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miércoles, 2 de agosto de 2023

_- Nuevas armas para contar la II Guerra Mundial.

La Batalla de Stalingrado. La Batalla de Stalingrado.
FINE ART / HERITAGE IMAGES / HULTON ARCHIVE / GETTY

_- ‘El faro de Stalingrado’, de Iain MacGregor, ejemplifica la manera innovadora de acercarse a la devastadora contienda por parte de los historiadores actuales. Recomendaciones literarias para ir al combate

La II Guerra Mundial se sigue luchando en los libros. El tema no deja de interesar pese a la distancia que nos va separando de la contienda —en 2025 se cumplirán 80 años de su final— y los otros enfrentamientos que se han ido produciendo, el último la guerra de Ucrania, donde los panzers de fabricación alemana ya no se llaman Tiger o Panther sino Leopard. Pero aunque la producción editorial sobre la II Guerra Mundial no desciende para nada sí que se detectan cambios en la forma de abordar aquel devastador conflicto, el peor (de momento, no seamos demasiado optimistas) en la historia de la humanidad. Se buscan episodios y personajes inéditos o poco tratados, ángulos de enfoque distintos para lo ya conocido, y nuevas formas de contar. Nuevas armas, por usar un lenguaje pertinentemente bélico. No se trata de dar con “armas milagrosas” como las que anunciaba Hitler para ganar la guerra —aunque Robert Harris ha encontrado precisamente una vía estupenda para explicar el tema de la cohetería nazi y la Vergeltungswaffe 2 (arma de represalia): su espléndida novela V2 (Hutchinson, 2020, inexplicablemente aún no traducida al castellano)—, pero sí hallar algo que justifique volver a unos campos de batalla en general muy transitados y a un conflicto en el que muchos lectores son verdaderos especialistas y no les das gato por liebre.

En ese sentido, resulta ejemplar lo que ha hecho el historiador escocés Iain MacGregor (Aberdeen, 55 años) en su ensayo El faro de Stalingrado, subtitulado La verdad oculta en el corazón de la mayor batalla de la II Guerra Mundial (Ático de los Libros, 2023). MacGregor nos lleva de vuelta a aquel infierno —del que precisamente trata también otra novedad, Stalingrado, de Jonathan Trigg (Pasado & Presente, 2023), con la especificidad de relatar la batalla desde la óptica de los alemanes—. “El reto es encontrar nuevos datos, pero sobre todo historias con interés humano, y adoptando una perspectiva más cercana”, señaló MacGregor a este diario durante una reciente entrevista en Barcelona. El historiador ha conseguido ambas cosas en su libro: lo centra en la lucha entre dos unidades clave, la 71ª división de infantería alemana y la 13ª división de Fusileros de la Guardia, y especialmente en la Casa de Pávlov, en el 61 de la calle Penzenskaya, un edificio legendario en el medio de la feroz pugna por Stalingrado y menos conocido para el lector aficionado a la historia militar que las emblemáticas factorías de la Fábrica de tractores, la de armas de Barrikady, el elevador de grano o la acería Octubre Rojo, pero que para los habitantes de la antigua URSS constituye un símbolo muy especial de la lucha heroica de los defensores de la ciudad. Y al mismo tiempo, el historiador aporta nuevos testimonios inéditos que, aunque parezca increíble a estas alturas, reescriben en algunos aspectos y detalles el relato tradicional de la batalla.

MacGregor, además se entrega a un sutilísimo ejercicio de análisis crítico y desmitificador del relato oficial sobre la Casa de Pávlov, Álamo dentro del Álamo de Stalingrado (se decía que habían muerto más alemanes tratando de tomar la Casa que en la captura de París en 1940), defendida con uñas y dientes por un puñado de guardias miembros de distintos pueblos soviéticos bajo el mando del sargento menor (junior sargent) ruso Pávlov (en la traducción española del libro “sargento inferior”, lo que suena peligrosamente a, glups, Untermensch) . El nombre clave de la posición era Faro. El historiador desmenuza los testimonios para extraer la verdad bajo la leyenda, pero tratando de no desprestigiar a nadie ni herir los sentimientos de una comunidad que venera a aquellos soldados que se dejaron la vida para parar a los nazis en aquel matadero a orillas del Volga. No hay que olvidar que en la gran carnicería de la II Guerra Mundial fueron los soviéticos los que pusieron la mayor parte de muertos para, como reconoció el propio Churchill, “arrancar las entrañas al ejército alemán”. En Stalingrado la cuenta de la parca fue de una proporción de 16 soviéticos muertos por cada alemán.

