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miércoles, 20 de mayo de 2026

Una temporada muy húngara.

Budapest en febrero de 1945 durante la batalla por la ciudad.
ullstein bild Dtl. (ullstein bild via Getty Image
Un libro extraordinario sobre Budapest durante la Segunda Guerra Mundial despliega una fascinante galería de personajes en la que no faltan Paddy Leigh Fermor y el conde Almásy.

Llevo una temporada muy húngara. El otro día me encontré en la calle a mi querido maestro de esgrima, Imre Dobos, que me emplazó a volver a la sala a mejorar con el sable. Mientras lo decía me miraba desde arriba —es sustancialmente más alto— con esos ojos tan magiares que parecen reflejar el cielo interminable de la puszta o la bruma que se eleva del Danubio una mañana de invierno en Budapest. La misma mirada, los mismos ojos ovalados como mandorlas, el azul como si lo vieras en un espejo empañado, los volví a notar sobre mí el jueves al conversar en el bar del hotel Alma con László Krasznahorkai, el premio Nobel de literatura. Entonces, mientras trataba de formular una pregunta a la altura de la prosa sin límites de autor, pensé en aquel pasaje de su Melancolía de la resistencia: “Se quedó mirando el vacío. El vacío, un alba ahogada cuya claridad lechosa no inundaba, sino que empapaba el cielo oriental”.

Y el lunes estuve en la misma Budapest, no la real de ahora sino la de 1938, acodado en el mirador del bastión de los pescadores en la colina del castillo, observando correr abajo el río y extenderse Pest, la mitad oriental de la ciudad. Me asomaba a las maravillosas viñetas de Rapsodia húngara (Norma, 1984), el clásico álbum de Vittorio Giardino de las aventuras de su detective Max Fridman que transcurre en la vieja capital, mientras preparaba una cita con el dibujante.

Pero lo que me ha sumergido más estos días en Hungría ha sido la lectura de un libro extraordinario, uno de esos que te absorben y te transportan y tienen la capacidad de hacer que su asunto se desborde hasta inundar tu vida entera e incluso parece que posean el mágico poder de materializar a tu alrededor paisajes y personas (Imre, Krasznahorkai, Fridman, el viejo conde y piloto Orssich, el aviador y navegante Miklós Kenyeres). Se trata de The last days of Budapest, subtitulado Spies, nazis, rescuers and Resistance 1940-1945 (Head of Zeus, 2025), de Adam LeBor, un escritor y periodista británico que fue corresponsal en Budapest y Europa Central durante años para The Times, The Economist y The Independent y del que se ha publicado en castellano su Los banqueros secretos de Hitler (Grijalbo, 1998). LeBor, con una decena de libros de no ficción, es autor también de siete novelas, entre ellas la serie policiaca The Danube Blues trilogy, protagonizada por un detective romaní, gitano, que trabaja en el grupo de homicidios de Budapest.

Zapatos de bronce en el monumento a las víctimas de los nazis húngaros en Budapest, a orillas del Danubio. Davide Erbetta


The last days of Budapest, recomendada por David MacClosky, el autor de Estación Damasco, es una fascinante panorámica de la ciudad durante la Segunda Guerra Mundial que abarca todos los aspectos de la vida en ese periodo, con especial atención a las intrigas diplomáticas, al espionaje y a la situación progresivamente a peor de los judíos (1 de cada 4 habitantes de Budapest conocida por los antisemitas como Judapest). El libro, de quinientas intensas y apasionantes páginas llenas de historias subyugantes, se me metió en el bolsillo desde el principio al mencionar, ¡en la misma página!, a dos de mis personajes favoritos: Patrick Leigh Fermor y Lászlo Almásy. Del primero se citan sus testimonios sobre Budapest, que visitó en su periplo de jovencito en 1934, recogidos en Entre los bosques y el agua (Península, 1986); y del segundo se recuerda cómo el explorador y su hermano János formaron parte de la bulliciosa vida de la capital previa al desastre.

