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martes, 10 de febrero de 2026

LITERATURA. David Uclés: “La Guerra Civil sí la sufrimos todos, pero no la perdimos todos”



El escritor andaluz, autor de ‘La península de las casas vacías’, acaba de ser galardonado con el Premio Nadal por su nuevo libro, ‘La ciudad de las luces muertas’, escrito al mismo tiempo que el libro que le llevó al éxito.

Desde hace más de dos décadas, los lectores españoles demuestran una madurez extraordinaria eligiendo frente a la crítica o los gurús sus propios fenómenos literarios masivos de calidad. Ocurrió con Soldados de Salamina, de Javier Cercas, que aportaba desde la generación de los nietos de la Guerra Civil una nueva mirada al conflicto. Y ha ocurrido ahora con la de los bisnietos mediante una obra fundamental como La península de las casas vacías, de David Uclés (Úbeda, 36 años). Pero el precio de aquel éxito (30 ediciones y más de 300.000 ejemplares vendidos) y del reciente han sido distintos para cada uno de ellos. A Cercas le acompañó, cómo no, la controversia. A Uclés, en ocasiones, el escarnio. En 20 años, el ambiente ha cambiado y la polarización devora. Más cuando demuestras una audacia como la del autor andaluz y aplicas fórmulas de realismo mágico, rigor, humor o un narrador libérrimo no a cualquier asunto, sino a la gran herida colectiva de nuestra historia.

Aun así, el escritor, con 17 años de trabajo y una fe en su obra que pudo con la enfermedad coronaria que padece, la falta de recursos y todas las carencias que le supuso sacarla adelante, refrescó el asunto y demostró con ello que el gran trauma debía ser abordado desde una perspectiva nueva para sus coetáneos. La polémica en torno a él no cesa. Las editoriales se lo rifan y ha conseguido el Premio Nadal (que publica Destino, del Grupo Planeta) con La ciudad de las luces muertas. ¿Supone eso que abandona a la editorial que apostó por él y lo acompañó hasta la cumbre? “No”, dice él.

La semana pasada saltó con él de nuevo la polémica, esta vez en torno al curso organizado por Arturo Pérez Reverte y Jesús Vigorra en Sevilla titulado 1936: ¿La guerra que todos perdimos? Los interrogantes son nuevos. Antes se había enunciado como una afirmación y a Uclés, que había sido anunciado en el cartel, no le gustó. Eso y algunos acompañantes como José María Aznar o el político que militó en Vox, Iván Espinosa de los Monteros, le hizo retirarse, también que otros invitados renunciaran y finalmente que la organización lo pospusiera.

Como el tema anda aun encendido, empezamos por preguntarle:

No se cansa usted de polémicas. Hace una semana decidió retirarse del curso organizado en Sevilla por Arturo Pérez-Reverte sobre la Guerra Civil, como contamos en EL PAÍS. No quería verse en el mismo lugar que Aznar o Espinosa de los Monteros. ¿Por qué nos ha quitado el gusto de verles debatir en un mismo foro?

Yo no deseaba ninguna polémica más porque ya me he visto envuelto en muchas últimamente. Sin embargo, para mí era un deber moral no formar parte del mismo plantel con figuras antidemocráticas como Aznar o Espinosa de los Monteros. Me avergonzaba, sencillamente.

No todos perdimos la Guerra Civil, eso está claro. La afirmación que estaba en el cartel (La guerra que todos perdimos) y que después los organizadores aseguran que debía ir entre interrogantes, aun con ese matiz posterior, ¿significa que no lo tendrían claro?

Con ese lema los organizadores hacen gala de una equidistancia que no hace sino blanquear el franquismo. Durante la Transición quedó claro que hubo vencedores y vencidos. La guerra sí la sufrimos todos, pero no la perdimos todos. La provocaron quienes la ganaron, es decir, un grupo de militares fascistas que querían imponer su moral a todo un pueblo.

Finalmente, han pospuesto el congreso, ¿lo considera un triunfo personal?

Lo veo como un triunfo común, no solo mío, sino de todos los participantes que hemos tenido el coraje de dar un paso atrás y no participar en unas jornadas que, con ese cartel, pretendían, creo, dar la sensación de que los abajo firmantes compartíamos la misma tesis.

Le ha enmendado la plana a Arturo Pérez-Reverte, ¿tiene eso su precio en el mundo literario de este país?

Desconozco cuáles son las consecuencias, si bien, lo volvería a hacer y lo más importante es que tengo ahora la conciencia muy tranquila.
 
De La península de las casas vacías a La ciudad de las luces muertas, ¿qué distancia hay?

Las escribí al mismo tiempo. Cuando investigaba para La península…, lo que iba saliendo de Barcelona, lo más bonito, no lo puse, me lo guardé para La ciudad…, salvo lo del bibliobús y el exilio a Francia de Mercè Rodoreda. La península… es la novela de mi vida, pero en los años de barbecho que la iba haciendo también construía la otra.

No hay apenas distancia, son paralelas, entonces. La que ahora aparece es, digamos, un hecho diferencial de la primera.

Las dos becas que me dieron para ambas, la Leonardo y la Montserrat Roig, se solapaban en el tiempo. Es más, el título de La ciudad de las luces muertas es anterior al otro, que se llamaba en un principio Odisto.

Se había presentado al Premio Nadal varias veces, ha dicho. ¿Siempre con la misma novela con que lo ha ganado?

No… Con La península… me presenté también. A ese y a otros. Al Herralde, al Primavera, al Planeta, al Lara, al Nadal…

Sabe que ahora mismo, mientras leen esto, se les están abriendo las carnes a varios comités de selección de novelas de varios premios y editoriales en general, ¿no?

Un editor muy importante me confesó en la Feria del Libro que al llegar a su casa, después de contarle esto, se haría el harakiri. “En mi mesa no está”, me contaba. Y yo respondía: “Claro, mira por Odisto, el primer título”…

El escritor David Uclés ganó el Premio Nadal por 'La ciudad de las luces muertas', su último libro. Ximena y Sergio

Ya… Pero, claro, con ese nombre y 700 páginas, como para leérselo, pensarían.
Me presenté a todos. Lo interesante sería entrevistar a la trabajadora de Correos de Úbeda que me veía con los manuscritos. Me gastaba 100 euros por ejemplar. Cuando comprobaba adónde los enviaba me decía: “Hijo mío, ¿no te puedes presentar mejor al premio de la Caja Rural?”. Y yo, con mis veintipocos años: “¡Que no, María! ¡A los grandes!”.

