografía reciente subraya que muchos grupos vieron en las misiones una estrategia de supervivencia frente a otros grupos indígenas hostiles y, sobre todo, ante la amenaza mucho más brutal de los colonos españoles y los esclavistas portugueses. Aceptaron el «montaje» porque la alternativa era peor. Pero eso no convierte la misión en una «república utópica» ni en un ejemplo de convivencia armónica. Fue una administración colonial en una frontera disputada, con una población mayoritariamente indígena, pero bajo dirección y fines europeos.

La doble moral de la «civilización»

Si algo revela la persistencia del relato civilizatorio es su doble moral. Se juzga la propia historia con un estándar de intenciones («llevar la civilización», «salvar almas») mientras se ignoran o minimizan los métodos y las consecuencias reales para las poblaciones sometidas.

La comparación con los Aliados en la Segunda Guerra Mundial es históricamente pertinente. Intelectuales como Aimé Césaire y Frantz Fanon señalaron la contradicción de potencias coloniales que condenaban los crímenes nazis mientras cometían atrocidades similares en sus imperios. Césaire constató la «coherencia histórica del colonialismo y del nazismo». Fanon, por su parte, calificó abiertamente a los colonizadores como «criminales de guerra». Esto no equipara a los Aliados con el Eje, pero sí demuestra que la narrativa de «los buenos contra los malos» oculta que los «buenos» también cometieron actos de extrema violencia contra civiles.

De la misma manera, presentar a España como una potencia «civilizadora» que «salvó» a los indígenas oculta que su empresa estuvo marcada por la violencia, el despojo y la imposición de un sistema de dominación. El legado de la empresa «civilizatoria» no es la ilustración y el progreso, sino la persistencia de jerarquías raciales que continúan marginando a las mismas poblaciones que fueron colonizadas. La Unión Europea reconoce que el racismo está «profundamente arraigado en las instituciones» y el Parlamento Europeo ha declarado formalmente que «el Holocausto y las injusticias históricas, incluidos el colonialismo y la esclavitud, siguen configurando el racismo estructural en Europa hoy».

¿Por qué persiste la justificación académica en el siglo XXI?

La pregunta es la más incisiva. ¿Cómo es posible que, con toda la evidencia disponible, se siga sosteniendo en pleno siglo XXI que la conquista fue parte de un proceso civilizatorio y no una invasión?

La respuesta no está en la falta de evidencia, sino en el uso político del pasado. Lo que se disputa no es la verdad histórica, sino la legitimación de un orden jerárquico y de una identidad que se niega a asumir su carácter fundacional violento.

La corriente que justifica la conquista se articula en torno a la «Leyenda Rosa», una narrativa que la conceptualiza como una «empresa fundamentalmente civilizatoria y evangelizadora de carácter providencial». Esta visión minimiza el genocidio demográfico y la expropiación, y presenta la conquista como un «encuentro» beneficioso que integró a sociedades percibidas como «carecientes de complejidad» a la modernidad europea.

Esta narrativa no es solo histórica; es un proyecto de identidad. El hispanismo sostiene la idea de una «patria espiritual» y una jerarquía donde los pueblos colonizados deben reconocer a España como «la creadora de su propio ser». Desde esta óptica, se rechazan las contribuciones de los pueblos originarios y se presenta a España con una suerte de «autoridad moral» tutelar sobre las naciones americanas.

El objetivo de estas relecturas no es tanto comprender el pasado, sino «ganar la batalla cultural del presente». El hispanismo revisionista busca influir en la educación y el discurso público para consolidar una determinada identidad nacional que se siente amenazada por las demandas de justicia histórica y los movimientos indígenas actuales. Y no es casual que estos gestos de revisión histórica coincidan con intereses económicos concretos, como la presencia de miles de empresas españolas en América Latina.

Es crucial matizar que la academia no es un bloque monolítico. Existe una sólida tradición crítica que ha desmontado estos mitos. Obras como Seven Myths of the Spanish Conquest de Matthew Restall demuestran, con evidencia documental, la falsedad de relatos como el del «puñado de hombres excepcionales» o la «superioridad tecnológica decisiva». Sin embargo, la persistencia de la Leyenda Rosa en ámbitos académicos y políticos muestra la fuerza de un relato que no busca tanto la verdad histórica como la legitimación de un orden jerárquico.

Conclusión: nombrar la invasión, nombrar el arte, nombrar la violencia

A más de quinientos años, seguir sosteniendo que la conquista fue parte de un proceso civilizatorio y no una invasión no es un simple error académico. Es una toma de posición en la disputa por el presente. La evangelización se montó sobre creencias preexistentes para reemplazarlas y controlarlas; la arquitectura colonial se montó sobre templos y saberes indígenas para borrarlos y aprovecharlos; el mestizaje se impuso por la fuerza sobre los cuerpos de las mujeres indígenas; las misiones jesuíticas erigieron un orden nuevo sobre los cimientos de una sociedad preexistente, vaciándola de su lógica propia. Y el arte indígena —esculturas, pinturas, cerámicas, textiles, orfebrería de altísimo valor estético— fue degradado a «artesanía» para reservar el estatuto de «arte» a la producción europea.

Llamar a eso «civilización» es una coartada ideológica. Y desmontarla no es negar la complejidad de la historia ni adoptar una postura «victimizante». Es reconocer que el relato de la «civilización» fue, en gran medida, la justificación de la dominación. Nombrar la invasión como invasión, el genocidio como genocidio, la violencia sexual como violencia sexual y el arte indígena como arte no es un acto de resentimiento: es un acto de justicia histórica. Y la justicia histórica es el primer paso para desmontar las jerarquías raciales y culturales que aún hoy estructuran nuestras sociedades.

La pregunta no es por qué seguimos discutiendo esto. La pregunta es por qué algunos se empeñan en que dejemos de hacerlo.


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domingo, 25 de octubre de 2026

El coro rociero de Díaz Ayuso

La señora Díaz Ayuso tiene un don: poner palabras al desprecio. Y se le ha ocurrido calificar a los profesores y profesoras que se manifiestan por la enseñanza pública en Madrid de «coro rociero». Es muy torpe al hacerlo porque, de una tacada, ha conseguido ofender al profesorado en huelga y a quienes forman, admiran y aman los coros rocieros. Estas fueron sus palabras, de inequívoca pobreza lingüística: «Lamento el coro rociero (sic ) que me va acompañando esta mañana».