Salen en el libro muchísimos otros conocidos, el almirante Horthy y su familia (entre ellos Niki, el heredero, al que muestra bajo una luz más favorable de lo que se acostumbra, y el malogrado primogénito István, que voló con Kenyeres en la misma escuadrilla de cazas antes de estrellarse), Otto Skorzeny, Eichmann, el conde Pal Teleki —mucho menos simpático que en el retrato de Leigh Fermor—, Ferenc Szálasi (el líder de la Cruz Flechada, los malos de La caja de música), el diplomático sueco Raoul Wallenberg, que salvó a decenas de miles de los judíos de Budapest, la brava agente del Servicio Especial de Operaciones británico (SOE) Krystyna Skarbek (aka Christine Granville), o Arthur Koestler. Y gente que yo no conocía pero pasan a engrosar desde ahora mi lista de gente interesante: la actriz Katalin Karády, la valerosa condesa Caja Andrássy de Csíkszentkirály y Krasznahorka (sic), David Gur, que dirigió un fenomenal comando de resistentes judíos durante la ocupación alemana de Budapest; el infame, pragmático y mujeriego oficial de caballería las SS Kurt Becher, que llevó las negociaciones de Himmler para intercambiar judíos por bienes materiales para su organización, el rey de los contrabandistas y agente cuádruple Andor Grosz, el jefe de seguridad de Horthy y luego de la Gestapo húngara Péter Hain, o el tan activo diplomático británico Owen O’Malley. Por no hablar del sacerdote católico y miembro de un destacamento de la muerte de la Cruz Flechada, padre András Kun, que daba a su pelotón la orden de fusilar judíos al grito de “en el santo nombre de Cristo, ¡fuego!”.

El libro de LeBor, que arranca describiendo el final del imperio austrohúngaro y la Budapest de entreguerras, me ha descubierto partes de una historia que creía conocer bien gracias a otros como Battle for Budapest, de Kristian Ungvary (J. B Tauris, 2007) y mi propia experiencia en la ciudad, por la que he deambulado buscando huellas de la época (el hotel Geller, el café Negresco y el Floris, el night club Arizona) y rastros de Paddy, Almásy y otros personajes. Toda ciudad es un pentimento de sucesos y vidas, pero en Budapest se añade el plus de la melancolía y el romanticismo de una capital tendida sobre su historia como sus puentes sobre el Danubio. Recuerdo especialmente los zapatos de bronce —incluidos de niños— junto al río que recuerdan a las víctimas de la Shoah asesinadas y lanzadas al agua. Y un diorama en el Museo de Historia Militar (Hadtörténeti Múzeum) que recreaba el ambiente (malo) durante la batalla final por Budapest entre el ejército soviético y la fuerzas alemanas y húngaras aliadas. Curiosamente —la memoria es así de selectiva— me vienen a la cabeza un maniquí con un Panzerfaust, el bazoka de baratillo alemán, y las ruedas de un tanque Panther que se exponían.

Bombardeo aliado de Budapest durante la Segunda Guerra Mundial. Bettmann (Bettmann Archive)


Bombardeo aliado de Budapest durante la Segunda Guerra Mundial.

LeBor repasa la terrible suerte de la ciudad y sus habitantes poniendo de relieve la muy actual estrategia nefasta de Horthy de tratar de hacer equilibrios con los nazis y con los propios extremistas húngaros de la Cruz Flechada. Explica que el viejo almirante fue muy responsable de la política antisemita (sus leyes contra los judíos fueron pioneras en Europa) que se fue exacerbando y se le acabó escapando de las manos para caer en las de Eichmann y conducir al exterminio de los judíos húngaros, mayormente en Auschwitz. También cuenta el autor la alianza que se estableció en la sombra entre resistentes polacos y húngaros, y la repulsiva iniciativa final de los nazis de regatear con las vidas de los que iban a deportar. Y todo acaba con la gran batalla final por Budapest, desesperada, calle por calle, edificio por edificio.

