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miércoles, 3 de abril de 2024

Jensen Huang, el migrante taiwanés que pasó de lavar platos a fundar Nvidia, el gigante tecnológico de los microchips que vale más que Google y Amazon

Jensen Huang

FUENTE DE LA IMAGEN,GETTY

Pie de foto,
En el nombre de Nvidia, la compañía fundada por Jensen Huang en 1993, se mezclan tres elementos reveladores: NV, por next vision (la visión de lo que viene); VID, una referencia a video -pues la empresa empezó apostando al desarrollo de tarjetas gráficas para computadoras-; pero también la palabra invidia, que se usa en latín para referirse -ya lo adivinaron- a la envidia. 

Y, a juzgar por los asombrosos resultados que ha tenido esa compañía tecnológica durante el último año, es probable que efectivamente ese sea el sentimiento que tanto la empresa como su fundador han despertado en sus competidores.

Entre marzo de 2023 y marzo de 2024, el valor de las acciones de Nvidia pasó de US$264 a US$886, llevando su valoración total por encima de los US$2 billones y convirtiéndola en la tercera empresa cotizada en bolsa más valiosa del mundo, superando a Alphabet (Google), Amazon y Meta; y solo por detrás de Microsoft y Apple.

La rápida multiplicación del valor de Nvidia se explica por el furor despertado en torno a la inteligencia artificial y el hecho de que esta compañía es la proveedora de más del 70% de los chips que hacen posible esta tecnología.

Pero estos, a su vez, no existirían si no fuera por la visión de Huang, quien apostó por este mercado cuando aún no existía y, de esa forma, contribuyó a hacerlo realidad.

Hoy, como ha dicho recientemente la revista Wired, Huang es considerado "el hombre de la hora, del año y quizá de la década"; mientras que Jim Cramer, analista de inversiones de la cadena estadounidense CNBC, ha afirmado que el fundador de Nvidia supera como visionario a Elon Musk.

La historia de Huang, sin embargo, no ha estado exenta de dificultades, riesgos y mucho trabajo, incluyendo muchas horas invertidas lavando retretes y sirviendo mesas como camarero.

Un niño inmigrante en un reformatorio
Microchips de NvidiaFUENTE DE LA IMAGEN,GETTY IMAGES Pie de foto,

Los microchips de Nvidia están teniendo un papel protagónico en la revolución en IA.

Nacido en Taipei en 1963, Huang pasó parte de su infancia en Taiwán y Tailandia, hasta que sus padres decidieron enviarlo junto a su hermano a Estados Unidos.

Los chicos -que no hablaban inglés- fueron acogidos por unos tíos, también recientemente inmigrados, que los enviaron a estudiar al Oneida Baptist Institute de Kentucky, que para entonces era más parecido a un reformatorio que a una escuela regular.

De acuerdo con un boletín publicado por esa escuela en 2016, a ambos hermanos se les permitió vivir, comer y trabajar en esa institución -que entonces solamente ofrecía clases de bachillerato-, mientras asistían a clases en la Escuela Primaria Oneida.

El trabajo asignado al pequeño Jensen era lavar los baños.

"Los chicos eran realmente duros. Todos tenían navajas de bolsillo y cuando había peleas, no era algo bonito. Los chicos resultaban heridos", comentó el empresario en una entrevista con la emisora NPR en 2012.

Pese a las dificultades, Huang siempre ha sostenido que fue una gran experiencia y que disfrutó de su tiempo allí.

De hecho, en 2016, él y su esposa, Lori, donaron US$2 millones para la construcción de un edificio con aulas y dormitorios para chicas en ese centro educativo.

Jensen Huang FUENTE DE LA IMAGEN,GETTY IMAGES Encontrando la suerte

Pocos años más tarde, los chicos se mudaron a Oregón para reunirse con sus padres cuando estos emigraron a Estados Unidos.