Era un soñador empedernido. ¿Lo sigue siendo? Los sueños cuestan…
Lo he descubierto, no lo sabía. Todo el mundo me hablaba de las zancadillas. Los primeros, los libreros. “Te van a caer palos por todos lados”, me advertían. Me estaba tratando todo el mundo muy bien. Pero este año, ya caí. Aunque eso no me resta nada del sueño, eh. Yo soy feliz viviendo. Mudándome, tocando música en la calle, aprendiendo a cocinar cosas nuevas, teniendo amantes… Eso es escribir también. ¿Qué es escribir? ¡Vivir! Vivir y luego plasmarlo. Si me va muy mal, muy mal, si me cancelan porque llevo boina, me voy a Praga, a Dinamarca, a cualquier país que me guste, y soy feliz. Yo cumplí un sueño ya. Con La península… me quité la espina de mi vida. Pero quiero seguir escribiendo, me desvivo por escribir.

Dice que es el libro de su vida y hace bien en ser consciente de ello. Me recuerda a un magnate de televisión a quien le dio por organizar una fiesta en honor a una película que fue un bombazo monumental. Tomó la palabra en medio de la euforia del equipo y les dijo: “Aprovechad y disfrutad porque en vuestra vida vais a tener un éxito ni parecido a este…”.

Ya, ya… ¡Hay que ser conscientes! A ver, yo mantengo la ambición y la energía. Quiero superarme, seguir haciendo novelas totales sobre un periodo, pero no sé si superaré lo que ha supuesto La península…

¿Tiene miedo de su propio listón?
No, cada aventura merece su objetivo. Con esta nueva he querido rendir homenaje a Barcelona. Si consigo que guste, el objetivo está cumplido…

Para eso ha elegido una distopía lírica.
Sí… Una distopía en busca de la luz. No sé aún las interpretaciones que tendrá, pero da pie a muchas más que la anterior porque estaba sujeta a una historia que no me podía saltar, la de la Guerra Civil como eje. Aquí solté completamente la imaginación. El apagón que cuento puede tener un corte literario o político si lo agarras por el lado del fascismo, y casa mucho con el presente.

Para eso le ha dado un sesgo hiper­ecléctico que va de Simone Weil a Rosalía o de Carmen Laforet y el boom literario latino­americano a Carlos Ruiz Zafón, un autor cuyo éxito fue despreciado por las élites.
Sí, y soy consciente. Pese a los desprecios, si un título merece éxito y recompensa de los lectores, lo voy a respetar. Los que te quieren criticar porque sí, lo van a hacer. Ruiz Zafón vendió decenas de millones de ejemplares en todo el mundo. Ahí lo dejo y le doy su valor.

¿Se identifica con él?
Si tuviera miedo a la crítica, lo hubiera quitado del prólogo y habría puesto a Francisco Casavella con El día del Watusi, por ejemplo, pero, al final, quería homenajearlo también en una novela que trata de Barcelona.

Ha fichado por Planeta, decían los titulares cuando ganó el Premio Nadal…
A ver… Esta novela la publico en el Grupo Planeta. Pero sigo en Siruela. La promoción de La península de las casas vacías continúa, mínimo durante un año, ya tenemos fechas por América Latina y Europa. Yo sigo con Siruela. Continúo trabajando con ellos.

¿Qué cara se les quedó cuando se enteraron del premio?
Yo entiendo el disgusto… Bueno, el susto. Lo supieron a la vez que todo el mundo. Cuando se reveló el fallo. Pero hablé con ellos y les expliqué la decisión de presentarme. Esta novela encaja mucho en el Nadal. Yo ¿qué hago si tengo ese sueño desde hace 15 años? Debo intentar cumplirlo. A Siruela nunca le prometí esta novela. Otra cosa es la segunda parte de La península. Fui a verlos después y se lo volví a decir: “La segunda parte se publicará en esta casa”. Y la gira es prioridad.

¿Qué ambiente encontró al entrar por la puerta?
Pues algunos nos pusimos a llorar, como niños, la emoción fue fuerte. Hubo berrinche. Los quiero un montón, son mi familia. No ha sido una decisión tomada por dinero. Para mí representa un prestigio muy grande, el premio más antiguo del país y mira quiénes lo han ganado antes…

¿Por qué a los escritores se les exige una pureza en esos términos que en otros no cuenta? Más si, aparte, se llevan el trozo más pequeño de la tarta: solo el 10% del total de un libro. ¿Por qué eso no se dice tampoco?
No lo sé. No lo entiendo, la verdad. Pero es cierto que nos vemos juzgados continuamente.

¿Por cierto desequilibrio entre lealtad y libertad, quizás?
Yo, la lealtad, la mantengo. No hay un ápice de traición. Pero nos juzgan demasiado sin saber.

Quizás haya otros factores: ¿siente la envidia?
Sí. Ya lo sé desde pequeño, ojo.

¿Por qué?
Desde chico me di cuenta de que por envidia, quizás a expresarme libremente, sufría acoso. Yo, a los 14, me puse una gorra. Puede que fuera un gesto rebelde. Mi padre es guardia civil y no le gustaba que la llevara, la gente en el colegio que si maricón, encima, por la pluma y por la gorra. Luego se ha quedado la gorra por estética: a mí me gusta. Me pegaban desde los nueve años. En el barrio. Me tiraban piedras, me atizaban con hierros, me metieron una vez en un garaje y me dieron una paliza entre cuatro. Mi madre me ponía alcohol en los moratones. Es que me emociono. No por mí, por ella. Mi pobre madre… Fue atroz. Pero yo me lancé al mundo y no oculté nada. Soy gay y lo digo, ando de la mano por la calle con quienes amo, pero yo sufrí un acoso horrible y todos lo supieron y fueron testigos: desde los profesores a mi familia.

¿Qué aprendió, a pesar de todo, de aquello?
Pues que hay gente mala. Ya está. Que tienes que hacer tu vida y asumirlo. Y lo que veo ahora… Algunos me pegan con la palabra, pero es lo mismo. Da igual, cuando veo ciertos vídeos es que salta la rabia, el veneno. Hay veces que me río porque el odio es tal que no me reconozco en el David Uclés del que comentan… ¿Quién será? ¿De quién hablan? Es frustración, lo sé y me compadezco de ellos. Habrán sufrido su falta de cariño y sus traumas que les causan ese veneno.

