_- Los Gobiernos de España y Francia inauguran una exposición que recuerda el legado de La Nueve: “Los principios del derecho internacional y los valores surgidos tras la II Guerra Mundial”
Miguel Campos Delgado era un panadero canario de 24 años cuando estalló la Guerra Civil. La denuncia de un vecino que aprovechó el conflicto para saldar una riña anterior lo llevó a la cárcel, después a un campo de concentración en Rota (Cádiz); a un batallón de trabajo en Marruecos... Allí consiguió escapar y pasar a territorio francés, para, finalmente, ingresar en las Fuerzas Francesas Libres, donde fue destinado a la novena compañía, conocida como La Nueve. El 25 de agosto de 1944, Campos era uno de los españoles que, tras participar en varios combates contra los nazis, recorrió triunfante los Campos Elíseos del París liberado. Aquel hombre corriente nacido en el pueblo tinerfeño de Güímar que no mucho tiempo atrás había decidido ganarse el pan haciéndolo era ya un valiente soldado herido y condecorado.
El ministro de Política Territorial y Memoria Democrática, Ángel Víctor Torres, quiso empezar por el recuerdo orgulloso a su paisano el discurso de inauguración de la exposición sobre La Nueve que acogen desde este martes y hasta julio los jardines del Campo del Moro, en Madrid. “Su hija, María Teresa, ha vivido con la pena de que su madre falleciera sin saber que su marido había sido un héroe”. “Conocer a los protagonistas de La Nueve, recorrer sus vidas, entender por qué lucharon”, añadió, “nos proporciona herramientas de incalculable valor para afrontar el momento actual, cuando parece que se han roto los principios del derecho internacional y los valores surgidos tras la Segunda Guerra Mundial. Hoy celebramos aquí la victoria que allanó la senda hacia un mundo con nuevas reglas al germinar la semilla del pacifismo como el único camino posible para la supervivencia de la humanidad”, declaró, en alusión al rechazo del Gobierno a la guerra de EEUU en Irán.
La historia de La Nueve, de la que formaban parte 127 españoles republicanos, fue silenciada durante años. El comisario de la exposición, el historiador Diego Gaspar, explicó cómo “la censura y el olvido” ocultaron la epopeya de los españoles, por un lado, porque a la dictadura española no le interesaba darla a conocer, y por otro, porque los franceses también trataron de imponer un relato de resistencia heroica y nacional, despreciando la ayuda de combatientes extranjeros. Eso empezó a cambiar a partir de los años setenta, cuando los historiadores cuestionaron el discurso establecido y comenzaron a destacar el nombre de algunos de aquellos tanques orugas que habían ayudado a liberar París en 1944, con nombres inequívocamente españoles: “Guadalajara”; “Brunete”; ”Guernika; “Don Quijote”...
La ministra delegada ante las fuerzas armadas y los antiguos combatientes de la República francesa, Alice Rufo, invitada al acto de inauguración de la exposición, evocó este martes en los jardines del Campo del Moro aquel desfile triunfal tras la liberación de París: “La multitud los aclamaba sin saber que entre esos soldados había combatientes procedentes de España que se habían convertido para los franceses en auténticos hermanos de armas. Muchos fueron condecorados con la legión de honor, pero demasiados no recibieron el reconocimiento que merecía su compromiso. En toda España hubo un gran número de combatientes dispuestos a defender la libertad. Para nosotros, son ejemplos de valentía en un momento en el que los conflictos se recrudecen a escala internacional y resurgen las lógicas depredadoras y belicosas”.
La exposición recuerda el periplo de algunos de los hombres de La Nueve, como Luis Royo Ibáñez, un zapatero catalán, soldado de la II República, que llegó a pie a la frontera francesa en 1939. O Amado Granell y Federico Moreno, que antes habían tratado de huir del franquismo a bordo de un barco atestado de republicanos, el Stanbrook, que dirigía un capitán desobediente, Archibald Dickson. Tenía el encargo de recoger un cargamento de naranjas, tabaco y azafrán, pero en el puerto de Alicante se encontró aquel abril de 1939 una alfombra humana de hombres, mujeres y niños desesperados que huían de Franco y los subió a bordo del viejo buque con destino a la colonia francesa de Orán, en Argelia.
