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jueves, 5 de febrero de 2026

_- Qué son las ingeniosas cajas de Ward y cómo transformaron la economía mundial


Una caja triangular de madera y vidrio, en este caso también con varas de metal, en medio de follaje



_- Sencillas pero eficaces: una caja de Ward de madera aquí entre un exuberante follaje

La historia de los descubrimientos científicos está repleta de creaciones que tomaron un rumbo diferente al previsto.

Y también, de pasiones inspiradoras.

La del inglés Nathaniel Bagshaw Ward nació en un viaje a Jamaica cuando tenía 13 años, donde quedó prendado de la exótica flora.

Ward no estaba solo en su fascinación: en el siglo XIX, Inglaterra vivía una auténtica fiebre botánica, donde aficionados y científicos competían por cultivar especies de los rincones más remotos del mundo.

Así que, aunque cuando creció se convirtió en médico, también estudió botánica y entomología.

A pesar de que logró formar una extensa colección de ejemplares, le decepcionó descubrir que muchas plantas, en particular los helechos y musgos, no prosperaban en su jardín en Londres.
 
Reino Unido estaba en plena Revolución Industrial, lo que significaba que su casa estaba "rodeada e impregnada del humo de numerosas fábricas", que asfixiaban a sus preciadas matas.

La solución se la dio, accidentalmente, un insecto.

Alrededor de 1829, intentaba criar una polilla esfinge a partir de una crisálida que había colocado sobre moho húmedo en un frasco sellado cuando se sorprendió al ver que había empezado a crecer un helecho.

Observó que el agua se evaporaba y se condensaba, antes de volver al moho, recreando aparentemente el ciclo básico de los sistemas climáticos terrestres.

¿Sería posible que ese microcosmos de vidrio era la manera perfecta de controlar la calidad del aire y la humedad, permitiendo que prosperaran especies que morían?

El invento de Ward fue simple: vidrio, madera, masilla, pintura... era básicamente un miniinvernadero sellado.

No fue una proeza tecnológica, pero sí el resultado de una mente inquisitiva: hasta entonces se creía que las plantas necesitaban el aire libre. Ward se preguntó si tal vez no lo requerían, subraya el periodista económico Tim Harford.

Retrato en sepia de Nathaniel Bagshaw Ward, sentado, leyendo una carta

Retrato en sepia de Nathaniel Bagshaw Ward, sentado, leyendo una carta

Fuente de la imagen,Getty Images


Pie de foto,
Nathaniel Bagshaw Ward, retratado en1868, nunca imaginó que su invento reconfiguraría la economía.

Sus primeros intentos de cultivar sus preciados helechos en ese pequeño ecosistema sellado prosperaron.

Entusiasmado, pensó que quizás había resuelto un problema que aquejaba a los cazadores de plantas: cómo mantenerlas vivas durante un largo viaje marítimo.

Si las ponían bajo cubierta, sufrían de falta de luz. Si las ponían sobre cubierta, el rocío salado resultaba letal.

Para probarlas, Ward envío dos de sus cajas de plantas a Australia.

Varios meses después llegó una carta del capitán del barco ofreciéndole "cálidas felicitaciones": la mayoría de los helechos estaban "vivos y vigorosos" y los pastos "estaban intentando empujar la parte superior de la caja".

El barco regresó con las cajas de Ward repletas de plantas australianas, también en perfecto estado.

Ward publicó un libro sobre su invento, y soñó con que tendría efectos de gran alcance. Tenía razón, pero no de la forma que esperaba.

Previó que los amantes de las plantas podrían tener selvas tropicales en miniatura en sus casas, y acertó: incluso recientemente los terrarios -cuya raíz está en las cajas de Ward-, se volvieron a poner de moda impulsados por las redes sociales.

Pero además, como médico, imaginó grandes invernaderos sellados en los que la gente podría convalecer del sarampión o la tuberculosis, sin tener que respirar el aire contaminado de las ciudades.

Lo que no anticipó fue que sus cajas estaban a punto de transformar la agricultura, la política y el comercio mundiales.