Al cerrar las páginas de The last days of Budapest, con el cielo de la devastada ciudad ardiendo y el aire espesado por las cenizas y el acre hedor de la cordita, he vuelto a Krasznahorkai y Melancolía de la resistencia: “En efecto, el estado natural del mundo era el caos, y como nunca acababa tampoco podía predecirse una salida. No podía predecirse, pero tampoco valía la pena. Y hasta palabras como ‘caos’ y ‘salida’ resultaban del todo superfluas”.

Sobre la firma Jacinto Antón

jueves, 9 de abril de 2026

LIBROS. Las aventuras extraordinarias de lord Jacinto Antón. El periodista publica una nueva selección de artículos y reportajes en los que se combinan la solidez cultural, la narración de viajes a lugares imposibles y el relato real

El periodista Jacinto Antón en la redacción de EL PAÍS de Barcelona.Massimiliano Minoc
Jordi Amat 
Uno se adentra por un camino montañoso, en aquel pueblo del Montseny, hasta llegar a la masía de Can Batllic. El mapa es el artículo La charca de las salamandras. Se ve la encina y al lado la charca, pero su autor no está: el aventurero de juventud eterna no espera en ese lugar bucólico donde ha pasado, expectante, tantas horas durante más de medio siglo. Bajo aquella encina a Jacinto Antón —periodista de EL PAÍS desde hace 40 años— se le han aparecido todo tipo de bicharracos silvestres, pero la mañana de Jueves Santo solo se veía una cabra. Se alzó del sueño, durante dos segundos contempló al intruso, bostezó y volvió a reposar.

Este es el lugar perfecto para leer Sirenas, leones y otros cuentos inesperados (Salamandra). La tercera recopilación de crónicas y reportajes de Jacinto Antón llega a las librerías el 9 de abril. “Lo que aquí se perfila es un proyecto de fondo: reunir y dar forma a más de cuarenta años de escritura, en los que Jacinto Antón ha ido construyendo un universo propio”, explica su fiel editora Anik Lapointe. El modo de recrear ese universo es lo que da entidad literaria a un articulismo por el que Antón recibió en 2009 el primer Premio Nacional de Periodismo Cultural. Se mezclan los tiempos —desde la Grecia Antigua o el Antiguo Egipto a la Segunda Guerra Mundial— y conviven aviadores y exploradores con caimanes y serpientes. Se le aparecen porque no pierde la curiosidad ni la ilusionada disposición esperando la llegada de lo extraordinario: viejos libros inencontrables, zorros que comen fuet.

En el nuevo volumen, tras Pilotos, caimanes y otras aventuras extraordinarias (2009) y Héroes, aventureros y cobardes (2013), vuelven las aventuras vividas y contadas por una especie de culto lord empapado de humor inglés. En el prólogo explica que esta selección “quizá tiene un punto más sentimental, incluso romántico, que los otros dos (será la edad)”. Hay estampas con sus hijas (la del martín pescador es insuperable) o recuerdos de formación de su sentimentalidad que incluyen desde la visión calenturienta de El graduado o el tacto (no menos erótico) de su Montesa adolescente hasta el reencuentro tardío con la chica más guapa de COU (espóiler: ella no le recordaba). O por la pieza tan sentida que dedica a Jan Morris, “no podía concebir la vida sin viajar, ni viajar sin escribir”. Hay huellas de la infancia que revelan la raíz de su mitología: el ejemplar de la biblioteca paterna de la Ilíada que se llevó a Troya, el recuerdo de la madre acariciándole la frente con el casco de astronauta con el que de disfrazaba en una oscura habitación. Ese clásico y ese disfraz podrían ser su Rosebud.

El periodista Jacinto Antón en la redacción de EL PAÍS de Barcelona.
 

El cronista Antón vive más cuando está en ese mundo y lo crea con estilo inconfundible. “Su voz no ha dejado de invitarnos a vivir la aventura del mundo con inteligencia y humor”, en palabras de Lapointe. Juega con las palabras, contrasta su menguante coraje con el de los héroes con los que habla y sabe retratarse de forma autoparódica frente a una serpiente en Egipto, al explicar el miedo que siente al aterrizar en un globo aerostático rodeado de leones africanos o al caer de noche por el camino en un bosque y acabar en una charca.