El camino que llevó a aquellos hombres corrientes a convertirse en héroes había comenzado en la Guerra Civil. La mayoría de los españoles que terminarían formando parte de La Nueve trataron de defender la legalidad republicana y, al ganar Franco, tres años después, huyeron a Francia, que, como admitió en 2015 el entonces primer ministro, Manuel Valls, no estuvo a la altura: “Fueron humillados. Se les quiso arrebatar la dignidad. Los que huían en busca de libertad esperaban otro tipo de acogida. Eso no es Francia”. El país vecino no solo no acogió a los exiliados españoles con los brazos abiertos, sino que los envió a campos de internamiento, separando a familias enteras. Ese penoso recibimiento no impidió que años después, algunos de aquellos hombres combatieran hombro con hombro con los franceses para liberarlos de lo que consideraban un enemigo común: el fascismo.
La exposición también rinde homenaje a las mujeres españolas de la Resistencia, como Marina Vega, a la que este periódico entrevistó en 2008. “Entre 1942 y 1944 hacía dos viajes por semana a Francia. No sé a cuánta gente pude haberme traído. Deduzco que serían judíos franceses que huían de los nazis. También algún inglés”. “Si te cogían los nazis, tenías una pastilla de cianuro en el bolsillo. La metías en la boca; si pasaba el peligro, la escupías, y si veías que estaban a punto de hacerte hablar, la tragabas. Es una muerte automática. Tuve compañeros que lo hicieron. Otro se mató en una celda dándose cabezazos contra la pared”, declaró entonces a EL PAÍS.
Fernando Martínez, secretario de Estado de Memoria Democrática, destaca el “papel de las mujeres” de la Resistencia y celebra que la exposición sea ya una realidad. “Hace mucho tiempo que tendría que haberse visto en España. Los españoles deben conocer esa contribución de sus compatriotas en la defensa de las libertades en Europa”.
Una mujer ve uno de los paneles expositivos durante la inauguración de la exposición ‘Libération. París 1944. Españoles, exilio y resistencia’, en los Jardines de Campo del Moro del Palacio Real, este jueves.
Alejandro Martínez Vélez (Europa Press)
https://elpais.com/espana/2026-03-12/que-dirian-hoy-los-espanoles-que-ayudaron-a-liberar-paris-de-los-nazis.html
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lunes, 16 de marzo de 2026
sábado, 13 de julio de 2024
_- La historia interminable de la Resistencia francesa contra los nazis
_- Cuando solo queda un compañero de la liberación vivo, el papel de los franceses durante la ocupación alemana sigue siendo objeto de un debate histórico y social

Un oficial de la resistencia francesa enseña a su compañeros cómo usar un subfusil en marzo de 1944.
Al terminar la guerra, el general Charles de Gaulle, líder de la Francia Libre, que regiría los destinos de Francia en la posguerra hasta 1969 (falleció en 1970), impuso la idea de que los franceses tuvieron un papel decisivo en la liberación del nazismo y que solo unos pocos ciudadanos se convirtieron en colaboracionistas a las órdenes del Gobierno traidor del mariscal Pétain. Las deportaciones de judíos fueron asunto de los boches, término despectivo con el que se identifica a los alemanes. Sin embargo, una película documental que tuvo problemas para estrenarse en 1969 ofrecía una imagen completamente diferente: La pena y la piedad (Le chagrin et la pitié), de Marcel Ophüls, causó un impacto enorme porque describía una situación mucho más parecida a una guerra civil entre franceses y mostraba una significativa colaboración con el invasor. El filme acabó convertido en un clásico; de hecho, Woody Allen le rinde un homenaje al final de Annie Hall.
LA RESISTENCIA
Muere a los cien años Daniel Cordier, leyenda de la resistencia francesa ante los nazis
Los combatientes españoles de la Resistencia salen del olvido
La verdad sobre la Resistencia francesa: ni tan masiva ni tan francesa
Otra película, estrenada en 1974, terminó por abrir los ojos sobre la cruda realidad de la ocupación, durante la que los resistentes fueron una minoría, perseguidos tanto por los nazis como por la milicia de Vichy. Se trata de Lacombe Lucien, dirigida en 1974 por Louis Malle y escrita por el premio Nobel de Literatura Patrick Modiano. Aunque tuvo menos impacto que las anteriores, un filme autobiográfico de Claude Berri, El viejo y el niño, ya había abierto la veda en 1967. La película relata la historia de un niño judío escondido en el campo con una familia que no conoce su origen. El campesino que le cuida, profundamente antisemita y petainista, le trata como un nieto adoptivo, ignorando que es un judío al que, en teoría, odia. Sobre este filme expresó François Truffaut: “Durante 20 años, estuve esperando la auténtica película sobre la Francia auténtica durante la auténtica Ocupación, la película sobre la mayoría de los franceses, los que no estuvieron envueltos ni en la colaboración, ni en la Resistencia, los que no hicieron nada, ni bueno ni malo, los que sobrevivieron como los personajes de una obra de teatro de Beckett”.