Cuando lo considera conveniente, se inventa descalificaciones que están muy alejadas de la realidad. Y así, ha dicho de los docentes huelguistas que son «gente violenta». ¿Se puede comparar el comportamiento de estos huelguistas con lo que están haciendo los manifestantes en Francia, que han incendiado el Ayuntamiento de Limoges? Dice Ayuso: «Es gente que no respeta, que es violenta y que a través del acoso y la intimidación pretende no sé qué». Es que cada frase que sale de su boca está llena de ponzoña. ¿No respeta? ¿Es violenta? ¿A través del acoso y de la intimidación? ¿Se pueden resumir las reivindicaciones con un despectivo «no sé qué»?

Y atribuye intenciones a su antojo: esta es «una huelga política». Ayuso acusa al Gobierno central de estar detrás de la huelga por intereses electorales. ¡Una huelga que estaba programada desde el 12 de junio, meses antes de que se convocasen las elecciones! Una huelga cuyas reivindicaciones no quiere ni escuchar. En lugar de sentarse con el profesorado y conocer sus demandas, ella elige el desprecio y el descrédito. Es más, se avergüenza de que esas personas violentas tengan en sus manos la educación de los alumnos y alumnas de la Comunidad de Madrid.

Después de permanecer en el Palacio de Santoña donde ha mantenido una reunión mientras los profesores la esperan a la salida, dice que mientras ella dentro estaba construyendo, fuera estaban otros destruyendo. Qué cinismo. ¿Destruyendo qué? Porque el trabajo que va a mejorar la sociedad es lo que esos manifestantes hacen en las aulas por un sueldo bajo, no lo que hacen los políticos en sus despachos, con una remuneración muy superior. Me dolieron los golpes que la policía propició a los manifestantes para dejar despejada la puerta de salida. Ninguno de los golpeados respondió a la contundencia abusiva de las porras. ¡La policía dando golpes a los profesores y las profesoras que luchan por mejorar la educación! Y la presidenta golpeando con injurias a quienes desempeñan la tarea más importante, hermosa y difícil que se le ha encomendado al ser humano en la historia: trabajar con la mente y el corazón de los niños, de las niñas y de los jóvenes.

Pero, esta señora, ¿Quién se ha creído que es?, ¿Qué concepto tiene de la democracia?, ¿Qué idea tiene del papel de un gobernante?, ¿no sabe que es el pueblo quien manda y el gobernante quien sirve?, ¿no sabe que una virtud del político es la humildad y no la altanería?, ¿Qué idea tiene de la educación?, ¿Qué respeto les tiene a los docentes de su Comunidad? Creo que debería volver a las aulas para que esos profesores y profesoras de la enseñanza pública pudieran explicarle algunas ideas elementales de educación para la ciudadanía.

El problema reside en la petulancia y en la prepotencia de este personaje, a quienes sus secuaces aplauden más fervientemente cuanto más y mejor insulta al adversario. Ella cree que lo hace mejor que nadie. Por eso dice que más de lo que se hace en la Comunidad de Madrid por la escuela pública no se puede hacer (¡y es la Comunidad que dedica la menor cantidad de dinero por alumno!). Ni una pizca de autocrítica. Ni una mínima sensatez ya que es muy fácil comprobar lo que se hace en otras comunidades autónomas del país.

Otro problema es el escaso valor que le concede a la escuela pública. A ella le importa más la privada. No se da cuenta de que la escuela pública es la causa de la justicia, es la escuela de todos y de todas, para todos y para todas. La señora Ayuso no le concede a la educación la importancia que se merece. No sabe que la educación es la piedra angular de la transformación de las personas y de las sociedades. La historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe, decía Herbert Wells.

Es que ni le importa saber, a través de los representantes, qué es lo que piden los profesores y las profesoras. Lo sabe, claro está, pero no lo quiere escuchar. Es una actitud que muestra poco respeto, mucho desprecio y mucha chulería. ¿Por qué no se sienta a escuchar sus peticiones? ¿No tiene tiempo? Sí, tiempo tiene porque le sobra para hacer un hueco al señor Milei, que se harta de insultar al presidente de su país. Menuda patriota. ¿No tiene ganas? Pues no, no las tiene.

La señora Ayuso muestra un orgullo intolerable al despreciar las reivindicaciones del profesorado. No se digna a sentarse con los representantes de los huelguistas ni le da órdenes a su consejera de Educación para que lo haga en su nombre.

Los profesores piden mejora salarial, como es lógico y justo. Hay mucha hipocresía en los políticos que hacen un elogio de lo que significa la educación en una sociedad pero que no trata a los profesores y a las profesoras de una forma coherente con aquellos elogios.

Piden también mejoras en las condiciones laborales: menos alumnos y alumnas por aula, menos horas lectivas para atender mejor las exigencias de la diversidad, menor carga burocrática…

Quieren también mejorar la calidad de la tarea educativa a través de la presencia de orientadores y orientadoras, de especialistas en logopedia y en Pedagogía Terapéutica.

Proponen también que mejore la climatización de las aulas para que los alumnos y alumnas no tengan que soportar temperaturas extremas, retirar el amianto de las escuelas e institutos y construcción completa de los centros sin prolongar las obras por fases mientras se imparten las clases.

¿No pueden sentarse a negociar? Cuando los médicos estaban en huelga, la señora Ayuso interpelaba a la ministra Mónica García por el descontento de los profesionales de la salud y le achacaba que no negociase con los manifestantes pero, cuando le sucede a ella, la reacción es diferente. Ayuso maneja como nadie la ley del embudo.

Qué pésimo ejemplo para las familias, para los alumnos y las alumnas, para toda la ciudadanía. Los profesores y las profesoras merecen un respeto, tienen una dignidad. No se les puede tachar de violentos sin la menor evidencia, no se les puede negar un asiento en la mesa de negociación, no se les puede tachar de rémora (mientras nosotros construimos, ellos destruyen).

«Imaginad la educación de vuestros hijos en manos de gente como la que tenemos en la puerta», dice Ayuso. Esta es una frase intolerable por la que pido la dimisión de esta gobernante sin vergüenza. ¿Qué está haciendo «esa gente»? Está ejerciendo un derecho constitucional a costa de su dinero, de su esfuerzo y de su tiempo. Está recibiendo algunos porrazos de la policía para que su presidenta les pueda insultar sin riesgos.

Le voy a recordar a la señora Ayuso que la solución a los problemas de Madrid, de España y del mundo no se encuentra en su despacho de Sol, ni en los bancos, ni en las iglesias, ni en las multinacionales, ni en los cuarteles. Está en las escuelas, porque en ellas está el epicentro de la educación. Y la calidad de la educación tiene su piedra angular en la selección, en la formación y en las condiciones del trabajo de los profesores y las profesoras.

