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jueves, 22 de enero de 2026

Tormenta en la sacristía. ¿Qué quedó del Concilio Vaticano II?

Primera sesión del concilio, en Roma, el 11 de octubre de 1962
Sesenta años después del Concilio, un catolicismo mermado por la secularización busca pasar página de sus guerras culturales El 8 de diciembre de 1965, hoy hace 60 años, finalizaba el Concilio Vaticano II. Los obispos de todo el mundo salían de San Pedro en procesión y Pablo VI se fundía en un abrazo con su eminencia gris, Jacques Maritain, el filósofo del diálogo. Habían sido tres años de trabajo desde que Juan XXIII diera la sorpresa no solo por convocar la gran reunión doctrinal y estratégica del catolicismo, sino por la orientación de su convocatoria. Por primera vez, sería un Concilio únicamente pastoral. Sin definiciones dogmáticas. Sin anatemas. El “Papa bueno” quería que entrara “un poco de aire fresco en la Iglesia”. Quería un catolicismo que sirviera a su tiempo “demostrando la validez de sus enseñanzas y no condenando”. Desde finales del XIX, algunos teólogos eran conscientes de que el cristianismo, según un testigo del Concilio como el periodista y escritor José Jiménez Lozano, no podía “permanecer simplemente a la defensiva”. Se necesitaba “determinar de modo nuevo” la relación entre la Iglesia y sus contemporáneos. Y eso se iba a hacer mediante el “diálogo”, palabra que nunca había aparecido en la doctrina de la Iglesia y que aparecerá 28 veces en los documentos conciliares. Cuando muere el Papa Roncalli, Pablo VI asume su espíritu. Y en su primera sesión conciliar no necesitó palabras para enviar su mensaje: le bastó con suprimir la tiara y la silla gestatoria, símbolos del poder temporal del Pontífice.

El Concilio, como dijo el propio Pablo VI, estaba llamado a ser “un día soleado para la Iglesia”: su ajuste al mundo en una época de cambios como los sesenta. Nada, sin embargo, iba a salir según este optimismo. Desde el mismo principio, cuando dos cardenales progresistas —Liénart y Frings— pidieron rehacer las comisiones de trabajo previstas por la curia, el choque estaba servido. Con celeridad se van formando dos bandos. Por un lado, los padres conciliares de los países donde se había forjado la llamada nouvelle théologie, Bélgica y Holanda, Austria y Alemania, una “Alianza Europea” con prebostes como König y Bea, Suenens y Alfink, además de los citados Frings y Liénart. Por otro lado, el Grupo Inernacional de Padres, que reunió a 250 prelados conservadores, del antiguo papable Siri al futuro cismático Marcel Lefebvre. Las iglesias de África y Asia, dependientes de iglesias ricas como la alemana, se alinearían con la “Alianza Europea”. Así, desde el principio, el Concilio iba a tener una marcada impregnación progresista, con protagonismo de teólogos como Karl Rahner.

Si bien los padres conciliares más conservadores tardaron algo más en articular su respuesta, esta llegó, por lo que, finalmente, la mayor parte de los 16 documentos conciliares —como la constitución Gaudium et spes— tendrían que negociarse más de lo previsto. Quizá por eso, en los años pasados desde su fin, ha habido dos perspectivas marcadas sobre la cita conciliar: aquella que dice que la Iglesia no desarrolló todo el potencial del Concilio y una sensibilidad para la que se habría ido demasiado lejos. En realidad, lo verdaderamente característico está en cómo los mismos que impulsaron cambios buscaron después ajustarlos. Henri de Lubac, teólogo de moda en la época, terminaría por clamar contra “una nueva Iglesia, di­ferente de la de Cristo, que se quiere instaurar”. Y dos teólogos progresistas del Concilio, Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger, lamentarían, ya convertidos en Juan Pablo II y Benedicto XVI, que “se han cometido verdaderas herejías” y que “los resultados del Concilio parecen oponerse cruelmente a las expectativas de todos”.
El primero en acusarlo fue Pablo VI: lejos de lo anticipado, el post-Concilio era “un día lleno de nubes, de tempestad”. Se cumplía así una tradición que, ya desde el Concilio de Jerusalén en el siglo I, parece asegurar que no hay concilio sin trauma posconciliar. Pablo VI llega a decir, en palabras famosas por su dramatismo, que “el humo de Satanás” se ha colado “en el templo de Dios”. ¿La causa de su angustia? 14.000 abandonos, solo contando sacerdotes, entre 1964 y 1971. Rebeldías doctrinales como el Catecismo holandés de 1966 o esa “opción preferencial por los pobres” que, acordada en una reunión de obispos latinoamericanos en Medellín en 1968, alfombró el camino a la teología de la liberación. Y, de modo muy notable, las reacciones contrarias a la reforma litúrgica. Si intelectuales de todo origen, de Jorge Luis Borges a Nancy Mitford, habían pedido al Papa mantener la misa de siempre, la nueva misa no iba a conllevar solo el adiós al latín: la Santa Sede sufría al ver cómo, de pronto, las baterías tomaban los presbiterios e incluso se llegó a hablar de curas que consagraban con donettes. Cualquier ola progresista quedó frenada cuando, al poco del Concilio, Pablo VI, contra la voluntad de buena parte del episcopado, fijó la doctrina sobre anticoncepción en la encíclica Humanae vitae.