Huang asistió a la Universidad Estatal de Oregón para estudiar ingeniería eléctrica.

Él cuenta que fue allí donde abrió los ojos ante "la magia detrás" de las computadoras y también fue allí donde la "suerte" le llevó a conocer a su esposa, Lori, quien era su compañera de prácticas de laboratorio.

Ella era una de las tres chicas que pertenecían a un curso con 80 estudiantes.

En una charla que ofreció a estudiantes de esa universidad en 2013, Huang destacó cómo también había conocido de forma azarosa a los dos confundadores de Nvidia, Chris Malachowsky y Curtis Priem.

"En gran medida estoy diciendo que la casualidad es muy importante para el éxito", dijo.

Los tres cofundadores de Nvidia dieron con la idea de crear la compañía durante un desayuno en un local de la cadena de comida rápida Denny's en San José (California).

Allí se colocó una placa que recuerda ese hecho, luego de que en 2023 esa empresa tecnológica lograra cotizarse por primera vez por US$1 billón.

Huang tiene una larga relación con Denny's, pues fue en un local de esa cadena en Portland donde obtuvo a los 15 años su primer empleo lavando platos, limpiando mesas y sirviendo como camarero.

"Excelente elección laboral. Recomiendo encarecidamente a todos que comiencen su primer trabajo en el negocio de restaurantes, les enseña humildad y a trabajar duro", ha dicho Huang, quien suele presumir de lo bueno que era en esas tareas.

"Mi primer trabajo antes de ser CEO fue lavar platos y lo hice muy bien", señaló recientemente en una charla en la Stanford Graduate School of Business.

El empresario ha asegurado que trabajar en Denny's le ayudó a superar su extrema timidez.

"Me horrorizaba la posibilidad de tener que hablar con la gente", le contó a The New York Times.

Apostando por lo desconocido
Jensen Huang FUENTE DE LA IMAGEN,GETTY IMAGES Pie de foto,

Los chips de Nvidia son usados por muchas otras grandes tecnológicas para desarrollar sus programas de IA.

Huang se licenció como ingeniero en 1984. "Un año perfecto para graduarse", según ha dicho, debido a que fue el mismo año en el comenzó la era de las computadoras personales con la salida al mercado de las primeras Mac.

Luego cursó una maestría en ingeniería eléctrica en la Universidad de Stanford, que le tomó ocho años en completar.

En paralelo, estuvo trabajando en distintos roles en compañías tecnológicas como Advanced Micro Deviced (AMD) y LSI Logic, que abandonó poco antes de fundar Nvidia.

Según contó en la charla que ofreció en 2013 en la Universidad Estatal de Oregón, antes de crear esa empresa, los tres fundadores se hicieron tres preguntas: ¿es este trabajo algo que "realmente nos encantaría" hacer? ¿Vale la pena realizar este trabajo? ¿Y es este trabajo algo "realmente difícil" de realizar?

"Hoy me hago esas mismas tres preguntas todo el tiempo. Porque no deberías hacer nada que no ames. Y sólo debes trabajar en las cosas de tu vida que importan", planteó.

Parte de su filosofía de trabajo se basa en apostar por hacer estas cosas importantes incluso cuando no existe un mercado claro establecido.

"Encontramos inspiración no en el tamaño del mercado, sino en la importancia del trabajo, porque la importancia del trabajo es un indicador temprano del mercado futuro", dijo en la Stanford Graduate School of Business.

Allí también recomendó regresar constantemente a los principios básicos pues -aseguró- eso es algo que crea muchas oportunidades.

Jensen Huang viendo un videojuego en una pantalla. FUENTE DE LA IMAGEN, GETTY IMAGES Pie de foto,

Nvidia logró sus primeros éxitos en el mercado gracias al desarrollo de chips gráficos que revolucionaron el mundo de los videojuegos.

Aplicando ideas de este estilo, Huang ha creado una empresa con una estructura bastante horizontal en la que no solamente hay más de 40 personas que le reportan directamente, sino en la que además él incentiva la comunicación transversal, así como de abajo hacia arriba.