Quiero informar a la señora Ayuso de que la revista A Pagina da Educaçâo, en la que la que escribo desde hace más de veinte años, y el sindicato docente FENPROP, están trabajando ante la Unesco para que declare la relación profesor/alumno Patrimonio Común de la Humanidad. Ella desprecia esa relación.

En el año 2014 publiqué en la Universidad de Guadalajara (México) un libro titulado ‘El Arca de Noé. La escuela salva del diluvio’. Del diluvio de la ignorancia, de la insolidaridad, de la injusticia, de la opresión, de la violencia… Me sugirió el título el nombre de una escuelita argentina que llevaba ese nombre. Me pareció una metáfora magnífica. Para que ese Arca pueda navegar en un mar proceloso tiene que contar con una tripulación bien preparada, bien equipada, bien remunerada. No destinar dinero a la educación es practicar el masoquismo económico ya que si la calidad de la educación es cara, la ignorancia resulta mucho más cara.

Mi respeto, mi admiración, mi apoyo y mi afecto para estos profesores y profesoras de la enseñanza pública madrileña que están luchando generosamente por la mejora de la educación en la comunidad de Madrid. No merecen ese trato de la que se hace llamar su presidenta. Una presidenta que no sabe que la palabra autoridad proviene del verbo latino auctor, augere, que significa hacer crecer.

Quien desprecia, humilla, insulta y maltrata tendrá poder, pero no tiene autoridad.

sábado, 24 de octubre de 2026

De Medellín a Ho Chi Minh: 5 ciudades en pleno auge que los viajeros no deberían perderse

Vista aérea del metro de Medellín pasando por la Plaza Botero, en el centro de la ciudad, al atardecer.


Este año, Nueva York, Londres y París encabezan una vez más el famoso Índice Global de Ciudades de Oxford Economics. Pero, más allá de esos nombres conocidos, el informe destacó 28 "ciudades a las que seguirles la pista": lugares que podrían convertirse en destinos cada vez más apetecidos en los próximos años por su rápido crecimiento y prosperidad en aumento.

Son ciudades que no solo están creciendo económicamente.

Con nuevos barrios, una oferta cultural en auge y mejores conexiones de transporte, están transformando la experiencia de quienes las visitan y se están convirtiendo en lugares cada vez más interesantes para explorar.

Seleccionamos cinco ciudades de la lista y hablamos con personas que las conocen bien para descubrir qué está cambiando en ellas y por qué vale la pena visitarlas ahora.

1. Toulouse, Francia

Una mujer que carga una mochila sentada a la orilla del río en Toulouse cerca de un puente; en el fondo, se ve un edificio con una cúpula.
Pie de foto,Toulouse, en el sur de Francia, es una de las ciudades de mayor crecimiento en Europa.
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Una mujer que carga una mochila sentada a la orilla del río en Toulouse cerca de un puente; en el fondo, se ve un edificio con una cúpula. 

Toulouse, en el sur de Francia, es una de las ciudades de mayor crecimiento en Europa.

Con una población que se prevé que aumente en 57.000 habitantes en los próximos cuatro años —más que en cualquier otra ciudad de Francia—, Toulouse es una de las ciudades de mayor crecimiento de Europa.

Su clima templado, su costo de vida relativamente asequible y su alta calidad de vida están atrayendo a nuevos residentes jóvenes y cualificados.

"Aquí no tienes que elegir entre una vida tranquila y una vida acelerada", afirma Elodie Paramelle, quien regresó recientemente a Toulouse después de pasar 10 años en Londres.

"Tienes la energía de una gran ciudad, con una oferta gastronómica increíble, cafeterías independientes, bares de cócteles y una oferta cultural cada vez más amplia, todo ello combinado con un ritmo de vida mucho más pausado".

Toulouse ha cambiado considerablemente en los últimos años, según Mélodie Tyler, quien regresó a la ciudad después de vivir siete años en París.

Cuenta que ahora es mucho más fácil recorrerla a pie y en bicicleta, y que su oferta gastronómica y de vinos se ha ampliado enormemente.


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Asterión, una gigantesco minotauro animatrónico creado por una compañía local de teatro callejero, pasea por Toulouse. También señala que el ambiente animado se extiende más allá del centro histórico.

"En Ponts-Jumeaux, el barrio donde vivo, hay un montón de festivales, guinguettes (bares al aire libre) y competencias de skate", describe.

"¡A los tolosanos nos encanta salir de fiesta y pasar tanto tiempo al aire libre como sea posible!".

Además de sus barrios animados, Toulouse es también un importante centro de la industria aeroespacial, con cientos de empresas, entre ellas la casa matriz de Airbus.

Los visitantes pueden descubrir esa herencia en la Cité de l'Espace, un centro de divulgación dedicado al espacio, o en Aeroscopia, un museo de aviación situado junto a las pistas de Airbus.

Para quienes buscan algo más inusual, La Halle de La Machine combina arte e ingeniería a través de gigantescas criaturas mecánicas creadas por una compañía local de teatro callejero.

2. Ciudad Ho Chi Minh, Vietnam

Una calle de Ciudad Ho Chi Minh con pequeños edificios coloridos y motocicletas pasando por enfrente.
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Una calle de Ciudad Ho Chi Minh con pequeños edificios coloridos y motocicletas pasando por enfrente.

El rápido crecimiento de Ciudad Ho Chi Minh está transformando su paisaje urbano, pero los barrios tradicionales siguen atrayendo a los turistas.

La ciudad más grande de Vietnam atraviesa una etapa de transformación extraordinaria.

Oxford Economics prevé que Ciudad Ho Chi Minh estará entre las 50 ciudades de mayor crecimiento del mundo en los próximos cinco años y que, para 2050, su economía podría alcanzar a la de Berlín.

El turismo también está en auge: el año pasado recibió más de ocho millones de visitantes internacionales, una cifra que superó todas las previsiones.

"La primera línea de metro no se inauguró hasta finales de 2024, y es uno de los símbolos más tangibles de la rapidez con la que está cambiando la ciudad", señala Meaghan Yash, especialista en viajes de la agencia Timbuktu Travel, que diseña itinerarios por la ciudad con frecuencia.

La línea, de 20 kilómetros, conecta el mercado de Ben Thanh, en el centro de la ciudad, con el parque temático Suoi Tien. El billete sencillo cuesta menos de un dólar.

Sin embargo, el atractivo de Ciudad Ho Chi Minh reside en su capacidad para combinar transformación y continuidad.
Tres personas trabajando en un puesto de sándwiches en Ciudad Ho Chi Minh.
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Tres personas trabajando en un puesto de sándwiches en Ciudad Ho Chi Minh.

Los puestos callejeros de bánh mì, sándwiches de carne con vegetales y hierbas, son una parte fundamental de la vida urbana de Ciudad Ho Chi Minh.