Para apreciar cómo ha infusionado el Concilio la vida de la Iglesia, cabe preguntarse cómo podría renunciarse hoy a su apertura ecuménica a la unidad de los cristianos, su denuncia expresa del antisemitismo o su compromiso con la libertad religiosa. Un compromiso y una libertad que terminaron por dinamitar las relaciones entre Pablo VI y Franco y lograron que el régimen fuera, literalmente, más papista que el Papa. También bajo la tutela del Pontífice, la Iglesia, que apoyaría la Transición con Tarancón, no postuló en España una democracia cristiana a la italiana.

Esto le iba a gustar poco a Juan Pablo II, quien, por lo demás, tampoco pudo heredar el Concilio a beneficio de inventario. Si por un lado intervino a los jesuitas por progres, por el otro excomulgó a Lefebvre por tradi. Y si nombró cardenales a personajes de la izquierda, intentaría suplir la crisis de la vida religiosa con los nuevos movimientos: Opus Dei, Legionarios. Con Benedicto y Francisco volvieron las luchas litúrgicas a propósito de la permisividad de la misa tradicional. Y si bien el propio Benedicto quiso enmarcar el Vaticano II en una “hermenéutica de la reforma” respetuosa de las enseñanzas de siempre de la Iglesia, solo León XIV parece haber apaciguado las guerras culturales intracatólicas. Es el primer Papa, por edad, no marcado por las dialécticas desencadenadas en los sesenta. Y, como escribe el periodista católico británico Dan Hitchens, el hecho de que no esté claro cuál es el futuro de las ideas liberales en el mundo, aleja el debate de qué hacer frente a ellas.

Sesenta años después del Concilio, la Iglesia ha sufrido su mayor crisis de credibilidad con los abusos. Es una Iglesia que, en Europa, cuenta con élites más progresistas que sus fieles y su clero. Y que gana peso demográfico y moral en África o en Asia. Tal vez sea “un puñado de vencidos”, como vaticinaba Pablo VI, o “el resto de Israel”, en palabras de Benedicto, pero ha sido capaz de sobrevivir, como apunta el converso alemán Martin Mosebach, tras “pasar siglos sin estar del todo al día”. Y hoy causa sorpresa que, de pronto, los nietos empiecen a interesarse —en iniciativas católicas como Hakuna o Effetá— por la vieja religión de sus abuelos.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Los teólogos de la Juan XXIII piden a Francisco reformas radicales. "Es una incoherencia defender los derechos humanos en la sociedad y no aplicarlos dentro"

"Si la reforma de la Iglesia se hace de espaldas a los marginados, estará siendo infiel a sus orígenes y a los pobres, y si no es paritaria e inclusiva, se alejará del movimiento de Jesús". Con esta contundencia se expresa el manifiesto aprobado por el 34 congreso de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII. Consideran la reforma necesaria, pero la piden "radical", para ser coherente con el fundador cristiano y con "los desafíos de este tiempo".  Con la esperanza puesta en el papa Francisco, los teólogos proclaman, además, que la reforma "requiere la práctica de la democracia, el reconocimiento y ejercicio de los derechos humanos, entre ellos los derechos sexuales y reproductivos, así como el gobierno sinodal con la participación del laicado, que es la base de la Iglesia, para así superar la incoherencia vaticana de defender los derechos humanos y la democracia en la sociedad y no aplicarlos en su seno".