¿No es un honor que ciertos haters le critiquen desaforadamente? Un gran éxito, en el fondo.
Sí, muchos lectores me lo dicen, que es lo mejor que te puede pasar con ciertos nombres. Algunos critican sin aludir al libro, solo al aspecto, como en mi adolescencia.

Luego está la audacia que demostró en La península… ¿Todavía quiere que no se lo tengan en cuenta quienes se niegan a indagar en esa memoria? ¿Fue inconsciencia o valentía?
Tenía ilusión de crear una épica. De hacer memoria. Lo sigo manteniendo. No tergiversé nada. Tampoco respecto al bando republicano. Soy progresista, soy de izquierdas. Pero hoy, 90 años después, no puedes dejar de plasmar los errores del bando republicano también en Paracuellos o en las checas. Me parecen necios quienes desde la derecha critican el libro por cuestiones ideológicas. Hay pocos ejemplos de eso. Pero el mío quizás aporta cierta frescura.

También ha sabido contar bien cómo lo ha hecho: 17 años de trabajo, su sustento como músico ambulante, sus escasísimos recursos…
Es que ha sido una aventura en sí. Así fue. Al final vino un triunfo, pero hace dos años seguía siendo un muerto de hambre. Miraba hacia atrás y no lo hacía con orgullo. Ahora sí, claro. Algunos han querido rodar un documental de eso y me he negado. Prefiero que me juzguen por la obra, pero ojo, que mi vida, cómo llegué a escribir la novela, es otra historia. Yo llegué a tener cero euros. Comiendo lo que podía, donde me dieran. En París, Madrid, Alemania, Suiza…

¿Nadie confiaba a su alrededor? ¿Nadie entendía lo que pretendía hacer?
Nada, no entendían nada. No habían leído una página y me decían: “Aquí estás tú escribiendo una cosa que lo mismo es una mierda”. Yo lo explicaba a mis amigos o mi familia. Pero cómo iban a entender. Era complicado. Más cuando sacaba matrículas en los estudios y mi padre me decía: “Tú, unas oposiciones te las sacas con la gorra, nunca mejor dicho”. Y yo, 34 años, sin cotizar. Encima, mal del corazón. “¿Qué pensión vas a tener? Si tienes una baja, ¿dónde vas?”. A los 33 fibrilo por primera vez. Y sin pastillas. Volví a Úbeda. Es duro volver a casa de tus padres. No me podía quedar solo, además. Cada uno tiene sus males, pero este aflige mucho. Cuando te da, dura dos minutos. Estamos en este mundo un rato, no más, esa filosofía, por la enfermedad, me acompaña todo el rato. Por eso soy feliz también. Bueno, tengo muchos motivos para ello, pero precisamente por eso, más. Yo, con estar vivo…

Cree que después de todo lo que le ha ocurrido, ¿el mayor aprendizaje de su vida es el fracaso?
Mi futuro llevaba esa letra f: fama o fracaso. No iba a hacer unas oposiciones ni publicarlo en cualquier editorial. Si no salía, estaba dispuesto a seguir escribiendo y tocar en la calle hasta que me muriera. Ya está. Siempre lo he tenido claro. Y eso me lo daba la enfermedad, la arritmia. Que, por otro lado, es dura. Cuando me daba fuerte, si estaba con mi padre, le mordía el hombro del pánico.

Para seguir con eso había que tener también mucha fe. Supongo que hoy lo han entendido.
De sobra. Me acompañaron a la entrega del Nadal, a mi padre nunca le había reprochado ninguna incomprensión cuando me decía que iba a tirar mi vida por la borda. Bueno, esa noche cuando se acostaron, a mi padre le di un beso y una colleja. Le dije: “Anda, eh, la novela del abuelo, lo que nos ha traído”. Se le puso una sonrisilla de niño chico… No hubo palabras. Yo sé que me decía: “Gracias”.

Y en todo ese proceso, ¿cuántas veces apareció la desazón?
En un momento sentía que me estaba empezando a entrar la frustración. No leía a autores de mi generación. Yo también sentía envidia. Eso es humano. Pero la localizo y no la llevo a ningún límite como otros. Leí Panza de burro, de Andrea Abreu, porque me lo recomendaban y a mí me entraban esas reticencias, pero acabé llorando y hasta le escribí. Nunca me contestó, pero da igual. Chapó, menuda maravilla. Como me pasa con Calabobos, de Luis Mario, un obrón… Es de mi quinta y lo recomiendo, claro. No me puede la envidia, cuando algo es bueno, vence la admiración. Así soy.

Son éxitos merecidos los suyos, pero con usted pasa que cruza otra línea y ha llegado a representar un paradigma de la polarización. ¿Cómo le sienta a su corazón esa, a menudo, saña?
Yo no me coloco al lado de ningún partido político, hago mi trabajo, con respeto. Lo que pido es que se me trate igual. Claro que hay crueldad, e inquina y envidia. Y me duele. Y es verdad que se ha disparado desde que hablé delante de Isabel Díaz Ayuso del problema de la vivienda. Hasta entonces, me habían criticado muy poco.

¿Con el premio, además de las ventas, ya está buscando piso?
Bueno, yo trataba de hablar en nombre de mi generación. Si yo, con lo que he vendido, no puedo comprar una vivienda digna… Quería decirlo así y salió mal. Aun así, seguiré hablando de los problemas que afectan a mi generación: de los alquileres, de los fondos buitre, de la gentrificación.

Entonces, poco se arrepiente.
De no haber matizado, sí, pero lo sigo pensando. Luego ella me invitó a tomar un café en la Puerta del Sol.

¿Y va a ir?
¡Cómo voy a ir si no hay cafés en la Puerta del Sol! Ahí son todo cadenas, no hay nada genuino. Salvo La Mallorquina, pero está siempre atestada de gente.

Hombre, me parece que ella se referiría a su despacho en la Casa de Correos, sede de la Comunidad de Madrid.
No pienso entrar en ese edificio hasta que no pongan una placa que conmemore las torturas que se dieron en lo que fue la Dirección General de Seguridad. ¿Un café fuera de ahí? Donde ella quiera.