Chris Buchart, director comercial de Fusion Group, una empresa hotelera vietnamita, recomienda visitar la Oficina Central de Correos y la Ópera, ambas de la época colonial francesa, y después el Museo de los Vestigios de la Guerra, para conocer mejor la historia del país.

Todo eso mientras se explora otra de las grandes fortalezas de la ciudad: su comida.

Buchart recomienda probar el bánh mì (sándwich vietnamita preparado con una baguette), el cơm tấm (arroz partido) y el bánh xèo (crepes crujientes).

Por su parte, Yash sugiere aventurarse más allá de los circuitos turísticos habituales del Distrito 1, en el centro, y explorar barrios residenciales más tranquilos, con calles arboladas ideales para pasear y descubrir cafeterías.

También recomienda visitar Chợ Lớn, el histórico barrio chino de la ciudad, conocido por sus mercados, templos y tiendas de medicina tradicional.

Al otro lado del río, en Thảo Điền, las boutiques independientes, las galerías y las marcas vietnamitas locales son excelentes lugares para ir de compras.

3. Varsovia, Polonia

Una vista panorámica del centro histórico de Varsovia
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Una vista panorámica del centro histórico de Varsovia 

La capital polaca vive una rápida transformación económica.

La capital de Polonia ha tenido uno de los ascensos más rápidos en el Índice Global de Ciudades: subió más de 100 puestos hasta situarse en el número 61.

Su puntuación en calidad de vida ya supera las de Londres, Nueva York y Tokio, y se prevé que su economía crezca alrededor de un 3% anual, casi el doble del promedio de las ciudades europeas.

Para Konrad Warzecha, un polaco-australiano que tiene su hogar en el distrito de Wola, en Varsovia, la transformación ha sido extraordinaria.

"Desde nuestro balcón se puede ver toda la ciudad, y las carreteras, las autopistas y los rascacielos que se han construído durante los últimos 20 años han hecho que la ciudad quede casi irreconocible", explica Warzecha, autor del blog House Sitters Guide.

Según él, los mayores cambios se perciben en las calles.

"De niño me transportaba en tranvía y no me sentía seguro; vi muchos robos", cuenta.

"Ahora me siento más seguro que nunca. La gente camina por las calles de noche, están limpias y los problemas se resuelven rápidamente".

Un bar de leche en Polonia alumbrado con luces de navidad; en la puerta, un hombre y una mujer de espaldas, agarrados de la mano.





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En los famosos "bares de leche" polacos (bar mleczny) se consiguen comidas caseras y a buenos precios, señala Warzecha.

A quienes visitan la ciudad por primera vez, Warzecha les recomienda una ruta a pie que combine la Varsovia antigua y la moderna.

Él empieza en el Palacio de la Cultura y la Ciencia, de la época soviética, y recorre el bulevar Nowy Świat hasta llegar al casco antiguo, reconstruido minuciosamente tras la Segunda Guerra Mundial.

Por el camino, hace una parada para comer pączki (donas polacas) o almorzar en un bar mleczny, establecimientos sencillos que sirven comida casera a precios asequibles.

"Sabe a comida hecha en casa", dice. "Una comida de tres platos con bebidas cuesta unos US$17".

En el pasado, Warzecha quería abandonar Polonia y regresar a Australia, pero ahora sus sentimientos han cambiado.

"Últimamente, Varsovia es uno de los lugares que más recomiendo, y no porque sea de allí. Me enorgullece tener raíces polacas".

4. Medellín, Colombia

Vista panorámica a la Comuna 13 de Medellín en la que se observan murales de arte urbano.
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Vista panorámica a la Comuna 13 de Medellín en la que se observan murales de arte urbano.

La Comuna 13, que en el pasado fue uno de los barrios más conflictivos de Medellín, se ha convertido en centro de arte callejero, música y turismo. 

La extraordinaria transformación de Medellín también se refleja en su desempeño económico.

El empleo en el sector financiero se duplicó en los últimos 20 años, y Oxford Economics prevé que, para la década de 2040, los ingresos medios de esta ciudad colombiana superarán los de Buenos Aires y São Paulo.

"En los 10 años que llevo viviendo aquí, Medellín ha pasado de ser una curiosidad para los viajeros más atrevidos a convertirse en un destino turístico de referencia", afirma Patrick Quinn, quien dirige el Colombia Writers Retreat en El Peñol, un municipio cercano.

"Lugares que antes estaban deteriorados o pasaban inadvertidos, como la Comuna 13, el Perpetuo Socorro y Ciudad del Río, se han convertido en centros culturales y económicos".

El Metrocable, el primer sistema de teleférico urbano diseñado para el transporte público masivo, conecta a residentes y visitantes con las laderas de las montañas que rodean Medellín, y los nuevos distritos creativos les ofrecen a los viajeros más motivos para explorar la ciudad.

Vista panorámica de Medellín.



Vista panorámica de Medellín.

"La oferta gastronómica, artística y de diseño es lo suficientemente amplia como para justificar una visita de varios días", expone Joanna Rigby Jones, especialista en viajes de Timbuktu Travel que lleva años organizando itinerarios por la ciudad.

Ella recomienda visitar el Perpetuo Socorro, un distrito creativo con tiendas de diseño, galerías y cafeterías especializadas.

La Comuna 13, que alguna vez fue uno de los sectores más peligrosos de la ciudad, hoy atrae a grandes multitudes.

"Ve con un guía local que te explique el contexto de los murales, las escaleras eléctricas y la música, en lugar de tratar el barrio simplemente como un fondo para fotos de Instagram", recomienda Rigby Jones.

Quinn también aconseja recorrer los barrios de El Poblado y Laureles y descubrir el trabajo de creadores y curadores locales.

"Así podrás volver a casa y contar historias que ayuden a desmontar las ideas equivocadas y desactualizadas que todavía existen sobre este lugar", sostiene.

5. Abu Dabi, EAU

El palacio Qasr Al Watan, en Abu Dabi, bajo un cielo azul.
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El palacio Qasr Al Watan, en Abu Dabi, bajo un cielo azul.

Qasr Al Watan es el palacio presidencial de Emiratos Árabes Unidos.

Abu Dabi, que en el pasado fue profundamente dependiente del petróleo, ha transformado su economía mediante inversiones en tecnología, energías renovables, el sector inmobiliario y los servicios financieros.

La capital de Emiratos Árabes Unidos ocupa ahora el sexto puesto del Índice Global de Ciudades en cuanto a las competencias y el nivel educativo de su población activa, por delante de París y Boston.

Además, se prevé que su economía no petrolera y su mercado laboral superen a los de la vecina Dubái.

