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lunes, 14 de septiembre de 2026

La lección de las secuoyas

Bosque de secuoyas.

Bosque de secuoyas

No es la profundidad de la raíz aislada de una secuoya lo que la mantiene viva y firme sino la proximidad, la cercanía, la imbricación con otras raíces 

 Hace algunos años visité en Cabezón de la Sal (Cantabria) el Monumento Natural de las Secuoyas del Monte de las Navas, protegido desde 2003. Hay en él más de 800 secuoyas rojas de California (Sequoia sempervirens) Algunas alcanzan más de 40 metros. Se plantaron en 1940, inicialmente con finalidad maderera, pero nunca llegaron a talarse. La corteza rojiza de las secuoyas contrasta mucho con el verde y la humedad del paisaje cántabro. Fue impresionante pasear a la sombra de aquellos elevados y afilados árboles que apuntaban como flechas al cielo. Una belleza sobrecogedora.

Hay algo paradójico en este lugar: un bosque nacido de una política forestal de la España de la posguerra, vinculada a la autarquía y a la necesidad de producir maderera, terminó convirtiéndose décadas después en un espacio natural protegido y en uno de los paisajes más singulares de Cantabria. La sensación es casi la de encontrarse dentro de una catedral formada por árboles. Cuando uno entra en el bosque se produce un efecto particular: los troncos son altísimos, rectos y muy juntos y las copas quedan tan arriba que, desde el suelo, cuesta incluso verlas.

Lo que no sabía entonces (y que hace unos días me explicó mi querido amigo argentino Horacio Muros) es que las secuoyas, incluso las más altas del mundo, viven en una fragilidad que casi nadie imagina. Hyperion, el gigante de California, con sus 116,07 metros de altura, parece invencible, pero su raíz no es muy profunda: apenas unos escasísimos metros bajo tierra. No se sostiene por la fuerza individual sino por un fenómeno sabio y silencioso. Las secuoyas permanecen en pie porque se buscan entre ellas. Sus raíces, aunque cortas, se extienden hacia los costados y se entrelazan con las de las secuoyas vecinas. No se hunden de forma aislada, se abrazan. Se conectan. Se afirman unas a otras en una red que no se ve pero que sostiene bosques enteros.

Cuando el viento sopla fuerte, no es la raíz de una sola secuoya la que resiste, es la trama completa. Cada árbol sostiene a otro que también está intentando no caer. Cada gigante se apoya en otro gigante. Y en ese gesto mínimo, imperceptible desde la superficie, construyen una forma de resistencia que desafía durante siglos tormentas y vendavales.

No es la profundidad de la raíz aislada de una secuoya lo que la mantiene viva y firme sino la proximidad, la cercanía, la imbricación con otras raíces que multiplican su fuerza. Es la manera en que se buscan bajo la tierra, en que se entrelazan sin ruido y ostentación, en la que se vuelven columnas unas para otras. Y ahí aparece una verdad que la naturaleza repite sin cansarse: incluso lo más grande, incluso lo más fuerte, necesita del apoyo, del soporte, de la fuerza de otro para poder mantenerse y sobrevivir. Incluso los gigantes necesitan la red.

Voy a trasladar la lección de las secuoyas a tres ámbitos humanos. El primero es la política. ¿Cómo es posible que gobierno y oposición no entiendan que la actividad política es sólida y fructífera cuando se sustenta en la búsqueda compartida del bien de la ciudadanía? Cuesta comprender el comportamiento de la oposición que no dio un paso en la pandemia para que pudiéramos salir de aquel infierno. Ni una votación a favor de medidas urgentes y necesarias en las que nos jugábamos la supervivencia. En otros países no fue así. Recuerdo ahora vívidamente el caso de Portugal, cuando el jefe de la oposición le dijo en el parlamento al jefe de gobierno que contase con ellos incondicionalmente para salir de la crisis. Y lo hicieron. Lo mismo digo del Gobierno cuando no negocia (a veces ni informa) con la oposición las líneas maestras de la política exterior, por ejemplo. O cuando no pide el apoyo para oponerse a la imposición americana de aranceles que dañan la economía española. Y así sucesivamente.