Más allá del cine, el investigador estadounidense Robert Paxton publicó en 1972 un libro crucial, La Francia de Vichy (1940-1944), en el que revelaba, entre otros muchos otros detalles sobre los que se había corrido un tupido velo, la participación de las fuerzas de seguridad francesas, no de las SS o del Ejército alemán, en el arresto de cientos de miles de judíos, que fueron deportados a los campos de exterminio nazis. Hasta los años noventa, no se reconocería oficialmente este hecho en las placas que ahora se encuentran en muchas sinagogas y colegios de Francia, donde se deja claro que fueron franceses los que cometieron ese crimen contra la humanidad.
“Francia fue derrotada y ocupada por Alemania. Cuando fue liberada y unificada de nuevo, se crea una historia única que mantiene que todo el país alcanzó la libertad unido bajo el liderazgo de De Gaulle y ese relato fue propagado a través de medallas, ceremonias, títulos”, explicó en una entrevista a Robert Paxton, profesor de Historia Moderna de la Universidad de Oxford y autor de Combatientes en la sombra (Taurus), un libro que desmonta muchas falsas ideas sobre la resistencia. Su teoría es que se minimizó a los republicanos españoles que huyeron del franquismo, a los judíos de Polonia o Rumanía, a los comunistas, así como a las mujeres, cuya labor como resistentes también ha sido infravalorada.
Sin embargo, el reciente libro de François Azouvi desafía ese relato. Su tesis es que los franceses tuvieron a mano toda la información necesaria sobre lo que ocurrió desde los primeros momentos de la liberación. “Desmitificar la Resistencia y la Francia Libre se impuso a mi generación –la nacida después de la guerra– como un programa epistemológico y terapéutico cuya justificación parecía tan fuerte que la mayoría de las veces estaba desprovista de explicación”, escribe Azouvi, filósofo e historiador. “Contrariamente a la creencia popular, todo se puso sobre la mesa de inmediato, los franceses pudieron saber todo lo que querían aprender y ninguna censura impidió que nadie mirara atrás en los años oscuros. Y los franceses de la posguerra no se privaron de ello”, prosigue.

Los republicanos españoles no solo estuvieron en primera línea en la liberación de París, sino que tuvieron un papel crucial en la toma de Toulouse, cosa que no le hizo ninguna gracia a De Gaulle. Guidea cuenta que el general visitó Toulouse muy rápidamente, porque no quería perder el control sobre los territorios liberados. Los republicanos participaron en el desfile con cascos de los soldados alemanes pintados de azul. Cuando De Gaulle lo vio, exclamó: “¿Qué hacen todos esos españoles desfilando con las Fuerzas Francesas Libres?”.
Viñeta de 'Los surcos del azar', que recrea la entrada de La Nueve en París.
Vernant nunca se jactó de su pasado como héroe de la Resistencia y habló muy poco de ello. En sus memorias, que publicó ya jubilado, hizo una breve referencia en el primer tomo, Entre mythe y politique (1996), y se extendió un poco más en el segundo, La traversée des frontières (2004). Algunos colegas contaban que descubrieron su importancia en la Resistencia cuando, en los actos oficiales, le reservaban un lugar de honor porque era uno de los Compañeros de la Liberación, la orden que creó De Gaulle para homenajear a los que lucharon contra los nazis desde el Maquis y que también fue criticada por sus numerosos olvidos.
Habló no para contar hazañas bélicas, rompió el silencio sobre su pasado para homenajear a dos personas que nunca supo quiénes eran, pero que le salvaron la vida porque le advirtieron anónimamente de que podía ser detenido. También quiso reivindicar el honor de Lucie Aubrac, y de su marido Raymond, acusados falsamente de haber delatado a Jean Moulin, una información envenenada que salió desde la defensa del Klaus Barbie, el carnicero de Lyon, asesino de Moulin, juzgado en Francia en 1987 y condenado a cadena perpetua por crímenes contra la humanidad.
