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viernes, 31 de julio de 2026

Lavanda, hibisco, bugambilia y otras flores comestibles que puedes encontrar en tu jardín (y que tienen propiedades nutritivas)

Hermosas flores amarillas de calabaza y pétalos rojos inmersas en agua con hielo sobre fondo azul

Fuente de la imagen,Getty Images

Pie de foto,Desde flores de calabaza hasta pétalos de rosas, las flores han sido parte de la gastronomía por milenios.

"Se desprenden con mucho cuidado los pétalos de las rosas, procurando no pincharse los dedos, pues aparte de que es muy doloroso, los pétalos pueden quedar impregnados de sangre y esto, aparte de alterar el sabor del platillo, puede provocar reacciones químicas, por demás peligrosas...".

Así empezaba la receta más memorable de la deliciosa novela "Como agua para el chocolate" de Laura Esquivel, en la que la protagonista Tita impregna la comida que cocina con sus sentimientos.

Al preparar codornices en pétalos de rosas embebió el platillo con su pasión, pero además con el aroma y sabor de una flor que durante siglos ha deleitado a culturas gastronómicas milenarias como la persa y, discretamente, aportando una dosis de vitamina C y antioxidantes.

No es la única con ese doble juego de belleza y sabor.

La flor de azahar -esa que perfuma el tradicional Pan de Muerto mexicano y el Roscón de Reyes que se come en España y en varios países del Cono Sur- tiene también una larga historia culinaria. Comparte con la lavanda, popular entre los antiguos romanos y muy usada en la Inglaterra victoriana para galletas y tés, una virtud extra: la de ayudarnos a relajarnos.

Y si de abolengo hablamos, el de la flor de calabaza, nativa de Mesoamérica, es excepcional: los registros arqueológicos muestran que la planta fue domesticada hace más de 10.000 años, siendo una de las primeras en cultivarse en todo el continente americano.

Las culturas originarias ya las consumían, y tras la llegada de los españoles su cultivo se expandió por el mundo, integrándose tan profundamente en Europa que hoy es un ingrediente tradicional de la cocina italiana, donde se rellenan y se fríen como fiori di zucca.

Consumir flores, como ves, no es nada nuevo, y aunque quizás no lo notes, lo haces con más frecuencia de lo que piensas: en la botánica, muchas verduras y especias cotidianas no son hojas ni raíces, sino inflorescencias (conjuntos de flores) o capullos que se cosechan justo antes de abrirse.

El brócoli y la coliflor, por ejemplo, son enormes ramos densos cargados de miles de botones florales inmaduros. Si dejas un brócoli sin cosechar, comienza a estirarse y se convierte en un ramillete repleto de diminutas flores amarillas brillantes.

La alcachofa, botánicamente, también es una flor: específicamente, el capullo o botón floral inmaduro que, si se deja crecer, se abre por completo y se transforma en una espectacular flor de color violeta o púrpura brillante.

Primer plano de alcachofas (*Cynara cardunculus*) creciendo en un jardín, dos de ellas ya en flor, de color violeta con pétalos delgados. Aún se ven las hojas de la alcachofa.

Primer plano de alcachofas (*Cynara cardunculus*) creciendo en un jardín, dos de ellas ya en flor, de color violeta con pétalos delgados. Aún se ven las hojas de la alcachofa.

Fuente de la imagen,Getty Images


Pie de foto,
Así son las alcachofas cuando se las deja seguir su curso.

Las alcaparras también son los capullos o botones florales cerrados que, de no recolectarse, se abrirían para dar paso a una hermosa flor de pétalos blancos y largos filamentos morados. De esa flor nace un fruto (el alcaparrón), que también se consume.

Y el clavo de olor que usas para aromatizar guisados o postres navideños es el botón floral seco del árbol del clavo, recolectado a mano justo cuando los capullos verdes cambian a un tono rojizo, antes de que abran sus pétalos, y luego secado al sol.

Sin olvidar el azafrán, la especia más cara del mundo, que no es otra cosa que los estigmas de la flor Crocus sativus. Cada flor tiene únicamente tres filamentos de color rojo intenso, así que para conseguir un solo kilogramo de azafrán puro se necesita recolectar a mano los hilos de aproximadamente 150.000 flores.

