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sábado, 7 de marzo de 2026

Graham Greene, el opio de Indochina

Fowler, el cínico y descreído reportero de El americano impasible, sabía que “los recuerdos felices son los peores”, y Greene reconoció que durante los años de Indochina el opio era su recuerdo más feliz. Indochina lo atrapó, aunque se interesó también por muchos otros países: desde su primer viaje en 1954, siempre estuvo preocupado por Haití y los haitianos, un país gobernado por el siniestro Duvalier, cuya dictadura condenó, impresionado por la miseria y las atrocidades de papá Doc. Se interesó también por la Cuba de Batista, cuando ya Fidel Castro combatía en las montañas, y por El Salvador, Panamá, y ayudó económicamente en Nicaragua a los sandinistas en la lucha contra Somoza. Y por el México de El poder y la gloria, o la Sierra Leona de El revés de la trama.

Todas esos viajes y los reportajes y libros que alimentaron están documentados. Norman Sherry, que murió no hace mucho (en 2024) tras haber dedicado años a investigar la vida de Graham Greene, nos dejó tres volúmenes con ello; el primero, entre 1904 y 1939, el segundo, de 1939 hasta 1955, y el tercero desde 1955 hasta la muerte del escritor en 1991. Por lo visto, el primer volumen de Sherry, el único que Greene pudo leer antes de morir, no le gustó. También disponemos de la biografía escrita por Michael Shelden (que también investigó a Orwell), y de las conversaciones de su viuda, Yvonne Cloetta, con Marie-Françoise Allain, (hija de Yves Allain, amigo de Greene y miembro de la resistencia contra los nazis en Borgoña). Además, Shirley Hazzard publicó Greene en Capri aprovechando que conoció al escritor en esa isla italiana, para trazar un personaje desagradable y feroz. Greene también escribió una especie de autobiografía en un par de libros, Una forma de vida y Formas de escapar.

Era un hombre peculiar, maltratado por sus compañeros escolares, reservado y melancólico, que parecía albergar en su interior varias personalidades, era católico pero frecuentaba los burdeles, como hizo en Londres, Nápoles o en La Habana, y obstinado viajero, no dejó de ir a misa cada domingo de su vida, y se sentía atraído por las sombras, por la clandestinidad, los secretos, el anonimato; sufría escribiendo pero se refugiaba en su casa de Capri para hacerlo. La fugaz militancia de Greene en el Partido Comunista británico, y su conversión al catolicismo siendo joven, la dedicación a la literatura y el espionaje, el prolífico trabajo como reportero en numerosos países, y su simpatía por la izquierda, delimitan un personaje singular, capaz incluso de interpretar a un fugaz vendedor de seguros en la película de Truffaut, La noche americana. Greene estuvo casado hasta su muerte con Vivien Dayrell-Browning, aunque solo vivieron juntos durante una década; conoció a Dorothy Glover en la primavera de 1939 y se fue a vivir con ella, mientras su familia permanecía en el campo. Ya había viajado por Liberia, algo que hizo posible su libro Viaje sin mapas. Durante la Segunda Guerra Mundial, Greene se veía con Kim Philby, y con Glover actuó a veces como bombero del vecindario. Tras la guerra, siguieron viviendo juntos hasta el verano de 1948, cuando fue a vivir cerca de Catherine Walston, a quien había conocido el año anterior. Después, Greene intimó con Yvonne Cloetta en África, en el Camerún de 1959: era una mujer francesa veinte años menor que él, casada y que tenía dos hijos, con la que compartió su vida más de treinta años, los últimos del escritor, casi siempre habitando en distintos techos. Debía tener algo de Pyle, su americano impasible, que miraba a las mujeres “como si nunca hubiera visto ninguna”.

Su trabajo en el MI6, el servicio secreto británico, no fue circunstancial: ingresó durante la Segunda Guerra Mundial, vivió durante un par de años en Sierra Leona en una misión de espionaje, pero renunció en mayo de 1944. Aunque Cloetta limita la pertenencia de Greene al MI6 a los años de la guerra, según su biógrafo Norman Sherry estuvo enviando informes al servicio secreto durante toda su vida, algo que sustenta la idea de un constante doble juego (aunque tal vez Sherry se basase en los frecuentes encuentros de Greene con espías británicos, en activo o retirados, que vivían en la Costa Azul) con su interés por la traición como recurso humano y por una lealtad resbaladiza y confusa que aparece con frecuencia en sus libros. Greene deslizó una dedicatoria en un ejemplar de El americano impasible que regaló a Yves Allain en 1959 (siete años antes de su asesinato), firmando “Graham, el viejo espía de Indochina”. De hecho, Greene siguió manteniendo contactos con el MI6 y facilitaba información conseguida durante sus viajes. No podemos saber si recibía ingresos por ello. Le gustaban Conrad, Stevenson, Henry James; y su relación con Chaplin, cuya amistad fue tan importante para ambos, choca con su pelea en los periódicos con Anthony Burgess, que terminó con el aprecio que se tuvieron. También admiró a Fidel Castro, con quien se reunió junto con García Márquez, y le interesó la figura de Omar Torrijos, a quien conoció en 1974 y de quien puso una fotografía en su casa de Vevey; como mantuvo una gran amistad con Herbert Read y con Evelyn Waugh; y los encuentros con Ho Chi Minh, Fidel Castro, Torrijos, Gorbachov o los dirigentes sandinistas, muestran la relevancia mundial que alcanzó.