Su objetivo fue también lanzar un humilde mensaje a la sociedad francesa. Su nieto, Julien Blanc, historiador de la Resistencia, lo recoge en un ensayo que escribió sobre una de las primeras células que se organizaron, en el Museo del Hombre de París, Au commencement de la Résistance: “En la Resistencia, las identidades solo estaban marcadas con respecto al enemigo. Estaba formada por personas muy diversas. La Resistencia fue, en el fondo, una especie de crisol en el que se elaboró una cierta concepción de Francia y del progreso social”. “Lo esencial está ahí”, acota su nieto, Julien Blanc. “Las opciones políticas no están grabadas en mármol. La Resistencia fue un periodo extraordinario de aceleración temporal y maduración política”. Vernant rompió su silencio para no olvidar esa verdad esencial de la lucha contra el totalitarismo, enterrada bajo décadas de polémicas y discusiones: que la Europa posterior al nazismo tenía una obligación moral con la libertad.
Libros sobre la Resistencia
'Au commencement de la Résistance. Du côté du musée de l’homme' (1940-1941). Julien Blanc. París, Seuil, 2010. 512 páginas, 23,50 euros.
'Combatientes en la sombra'. Robert Gidea. Madrid, Taurus, 2016. Traducción de Federico Corriente. 693 páginas. 10,44 euros (ebook).
'Entre mythe y politique / La traversée des frontières'. Jean Pierre Vernant. París, Seuil. 612 páginas, 9,95 euros primer tomo – 222 páginas, 8,30 euros (segundo tomo). (Existe una edición española en el Fondo de Cultura Económica, actualmente agotada)
'Français, on ne vous a rien caché'. François Azouvi. París, Gallimard, 2020. 608 páginas, 24 euros (impreso) / 19 euros (ebook).
'Lacombe Lucien'. Patrick Modiano. Traducción de María Teresa Gallego Urrutia. Barcelona, Anagrama, 2018. 160 páginas, 16,9 euros.
'La France de Vichy'. Robert Paxton. París, Seuil. 475 páginas, 11 euros (existe una versión española de 1974 en la editorial Noguer que se puede encontrar en librerías de segunda mano).
'La Nueve, los españoles que liberaron París'. Evelyn Mesquida. Barcelona, Ediciones B, 2019. 344 páginas, 20,90 euros (impreso) / 7,59 euros (ebook).
'Los surcos del azar'. Paco Roca. Bilbao, Astiberri, 2013. 328 páginas. 25 euros (impreso) / 7 euros (ebook).
'Y ahora, volved a vuestras casas'. Evelyn Mesquida. Barcelona, Ediciones B, 2020. 320 páginas, 20,90 euros.

Cuando solo queda un miembro de la Resistencia francesa vivo, Hubert Germain, de 100 años, la lucha o la colaboración contra los nazis se mantiene todavía como uno de los asuntos más controvertidos de la Segunda Guerra Mundial: el papel que tuvieron, o no tuvieron, los franceses en su liberación sigue siendo objeto de debate y polémica. El reciente fallecimiento del penúltimo Compañero de la Liberación, Daniel Cordier la publicación de un nuevo ensayo sobre el periodo, Français, on ne vous a rien caché (Franceses, no os han escondido nada, Gallimard), de François Azouvi, han vuelto a poner de actualidad una polémica interminable y una historia que ha ido cambiando con los años.
Al terminar la guerra, el general Charles de Gaulle, líder de la Francia Libre, que regiría los destinos de Francia en la posguerra hasta 1969 (falleció en 1970), impuso la idea de que los franceses tuvieron un papel decisivo en la liberación del nazismo y que solo unos pocos ciudadanos se convirtieron en colaboracionistas a las órdenes del Gobierno traidor del mariscal Pétain. Las deportaciones de judíos fueron asunto de los boches, término despectivo con el que se identifica a los alemanes. Sin embargo, una película documental que tuvo problemas para estrenarse en 1969 ofrecía una imagen completamente diferente: La pena y la piedad (Le chagrin et la pitié), de Marcel Ophüls, causó un impacto enorme porque describía una situación mucho más parecida a una guerra civil entre franceses y mostraba una significativa colaboración con el invasor. El filme acabó convertido en un clásico; de hecho, Woody Allen le rinde un homenaje al final de Annie Hall.