Sin permiso y con intención

Gracias a las cajas de Ward, el proceso de transporte de plantas de ultramar venía viento en popa.

En 1833, George Loddiges, un importador comercial, utilizó el método de Ward y dijo que "mientras que con el método que utilizaba antes perdía 19 de cada 20 de las plantas que hacían el viaje, 19 de cada 20 son ahora el promedio de las que sobreviven".

Naturalmente, el método se popularizó.

Pero fueron mentes más estratégicas que las de su creador las que reconocieron inmediatamente el potencial de las cajas de Ward para reconfigurar la economía a favor de los imperios dominantes en esa época...

... Empezando por aquel cuya capital estaba en la ciudad en la que Ward había ingeniado sus cajas: Londres.

Pintura de una pareja mirando una caja de Ward en la exposición entre vegetación.

Pintura de una pareja mirando una caja de Ward en la exposición entre vegetación.

Fuente de la imagen,Getty Images


Pie de foto,
Las cajas de Ward fueron expuestas en la Gran Exposición de los Trabajos de la Industria de todas las Naciones de 1851 en Londres. 

Ward había publicado su libro en 1847, pocos años después de que Reino Unido ganara la Primera Guerra del Opio.

Cuando los chinos decidieron dejar de aceptar opio cultivado en India a cambio de su té, los británicos enviaron cañoneras para hacerles cambiar de opinión.

No era sólo porque les gustaba la bebida; los impuestos sobre el té representaban casi una décima parte de los ingresos del gobierno británico en aquel entonces.

Pero la poderosa Compañía Británica de las Indias Orientales, que prácticamente gobernaba el subcontinente indio en nombre de Reino Unido, decidió que necesitaba una estrategia alternativa: cultivar más té en India.

Eso significaba que era necesario sacar de contrabando plantas de té de China. Y había un hombre ideal para esa tarea: el botánico y buscador de plantas Robert Fortune.

Ya lo había intentado infructuosamente pero en su primera expedición había aprendido que si se afeitaba la cabeza, usaba peluca y ropa china, podía pasar prácticamente desapercibido.

Disfrazado, logró enviar en secreto "cajas vidriadas con plantas vivas a Inglaterra", entre 1848 y 1851, según contó en sus memorias.

Y con ellas, se establecieron importantes plantaciones de té en las regiones indias de Assam y Darjeeling, rompiendo así el monopolio chino sobre el mercado del té.

Algo quizás igual de impactante ocurrió 25 años más tarde.

Ante la subida de los precios del caucho, el Ministerio de Asuntos Exteriores británico envió al botánico aficionado y emprendedor Henry Wickham al Amazonas para conseguir semillas de Hevea brasiliensis.

En 1876, envió unas 70.000 en cajas de Ward, que germinaron en Kew Gardens y las plántulas se enviaron al sudeste de Asia.

Brasil no pudo competir con las plantaciones coloniales y finalmente perdió su dominio en el comercio del caucho, al tiempo que este se convirtió en una de las industrias más rentables del Imperio británico.

Estos son dos grandes ejemplos, pero de ninguna manera no los únicos.

Chocolate con vainilla

No fueron sólo los británicos los que se beneficiaron de las cajas de Ward en su afán por dominar el mundo.

De hecho, fue otro de los grandes imperios coloniales europeos el que primero en lograr llevarse de Los Andes una de las plantas más cruciales para tal empresa: la Cinchona officinalis.

De su corteza se obtenía quinina, la poción milagrosa descubierta por los indígenas andinos, que, además de otras cosas, protegía contra la malaria, una amenaza mortal para los europeos que se aventuraban a explorar regiones tropicales, y que paradójicamente ellos habían introducido en América.

Dibujo botánico de la planta cinchona


Dibujo botánico de la planta cinchona

Fuente de la imagen,Getty Images



Pie de foto,

Cinchona, el remedio de Sudamérica para la enfermedad que los europeos importaron al continente.

Justus Karl Hasskarl, un botánico alemán al servicio del Imperio neerlandés, fue el primero en trasladar con éxito plántulas de los Andes a la isla indonesia de Java en cajas de Ward (1854–1856).