Y la guerra civil española es el telón de fondo de su novela El agente confidencial, que publicó en 1939, aunque la acción transcurre en Gran Bretaña. Para Greene, España estaba presente también en la compañía del sacerdote gallego Leopoldo Durán, con quien viajó por la península ibérica y que le sirvió de modelo para Monseñor Quijote. África le atraía mucho, aunque en uno de sus viajes, con su prima Barbara, contrajo unas fiebres en Liberia que casi lo mataron. Años después de Sierra Leona, Greene estuvo varias semanas en una leprosería en el Congo belga, y visitó otros lazaretos cuando preparaba materiales para su libro Un caso agotado, inmerso en una etapa de depresión y apatía. También le interesó América Latina, e Indochina, claro: tal vez El americano impasible sea su mejor novela.

Estuvo en Moscú en 1957, con su hijo, y volvió en 1961, y en septiembre de 1986, como muestra esa fotografía de Greene y Cloetta en Moscú cuando se reunieron con la esposa de Kim Philby. Philby, que murió dos años después, era amigo suyo y había sido su superior en el servicio de espionaje británico, y sus memorias fueron publicadas con un prólogo de Greene. Pese a ello, entregó las cartas que había recibido de Philby al Foreign Office. Greene regresó a Moscú al año siguiente para participar en una conferencia, y entonces conoció a Gorbachov. Es significativo que, contrario como era a ser entrevistado en televisión (y eso que su hermano Hugh fue director general de la BBC en los años sesenta), la única vez que aceptó hacerlo fue en la Unión Soviética. Tal vez lo explique que, en esos años ochenta, Greene confiaba en un acercamiento entre un comunismo más moderado y un catolicismo preocupado por la vida terrenal. En El poder y la gloria, que publicó en 1940, Greene muestra a las víctimas, católicos, y en El americano impasible, que publicó quince años después, evita mostrar simpatía por los vietnamitas pero también por los franceses; después, expresó su condena de las atrocidades estadounidenses en Vietnam y mantuvo una constante denuncia de la guerra impuesta por Washington.
 
Tenía simpatías por la Unión Soviética y por el comunismo, aunque criticó la intervención en Checoslovaquia de 1968, y fue amigo de Václav Havel, pero es probable que a Greene no le hubiera gustado la evolución posterior del dramaturgo checo con su defensa de la OTAN y de las matanzas estadounidenses, como hizo Havel en la guerra de Iraq y con su apoyo a George Bush. Greene también mantuvo diferencias con Moscú sobre el encarcelamiento de Anatoli Scharanski, un supuesto disidente soviético y defensor de los derechos humanos que posteriormente adoptó en Israel el nombre de Natán Sharanski, llegó a ministro de Ariel Sharón y apoyó las colonias israelíes en Gaza, los asesinatos de dirigentes palestinos y el robo de tierras en la Franja, en Cisjordania y en todos los territorios usurpados. Aunque no podemos saberlo, es muy probable que Greene hubiese condenado su actitud.

Greene solía escribir cada jornada unos mil caracteres, apenas medio folio, y vendió veinte millones de ejemplares de sus libros. Siempre depresivo, establecido en Antibes desde los años sesenta, encargaba camisas de seda en Malasia para que se las enviaran a Europa, aunque no era un hombre atildado. Dejó su dinero, medio millón de dólares, a su viuda, Vivien, y sus dos hijos. Tuvo siempre en la memoria el olor de África, las víctimas de América Latina, el húmedo monzón de la Indochina colonial y el aroma inigualable del opio en las largas pipas de bambú.

* * *

Cuando terminó la guerra en Europa, muchos de los franceses que Greene conocía fueron enviados al Camerún. Él viajó a Malasia en noviembre de 1950, donde su hermano Hugh era el responsable del MI6. El escritor trabajaba entonces para la revista Life y viajó por Indochina entre 1951 y 1955. No fue al sudeste asiático por casualidad: el cónsul británico en Hanói era Arthur Geoffrey Trevor-Wilson, también espía del MI6, amigo de Greene desde la guerra, y fue a visitarlo. Allí conoció, en enero de 1951, al general Jean de Lattre de Tassigny, comandante de las tropas coloniales francesas, quien después lo acusó de ser un espía. Lattre, cuya agonía en París aparece en El americano impasible, facilitó a Greene un avión con el que pudo sobrevolar el país, en una guerra en la que había guerrilleros comunistas del Viet Minh con el agua hasta el cuello en los arrozales, legionarios franceses, marroquíes, senegaleses, alemanes y agentes de la CIA y a donde pronto llegaron los militares norteamericanos. Conoció entonces la importancia de Trinh Minh Thé, jefe de Estado mayor del ejército del Cao Dai, una secta religiosa que mezclaba el cristianismo, budismo y confucianismo, que Greene descubrió con sorpresa. En una carta a su hermano Hugh, Greene escribió que los sectarios “tienen un Papa, mujeres cardenales, y sus santos son Cristo, Buda, Mahoma, Víctor Hugo y Auguste Comte”. “Son dos millones y tienen un ejército privado que ahora apoya a los franceses.”

