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jueves, 19 de noviembre de 2020

Sean Connery, agente secreto de la clase obrera

Fuentes:Sin permiso


Hace varios años el Festival de Cine de Roma invitó a Sean Connery a un encuentro público y se proyectó para la ocasión uno de sus documentales, que no se había visto antes, me parece, en Italia: The Bowler and the Bunnet. Era un documental de 1967 sobre la crisis de los astilleros en Escocia y el intento de encontrar una buena solución en el conflicto entre los ejecutivos (“bowler hats” [“sombrero hongo”]) y los trabajadores (“the bunnet” [“bonete”], la típica gorra escocesa).

Y Sean, en ese raro papel de director de cine (con el que realizó solo una película más, sobre Edimburgo), narra la historia moviéndose por la ciudad y los astilleros, entremezclada con escenas en las que juega al fútbol con los trabajadores. No era esto simplemente una nota a pie de página, decía mucho de Sir Thomas (como su abuelo, de acuerdo con la tradición) Sean Connery.

Era hijo de Joe, trabajador católico y camionero, nieto de inmigrantes irlandeses en Escocia, y de Elfie, protestante escocesa y señora de la limpieza. Su segundo nombre no se convirtió en el primero por razones artísticas, sino (aparentemente) porque iba con un amigo irlandés llamado Seamus cuando era pequeño y todo el mundo le llamaba Sean. En casa había poco dinero y ya había nacido Neil, su hermano menor, de modo que Sean se puso a trabajar. Fue repartidor de leche, y décadas después dejó asombrado a un taxista de Edimburgo, pues se conocía los nombres de todas las calles. Cuando le preguntaron: “¿Cómo es posible?”, contestó que “de chico trabajé de repartidor de leche”. Le preguntó entonces el conductor: “¿Y a qué se dedica ahora?”, y siempre que repetía la historia, Sean añadía que “resultaba bastante difícil darle una respuesta”.

Después arrimaría el hombro en una carnicería y en una explotación de carbón. A la edad de trece años dejó el colegio y se puso a trabajar en una lechería. Pero era un joven inusual: descubrió la literatura por si mismo y, a la edad de dieciseis años, se alistó en los Cadetes Navales, sección juvenil de la Marina británica, y como aspirante a marino, se hizo un par de tatuajes: “Mum and Dad” y “Scotland forever.” Pero esa vida no era para él.

Tres años después, volvió a Edimburgo, dispuesto a trabajar en cualquier cosa, hasta puliendo ataúdes. “Era bastante bueno”, diría más tarde, y como albañil, socorrista, conductor de furgoneta y modelo de la Escuela de Artes de Edimburgo. Eso ya supuso un reconocimiento del hecho de que el joven poseía belleza física (el artista Richard De Marco le llamó “demasiado guapo, un Adonis”). En ese periodo se acercó al mundo del teatro. Anna Neagle, popular actriz de la época, mujer del director y productor Herbert Wilcox, le contrató.

Ya desde hacía algún tiempo, Sean había desarrollado otra rara pasión: el culturismo. Se entrenó duramente en el gimnasio, y marchó luego a Londres para el concurso de Mister Universo. Quedó entre los diez primeros concursantes de Europa. Tuvo también que dejar el fútbol, otra gran pasión que le había reportado satisfacciones y abierto ciertas perspectivas (Matt Busby, “manager” del Manchester United, le vio jugar y le ofreció un contrato). “Me di cuenta de que un futbolista de los mejores podia estar para el arrastre a la edad de treinta años, y yo ya tenía 23”, contó. “Decidí convertirme en actor y resultó ser una de mis jugadas más inteligentes”.

El rumbo de su carrera se vio marcado en sus inicios por el teatro, aunque se vio forzado a tomar clases de dicción, pues su acento escocés era abrumador (una costumbre que quiso mantener siempre fuera del plató y, sin embargo, “la única forma de saber quién soy y de dónde vengo”). Fueron también importantes las enseñanzas de la bailarina Yat Malmgren, que se convirtió en profesora después de un accidente, y que le formó para saber cómo dominar su cuerpo. Tuvo pequeños papeles y apariciones, luego cada vez más importantes, tanto en teatro como en cine y televisión.