Lo más interesante del libro (entre sus muchas cosas apasionantes, como la forma tan vívida de relatar los combates cuerpo a cuerpo “prácticamente medievales”: la pala corta del soldado, empleada junto al subfusil PPSh-41 y las granadas, se convirtió en la terrorífica arma blanca favorita de la infantería soviética), es el excepcional relato de la rendición del comandante alemán, el recién nombrado mariscal Paulus. MacGregor pudo disponer, gracias a la familia del militar, del material inédito (diarios, cartas, dibujos y unas memorias) dejado por un alto jefe de la Wehrmacht, el general Friedrich Roske, que estuvo al lado de Paulus en las horas finales del Sexto Ejército atrapado hasta su destrucción en el kessel, el caldero hirviente de Stalingrado, y de hecho al mando de lo que quedaba del otrora poderoso contingente. “Su testimonio”, recalca el historiador, “significa una nueva voz de la batalla y nos permite ver la rendición de una manera también nueva”.

“Por su testimonio”, continúa, “está claro que fue él el que estuvo al frente de la rendición final, el que la organizó y coreografió para tratar de mantener la dignidad del ejército derrotado. Y también aporta información sobre los pensamientos del postrado y abatido Paulus y sus sentimientos con respecto a Hitler”. Roske —paradójicamente jefe de la División Afortunada (la 71ª de infantería de la Baja Sajonia), aniquilada en el cerco—, “fue decisivo en que el mariscal no se suicidara siguiendo las directrices del Führer”. En el relato del general, Paulus “resulta una figura más simpática” (si es que se puede usar ese adjetivo con Paulus: MacGregor recuerda que era el líder de un ejército genocida, pues elementos del Sexto participaron en masacres) de lo que estamos acostumbrados a ver. En uno de los momentos sensacionales del relato de Roske recogido en el libro, un sargento soviético se asoma al coche en el que está Paulus tras la rendición, carga una ametralladora alemana que ha tomado al enemigo y apunta al mariscal diciendo: “¡Ah, el general que ha matado a tanta gente y ahora se marcha como si nada!”. En el último momento, un teniente ruso le impide disparar.

¿Cómo es posible que tantos años después un testimonio clave como el de Roske permaneciera inédito? “Roske estuvo 13 años cautivo en los gulags de Siberia y los Urales y cuando regresó a Alemania en 1955 ya se habían publicado muchos relatos de figuras clave del ejército como los de Manstein, Guderian o el propio Paulus. A Roske no se le permitió volver al ejército y cayó en una depresión. Un año después de regresar, en la Navidad de 1956, se suicidó”. MacGregor no lo cuenta en el libro, pues lo supo después por la familia, pero explica en la conversación que Roske se mató ingiriendo una píldora de cianuro, probablemente la misma que se había distribuido a los mandos en Stalingrado para el Götterdämmerung mandado por Hitler y que él conservó para usarla tantos años después.

MacGregor, que por cierto echa pestes del filme Enemigo a las puertas, aporta además en su libro otro testimonio inédito, los documentos personales de, en contraste con el general Roske, un soldado de a pie, el Unteroffizier, suboficial subalterno, Albert Wittenberg, que permiten asomarse a la (pavorosa) experiencia del combatiente de base en Stalingrado. La historia se equilibra con numerosos testimonios soviéticos que el historiador consiguió con su entrevista al nieto del general Chuikov (artífice de la defensa de Stalingrado y que propugnó la táctica de “abrazar al enemigo”, situándose lo más cerca posible de él, la “guerra de ratas” que decían los alemanes), y con sus visitas a la actual Volgogrado, donde se zambulló en los archivos del Museo Panorama y encontró la colaboración de grupos de investigadores locales. MacGregor subraya la importancia de Stalingrado: “Fue el final de la guerra librada en los términos de Hitler, luego ya la batalla de Kursk fue otra cosa”.