LA RESISTENCIA
Muere a los cien años Daniel Cordier, leyenda de la resistencia francesa ante los nazis
Los combatientes españoles de la Resistencia salen del olvido
La verdad sobre la Resistencia francesa: ni tan masiva ni tan francesa
Otra película, estrenada en 1974, terminó por abrir los ojos sobre la cruda realidad de la ocupación, durante la que los resistentes fueron una minoría, perseguidos tanto por los nazis como por la milicia de Vichy. Se trata de Lacombe Lucien, dirigida en 1974 por Louis Malle y escrita por el premio Nobel de Literatura Patrick Modiano. Aunque tuvo menos impacto que las anteriores, un filme autobiográfico de Claude Berri, El viejo y el niño, ya había abierto la veda en 1967. La película relata la historia de un niño judío escondido en el campo con una familia que no conoce su origen. El campesino que le cuida, profundamente antisemita y petainista, le trata como un nieto adoptivo, ignorando que es un judío al que, en teoría, odia. Sobre este filme expresó François Truffaut: “Durante 20 años, estuve esperando la auténtica película sobre la Francia auténtica durante la auténtica Ocupación, la película sobre la mayoría de los franceses, los que no estuvieron envueltos ni en la colaboración, ni en la Resistencia, los que no hicieron nada, ni bueno ni malo, los que sobrevivieron como los personajes de una obra de teatro de Beckett”.
Más allá del cine, el investigador estadounidense Robert Paxton publicó en 1972 un libro crucial, La Francia de Vichy (1940-1944), en el que revelaba, entre otros muchos otros detalles sobre los que se había corrido un tupido velo, la participación de las fuerzas de seguridad francesas, no de las SS o del Ejército alemán, en el arresto de cientos de miles de judíos, que fueron deportados a los campos de exterminio nazis. Hasta los años noventa, no se reconocería oficialmente este hecho en las placas que ahora se encuentran en muchas sinagogas y colegios de Francia, donde se deja claro que fueron franceses los que cometieron ese crimen contra la humanidad.
“Francia fue derrotada y ocupada por Alemania. Cuando fue liberada y unificada de nuevo, se crea una historia única que mantiene que todo el país alcanzó la libertad unido bajo el liderazgo de De Gaulle y ese relato fue propagado a través de medallas, ceremonias, títulos”, explicó en una entrevista a Robert Paxton, profesor de Historia Moderna de la Universidad de Oxford y autor de Combatientes en la sombra (Taurus), un libro que desmonta muchas falsas ideas sobre la resistencia. Su teoría es que se minimizó a los republicanos españoles que huyeron del franquismo, a los judíos de Polonia o Rumanía, a los comunistas, así como a las mujeres, cuya labor como resistentes también ha sido infravalorada.
Sin embargo, el reciente libro de François Azouvi desafía ese relato. Su tesis es que los franceses tuvieron a mano toda la información necesaria sobre lo que ocurrió desde los primeros momentos de la liberación. “Desmitificar la Resistencia y la Francia Libre se impuso a mi generación –la nacida después de la guerra– como un programa epistemológico y terapéutico cuya justificación parecía tan fuerte que la mayoría de las veces estaba desprovista de explicación”, escribe Azouvi, filósofo e historiador. “Contrariamente a la creencia popular, todo se puso sobre la mesa de inmediato, los franceses pudieron saber todo lo que querían aprender y ninguna censura impidió que nadie mirara atrás en los años oscuros. Y los franceses de la posguerra no se privaron de ello”, prosigue.

La resistente Simone Ségouin combate en París en 1944.
TAURUS
Sin embargo, es un hecho que la Francia oficial tardó décadas en reconocer, con actos, placas y nombres de lugares públicos, la diversidad y complejidad de la Resistencia. Hasta 2015, cuando fue inaugurado un parque dedicado a los combatientes de La Nueve junto al Ayuntamiento de París, no se homenajeó oficialmente a los republicanos españoles que participaron en la liberación de la capital. Anarquistas curtidos en mil batallas contra el fascismo que formaban La Nueve, uno de los batallones de la segunda división del general Leclerc, fueron los primeros en entrar en París el 24 de agosto de 1944 en blindados que llevaban nombres de batallas de la Guerra Civil. Primero una investigación de la historiadora Evelyn Mesquida —La Nueve, los españoles que liberaron París (Ediciones B)— y luego un tebeo de Paco Roca que alcanzó una gran repercusión —Los surcos del azar (Astiberri)— recordaron una hazaña injustamente olvidada. “La historia ha sido durante años y años la de la Resistencia francesa y eso es mentira”, afirmó Mesquida (Alicante, 1945) en una entrevista con este diario cuando publicó su segundo libro sobre el tema, Y ahora, volved a vuestras casas.
Los republicanos españoles no solo estuvieron en primera línea en la liberación de París, sino que tuvieron un papel crucial en la toma de Toulouse, cosa que no le hizo ninguna gracia a De Gaulle. Guidea cuenta que el general visitó Toulouse muy rápidamente, porque no quería perder el control sobre los territorios liberados. Los republicanos participaron en el desfile con cascos de los soldados alemanes pintados de azul. Cuando De Gaulle lo vio, exclamó: “¿Qué hacen todos esos españoles desfilando con las Fuerzas Francesas Libres?”.