Hacia finales del siglo XIX, esa colonia de los Países Bajos producía cerca del 90% de la quinina mundial, haciendo posibles las campañas coloniales y la expansión europea sin la mortalidad que antes las había acompañado.

Mientras la quinina abría el mundo tropical a los europeos, otra planta de valor incalculable estaba dando pasos decisivos hacia la globalización: el cacao.

Originario de la cuenca amazónica, durante siglos solo se cultivó de manera significativa en Venezuela y Ecuador.

Su fruto era deseado por aristócratas y comerciantes europeos, y los chocolates de lujo eran considerados casi un manjar divino: como comentan Sophie y Michael Coe en "La verdadera historia del chocolate", los nobles europeos del siglo XVIII hablaban de él como "el néctar de los dioses".

La introducción del cacao en África Occidental a finales del siglo XIX comenzó de manera más sencilla, sin necesidad de cajas de Ward: transportando vainas frescas y semillas viables, las primeras plantaciones prosperaron en Costa de Oro y Ghana.

Pero cuando el cacao debió viajar intercontinentalmente, hacia Asia, las islas del Índico o los jardines botánicos europeos, las cajas de Ward fueron decisivas: permitieron que las delicadas plántulas sobrevivieran meses de viaje desde América hasta Ceilán, Java o Reunión.

El resultado fue un cambio radical en la economía global: África Occidental pasó de producir nada a dominar casi la totalidad del cacao mundial a comienzos del siglo XX, mientras Ceilán y Java se convirtieron en exportadores importantes.

La fruta que había sido exclusiva de América pasó a formar la columna vertebral de imperios coloniales y redes comerciales transoceánicas ("Science and Colonial Expansion", de Lucile Brockway; "An Empire of Plants", de Toby y Will Musgrave).

Dibujos botánicos de la vainilla y el cacao

Dibujos botánicos de la vainilla y el cacao

Fuente de la imagen,Getty Images


Pie de foto,

La vainilla y el cacao... dos exquisiteces latinoamericanas adoradas por los europeos.

Y si el cacao llevó el lujo del chocolate a nuevas latitudes, la vainilla lo hizo aún más exquisitamente.

Los europeos la codiciaban como un artículo de lujo: aromatizaba pasteles, confites y bebidas, y se la consideraba un símbolo de opulencia y refinamiento.

La orquídea Vanilla planifolia crecía silvestre en los bosques húmedos tropicales de México, Centroamérica y norte de Sudamérica.

Estudios históricos y etnográficos que señalan que los Totonacas de Veracruz (región conocida como Totonacapan) fueron unos de los primeros en domesticarla.

Lo cierto es que durante siglos, México tuvo un monopolio global de producción de vainilla, en parte porque era extremadamente delicada, y su flor solo fructificaba en presencia de su polinizador natural, la abeja melipona.

No obstante, los franceses, valiéndose de cajas de Ward trasladaron esquejes desde México hasta Reunión, Mauricio y Madagascar.

Pero persistía el problema de la polinización, y la clave no vino de botánicos ilustrados, sino de un muchacho esclavizado de 12 años de edad llamado Edmond Albius.

En 1841 descubrió en la isla de Reunión -un pequeño territorio francés en el Índico- un método sencillo y rápido para hacerlo a mano.

Su habilidad permitió que la flor fructificara lejos de su país natal y, en pocos años, Madagascar -no México- se convirtió en el mayor productor mundial.

La vainilla de Madagascar se convirtió en "el oro aromático del océano Índico", apunta Tim Ecott en su libro "Vainilla, en busca de la orquídea silvestre"; la nación insular africana sigue aportando entre el 60% y el 80% de la producción global hasta el día de hoy.

Estos, por supuesto, son apenas unos ejemplos: desde hermosas orquídeas, fucsias y rosas, hasta deliciosos mangos y exóticas palmas navegaron por los mares cual tesoros protegidos de todo mal en esas sencillas cajas de cristal y madera.

