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miércoles, 30 de agosto de 2017

_- El ascensor de Einstein. Los experimentos mentales han desempeñado un papel importante en el desarrollo de la ciencia. Pero, ¿cuáles son sus límites?

_- La relación entre el cine y los sueños, planteada la semana pasada, ha dado lugar a interesantes comentarios, en los que, como era de esperar, se repiten los nombres de algunos grandes realizadores, entre los que destacan Alfred Hitchcock y Akira Kurosawa (cabría añadir a Federico Fellini), que no solo mostraron en la pantalla los sueños de algunos de sus personajes más enigmáticos, sino que hicieron un cine marcadamente onírico. Sin olvidar algunos clásicos -como Mujeres soñadas, de René Clair, o La vida secreta de Walter Mitty, de Norman McLeod- articulados alrededor de los sueños y ensoñaciones diurnas de los protagonistas.

Queda pendiente (y es de suponer que lo estará durante mucho tiempo) la doble cuestión de los límites de la imaginación y de si los sueños son reducibles a productos audiovisuales. Desde muy antiguo (probablemente desde los albores de la humanidad), los sueños se han considerado material interpretable y se han formulado diferentes teorías sobre su significado (la más famosa e influyente es la que Sigmund Freud propone en La interpretación de los sueños), pero su estudio científico entraña grandes dificultades.

Los experimentos mentales
El estudio de los sueños no es el único campo en el que la imaginación va por delante de la experimentación. Incluso se podría decir que continuamente, sin casi darnos cuenta, en nuestra vida cotidiana efectuamos “experimentos mentales” para intentar anticipar el resultado de determinadas conductas o decisiones, y en la mayoría de las ciencias desempeñan un papel fundamental (por no hablar de las matemáticas, donde todos los experimentos son mentales).

En estas mismas páginas hemos hablado del diablillo de Maxwell, la habitación china de Searle, el gato de Schrödinger y otros famosos experimentos mentales; pero sin duda el máximo exponente de esta sutil técnica es Albert Einstein, que, dando un nuevo e inusitado impulso al concepto de Gedankenexperiment de su maestro Ernst Mach, se dedicó a perseguir un rayo de luz con su imaginación hasta alcanzar la teoría de la relatividad especial, y luego se encerró en un ascensor en caída libre o en acelerada ascensión hasta dar con la teoría de la relatividad general. (Por cierto, ¿de dónde procede la ilustración que encabeza este artículo y qué tiene que ver con todo esto?).

En la actualidad, la física ha llegado a un punto en el que algunos experimentos y comprobaciones requieren la construcción de gigantescos telescopios, enormes aceleradores de partículas o costosísimas sondas espaciales, y otros (como los relacionados con los agujeros negros) son sencillamente inviables, por lo que los experimentos mentales están a la orden del día. El problema es que, al igual que algunas teorías, como la de cuerdas en sus distintas versiones, algunos de estos Gedankenexperiment están tan lejos de nuestras posibilidades de comprobación que, por el momento (y puede que por mucho tiempo), son entelequias equiparables a las de la ciencia ficción (de hecho, algunos científicos recurren a los relatos futuristas para exponer sus teorías).

Propongo a mis sagaces lectoras y lectores que planteen sus propios experimentos mentales, o que comenten algunos de los que aún no hemos abordado, como el de la Tierra Gemela de Putnam, el del violinista de Thompson, el de las personas que se dividen como amebas de Parfit…

Carlo Frabetti es escritor y matemático, miembro de la Academia de Ciencias de Nueva York. Ha publicado más de 50 obras de divulgación científica para adultos, niños y jóvenes, entre ellos Maldita física, Malditas matemáticas o El gran juego. Fue guionista de La bola de cristal.

https://elpais.com/elpais/2016/10/13/ciencia/1476349426_540772.html

jueves, 5 de marzo de 2015

Genios entre la inspiración y la locura. En los grandes avances científicos de la humanidad hay ingredientes históricos, políticos, ideológicos y presupuestarios.

El mensaje se ha repetido mil veces. La ciencia es una empresa colectiva, y el progreso del conocimiento de un país es una magnitud predecible, una función directa del apoyo social que reciba la investigación y del porcentaje del PIB que se dedique a ella. Todo eso es cierto. Pero deja escapar una noción esencial: el inmenso poder creador del genio individual. Una noción que nos resulta antipática a los intelectos del montón, pues parece dejarnos fuera de juego, pero a la que sucumbimos enseguida, en los estratos más profundos de nuestra consciencia, en cuanto repasamos un par de libros de historia.

O un par de películas, como las que suscitan esta reflexión. La teoría del todo, de James Marsh, y The Imitation Game, de Morten Tyldum, han traído a primer plano a dos demiurgos de nuestro tiempo: el físico Stephen Hawking y el matemático Alan Turing. Dos tipos raros de una naturaleza distinta.

Hawking (Oxford, 1942) no necesita presentación, pues es uno de los iconos del presente: cosmólogo, físico teórico, autor de algunos de los libros de divulgación más vendidos de los últimos 30 años, polemista de impacto –Dios y la filosofía son dos de sus blancos favoritos—, personaje de Los Simpson y, con toda seguridad, el paciente de esclerosis lateral amiotrófica más longevo del que tiene noticia la medicina. Su imagen postrada en una silla de ruedas de alta tecnología y su voz sintética de timbres robóticos son reconocibles en cualquier ciudad del planeta desde Nueva York hasta Bombay. Pero hay otros ángulos de este científico que hasta ahora resultaban poco conocidos por el gran público, y que la película, basada en las memorias de su primera mujer, Jane Hawking, presenta de manera muy reveladora.

La rareza de Stephen Hawking es lo poco que le importa la esclerosis y el grado hasta el que ha logrado llevar una vida normal pese a ella

La rareza de Hawking no es su esclerosis, naturalmente. Su rareza, más bien, es lo poco que le importa la esclerosis, y el grado hasta el que ha logrado llevar una vida normal pese a ella. Es obvio que Hawking se ha convertido en una figura popular gracias a su discapacidad, pero su reputación entre sus colegas, los cosmólogos y los físicos teóricos, no tiene nada que ver con eso. Se debe a que es un gran físico, una mente creativa de primer nivel.

A los 20 años, antes de que la enfermedad atrapara sus músculos y sus nervios motores, el joven Stephen ya se había revelado como uno de los cerebros mejor equipados de Oxford y Cambridge. Y ya entonces, a diferencia de todos sus colegas normales, decidió meterse de cabeza en el campo más abstruso y menos prometedor de la física de la época: la relatividad general, la gran teoría de la gravitación que Einstein había desarrollado en las dos primeras décadas del siglo XX; y en particular, en una de sus consecuencias más extrañas y misteriosas, los agujeros negros.

No fueron los presupuestos de investigación, ni desde luego el apoyo social, quienes crearon la ciencia moderna. Fueron Galileo y Newton, dos mentes que no fueron consecuencia de su tiempo, sino que inventaron un tiempo nuevo al percibir que la naturaleza habla el lenguaje de las matemáticas, y que sus mecanismos pueden conocerse mediante la observación y el experimento. Tampoco la revolución de la energía eléctrica fue consecuencia de la inversión de los Gobiernos ni del interés de los ciudadanos, sino del genio experimental de Faraday y del talento matemático de Maxwell, que revelaron que la electricidad y el magnetismo no eran dos fuerzas separadas, sino dos formas de mirar a la misma fuerza electromagnética. Los avances de Einstein estaban tan alejados de su contexto social y económico que incluso los físicos más avanzados de su tiempo, como Max Planck, los consideraron descabellados... Más aquí.