Volvió a Inglaterra, pero regresó a Vietnam en octubre de 1951. La tensión en todo el territorio era constante, y hasta los restaurantes tenían rejas de hierro para protegerse de la guerra, con ejércitos privados que cambiaban de bando con facilidad. Y Greene conocía lo que Trevor-Wilson estaba haciendo. En una carta que envió a Catherine Walston le dijo que había hablado con el productor de cine Alexander Korda (también antiguo agente del MI6), a quien el servicio secreto quería proponerle un trabajo. Es probable que tras esa propuesta estuviera la promoción de la “solución católica” para Vietnam, que estaba considerando Estados Unidos y examinaba Londres. Las autoridades coloniales francesas desconfiaban de la actividad de los diplomáticos y espías británicos, y la policía del Corps Expéditionnaire Français en Extrême-Orient, CEFEO, con autoridad en los protectorados de Camboya, Laos, Tonkín, Cochinchina y Annam, controlaba los movimientos de Greene, de quien recelaban: el general Lattre le preguntó directamente si era miembro del MI6: las frecuentes reuniones del escritor con espías y su búsqueda de informaciones daban pábulo a la sospecha.

Indochina atrapó a Greene. Su amigo Evelyn Waugh señaló que a Greene le atraía el “inquietante inframundo de chismes, espionaje, soborno, violencia y traición”. El país de los arrozales dorados, de las mujeres vietnamitas con pantalones de seda, los cafés del puerto de Saigón, las noches del casino Grand Monde en Cholón, el mayor del mundo, con sus paredes amarillas, sus croupiers y guardaespaldas, donde Greene hace que se conozcan el cínico Fowler y la delicada Fuong en El americano impasible, y donde se jugaban fortunas, pero también se bailaba en la gran sala y se escuchaba a la orquesta con músicos de smoking blanco y pajarita, donde se comerciaba con la prostitución, las drogas, el contrabando de oro, las falsificaciones, el mercado negro de dólares, en medio del peligro y la emoción del estallido de las granadas en Saigón y en los canales del Mekong, de los patrullajes de las tropas francesas tras los guerrilleros del Viet Minh, de los chismorreos de periodistas y espías, de las chicas en bicicleta por la calle Catinat, del ruido seco de las mesas donde se jugaba al Mah-Jong. Todo lo cautivó.

Greene se alojaba en el hotel Continental de la calle Catinat de Saigón, en la habitación 214, justo en la esquina del edificio, desde donde podía ver a los conductores esperando o durmiendo en sus rickshaw, junto a la acera. Toda esa vida del Vietnam colonial aparece en El americano impasible. Fowler, el protagonista, vive también en la calle Catinat, la actual Đồng Khởi que ya ha olvidado al mariscal del que procedía su nombre francés, tiene un ayudante hindú llamado Domínguez para hacer sus trabajos de reportero, y va a beber cerveza a la terraza del Continental, como tantas veces hizo Greene. En ese escenario de las calles de Saigón, Greene señala la ambigüedad ética más perversa presentada con el rostro de la inocencia, como hace con Pyle, el americano impasible. Pyle (su hombre tranquilo, inocente, seguro de las razones morales de su país y de su empeño por la democracia y la libertad) entrega los explosivos plásticos a quienes realizarán las acciones terroristas y achacarlas después a los comunistas: Pyle, aunque él se crea un hombre justo, es la inocencia perversa, la mentira de la propaganda, el horror de Langley, el anuncio de la sangre con que el Pentágono ahogará poco después a toda Indochina.

La novela de Greene se convirtió en un libro imprescindible para todos los periodistas destinados a Vietnam y a Indochina. “Acostarse con una anamita es como acostarse con un pájaro; gorjean y cantan sobre la almohada” escribió en El americano impasible. Entonces, llamaban anamitas a la gente de Vietnam, un país regado por los monzones que quedaba a treinta horas de vuelo de Europa, donde Greene recorría los fumaderos de opio y los burdeles. Junto a la plaza Lam Sơn estaba el café Pavilion, en la esquina de la calle Lê Lợi y la calle Nguyên Huê, hoy junto a Nhà hát Thành, el teatro municipal de la ciudad Ho Chi Minh, y muy cerca de donde ahora está la estatua del tío Ho. Allí se congregaban los intelectuales, políticos, diplomáticos, periodistas, mercenarios, espías del viejo Saigón, que tomaban café en el ambiente del lujo francés, comían en los restaurantes Brodard y La Pagodel, en el Majestic y el Grand Hotel, y conspiraban, mientras se jugaba a los dados en las calles de Saigón y los paracaidistas franceses recorrían los canales, y algunos obispos velaban armas al frente de sus ejércitos privados, y las moscas se arremolinaban en los cadáveres abandonados en el agua, entre el olor de la cordita y el napalm lanzados por los aviones franceses.

Los personajes que articulan la novela son Thomas Fowler, el periodista británico que frecuenta fumaderos de opio, cínico, aunque no puede evitar el llanto cuando pierde a su amante vietnamita, y Alden Pyle, el americano tranquilo, de la legación estadounidense. Pyle es un agente de la CIA que trabaja en la construcción de un bloque político que se sitúe entre los franceses y los comunistas, incluso recurriendo al terrorismo, como el atentado de la plaza Garnier, Lê Lợi, que narra Greene y que abre los ojos a Fowler: el general Trinh Minh Thé, a quien apoyan los norteamericanos, fue el autor de la matanza de la que después acusaron a los comunistas. Greene se basó en un suceso real: un atentado en enero de 1952, y describe a su Fowler conmovido por la visión de la mujer sentada en el suelo que tapa con su sombrero de paja el cadáver de su pequeño muerto por la detonación. La CIA no había dejado nada al azar: además de avisar con antelación a los suyos para que se alejasen de la plaza, el fotógrafo de Life estaba esperando el estallido de la bomba en un lugar resguardado para tomar después fotografías. Tras la explosión captó una de un conductor muerto, sentado en su rickshaw: la bomba le había arrancado las piernas. La fotografía fue publicada en Estados Unidos achacando el atentado a los comunistas, y difundida también en el sudeste asiático; en Manila llevaba por título «la obra de Ho Chi Minh».