Como resumió el historiador Luke Keogh, autor del libro The Wardian Case, "esta invención impulsó una revolución en el movimiento de plantas … y las repercusiones de esa revolución aún nos acompañan hoy".

Lo que empezó como un experimento ingenioso de un amante de la flora, terminó siendo una palanca que transformó mercados, paisajes, y dejó una huella indeleble en la geografía botánica y agrícola mundial. 


viernes, 22 de marzo de 2024

Tiene 93 años y me enseña sobre las posibilidades de la vida.

Hablar con los ancianos como si fueran niños es una interacción falsa, tediosa y estúpida.

Cuando me resistí a hacerlo con mi abuela nuestra relación dio un giro feliz hacia conversaciones inesperadas.

An illustration of a woman and man sitting together on a rainbow with the words "Just Try" and "Oui" and "Haha" around them - and Christmas trees.
Credit...Brian Rea

Despierta tras una siesta en su sillón favorito, mi abuela se pasó los dedos por el cabello ondulado y blanco, miró por la ventana hacia el Canal de la Mancha y me preguntó qué pediría si tuviera solo un deseo.

Me lo pregunta a menudo, y yo siempre respondo lo mismo porque eso la hace feliz: “Que vuelva mi abuelo”, lo que suele hacer que lo recuerde. Pero aquel día, hace unos meses, sacudió la cabeza y suspiró: “Richard, tuvimos ya esos momentos. Muy buenos momentos. Pero mejor pide un deseo para ti, cariño”.

Ojalá hubiera sabido que podíamos ser así desde antes.

Durante décadas tuve el mismo tipo de abuela que tiene mucha gente: una que te envía una tarjeta de cumpleaños con dinero por correo; una que te llama por teléfono en Navidad; una agradable rutina educada y practicada que llegó a ser parecida a la manera en que la gente dice “salud” después de un estornudo.

Entonces, hace una década, empezó a perder su audición de manera precipitada. Las llamadas telefónicas se hicieron más difíciles. Y me di cuenta de que si le preguntaba qué había almorzado, podía decir: “Ah, hoy el clima ha estado estupendo”. Estaba tan acostumbrada a las mismas preguntas de la familia que parecía reciclar el mismo puñado de respuestas.

Nuestro tiempo juntos disminuía. Ella estaba disminuida.

A esto se le llama grayspeak, “lenguaje gris” o “lenguaje de ancianos”, un cambio en el modo de dirigirnos a los mayores que los trata menos como sabios y más como niños pequeños o mascotas. Decimos cosas como: “Hoy llovió. ¿Viste que llovió?”, y “¿Te gustó la cena?”.

Es un tipo de interacción falsa, tediosa y estúpida, así que luché contra eso. Empecé a visitarla más, en persona, a pesar de que ella vivía en Dover, Inglaterra, y yo en Nueva York.

Durante mis visitas, empecé a lanzarle preguntas más complicadas: ¿Qué hiciste con tu primer sueldo? ¿En qué pensabas cuando te escondías en cuevas durante la guerra? ¿Cuál fue el mejor invento de tu época?

Sus respuestas: comprar electricidad para la casa de sus padres para no tener que raspar la cera de las velas de las escaleras. Comer naranjas. El agua corriente (seguido de cerca por el microondas). Más que respuestas, fueron trampolines para conversaciones inesperadas.

La profundización de nuestra relación ha sido algo así como un feliz accidente. Mucha gente llega a conocer a sus padres como personas reales más tarde en la vida, pero yo, como hombre homosexual distanciado de sus padres, redirigí esa energía hacia mi abuela.

Mi abuela no es solo vieja. Sobrevivió a un secuestro en Irlanda. Durante la guerra se quedó sin hogar en tres oportunidades después de sobrevivir a bombardeos, viviendo en el frente de batalla junto a los acantilados blancos de Dover. Conoció a la reina Isabel II cuando aún era princesa. A los 20 años, mi abuela atravesó la nieve para dar a luz a sus primeros hijos, gemelos, el día de Navidad. Ahora está ciega y artrítica, pero sigue tejiendo mantas para los bebés prematuros del hospital local. Incluso con 93 años, compra libros para seguir aprendiendo francés.