¿Qué es la ambición literaria? ¿Tiene energía para mantenerla?
Es no tirar la toalla cuando eres consciente de que te metes en un jardín, aunque te vayan a dar por todos lados. Hay que hacerlo desde la honestidad y el rigor.

Ahora llega un apagón como metáfora en medio de Barcelona. ¿Está preparado para que las mentes de vía estrecha nacionalistas vean fantasmas?
Barcelona tiene la suerte de haber sido escenario de una herencia inmaterial impresionante, con todos los artistas y creadores y la gente que han vivido allí. La ciudad está por encima de todo eso.

Fue durante un tiempo muy cosmopolita, ahora no tanto.
Barcelona es mucho más, sigue siéndolo. Tuvo tiempos mejores, quizás, pero así vengan los buenos o los malos, la ciudad permanecerá y se hará más fuerte. Lo que más le afecta hoy en día es el turismo y de ahí viene esa asfixia. Hay tantas interpretaciones posibles que allá cada cual. Pero el regusto de esta novela es esperanzador. Espero que el lector sepa apreciar el discurso con el que me identifico ahora.

¿Cuál?
Que a pesar de nuestros malos momentos, arrimando el hombro, hemos sido capaces de ser comunidad. Hay que inventar esperanza frente a la oscuridad.


LA GUERRA ESA, QUE DICEN, QUE PERDIMOS TODOS
2ª parte

Si uno lo analiza fríamente la cosa es demasiado simple. El ejército, garante de la integridad territorial del Estado y defensor, bajo juramento, de los ciudadanos que lo integran, decide que el gobierno, al que ha elegido libremente el pueblo, no es el que debería ser en función de su propio criterio y probablemente inducido por intereses arcanos. Bajo ese criterio, una parte importante de ese ejército, decide dar un golpe de Estado por la fuerza con la intención de tomar el poder e instaurar otro régimen de signo contrario más acorde a sus intereses, creencias y gustos. Al no conseguirlo, y viendo la oposición ciudadana a dicho golpe, decide que todo aquel que se oponga será detenido, encarcelado o fusilado sumariamente, sin acusación formal, ni cargos, ni juicio previo. Y ya de paso sacar al ejército afín a la calle e ir conquistando a cañonazos, plaza a plaza, todo el territorio nacional quitándose de en medio a todo el que se oponga.  Eso sí, buscando aliados afines dentro y fuera de las fronteras. Es decir, un ejército equipado y mantenido por los ciudadanos mediante sus impuestos, que en vez de protegerlos, que es su cometido, se dedica a encarcelarlos, hacerlos desaparecer o fusilarlos al alba, respondiendo a intereses particulares e ideológicos. En fin, resumido eso es lo que pasó. 

Pero déjenme decirles que un ejército así no lo integran soldados, sino principalmente suboficiales, oficiales, jefes y generales fanáticos, sicarios asesinos, que responden a apegos espurios, tendencias ideológicas conservadoras, e intereses oscuros que nada tienen que ver con la “Patria” y con su defensa. Son esos que dicen <<”Salvar a la patria”>> y que siempre lo hacen cuando nadie les ha pedido ayuda, excepto la oligarquía, la aristocracia, la nobleza, la banca, los latifundistas, los del clero, la burguesía, y los ilusos que creen que ese ejército, subvencionado por la derecha (Banca Marx, III Reich, fascismo italiano y compañía) les van a resolver sus problemas de habitabilidad, sustento, sanidad, educación y progreso.  En definitiva ese ejército sublevado es lo que era,  como quedó demostrado.

PERIODO 1939 - 1947
Los peores años de la dictadura fueron los ocho siguientes al finalizar la “Contienda”. Llamarla guerra es un eufemismo macabro para darle justificación al genocidio que se realizó en nuestro país ya que para que haya una guerra tiene que haber una declaración formal de la misma. En la guerra son combatientes y, a menudo, civiles colaterales; en el genocidio, los civiles son seleccionados por su identidad e ideología. La represión fue brutal dentro y fuera de nuestras fronteras. Se hicieron purgas meticulosas de ciudadano en ciudadano, barrio por barrio, pueblo por pueblo, ciudad por ciudad. Nadie escapaba al control del régimen. Se estimulaba y premiaba a los ciudadanos que delataban a sus vecinos aunque fuera sin pruebas, ya se era culpable antes del juicio.  Juicios farsa sin garantías procesales ecuánimes y sin ni siquiera defensa. Había prisa por purgar y se hacían juicios sumarísimos de hasta 20 personas a la vez. Eso da una idea de qué tipo de justicia se impartía en aquellos años y siempre juzgados por la justicia militar. Ya saben el dicho <<La justica militar es a la justicia lo que la música militar es a la música”>>

Pero no hubo sólo cientos de miles de desaparecidos forzosos entre hombres y mujeres, también estaba la desaparición forzada infantil. Niños robados a sus padres y familias para reasignarlos a familias adeptas al régimen franquista. En esos “secuestros” tuvo mucho que ver la Sacrosanta Iglesia Católica que colaboró con el régimen franquista para salvar a esas “criaturitas” de caer en las garras del diabólico comunismo, y que dicha práctica trascendió hasta la década de los 70-80. Acuérdense del caso de Sor María. Y ya que hablamos de la curia católica alineada con el régimen, también habría que hablar del papel que jugó la Iglesia durante y después de la guerra. Los casos flagrantes de delación a ciudadanos trasgrediendo el secreto de confesión. El cobro de sustanciosas “Dádivas”, en metálico o en propiedades por emitir informes de buena conducta cristiana para exonerar a presos, incluso se daban casos de exigencia de “Favores de cama” a las mujeres e hijas de los encarcelados. Nunca existió en el bando vencedor el sentimiento de reconciliación, ese que ahora tanto reivindican: lo que se quería era una cruel venganza; y cuanto más larga, mejor.