Su gran golpe de suerte le llegó con Bond, James Bond. Fue en 1962, y una vez más fue una mujer la que salió en su favour. Albert Cubby Broccoli estaba a punto de crear la serie más perdurable del cine, la serie de 007. Su esposa Dana estaba persuadida de que tenía que ser Sean, mientras que Albert era mucho más escéptico. Ian Fleming, creador de Bond, no le veía tampoco en el papel, pero su novia sugirió que Sean tenía el atractivo sexual para el papel. Fleming cambió, así pues, de opinión, hasta el punto de inventarle un padre escocés a Bond en su novela You Only Live Twice [Sólo se vive dos veces]. El éxito fue resonante a escala global.

El resto podía haber sido historia, y a Connery siempre se le ha considerado el mejor Bond de la historia (lo interpretó siete veces); no obstante, no quiso verse encasillado. Por el contrario, en una entrevista reciente en el [dominical] The Observer, tuvo ocasión de declarar: “He odiado siempre al maldito James Bond. Me gustaría acabar con él”. No acabó con él, pero empezó a tantear aquí y allá, trabajando con Hitchcock, Lumet, Dmytryk, Ritt, antes de dejar a Bond y pasar a Boorman, Milius, Huston, Attenborough, Lester, Hyams, Gilliam, Brooks, Zinnemann, y a un regreso independiente al papel de Bond con Kershner en Never Say Never [Nunca digas nunca jamás].

El Highlander de Mulcahy fue otro momento memorable, seguido de The Name of the Rose [El nombre de la rosa], de Annaud (“Tuve el placer de conocer a Umberto Eco, un hombre fantástico, la persona más interesante que he conocido desde el punto de vista de la conversación”) y luego The Untouchables [Los intocables] de [Brian] De Palma, en el papel del magnífico gruñón Jimmy Malone, que le valió un Oscar. Poco después, Spielberg le requirió como padre de Indiana Jones (aunque era solo doce años mayor que Harrison Ford).

Lo que siguieron fueron otras películas importantes, y a menudo magníficas, pero parece justo recordarle por su penúltima aparición (la última, The League of Extraordinary Gentlemen [La liga de los hombres extraordinarios], se remonta a 2003 y le llevó a dejar el cine después de declarar que al director tendrían que “detenido por causa de locura”), a saber, Discovering Forrester [Descubriendo a Forrester], de Gus Van Sant, una película que le encantaba especialmente.

Se casó dos veces, primero con Diane Cilento (1962-1973), con la que tuvo a su hijo Jason, y luego con Micheline Roquebrune, que estuvo a su lado desde 1975. Orgulloso escocés y defensor de la independencia, Connery debería haber sido nombrado caballero en los años 90, pero su candidatura despertó oposición hasta el año 2000, cuando se convirtió por fin en Sir. En Tallinn, capital de Estonia, hay un busto de bronce de Sean justo enfrente del Club Escocés de Tallin, pues allí viven muchos emigrados escoceses.

Acaso fue Connery el único actor al que pudo verse en la gran pantalla en un tanga (Zardoz), un “kilt” (Robin and Marian [Robin y Marian]) y hasta de rey (Robin Hood), sin parecer nunca ridículo. Al fin y al cabo, uno de sus dichos favoritos era: “con lo que tengas, haz lo que puedas”, y Thomas Sean Connery fue con lo que tuvo que trabajar. Le echaremos a faltar.

Antonello Catacchio. Veterano crítico cinematográfico, periodista milanés del iario ‘il manifesto’ y la revista ‘Clak’, y colaborador de numerosos medios escritos, radiofónicos y televisivos, ha sido además uno de los impulsores de la Muestra de Cine Independiente USA creada en Milán en 1983.

Texto original: il manifesto global, 3 de noviembre de 2020

miércoles, 24 de enero de 2018

Un nuevo mundo para Smiley. El agente de John le Carré vuelve al corazón de la Guerra Fría bajo el escrutinio de colegas de una nueva generación.

Vuelve Georges Smiley, el agente secreto británico creado por John le Carré y protagonista de sus más célebres novelas como El topo o El honorable colegial. Planeta lleva a las librerías hoy El legado de los espías. No teníamos noticias suyas desde El peregrino secreto, libro de relatos publicado en 1990, el año de la reunificación alemana, pocos meses después de la caída del Muro de Berlín y de que concluyese esa Guerra Fría en la que había destacado, con sus trajes mal ajustados y su aspecto de sapo, como uno de los principales guerreros. Le habían invitado a dar una conferencia en el centro de entrenamiento y formación de agentes que el servicio secreto posee en Sarratt, unos 50 kilómetros al norte de Londres, y para sorpresa de sus más íntimos, que jamás le habían escuchado hablar en público, acostumbrados a su carácter retraído y a su inseguridad en el trato social, Smiley no solo aceptó sino que, enfundado en un smoking que no había lucido en años, habló durante horas para advertir a aquellos jóvenes destinados “a recoger la antorcha”, entre los que destacaban, por primera vez en la historia de la agencia, tres mujeres, de la responsabilidad que implica el trabajo como agente: “El fin puede justificar los medios; de no darlo por supuesto, imagino que no estarían ustedes aquí. Pero hay que pagar un precio, y el precio resulta ser uno mismo. A su edad, es fácil vender el alma. Después ya es más difícil”.

