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lunes, 2 de marzo de 2026

Profesionales buenos

La Universidad de San Sebastián, en Chile, promueve la formación de profesionales buenos, no solo competentes, destacando la importancia de la ética en su desempeño laboral

Cuando pensamos en las competencias profesionales, nos solemos limitar a todas las que están relacionadas con el saber / MARTA G. BREA

Mi querida amiga María Angélica Arán Jara, excelente profesional y, si cabe, mejor persona, trabaja en la Escuela de Educación Inicial de la Universidad de San Sebastián en la hermosa ciudad chilena de Valdivia. Dicha Universidad, tiene otras tres sedes en el país andino.

La directora de la Escuela, Mariana Oyarzún Roasenda, a través de su mediación, me solicitó una conferencia con un título que a los tres nos pareció importante: Buen profesional/Profesional bueno. No siempre es igual que el adjetivo vaya delante o detrás del sustantivo. Por ejemplo, no es lo mismo decir “un griego desnudo” que “un desnudo griego” por la función sintáctica que genera la colocación de las palabras.

Cuando Angélica trabajaba en la Universidad Mayor, con sede en Santiago y en Temuco, participamos en un proyecto del Rectorado que llevaba el susodicho título, que se concretaba en la doble sigla BP/PB. Al equipo rectoral le preocupaba, y eso le honra, formar buenos profesionales (competentes, bien preparados, capaces de ejercer su oficio con acierto y eficacia). A nadie le sorprenderá esta preocupación, este objetivo fundamental. Pero también le importaba conseguir otro objetivo, que no se suele explicitar en muchas otras instituciones de educación superior: formar profesionales buenos (buenas personas, sensibles, humildes, solidarias, compasivas…). El equipo se preguntaba cómo se podía alcanzar este segundo propósito y cómo se podía saber si realmente se había conseguido.

Cuando pensamos en las competencias profesionales, nos solemos limitar a todas las que están relacionadas con el saber y con el saber hacer pero nos olvidamos muchas veces de aquellas que se relacionan con el saber ser, con la esfera de los valores. Es como si esa parcela dependiese exclusivamente de la espontánea actitud del interesado. y no de la institución formadora.

Creo que nadie puede discutir la importancia de la dimensión ética en la capacitación profesional. Si el conocimiento que se adquiere en las instituciones universitarias sirviera para cómo dominar, explotar y engañar al prójimo más nos valdría cerrarlas porque, lo que estaríamos consiguiendo en ellas es hacer más sofisticada la ley de la selva. Cuando el más fuerte dominaba al más débil teníamos un nivel de complejidad en la selva en el que algunos podían sobrevivir por su astucia, por su ingenio o por su inteligencia. Pero, cuando el que más sabe, utiliza el conocimiento que tiene en su exclusivo beneficio y en contra del prójimo, el nivel de selva se hace más complejo y pocos pueden sobrevivir en ella. Por eso me gustó tanto el lema que vi escrito en el frontispicio de una Universidad en la ciudad de Guadalajara (México): “Aquí tenemos que formar no a los mejores del mundo sino a los mejores para el mundo”.

La sociedad empeora cuando los profesionales solo miran por su enriquecimiento, cuando engañan a quienes tienen que prestar sus servicios, cuando no les respetan, cuando utilizan el conocimiento para hacer daño, cuando solo sirven a los ricos y a los poderosos, cuando. desprecian a los más necesitados, cuando no se preocupan de los problemas del mundo. La dimensión ética del ejercicio profesional tiene que ver con varias dimensiones del ser y del quehacer en el oficio, unas afectan a los destinatarios del trabajo de ese profesional, otras a la institución en la que trabajan y otras, en fin, a la sociedad en general.

Cuando decimos BP/PB no nos referimos a dos dimensiones antagónicas sino complementarias. De hecho la competencia profesional es una de las más importantes exigencias de la ética. No hay ética si la persona no está bien preparada, si no sabe, si no domina el conocimiento específico de su oficio. En el libro “Lo siento mucho”, el médico portugués Nuno Lobo Antunes cuenta la historia de un médico que acompañó a un enfermo de cáncer (si no recuerdo mal, un niño, porque desarrollaba su trabajo en oncología infantil) que tenía dolores muy fuertes. Cuando él acudió por la mañana a ver al paciente y analizó la situación pudo comprobar que la falta de conocimientos del médico era la causa de que el paciente no hubiera evitado los dolores. Y por eso hizo la siguiente observación:

Admiro y elogio su generosidad al haber acompañado al paciente toda la noche, pero hubiera preferido que fuera más competente.