Es una manera, según ha explicado, de facilitar el flujo de ideas e información, pero también de mantenerse al día con las mejores ideas de su equipo.

"Liderar a la gente para que logre grandes cosas, inspirar, empoderar y apoyar a otros, esas son las razones por las que existe un equipo gerencial, para servir a todos los demás que trabajan en la empresa", apuntó en su charla en Stanford.

Y, a juzgar por los resultados de Nvidia, se trata de una filosofía que funciona.

Eso, por supuesto, no ha evitado que la empresa haya pasado por momentos duros.

El primero de ellos se presentó muy pronto cuando, luego de haber buscado durante sus dos primeros años soluciones tecnológicas para sortear el alto precio de la memoria DRAM, el precio de la misma cayó 90%.

Esto hizo que fuera inútil el esfuerzo invertido y abrió las puertas para que decenas de otras empresas se lanzaran a competir en la carrera por el desarrollo de los mejores chips gráficos.

Nvidia logró reconducir sus esfuerzos y en 1999 lanzó la Unidad de Proceso Gráfico (GPU, por sus siglas en inglés), un tipo de microprocesador que redefinió los juegos por computadora.

A partir de allí, la empresa siguió trabajando en el desarrollo de la computación acelerada por GPU, un modelo de computación que se vale del uso masivo de procesadores gráficos paralelos y que permite acelerar el trabajo de programas que requieren gran poder computacional, como el análisis de datos, las simulaciones, las visualizaciones y la inteligencia artificial.

La apuesta por esta última ha disparado el precio de las acciones de Nvidia y, con ellas, la fortuna personal de Huang que alcanza los US$79 mil millones, lo que -de acuerdo con la revista Forbes- lo convierte en el 18º hombre más rico del mundo.

Y puede ir a más gracias a la posición de cuasi monopolio que tiene Nvidia con la producción de estos superchips, cuya demanda se prevé que no haga más que crecer en el futuro próximo.

Como ha señalado un analista de Wall Street citado por la revista The New Yorker: "Hay una guerra en marcha en el campo de la inteligencia artificial y Nvidia es el único vendedor de armas".

La suerte de Jensen Huang, al parecer, puede seguir mejorando. https://www.bbc.com/mundo/articles/c03r1red14yo


lunes, 24 de agosto de 2020

_- Theodor Kallifatides: «La única defensa frente al fanatismo es hacer preguntas y dudar».

_- El escritor griego recrea el relato de 'La Ilíada' en el contexto de la ocupación nazi en su última novela, 'El asedio de Troya'

A sus 81 años, Theodor Kallifatides (Mololai, Grecia, 1938) es un hombre intelectualmente inquieto. Desde hace cuatro meses estudia español por una aplicación de móvil y ya lo habla correctísimamente. “Me encanta la lengua y la cultura española –comparte-. Leí a Cervantes cuando tenía 14 años, amo la poesía de Lorca, me gustan mucho Buñuel y Almodóvar. Y los bailes, también los bailes. Todo. Pero lo más importante para mí es la tradición del humanismo que encuentro aquí”, reflexiona.

Nada queda ya del bloqueo creativo que le llevó hace algunos años a escribir Otra vida por vivir en su idioma materno, el griego, sobre la situación actual de su país natal. De viaje en España para recoger el premio Cálamo por aquella historia, aprovecha para presentar también su última novela, El asedio de Troya (Galaxia Gutenberg). Una vuelta a La Ilíada de Homero en el contexto de la ocupación nazi a partir de la voz de una profesora griega que trata de distraer a sus alumnos de los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Miles de años separan ambos acontecimientos pero el escritor, que utiliza sus propios recuerdos biográficos para construir su texto, traza un claro paralelismo entre ambos hechos trágicos para recordarnos que al final todos somos los mismos y que, como decía Homero, con las guerras todo acaba en lágrimas.

