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viernes, 13 de febrero de 2026

Los once dones de doña Isabel

Ella está con los de arriba. Está con los empresarios más que con los trabajadores, con los fuertes más que con los débiles, con los poderosos más que con los ciudadanos de a pie

Isabel Díaz Ayuso. Isabel Díaz Ayuso. / Alberto Ortega

Algo especial pasa con esta mujer. O algo me pasa a mí con ella. Por mucho que me esfuerzo en entender su forma de pensar, de hablar y de comportarse no doy con la clave. Es un enigma para mí. Creo que le falta un hervor o algún tornillo. Si hay un personaje en la política española que encarna los males del populismo de derechas es la señora Ayuso. Lo tiene todo. Todo lo malo, claro. Este primer enigma me lleva a otro no menos complejo: ¿por qué motivos la votan, siendo como es, diciendo lo que dice y haciendo lo que hace?

Voy a tratar de exponer, aunque sea brevemente, once dones que la hacen singular.

El don de odiar visceralmente a sus oponentes políticos, especialmente al presidente del gobierno. No se puede ser más obsesiva en el desprecio. Creo que no le cabe el odio en el cuerpo. Descalificaciones, insultos, agresiones verbales… Ella, que acusa de forma persistente al presidente de dividir a la ciudadanía en dos bandos, tiene tan elevado el muro entre buenos y malos que es imposible saltarlo o abrir una rendija para ver algo bueno en la otra parte. ¿De verdad le importa esa división entre unos y otros cuando ella es la que se muestra más beligerante con sus adversarios?

El insulto, el desprecio y la mofa constituyen el eje de su proceder. No puede hablar sin agredir. Llamar hijo de puta al presidente y revestir el insulto con risas es un deporte que practica con regodeo. El ya famoso «me gusta la fruta», lema que se ha popularizado en camisetas, tazas y merchandising es uno de sus logros más notables. Es la campeona de las descalificaciones al presidente del gobierno. Que yo recuerde, le ha llamado corrupto, caudillo bolivariano, mafioso, tecnocomunista, caradura, socio de ETA, violento, estafador, chavista y tirano.

El don del protagonismo que la lleva a pensar y a decir que su comunidad es el centro del mundo: ella y su comunidad autónoma tienen una fuerza centrípeta irresistible que hace que todos quieran ir a Madrid a invertir, a vivir o a veranear.

Su comunidad, alardea la presidenta, está siendo un fenómeno nunca visto de crecimiento, desarrollo y prosperidad. En Madrid se vive una libertad más pura que en ningún otro sitio. Los habitantes de Madrid saben disfrutar de las terracitas y de las cervecitas como en ninguna otra parte se disfruta. Madrid está de moda. No solo es la capital, es lo capital.

Sin exhibir dato alguno (o más bien, ignorando los datos más palmarios, como es el hecho de que Madrid es la comunidad que menos invierte en sanidad) suelta frases como «la sanidad de la comunidad de Madrid es la mejor de España». ¿Por qué es la mejor? Porque ella lo dice. Y punto. Y se queda tan tranquila y tan orgullosa. Y las mujeres que se vayan a abortar fuera de su comunidad…

El don de manejar como nadie la ley del embudo: ella se muestra exigente y justiciera con el gobierno y con el ministro de Transportes y pide la dimisión no solo del ministro, también del presidente del Gobierno antes de que concluya la investigación. Pero no pide en un año la dimisión de Mazón ni la de Feijóo por una irresponsabilidad indiscutible que costó 230 muertos

Ella, que lleva a sus espaldas la friolera de 7291 ancianos fallecidos en las residencias de la comunidad de Madrid, después de aprobar los protocolos de la vergüenza y de recibir la ayuda indecente de jueces que no mueven un dedo para investigar lo sucedido, dice de forma miserable que esos ancianos iban a morir más bien pronto que tarde. Hay que tener cuajo para referirse a los familiares de las víctimas como «plataforma de frustrados». Ella no dimite.

El don de desmantelar lo público en beneficio del negocio privado: recorta el presupuesto de las Universidades públicas y mima a las privadas. Tiene a los hospitales y centros de salud públicos desasistidos y protege a quienes hacen de la salud de los ciudadanos un negocio. El caso de los dirigentes del Hospital de Torrejón lo ha dejado muy clarito: lo primero es el dinero y lo segundo la salud de los pacientes.