El resistente a cargo de las fuerzas que combatieron a los nazis en la región de Toulouse y que dirigió la liberación de la ciudad fue un hombre discreto y sabio, uno de los héroes morales de la Francia de la posguerra: Jean Pierre Vernant (1914-2007). Militante comunista, aunque muy crítico con la URSS, hombre libre, pensador fecundo y comprometido con muchas causas, Vernant fue uno de los mayores helenistas europeos, autor de libros fundamentales para conocer la Grecia clásica, como Los orígenes del pensamiento griego, Mito y pensamiento en la Grecia Antigua o Mito y religión en la Grecia Antigua.
Vernant nunca se jactó de su pasado como héroe de la Resistencia y habló muy poco de ello. En sus memorias, que publicó ya jubilado, hizo una breve referencia en el primer tomo, Entre mythe y politique (1996), y se extendió un poco más en el segundo, La traversée des frontières (2004). Algunos colegas contaban que descubrieron su importancia en la Resistencia cuando, en los actos oficiales, le reservaban un lugar de honor porque era uno de los Compañeros de la Liberación, la orden que creó De Gaulle para homenajear a los que lucharon contra los nazis desde el Maquis y que también fue criticada por sus numerosos olvidos.
Habló no para contar hazañas bélicas, rompió el silencio sobre su pasado para homenajear a dos personas que nunca supo quiénes eran, pero que le salvaron la vida porque le advirtieron anónimamente de que podía ser detenido. También quiso reivindicar el honor de Lucie Aubrac, y de su marido Raymond, acusados falsamente de haber delatado a Jean Moulin, una información envenenada que salió desde la defensa del Klaus Barbie, el carnicero de Lyon, asesino de Moulin, juzgado en Francia en 1987 y condenado a cadena perpetua por crímenes contra la humanidad.
Su objetivo fue también lanzar un humilde mensaje a la sociedad francesa. Su nieto, Julien Blanc, historiador de la Resistencia, lo recoge en un ensayo que escribió sobre una de las primeras células que se organizaron, en el Museo del Hombre de París, Au commencement de la Résistance: “En la Resistencia, las identidades solo estaban marcadas con respecto al enemigo. Estaba formada por personas muy diversas. La Resistencia fue, en el fondo, una especie de crisol en el que se elaboró una cierta concepción de Francia y del progreso social”. “Lo esencial está ahí”, acota su nieto, Julien Blanc. “Las opciones políticas no están grabadas en mármol. La Resistencia fue un periodo extraordinario de aceleración temporal y maduración política”. Vernant rompió su silencio para no olvidar esa verdad esencial de la lucha contra el totalitarismo, enterrada bajo décadas de polémicas y discusiones: que la Europa posterior al nazismo tenía una obligación moral con la libertad.
Libros sobre la Resistencia
'Au commencement de la Résistance. Du côté du musée de l’homme' (1940-1941). Julien Blanc. París, Seuil, 2010. 512 páginas, 23,50 euros.
'Combatientes en la sombra'. Robert Gidea. Madrid, Taurus, 2016. Traducción de Federico Corriente. 693 páginas. 10,44 euros (ebook).
'Entre mythe y politique / La traversée des frontières'. Jean Pierre Vernant. París, Seuil. 612 páginas, 9,95 euros primer tomo – 222 páginas, 8,30 euros (segundo tomo). (Existe una edición española en el Fondo de Cultura Económica, actualmente agotada)
'Français, on ne vous a rien caché'. François Azouvi. París, Gallimard, 2020. 608 páginas, 24 euros (impreso) / 19 euros (ebook).
'Lacombe Lucien'. Patrick Modiano. Traducción de María Teresa Gallego Urrutia. Barcelona, Anagrama, 2018. 160 páginas, 16,9 euros.
'La France de Vichy'. Robert Paxton. París, Seuil. 475 páginas, 11 euros (existe una versión española de 1974 en la editorial Noguer que se puede encontrar en librerías de segunda mano).
'La Nueve, los españoles que liberaron París'. Evelyn Mesquida. Barcelona, Ediciones B, 2019. 344 páginas, 20,90 euros (impreso) / 7,59 euros (ebook).
'Los surcos del azar'. Paco Roca. Bilbao, Astiberri, 2013. 328 páginas. 25 euros (impreso) / 7 euros (ebook).