“Hay que construir una nueva narrativa, y poner carne y piel a la historia”, señala MacGregor

El historiador es consciente de que El faro de Stalingrado es un ejemplo de cómo reenfocar y recontar la II Guerra Mundial. “Es una historia con una buena investigación que muestra que las cosas no son inamovibles y dependen de la evolución al aparecer nuevos materiales”, reflexiona. “Hay que construir una nueva narrativa, y poner carne y piel a la historia”, señala MacGregor, que además de historiador y autor es editor de no ficción, lo que le pone en una situación privilegiada, “con un pie en cada mundo”, para analizar el panorama. “Es importante no repetir lo que ya se ha hecho: Antony Beevor es un ejemplo, su magnífico Stalingrado ha sido una inspiración para mí, y puso el listón muy alto, pero hay que buscar nuevos planteamientos”. En ese sentido, “la Casa de Pávlov me daba un punto de vista innovador para contar la batalla”. El historiador dice que le gusta “esa perspectiva como de Beau Geste”, con la casa soviética rodeada como el fuerte Zinderneuf de la novela de P. C. Wren.

Muy parecido es el arranque, con el as de caza alemán Johannes Steinhoff oteando el cielo desde las alturas de Erice, sobre Trapani, de otro historiador de la nueva generación, James Holland, en su Sicilia: 1943, espléndido relato de la campaña Aliada en la isla (Ático de los libros, 2021). Y también es ejemplo de las nuevas maneras de contar la II Guerra Mundial el libro del propio Holland Brothers in Arms (Bantam Press, 2021), en el que sigue casi íntimamente, con gran pulso narrativo (Holland también escribe obras de ficción), a un regimiento de tanques británico, los Sherwood Rangers, desde el desembarco de Normandía hasta el final de la guerra. El fin de la contienda es justamente lo que cuenta otro libro notable, Ocho días de mayo, de la muerte de Hitler al final del Tercer Reich (Taurus, 2023), de Volker Ulrich, que relata con intensidad la caída del régimen y trata cosas tan interesantes como la polémica en torno al libro Una mujer en Berlín, la curiosa historia de la hermana filonazi de Marlene Dietrich, la obsesión de Hitler con su colección de arte o el repentino olvido sobre su pasado al que se entregó masivamente la sociedad alemana.

“Si quieres conseguir ampliar tus lectores a una audiencia no especializada en historia militar, has de poner mucho énfasis en lo humano”, añade MacGregor No olvidarse de cuidar los elementos tácticos y estratégicos es fundamental, recalca MacGregor, “pero si quieres conseguir ampliar tus lectores a una audiencia no especializada en historia militar has de poner mucho énfasis en lo humano”. Se trata de “crear empatía” con lo que se cuenta. Siempre recordando que la guerra es una peste y algo que “te destruye física y mentalmente”.

Nuevas formas de contar son las que ha empleado Ben Macintyre en dos libros muy entretenidos e iluminadores que abordan aspectos colaterales de la contienda: Los hombres del SAS (Crítica, 2017, reimpreso el año pasado con motivo de la serie televisiva), sobre las acciones en la primera parte de la guerra de la unidad de operaciones especiales creada por Stirling en el Norte de África; y Los prisioneros de Colditz (Crítica, 2023), una aproximación muy desmitificadora al castillo alemán de reclusión de prisioneros de guerra díscolos y sus famosas fugas. Sobre unidades de operaciones especiales, un campo amplio y muy fértil para escribir de la II Guerra Mundial a destacar asimismo la maravillosa El oasis perdido, Almásy, Zerzura y la guerra del desierto, de Saul Kelly (Desperta Ferro, 2018), y el libro que ha escrito sobre el Special Boat Service, SBS, Silent Warriors (Collins, 2022) Saul David, gran especialista en guerras victorianas pero que últimamente ha cambiado de tercio y también nos llevó a la sangrienta Okinawa, presentada como “la última gran batalla de la II Guerra Mundial” en The Crucible of Hell (Collins, 2021).

Otra aproximación reciente muy valiosa a una batalla que, como la de Stalingrado, ha sido muy tratada, es el Leningrado de Anna Reid (de 2011), que publicó el año pasado en nuestro país Debate. Sin salir del frente del Este, Estalinismo en guerra, del historiador Mark Edele (Desperta Ferro, 2022), es una profunda y documentada inmersión en la forma en que gestionó la Unión Soviética el brutal trauma del conflicto (la obra abarca desde 1937 hasta 1949).