Pero hay otras que no dan lugar a la confusión y que, a diferencia de la rosa, la lavanda o la flor de azahar, están presentes en el día a día de diferentes regiones de Latinoamérica.

He aquí algunas que quizás conoces, y otras que te puedes dar el gusto de conocer.

Flor de Jamaica o Hibisco (Hibiscus sabdariffa)

 
Hibisco en botón de color rojo y rosa intenso en primer plando, fondo borroso verde.

Hibisco en botón de color rojo y rosa intenso en primer plano, fondo borroso verde. 

Originaria de África tropical, llegó a América durante la época colonial y encontró un nuevo hogar en las regiones cálidas del continente.

Hoy es uno de los ingredientes florales más reconocibles de México y el Caribe, donde su cáliz rojo intenso se utiliza para preparar bebidas, infusiones y diversos platillos.

Aunque suele llamarse "flor de Jamaica", la parte que consumimos no son los pétalos de la flor abierta, sino el cáliz carnoso que protege al fruto.

Seco o fresco, aporta un característico color rubí y un sabor ligeramente ácido, refrescante y afrutado, similar al de algunos frutos rojos.

Además de su atractivo culinario, el cáliz contiene vitamina C, ácidos orgánicos, antocianinas y otros compuestos fenólicos con actividad antioxidante.

Diversos estudios han investigado su potencial relación con la salud cardiovascular y el metabolismo, aunque los efectos observados dependen de la preparación y la cantidad consumida.

Bugambilia (Bougainvillea spp.)

Flores de bugambilia fucsia frente a pared de color amarillo quemado 


Flores de bugambilia fucsia frente a pared de color amarillo quemado


Bugambilia en México y Centroamérica, buganvilla en España, veranera en Colombia y buena parte del Caribe, trinitaria en Venezuela y las Antillas, Santa Rita en el Cono Sur, y papelillo en el norte de Perú.

Como sea que la llames, esta planta originaria de Sudamérica, especialmente de Brasil, Perú y Bolivia, la Santa Rita no solo embellece muros y jardines con sus vibrantes colores: también es conocida por una infusión tradicional empleada para aliviar la tos.

En la cocina se utilizan sus llamativas brácteas, unas estructuras similares a hojas de colores vivos que rodean las pequeñas flores blancas del centro. Tienen un sabor neutro, ligeramente dulce y floral, con un sutil toque amargo que las hace increíblemente versátiles.

Con ellas se preparan bebidas refrescantes, como el agua de bugambilia mexicana, una infusión fría que, al añadirle limón, cambia de un tono morado a un llamativo rosa intenso gracias a que sus pigmentos naturales reaccionan a la acidez.

También se utilizan para elaborar siropes de un espectacular color magenta para teñir margaritas, limonadas o panqueques, además de concentrados para repostería.

Más allá de su uso culinario, estudios de laboratorio y en animales sugieren que sus compuestos fenólicos, flavonoides y otros metabolitos podrían tener actividad antioxidante, antiinflamatoria, antimicrobiana e incluso efectos relacionados con el control de la glucosa.

Sin embargo, estos resultados son aún preliminares y no demuestran que el consumo de sus flores produzca esos beneficios en las personas.

Nutricionalmente, las flores de Santa Rita son muy bajas en calorías y aportan pequeñas cantidades de fibra y minerales.

Flor de izote (Yucca guatemalensis)

Flores blancas de pétalos gruesos, en racimo con fondo verde de las hojas de la planta. 


Flores blancas de pétalos gruesos, en racimo con fondo verde de las hojas de la planta.


Considerada uno de los grandes tesoros culinarios de Centroamérica, forma parte desde hace siglos de la cocina tradicional de El Salvador -donde fue declarada Flor Nacional-, así como de Guatemala y el sur de México.

Sus grandes flores blancas se escaldan o hierven brevemente para suavizar su característico amargor antes de incorporarlas a guisos, sopas, tamales o revueltas con huevo, tomate y cebolla.