Y los golpistas se hartaron de venganza hasta empalagarse. Tan es así que tras de la “Contienda”, que no guerra, extendieron sus tentáculos incluso más allá de nuestras fronteras. A los republicanos huidos se les persiguió incluso fuera de España. Tras cruzar la frontera de los pirineos, huyendo de la represión franquista, los putos “Gabachos” les hicieron un recibimiento hostil y recluyeron en campos de “refugiados” a más de 550 mil españoles en condiciones infrahumanas. Campos que no eran campos, sino arenales vallados con alambre de espino en playas batidas por el viento, las olas y la humedad. Argelès-sur-Mer, Saint-Cyprien, Le Barcarès, Gurs, etc. Sin el menor tipo de consideración y de auxilio por parte de las autoridades francesas y pasando hambre, frio, enfermedades, plagas, etc.  muchos murieron en aquellos campos, algunos tuvieron  posibilidades y emigraron a América, se calcula que unos 50 mil. Otros (300 mil) viendo la falta de colaboración y la mala disposición de los gabachos, decidieron regresar a España con las consecuencias que ello podía reportar. Imaginen en qué condiciones estaban para preferir enfrentarse a una larga condena e incluso a la muerte. Por último cerca de 200 mil optaron por quedarse y subsistir buscando labores y trabajos en régimen de semiesclavitud, trabajando por poco más que el cobijo y la comida. Francia, la tierra de la “Grandeur” que se envanecía de ser la cuna de la <<”Liberté, Égalité, Fraternité”>>  no era más que un espejismo, un trampantojo, un bluf. Al final no eran mejores que los franquistas. Eran xenófobos, clasistas, ecpáticos e insolidarios. Pero no estaban lejos de sentir en sus propias carnes lo mismo que les pasó a los refugiados españoles.

Si para franceses las cosas se pusieron mal, imaginen como se pusieron para los españoles que se quedaron en el país galo. Seis meses después, el 1 de septiembre de 1939, al amigo austriaco de Franco, aquel del bigotito ridículo, le da por invadir Polonia y el 10 de mayo de 1940 los nazis atacan a Francia. En poco más de un mes, el 14 de junio, entran en Paris sin pegar un tiro.  El 22 de ese mismo mes firman el armisticio y se crea el conocido como “Gobierno de Vichy”, (Pronazi) a cuyo frente estaba el colaboracionista Mariscal Philippe Pétain ¿A dónde fue la “Grandeur française”, ese “Chauvinisme” tan francés? Con ese gobierno “Títere” a los españoles se les puso el tema “Muy crudo”. Los campos de refugiados pasaron a ser campos de concentración. El trabajo en semiesclavitud se convirtió en trabajo forzado, es decir en esclavitud a secas. 

Pétain mandó a Madrid, al palacio del Pardo, la lista de republicanos en sus campos de concentración con objeto de que Franco extraditara a aquellos españoles retenidos. Franco hizo una lista con los que le interesó y del resto, la inmensa mayoría, dijo <<”Estos no son españoles, hagan con ellos lo que quieran”>> Así que el gabacho colaboracionista se los entregó al “amiguito” de Franco, ya saben, aquel del bigotito ridículo, y este los terminó llevando al campo de concentración austriaco de Mauthausen-Gusen. Los nazis les pusieron en el uniforme de preso un triangulo invertido azul que significaba “Apátrida” con una ese mayúscula en el centro que significaba en alemán (Spanier). Allí fueron 7.533 españoles de los cuales sobrevivieron aproximadamente 2.000. También hubo españoles en otros campos de concentración como Dachau, Buchenwald, Ravensbrück (mujeres) y Sachsenhausen,  todos ellos en Alemania. 

Al resto se les dieron dos alternativas. Unirse a las Compañías de Trabajadores Extranjeros (CTE) o enrolarse en el ejército o en la Legión Extranjera Francesa. Algunos escaparon y se unieron a la resistencia francesa en la lucha contra los nazis. Cuando acabó la II Guerra Mundial en el 45 muchos españoles en el exilió habían pasado 9 años de calamidad en calamidad. No fue mejor el destino de los que no pudieron huir o que se quedaron. El régimen franquista estigmatizó a cualquiera que tuviera la más mínima relación con “Los rojos”. Esposas, hijos, padres, hermanos, y demás familia serían señalados y marginados de aquella sociedad nacional-catolicista en donde no se les daba tregua, ni cobijo, ni perdón. Una sociedad fanatizada y sometida por la superstición religiosa y el miedo a un régimen represor, asesino y vengativo.