Parece como si este hombre que habla en voz baja en la redacción, acorralado por montañas de libros, una calavera y desde hace unos meses por una figura de Napoleón que lo contempla mientras teclea, hubiese descubierto que la práctica del oficio de cronista le permitía ser quien siempre soñó ser: un aventurero. “Con sus crónicas de gran periodismo cultural ha demostrado a sus lectores que la huella que dejaron Salgari, Verne, Stevenson o Mark Twain, no es solo un delicioso recuerdo, sino la aventura abierta a cualquiera que se atreva a dar el paso. Aunque sea imaginario”. Esta descripción de su proyecto literario la escribe en un correo electrónico Basilio Baltasar —que, además de escritor, es administrador del chat más activo de periodistas culturales de España—.

La fórmula Antón combina ingredientes del artículo de solidez cultural, la narración de viajes a lugares imposibles y el relato real. Su sombra se confunde con la de sus mitos. “Exploradores y expedicionarios de nuestro tiempo, atrevidos y extravagantes aventureros de nuestro siglo, penetran los más insólitos recovecos del mundo y aparecen en las crónicas de Jacinto Antón para contar que no todo ha sido descubierto, manoseado y explotado”, afirma Basilio Baltasar. Esa fórmula la conocen, y disfrutan, los lectores: literatura de aventuras en los periódicos que puede redescubrirse en sus libros.

Uno acaba de leer Sirenas, leones y otros cuentos bajo la encina, frente a la charca de Can Batllic, mientras la cabra sigue dormitando. A lo lejos se acercaba la voz de un niño. Aprendía a pronunciar la palabra portaviones. Parecía dispuesto a conquistar el mundo.


miércoles, 18 de febrero de 2026

Oliver Guez, escritor: “Preferiría tomar una copa con Gertrude Bell que con Lawrence de Arabia” El autor francés traza en ‘Mesopotamia’ una semblanza novelada de la gran aventurera británica conocida como “la reina del desierto”

No es extraño que nos caiga mucho mejor el sujeto de la nueva novela de Olivier Guez que el de la anterior: era Mengele. Tras La desaparición de Josef Mengele, que seguía los pasos del Ángel de la Muerte de Auschwitz, Guez aborda ahora en Mesopotamia (también en Tusquets), asimismo desde la narrativa, la vida de otro notable personaje histórico, la gran aventurera británica Gertrude Bell (1868-1926), arqueóloga, exploradora, montañera, espía, agente política del imperio y que fue determinante en el destino de Oriente Medio. Guez (Estrasburgo, 51 años), un hombre alto y circunspecto, llega un poco tarde a la cita en un hotel de Barcelona porque, explica, ha estado en una piscina nadando, una curiosa introducción para hablar de una mujer conocida como “la reina del desierto” y que fue amiga y colega de Lawrence de Arabia.

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Pregunta. Más simpática que Mengele
Respuesta. Es fácil, desde luego, aunque tienen en común haber caído ambos en la desmesura. El infame médico de las SS con su obsesión por buscar el secreto de los mellizos, Bell por creer que podía crear un imperio en Oriente Medio.

P. ¿Por qué la ha elegido como protagonista de su libro?
R. Era una mujer sensacional. Absolutamente excepcional para su época. Tuvo responsabilidades extraordinarias y un importante estatus oficial, insólito entonces para alguien de su sexo. Fue espía, jefa de los servicios de inteligencia, arqueóloga de renombre, licenciada en Historia en Oxford, alpinista, viajera, cruzó el desierto del Nefud en camello, se enamoró de los beduinos…

P. Se la ha denominado “la Lawrence de Arabia femenina”.
R. En puridad es al revés: Lawrence es el Gertrude Bell masculino. Ella fue objetivamente más importante y políticamente relevante que él. La revuelta árabe no tuvo tanta trascendencia como el papel de Bell en el trazado de las nuevas fronteras de Oriente Medio y en el moldeado del porvenir de la región.