"Abu Dabi tiene un ritmo algo más pausado y relajado que Dubái o Sharjah", afirma Muna Abu-Hijleh, una estadounidense que ha vivido tanto en Abu Dabi como en Sharjah.

"Hay una mayor sensación de amplitud y es bastante fácil pasar de una ciudad muy moderna a la playa, los manglares o barrios más tranquilos".

La fachada del Museo Nacional Zayed, a orillas del mar, con unas tiras de luz cálida encendidas.

El Museo Nacional Zayed forma parte de un creciente distrito cultural en la isla de Saadiyat, en Abu Dabi.
 
La fachada del Museo Nacional Zayed, a orillas del mar, con unas tiras de luz cálida encendidas.
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Ese ritmo más pausado es también parte del atractivo para Jeremy Savory, un residente de Emiratos Árabes Unidos desde hace muchos años que visita Abu Dabi con frecuencia.

"Es una ciudad concebida para ofrecer una alternativa estable al brillo y la ostentación de Dubái", indica. "En esta región en estos momentos, ser aburrido es un argumento a favor".

Sin embargo, Abu Dabi está haciendo una apuesta cultural de gran envergadura.

En la isla de Saadiyat, el Museo de Historia Natural de Abu Dabi y el Museo Nacional Zayed abrieron sus puertas en 2025, y está previsto que el Guggenheim Abu Dabi, diseñado por Frank Gehry, abra sus puertas el 11 de diciembre de 2026.

Abu-Hijleh recomienda dedicar al menos un día a disfrutar de la ciudad sin prisas, por ejemplo, desayunando en una cafetería local o paseando por un centro comercial.

"Desde fuera, Emiratos Árabes Unidos puede parecer increíblemente futurista, pero la vida cotidiana es mucho más corriente y humana de lo que podrían hacer pensar sus rascacielos y hoteles de lujo". 


viernes, 23 de octubre de 2026

La derecha ya no sabe ni insultar

Cuenta Borges, en su “Arte de injuriar”, una anécdota tomada de Thomas de Quincey sobre un caballero que, en una discusión teológica o literaria, recibió un vaso de vino en la cara y respondió sin inmutarse: “Esto, señor, es una digresión; espero su argumento”.

Lo recordé al ver la pintada que alguien de derechas ha dejado en la puerta de la sede de un partido de izquierdas en Huelva, queriendo insultar a sus militantes y dirigentes: “Comegambas”.

Quienes somos de izquierdas tenemos asumido que nos pueden llamar de todo. Rojos, por supuesto, aunque a estas alturas suena casi a comentario de época; sucios, como si el jabón tuviera carné de partido; ignorantes, casi siempre en boca de quien no ha terminado de leer un libro en su vida; ineptos, violentos… Y, si eres mujer, fea o puta, que es el insulto que queda cuando en la cabeza ya no queda nada. El repertorio es amplio y conocido, pero tiene un rasgo característico: mengua día a día el ingenio que lo sostiene.

Y, sin embargo, no siempre fue así. Hubo un tiempo en que la derecha insultaba a la izquierda con talento. Cuando la diputada laborista Bessie Braddock le espetó a Churchill: “Winston, estás borracho, y lo que es peor, asquerosamente borracho”, el premier le respondió sobre la marcha: “Bessie, querida, tú eres fea, y lo que es peor, asquerosamente fea. Pero mañana yo estaré sobrio y tú seguirás siendo asquerosamente fea”. Y cuando, en el debate presidencial de 1984, le preguntaron a Ronald Reagan si su edad le restaba facultades frente al demócrata Walter Mondale, contestó enseguida: “No voy a explotar con fines políticos la juventud y la inexperiencia de mi adversario”. El propio Mondale se rio, y años después admitió que en ese instante supo que había perdido.

Eran otros tiempos y otros lugares. En nuestra España de ahora, la siempre encopetada derecha que tanto presume de linaje, colegio y apellido compuesto, no ha encontrado nada más elaborado que llamar “hijo de puta” a Pedro Sánchez en cualquier momento y circunstancia, venga o no a cuento: en el Congreso, en el estadio, en la cola de la panadería o en cualquier conversación familiar. Demasiado colegio privado y estudios en el extranjero para terminar así, y por seguir a personajes tan mal educados, bocas sucias y groseros como Trump o Milei.

Por eso, lo confieso, el “comegambas” me pareció al principio un salto cualitativo. Al menos hay en él un amago de concepto, casi una tesis: la izquierda es impostora, pues predica el pan para todos y toma, sin embargo, marisco. Aunque, en realidad, tiendo a pensar que detrás de eso está el abismo de la estulticia.

Porque cabe preguntarse qué tipo de circuito neuronal lleva a alguien a concluir que las personas de izquierdas somos despreciables porque nos gusten las gambas y las comamos de vez en cuando. Y, sobre todo, que se insulte a alguien porque coma gambas ¡en Huelva!

Sembrar odio adobado con ignorancia conduce a esto: a creer que la izquierda tiene prohibido el disfrute, que el socialismo es un régimen de pan duro, sopa rancia y agua sucia y que todo militante que pide una ración de algo traiciona a la clase obrera. Es justo al revés. Quienes somos de izquierdas nunca hemos querido que nadie deje de comer gambas, sino que las coma todo el mundo. Lo que nos preocupa es cuántos y quiénes se pueden sentar a la mesa.

La historia está llena de insultos que merecían no olvidarse. Quevedo despachó a Góngora con un soneto que empieza “Érase un hombre a una nariz pegado”, y cuatro siglos después lo seguimos recitando de memoria. Y el conservador Disraeli explicaba la diferencia entre una desgracia y una catástrofe poniendo a su rival liberal como ejemplo: que Gladstone cayera al Támesis -decía- es una desgracia; la catástrofe sería que alguien lo sacara. Son frases crueles, como la de Churchill, pero detrás de ellas hay ingenio; es decir, la inteligencia de alguien que pensó para poder decirla. Justo lo que no hay detrás del “comegambas” ni del «Pedro Sánchez hijo de puta». Las primeras son memorables; los insultos de la derecha española de Feijóo, Ayuso o Abascal se los llevará pronto el viento y no los recordará nadie. Son pura disgresión.

Schopenhauer lo dejó claro en El Arte de tener razón cuando señaló la última de las estratagemas que recomendaba: «Cuando se advierte que el adversario es superior y que uno no conseguirá llevar razón, personalícese, séase ofensivo, grosero».

Ese es el único consejo filosófico que la derecha española sigue al pie de la letra. Seguramente, sin haberlo leído; o quizá creyendo que Schopenhauer fue un famoso futbolista alemán.