Después, seguirían múltiples atentados con bombas instaladas en bicicletas, preparadas por los servicios secretos estadounidenses y sus cómplices de Saigón. En esos años en que Greene está en Vietnam, los hombres de Trinh Minh Thé hicieron numerosos atentados terroristas para culpar a los comunistas. Asesores militares de Estados Unidos, como Edward Landsdale, pactaron con Trinh Minh Thé el apoyo al primer ministro Ngô Đình Diệm, que después se convirtió en presidente del régimen títere de Vietnam del sur. Landsdale, que ya había estado en Filipinas organizando las matanzas contra la guerrilla comunista, era un tipo siniestro, agente de la CIA, asesor de los franceses en Vietnam, reclutador de asesinos y mercenarios para llevarlos a Vietnam a combatir a las fuerzas del Viet Minh.

Francia se retiró de Indochina en 1955, tras la derrota de Dien Bien Phu, y dejó a Estados Unidos el camino libre para levantar un estado títere en el sur de Vietnam, incumpliendo el compromiso de convocar elecciones en julio de 1956 porque hubieran dado la victoria a los comunistas. Entonces, tras la salida de los franceses, Greene preparó una compleja operación para entrar en contacto con Ho Chi Minh en Hanói y entregarle una carta. En la entrevista, Ho Chi Minh le dio a Greene una película, que ha desaparecido. Greene, como se aprecia en su novela, desconfiaba de los propósitos estadounidenses. A partir de 1954, con los franceses derrotados, Estados Unidos hizo que el gobierno fantoche de Ngô Đình Diệm lanzase una ofensiva feroz, con matanzas en Chí Thạnh, Mỏ Cày, Bình Thạnh, Ngân Sơn, Châu Đốc y Cu Chi (donde existían los túneles de la guerrilla). Washington no le agradeció a Ngô sus servicios: fue asesinado en noviembre de 1963 durante el golpe de Estado organizado por la CIA. La Legación norteamericana estaba en Saigón en el 39 de Hàm Nghi, un edificio amarillo que albergó a los diplomáticos y espías estadounidenses de 1950 a 1967, hasta que el atentado con un coche bomba en 1965, los llevó a instalar la embajada en el bulevar Thống Nhất (hoy, Lê Duẩn): ese es el lugar de Saigón (ahora, ciudad Ho Chi Minh) que en abril de 1975 fue el escenario de la derrota y de la retirada final de Estados Unidos, con sus hombres y los colaboracionistas colgando de los patines de aterrizaje de los helicópteros para llevarlos a los barcos anclados en alta mar.

* * *

A Green le gustaba recordar los años de Indochina, el peligro de la vida en Vietnam. Es en el puente de Dakow donde aparece ahogado el cuerpo de Pyle, el americano impasible; la vida transcurría entre Đông Khởi, el bulevar Lê Lợi, el fumadero de opio de la rue d’Ormay, la calle Nguyễn Huệ, y el fascinante barrio chino de Cholón, que había visto a la pequeña Marguerite Duras esperando a su amante veinte años atrás. Es probable que Greene estuviera caminando durante años en el filo de la navaja, atrapado entre su vieja camaradería con los miembros del MI6 y sus inclinaciones políticas, y que no dejase nunca de colaborar con el servicio secreto británico, como Somerset Maugham y Compton Mackenzie. Su amistad con Maurice Oldfield, que fue el jefe del MI6 en los años setenta, así parece indicarlo: es difícil pensar que no compartieran confidencias, chismorreos, informaciones, análisis. Es probable también que el MI6 desconfiara de Greene pero valorase sus opiniones.

Con Philby había sido amigos desde la Segunda Guerra Mundial. Greene era un hombre de izquierda y Philby era comunista, y su huida a la Unión Soviética no rompió su amistad. Amigos en la distancia durante tantos años, el viejo sueño de Philby se cumplió en Moscú: “Tener a Graham Greene sentado frente a mí y, entre los dos, una botella de vino.” No se despidieron en una estación, pero no importaba. En el cuaderno que alimentaba Yvonne Cloetta, el carnet rouge, Greene escribió: “Es en las estaciones de ferrocarril donde te das cuenta de las personas que aman. Siempre son las últimas que quedan en los andenes, despidiéndose con sus pañuelos blancos cuando arranca el tren que se lleva a sus seres queridos.”