Con El asedio de Troya, Kallifatides, que llega además con el que será el título de su próxima novela bajo el hombro –Amor y morriña-, vuelve a escribir en sueco, la lengua que ha dado cuerpo a casi toda su producción literaria durante más de medio siglo desde que emigró hasta allí en 1964. Neila García ha sido la encargada de traducirlo al castellano.

Pregunta. Dice que no pretende reemplazar a Homero pero, ¿qué le llevó a escribir su propia versión de La Ilíada?

Respuesta. Quería demostrar que el alma del hombre es inmensa y que nosotros tenemos la posibilidad de tomar el camino del bien y del mal al mismo tiempo. Aquiles y Héctor son como el capitán alemán y la profesora, son los mismos humanos, el mismo tipo de existencia, con la diferencia de tres mil años. Pero también quería mostrar, como Homero dijo, que la guerra es la fuente de todas las lágrimas. Ahora tenemos muchos conflictos armados por el mundo. Todo el tiempo. Mientras nosotros hablamos hay alguien en algún sitio que vive en guerra.

P. ¿Cree que todos los problemas actuales se pueden explicar con los autores clásicos?
R. Todos, efectivamente. Porque no solo los autores son clásicos, también los problemas son clásicos. Son los mismos conflictos todo el tiempo. Y nosotros tenemos que ser racionales para entender qué ocurre y tenemos que pensar con un corazón que nos permita saber lo que piensan los demás. Eso es todo. Razón y corazón.

«En mi Ilíada las mujeres son mujeres. Mujeres con hijos, con amores, con todo. Como los hombres. No son solo héroes. También son esposos, padres o amigos»

P. Comenta que en nuestro tiempo no se nos estimula para hacer frente a una lectura exigente como la que exige La Ilíada, ¿por qué cree que nos resulta tan complejo?
R. Entender los textos clásicos exige una educación y una disciplina. No se puede leer a Homero como se lee una revista. La diferencia hoy es más grande que nunca. Nosotros no leemos, solo miramos, escuchamos a veces, pero no leemos. Así que tenía que escribir una redacción de Homero en prosa porque 480 páginas de poesía es “un poco” difícil. Al mismo tiempo tenía que cambiar un poco la historia. En La Ilíada las mujeres son vistas más o menos como símbolos, pero en mi Ilíada las mujeres son mujeres. Mujeres con hijos, con amores, con todo. Como los hombres. No son solo héroes. También son esposos, padres o amigos. Y espero que el resultado sea útil para que los jóvenes de hoy la lean. No he querido competir con Homero, solo he querido hacerla más conocida entre la gente joven y los lectores en general. Y también quería contar la historia de mi pueblo durante la invasión alemana.

P. ¿Pase lo que pase, como escribe, al final siempre muere una mujer?
R. La historia es la historia. La Ilíada comienza con una chica de 14 años que es asesinada y durante la guerra son siempre las mujeres y los niños quienes pagan el precio. Los héroes mueren pero reciben todas las ceremonias oficiales mientras las mujeres son violadas sin que nadie proteste ni le importe a nadie. Esta es la historia de la humanidad hasta ahora.

P. ¿Diría que la mujer hoy esta mucho mejor que entonces?
R. Yo creo que la mujer hoy tiene muchos derechos pero no creo que esté todo hecho todavía. Después de la guerra civil en Grecia las mujeres tenían que trabajar porque los hombres habían muerto. Había hombres, claro. Pero muchos volvieron sin brazos o sin poder ver… Y las mujeres tuvieron que hacer el trabajo propio y el de los hombres. Cuidar a la familia, los hijos y la economía. Todo junto. Con el paso del tiempo, la mujer en Grecia se ha vuelto muy, muy diferente. Por ejemplo hoy tenemos una mujer como presidenta por primera vez -Ekaterini Sakelaropulu-. Pero ha sido un largo camino.