En nuestra nueva cercanía, también se volvió mucho más graciosa. Mirando el montón de virutas de chocolate que había en el fondo de su café, le dije: “¿Qué pasa? Creía que no tomabas azúcar”.

“El chocolate no es azúcar, querido”, me dijo. “Es sabor”.

Tras recuperarse de una operación de urgencia a principios de año, me dijo: “¡Nunca he sido tan perezosa!”.

“No eres perezosa”, le dije. “Te estás recuperando”.

“Tú eres el experto”, dijo. “¿Cómo es?”

“¿Cómo es qué?”

“La pereza, querido”, dijo. “Tienes más experiencia que yo”.

“¡Volé para llegar aquí!”.

“¿Fuiste tú quien pilotó el avión?”, dijo con una sonrisa pícara.

Un día, después de prepararnos un café, le pregunté: “¿Cuál es el secreto para alcanzar el éxito con 90 años?”.

“Solo tienes que intentarlo, querido. Mucha gente es vieja a los 60 años. Solo quieren estar sentados todo el día. No llegarás a los 90 así. Tienes que intentarlo”.

“¿Intentar qué?”.

“Intenta caminar”, dijo. “Intenta hacer jardinería. Intenta cocinar. Intentarlo no requiere mucho esfuerzo. Solo prueba un poco. Como con este café que nos has preparado. Sé que te esforzaste”.

En otra ocasión vimos cuatro codiciados pastelitos de manzana en el supermercado después de días de estar agotados. Compré dos. Ella me dijo que comprara los cuatro. Cuando le dije que dejáramos los otros dos para otras personas, me contestó: “Dos son para nosotros ahora. Y los otros dos son para nosotros mañana, sin importar quienes seamos”.

Estar con ella es ridículamente divertido. He conocido a sus amigos, y ella ha conocido a mi persona especial (“¡Has elegido alguien más joven!”, dijo de él, que tiene 50 años y yo 44. “¿No es guapo? Es guapo, ¿verdad?”, le pregunté. “¡Sí, mucho más que tú!”, dijo riendo).

Bailamos un vals con la voz de Vera Lynn, construimos casitas de jengibre, nos pusimos máscaras coreanas. Me mira hacer arduos rompecabezas y luego, tras colocar la última pieza, celebra cómo lo “hemos” completado. Le compré una blusa cubierta de pájaros en una tienda de caridad y ella me compró un mameluco de osos.

Cuando era niño —con 5 años quizás, lo bastante pequeño para que mis hermanos y yo durmiéramos como sardinas en la misma cama—, asomaba la cabeza a la hora de dormir y preguntaba si alguien necesitaba ir al baño. Esa era mi señal para anunciarle que tenía que hacer una gran caca. Entonces me escabullía escaleras abajo con ella y veíamos El show de magia de Paul Daniels.

Puede que ella supiera que yo era gay antes de que se lo contara, pero ella quería que yo creyera en las maravillas y la magia. Si la sabiduría es conocimiento además de tiempo, ella encarna la siguiente evolución de la sabiduría: la amabilidad.

“La edad”, me dijo una vez, “no es más que otra molestia que intenta convencerte de lo imposible en un mundo absolutamente lleno de posibilidades”.

A sus 60 años, escaló el Snowden, el pico más alto del Reino Unido. A los 70, sobrevivió a la muerte de su única hija. A los 80, perdió al marido que tuvo durante 67 años, mi abuelo. Este año tuvo que ser operada de urgencia y los médicos le preguntaron si podían escribir sobre ella en una revista médica porque su enfermedad era muy rara. Incluso sus enfermedades son excepcionales.

Su sentido de la posibilidad ha sido revolucionario para mí. He encontrado amigos, grandes e íntimos amigos, en lugares inesperados: cenas de cuatro horas con mis antiguos profesores; un recorrido por los escaparates de Manhattan con la madre de mi amiga que se quedó sola en Acción de Gracias; mensajes de texto con efectos especiales con mi sobrino de 11 años.