Por Higinio Polo
Fuentes: El viejo topo

martes, 4 de septiembre de 2018

Filosofía de la Educación en Fidel Castro Ruz (y III) La praxis pedagógica


Rebelión


Las Ciencias de la Educación en Cuba tienen frente a la obra de Fidel un importante campo de estudios y sistematizaciones, de urgencia en su realización si se trata de aportar al diseño y realización de las actuales políticas educacionales del socialismo cubano. La tarea a realizar resulta compleja en el orden filosófico, historiográfico y metodológico. Estamos ante un colosal universo de ideas y realizaciones en constante movimiento. En una evaluación de 1990 sobre lo alcanzado en la educación Fidel afirma: “Si comparamos las ideas que teníamos antes del triunfo de la Revolución con las que tenemos ahora, hay un abismo, porque se fueron desarrollando nuevas y nuevas ideas en este campo, que es lo que hoy constituye la suma de todas nuestras instituciones y programas educacionales


1. La Pedagogía

La Pedagogía, no está sometida únicamente a las variaciones de los procesos político – sociales y a los escenarios principales de la lucha de clases. Fidel siempre estuvo atento a cómo la educación también encuentra en las prácticas pedagógicas formas de permanencia y de cambio –de avance, de estancamientos y también de retrocesos-que no necesariamente obedecen siempre al ritmo de los acontecimientos políticos. Fidel se preocupó por mantener siempre un intercambio propiamente pedagógico, con los maestros, con los pedagogos, con los estudiantes, padres y madres y pueblo en general.

Para Fidel la Pedagogía “es la ciencia de inculcar el máximo de conocimientos; debe enseñar sobre todo, al individuo a pensar2. Precisamente esa fue la orientación pedagógica que explicó a los primeros maestros voluntarios e, agosto de 19603.

Fidel continúa con la fertilidad de la visión martiana, la tradición de lo mejor de la pedagogía marxista. Comparte la consideración de la unidad de educación y la instrucción, de la enseñanza y el aprendizaje, de la combinación estudio-trabajo como articulaciones de y para la perfectibilidad humana. Su discurso y hacer confirma que la educación es un proceso esencialmente liberador, que tiene un carácter complejo y multilateral.

Fidel asume la consideración martiana que entiende el proceso pedagógico4, como proceso de enseñanza aprendizaje -de organización de la actividad cognoscitiva y su realización efectiva en los sujetos del proceso-, y el proceso de educación - de formación objetiva de sentimientos, principios ideológicos, valores morales, políticos y culturales, actitudes y normas de conducta social. Fidel entiende también lo propiamente educacional como calidad y contenido de la Educación, y como fenómeno de socialización.

En la tradición pedagógica marxista Fidel reconoce el concepto formación como categoría de superior nivel de generalización teórica5, y se pronuncia por lograr el resultado mejor, más multifacético e integral para todos y todas, en la consideración de que lo formativo no es un punto de llegada sino un proceso vital que nos acompaña con cualidad natural de trascendencia. En Fidel el propósito de la formación educacional fue desarrollándose en la medida que avanzó la propia obra revolucionaria. Hoy se sintetiza en lograr profesionales, trabajadores y ciudadanos que sean portadores de una cultura general integral. Para Fidel en tanto martiano y marxista, no hay formación sin praxis revolucionaria, y para tal resulta decisiva la lucha por ampliar los horizontes de la justicia social como base de la dignificación humana, de la dignidad nacional, laboral, personal.

Educación científica
A los maestros voluntarios les explica la importancia de desarrollar una pedagogía científica, y desterrar todo lo dogmático, mecánico y escolástico heredado de la época neocolonial: “Las clases se pueden dar a veces hasta debajo de un árbol y, sinceramente, si a mí, por ejemplo, me pusieran otra vez, me dieran la oportunidad de ir a la escuela, me gustaría más las clases en el campo que las clases en pupitre. A los muchachos les gusta caminar, les gusta pasear, les gusta investigar y ustedes deben despertar, o estimular todas esas inclinaciones”6. Tal enfoque y la exhortación a los maestros y maestras para que innoven acompañará la pedagogía fidelista, cuatro décadas después en el año 2000, en el acto de graduación de las Escuelas Emergentes de Maestros de la Enseñanza Primaria, ratificará: “hay mucho que innovar en la educación”7

La enseñanza además tiene que ser de calidad, entendida, como “...aquella en que los sujetos del proceso crean, recrean, producen y aportan de manera eficaz los conocimientos, valores y procesos que contribuyen a perfeccionar la sociedad en su conjunto en todas las dimensiones posibles”8.

Fidel se pronunció por el despliegue de la inteligencia y las capacidades creativas y científicas de los sujetos de la educación9.En el orden didáctico en tiempos de la Revolución Científico Técnica y de la Revolución infocomunicacional, Fidel expresó una pedagogía de la praxis socio-tecnológica, de la incorporación creativa de la tecnología de punta. En cuanto a los sujetos principales del proceso defendió en una perspectiva socialista la interacción democrática del profesor y los alumnos, y el empoderamiento en igualdad de ambos a nivel institucional. Impulsó, además, a construir y practicar una pedagogía internacional aplicada con éxito en más de 50 países.

La escuela y los maestros
A la escuela como institución central del sistema educacional Fidel le prestó una sistemática atención. Reflexiona junto a los asistentes a las diversas concentraciones y actos relacionados con la inauguración de escuelas, cómo es que él las concibe: Posee todo un ideario al respecto que va desde la concepción de los Círculos Infantiles hasta la Universidad10. Fue generador de nuevos tipos de escuela de carácter vocacional y politécnico, y se preocupó por las condiciones higiénicas y de organización. “La escuela no es, por supuesto el edificio, la escuela es una comunión entre el maestro y los niños de cada lugar”11, sintetizaba.

La prioridad que da al tema escolar como gobernante, su concepto de la responsabilidad estatal y gubernamental con la escuela como institución, está en una perspectiva de corresponsabilidad social y familiar, por ello afirma: "La educación no se inicia en las escuelas; se inicia en el instante en que la criatura nace. Los primeros que deben ser esmeradamente educados son los propios padres..."12.

