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viernes, 16 de noviembre de 2018

La metáfora del peral

La realidad es muy compleja. La persona es muy compleja. La historia es muy compleja. Y nuestros juicios sobre ellas suelen ser, frecuentemente, muy precipitados y muy simples. Por no decir simplistas. Unas veces por precipitación en el análisis, otras por ignorancia supina, algunas por pereza clamorosa y muchas por interés o por malicia. No es fácil comprender con profundidad a una persona, aunque ella quiera expresarnos cómo es. El ser humano es insondable. Porque depende del estado de ánimo que tenga al describirse y de la impresión que quiera causar en quien escucha. Tampoco sirve de forma plena observar durante un rato. Porque la persona puede esconderse y porque va cambiando sin cesar. El curso de la vida es largo y tortuoso.

He leído, al respecto, una de esas historias de autoría anónima que circulan por la red (hay que ver cuánta sabiduría, cuánto ingenio, cuánta información que casi nos avasalla a cada instante) y que no sabe uno muy bien como citar. Porque son historias de todos y de nadie en particular, aunque alguien habrá sido el primero en plantar esa idea que luego se va modificando y recreando a gusto del consumidor. Yo mismo la contaré a mi manera, no como la he leído recientemente.

La historia cuenta que había un hombre que tenía cuatro hijos. Y quería enseñarles a no juzgar las cosas y a las personas de manera simplista y precipitada. Así que les mandó hacer un viaje largo para que observasen un antiguo peral que estaba plantado en un huerto lejano, propiedad de su padre y abuelo de sus hijos.

Deberían realizar el viaje en tiempos diferentes para contemplar el peral. El primogénito en invierno, el segundo en primavera, el tercero en verano y el benjamín en otoño. Cuando regresó el último, los reunió a los cuatro y les dijo que contasen en su presencia, uno por uno, delante de los hermanos qué es lo que habían visto.

El primero dijo que el árbol parecía muerto, que estaba torcido y feo, que no tenía ni una hoja y que daba toda la impresión de que estaba seco. Una pena.

Los otros hermanos escucharon atentos y sorprendidos. Contrastaban en sus mentes la imagen que su hermano había descrito con la que ellos mismos habían visto

El segundo hijo dijo que el peral estaba lleno de brotes verdes y que sobre él se posaban los pájaros llenando el ambiente de trinos felices. Todo eran promesas en el peral.

El padre asintió, dio las gracias a su hijo segundo e invitó al tercero a comunicar su experiencia. Dijo seguidamente que el peral estaba lleno de flores y que era el espectáculo más hermoso que había visto nunca. Una belleza que suscitó en él una enorme alegría.

Enseguida intervino el más pequeño de los hijos, que había contemplado el peral en otoño. Y lo hizo para decir que el peral estaba cubierto de peras maduras, una de las cuales probó, encontrándola deliciosa. El peral estaba lleno de vida y de abundancia. Él había sentido una enorme satisfacción al verlo cargado de tantos y tan sabrosos frutos.

Todos intuían lo que su padre había pretendido. Y, en efecto, éste lo fue explicando a los cuatro con palabras sencillas y sinceras. Les dijo que, aunque sus relatos eran diferentes, todos ellos tenían razón. Como habrían supuesto, cada uno había contemplado el mismo peral solamente en una temporada, exclusivamente en una estación.

Los hijos escucharon atentos mientras el padre añadía que no se puede juzgar a una persona por una sola estación de su ciclo vital. La esencia de un ser, la alegría, la sabiduría y el amor que provienen de esa persona solo se puede ver en conjunto, teniendo en cuenta todas las peculiaridades. Si solo nos fijamos en una, tendremos una concepción si no equivocada por lo menos parcial, no completa, no rigurosa.

La historia compartida que os he pedido que vivierais tiene también aplicación a vuestras propias vidas. Si uno de vosotros se rinde durante el invierno, si se queda atrapado en el frío y en la parálisis de la savia, perderá la promesa de la primavera, arruinará la floración del verano y los frutos del otoño. No se debe aceptar que la decepción o el dolor de una temporada destruya la alegría de todo el resto.

En la vida diaria juzgamos las acciones y las intenciones de las personas en función de apariencias limitadas, breves y superficiales. Limitadas en el contenido, breves en el tiempo y superficiales en la profundidad. Es probable que no conozcamos muchas dimensiones necesarias para formular el juicio. Si volviéramos a ver a la persona horas, o días, o meses después, si hablásemos de nuevo con ella, si contemplásemos más facetas de su vida, es probable que ese primer juicio se viera modificado.

Los juicios mal formulados pueden herir a los demás y enturbiar las relaciones. ¡Qué prisas tenemos a veces! ¡Qué ganas de llegar a una conclusión que intuimos o deseamos! Pero sin fundamento, sin rigor, sin tener en cuenta las exigencias del respeto a la dignidad que exige el hecho de ser persona.

Hay que tomarse un tiempo para escuchar, para observar y para pensar. Así nos gustaría que se articulasen los juicios que otros formulan sobre quiénes somos y qué queremos. Con fundamento, con rigor, con respeto.

La metáfora del peral es clara, sencilla y elocuente. Se trata del mismo árbol, de la misma realidad. Cada hijo ve un árbol diferente porque tiene muchas caras, muchas formas de manifestarse. La historia tiene muchas otras aplicaciones. Pienso ahora, por ejemplo, en el diagnóstico que se emite de los alumnos a través de pruebas que se hacen en un momento determinado y que se interpretan luego como una descripción definitiva, permanente y casi infalible.

Pienso también en las entrevistas de trabajo, que establecen una imagen del individuo a través de las observaciones y de las respuestas a las preguntas que el empleador hace en unos minutos tan sometidos a la presión de las expectativas.

¡Qué decir de los juicios de valor que se hacen sobre una personas a través de un solo hecho, de una sola experiencia! Alguien que roba una vez es calificado de ladrón y es juzgado de forma holística sobre cómo es, aunque solo se conozca de él ese hecho. Vale también esta observación para hechos de signo positivo. Por una sola acción generosa o heroica se hace un juicio generalizado y definitivo de una persona. Deberíamos ser más exigentes, más cautos y más respetuosos en la elaboración de juicios sobre las personas. Eso dice la metáfora del peral.