G. Buster, Daniel Raventós, Miguel Salas
Se cumplen 90 años de la victoria electoral del Frente Popular de Izquierdas (Front d’Esquerres en Catalunya y País Valencià) el 16 de febrero de 1936. Contra las expectativas, la coalición de las izquierdas republicanas y obreras derrotó a las derechas y sus amenazas autoritarias. La alegría se desbordó por las calles y sin esperar a la formación de las Cortes y el gobierno algunas manifestaciones se concentraron ante las prisiones y liberaron a los presos políticos. Más de 15.000 personas (otras fuentes hablan de 30.000) estaban encarceladas tras la insurrección de octubre de 1934 en Asturias y la rebelión catalana del mismo mes. Miles de obreros y campesinos habían sido despedidos por luchar por sus reivindicaciones. La Generalitat catalana había sido suspendida y su gobierno encarcelado. Igual que el dirigente de la izquierda republicana, Manuel Azaña y el presidente del PSOE y secretario general de la UGT, Largo Caballero. Acababa el llamado bienio negro (1933-1935) en el que las derechas habían echado para atrás las reformas iniciadas con el advenimiento de la república en 1931. La victoria desató un profundo proceso de movilizaciones sociales que abría la esperanza para resolver los problemas del histórico atraso español.
Desde su propuesta inicial, forzada por las políticas reaccionarias del Bienio Negro, la represión tras Octubre del 34 y una ley electoral que favorecía las mayorías, el Frente Popular de Izquierdas fue un terreno de confrontación entre dos visiones contrapuestas. La de Manuel Azaña, para el que el sujeto de las transformaciones debía ser la burguesía republicana progresista, y la de Largo Caballero, convencido de que solo la clase obrera era capaz de llevar a cabo las tareas de la revolución democrática. El bloque republicano pretendía construir su mayoría republicana sobre ambos pilares, pero con un gobierno exclusivamente suyo que, como mucho, integrase en algunas carteras al PSOE.
Pero el gobierno surgido de esas elecciones y los dos que le sucedieron en meses, enseguida frustraron esas esperanzas, ante las dificultades para aplicar el limitado programa electoral de la izquierda republicana. El historiador Manuel Tuñón de Lara escribe: “Azaña (presidente del gobierno) rehacía un gobierno en el que predominaban hombres de la pequeña burguesía y de la burguesía media republicanas” (La España del siglo XX). Mientras el gobierno predicaba la conciliación y contemporizaba con los militares, que la noche del 16 habían presionado para que se declarara el estado de sitio, evidente anticipo de lo que será el 18 de julio, las masas se movilizaban para resolver a su manera los graves problemas del país. Luis Portela, uno de los fundadores del Partido Comunista que había ingresado en el POUM de Madrid lo contó así: “Querían ir hacia delante, no se daban por satisfechos simplemente con que se pusiera en libertad a los presos políticos y se readmitiera a todos los que habían sido despedidos a resultas de la insurrección revolucionaria de octubre de 1934. Avanzaban instintivamente, no necesariamente para conquistar el poder o para crear soviets, sino para que prosiguiera la revolución que había empezado al proclamarse la república” (Recuérdalo tú y recuérdalo a otros, Ronald Fraser)
Por todo el país se inició un proceso de movilizaciones. El campo en primer lugar. El 25 de marzo se produjo una ocupación en masa de tierras en la provincia de Badajoz, en la que participaron unos sesenta mil jornaleros y arrendatarios. Hacia finales de la primavera, llegaron a estar en huelga al mismo tiempo por lo menos 100.000 trabajadores de la tierra. En las provincias con propiedades latifundistas se organizó la apropiación con el fin de instalar en ellas a miles de trabajadores agrícolas. Las ocupaciones y expropiaciones “debían acercarse al millón de hectáreas cuando estalló la Guerra Civil” (La España del siglo XX, Tuñón de Lara) Se redistribuyó mucha más tierra entre marzo y julio de 1936 que en los cinco años anteriores de la República. Además, ese proceso fue acompañado de un aumento de los jornales, que pasaron a ser de 11 a 13 pesetas diarias, aproximadamente el doble de 1935. El gobierno iba por detrás de los acontecimientos, a veces intentando impedirlos y otras limitándose a registrar lo que era un hecho, que los campesinos por sus propios medios imponían la reforma agraria.