Su sabor recuerda al de la alcachofa o los espárragos tiernos, con un agradable toque ligeramente amargo.

Nutricionalmente, son bajas en calorías y aportan pequeñas cantidades de fibra, proteínas y minerales como calcio, fósforo y potasio.

También contienen compuestos fenólicos con actividad antioxidante, aunque hasta ahora no existen pruebas suficientes para afirmar que su consumo produzca beneficios específicos para la salud.

La capuchina o mastuerzo (Tropaeolum majus)

Dos flores de 5 pétalos de color rojo vibrante crecen entre hojas verdes. 


Dos flores de 5 pétalos de color rojo vibrante crecen entre hojas verdes.


Aunque no es un ingrediente de consumo masivo como una lechuga, dentro del mundo de las flores comestibles esta es una auténtica clásica.

Originaria de los Andes de Perú, Bolivia y Ecuador, llegó a Europa en el siglo XVI, donde pronto conquistó tanto los jardines como la cocina.

A diferencia de muchas flores comestibles, la capuchina no sabe dulce ni floral.

Toda la planta -flores, hojas, botones florales e incluso las semillas verdes- es comestible y comparte un sabor fresco, picante y ligeramente mostazado, muy parecido al del berro o la rúcula.

Las flores avivan ensaladas, sándwiches y mantequillas aromáticas, mientras que los botones y las semillas suelen encurtirse como un sustituto de las alcaparras.

Nutricionalmente, destaca por su contenido de vitamina C, carotenoides y compuestos fenólicos con actividad antioxidante.

También contiene glucosinolatos, las mismas sustancias presentes en el brócoli, la mostaza y otros vegetales de la familia de las coles, responsables tanto de su sabor picante como del interés científico por sus posibles efectos beneficiosos para la salud.

Sin embargo, aunque estudios de laboratorio han descrito actividad antioxidante y antimicrobiana de algunos de estos compuestos, todavía no existen pruebas suficientes para atribuir beneficios específicos al consumo de la flor.

Flor de plátano/banano (Musa spp.)

Capullo color granate con una de las brácteas abiertas. Se alcanza a ver parte de una hoja de plátano y el fondo es verde. 


Capullo color granate con una de las brácteas abiertas. Se alcanza a ver parte de una hoja de plátano y el fondo es verde.

Popular mundialmente por sus frutos, la planta del banano es mucho más aprovechable de lo que suele imaginarse.

Originaria del sudeste asiático, llegó a América durante el intercambio entre continentes en el siglo XVI y, con el tiempo, se integró profundamente en las cocinas tropicales del Caribe y América Latina.

Su gran inflorescencia púrpura o granate, conocida como flor de plátano o corazón de banana, también es comestible y se aprovecha tradicionalmente en diversas regiones tropicales.

Las capas exteriores se retiran hasta llegar a los delicados floretes del interior, que se consumen crudos o cocinados en ensaladas, sopas, curries y salteados.

Su sabor es suave, ligeramente vegetal y con un toque de amargor, mientras que su textura recuerda a la alcachofa y absorbe fácilmente los aromas de otros ingredientes.

Nutricionalmente, es un alimento ligero, rico en agua y fibra, que aporta pequeñas cantidades de minerales y compuestos fenólicos con actividad antioxidante.

Aunque se han estudiado algunos de sus compuestos por su potencial funcional, sus beneficios específicos para la salud aún no han sido demostrados en humanos.

¡Tantas otras!

En el tintero se quedan muchísimas.

Los coquetos pensamientos, que además de belleza le dan a un plato una nota fresca, entre verde y ligeramente dulce, casi como si una lechuga y una menta se hubieran puesto de acuerdo.

Las hermosas violetas, con su sabor delicado y floral, que llevan siglos haciendo brillar postres y repostería fina, cristalizadas en azúcar sobre pasteles y bombones.

La rústica borraja, de sabor sorprendentemente parecido al pepino, protagonista de ensaladas y sopas frías en el Mediterráneo.

El aromático saúco, cuyas flores blancas perfuman siropes, cordiales y licores desde hace generaciones.

