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martes, 18 de agosto de 2026

18 de julio: memoria antifascista

Fuentes: Mundo Obrero [Foto: Acto de despedida en Barcelona a las Brigadas Internacionales, octubre 1938 (Robert Capa)]



Merece ser reivindicada la memoria de quienes decidieron defender la legalidad republicana y enfrentarse al fascismo cuando gran parte de Europa todavía lo legitimaba.

Este 18 de julio se cumplen 90 años del mal llamado «Alzamiento Nacional»: el inicio de una supuesta cruzada patriótica destinada a salvar España del comunismo y restaurar un orden basado en el catolicismo, la tradición y el autoritarismo. Es el mito fundacional del franquismo, construido durante cuarenta años de dictadura para justificar un golpe de Estado contra el legítimo gobierno republicano del Frente Popular, resultado de las elecciones de febrero del 1936.

Sin embargo, esa lectura de la historia tiene un reverso del que los demócratas y antifascistas debemos reivindicar ahora más que nunca. Porque el 18 de julio no solo marca el comienzo de la sublevación de un grupo de militares rebeldes, apoyados por buena parte de las élites económicas, la aristocracia y los terratenientes; también señala el inicio de una de las mayores resistencias populares al fascismo que ha conocido la Europa contemporánea.

Existe una idea ampliamente extendida según la cual España es el único país donde el fascismo venció y gobernó. Pero la realidad es más compleja. Mientras el nacionalsocialismo alemán llegó al poder tras un proceso electoral que culminó con el nombramiento de Hitler como canciller, y el fascismo italiano consolidó su dominio tras la Marcha sobre Roma y la posterior cesión del poder por parte de la monarquía, el fascismo español necesitó tres años de guerra, cientos de miles de muertos y una intervención militar extranjera decisiva para derrotar a la República.

Este hecho cobra mayor relevancia al recordar que, durante esos mismos años, la maquinaria militar del III Reich ocupó en cuestión de semanas buena parte de Europa. Polonia, Noruega, Dinamarca, Bélgica, Países Bajos o Francia sucumbieron con una rapidez que puso de manifiesto tanto la superioridad militar alemana como la incapacidad de los Estados europeos para organizar una resistencia eficiente. Además, en los Estados ocupados se formaron gobiernos colaboracionistas, como el Régimen de Vichy en Francia o el del Vidkun Quisling en Noruega.

En ese contexto histórico, España constituyó una excepción. A pesar de la enorme inferioridad material de la República, del embargo de armas impuesto por las democracias occidentales y de la ayuda constante que recibieron los sublevados por parte de la Alemania nazi y la Italia fascista, el golpe fracasó en buena parte del territorio y terminó convirtiéndose en una guerra de casi tres años. Aquella resistencia retrasó la victoria del fascismo mucho más de lo que sus promotores habían previsto y convirtió al pueblo español en uno de los primeros pueblos europeos que resistió y combatió militarmente al fascismo.

No se trata de convertir el 18 de julio en una fecha de celebración. Sería un error identificar el inicio de un golpe de Estado con una efeméride reivindicativa. Lo que sí merece ser reivindicado es la memoria de quienes, desde ese mismo día, decidieron defender la legalidad republicana y enfrentarse al fascismo cuando gran parte de Europa todavía lo legitimaba.

Con demasiada frecuencia se repite que «España fue el único país donde ganó el fascismo». Pero rara vez se añade que ese triunfo solo fue posible gracias a la intervención masiva de la Alemania nazi y la Italia fascista, así como las tropas coloniales del Ejército de África. También fue decisivo al abandono de la República por parte de las democracias europeas bajo la política de no intervención.

Reducir aquellos tres años a una simple derrota supone aceptar, aunque sea de forma involuntaria, el relato del franquismo. La Guerra de España también fue una historia de resistencia popular, de organización colectiva, de internacionalismo proletario y de defensa de la democracia frente al fascismo.

Porque el franquismo gobernó España durante cuatro décadas, pero nunca consiguió borrar el hecho de que el pueblo español fue uno de los primeros de Europa que decidió plantar cara al fascismo con las armas en la mano. Y esa es una tradición democrática y antifascista que también forma parte de nuestra identidad colectiva, y que ahora más que nunca, debemos reivindicar.

Marc Torres Nieto es militante del núcleo del PSUC de Barcelona. 

Fuente: 

miércoles, 18 de julio de 2018

18 de julio.

El traslado de los restos del dictador fuera del Valle de los Caídos ha de verse como un acto normal, para nada como una revancha.


Las políticas de conservación o de eliminación de los símbolos de un régimen totalitario dependen en gran medida de quien fue su sucesor. El continuismo postsoviético se ha traducido en la presencia actual de Lenin y Stalin en sus respectivos enterramientos en la Plaza Roja de Moscú, mientras el sepulcro clónico de Dimitrov fue demolido en Sofía. En Italia, las ambigüedades de la reconstrucción democrática se han traducido en una puntual preservación de monumentos e inscripciones, incluida la que en Bolzano sigue incluyendo a España entre las conquistas del Duce. A pesar de que recientes investigaciones, como La matanza de Addis Abeba de Ian Campbell, confirman la brutalidad del genocidio cometido durante la conquista y dominio de Etiopía, siguen existiendo callejeros en Italia que lo glorifican. Algo tiene esto que ver con la supervivencia de una mentalidad, nada favorable para la democracia.

Por eso el traslado de los restos del dictador fuera del recinto político-religioso del Valle de los Caídos ha de verse como un acto normal, para nada como una revancha, especialmente si tenemos en cuenta las condiciones de trabajo forzoso para presos republicanos que presidieron la construcción del monasterio. No tenía sentido alguno la supervivencia allí de su tumba, como tampoco lo tenían las estatuas de Franco a modo de miles gloriosus que ocupaban lugares de privilegio en las ciudades españolas. El pronunciamiento del general no solo desencadenó una guerra civil y destruyó un régimen democrático, sino que supuso la puesta en marcha, conscientemente, de una “operación quirúrgica”, como él mismo anunció en noviembre de 1935 al entonces embajador de Francia, Jean Herbette. Su propósito no era, pues, un simple giro a la derecha político, sino la puesta en marcha de un exterminio sistemático, físico e ideológico, de lo que consideraba la Antiespaña, un genocidio si nos atenemos a la definición de Raphaël Lemkin, y bien que lo llevó a cabo. Con el trato respetuoso a sus restos, tiene más que suficiente.

El traslado previsto deja en pie otro problema: ¿qué hacer con el túmulo del fundador del fascismo español, José Antonio Primo de Rivera, cuyo traslado al monasterio del Escorial, primero, y al Valle luego, fue decisión personal de Franco? Tampoco tiene sentido mantenerlo donde está. José Antonio fue promotor ideológico y víctima de la guerra civil. De aceptarlo su familia, el cementerio de Alicante, la ciudad donde fue fusilado, pudiera ser el lugar más adecuado para su enterramiento, convertido ahora en símbolo de reconciliación.

Y para el faraónico monasterio, ¿qué? Volarlo carece de sentido, si bien lo mejor es que no hubiese existido nunca. Cabría aprovechar sus instalaciones organizando allí un centro de estudios sobre el totalitarismo, para lo cual mimbres hay en el cesto.

https://elpais.com/elpais/2018/07/17/opinion/1531844823_263325.html