El mismo impulso se produjo en la industria y el comercio. En abril se desarrolló una gran ola de huelgas exigiendo mejores salarios y cambios en las condiciones laborales, especialmente la reducción de la jornada de trabajo y el retiro con pensión a los 60 años. Se restableció la jornada semanal de 44 horas en la metalurgia y la construcción. Los metalúrgicos de Catalunya habían obtenido en 1934 la semana de 44 horas, pero en 1935 debían trabajar 48 horas por el mismo salario. Los ferroviarios exigían la vuelta a sus salarios de 1931-1933. Ante la amenaza de cierre patronal, en no pocas ocasiones los sindicatos se ofrecieron para hacerse cargo de ellas, como en los tranvías de Madrid. En mayo hubo una gran huelga de marineros con repercusiones internacionales, pues paralizó también a barcos que se hallaban en puertos extranjeros, logrando un gran triunfo en aumento salarial y reducción de horas de trabajo. Al final de la primavera se hallaban en huelga en Barcelona 60.000 empleados y empleadas del pequeño comercio. Se fueron incorporando sectores menos organizados y particularmente las mujeres, como la huelga de sastras y perfumistas en Madrid. En junio hubo una huelga general de la construcción de Madrid y sindicatos afines que movilizó a unos 110.000 trabajadores. Cálculos aproximados hablan de alrededor de un millón de huelguistas a finales de junio.
Dos personalidades nada proclives a la izquierda no tuvieron dudas sobre el momento histórico. Para el liberal Salvador de Madariaga: “El país había entrado en una fase claramente revolucionaria”. El historiador estadounidense Stanley G. Payne escribió: “Aquello no era todavía una revolución, pero se podría considerar como el comienzo de la misma”.
El Frente Popular
Era una época convulsa. En Italia gobernaban los fascistas. Hitler se había adueñado del poder en enero de 1933. Un levantamiento obrero en Austria fue derrotado en febrero de 1934. El futuro de Europa estaba en juego. Francia y España, con potentes sindicatos y partidos obreros, podían cambiar la tendencia.
El Frente Popular surge en esa encrucijada histórica. Después del tremendo fracaso de la política de división entre socialistas y comunistas en Alemania, la III Internacional, dirigida por Stalin, giró hacia una política de acuerdos entre los partidos obreros con partidos de la pequeña y mediana burguesía con el argumento de que lo importante era salvar la democracia frente al fascismo, pero evitar procesos revolucionarios que cuestionasen la hegemonía de los partidos democrático burgueses. La tendencia a la unidad, de un frente único obrero, se transformó en un acuerdo con partidos burgueses que ampliase los derechos sociales, pero respetase la propiedad privada a costa de concesiones de los partidos obreros.
Este giro estuvo determinado por la defensa de los intereses nacionales de la burocracia estalinista. Empieza con el pacto franco-soviético en mayo de 1935, en el que ambos países acuerdan asistencia mutua militar, y Stalin, a cambio, garantiza la paz social. En el mes de julio el VII Congreso de la III Internacional aprueba el giro hacia el frente popular. Pero esta política se acabará en agosto de 1939, cuando se firma el pacto entre Hitler y Stalin. Ya no se necesitan los frentes populares para derrotar al fascismo, la Alemania de Hitler es aliada de la URSS de Stalin.
Se forjó el lema de que la alternativa era fascismo o democracia, pero para aplastar al fascismo era necesario cambiar la sociedad capitalista que lo había engendrado. ¿Se podía defender la democracia manteniendo el capitalismo existente, en plena recesión económica y ascenso de la extrema derecha? Para mantener y desarrollar los derechos se necesita construir un mundo nuevo, avanzar hacia el socialismo.
En todos los países la tendencia a la unidad era un sentimiento generalizado, una condición para vencer al fascismo. En España se había expresado en la Alianza Obrera (acuerdo de las organizaciones obreras) que había impulsado la insurrección asturiana y la rebelión catalana de 1934. Una unidad que podía ampliarse a otras fuerzas políticas y sociales si las fuerzas obreras mayoritarias conservaban su dirección y objetivos. Por ejemplo, de una manera u otra las izquierdas y los sindicatos obreros apoyaban las exigencias campesinas contra los grandes latifundios, como defendían una república laica en la que la Iglesia no tuviera ni la presencia ni el poder que mantenía y sobre todo querían acabar con el peso del Ejército en la sociedad. Sobre esa base, y el reconocimiento nacional de Catalunya, País Vasco y Galicia, era posible un acuerdo con otras fuerzas sociales.