Las pequeñas flores lila del cebollino aportan un toque suave a cebolla o ajo para coronar salsas y quesos frescos.

O la flor de maguey -también llamada gualumbo-, que en el centro de México se saltea con cebolla y chile para convertirse en un guisado de sabor terroso y ligeramente amargo, primo lejano de la flor de calabaza.

Y más, y más. Pero hay una advertencia que no puede faltar.

Mesón con una canasta de flores comestibles en primer plano, y otros ingredientes alrededor, con la mano de una mujer que está preparando comida tomando algunas 

Mesón con una canasta de flores comestibles en primer plano, y otros ingredientes alrededor, con la mano de una mujer que está preparando comida tomando algunas

Fuente de la imagen,Getty Images


Pie de foto,


Existen cientos de especies de flores comestibles en el mundo, aunque solo unas pocas forman parte de la cocina tradicional o se cultivan con fines gastronómicos.

Nunca consumas flores compradas en viveros o floristerias.

Esas plantas se cultivan para lucir bien en un florero, no para comerse, así que suelen recibir pesticidas, insecticidas y fungicidas agresivos que la planta absorbe por completo.

Lo más seguro es recurrir a flores de tu propio huerto orgánico, a plantas de jardín que lleven varios meses sin ningún tratamiento químico, o bien comprarlas en mercados que las vendan específicamente para consumo.

Las flores comestibles no son medicamentos, pero pueden aportar variedad, fibra, minerales y una amplia gama de compuestos vegetales bioactivos, como polifenoles y carotenoides.

Incorporarlas ocasionalmente a la alimentación puede contribuir a aumentar la diversidad de nutrientes y sustancias protectoras presentes en la dieta.

Así que la próxima vez que mires tu jardín, no pienses solo en lo bonito que se ve sino también en que quizás ahí puede estar el ingrediente ideal para realzar tu próxima cena. 


martes, 3 de septiembre de 2024

HIERBAS AROMÁTICAS. Una planta que sabe a marisco o una flor que adormece la boca, las sorprendentes degustaciones de El Herbario Comestible.

Herbario Comestible
Selección de hierbas y flores, en una de las degustaciones de El Herbario Comestible.
Kike Gallardo y Daniel Bustillo, fundadores de la iniciativa, organizan catas de 12 bocados que cubren los cuatro reinos botánicos: las plantas, los hongos, las algas y las cianobacterias.

Una flor eléctrica que te adormece la lengua. Una planta que sabe a marisco. Un ravioli de cianobacterias. Un bosque en miniatura con setas diminutas que emergen del plato como si brotaran de la tierra. Estos curiosos bocados, que bien podrían haber salido de un cuento de Roald Dahl o de una novela de ciencia ficción, son parte del menú con el que El Herbario Comestible sorprende a quienes asisten a las degustaciones botánicas, que organizan en galerías de arte y otros espacios donde uno no esperaría encontrarse snacks tan creativos. Kike Gallardo y Daniel Bustillo, sus fundadores, estudiaron juntos la carrera de Biología. Además de biólogos, el primero también es chef y el segundo, ilustrador. Uniendo sus habilidades, han conseguido poner en marcha un proyecto de educación ambiental que busca concienciar a través del paladar.

Para entender cómo se gesta todo esto, hay que remontarse diez años atrás, cuando Gallardo, tras acabar la carrera y especializarse en producción de alimentos, decide formarse en cocina. Poco después comenzó a trabajar en el restaurante Akelarre. “Cuando llegué allí, vi que los platos del menú degustación tenían un montón de hierbas superinteresantes. Y dije ‘ostras, estas plantas yo las he visto en la carrera, sé su nombre científico, pero nadie me ha explicado que esto se come y que está muy bueno”, recuerda. Una de las cosas que él y Bustillo hacían en la universidad era elaborar herbarios, es decir, colecciones de organismos vegetales prensados que sirven para conocer mejor las especies que hay en un determinado entorno. A Gallardo se le ocurrió que, en cada uno de los restaurantes en los que trabajara, crearía un herbario con las plantas que había en el menú y luego se lo regalaría.

