Soy hijo de militar. Nací, crecí y viví en un entorno militar. Donde se consideraba que una «persona de bien» era quien iba a misa (católica), tenía valores tradicionales (patria, bandera y orden), aspiraba a ser rico o al menos a intentar medrar en la sociedad y estaba de acuerdo con el «orden establecido» (que unos pocos se enriquecieran a costa de los demás), sin cuestionar las órdenes recibidas.
En esa ideología nos educaban nuestras familias. Familias militares que vivían en casas militares, compartían espacios de ocio en cuarteles militares, iban juntos a piscinas y clubes militares… En un entorno militar, donde la endogamia y la relación entre los integrantes de esos círculos se establecía de una forma casi de secta. Donde, además, no se admitían disidencias (fueran ideológicas, de sexo o de cualquier otro tipo). Donde «mantener la apariencia» era casi una religión, aunque por detrás o sin que se supiera, se podían hacer otras cosas que no eran las «prescritas» normativamente.
Mi padre me tenía organizada la «carrera militar», como tantos otros padres militares a sus hijos. Los hijos de militares éramos los únicos que podíamos hacer la «mili» a los quince años (sin ser aún mayores de edad) y pasar posteriormente a la academia de oficiales para llegar pronto a cargos de relevancia en el ejército. Fue ahí, en la mili, donde empezó a despertar mi conciencia de lo que era el franquismo, la dictadura, la cultura de la «obediencia debida», la ideología conservadora, los privilegios de los militares y la sociedad en la que estábamos.
Mi objeción de conciencia y mi insumisión, así como mi militancia pacifista, nacieron de la experiencia de la barbarie que suponía la mera existencia de hombres armados entrenados para matar, para asesinar a otros seres humanos. Empecé a preguntarme cómo era posible la existencia de los ejércitos y cómo era posible que se hubiera normalizado justificarlos. Hoy me lo sigo preguntando. O cómo es posible que el gobierno actual, autodenominado «el más progresista de la historia», haya destinado (de mis impuestos también) más de 20.000 millones de euros a armamento y tenga previsto aumentar todavía más, siguiendo las órdenes de Trump, como si fuéramos su colonia.
Desde esa primera militancia, desde esa primera toma de conciencia, fui progresivamente distanciándome de la esfera ideológica familiar. Mi padre, que era militar, «pero poco», que diría el dramaturgo Miguel Mihura, no se lo tomó tan mal como mi madre, que consideraba que todo lo hacía por llevar la contraria a mi padre. Como si la disidencia del «espíritu del franquismo» fuera una cuestión de juventud, un síntoma de rebeldía pasajero frente al mundo adulto. Aunque esto siguió pensándolo incluso cuando yo tenía ya cuarenta años. Supongo que, para una madre, un hijo sigue siendo un eterno adolescente. Y, en parte, no les falta razón.
Si esa fue mi primera grieta en la conciencia, mi primer paso en la concientización, que diría Paulo Freire, el segundo paso fue cuando conocí a mi pareja, hija de represaliados de la dictadura franquista y nací a la conciencia de la memoria histórica democrática.
Yo soy nieto de falangista. No lo supe hasta que fui muy mayor. Porque de eso no se hablaba. Como no se hablaba de que mi abuelo, como cacique del pueblo, se dedicaba al estraperlo o mantenía una amante, que no tenía más remedio que depender de él (nunca supe si fue una de las represaliadas) para poder sobrevivir en el pueblo. Solo lo descubrí cuando, ya siendo mayor, empecé a preguntar a mi familia y noté los silencios, las respuestas esquivas, los eufemismos con los que parecían ocultar más que explicar lo que había sucedido.
Por eso mi segundo paso en la conciencia fue definitivo. Descubrí lo que no me habían enseñado en la escuela. Lo que me habían ocultado en mi familia. Que hubo un golpe de estado fascista y que, tras el triunfo del fascismo, la parte que se sentía vencedora convirtió el país en una inmensa cárcel a cielo abierto para quienes habían defendido la democracia, la libertad, la justicia social y la igualdad durante la II República.
Lo descubrí, no tanto por lo que conseguí sonsacar a duras penas a mi familia, sino a través de los documentales de memoria histórica que empecé a hacer con mi compañera. Cuando preguntábamos a las familias de personas represaliadas por el fascismo y repetían sistemáticamente aquello de que durante cuarenta años de dictadura y también durante la transición, e incluso ahora, seguía persistiendo la consigna de «silencio, silencio, silencio».
Me impresionó cómo el fascismo había aterrorizado tanto a las personas y familias que habían defendido la democracia y la justicia (y que habían sobrevivido a los campos de concentración, las torturas, ejecuciones y fusilamientos masivos) que había conseguido que transmitieran a sus hijos e hijas e incluso a sus nietos y nietas la consigna del «silencio». De no hablar de ello. De olvidarse del pasado. De «lobotomizarse» esa parte de la memoria de la dignidad y la justicia, para poder sobrevivir.
Pero gracias a una parte de esa generación de nietas y nietos, y a la memoria de la dignidad que algunas personas siguieron preservando, se ha empezado a recuperar la historia de la barbarie fascista que ocurrió en este país. Y que, al igual que el nazismo y el fascismo en Europa, supuso un genocidio, un holocausto en España del que se quiere seguir sin hablar. Sin que se refleje en los libros de texto escolares. Sin que se enseñe en las escuelas, porque la actual ley educativa, la LOMLOE, en su disposición adicional cuadragésima primera reduce la memoria histórica democrática a estudiar la «historia de la democracia y su contribución al fortalecimiento de los principios y valores democráticos definidos en la Constitución española».
Es increíble que la LOMLOE establezca expresamente como saber básico que todo el alumnado debe conocer y estudiar el holocausto judío, pero no el español, como lo denominó P. Preston. Y no es por un error o un despiste. Sino porque no hay voluntad política. Porque cuando hemos ido a hablar con la ministra de Educación no ha querido cambiar ni un ápice de este memoricidio en la ley. Por lo que hemos comprobado que lo que no hay es «voluntad política».
Concluyo. Si yo, que nací en un entorno endogámico militar y en una familia con abuelo falangista, he nacido a la conciencia y he llegado a ser antifascista, antifranquista y anticapitalista, toda persona de bien puede llegar a serlo. Porque si algo tenemos claro, a estas alturas del siglo XXI, es que para ser demócrata hay que ser antifascista. Y para ser una «persona de bien» no solo hay que ser antifascista (porque el fascismo es incompatible con los derechos humanos), sino que hay que ser igualmente anticapitalista (pues el capitalismo es incompatible con la justicia social y los derechos fundamentales).
Otro día, si eso, ya hablamos sobre cómo nací a la conciencia de la igualdad entre hombres y mujeres, y cómo esto afecta profundamente a la educación y a mi labor como profesor. Que eso da para otra extensa narración. Y en eso andamos, también.