Y a destacar, como muestra de original enfoque, muy personal y con una impactante perspectiva moral, El club de los bombarderos (Taurus, 2022), sobre la cadena de acontecimientos y decisiones (y personalidades) que llevaron al ataque indiscriminado contra las ciudades japonesas por las superfortalezas B-29, empezando por la Operación Encuentro que devastó el centro de Tokio con el recién descubierto napalm la noche del 9 de marzo de 1945.

Interesantísimo también Ladrones de libros (Desperta Ferro, 2022), de Anders Rydell, sobre un frente poco conocido, el de los bibliotecarios —y el propio autor— empeñados en la búsqueda y recuperación de los libros saqueados en las bibliotecas públicas y privadas de toda Europa por los nazis y sus tropas durante la II Guerra Mundial (no sólo los quemaban).

La vieja guardia, sin embargo, no deja de dar guerra (y valga la frase). Antes de viajar a la crisis de los misiles de Cuba, el gran Max Hastings nos envió a defender Malta de los Stukas y todo lo que podía arrojar Hitler contra la isla en la musculada Operation Pedestal, the Fleet that Battled to Malta 1942 (Collins, 2021, también injustificablemente sin publicar en castellano), un espléndido relato al que la glorificación de la Royal Navy no le resta un ápice de emoción. “Hastings siempre es brillante”, apunta MacGregor, que aprovecha para señalar la falta de suficientes libros británicos sobre derrotas como Singapur o Tobruk. “Sólo tienes éxito en el Reino Unido si publicas libros sobre victorias o sobre Dunkerque, y el frente oriental es mucho menos popular”. Por cierto, de Hastings se publicó en 2021 (Crítica) Operación Castigo, su relato clásico (¡un hurra por los Lancaster!) de una de esas grandes hazañas británicas, la destrucción con bombarderos y la bomba saltarina Upkeep de las presas del Ruhr en 1943.

Al pedirle al historiador que recomiende algunos libros sobre la II Guerra Mundial, cita Black Snow, de James M. Scott (Norton, 2022), “lleno de nueva información y testimonios”, precisamente sobre los citados atroces bombardeos estadounidenses de Tokio que antecedieron y mataron más gente incluso que las bombas atómicas, y, como en el caso, de El club de los bombarderos, centrado especialmente en el controvertido general de aviación Curtis LeMay; y The Red Hotel, de Alan Philips, sobre los corresponsales extranjeros confinados en el hotel Metropole de Moscú durante la II Guerra Mundial y la guerra de desinformación de Stalin (Simon & Schuster, 2023).

De la fábrica de tractores a la acería de Mauripol
No se puede dejar marchar al autor de un libro tan iluminador sobre Stalingrado como Iain MacGregor sin pedirle una comparación entre aquella batalla y las que se libran en Ucrania. ¿No recuerdan los combates que tuvieron lugar en la acería de Azovstal en Mauripol en 2022 a los de la Fábrica de tractores de Stalingrado, con los miembros de la Brigada de asalto Azóv ucrania como defensores en la primera? "Hay paralelismos, me preguntan mucho por la conexión Stalingrado-Ucrania. Hay cosas que se repiten, sí, pero diríase que con los papeles invertidos. Los invasores ahora son los rusos y sus enemigos los que reciben armas de los nuevos Aliados. Los rusos no han dejado de vincular su guerra en Ucrania con la victoria de Stalingrado. En el 80 aniversario del fin de la batalla, el pasado 2 febrero, se vio cómo se trataba de fundir ambas historias y las dos iconografías. Incluso hay una Brigada Stalingrado rusa que combate en Ucrania”. Los ucranios han usado menos el relato. “Porque quieren formar parte de Occidente, rechazan formar parte del discurso oficial ruso, aunque no dejan de sentir orgullo por una victoria en la que, no lo olvidemos, los ucranios, como la mayor nacionalidad en el Ejército Rojo tras los rusos, fueron decisivos, y murieron muchos a manos de las tropas de Hitler, más que estadounidenses y británicos juntos. La propaganda de Putin, por otro lado, ha tratado de recordar y enfatizar los vínculos de algunos ucranios con el ejército nazi”. El historiador acuerda que los ucranios podrían aprovechar mejor hoy el simbolismo de resistencia de la Casa de Pávlov…