Para Fidel la calidad en la educación requiere, en primer lugar, de la ejemplaridad y la profesionalidad del maestro y la maestra. Quienes asumen la dirección del proceso pedagógico deben expresar más que en el discurso, en su conducta las cualidades, los modelos de pensamiento y actuación que pretenden formar. Hombres y mujeres patriotas, comprometidos con su tiempo, con la obra revolucionaria, con espíritu de superación, trabajadores disciplinados, estudiosos, autodidactas, propensos a la investigación y la búsqueda constante de perfeccionamiento de su labor, de sus alumnos y de ellos mismos13.

La filosofía fidelista de la educación
La filosofía fidelista de la educación puede ser entendida a partir de comprender la misma como una teoría universal y una praxis consecuente sobre los problemas de la cultura y la educabilidad de los niños y niñas, de los y las jóvenes, del hombre, la mujer, de la sociedad sus diversos sujetos y de esta como totalidad, de la transformación revolucionaria de todos y todas en una perspectiva de lucha anticapitalista, antimperialista y socialista. En el orden político, Fidel defiende una Pedagogía para la Revolución y la emancipación de las conciencias y las circunstancias.

Para Fidel lo educacional existe en nexo íntimo y tránsito recíproco con los conceptos de cultura, ciencia, política y eticidad. Y tiene su concreción objetiva en la calidad de la vida espiritual y material que alcance, en la emancipación de las relaciones humanas, en la desenajenación de las circunstancias y de los sujetos colectivos e individuales. Por ello su filosofía de la educación como sistema teórico y escuela de pensamiento, se expresa en sus reflexiones acerca de las bases y significados de la educación, como vehículo de desenajenación y formación integral de los seres humanos, su modo de vida y filosofía moral

En tanto la ya subrayada centralidad de la ética, la Pedagogía de Fidel ha sido eminentemente una Pedagogía del ejemplo personal, del dialogo de principios desde los valores del humanismo, la justicia social y la dignificación de cada niño o niña, joven, hombre y mujer, de la búsqueda consciente de la perfectibilidad de la sociedad y de los individuos en Revolución. En su pensamiento pedagógico sobresale una infinita confianza en la niñez y la juventud, en el hombre y la mujer cubanos.

La filosofía martiana y marxista de la educación de Fidel Castro puede expresarse en un conjunto principios estrechamente interconectados:

El carácter social de la educación

El carácter liberador, desenajenador de la educación

El carácter axiológico de la educación

El carácter patriótico de la educación

El carácter popular de la educación

El carácter democrático de la educación

El carácter científico de la educación

El carácter socio tecnológico de la educación

El carácter estético de la educación

El carácter de dignificación personal de la educación

La educación como derecho y deber de todos los ciudadanos

La educación como tarea de masas

La unidad de la función instructiva y educativa en el acto docente

La combinación de la enseñanza teórica con la práctica

La combinación del estudio y el trabajo

La integración de la educación física

La integración de la educación artística

La integración de la educación sexual y de género

La integración de la educación formal

La integración de la educación medioambiental

La vinculación de la escuela con la comunidad

La educación laica

La coeducación

Notas:

1 Fidel Castro Ruz Discurso pronunciado por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz en la clausura de "Pedagogía 90", efectuada en el teatro "Karl Marx", el 9 de febrero de 1990. (A menos que se declare todas los discursos de Fidel que utilizaremos pueden consultarse en: Discursos e intervenciones del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, Presidente del Consejo de Estado de la República de Cuba, http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/)

2 Ídem. Ant.

3 Discurso pronunciado por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz en el acto de graduación de los maestros voluntarios a su regreso de la Sierra Maestra, celebrado en el Teatro Auditórium, La Habana, el 29 de agosto de 1960

4 Asumo lo pedagógico como sinónimo de lo educacional. Sin embargo el alcance epistemológico que le otorgamos al término proceso pedagógico, nos permite considerar además de lo propiamente docente educativo, otros procesos educativos extra docentes o paradocentes. Ver: Orlado Valera: El debate teórico entorno a la Pedagogía, 1999.

5 La formación como proceso pedagógico para el marxismo se asume como integral y liberadora (desenajenadora). Así se expresa el concepto de totalidad de Marx.

6 Fidel Castro Ruz: Discurso en el acto de graduación de maestros voluntarios en el teatro Auditórium, La Habana, 29 de agosto de 1960

7 Fidel Castro Ruz: Discurso en el acto de graduación de las Escuelas Emergentes de Maestros de la Enseñanza Primaria. Granma, La Habana, 2002, p. 5

8 Fidel Castro Ruz: Discurso pronunciado en el acto de graduación del Destacamento Pedagógico “Manuel Ascunce Domenech”, efectuado en Ciudad Libertad, La Habana, el 7 de julio de 1981

9 Fidel Castro Ruz: Discurso pronunciado Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz en el teatro Chaplin, efectuada el 17 de septiembre de 1966

10 Odalys Barrabia Monier: Fidel Castro y su contribución a la orientación de la pedagogía cubana entre 1959-61.

11 Fidel Castro Ruz: Discurso en el acto de graduación de maestros voluntarios en el teatro Auditórium, La Habana, 29 de agosto de 1960

12 Fidel Castro Ruz: Las ideas son el arma esencial en la lucha de la humanidad por su propia salvación. La Habana: Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 2003, p, 26.