P. ¿Es la necesidad de amar más fuerte que la de odiar?
R. Antígona dice: “He nacido para amar”. Yo digo lo mismo, nosotros existimos para amar, no para odiar o para destruir al otro.

P. Y, sin embargo, en la Ilíada y en la historia muchas tragedias vienen provocadas por las relaciones sentimentales, ¿no?
R. No es el amor en sí mismo lo que causa problemas sino otras cosas que surgen alrededor de ese amor. Por ejemplo, si yo quiero a alguien que se enamora de otro, y yo le mato, eso no tiene que ver con el amor claramente. Es más bien porque yo soy un ser humano muy limitado y muy pequeño. Si realmente la amara, querría que ella fuera feliz y que ame a la persona de la que se ha enamorado. San Pablo decía que el amor no sirve a su propia ley y yo opino igual que él. El amor no me da privilegios sobre otras personas, el amor es mi problema.

P. ¿Hemos aprendido algo de nuestra historia?
R. No, no. Probablemente tendremos que vivir un poco más, siglos y siglos, para entender algunas cosas. La venganza es estúpida pero es una tradición arraigada a pesar de que no sirve de nada, no llegas a ninguna parte con ella. Mira el conflicto entre Palestina e Israel. Cada año alguien dice que la guerra tiene que acabar y cada año, viene otro y lo mata. Este conflicto lleva ya 70 años, ¿por qué? No sé por qué. No entiendo por qué. Me pregunto y no sé. El fanatismo es un problema que no podemos ignorar pero que no somos capaces de entender. No entendemos cómo funciona su mente.

P. Hábleme de ese Amor y morriña al que ha dado título en español usted mismo, ¿no somos todos un poco extranjeros hoy?
R. Los problemas clásicos otra vez -se ríe-. La cuestión no es intentar solucionar estos problemas para siempre. No es posible. Pero al menos irnos acercando, conocerlos, entenderlos y así nos acercamos poco a poco a su solución. Es como el sentido de la vida. La idea no es encontrarlo sino buscarlo. Mientras estés buscando un sentido de la vida, tu vida tiene sentido. De alguna manera pienso que buscamos una respuesta que nos sirva para siempre y esta es una de las razones de la existencia del fanatismo. Queremos tener una respuesta definitiva ahora. El ser humano, sin embargo, es más ser humano cuando pregunta que cuando encuentra. Y siempre encontrará su respuesta pero hay que ser conscientes de que al pasar el tiempo se habrá transformado en otra. Esta es la única defensa que tenemos frente al fanatismo. Hacer preguntas y dudar.

P. Ha escrito más de cuarenta libros de ficción, ensayo y poesía, si echara la vista atrás, ¿qué consejo daría a alguien que esté empezando a escribir?
R. Que lo primero que tiene que hacer es preguntarse por qué quiere escribir. Porque quiere hacer una carrera, porque está enamorado de alguien que también escribe… ¿por qué? Porque escribir es algo a largo plazo, lo haces durante toda tu vida, por eso tienes que saber muy bien por qué. Y disciplinarte mucho. Tienes que aprender cómo escribir cada día. Hay que leer mucho. Algunas personas piensan que lo que lees puede influirte en lo que escribes pero la influencia de la ignorancia es aún mayor. Y finalmente hay que tratar de evitar todo aquello que es cosmético. Hay que saber qué se quiere decir. Lo puedes elaborar de una manera u otra pero primero hay que saber eso. Hablando de mí mismo, yo soy capaz de escribir en dos lenguas, el griego y el sueco, pero primero tengo que saber qué quiero decir antes de decidirme por una, de pensar cómo, porque si no tienes una idea completa no funciona ni en un idioma ni en otro.