El mensaje del congreso de la principal organización de teólogos españoles se inicia con una pregunta: ¿Fundó Jesús la Iglesia? Responde el manifiesto: "Lo que puso en marcha Jesús fue una comunidad de iguales, un movimiento de hombres y de mujeres, que le acompañaron y se comprometieron en la construcción del Reino de Dios. Dicho movimiento continuó en las comunidades cristianas con responsabilidades compartidas y especial protagonismo de las mujeres. En ellas se tomaban las decisiones con la deliberación de todos sus miembros y se tenía como ideal la comunidad de bienes. Con el paso del tiempo este ideal fue desdibujándose hasta desembocar en una Iglesia aliada con el poder, clerical, piramidal y patriarcal, si bien hubo siempre colectivos que trabajaron por la reforma y el retorno al ideal evangélico de vida".

Más contundente que el manifiesto, el teólogo que desarrolló este tema en una larga ponencia, Federico Pastor, dijo: "Jesús puso en marcha una comunidad igualitaria de seguidores y seguidoras, no fundó la Iglesia tal como posteriormente se organizó, es decir, jerárquica, patriarcal, clerical, aliada con el poder, confesionalizadora de la sociedad e imperial".

Como consecuencia de esa posición, los teólogos de la Juan XXIII creen que la reforma de su Iglesia ha de traducirse en el respeto a la laicidad, la crítica del poder y el compromiso con los sectores más vulnerables. Con palabras de Francisco, añaden que también debe producirse una permanente denuncia del neoliberalismo, que este papa ha calificado, textualmente "injusto en su raíz porque fomenta una economía de exclusión, una globalización de la indiferencia, una nueva idolatría del dinero, un medio ambiente indefenso ante los intereses del mercado divinizado, y una incapacidad para compadecernos ante los clamores de los otros".

El sacerdote y ex defensor del Pueblo en Andalucía, José Chamizo, había expresado antes algunas decepciones del presente eclesiástico romano. "La Iglesia es divina en su dimensión religiosa, pero pecadora en la administración humana. Los curas jóvenes son más viejos que nosotros y tienen un concepción funcionarial del sacerdocio", dijo.

Sobre la figura del pontificado, tan discutida entre las iglesias populares, José María Castillo, exjesuita y el primer teólogo español distinguido con un doctorado Honoris Causa por una Universidad civil, la de Granada, se mostró optimista porque, pese a que "Francisco es considerado un bicho raro por buena parte de la Curia y del clero vaticano, a este papa le interesa más el Evangelio que la religión". Añadió que conviene mantener el papado como última instancia a la que recurrir, como punto de encuentro y ámbito de coordinación, pero que hay que "recuperar el gobierno sinodal, que estuvo vigente durante los diez primeros siglos de la Iglesia con participación de los laicos".
Fuente: El País.

viernes, 6 de septiembre de 2013

¿Se acerca el Vaticano a la teología de la liberación? Un congreso de teólogos debate en Madrid sobre la vigencia de esta corriente del pensamiento cristiano, severamente execrada por Juan Pablo II y el papa Ratzinger.

El comienzo del curso religioso en España, esta primera semana de septiembre, tiene cada año dos acontecimientos especiales: las celebraciones del primer día del Nuevo Año Judío, esta vez el 5774, que empezó el miércoles con la salida de la primera estrella, y el multitudinario congreso de la Asociación de Teólogos Juan XXIII, que abre esta tarde en Madrid su 33 edición en la sede central del sindicato Comisiones Obreras con un tema muy de actualidad, la teología de la liberación y la pobreza en el mundo.

El Vaticano ha anunciado que la primera encíclica escrita en solitario por el papa Francisco se titulará Beati pauperes (Bienaventurados los pobres), y que se publicará probablemente antes de navidad. ¿Es un paso más del supuesto acercamiento – o, al menos, comprensión-, del Vaticano hacia la teología de la liberación, la corriente del pensamiento cristiano perseguida y execrada por los papas anteriores, el polaco Juan Pablo II y el alemán Benedicto XVI? Todavía en 2009 el papa Ratzinger advirtió a los obispos de Brasil, de visita en Roma, sobre los “desastrosos efectos” de esa corriente teológica en la Iglesia romana. Les recordó la instrucción ‘Libertatis Nuntius’ sobre esa teología, emitida por la Congregación para la Doctrina de la Fe cuando lo presidía él mismo. "Sus consecuencias más o menos visibles hechas de rebelión, división, discordancia, ofensa, anarquía aún ahora se hacen sentir, creando en nuestras comunidades diocesanas gran sufrimiento y una grave pérdida de fuerzas vivas", dijo Ratzinger.