La relación que establecemos con las personas en el ejercicio profesional debe estar presidida por el respeto. Todas las personas, por el hecho de serlo, tienen una dignidad que les debemos reconocer todos los demás, según sostiene José Antonio Marina en un interesante libro titulado ”Ética para náufragos”. Esa es la base y el fundamento de la ética.

La contribución que hacemos a la mejora de la sociedad, tiene que estar presidida por la honradez. Ya sé que tenemos que vivir del trabajo que desempeñamos pero, una cosa es vivir del trabajo y otra ponerlo solo a disposición de quienes tienen la condición de ricos que pueden pagar cantidades elevadas de dinero. El respeto a los valores que ha de regir las relaciones en una sociedad democrática exige a los profesionales poner sus servicios al alcance de quienes lo necesitan.

Si este planteamiento tiene sentido en la formación de cualquier tipo de profesionales, lo es más en la formación del profesorado porque el profesional de la educación trabaja directamente con el conocimiento y con los valores.

No basta con conocer el código deontológico de la profesión, hay que respetarlo, hay que cumplirlo. Con integridad y cuidado. También resulta necesario que la ciudadanía conozca ese código para poder exigir su cumplimiento a los profesionales.

Hay una cuestión importante que nos planteamos cuando iniciamos aquel interesante proyecto que formulábamos con las siglas BP/PB: está claro que consideramos importante la pretensión de formar profesionales buenos y no solo buenos profesionales. Y nos hacíamos las siguientes preguntas: ¿cómo se alcanza esa pretensión, cómo se consigue ese objetivo, cómo puede ser evaluado?

En primer lugar he de decir que no se trata de un objetivo del que dirige una institución o de una persona obsesionada por este decisivo empeño sino de todo el equipo docente. No hay alumno que se resista a diez profesores que estén de acuerdo. El problema reside en que la pretensión sea de una sola persona o un pequeño grupo de personas, quedando los demás al margen o, lo que es peor, echando por tierra la idea como si se tratase de una quimera, una nimiedad o una estupidez.

En segundo lugar, es muy importante que el equipo de docentes encarne en sus propios comportamientos la pretensión que plantean en la formación de sus estudiantes. Decía Emerson: El ruido de lo que somos llega a los oídos de nuestros alumnos y alumnas con tanta fuerza que les impide oír lo que decimos. No hay forma más bella y más eficaz de autoridad que el ejemplo. Albert Bandura describe lo explica muy bien cuando describe el aprendizaje vicario.

En tercer lugar, además del carácter transversal del objetivo, creo que debería existir en el currículum una materia en la que se reflexionase con rigor y el apoyo de textos de autores y autoras relevantes sobre estas cuestiones. Disciplina de la que se harían cargo profesionales de prestigio. De lo contrario será fácil que esa materia se convierta en lo que se ha llamado “una maría”.

Acabo de conocer, a través de un artículo de José María Torralba, titulado “Tenemos que ser capaces de convivir, incluso pensando distinto”, una interesante experiencia universitaria. Se trata de la organización de seminarios para leer y debatir a los clásicos (también a otros autores modernos) y de promover debates para aprender a pensar y a convivir.

Por coherencia con lo que estoy planteando defiendo que la institución debería estar atenta a comportamientos que no tengan en cuenta las exigencias de la ética.

Fue un placer plantear a los estudiantes de las cuatro sedes de la Universidad de San Sebastián algunas ideas, algunas preocupaciones y algunas propuestas sobre esta decisiva cuestión: sin ética no se puede ser un buen profesional de la educación.

Victoria Camps, en su reciente libro “La sociedad de la desconfianza” (2025), dice: “La reflexión sobre la ética siempre ha acabado llevándome a la educación, no solo a mí, sino a cuantos se plantean el porqué de la crisis permanente de valores". Esta misma autora escribió en 2008 un interesante libro titulado “Creer en la educación”. Yo soy alguien que cree a pie juntillas en esa tarea decisiva y en los profesionales que se dedican a ella o se forman para ejercerla. Deberían ser profesionales buenos, profesionales de la ética.