P. Le devuelvo entonces la pregunta, y usted, ¿por qué quiso escribir?
R. Escribo desde que tenía 5 años. Escribir es mi vida. No tengo otra. El tiempo que nosotros vivimos me da siempre cosas sobre las que pensar y discutir. Mi modo de vivir es escribiendo. Otras personas viven jugando, trabajando, yo vivo escribiendo. Eso es todo.

https://elcultural.com/theodor-kallifatides-la-unica-defensa-frente-al-fanatismo-es-hacer-preguntas-y-dudar

viernes, 9 de octubre de 2015

Lydie Salvayre: “En Francia se censura todo lo que sea popular”. ÁLEX VICENTE. La autora francesa relata la historia de juventud de su progenitora, exiliada republicana, en ‘No llorar’, ganadora del Goncourt.

Lydie Salvayre (Autainville, Francia, 1946) llevaba años intentando dar forma de novela a la historia vivida por su madre, quien fue una joven catalana tentada por la aventura libertaria en los años previos a la Guerra Civil, cuando se instaló con su hermano anarquista en Barcelona. Allí viviría su primera historia de amor y participó en la efervescencia revolucionaria antes de emigrar a Francia. Lo consiguió al leer Los grandes cementerios bajo la luna, donde el escritor católico y monárquico Georges Bernanos expresa su desazón respecto a las atrocidades cometidas por el bando nacional, al que en un principio dio apoyo y en cuyas tropas combatía su propio hijo. La condena le valdría ser expulsado del partido ultraderechista Acción Francesa.

“Mi madre murió hace siete años, pero nunca me acababa de decidir a contar su historia. La lectura de Bernanos me despertó. Fue como si me dieran un puñetazo”, afirma Salvayre en su domicilio parisino, una casita de dos plantas pegada al cementerio de Père-Lachaise. Del enfrentamiento entre el relato de juventud de su madre y el remordimiento expresado por Bernanos, dos personajes en las antípodas que acaban encontrándose en un terreno común, surgió No llorar (Anagrama), con la que el año pasado ganó el premio Goncourt, el más importante de las letras francesas.

En el libro, la autora reproduce el habla de su madre, una mezcla de español y francés donde no faltan las incorrecciones y barbarismos, y que la autora vincula al frañol, lengua oficial de los cerca de 500.000 exiliados republicanos en el país vecino. Salvayre ha querido dignificarla. “De pequeña me daba vergüenza oír cómo hablaba mi madre, pero ahora me apasiona. Al hacerme mayor entendí que, en lugar de estropear el francés, lo convertía en algo más poético y más divertido”, expresa. “Detrás de mi escritura también se halla una cuestión política. ¿El francés debe seguir siendo una lengua pura, o las palabras surgidas del exilio tienen derecho a introducirse en ella?”. No hace falta preguntarle por qué opción se decanta la autora, consagrada al fin tras publicar veinte novelas respetadas por la crítica y traducidas a una veintena de idiomas.

La autora habla igual que escribe: una palabra en español por cada cuatro en francés. En la traducción al castellano, a cargo de Javier Albiñana, los fragmentos en español han sido transcritos en negrita para que el lector español se haga una idea de esta lengua híbrida, inhabitual en la narrativa francesa, menos abierta al mestizaje que otras tradiciones literarias. Existen numerosos ejemplos de autores que se sirven del spanglish, como Sandra Cisneros o Junot Díaz, sin contar con la literatura poscolonial de la esfera anglosajona, donde la lengua dominante suele aceptar préstamos de la dominada. En francés, en cambio, los casos no abundan. “Es verdad. Francia es un país donde, a partir de la creación de la Academia Francesa en el siglo XVII, se censura todo lo que sea popular, como si fuera una mancha que borrar”, afirma Salvayre. “Frente a la rigidez de ese modelo, lo extranjero es percibido como una amenaza”.

Sin ir más lejos, cuando ganó el Goncourt, el crítico literario Bernand Pivot, presidente del jurado, le dedicó elogios pero apuntó que en el libro había “demasiado español”. “Todavía nos gobierna esa exigencia de hablar como es debido”, responde Salvayre. “A mí me han tildado mil veces de vulgar por introducir tacos en mis novelas”.