13 Fidel Castro Ruz: Ideología, conciencia y trabajo político 1959-1986, Editora política, La Habana, 1987, p.48.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Fidel Castro, estela duradera. Ha fallecido.

Durante los años de la postguerra europea, al final de la década de los 40, leía a Albert Camus y pasé luego algunos períodos de tiempo en París donde viví la perplejidad y expectación de los jóvenes que veían su futuro lleno de pasado.
Más tarde, como Rector de la Universidad de Granada (1968–1972) sentí una gran curiosidad por conocer quién era y qué representaba el Comandante Castro que, con el Che Guevara, suscitaba tanta admiración en aquellas generaciones que, no exentas de razón como se ha visto después, se resistían a dejarse ahormar por los poderes post-bélicos (¡tan “bélicos”!).

También contribuía a mi creciente interés por conocer más sobre este tema el hecho de que la España franquista fuera la única vía de acceso a la “isla aislada”: Madrid-La Habana. Me di cuenta ya entonces —y tuve ocasión de conocerlo más de cerca en la época de la glasnost y la perestroika— de la enorme influencia de Fidel Castro en una América Latina sometida, para la que los cubanos representaban el sueño de liberación. En efecto, Cuba fue el único país latinoamericano que no sufrió el inmenso y culposo “Plan Cóndor”, iniciado en 1975, que sustituyó por dictadores y juntas militares a los poderes establecidos y asesinó a mansalva… No se debería reflexionar sobre el castrismo sin tener en cuenta la trágica realidad de dependencia y sumisión vivida en aquellos países.

Cuando se habla del incumplimiento por parte de Fidel de los Derechos Humanos, del desmedido tiempo en el poder y la ausencia de pautas democráticas, pienso en el lupanar que era la isla con Fulgencio Batista… en la reverencia que profesan los “mercados” a países en los que el poder es sucesorio por decisión atípica y no expresa la voluntad popular ni se respetan los derechos humanos más elementales. Produce bochorno pensar que cuando se va a negociar con China se elimina antes la Ley de Justicia Universal y cuando las conversaciones se tienen con Arabia Saudita se excluyen de la agenda los Derechos Humanos y, en particular, los de la mujer… En la actualidad, en las últimas etapas de la deriva de un sistema que cambió los valores éticos por los bursátiles y a las Naciones Unidas por grupos plutocráticos (G6, G7, G8, G20), contemplamos estupefactos como tiene lugar el acoso y derribo de países-alternativa tan importantes como Argentina y Brasil, a través de auténticos golpes de Estado debidamente “disfrazados”.

En los años 1978-81 en que desempeñé el cargo de Director General Adjunto de la Unesco, tuve ocasión de apreciar la rápida acción solidaria que Cuba llevaba a cabo. Pienso especialmente en la caída de Somoza en el mes de julio de 1979. Llamé al Presidente Adolfo Suárez, de quien era Consejero en aquel momento, y le dije que sería bueno enviar rápidamente a unos cuantos maestros y maestras para contribuir a la normalización educativa de Nicaragua. A los tres días centenares de docentes cubanos llegaban, provistos de tiendas de campaña, con las manos tendidas. Y lo mismo puede decirse de Haití, con urgente y eficiente asistencia humanitaria y médica… y en muchos lugares de África.

Ya entonces puede apreciar el desarrollo comparativo de la educación en Cuba: frente a intolerables porcentajes de analfabetismo en la mayoría de los países de América Latina, Cuba estaba en la vanguardia. Y en la atención sanitaria e investigación biomédica ocupaba también el primer lugar.

He oído voces también muy críticas sobre las ejecuciones y pena de muerte practicadas durante el castrismo. Como Presidente de la Comisión Internacional contra esta cruel e intolerable acción del Estado, me uno a esta crítica… pero atemperada por la decisión que adoptó en 2003: a partir de entonces, Fidel no sólo dejó de ordenar y aceptar ejecuciones si no que eliminó los “corredores de la muerte”. En Estados Unidos, en cambio, todavía hoy 34 Estados, la gran mayoría de ellos con gobiernos del partido republicano, siguen siendo retencionistas y manteniendo el horror de los “corredores” durante muchos años.

En lo que respecta a su homofobia, se trata de otro error sin duda… que siguen manteniendo en España no pocas personas por motivos ideológicos o religiosos y, desde luego, en muchos países a los que, por intereses cortoplacistas, no censuramos. Hablando de fobias y racismos, la realidad europea y la perspectiva norteamericana son espantosas y merecen una tajante reprobación de todos los ciudadanos.

He sido testigo del extraordinario afecto que tenían por Fidel Castro los pueblos latinoamericanos. Recuerdo que en 1991 se celebró en Guadalajara el “ensayo” del V Centenario del “Encuentro” Iberoamericano. Como Director General de la Unesco había procurado, junto con el profesor Urquidi, evitar reacciones adversas de las riquísimas culturas originarias, invitándolas a todas ellas a participar en la Cumbre. El Rey Don Juan Carlos y el Presidente Felipe González se sintieron especialmente confortados por la ensordecedora exclamación “¡Fidel, Fidel, Fidel!” que se escuchó en todo el trayecto de las autoridades hacia el Ayuntamiento. Al aparecer en la balconada —yo estaba al lado de la única mujer, Violeta Chamorro, Presidenta de Nicaragua— la muchedumbre sólo repetía enfervorizada “¡Fidel, Fidel!”. Ni un piropo a la dama, ni un agravio o desagravio a los otros mandatarios.