Fuente original: 

jueves, 22 de octubre de 2026

La primera vuelta al mundo

Salieron cinco barcos. Tres años después, una sola nave regresó a España por el camino que había rodeado la Tierra.

El 6 de septiembre de 1522, la nao Victoria alcanzó Sanlúcar de Barrameda. Dos días más tarde llegó a Sevilla. Al mando estaba Juan Sebastián Elcano, un marino de Getaria que había asumido una responsabilidad enorme durante una expedición transformada por pérdidas, conflictos y cambios de mando.

El viaje había comenzado en 1519, bajo la dirección de Fernando de Magallanes y al servicio de la Corona de Castilla. Su objetivo comercial era llegar a las islas de las Especias por una ruta occidental. Las especias tenían un gran valor, y encontrar un acceso a sus lugares de producción formaba parte de la rivalidad de las potencias europeas.

Desde el Atlántico, la expedición siguió la costa sudamericana y buscó un paso hacia otro océano. Encontrar y atravesar el estrecho que hoy lleva el nombre de Magallanes no resolvió el peligro. Después vino una travesía del Pacífico mucho más larga de lo que los navegantes habían podido prever con los conocimientos y medios disponibles.

El hambre, las enfermedades y el deterioro de los alimentos golpearon a las tripulaciones. Tampoco hubo una cadena de éxitos sin conflicto. Se produjeron enfrentamientos internos y decisiones violentas. En abril de 1521, Magallanes murió en Mactán, en las actuales Filipinas, durante una intervención armada. No completó la vuelta al mundo.

La flota se había reducido. La Santiago se perdió explorando la costa americana; la San Antonio abandonó la expedición y volvió a España; la Concepción fue quemada cuando faltaban hombres para mantener todos los barcos. La Trinidad quedó en las Molucas para ser reparada y después intentó, sin éxito, regresar por el Pacífico.

La Victoria tomó otra dirección. Elcano condujo la nave hacia el oeste, atravesando el océano Índico y rodeando África. Esa decisión permitía avanzar hacia España, pero obligaba a afrontar distancias enormes y a evitar comprometer el viaje en territorios controlados por Portugal. El regreso tenía que conseguirse con un barco gastado y una tripulación cada vez más debilitada.

Una nao podía llevar carga, provisiones y personas, pero no ofrecía una reserva ilimitada de ninguna de ellas. Las velas, la jarcia y el casco requerían cuidados mientras el mar seguía imponiendo su ritmo. Al doblar el cabo de Buena Esperanza, la expedición todavía estaba muy lejos de poder considerar terminado su esfuerzo.

En Cabo Verde buscaron abastecimiento. Trece hombres quedaron retenidos por los portugueses, y la Victoria se marchó sin ellos. La documentación del viaje recoge también una sorpresa en el calendario: sus cuentas no coincidían con el día reconocido en tierra. Al avanzar continuamente hacia el oeste habían acumulado una diferencia que el recorrido completo del planeta hacía visible.

Los dieciocho hombres célebres por llegar con Elcano a España no fueron los únicos supervivientes de toda la expedición. Hubo personas que regresaron antes y otras que volvieron después de su cautiverio. Confundir el grupo que culminó aquella circunnavegación con la totalidad de los supervivientes altera la historia.

La llegada demostró de forma práctica que era posible completar un circuito marítimo alrededor de la Tierra. Su precio incluyó numerosas muertes, sufrimiento y violencia. La hazaña pertenece a quienes culminaron el viaje y al esfuerzo de una expedición mucho más amplia.

En el muelle quedaba una nave agotada. Su tamaño era pequeño frente al recorrido que acababa de completar: había unido, navegando, los océanos que separaban a los continentes. 

 #historiadeespaña 

 #Elcano #ecosdelmundotv

martes, 20 de octubre de 2026

Jóvenes fascistas

Los que me leéis desde hace años, me habéis pedido que escriba sobre el auge del fascismo en las aulas de Secundaria.

No sé si sería capaz de explicar, ni siquiera de describir con precisión, todo lo que está pasando, pero hay algo que sí puedo afirmar y es que la práctica totalidad de estos chavales no tiene ni idea de lo que fue el fascismo, el franquismo ni la posterior dictadura; esas niñas tan monas ahí colocadas detrás de esas banderas, cuyo significado no conocen, no saben cómo vivieron sus bisabuelas. Y lo terrible, además de un auge del franquismo, es que con tanto blanqueamiento, hemos conseguido que la ignorancia histórica cotice como estética de la rebeldía.

Les da igual qué bandera agitar; la constitucional española, la del pajarraco franquista o la cruz de Borgoña. Todo vale para hacerse el antisistema, que es una manera bastante peculiar de serlo cuando uno es tan cateto que necesita que le expliquen contra qué sistema está protestando.

En los setenta y los ochenta, escuchar, qué sé yo, a Bowie o hacerse punk podía significar una ruptura con las convenciones, una impugnación de la autoridad, una manera de decirle al mundo que uno no había venido a obedecer sin preguntas. Ahora tenemos chavales que se creen la reencarnación de Sid Vicious mientras agitan banderas de quienes habrían enviado a Sid Vicious a callarse, cortarse el pelo y aprender obediencia.

La historia tiene estas bromas, aunque para entenderlas haya que haber leído algo más que lo que ofrece TikTok.

Y oye, hay que joderse, pero tiene mérito que hayan conseguido convertir una ideología autoritaria en un gesto de insumisión. Poca broma porque aquí se acaba el recorrido de la gracia. Muchos de estos jóvenes ya tienen edad para votar y el próximo 29 de noviembre lo harán después de haber aprendido a identificar el socialismo con todos los males del universo, aunque probablemente no sabrán definirlo sin recurrir a alguna consigna prestada —PedroSánchezHijoDePuta, por ejemplo—, mientras la extrema derecha les ofrece una identidad —YoSoyEspañolEspañolEspañol—, un enemigo —Moros SobreTodo— y una bandera —aquí colapsa la muchachada porque no diferencian la constitucional, de la del águila de San Juan, de la carlista... ni si me apuráis, de la republicana, pero da igual, bro, tú dame el palito que yo ya la meneo (la bandera)—. El pensamiento crítico no entra en el kit de 1° de cachorrillo facha.

Sinceramente, no sé cómo llamar a lo que está pasando. Me cuesta encontrar una palabra que no se quede corta para describir una educación sentimental y política alimentada entre el desprecio al conocimiento, la nostalgia de un autoritarismo que nunca han sufrido y el consumo compulsivo de discursos que les enseñan a quién odiar antes de enseñarles a pensar.