Y cuando se privatiza ya se sabe lo que pasa. ¿Tienes dinero? Tendrás salud, sanidad, seguridad… ¿No lo tienes? Pues te pudres. Los ancianos que tengan seguro privado sí se van a los Hospitales…

El don de meterse donde no la llaman: el presidente del Gobierno y el de la comunidad autónoma andaluza acuerdan hacer un homenaje de Estado a las víctimas de los accidentes ferroviarios de Adamuz, pues ella contraprograma casi a la misma hora una misa en la catedral de la Almudena. En Huelva están los Reyes, tres ministros del gobierno, el presidente de su partido y los familiares de las víctimas. Ella es «la reina» en el funeral de Madrid.

Viene el señor Milei a Madrid, insulta al presidente del gobierno de su país, y ella le impone una medalla porque le da la real gana, sin pensar que en su comunidad hay muchas personas que consideran indeseable al señor de la motosierra.

El don de no saber lo que significa la palabra autocrítica: todo lo que funciona mal en la Comunidad de Madrid es culpa del gobierno central y todo lo que funciona bien es mérito suyo y de su equipo.

Todo lo que ella hace es bienintencionado y lo que hace el gobiernocentral es perverso. El gobierno regulariza a medio millón de inmigrantes y ella dice que es «para alterar el censo electoral». No sabe distinguir la regularización de la nacionalización que es necesaria para votar.

El don de ser despiadada con quienes se meten con ella: Pablo Casado, expresidente de su partido, es el mejor ejemplo. Quiso comprobar si los negocios de su hermano con la comunidad de Madrid eran limpios (un deber elogiable) y fue defenestrado de su cargo y de la política. Fue borrado del mapa. ¿Cómo no temerla?

Cuando su «ciudadano particular» admitió haber cometido dos delitos fiscales (ella, de forma descarada insistió arteramente en que se trataba de una multa) emprendió una guerra contra el fiscal general del Estado por una posible y nunca probada filtración de los datos de su pareja. Y la emprendió contra el fiscal general del Estado que, con la colaboración indispensable de la judicatura y la ayuda y las mentiras de su inefable jefe de gabinete, fue condenado con la inhabilitación para el cargo y con una multa para el pobrecito de su novio que estuvo al borde del exilio o del suicidio.

El don de un inusitado afán de protagonismo:

Ella y solo ella se ausenta de la reunión de presidentes porque el lehendakari Imanol Pradales se expresa en euskera. Ella y solo ella no acude a la cita del presidente del Gobierno, como es su obligación, cuando cita a los presidentes autonómicos en Moncloa.

Ella opina sobre todo y sobre todos. Ninguno de sus colegas presidentes tiene un protagonismo similar. En realidad actúa como si fuera la jefa de la oposición, dedicando sus intervenciones en el parlamento autonómico a ejercer la crítica al Gobierno central.

El don de ponerse del lado de los verdugos, no de las víctimas: lo hemos podido comprobar estos días en el caso de las dos empleadas domésticas que han denunciado al cantante español por abusos sexuales. Dice que la comunidad de Madrid no va a desprestigiar a ningún artista y menos a un cantante tan renombrado. ¿Qué le importa lo que han sufrido las dos mujeres mientras trabajaban para él? ¿Qué le importan las condiciones abusivas, humillantes e ilegales que imponía para su contratación?

Ella está con los de arriba. Está con los empresarios más que con los trabajadores, con los fuertes más que con los débiles, con los poderosos más que con los ciudadanos de a pie. Con los genocidas más que con las víctimas. Por eso se fotografía con el equipo ciclista de Israel. Por eso prohíbe llevar a las escuelas banderas de Palestina.

El don de construir las hipérboles más descabelladas: dice con todo el aplomo que le da su caradura que ETA está a punto de conquistar el País Vasco y Navarra, que el presidente del Gobierno la quiere matar, que lo que pretende el presidente es meter a todos los españoles en la cárcel, que estamos avanzando hacia una dictadura.

La antología de sus exageraciones y disparates no tiene límites. Ahí están sus sesudos eslóganes: «socialismo o libertad», «Madrid es libertad», «Menos impuestos, más libertad»…

El don de creer que tener mayoría absoluta es el signo inequívoco de la bondad de sus políticas y de sus planteamientos: El señor Gil y Gil encadenaba mayorías absolutas en las elecciones al Ayuntamiento de Marbella. Era aclamado por la ciudadanía mientras él la expoliaba. Decía con orgullo: «los números cantan». Escribí un artículo titulado ‘Los números desafinan’.

Hay que analizar cómo se conquistan los votos y hay que pensar también para qué y para quiénes se gobierna. Ahí está la clave.

Termino. No es que se me hayan agotado los dones de doña Isabel, es que se me ha agotado el espacio para seguir añadiendo otros que te dejan asombrado de quién es y cómo es esta mujer y de que alguien deposite en ella su confianza. El Adarve