En julio de 1935 se formó el Frente Popular en Francia. En España fue en enero de 1936. El programa acordado era indiscutiblemente moderado en los términos impuestos por los republicanos liberales. No es buena idea un programa moderado para una época revolucionaria. En el pacto era más importante lo que se negaba que lo que se afirmaba. Dice el acuerdo que “los republicanos no aceptan el principio de la nacionalización de la tierra y su entrega gratuita a los campesinos […] los republicanos no aceptan el subsidio de paro solicitado por la representación obrera […] No aceptan los partidos republicanos las medidas de nacionalización de la Banca propuestas por los partidos obreros […] No aceptan los partidos republicanos el control obrero”.
Igual criterio se aplicó a la representación en las candidaturas. Mientras que las fuerzas obreras aportaban el voto de las masas trabajadoras, se permitió que los republicanos ocuparan el 56% de las candidaturas, el 36% para los socialistas y menos del 10% para el resto de fuerzas obreras, con el argumento de que un gobierno de la izquierda republicana necesita contar con una mayoría propia frente a sus aliados obreros. En un país polarizado, la victoria electoral, lograda también por el voto de muchos afiliados a la CNT anarco-sindicalista, significó un gran paso adelante y dio confianza al pueblo trabajador de que las cosas no podían quedarse en el mismo punto.
Como ya hemos relatado, los sucesivos gobiernos de la izquierda republicana fueron superados por la movilización social. Joaquín Maurín en un discurso en las Cortes el 16 de junio de 1936 denunció: “este Gobierno durante un tercio de año, durante una sexta parte, aproximadamente, de lo que es la vida normal de unas Cortes ordinarias, no ha hecho, no ya la sexta parte, ni la décima, ni la centésima parte de lo que contiene el programa del Frente Popular”.
La violencia durante esos meses, una guerra civil larvada que explotó con el golpe militar del 18 de julio de 1936, la sufrieron las izquierdas políticas y sindicales. Dos tercios de las víctimas mortales lo fueron por la represión de las fuerzas policiales, ya que las movilizaciones reivindicativas fueron reprimidas con dureza, y por los grupos fascistas que campaban a sus anchas. Siguió funcionando la censura, especialmente sobre las publicaciones obreras, a menudo se suspendieron las garantías constitucionales, no se tocó el poder de la Iglesia y los militares siguieron conspirando, se envió a algunos generales, como a Franco, fuera de Madrid, pero nada se hizo para depurar al Ejército.
Desde febrero hasta julio de 1936 los gobiernos de izquierda republicana del Frente Popular fueron incapaces de responder a las necesidades de las masas trabajadoras o de avanzar en las transformaciones necesarias de la revolución democrática o de adoptar las medidas defensivas necesarias frente al peligro fascista, monárquico y la sublevación militar. Lo que es peor, las izquierdas quedaron supeditadas a esos gobiernos. Así ni siquiera se podía defender la democracia, ni ser capaz de prever lo que se anunciaba, ni armar a las clases trabajadoras para defenderse. El golpe militar del 18 de julio sacó a la luz todas esas inconsecuencias. Fue la valentía de las clases trabajadoras, de los partidos y sindicatos obreros y campesinos quienes pararon los pies a militares y fascistas e iniciaron la revolución social. Debería haber servido para aplicar esas lecciones durante la guerra civil, pero tampoco fue así.