'Y ahora, volved a vuestras casas'. Evelyn Mesquida. Barcelona, Ediciones B, 2020. 320 páginas, 20,90 euros.
sábado, 4 de abril de 2020
Muere de coronavirus Rafael Gómez, el último español de La Nueve
Fallecido a los 99 años en Estrasburgo, participó en la Guerra Civil, en la liberación de París y era Caballero de la Legión de Honor de Francia
En la madrugada del lunes 31 de marzo de 2020 ha muerto a los 99 años en Estrasburgo (Francia), víctima de la Covid-19, Rafael Gómez: andaluz transnacional nacido en Adra (Almería), en 1921, compañero, padre y abuelo. Hombre sencillo, caballero de la Legión de Honor en Francia (2012) y, hasta su fallecimiento, el último español con vida de La Nueve: la célebre compañía de combate del tercer batallón del Regimiento de marcha del Chad, conocida por su participación en la liberación de París en agosto de 1944.
Crecido entre Cádiz y Badalona, ciudad a la que emigró con sus padres siendo un niño, y en la que le sorprendió el golpe fallido del 18 de julio, Rafael fue movilizado a la edad de 17 años. Integrante de la Quinta del biberón, Rafael Gómez perdió en España una guerra que en su fase final le llevó a refugiarse al otro lado de los Pirineos, en una Francia hostil al extranjero. Desarmado, fue internado en el campo de Barcarés y posteriormente en el de Saint-Cyprien, donde, tras superar el caos inicial y participar en las labores de construcción del recinto, logró contactar con unos familiares residentes en Orán (Argelia). Estos le pusieron en contacto con su padre, internado en el campo de Argelés-sur-Mer; reclamaron a ambos y consiguieron su puesta en libertad.
En Orán logró sobrevivir como aprendiz de zapatero, actividad gracias a la cual pudo conocer al que más tarde sería su compañero de armas, el también andaluz Vicente Montoya (Sevilla, 1923), alias El cabrero. Junto a cientos de extranjeros, jóvenes norteafricanos, y opositores franceses, formaron parte de los Cuerpos Francos de África: unidad en la que participó en la conquista aliada del norte de África, antes de alistarse en las Fuerzas Francesas Libres y formar parte del núcleo inicial de voluntarios transnacionales que dieron cuerpo a La Nueve.
Desde que fuera creada en Orán, en el verano de 1943, y hasta que fue disuelta en 1945, al menos 335 hombres de 14 nacionalidades diferentes sirvieron en las filas de esta compañía. De ellos, al menos 185 eran españoles, en su mayoría, como Rafael, refugiados republicanos huidos en la fase final del conflicto español, pero también inmigrantes económicos llegados a territorio francés antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Sus compañeros de armas eran jóvenes norteafricanos, franceses evadidos de Francia por España, gaullistas, comunistas y refractarios del Servicio de trabajo obligatorio impuesto por los nazis, refugiados alemanes, antifascistas italianos, belgas, húngaros, portugueses, rumanos, rusos, suizos, armenios, chilenos y brasileños. Todos ellos voluntarios transnacionales de la libertad encuadrados bajo bandera francesa libre, la misma que llevaba pintada la puerta del semioruga Guernica, el vehículo que conducía Rafael a su llegada a París.
Trasladados desde Orán a Temara, donde recibieron, montaron y reglaron el equipamiento y los vehículos norteamericanos, los hombres de La Nueve fueron entrenados, previo paso por Escocia e Inglaterra desembarcaron en Normandía a principios de agosto de 1944. Había pasado un año desde que la compañía fue formada hasta que registró sus primeras bajas en combate, en Ecouché. Muchas más llegaron después, especialmente camino de Estrasburgo. La mayoría fueron reemplazadas con jóvenes reclutas franceses, que mitigaron hasta casi diluirlo el acento español que tenía la compañía al nacer.
Desmovilizado en 1945, Rafael regresó a Argelia, se casó con Florence López, francesa de origen español, y formó una familia. Regresó a la metrópoli en 1957 y se instaló en Estrasburgo, ciudad en la que falleció el lunes. Como sus compañeros de armas, fue un joven normal que hizo cosas extraordinarias. Un hombre sencillo que desafortunadamente este año faltará a su palabra de brindar en Grussenheim (Francia), junto a la tumba de sus compañeros caídos, por aquellos que, como él, dieron su vida defendiendo la libertad. Ojalá que sus cenizas reposen pronto con las de Florence. Así es como Rafael quería acabar una vida llena de guerras, a las que sobrevivió con miedo, y a las que logró dar sentido.