El debate vuelve a la calle avivado por la publicación el martes pasado en el periódico oficial del Papa, L'Osservatore Romano, de un artículo firmado por Gustavo Gutiérrez, el sacerdote peruano que dio nombre a la Teología de la liberación con la publicación en 1971 de un libro con ese título, traducido ya a medio centenar de idiomas, seguido de La fuerza histórica de los pobres (Lima, 1979). L'Osservatore Romano recogía ese día fragmentos del su libro De la parte de los pobres. Teología de la liberación, teología de la Iglesia, además de nuevas reflexiones del religioso peruano, cobijado ahora en un convento de dominicos en Francia, sobre la pobreza y en contra del "neoliberalismo económico" y de la "deshumanización de la economía".

“La Teología de la liberación, hoy” es el título del congreso de este año, que cuenta con la participación especial del obispo mexicano Raúl Vera, diocesano de Saltillo, y del jesuita Juan Masiá, castigado por su teología bioética. El obispo Vera se inició en el episcopado como auxiliar de Samuel Ruiz, el mítico prelado de Chiapas, y fue ‘exiliado’ por Roma más tarde a Saltillo por sus simpatías con el movimiento indigenista (ha sido acusado, incluso, de zapatista). Es una de las voces más interpelantes en México, muy críticas con el llamado Primer Mundo, y más escuchadas en el mundo desde América Latina. Hablará el sábado a los congresistas sobre ‘La Iglesia de los pobres’.

Pese a que todos los congresos de Teología de la Asociación Juan XXIII se han movido en el horizonte de la corriente teológica bautizada por Gustavo Gutiérrez y han seguido su metodología y orientación, nunca antes se había abordado como tema específico y monográfico. Se hace este año “respondiendo a las peticiones de no pocos congresistas habituales, precisamente en un momento en el que se oyen voces de que la Teología de la Liberación no goza de buena salud, incluso que ha muerto, y otros informes médico-ideológicos similares, la mayoría de las veces procedentes de adversarios de dicha teología que confunden su deseo mortífero con la realidad, que es muy otra”. Lo afirma el secretario general de la asociación organizadora, Juan José Tamayo, él mismo relevante teólogo de la liberación.

Pese a los nuevos aires renovadores del cristianismo romano, propiciados por el papa Francisco, los teólogos convocados entre hoy y el domingo en número que suele superar el millar van a reflexionar sobre esta pregunta: ¿Puede asumir la Iglesia institucional la teología de la liberación? Esto opina Tamayo: “A la vista de no pocos de los gestos, palabras, actitudes y opciones del papa Francisco, la respuesta parece ser afirmativa. Así lo creen importantes sectores religiosos y laicos, incluidos los progresistas y hasta algunos teólogos –no así las teólogas- de la liberación. Yo creo, sin embargo, que una teología de la liberación que hace de la opción por los pobres su imperativo categórico es difícilmente asumible por la institución eclesiástica por el lugar social en el que se ubica –los pobres, los movimientos sociales-, la radicalidad de sus opciones –interculturalidad, pluralismo y diálogo interreligioso, diversidad sexual-, la revolución metodológica que implica y la crítica del poder eclesiástico y de sus instituciones. En los discursos pronunciados durante su visita en Brasil el papa Francisco ni siquiera citó la teología de la liberación. Tampoco se encontró con ninguno de sus cultivadores, muy numerosos en Brasil. A lo más que puede llegar la institución eclesiástica es a respetar la teología de la liberación, establecer una moratoria, no condenarla, a no sancionar a sus cultivadores y cultivadoras”.

El congreso de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII cuenta con gran presencia y representación de las diferentes teologías de la liberación del mundo: América Latina, Asia, África y Europa. Ayer jueves lo abrió Juan Torres, catedrático de Economía de la Universidad de Sevilla, y uno de los más prestigiosos economistas con propuestas alternativas al neoliberalismo, que tan catastróficas consecuencias está ocasionando en los sectores más vulnerables de la sociedad.