Tenemos un problema gravísimo, pero gravísimo, con nuestra gente joven. Y no solo por lo que pueda reflejar el informe PISA. Tenemos un problema descomunal cuando algunos chavales pueden terminar la enseñanza obligatoria sin comprender qué fue el fascismo, quiénes lo combatieron y cuántas personas pagaron con la cárcel, el exilio o sus vidas para conquistar los derechos que hoy disfrutan sin saber que antes de que sus ombligos llegaran a este mundo... no eran derechos.

La mayor parte de estos pollos son adolescentes jugando a ser peligrosos con el rigor histórico de quien se pone una camiseta de una banda que no ha escuchado jamás. Pero la ignorancia también tiene consecuencias, y más cuando hay adultos, perfectamente conscientes de lo que hacen, que se dedican a convertirla en una herramienta política.

Y así estamos... fabricando rebeldes analfabetos que no saben contra qué se rebelan, que no saben juntar dos oraciones sin muletillas ridículas, revolucionarios enamorados de una dictadura y fascistas potenciales convencidos de que están protagonizando una aventura transgresora.

Bowie se pintaba un rayo en la cara para romper moldes. Estos botarates se colocan la cruz de Borgoña y creen que han descubierto la revolución. Lo preocupante no es que no hayan entendido el punk, es que tampoco han entendido la libertad.


©️ Singlutenia.

lunes, 19 de octubre de 2026

Giner de los Rios

El 10 de octubre de 1839 nació en la localidad malagueña de Ronda Francisco Giner de los Ríos, pedagogo, filósofo y ensayista que fue una de las más destacadas personalidades del panorama español de su tiempo, y ejerció una notable influencia en los círculos intelectuales más dinámicos de la España de su  época. Sus ideas y sus propuestas se dejaron sentir con claridad en diversas esferas de la vida nacional, abarcando desde la investigación científica o los planteamientos pedagógicos hasta la creación literaria y artística o la práctica del excursionismo y del deporte, sin excluir la política. Fue, según Ortega, una de “las pocas figuras verdaderamente egregias y fecundas” que lograron descollar en la época de la Restauración.

Estudió derecho y filosofía en las universidades de Barcelona, Granada y Madrid. En esta última conoció a Sanz del Río, introductor en España del pensamiento del filósofo alemán Karl Krause; desde entonces se situaría en el centro del núcleo krausista (junto a Nicolás Salmerón, Segismundo Moret, Gumersindo de Azcárate, Rafael María de Labra...), que tanta influencia habría de tener sobre el pensamiento y la acción de los liberales españoles. Dicha escuela defendía un ideal racionalista de armonía social basado en la reforma ética del individuo a través de la educación, para sustentar un Estado verdaderamente liberal.

En 1867 obtuvo por oposición la cátedra de Derecho Natural de la Universidad de Madrid, que sin embargo abandonó a los pocos meses en protesta por las sanciones del gobierno a Sanz del Río. Volvió a su cátedra tras el triunfo de la Revolución de 1868, fue separado de ella tras la Restauración borbónica por el gobierno de Cánovas del Castillo (1875) y nuevamente repuesto al llegar al poder los liberales de Sagasta (1881).

En 1876 fundó la Institución Libre de Enseñanza, empresa a la que dedicaría el resto de su vida; se trataba de un centro educativo basado en modelos pedagógicos modernos, laicos y progresistas, que se proponían como alternativa a la enseñanza oficial dominada por la Iglesia. Giner dejó una amplísima obra escrita sobre temas jurídicos, filosóficos, políticos, artísticos y literarios. Impulsó también proyectos complementarios como el Museo Pedagógico Nacional, la Junta para Ampliación de Estudios, la Residencia de Estudiantes y las Colonias Escolares, y proyectos que se materializarán años después de su muerte, como las Misiones Pedagógicas, concebidas en su origen como Misiones Ambulantes. En su planteamiento de la universidad ideal Francisco Giner propuso que, como tal institución, fuera "no sólo una corporación de estudiantes y sabios, sino una potencia ética de la vida".

Tras la guerra civil española, la obra de Giner fue condenada por el régimen de Franco, dentro del proceso de depuración del magisterio español, por considerar que su obra educativa introducía subrepticiamente el liberalismo condenado por la Iglesia. Sus enseñanzas y el legado de Francisco Giner de los Ríos se recuperaron a partir de 1982.

domingo, 18 de octubre de 2026

El sistema de pensiones privadas que propone la derecha en España arruinó a millones de chilenos. Por Juan Torres López

De los 30 países que privatizaron total o parcialmente sus jubilaciones entre 1981 y 2014, 18 tuvieron que revertir la reforma, entre ellos Argentina, Hungría, Polonia y Bolivia

En plena precampaña de las elecciones del 29 de noviembre, la derecha española ha vuelto a poner sobre la mesa una vieja receta: sustituir, en todo o en parte, el sistema público de pensiones basado en la solidaridad por la capacidad que cada persona tenga de ahorrar a lo largo de su vida laboral.

El responsable económico de Vox, José María Figaredo, ha afirmado que el sistema público de pensiones, que paga cada mes a unos diez millones de personas, “es un zombi” y “está quebrado”. Su receta es la reforma hacia un modelo mixto que combine el reparto con la capitalización individual. No es solo una propuesta. El Partido Popular lleva años preparando el terreno para que se lleve a cabo.

 En 2014, Esperanza Aguirre defendió ante la convención nacional del PP que las cotizaciones se considerasen un capital que pertenece a cada trabajador, compatible con los criterios de capitalización de las compañías de seguros. El Gobierno de Rajoy optó por el camino gradual de estimular los planes privados con ventajas fiscales y facilidades de rescate. Formas distintas, más bruscas o más suaves, de ir en la misma dirección, la de trasladar la jubilación desde un derecho colectivo hacia el ahorro individual invertido en los mercados financieros. Aunque hay que señalar por pura honestidad que esta idea no es patrimonio exclusivo del PP y de Vox. Es, en realidad, el programa de la derecha económica, de la banca y de sus centros de estudio y, a veces, ha encontrado acomodo en el propio PSOE. 

Fue un Gobierno de Felipe González el que reguló en 1987 los planes y fondos de pensiones privados y el ministro José Luis Escrivá, ya con Pedro Sánchez de presidente, fomentó en 2022 una ley para impulsar los planes de pensiones de empleo con fondos de promoción pública.

En un sistema de capitalización, la pensión que reciba cuando se jubile no está asegurada

Por eso es muy importante entender que, detrás de esa expresión amable de “modelo mixto”, hay un cambio radical que pone en peligro el bienestar de las personas que se jubilan sin disponer de grandes patrimonios.