Francia y España
Para hacerse una idea de la importancia del momento histórico que podía haber cambiado la historia de Europa y del mundo, se ha tenido muy poco en cuenta el paralelismo entre la situación en Francia y España. El 6 de febrero de 1934 la extrema derecha organiza un motín en París intentando asaltar la Asamblea Nacional (emulando la marcha sobre Roma de Mussolini). Mueren 17 personas y hay más de 2.000 heridos. La respuesta es una huelga general el 12 de febrero. La jornada concluye con dos manifestaciones, la socialista y la comunista, que acabaron confluyendo al grito de “unidad”. En julio de 1935 se conforma el Frente Popular, que es un acuerdo “para realizar la unión entre la clase obrera y las ‘capas medias’” con el partido radical, un partido representante de la burguesía que había formado parte de diversos gobiernos durante la III República francesa. El 3 de mayo de 1936 gana las elecciones generales. La victoria electoral desencadena un impresionante movimiento huelguístico con ocupación de empresas. Empieza el 11 de mayo en Le Havre, el 13 es en Toulouse, el 14 en la región parisina. A comienzos de junio, 12.000 empresas están en huelga, muchas ocupadas, y se calcula que el número de huelguistas alcanza los dos millones. Para hacerse una idea del cambio producido, en la fábrica Renault la afiliación al sindicato CGT pasó de 700 a 25.000 afiliados. El 7 de junio el gobierno llega a un acuerdo con los sindicatos, los acuerdos de Matignon, por los que se consigue la semana de 40 horas, el derecho a sindicarse, aumentos salariales y vacaciones pagadas.
Es una victoria, pero el movimiento es tan amplio y potente que no se conforma y quiere avanzar más. Maurice Thorez, secretario del Partido Comunista francés, quiere cortar ese proceso y declara que “Hay que saber terminar una huelga cuando se ha obtenido satisfacción”. No sin gran esfuerzo se logra detener el movimiento, aunque a mediados de julio 600 fábricas siguen aún ocupadas.
Aunque los ritmos son diferentes y cada país tiene sus particularidades, durante unos meses en ambos países la revolución llamó a la puerta, pero el Frente Popular, instrumento defensivo subordinado a la hegemonía de los partidos democrático burgueses, fue incapaz de articularla, a pesar de su antifascismo declarado. Pero eso era imposible: o se avanzaba hacia cambios profundos contra el capitalismo o el fascismo acabaría imponiéndose. Cuando en España se inició el levantamiento fascista, el gobierno del Frente Popular francés ni siquiera quiso enviar armas y colaboró en la política de No Intervención, mientras que fascistas y nazis armaban a los franquistas. El resto de la historia es bien conocido.
El futuro
Conmemorar un acontecimiento histórico puede ser útil para aprender y debatir cómo afrontar un futuro que no está escrito. El avance de las derechas y las extremas derechas es una alerta cierta sobre los peligros que amenazan las libertades y las conquistas del movimiento obrero y no debería haber ninguna duda sobre la necesidad de acuerdos amplios, frentes únicos o frentes populares (lo importante no es el nombre sino el contenido).
Acuerdos que no sean solo electorales, sino que se basen en la movilización por abajo, que rehagan el tejido sindical, asociativo y popular y que puedan tener en cuenta la experiencia y el balance de otras etapas históricas, como aquí hemos señalado. Estamos en un momento defensivo frente a la oleada reaccionaria, pero una posición defensiva unitaria, clara y con perspectiva pueda convertirse en una palanca para dar un vuelco favorable a las clases trabajadoras. Las bases para tales acuerdos no son difíciles de plasmar, son las exigencias más claras y, nos atrevemos a decir, más decididamente democráticas: defensa de lo público, sanidad, educación; control por el pueblo y sus organizaciones; condiciones de vida digna, vivienda y condiciones materiales de existencia, como una renta básica universal e incondicional; derechos universales y democráticos para la gente y los pueblos; alternativa desde un punto de defensa de la república y del derecho de las naciones comprendidas en el Reino de España a la autodeterminación y solidaridad con otros pueblos.
Si crecen las derechas es porque no hay una respuesta positiva y están fracasando las condiciones de lo que hasta ahora existía. No funciona, porque como entonces (salvando todas las distancias) lo que está quebrándose son las bases de la democracia liberal tanto internacionalmente como en el Reino de España del régimen de 1978. No se trata de mirar el pasado, porque para mantener lo existente se necesita ofrecer una nueva perspectiva, sino de pensar, acordar y construir un futuro diferente a partir de articular políticamente a todos los sectores de la clase trabajadora divididos por las consecuencias de la crisis capitalista y la ofensiva reaccionaria.
Daniel Raventós G. Buster Miguel Salas son miembros del comité de redacción de Sin Permiso.
Fuente:
www.sinpermiso.info, 15 de febrero de 2025
Temática:
Izquierda institucional
República española
Republicanismo
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