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viernes, 16 de octubre de 2026

Vivienda y Maricarmen

Hacía mucho tiempo que no se veía una movilización como esta. Y no solo por la cantidad de personas que han salido a la calle, sino, sobre todo, por la presencia de tantos jóvenes. Son ellos quienes, dentro de muy poco, tendrán que tomar el relevo y dirigir los destinos de este país.

La calle tiene una fuerza que ningún político debería despreciar, porque la fuerza de la calle es, en definitiva, la fuerza del pueblo. Quien no escuche lo que ocurre en ella podrá engañar una vez a la multitud, pero difícilmente podrá hacerlo dos veces.

Y estas manifestaciones tienen algo diferente. No son aquellas movilizaciones que parten de una determinada ideología con la intención de imponer sus ideas o sus intereses. Aquí se reclama algo mucho más elemental: libertad, dignidad y bienestar para la gente. Por eso tantos ciudadanos, con independencia de sus ideas políticas, pueden sentirse reflejados en ellas. Porque cuando lo que está en juego es la dignidad de las personas, las diferencias ideológicas deberían quedar en un segundo plano.

Ha nacido, además, un sindicato que ha colocado la vivienda en el centro de sus reivindicaciones. Y no es casualidad. La vivienda se ha convertido en uno de los grandes problemas de la España de hoy. Los dos decretos que las derechas han revocado en el Congreso suponían, al menos, un principio para intentar evitar situaciones como la que sufrió Maricarmen.

Maricarmen es un símbolo. Pero no es un caso aislado. Hay muchas Maricarmen. Muchas personas que no pueden ser abandonadas a su suerte y mucho menos cuando, por su edad, por sus circunstancias o por sus limitaciones físicas, ya no tienen la posibilidad de salir adelante por sí solas.

Ahí es donde estas movilizaciones adquieren también una dimensión profundamente humana. Porque una sociedad se mide, sobre todo, por la manera en que trata a quienes más necesitan de los demás. Y gobernar no puede significar dar la espalda a quienes necesitan ayuda para poder vivir con un mínimo de dignidad.

Es cierto que el Gobierno ha actuado tarde. Pero también es cierto que ha actuado, y eso es lo relevante. Los problemas tienen un principio y no todos encuentran una solución al mismo tiempo. Algunos se resuelven rápidamente; otros se enquistan durante años. Pero mientras exista voluntad de afrontarlos, nunca puede darse todo por perdido.

¿Cuántos problemas que en su día parecían imposibles de solucionar terminaron resolviéndose después de años de lucha? ¿Cuántas situaciones que hoy nos parecen inaceptables fueron consideradas normales en otro tiempo? Es precisamente la perspectiva que da el paso de los años la que nos permite comprender hasta qué punto una sociedad puede llegar a tolerar injusticias que, con el tiempo, terminan siendo rechazadas por todos.

Porque la presión de la ciudadanía acaba imponiéndose. Tarde o temprano, aquello que no es justo termina encontrando la resistencia de quienes lo sufren.

Pero la noria no se detiene. Y para los más vulnerables, cuando parece que un problema empieza a solucionarse, ya aparece otro en el horizonte. Esa es una de las grandes debilidades de nuestra sociedad: pensar que, una vez conquistado un derecho, ya estamos a salvo de perderlo o de volver a necesitarlo.

NADA MÁS LEJOS DE LA REALIDAD.

Precisamente quienes son más vulnerables necesitan permanecer vigilante. Porque conseguir algo no significa que podamos estar exentos de los mismos problemas u otros que surjan. Los derechos necesitan ser defendidos, y los que hoy prestan su ayuda pueden ser mañana quienes necesiten ser ayudados. .

Y hay otra debilidad que no deberíamos ignorar: el cansancio de ver siempre las mismas caras, escuchar las mismas promesas y contemplar cómo los problemas se repiten una y otra vez. Ese cansancio puede empujarnos hacia aventuras políticas de las que, con el tiempo, terminemos arrepintiéndonos. .

Por eso conviene recordar algo tan sencillo como sensato: lo que funciona, no se toca. Se puede y se debe estar atento a todo aquello que necesite mejorar; se pueden exigir cambios, reclamar soluciones y pedir responsabilidades. Pero una cosa es querer cambiar lo que está mal y otra muy distinta es destruir lo que funciona sin saber qué vendrá después.

Porque salir de Guatemala para entrar en Guatepeor también es una forma de equivocarse.

Y quizá, en estos tiempos de tanta incertidumbre, lo que más necesitamos sea precisamente eso: no dejar de luchar por lo que aún queda por conseguir, pero tampoco olvidar todo aquello que costó tanto conseguir.

El Bellotero.