Continuará... LA GUERRA ESA, QUE DICEN, QUE PERDIMOS TODOS 3ª parte En el 47 se cerró el último campo de concentración en Miranda de Ebro. Por un lado la Europa libre miraba de reojo lo que estaba pasando en España. Churchill criticaba con la boca pequeña a la dictadura española pero no veía con malos ojos que hubiera un régimen fascista. Eso era mejor a tener un sistema social-comunista en forma de república en la otra punta de Europa más allá del telón de acero. Por eso no apoyaron a la oposición antifranquista porque mayoritariamente era el Partido Comunista el mejor organizado y el único que mantenía una estructura capaz de iniciar una contraofensiva contra el franquismo como ocurrió en la invasión del valle de Arán en octubre del 44. Sin ningún apoyo por parte de los aliados, principalmente Francia (de nuevo abandonados por los gabachos) y Reino Unido aquella aventura duró escasamente una semana. Tampoco Moscú le puso muchas ganas a aquella especie de reconquista contra la dictadura. Y, de nuevo, los españoles, tanto los exiliados y represaliados quedamos compuestos y sin novia. Nos quedaban 40 años de represión, de totalitarismo, de injusticias, de miedo, de prepotencia y de ninguneo. PERIODO 1947 – 1975 Esos 28 años fueron la época más gris y anodina de la sociedad española. El pueblo no opinaba, o mejor dicho, no se le consultaba. En 1953 se instala la base Morón de la Frontera en la provincia de Sevilla; un acuerdo con los Yankees que se extiende 2 años después a la base de Rota en la provincia de Cádiz. Torrejón de Ardoz en Madrid y la base de Zaragoza. ¿Qué obtenía España de todo este despliegue militar? España obtenía ayuda económica y fin del aislamiento. El presidente Eisenhower de la “Democracia por antonomasia”, los EE. UU, blanqueaba la dictadura franquista con su visita a España en 1959. Los yankees tenían lo que querían y el régimen franquista recibía un espaldarazo importante a nivel internacional ¿Y qué pasaba con los españoles de a pie? Depende de en qué lado estuvieras. Los adeptos al régimen tenían buenos empleos, bien fuera en la administración o en empresas cercanas al poder. La masa “amorfa”, sumisa y obediente, cumplía con su labor de trabajar de sol a sol para “levantar” España y los domingos a santificar las fiestas y a dar hijos a la patria. Pero los disidentes, fichados y permanentemente vigilados, obtenían los peores trabajos, los más duros y menos remunerados. Cuando se acercaban efemérides como el 1º de mayo, el 14 de abril o se preparaba alguna huelga (Prohibidas) eran detenidos en previsión de altercados. Y según el humor con el que estuviera el “Gris” de turno, salían de la comisaría con algún ojo a la “funerala” o alguna costilla fisurada. El único quebradero de cabeza que tuvo el régimen fue la banda terrorista ETA que comenzó su andadura en 1959. La vida fue fluyendo. Llegó el tiempo de la emigración. Aquí sólo tenían trabajo bien remunerado los acólitos al régimen. El resto subsistía con interminables horas extras, otros trabajos adicionales, o chapuzas en fin de semana. Se vivía para trabajar. Se vivía de alquiler, a veces había familias que vivían alquilados en un cuarto y tenían derecho a cocina. Comprar un piso era el principal cometido de la familia y al que dedicaban una parte importante de sus escasos recursos. Las jornadas semanales eran de lunes a sábado y el domingo se libraba. Después llegó el sábado inglés, es decir solo por la mañana. No hubo vacaciones hasta muy entrados los 60-70. Tener una nevera, una lavadora o una televisión era un lujo que no todos podían permitirse y no hablemos de tener un utilitario. Así que más de dos millones de españolitos cruzaron la frontera y se fueron a buscase la vida a otros países. Vuelta a la vida de privaciones para poder mandar todo el dinero posible a la familia. Ese fue el gran motor de desarrollo en la España de los 60-70. Aquellas remesas de dinero hicieron que la economía fluyera y el consumo aumentara. El esfuerzo abnegado de aquellos emigrantes dio un serio espaldarazo al país, sin él hubiéramos tardado décadas en salir de aquella anodina vida se subsistencia monótona y entristecida. Los del régimen vivían en la arcadia feliz y ellos nunca quisieron que aquello cambiara ¿Para qué? Si para ellos todo funcionaba a las mil maravillas. ¿Con Franco se vivía mejor? Quien afirma semejante estupidez, o es un imbécil integral o era un “Estómago agradecido”. Cuando la flebitis se llevo por delante a “Patascortas” en 1975, todos pensamos que tocaba coger el tren de la libertad, que aquella pesadilla se había acabado y que la democracia en toda su plenitud formaría parte de nuestras vidas. El anhelo de todo eso durante 40 años nos había vuelto unos ilusos, unos crédulos. Nada más lejos de la realidad. Éramos como náufragos sumergidos mucho tiempo y que necesitaban desesperadamente una bocanada de aire, y cuando llegamos a la superficie el aire estaba lleno de humo. Había que tomar una decisión: ahogarnos en el agua o respirar aquel humo que nos haría toser y respirar con mucha dificultad. Es obvio que por supervivencia preferimos tragarnos el humo, pero con la esperanza de que con el tiempo se disiparía. A día de hoy 16/02/2026 el aire sigue contaminado, no tanto como entonces, pero sigue corrompido, todavía apesta a franquismo. LA GUERRA QUE SUFRIMOS TODOS Quizá la fase que mejor define lo que paso sea esta. Y no la dijo Pérez-Reverte, sino David Uclés. La mal llamada guerra la perdieron todos aquellos que defendían la legalidad y que se enfrentaron a los militares golpistas. Militares que habían jurado por su honor servir fielmente a la II República. Entre ellos el propio Franco. Dar un golpe de Estado es el delito más grave que puede cometer un militar: traicionar la patria a la que ha jurado lealtad, renunciando así al honor como valor moral. Por tanto, además de golpistas, fueron unos traidores y de paso afloró su verdadera personalidad de sádicos y vengativos asesinos, empezando por Franco y siguiendo por Mola, Queipo de Llano, Yagüe, Dávila, Varela, y otros más. Según el catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Castilla-La Mancha, Miguel Ángel Rodríguez Arias, <<” España es la única democracia que no ha realizado ninguna investigación sobre el terrorismo de Estado una vez acabada la dictadura”>> y así nos va. La clave es la represión brutal tras la contienda. Entre 1939 y 1946 al menos hubo 50 mil ejecuciones documentadas. A eso añádanle cerca de 30 mil niños robados. Los desaparecidos se estiman en entre 114 y 130 mil y todavía hay un gran número de fosas comunes sin exhumar. Hasta la primera ley de memoria histórica nadie se preocupo por ellas. Al régimen no le interesaba que se hablara de aquello. Se puso todo el esmero en ocultarlo. Era un tema tabú. Con seguridad sabían que aquello podría tener consecuencias graves pues se habían realizado entre 1945-46 en Núremberg los juicios contra las elites nazis y de los 23 acusados por crímenes contra la humanidad, todos fueron declarados culpables excepto uno. De ellos 13 fueron condenados a muerte, 3 a prisión perpetua, 3 se suicidaron antes, 2 fueron condenados a 20 años, uno a 10 años y otro ingresó en un manicomio de por vida. Visto aquello, el “cuñadísimo” de Franco, Serrano Suñer, se encargó personalmente de destruir todos los archivos referentes a todas las atrocidades que cometieron durante la contienda y en la larga posguerra. Algunas cosas se saben por archivos que se incautaron a los alemanes al final de la guerra. La conclusión es que ellos sabían perfectamente que habían cometido flagrantes delitos por eso no querían bajo ningún concepto abrir el baúl de los recuerdos y menos que se exhumaran fosas comunes que evidenciaran las atrocidades allí cometidas. “LA TRANSACCIÓN DEL 78” “Patascortas” ya se encargó de dejar a los suyos amparados bajo el paraguas de la “Transacción”. La jugada fue el “Enroque”. Mover al rey detrás de la torre fortificada. Es decir, el rey se protegía de un referéndum sobre el tipo de Estado y la torre fortificada (Por el ejército) protegía al rey de dicho referéndum. Nombrar a Suarez presidente de gobierno fue una estrategia urdida por el “Demérito” y el “Sanedrín” franquista que seguía en su puesto. Suarez provenía de la Falange Española de las JONS y era Ministro-Secretario general del Movimiento en el gobierno del “Orejas” Carlos Arias Navarro. Había que “Vestir la mona” para que no se le viera el rabo. Recuerden la confesión del ya difunto Adolfo Suarez en la entrevista con la periodista Victoria Prego en 1995 cuando reconoció que no se consultó sobre Monarquía o República porque sabían que iban a perder. Todavía hay por ahí seres unineuronales que afirman convencidos de que fue el “Demérito” quien “Trajo la democracia” ¡Joder, que país! No sólo no se realizó es plebiscito sobre Monarquita o República, sino que además, los “Padres putativos” de la Constitución, casi todos provenientes del régimen franquista, incluso con ministerios, en un alarde de cinismo absoluto y con mucho “recochineo” redactaron esto: Art1º-Apdo.2: "La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado" Un pueblo soberano amordazado y condenado al ostracismo político. Esto me recuerda la novela del excelente escritor Alejandro Dumas titulada ”El hombre de la máscara de hierro” y que fue llevada a la gran pantalla en 1998 con grandes actores, entre ellos DiCaprio, Malkovich, Irons, Depardieu, etc. Probablemente la hayan visto y algunos habrán leído la novela. Ya saben de qué va; de la apropiación de la corona por parte de un usurpador ilegítimo… a buen entendedor, pocas palabras bastan. Continuará...