Hierbas aromáticas: manual de instrucciones (1ª parte) Contar con un biólogo en cocina puede ser algo tremendamente valioso. Durante cinco años, Gallardo pasó por varios restaurantes con estrellas Michelin, trabajó en París y acabó en el Celler de Can Roca, donde comprendió que “había una posibilidad grande de hacer ciencia y cocina a la vez”. En Madrid, comenzó con un proyecto que se llamaba Las cenas de Gallardo, que serían el germen de las futuras degustaciones botánicas. Por aquel entonces, Bustillo había descubierto que le gustaba muchísimo la ilustración y, después de ir a una de estas cenas, dibujó varias láminas botánicas con los platos que Gallardo había preparado. Ahí se dieron cuenta de que, a través de las ilustraciones, podían transmitir mucho mejor todas las historias botánicas que recogían en los platos.

 Estas imágenes son las que acompañan sus degustaciones, donde cuentan la interesante relación que los seres humanos hemos desarrollado con las plantas. A través de la comida y de saborear especies botánicas a las que no estamos habituados, pretenden que seamos más conscientes del papel que juegan en el ecosistema y de lo importante que es su conservación. La suya es una forma creativa —y deliciosa— de hacer divulgación ambiental: “Si la opción tradicional de ir a dar la chapa no está funcionando, vamos a ver qué otras herramientas tenemos para llegar a la población. En nuestro caso, son la cocina y el arte”. Ellos apuestan por divulgar siempre desde la seducción y el sentido del humor.

Cada degustación incluye 12 bocados que cubren los cuatro reinos botánicos: las plantas, los hongos, las algas y las cianobacterias. Mientras Daniel va mostrando las láminas y contándole al público todo tipo de curiosidades, Gallardo prepara la versión comestible de esa ilustración. En función de la temporada, se pueden probar plantas como la verdolaga, la hoja de ostra o la salicornia, hongos como la trufa o el velo de novia, algas como la codium o cianobacterias como el fat choy —un tipo de bacteria fotosintética que se usa en la cocina china—. El menú finaliza con un plato al que han bautizado con el nombre del proyecto: el herbario comestible, dos hojas de papel de arroz entre las cuales se colocan diferentes plantas y flores, que se prensan y se tuestan. El resultado es un disco crujiente en el que cada bocado tiene un sabor distinto. Bustilla muestra las láminas y le cuenta al público todo tipo de curiosidades, mientras Gallardo prepara la versión comestible de la ilustración. Bustilla muestra las láminas y le cuenta al público todo tipo de curiosidades, mientras Gallardo prepara la versión comestible de la ilustración. 

Además de las degustaciones botánicas, hacen salidas al campo en las que invitan a los asistentes a tratar de reconocer lo que ven a su alrededor. “La gente piensa que no sabe de plantas silvestres, pero se sientan a observar y de repente identifican un ombligo de Venus, una lavanda, un diente de león, una zarzamora…”. Quienes se apuntan a estas salidas también aprenden cuáles de estas plantas son comestibles. Gallardo y Bustillo perciben que la gente es mucho más receptiva a oír hablar de respeto al medioambiente cuando están en el campo que en otros contextos. “Allí empiezan a entender que la desaparición de una planta es un desastre para todo el ecosistema, porque acarrea la desaparición de un insecto, que a su vez acarrea la desaparición de un pájaro”.

Gallardo tiene muy claro que los cocineros tienen un papel fundamental a la hora de concienciar sobre sostenibilidad. “Con la atención mediática que tenemos, no nos queda otra que usar ese poder para un bien mayor, que es cuidar el planeta. Si queremos mantener nuestros menús, de los que estamos tan orgullosos, tenemos que conservar la fuente de la que vienen y cuidar a las personas que los producen”. Porque esta visión de la sostenibilidad en la gastronomía va mucho más allá de los ingredientes: incluye a quienes trabajan la tierra, a quienes los transportan y, por supuesto, a quienes los cocinan y los sirven, que son los que en última instancia ponen en valor todo el trabajo que hay detrás de un alimento para que este pueda llegar al plato.