Pasaron los años y en octubre de 1995 se celebró la Cumbre en Bariloche, Argentina. Yo no había acudido desde Barcelona, 1992. Pero me llamó Enrique Iglesias diciéndome que era sobre educación y no podría faltar. Viajé a Buenos Aires desde donde, de madrugada, seguí a Bariloche con el Secretario General de las Naciones Unidas a la sazón, Boutros Boutros Ghali. Al aproximarnos al hotel, rodeado de una gran multitud, el adorable Boutros me dijo emocionado: “Federico, es alentador ver la consideración y aprecio que tiene la gente hacia las Naciones Unidas”. Sus sentimientos se vieron seriamente contrariados cuando, al llegar y abrir las ventanillas sólo se escuchó: “¡Fidel, Fidel!”…

En el mes de marzo del mismo año de 1995, Fidel Castro viajó a París y visitó oficialmente la sede de la Unesco, para seguir luego hacia la Cumbre de Desarrollo Social —la primera reunión sobre desarrollo “social” que se celebraba en 50 años— que tenía lugar en Copenhague. En los registros de la Organización consta que nunca se acumuló tanto público y expectación, dentro del recinto y en sus entornos.

Me he entrevistado (siempre a altas horas de la noche) con el Comandante en varias ocasiones. En privado, hay que decirlo, también escuchaba. Coincidíamos en muchas cuestiones y discrepábamos también en muchas otras. Una madrugada, discutimos hasta el punto en que me dijo: “Estás cansado. Prefiero no seguir esta conversación”. Regresé al hotel… y cuando estaba desayunando se presentó sonriente comentando: “Yo estaba más cansado que tú. Discúlpame”. Y me acompañó hasta la misma puerta del avión.

Recuerdo vivamente las veces que coincidí con Gabriel García Márquez, visitando antes la Escuela de Cinematografía… y con Oswaldo Guayasamín, “el pintor de Iberoamérica”… y con Eusebio Leal, Alfredo Guevara, Armando Hart, Héctor Hernández Pardo, Abel Prieto….

Otra faceta que debo destacar del Comandante Fidel Castro es la facilitación de los Procesos de Paz. Para reiniciar el de Guatemala en 1992, conté, como había sucedido antes con el Presidente Vinicio Cerezo, que restableció la democracia en su país, con la intermediación del Comandante y cinco guerrilleros, presididos por Rodrigo Asturias, hijo del premio Nobel de Literatura Miguel Ángel Asturias, acudieron a la primera reunión que programé en los Montes de Heredia, en Costa Rica.

Este mismo año de 2016, asistí a finales de enero en La Habana a una reunión con las FARC, que habían ya alcanzado acuerdos muy importantes con el gobierno del Presidente José Manuel Santos, siempre con la recatada acción de los noruegos a quienes todos debemos especial gratitud por el qué y el cómo proceden en estos casos…

Fidel Castro protagonista del siglo XX. Todos dejamos de ser. Algunos, como él, siguen siendo leyenda. La historia hará un día balance y lo juzgará. Es totalmente improcedente juzgarlo ahora. Y, sobre todo, arrogarse la potestad de “absolverlo” o no… Se ha escrito que “su muerte despeja el camino hacia la democracia”. Es muy deseable… pero ¿hacia qué democracia? ¿Hacia la de Trump? ¿Hacia la de los “mercados” que han tenido la desfachatez de designar, en Grecia, cuna de la democracia, a un gobierno sin elecciones, sin urnas? Nos hallamos en plena revolución digital. Por primera vez en la historia, los seres humanos saben progresivamente lo que acontece a escala planetaria y pueden expresar libremente sus puntos de vista. Pero, sobre todo, la mujer -“piedra angular” de la nueva era según el Presidente Nelson Mandela- adquiere con cierta rapidez el papel crucial que le corresponde en la toma de decisiones.

A 200 millas de los EEUU, Cuba es David frente a Goliat. Fidel Castro nunca se hincó y se convirtió en un referente mundial de la resistencia.

Fidel Castro ha muerto pero sus ideas permanecen. Ahora es preciso seguir lo que debe seguirse, aún a contraviento. Y modificar con tino aquello que debe modificarse. Porque, aunque los aferrados a la inercia no quieran reconocerlo, se está iniciando una nueva era en la que serán “Nosotros, los pueblos…” -como tan lúcidamente establece la Carta de las Naciones Unidas- quienes tomarán en sus manos las riendas del destino común… y, con las lecciones, entre otras, del castrismo y del neoliberalismo, releer la Constitución de la Unesco y la Carta de la Tierra, y la Declaración de los Derechos Humanos y la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea… para proceder, con audacia, firmeza y rigor a inventar el por-venir que, por fortuna, está por-hacer. Y hacerlo con urgencia, porque podemos alcanzar puntos de no retorno, lo que constituiría un pecado intergeneracional inadmisible.

Sigamos, como hizo Fidel en muchos casos, a José Martí que, dirigiéndose a los jóvenes, les dijo: “La solución no está en imitar sino en crear”.

Federico Mayor Zaragoza. Presidente de la Fundación Cultura de Paz y ex Director General de la UNESCO (1987-1999)

Fuente:
http://blogs.publico.es/otrasmiradas/7324/fidel-castro-estela-duradera/