Puede que sea cierto que el mundo está lleno de posibilidades, pero incluso las posibilidades tienen límites. Dentro de poco tendré que adaptarme a tener el mismo tipo de abuela que muchas otras personas tienen: una abuela que se ha ido.

Estaré destrozado. Pero no lloraré por la falta de tarjetas de cumpleaños en mi futuro. Lloraré por la apertura, la plenitud y la totalidad. Mi vida se sentirá tan cerrada, vacía y parcial. Pero incluso en esos momentos prevalece su sabiduría, que consiste en ser “misi”, porque “decir ‘miserable’ es demasiado miserable”.

Lo mejor de rechazar el lenguaje gris y abrir el arcoíris de percepciones que le sigue es que ahora sé —con certeza, orgullo y todo mi corazón— que ella no se parece a nadie. Espero que, si llego a su edad, pueda contemplar una colina lejana —un sorprendente fuerte napoleónico— y escalarla (ella tenía 85 años entonces). O disfrutar la novedad de su primera malteada (a los 87). A sus 90 años, tiene la costumbre de guardar un cajón lleno de barras de chocolate en el congelador. Cuando le pregunté por qué, respondió encogiéndose de hombros: “Saben mejor frías, querido”.

Cuando ambos terminamos vestidos de forma parecida y discutíamos que me había copiado la ropa, la acusé también de robar corazones. “La amabilidad gana corazones, Richard. No me molesto en robar”. Después de un sermón sobre lo increíble que es el pan, le pregunté cuál era su comida favorita, y su respuesta fue rápida: “La mantequilla. Por eso te dan pan primero”.

No hace mucho, cuando encontró una camiseta de cachemira color rosa chicle por una libra en una tienda de caridad, dijo que quería que la enterraran con ella. Cuando me mostré sorprendido, me dijo: “Ah, no debí decir eso. Me van a incinerar. No me van a enterrar. Qué pena quemar ropa tan bonita”.

De una relación de educada previsibilidad, hemos pasado a un vínculo profundamente afectuoso en el que ninguno de los dos sabe lo que vendrá después, excepto lo que sabemos que viene después para todos.

Lo primero, sin embargo, ha sido pasar esta Navidad juntos. No hay tarjeta ni llamada que valga. Somos el mejor regalo el uno para el otro.

Richard Morgan es escritor independiente en la ciudad de Nueva York y autor de Born in Bedlam, un libro de memorias.

miércoles, 8 de abril de 2020

_- CINCO BIZCOCHOS PARA EL CONFINAMIENTO

_- Clásico, de chocolate, vegano, marmolado... Si a ti también te ha entrado la fiebre pastelera y el horno te pide más variedad, te proponemos cinco bizcochos y muchas ideas para convertirlos en tartas y pasteles.

JULIA LAICH 05/04/2020 -

Parece que estos días han sacado el pastelero que muchos llevan en su interior. La cocina en general nos distrae, aunque sea por un rato, de todo lo que sucede allá afuera. Pero la pastelería tiene algo especial, quizás porque es algo que no hacemos todos los días, porque evidentemente tenemos más tiempo, porque los dulces de cierta forma nos reconfortan o porque el aroma a bizcocho recién horneado siempre es bienvenido.

De eso hablaremos hoy precisamente: de bizcochos. Si bien tienen su parte de ciencia -que ya explicó perfectamente Miriam García en este artículo- también pueden ser sencillos de preparar si cuentas con la receta adecuada (y la sigues). Para facilitarte la tarea de dar con esa receta en cuestión, a continuación te dejamos cinco diferentes: la de un bizcocho clásico, la de uno de chocolate, de uno vegano, de uno sin azúcar y de uno marmolado. Para preparar todos ellos necesitarás, por lo menos, un bol, una batidora (si es eléctrica, perfecto, y si no con un batidor de varillas y a sacar músculo) y un molde. Este puede ser alargado, redondo o en forma de corona, pero recuerda que el tamaño influirá en el tiempo de cocción. En cada receta encontrarás el tamaño del molde utilizado para que lo tengas como referencia.