P. Pero Lawrence, del que por cierto hace usted un retrato espléndido, es más conocido.
R. Ya, tuvo varias ventajas, la primera ser un hombre. La segunda, que occidente estuviera en busca de un héroe individual tras las masacres de la Primera Guerra Mundial, con millones de muertos anónimos. También que escribiera una obra maestra, Los siete pilares de la sabiduría, cosa que Bell no hizo. Y por último y fundamental, tuvo una película que lo inmortalizó.

P. Ha tardado, pero Gertrude ha tenido también su película, La reina del desierto (2015), de Werner Herzog, con Nicole Kidman. A Lawrence lo interpretaba ¡Robert Pattinson!, al que no le debía sentar bien tanto sol.
R. Una película muy mala y que no funciona.

 

Nicole Kidman como Gertrude Bell en ‘La reina del desierto’.

P. En todo caso, es indudable que Lawrence tenía carisma, ¿y ella?
R. Imponía, era rica, políglota, tenía modales de clase alta, una red de relaciones impresionante. La gente la veía como alguien excepcional. Era arrogante. Sus enemigos la calificaban de solterona cascarrabias y excéntrica” Le faltaba el sentido del humor, no era una mujer divertida.

P. Lawrence tampoco, sobre todo cuando lo flagelaban. ¿Tenía épica ella?
R. Sí, también, más aterciopelada, menos espectacular. Y le faltó alguien que la explicara, como hizo el periodista Lowell Thomas con Lawrence. Cuando Bell cruzaba el desierto no había nadie para contarlo. T. E. Lawrence fue objeto de deseo de todos los mitómanos del siglo XX, como Malraux, todos hubieran querido ser él. Era como Corto Maltés. Bell no entra en eso. No hace soñar así. Me temo que nadie fantasea con ser Gertrude Bell.

P. Compartía con Lawrence el valor y el coraje.
R. Sí, y otra cosa tenían en común: no se querían a sí mismos, no tenían buena relación con sus cuerpos. Lo trataban como a un enemigo. Creían en la redención por el sufrimiento.

P. ¿Era lesbiana Miss Bell?
R. No he encontrado nada que lo pruebe, ni entre líneas; de hallarlo lo habría puesto sin problema en el libro. Me parece que la aventura era un sustituto de la sexualidad en Bell y en Lawrence.

P. ¿Con cuál de los dos se iría a tomar una copa?
R. Con Gertrude Bell, me encantaría oír de primera mano sus aventuras. Creo que me llevaría mejor que con Lawrence. Aunque si me pregunta cuál de los dos me cae más simpático…

P. ¿Cuál de los dos le cae más simpático?
R. Winston Churchill, jajaja. Tenía un cinismo y un humor del que carecían los otros dos.


 
Gertrude Bell (la tercera por la izquierda), en 1921, ante la Esfinge de Gizeh, junto a Winston Churchill (a su izquierda en la foto) y T. E. Lawrence, el famoso 'Lawrence de Arabia'.

P. Hay una famosa foto de 1921, de cuando la Conferencia del Cairo, en la que salen los tres en camello frente a la esfinge de Guiza. ¿Quién montaba mejor ese animal, Bell o Lawrence?
R. No sabría decir, ambos eran muy buenos. Y sin duda los dos mejores que Churchill al que el suyo aquel día lo tiró al suelo como a un saco de patatas.

P. Mesopotamia es un libro muy literario, con pasajes bellísimos. ¿Hasta qué punto novela la vida de Gertrude Bell, de la que cuenta muchas intimidades?
R. La propia vida de Bell es muy novelesca. Invento muy poco. Donde hay parte de ficción es en el decorado, en la puesta en escena, no en lo esencial. Mi trabajo es más de técnica literaria que de ficción. Ya sabe que a los franceses, a diferencia de los anglosajones, nos gusta hacer de la historia un sujeto literario.

P. Hay una alusión a Hércules Poirot en Mesopotamia.
R. Me hubiera encantado que se conocieran Gertrude Bell y Agatha Christie, pero no lo hicieron, pese a casi coincidir en excavaciones arqueológicas. Por eso hago ese guiño de que la primera se encuentre a un detective belga en el Orient Express.