En un sistema de reparto, como el español, las cotizaciones de quienes trabajan hoy pagan las pensiones de quienes están jubilados. La pensión es un derecho reconocido por ley y garantizado por el Estado y su cuantía se conoce de antemano porque depende de lo cotizado y de los años trabajados, no de lo que pase en la Bolsa. En un sistema de capitalización, por el contrario, cada trabajador ahorra en una cuenta individual y una gestora privada invierte ese dinero en los mercados financieros. La pensión que reciba cuando se jubile no está asegurada, sino que será lo que haya en la cuenta el día de la jubilación, sea mucho o poco, según la evolución de la inflación y los mercados financieros.

Quienes defienden la capitalización para evitar, según dicen, la insostenibilidad de las pensiones públicas, siempre omiten lo fundamental: es un sistema mucho más inseguro, menos rentable, más peligroso y, sobre todo, perjudicial para las rentas más bajas.

No es verdad que la capitalización resuelva el problema que dice resolver, el de la insostenibilidad de las pensiones públicas por razones demográficas, porque “en el futuro habrá muchos viejos y pocos trabajadores cotizando”.

Las pensiones, se financien como se financien, siempre se pagan con lo que se produce cada año. Un fondo privado no guarda pan ni medicinas para dentro de cuarenta años: guarda acciones y bonos que habrá que vender cuando llegue la jubilación. Y, si de verdad hubiera menos trabajadores produciendo y menos ahorro, también habría menos compradores para esos activos que quienes se vayan jubilando tendrán que vender para obtener dinero líquido. Si las pensiones públicas estuvieran amenazadas por un problema demográfico exactamente igual lo estarían los fondos privados.

Además, los fondos privados de pensiones rinden mucho menos de lo que prometen. Según los datos de INVERCO que analiza el catedrático de Hacienda Pública Ignacio Zubiri, los fondos españoles con 25 años de antigüedad apenas han logrado una rentabilidad real del 0,42% anual. Como ha señalado Zubiri, “bajo supuestos razonables, ahorrando durante 20 años el 10% de su salario, el trabajador obtendría una pensión que no llegaría al 10% de su último salario. Y con 30 años, su pensión no llegaría al 15% de su último salario”.

Los fondos de pensiones privados también son extraordinariamente inseguros. Si los mercados caen, como en 2008 y en otras muchas ocasiones, la pensión privada se hunde. Se volatiliza total o parcialmente. Aunque la gestora, eso sí, cobra siempre.

Tampoco dicen quienes defienden el tránsito a la capitalización que el cambio que habría que hacer desde el sistema actual es carísimo. Tanto, que se puede decir que es inviable hacerlo. Habría que seguir pagando las pensiones de reparto mientras las cotizaciones se iban desviando a cuentas privadas, de modo que una generación tendría que pagar dos veces.

Por supuesto, se omite también que los sistemas de capitalización multiplican la desigualdad. Las personas con salarios bajos, en situación de precariedad, quienes hayan tenido carreras interrumpidas y, sobre todo, las mujeres arrastran esa desventaja hasta la vejez sin ningún mecanismo solidario que las compense.

Transferir al sector financiero la gestión de la enorme masa de ahorro y dinero que suponen las pensiones públicas es un negocio gigantesco

¿Por qué entonces se defiende que se pase a un sistema de pensiones privado que tiene muchos más defectos objetivos, peligros financieros e inconvenientes que el sistema público?

La respuesta es sencilla: transferir al sector financiero la gestión de la enorme masa de ahorro y dinero que suponen las pensiones públicas es un negocio gigantesco.

Nada de lo anterior es teoría. En Chile hicieron todo esto y lo que allí ha ocurrido es lo que debe tomarse como referencia y aviso a navegantes.

La dictadura de Pinochet impuso en Chile, en 1980, la capitalización individual a través de las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP). Aunque, significativamente, hubo dos colectivos a los que dejó fuera del experimento y que conservaron el viejo sistema público: los militares y los policías. Los arquitectos del modelo sabían bien cuál de los dos sistemas era mejor.

Los resultados después de varias décadas confirman el diagnóstico y lo ocurrido justo este año lo resume todo. Las siete AFP, que controlan activos por unos 229.000 millones de dólares y son la única fuente de ahorro para la jubilación de la mayoría de los chilenos, se lanzaron en los dos últimos años a comprar productos financieros que les darían beneficios si los tipos de interés estadounidenses seguían bajando. Pero ocurrió lo contrario y han registrado pérdidas que rondan los 7.700 millones de dólares. El golpe más duro lo recibió el fondo más conservador, el que se recomienda a quienes están a punto de jubilarse, y lo que perdieron no se evaporó: lo ganaron bancos como Société Générale, Bank of America o BNP Paribas.

La reacción de los responsables del fiasco tampoco tiene desperdicio. El presidente de la patronal de las AFP se negó a hablar de pérdida y la llamó “valorización económica del fondo”, y un consejero técnico de la propia Superintendencia propuso como remedio que quienes estén a punto de jubilarse aplacen su retiro hasta que el mercado se recupere.

Y Chile no es una excepción desafortunada. La Organización Internacional del Trabajo ha documentado que, de los treinta países que privatizaron total o parcialmente sus pensiones entre 1981 y 2014, dieciocho tuvieron que revertir la reforma, entre ellos Argentina, Hungría, Polonia y Bolivia.

Es mentira que el sistema público de pensiones esté quebrado. Su sostenibilidad depende de decisiones políticas que determinan la distribución de la renta, de la evolución de la productividad, del empleo, de los salarios y de cómo se financie. Lo que hay que hacer es blindarlo frente a quienes, como en Chile, quieren convertir nuestras pensiones en un negocio privado.

El 29 de noviembre también se decide eso. Vox lo ha dicho sin rodeos, y el PP lleva años abonando el terreno con incentivos fiscales a los planes privados, con discursos sobre la quiebra del sistema y con la idea de que las cotizaciones son un capital individual.

Y si alguien tenía dudas, las ha despejado uno de los grandes altavoces mediáticos de la derecha. El director de OkDiario, Eduardo Inda, comentaba en el programa Milenio las declaraciones de la portavoz parlamentaria del PP, Ester Muñoz, que había puesto en duda el futuro del sistema público, y pidió silencio: “Cállate con las pensiones, que es un tema sensible”. “Que hablen –dijo– el 30N o cuando ya estén formando gobierno”. No le pidió al PP que garantizara las pensiones, sino que no hablara de ellas hasta que los votantes ya no pudieran tenerlo en cuenta.

Esto es lo que está en juego en las próximas elecciones.

Juan Torres López es economista y catedrático jubilado de Economía Aplicada.