Diego Gaspar Celaya es investigador y profesor de la Universidad de Zaragoza.
https://elpais.com/cultura/2020-03-31/muere-de-coronavirus-rafael-gomez-el-ultimo-espanol-de-la-nueve.html
En la madrugada del lunes 31 de marzo de 2020 ha muerto a los 99 años en Estrasburgo (Francia), víctima de la Covid-19, Rafael Gómez: andaluz transnacional nacido en Adra (Almería), en 1921, compañero, padre y abuelo. Hombre sencillo, caballero de la Legión de Honor en Francia (2012) y, hasta su fallecimiento, el último español con vida de La Nueve: la célebre compañía de combate del tercer batallón del Regimiento de marcha del Chad, conocida por su participación en la liberación de París en agosto de 1944.
Crecido entre Cádiz y Badalona, ciudad a la que emigró con sus padres siendo un niño, y en la que le sorprendió el golpe fallido del 18 de julio, Rafael fue movilizado a la edad de 17 años. Integrante de la Quinta del biberón, Rafael Gómez perdió en España una guerra que en su fase final le llevó a refugiarse al otro lado de los Pirineos, en una Francia hostil al extranjero. Desarmado, fue internado en el campo de Barcarés y posteriormente en el de Saint-Cyprien, donde, tras superar el caos inicial y participar en las labores de construcción del recinto, logró contactar con unos familiares residentes en Orán (Argelia). Estos le pusieron en contacto con su padre, internado en el campo de Argelés-sur-Mer; reclamaron a ambos y consiguieron su puesta en libertad.
En Orán logró sobrevivir como aprendiz de zapatero, actividad gracias a la cual pudo conocer al que más tarde sería su compañero de armas, el también andaluz Vicente Montoya (Sevilla, 1923), alias El cabrero. Junto a cientos de extranjeros, jóvenes norteafricanos, y opositores franceses, formaron parte de los Cuerpos Francos de África: unidad en la que participó en la conquista aliada del norte de África, antes de alistarse en las Fuerzas Francesas Libres y formar parte del núcleo inicial de voluntarios transnacionales que dieron cuerpo a La Nueve.
Desde que fuera creada en Orán, en el verano de 1943, y hasta que fue disuelta en 1945, al menos 335 hombres de 14 nacionalidades diferentes sirvieron en las filas de esta compañía. De ellos, al menos 185 eran españoles, en su mayoría, como Rafael, refugiados republicanos huidos en la fase final del conflicto español, pero también inmigrantes económicos llegados a territorio francés antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Sus compañeros de armas eran jóvenes norteafricanos, franceses evadidos de Francia por España, gaullistas, comunistas y refractarios del Servicio de trabajo obligatorio impuesto por los nazis, refugiados alemanes, antifascistas italianos, belgas, húngaros, portugueses, rumanos, rusos, suizos, armenios, chilenos y brasileños. Todos ellos voluntarios transnacionales de la libertad encuadrados bajo bandera francesa libre, la misma que llevaba pintada la puerta del semioruga Guernica, el vehículo que conducía Rafael a su llegada a París.
Trasladados desde Orán a Temara, donde recibieron, montaron y reglaron el equipamiento y los vehículos norteamericanos, los hombres de La Nueve fueron entrenados, previo paso por Escocia e Inglaterra desembarcaron en Normandía a principios de agosto de 1944. Había pasado un año desde que la compañía fue formada hasta que registró sus primeras bajas en combate, en Ecouché. Muchas más llegaron después, especialmente camino de Estrasburgo. La mayoría fueron reemplazadas con jóvenes reclutas franceses, que mitigaron hasta casi diluirlo el acento español que tenía la compañía al nacer.
Desmovilizado en 1945, Rafael regresó a Argelia, se casó con Florence López, francesa de origen español, y formó una familia. Regresó a la metrópoli en 1957 y se instaló en Estrasburgo, ciudad en la que falleció el lunes. Como sus compañeros de armas, fue un joven normal que hizo cosas extraordinarias. Un hombre sencillo que desafortunadamente este año faltará a su palabra de brindar en Grussenheim (Francia), junto a la tumba de sus compañeros caídos, por aquellos que, como él, dieron su vida defendiendo la libertad. Ojalá que sus cenizas reposen pronto con las de Florence. Así es como Rafael quería acabar una vida llena de guerras, a las que sobrevivió con miedo, y a las que logró dar sentido.
Diego Gaspar Celaya es investigador y profesor de la Universidad de Zaragoza.
https://elpais.com/cultura/2020-03-31/muere-de-coronavirus-rafael-gomez-el-ultimo-espanol-de-la-nueve.html
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