CLÁSICO
Este bizcocho no tiene más complejidad que darle a la mantequilla el batido que necesita junto al azúcar. Puedes modificarlo añadiendo chips de chocolate, frutos secos o fruta fresca picada a la mezcla en último momento. Si vas a agregarle alguno de estos no te pases en cantidad o costará que el bizcocho suba en el horno.

Ingredientes
(Para un molde rectangular de 25 x 10 cm)
200 g de mantequilla a temperatura ambiente
200 g de azúcar
4 huevos
Ralladura de limón, de naranja, vainilla o cualquier otro aromatizante
250 g de harina común
2 cucharaditas de levadura química
1 cucharadita de sal

Preparación
Calentar el horno a 180 ºC. Engrasar y enharinar el molde que se vaya a utilizar.

En un bol batir el azúcar con la mantequilla hasta que blanquee (es decir, hasta que aumente su volumen y se haya aclarado). Añadir los huevos de uno en uno y seguir batiendo.

Agregar la ralladura de limón o el aromatizante escogido, la harina, la levadura química y la sal. Verter la mezcla en el molde.

Hornear durante 50 min aproximadamente. Comprobar que está listo introduciendo un palillo o cuchillo viendo si sale seco.

DE CHOCOLATE

Igual que en el clásico, bate que bate la mantequilla. Para un bizcocho ultra chocolatoso y apetecible a la vista añade gotas o trocitos de chocolate negro y blanco. Si lo que quieres es más sofisticación, puedes agregar ralladura de naranja o frutos rojos (los congelados valen).

Ingredientes

(Para un molde rectangular de 25 x 10 cm)

100 g de mantequilla a temperatura ambiente
125 g de azúcar
3 huevos
1 cucharadita de esencia de vainilla
½ cucharadita de sal
50 g de cacao puro
150 g de harina común
2 cucharaditas de levadura química

Preparación

Calentar el horno a 170 ºC. Engrasar y enharinar el molde que se vaya a utilizar.
En un bol batir la mantequilla con el azúcar hasta que blanquee. Añadir la vainilla y los huevos de uno en uno. Seguir batiendo.
Tamizar la harina con la levadura, el cacao y la sal. Incorporar e integrar bien los ingredientes secos a la mezcla anterior.
Verter la mezcla en el molde. Hornear durante 35 o 40 min. Comprobar que está listo introduciendo un cuchillo o palillo.

SIN AZÚCAR

Sin azúcar, pero con todo el sabor. JULIA LAICH
En esta receta verás que los plátanos van asados. No es un paso esencial pero sí suma un punto de dulzor a la receta. Si tienes plátanos muy maduros en casa, sáltatelo y ponlos tal cual.

Ingredientes

(Para un molde de corona de 25 cm de diámetro)
3 o 4 plátanos (400 g con piel)
180 g de mantequilla
3 huevos (separados en yemas y claras)
100 ml de leche
150 g de harina común
100 g de harina integral
2 cucharaditas de levadura química
30 g de pasas (opcional)

Preparación

Calentar el horno a 180ºC. Engrasar y enharinar el molde que se vaya a utilizar.
Colocar los plátanos -sin pelar- en una bandeja con bordes altos. Hornear 40 min. Pelar los plátanos asados, aplastarlos con un tenedor y dejarlos enfriar.
En un bol batir la mantequilla hasta que blanquee. Agregar los plátanos y las yemas sin dejar de batir. Añadir la leche, la harina, la levadura química y las pasas.
En otro bol batir las claras a punto de nieve e integrarlas a la mezcla anterior con suaves movimientos envolventes.
Verter la mezcla en el molde. Hornear durante 35 min. Comprobar que está listo introduciendo un cuchillo o palillo.

VEGANO

Esta receta de Zucker & Jagdwurst da un resultado sorprendente, dados los pocos ingredientes que lleva. Aunque no seas vegano, vale la pena probarlo solo por lo sencillo que es.