Puede que la literatura no haga más que reflejar la rigidez y la exigencia del modelo de integración francés, que requiere una asimilación casi total. El propio nombre de la autora lo revela. Sus padres la llamaron Lidia. En el registro civil, su nombre es Lydie.

La autora tuvo, durante años, sentimientos encontrados respecto a esa herencia familiar. “Hasta las adolescencia, las historias de la guerra me aburrían sobremanera”, reconoce. Salvayre creció en Auterive, pequeña localidad cercana a Toulouse, junto a una comunidad de exiliados en la que “se organizaban grandes comidas, se contaban chistes verdes y nadie se compraba muebles”, porque todo el mundo creía que terminaría volviendo a la patria abandonada. Cuando llegó al colegio, recuerda haber sido ridiculizada por hablar igual que sus padres y equivocarse sistemáticamente con el género de los artículos, ese tic del que todo expatriado nunca se desprende del todo. “Pero ese sentimiento de vergüenza fue un motor. Me afectó al orgullo y me impulsó a demostrar que podía hablar y escribir tan bien como cualquiera”, afirma. A veces, ese absurdo sentimiento de inferioridad vuelve a aparecer. “Lo detecto en las cenas burguesas, donde me veo paralizada por miedo a no tener las maneras adecuadas en la mesa o a decir algo que me deje en evidencia”, admite.

En Francia, su padre trabajó de albañil. Fue un comunista estalinista “hasta el día de su muerte”, que no dudó en abofetear a sus tres hijas si osaban criticar a la Unión Soviética. Si Salvayre prescindió de su apellido de soltera, Arjona, para escribir, fue como rebelión a ese padre autoritario. La protagonista del libro es, sin embargo, su madre. “Quise dejar por escrito las historias que me contaba, más teñidas de alegría que de desgracia. Mi único lamento es que no haya podido ver este éxito. Estaría muy orgullosa, pese a que la literatura le diera totalmente igual. Pero eso me gustaba: era lo opuesto a esos intelectuales de Saint-Germain para quien la literatura es el centro del universo”, sostiene. “En cambio, mi madre siempre estuvo muy orgullosa de que fuera médico”. Salvayre trabajó durante décadas como psiquiatra infantil y juvenil en la periferia de París, donde sus pacientes de origen magrebí y turco hablaban una lengua bastarda emparentada con la de su familia.

Para Salvayre, el Goncourt no era un objetivo en sí. “Muchos de mis escritores favoritos no lo tienen, como Samuel Beckett o Claude Simon. Reconozco que no está nada mal tenerlo, porque el número de tus lectores aumenta increíblemente”, afirma. Tras obtener el premio, No llorar pasó de los 20.000 ejemplares vendidos a más de 400.000. “A la vez, cuando firmo libros, ahora veo en la cola a gente que no viene a comprar una novela, sino una marca. Es algo nuevo para mí, y reconozco que me molesta”, concluye.

Ecos en el presente

Para Salvayre, su novela describe un mundo pasado que resuena en el presente. “Ahí siguen el nacionalismo abyecto, el fanatismo religioso, la cobardía de Europa y el drama del exilio”, dice la autora. “Todos los exilios no son iguales, pero sí expresan el mismo dolor”. A Salvayre también sigue los últimos movimientos en la política española. “Más allá de Podemos como partido, me interesa que surjan movimientos sin líder, manifestaciones formadas por personas de perfiles e intereses distintos”, afirma. “No se trata de esperar una gran revolución que no llegará, sino de actuar de manera concreta y efectiva. No sé qué dará de sí, pero reconozco que me gusta. Reconozco en esos movimientos una forma de libertarismo”.

http://cultura.elpais.com/cultura/2015/10/04/actualidad/1443981484_842999.html