lunes, 16 de octubre de 2023

El agosto en que Carmen Laforet cruzó el telón de acero

La escritora Carmen Laforet en 1944.
La autora de ‘Nada’ quiso conocer la Polonia comunista el verano de 1967 y viajó acompañada de su amiga íntima Linka Babecka, espía aliada, disidente antisoviética, musa literaria y periodista

Carmen Laforet iluminó con una novela sórdida y transgresora la escena literaria de los años cuarenta. Nada fue un fenómeno único: una mujer desconocida de solo 23 años escribía con línea clara una obra existencial que demolía los patrones femeninos, le concedían el Premio Nadal imponiéndose a un escritor que colaboraba con los nazis (el favorito, César González-Ruano) y lograba un éxito arrollador, casi un anticipo del modelo pop. Todo sucedía durante la instauración a plomo de una dictadura nacionalcatólica en plena posguerra española.

Laforet le dedicó Nada a Linka Babecka. Tiempo después, citando a D. H. Lawrence, escribió que si existiera “una amistad jurada más profunda, más fuerte, más indestructible que el amor y el matrimonio”, ella la había encontrado en Babecka. Para construir el personaje de Ena se había inspirado en ella. Era una figura novelesca, aunque no la que cuenta Laforet en Nada. Nacida en Varsovia en 1922, pertenecía a una familia aristocrática que había huido a comienzos de la Segunda Guerra Mundial de la doble invasión nazi y soviética de Polonia. Solía recordar cómo su madre en la fuga había abandonado una maleta en la vía pública para que subiera otra persona al coche. En el exilio español frecuentaba los círculos intelectuales y fue la propia Babecka quien presentó a Laforet a Manuel Cerezales, periodista y editor con olfato para reconocer el filón de la novela y recomendarle que la presentara a un premio que acababa de nacer en 1944, el Nadal. También trabajó para los aliados en tareas de inteligencia y cooperó en operaciones clandestinas de evacuación de soldados polacos. Su misión consistía en esconderlos en prostíbulos para homosexuales en el Barrio Chino de Barcelona.

“En muchas ocasiones le acompañaba Laforet”, dice la politóloga polaca Małgorzata Mizerska-Wrotkowska, que en un simposio sobre relaciones culturales entre España y el mundo comunista durante la Guerra Fría, organizado en Berna por la Sociedad Suiza de Musicología, arrojó luz sobre la amistad entre las dos mujeres. “Era un lugar apropiado para la clandestinidad por su mala reputación, pero poco seguro para ellas. Resulta curioso que Laforet omita siempre este episodio cuando cita sus años en Barcelona con Linka. Babecka fue arrestada y pasó un mes en una prisión de mujeres”

Acabada la guerra, Babecka se convierte en la voz polaca de las emisiones anticomunistas de RNE dirigidas a los países de la órbita soviética. También edita en español la revista Polonia hasta 1969 y abre la casa de modas Linkaya en la calle de Espartinas 4 de Madrid, punto de encuentro de la nobleza polaca en el exilio. La historiadora González Caizán, que la conoció, recuerda que, por su mordacidad, las autoridades polacas se referían a ella en sus órganos de propaganda como la “serpiente de Madrid”.

En agosto de 1967 Laforet y Babecka deciden cruzar el telón de acero. “¿Por qué no inventas un viaje a Polonia y vamos juntas”, propuso Linka. “Mi profesión es inventar”, respondió Carmen. El trayecto de la España franquista a la Polonia soviética no era fácil. Logró que la revista La actualidad española, donde firmaba una columna semanal, la enviase como reportera para escribir una serie de crónicas, publicadas entre noviembre y diciembre de 1967, y que la acompañara Babecka camuflada como intérprete. En Polonia la editorial que tradujo Nada en los sesenta, Iskry, ha publicado una edición crítica con las crónicas, Za żelazną kurtyną. Podróż do Polski w 1967 roku (Tras el telón de acero. Viaje a Polonia en el año 1967).

Viajan hasta París y se suben al expreso de Moscú que atravesaba Polonia. Fueron las únicas en apearse en Varsovia. Las recibe la traductora de Nada al polaco y familiares de Linka, que comprueba cómo el hogar de su infancia aún conserva las cicatrices de metralla de la guerra. Laforet puede cobrar sus derechos de autor y entrevista a los intelectuales orgánicos recomendados por la editorial Iskry; habla con poetas, antiguos terratenientes, taxistas; ve una sociedad sin clases y una Iglesia católica contestataria. Conocen Varsovia, Cracovia, Poznan, Wrocław, Gdansk, Gydnia, los Cárpatos, el mar Báltico.

¿Babecka no temía por su seguridad? “Sí, y su familia estaba preocupada, pero el deseo de regresar a su tierra natal era más fuerte. Para el régimen comunista era persona non grata, si bien entró en Polonia como Carolina Babecka Pons, una turista española que había obtenido un visado polaco en París, lo que probablemente relajó la vigilancia de los servicios secretos”, dice Mizerska-Wrotkowska. Y añade: “Ambas arriesgaron mucho, porque en 1967 Polonia y España no mantenían relaciones diplomáticas o consulares. Si algo sucedía, no tenían la oportunidad de refugiarse en la embajada o el consulado”.