Es lo que ha pasado también en la crisis de Ceuta: la oposición no ha ayudado a resolver un gravísimo problema que mantiene a miles de inmigrantes malviviendo en las calles y a los habitantes de la ciudad afligidos y atemorizados, sino que ha insultado, agredido, bloqueado, judicializado el caso, queriendo sacar rédito electoral ante las evidentes deficiencias de la respuesta gubernamental a la crisis. Por eso es imposible llegar a ningún pacto sobre política educativa, inmigratoria o social. Ahí están la derecha y la ultraderecha votando una y otra vez en contra de leyes que solo tienen la finalidad de ayudar a la ciudadanía a vivir mejor (subida del salario mínimo interprofesional, subida de las pensiones, control del precio de los alquileres…). Esa actitud insolidaria, cainita, está llevando la vida política a una polarización que convierte las sesiones parlamentarias en campos de batalla y no en foros de debate que buscan lo mejor para la ciudadanía.

El segundo ámbito es la convivencia ciudadana. La polarización que crece sin cesar en el ámbito político, se traslada a la convivencia cotidiana. Nos sentimos adversarios más que conciudadanos. Pareciera que no tenemos nada en común más que las diferencias. Los otros son los malos, los indeseables, los estúpidos, los egoístas, los equivocados. No nos sentimos aliados sino enemigos, no nos sentimos colegas sino extraños. Algunos abrazan el principio de ‘prioridad nazional’ como un buen modo de organizar la convivencia cuando lo cierto es que la destruye en su misma raíz.

Ahí estamos, considerando a los diferentes como elementos extraños que tenemos que eliminar, abatir y excluir. Por eso hay actitudes racistas, homófobas, xenófobas, machistas… que envenenan la convivencia, que nos hacen débiles y nos convierten en seres torpes y miserables. El termómetro moral de una sociedad, a mi juicio, es la forma en la que trata a los más vulnerables.

Seremos una sociedad fuerte y segura si, como las secuoyas, nos unimos a los otros, si actuamos de forma solidaria y compasiva. Acabo de ver en la televisión española una historia hermosa, una historia de esas que nos salvan, que nos hace mejores, que nos hace fuertes como sociedad. Un hombre de 80, viudo, llamado César, había vivido los últimos años solo, después de perder a su esposa. Su perro Curro, de cinco años, era su única compañía, su único consuelo. La enfermedad le impidió seguir cuidándolo y se presentó en un programa de televisión que entrega perros para su adopción. Se vio obligado a lo más difícil que un ser humano puede hacer. Pidió perdón a su perro por no poder seguir cuidándolo. No lo dio porque no lo amara sino justamente por lo contrario. La familia de acogida, al ver las lágrimas de César tomó una decisión sorprendente. Le dijo que él también iba a formar parte de esa familia, no necesitaba despedirse de su perro, lo podría ver cuantas veces quisiera. Eligieron abrir la familia para aliviar el dolor de un anciano solitario.

Existe la bondad en el mundo, esa bondad que se conmueve del dolor de los otros y trata de aliviarlo. Esa bondad es la que nos salva, la que nos nos hace fuertes como especie. El odio nos destruye, nos debilita, nos empobrece moralmente, nos hace peores y convierte la convivencia en un infierno.

El tercer ámbito es el educativo. En algunas escuelas existe el peligro de que cada uno vaya a lo suyo, como si lo suyo no fuera lo de todos, como si no tuviéramos nada en común, nada que compartir. Este hecho empobrece la acción, debilita la eficacia, imposibilita el logro. No hay niño que se resista a diez profesores que estén de acuerdo. Pero no se consigue lo pretendido en la institución si lo que construye uno lo destruye otro.

En algunas escuelas hay mucho ‘mi’ y poco ‘nuestro’. Mi proyecto, mi objetivo, mi clase, mis alumnos, mi problema… Y no nuestro problema, nuestro proyecto, nuestro objetivo, nuestra escuela. Este planteamiento no solo malogra el éxito sino que empobrece las relaciones. Porque esas actitudes individualistas anulan el diálogo, rompen la comunicación y bloquean la ayuda mutua. Juntos podremos mejorar nuestras prácticas docentes y hacerlas más eficaces y también mejorar la convivencia: escucharnos, comprendernos, ayudarnos, fortalecernos, felicitarnos, querernos.

En su obra póstuma ‘Ciudadela’, publicada en 1948 a base de notas y escritos, Antoine Saint Exupéry nos explica de otra forma la lección de las secuoyas. La «ciudadela» es una metáfora de la sociedad y del alma humana. Saint-Exupéry defiende que los seres humanos se unen y se vuelven hermanos cuando trabajan y luchan juntos por un objetivo común (construir la torre). Es una obra que nos habla de la construcción de lo común. La construcción de una sociedad más habitable, más hermosa, más solidaria, más feliz. Permíteme, querido lector, querida lectora brindarte un pensamiento que me ha acompañado desde hace muchos años: que tu sociedad sea mejor porque tú vives en ella.