Ingredientes
(Para un molde redondo de 22 cm de diámetro)
225 g de harina común
170 g de azúcar
250 ml de agua con gas
50 ml de aceite de girasol u otro aceite vegetal
2 cucharadas de levadura química
1 cucharada de azúcar avainillado o esencia de vainilla en su defecto

Preparación
Calentar el horno a 180 ºC. Engrasar y enharinar el molde que se vaya a utilizar.
En un bol mezclar la harina, el azúcar, la levadura química y el azúcar avainillado.
Añadir el aceite y el agua con gas. Verter la mezcla en el molde. Hornear durante 30 min. Comprobar que está listo introduciendo un cuchillo o palillo.

MARMOLADO DE CALABAZA Y CHOCOLATE

Bizcocho marmolado confinado. JULIA LAICH
Que el título no te engañe: este bizcocho es muy fácil de preparar. Si no te gusta la calabaza, no tienes o no encuentras, puedes sustituirla por zanahoria. Y si lo de poner vegetales en un bizcocho te parece de otro planeta, simplemente hazlo de vainilla y chocolate.

Ingredientes

(Para molde de corona de 25 cm de diámetro)
200 g de mantequilla a temperatura ambiente
200 g de azúcar
100 g de chocolate negro
200 g de calabaza o zanahoria cocida
4 huevos
Ralladura de limón, de naranja, vainilla o cualquier otro aromatizante
250 g de harina común
2 cucharaditas de levadura química
1 cucharadita de sal

Elaboración

Calentar el horno a 180 ºC. Engrasar y enharinar el molde que se vaya a utilizar.
Seguir los mismos pasos de elaboración del bizcocho clásico. Una vez esté lista la mezcla, dividirla en dos boles a partes iguales.
En una de las partes añadir el chocolate fundido a baño maría o en el microondas con cuidado. Integrar bien.
En la otra añadir la calabaza o zanahoria triturada e integrar bien. Verter una capa de mezcla de chocolate en el molde, seguida de otra de calabaza, y así hasta terminar ambas para lograr el marmolado.
Hornear durante 40 min. Comprobar que está listo introduciendo un cuchillo o palillo.

IDEAS PARA CONVERTIR TU BIZCOCHO EN UN PASTEL

Coberturas:

De chocolate: puedes hacer una cobertura muy simple fundiendo partes iguales de chocolate de repostería con nata (para montar). Una vez bañes el bizcocho puedes añadir por encima sal en escamas, frutos secos, chips de chocolate, etc.
Glaseados: con 3 cucharadas de agua o zumo de algún cítrico y 180 g de azúcar glas puedes conseguir un glaseado denso. Si lo quieres más ligero, aumenta la cantidad de líquido. Una vez bañado el bizcocho, puedes añadir la piel del cítrico cortada muy finita y sin la parte blanca, o simplemente ralladura, como en este bizcocho. ¿No tienes azúcar glas? Tritura azúcar blanco común con un robot de cocina, batidora o similar.
Merengue: para prepararlo bate en un bol 4 claras de huevo con 50 g de azúcar y una pizca de sal. Para que quede tostado, ponlo unos minutos en el horno con el grill o quémalo con un soplete en caso de que tengas.
Rellenos: Los más simples: mermeladas, dulce de leche, nata montada… La nata montada se puede hacer batiendo 200 ml de nata para montar con 75 g de azúcar. Se le puede añadir fruta fresca o en almíbar cortada en daditos para aportar otros sabores y texturas.
Frosting de queso: lo mismo te sirve para rellenar que para cubrir un bizcocho. Mezclando 100 g de mantequilla a temperatura ambiente, 200 g de queso crema y 300 g de azúcar glas, 1 cucharadita de esencia de vainilla y una pizca de sal, tendrás un frosting clásico.

Otras ideas: los rellenos y coberturas para pasteles son infinitos y pueden ser tan complejos como quieras. Puedes encontrar inspiración en alguna de estas recetas: 

 tarta de chocolate y castañastarta de cocotarta de moka y chocolatetarta de té matcha y lima o tarta de chocolate con frosting de tahini.