Tras casi un mes de viaje, quisieron extender su visado, lo que disparó la tensión. Las convocaron a una entrevista envenenada con un oficial del Servicio de Seguridad, Babecka lo criticó en español ignorando que manejaba el idioma (había combatido en las Brigadas Internacionales) y, cuando lo descubrió, se asustó. El viaje acabaría poco después.

También hubo roces entre las amigas. La politóloga explica que para el lector polaco el relato de Laforet es superficial y demasiado halagador con el régimen comunista. “Una tiene la impresión de que ve aspectos muy positivos en el sistema, que Polonia le debe el progreso social y las mejoras de vida del campesinado. A Babecka no le debieron gustar sus opiniones. A lo largo de los años, en charlas con amigos, recordaría con frecuencia el viaje, pero siempre sin mencionar los reportajes de Laforet”, dice Mizerska-Wrotkowska, que apunta que la escritora se inventa en el texto algunos de los pareceres de su amiga. “Por ejemplo, cuando escribe: ‘Aunque Rusia, como Alemania, es un enemigo tradicional de Polonia, Linka parecía contenta de que la amistad polaco-soviética y el estado de subordinación fueran una protección para su país”.

Tras ganar el Nadal, “la chica rara”, como la llamaba Carmen Martín Gaite para ilustrar que los raros eran los demás, se casó con Cerezales, primer lector de Nada, y tuvieron cinco hijos. La historia que comenzó como un cuento de hadas moderno acabó como en la novela Yoga, de Carrère, y el acuerdo de divorcio del autor francés con su exesposa: Cerezales impuso como condición para separarse en 1970 que Laforet firmara ante notario que no podría escribir nada sobre sus 24 años de vida conyugal.

Laforet le dedicó a Babecka un clásico de la literatura en español del siglo XX. Luce en todas las traducciones salvo en la versión polaca, en la que se silenció el cariño para protegerla a ella y a su familia en Polonia. El comunismo se derrumbó, pero Linka Babecka aún sigue en la sombra en Nada.

https://elpais.com/cultura/2023-08-29/el-agosto-en-que-carmen-laforet-cruzo-el-telon-de-acero.html#:~:text=En%20agosto%20de%201967%20Laforet,Polonia%20sovi%C3%A9tica%20no%20era%20f%C3%A1cil.

viernes, 8 de febrero de 2019

Una ola de asesinatos vuelve a poner patas arriba el académico y cerrado Oxford. El escritor Guillermo Martínez retoma el escenario y los personajes de su novela más popular con ‘Los crímenes de Alicia’, una historia policiaca que se asoma al lado más oscuro de Lewis Carroll.

El escritor argentino Guillermo Martínez pasó dos años en la ciudad inglesa de Oxford (de 1993 a 1995) como estudioso de las matemáticas. De aquella experiencia nació Los crímenes de Oxford (2004), una novela policiaca que, traducida a 40 idiomas y llevada al cine por Álex de la Iglesia, es seguramente el título más popular de este autor, aunque haya destacado en otros ámbitos como el ensayo —con Borges y la matemática (2003), por ejemplo— y la narración con voluntad experimental —Yo también tuve una novia bisexual (2011)—.

Reproducción del manuscrito original de 'Alicia bajo tierra', precursor de 'Alicia en el País de las Maravillas', de Lewis Carroll.Ahora, acaba de ganar el último premio Nadal con Los crímenes de Alicia (Destino), una novela que recupera los personajes de aquel gran éxito, un estudiante y un profesor de Matemáticas que investigan, esta vez, una serie de asesinatos que parecen basarse en pasajes de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll.

Y retoma con ellos el escenario, conveniente porque continúa la trama de la primera entrega —la acción se produce un año después— y porque ese ambiente académico sigue siendo un lugar perfecto para una historia policiaca: “Es una comunidad muy cerrada. Y hay algo en Oxford, ya de por sí, que hace que todos se sientan parte de algo superior; hay un cierto sentido de superioridad y me parecía que eso contribuía a la arrogancia que tienen algunos personajes. No podía ser un intercambio internacional, tenía que ser algo restringido en el que yo pudiera reunir a todos en un cuarto de un college", explicaba Martínez este martes —el mismo día que salía la novela a la venta— en un encuentro con periodistas de varios medios en Madrid.

Además, se trata de la ciudad donde vivió toda su vida Lewis Carroll, autor, entre otros, de Alicia a través del espejo y en torno a cuya controvertida figura —sobre la que ha habido durante décadas una sombra por su posible pedofilia— gira la novela de Martínez. La historia arranca a partir de un hecho real, el descubrimiento por parte de una estudiosa de un documento que describe el contenido de una de las páginas arrancadas de los diarios de Carroll. A partir de ahí, el autor argentino imagina una trama sobre ese descubrimiento —que podría arrojar luz sobre la relación de Carroll con la niña que inspiró Alicia y su hermana mayor— y la serie de crímenes que se desencadena en el seno de una sociedad de estudiosos del clásico escritor británico.

“Es una novela que tiene dos enigmas: uno sobre cómo pensar en la época actual la figura de Lewis Carroll y el otro sobre quién está detrás de los crímenes”, explica Martínez. De ese modo, dentro de una trama que huye de tópicos fáciles, la obra reflexiona sobre los límites que impiden descifrar con ojos de hoy la verdadera naturaleza de la relación del autor con las niñas, si realmente se trataba de pedofilia y, en todo caso, si esta llegó a convertirse en pederastia. “La figura de Carroll tiene muchas aristas y yo quería que aparecieran todas a lo largo de la novela”, señala Martínez.

También explica que, como nunca pensó en escribir una novela policiaca, cuando lo hizo —fue Los crímenes de Oxford— decidió matar al personaje principal nada más empezar. Por eso, para continuarla ahora con Los crímenes de Alicia, la mejor opción que encontró fue situar la acción solo un año después de la de la primera, en 1994. Y todavía prevé escribir una más con los mismos personajes, adelanta.

https://elpais.com/cultura/2019/02/06/actualidad/1549484823_759276.html?rel=lom