Por entonces, el único cargo de Smiley era el de presidente en un oscuro Comité de los Derechos de Pesca, tapadera que ocultaba un equipo de trabajo extraoficial compuesto por agentes del Centro de Moscú y del Circus de Londres, y cuya finalidad era facilitar la cooperación entre ambos servicios en el mundo posterior a la Guerra Fría. Curiosamente, no habían sido los ingleses sino los rusos quienes habían insistido en que Smiley aceptara ese cargo, deseosos de conocer al hombre que les había derrotado, organizando la deserción de Karla, el mayor agente soviético de la Guerra Fría. Para ello, Smiley tuvo que sobrevivir a una triple traició de la que salió, contra todo pronóstico, fortalecido y dirigiendo el servicio secreto británico. Fue precisamente en la operación que destruyó a Karla donde Smiley comenzó a labrar los cimientos de su leyenda en el mundo del espionaje.

Se encontraba ya plenamente retirado, instalado en un cottage sin teléfono cerca de Hartland Quay, al norte de las escolleras de Cornualles, (uno de los lugares favoritos no solo de Smiley sino de John Le Carré), donde dar largas caminatas ante las embravecidas corrientes que agitan el canal de Bristol, dedicado a criar abejas, o a estudiar a poetas menores en la Uuniversidad de Exeter o quizás en el mismo Oxford, donde se formó y fue reclutado para la inteligencia británica a finales de los años 30, por su propio preceptor, Jebedee, en un despacho del colegio universitario donde se había especializado en lenguas modernas. Y sin embargo algo nos hacía intuir que Smiley no podía estar totalmente desactivado. A pesar de su melancolía de amante despechado, de su querencia por la soledad y de la aversión que le provoca el esnobismo de los altos mandarines de la Administración, para este retoño desarraigado y desclasado de una familia sin lustre del sur de Inglaterra no hay otro lugar en el mundo que ese cuarto de las escobas de Whitehall que es el servicio secreto. Inevitablemente Smiley debía regresar a su cauce.

Y así lo confirma ahora Viking House, la editorial de John Le Carré. En su próxima novela A legacy of spies, cuya publicación en España está prevista este mes, regresa Smiley en una nueva aventura donde tendrá que hacer frente a su pasado y al escrutinio al que le someterá “una nueva generación de agentes sin memoria de la Guerra Fría y sin paciencia para sus justificaciones”. ¿Y quiénes son estos agentes? Posiblemente los mismos que atendieron la última aparición pública de Smiley en la biblioteca de Sarratt, decorada con los retratos amarillentos de los agentes desaparecidos; los mismos a los que advirtió que no saldrían incólumes manipulando a sus semejantes y atropellando sus sentimientos; los mismos a los que recomendó reducir el tamaño del Estado construido para derrotar a un enemigo que ya no existía y que ahora amenazaba las libertades de sus ciudadanos.

UN HOMBRE BUENO

Cómo verá Smiley este mundo donde los comunistas chinos se han convertido en los campeones del libre comercio y los multimillonarios neoyorquinos, del proteccionismo; donde los sucesores de Jefferson o Lincoln permiten la violación sistemática de la intimidad de sus ciudadanos o apoyan abiertamente la tortura; donde los antiguos agentes del KGB se han despojado de la máscara de la ideología, han cambiado sus despachos de la Lubyanka o Yasenovo por los salones del Kremlin y luchan descarnadamente por el poder a tiro limpio en los páramos de Siria y las estepas de Ucrania o a golpe de comisión en los centros de inversión de la City. Al contemplar este panorama nos damos cuenta de cuánto hemos echado de menos a Smiley estos años, con su sentido básico de la decencia, su noble patriotismo, su lealtad sin fisuras, y su condición de hombre, en el buen sentido de la palabra, bueno. En este preciso momento, resulta más valioso y pertinente que nunca.

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https://elpais.com/cultura/2018/01/08/actualidad/1515438284_361989.html