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martes, 13 de agosto de 2013

Rotundo éxito en Salzburgo. Los chicos del sistema Abreu de Venezuela protagonizan un evento musical histórico en Salzburgo


“Es el acontecimiento pedagógico más importante de mi vida”, afirma el director Simon Rattle.

Marina Mahler tiene miedo a volar. Por eso, hasta ayer, la nieta del gran compositor austriaco Gustav Mahler no había podido corroborar la veracidad de los cuentos llegados desde Venezuela. Allí, le relataban, unos chamos de entre 8 y 14 años, eran capaces de interpretar la Primera sinfonía de su abuelo, con un vigor, un entusiasmo y un sentido del romanticismo desgarrado que muchos profesionales en Europa quisieran para sí.

En el Felsenreichtschule del Festival de Salzburgo, ella misma pudo contemplar por la mañana, con los ojos empapados en lágrimas, como muchos de los presentes, el milagro. “La música transforma, es cierto. Y estos chicos conocen las emociones necesarias para interpretar la de mi abuelo”, aseguraba Marina Mahler.

Ella sabe de lo que habla. Cuando Rubén Rodríguez, de 13 años, primer contrabajista de la Sinfónica Nacional Infantil de Venezuela, atacaba el tercer movimiento de la Titán, esa entre dulce y escalofriante danza que Mahler compuso con el recuerdo traumático traído desde su infancia del entierro de un niño, el resto de los 207 músicos que componen la orquesta, le acompañaron con un extraño pálpito.

Quizá sepan sentir como nadie la puñalada que produce la muerte cercana de algún familiar o algún compañero de colegio caído en los barrios que habitan, allá en Caracas, en Maracaibo, en Barquisimeto, en Victoria, en Coro, en Cumaná, en Valencia... Entornos todos de los que salen estos presentes y futuros músicos. Los que ayer se presentaron junto a Simon Rattle, en este templo de la música occidental y con la presencia de José Antonio Abreu, el hombre visionario que comenzó este proyecto en 1975 y ahora reúne en sus núcleos a más de 400.000 estudiantes de un lado a otro del país latinoamericano, en su mayoría de extracción social muy pobre.

Lo vivido en esta edición el Festival de Salzburgo, con los venezolanos como residentes, ha sido un antes y un después. Lo afirma el director de la cita, Alexander Pereira, lo corrobora Abreu y lo confirma Rattle. “Este es el acontecimiento pedagógico más importante, no solo de los últimos años, sino de toda mi vida”, comenta el director de la Filarmónica de Berlín.

Y así lo ha sentido también el público, que asistió en masa a las 16 apariciones que los músicos venezolanos han ofrecido este año en Salzburgo: primero con la Orquesta Simón Bolívar, más tarde con las del Coro de Manos Blancas —compuesto por sordomudos y minusválidos— y ayer y hoy con la actuación de la Infantil.

Es, ni más ni menos, que el relevo de la más pura tradición europea —y en la ciudad que vio nacer a Mozart— a esta avalancha de talento llegada desde un confín tropical cuando hace pocas décadas nadie en el mundo podía figurarse que algo así fuese posible. Ha sido la materialización de una esperanza, la confirmación a lo grande de un fenómeno que llama la atención en todo el mundo.

La historia del sistema desde los años setenta hasta hoy es la historia de un desafío constante, de un por qué no sistemático lanzado a la cara de las convenciones y las convicciones. El cuento con final feliz de una ambición social, humanitaria, desmedida; de una fe en la gente, en su gente, irrevocable, la fe de José Antonio Abreu. “No sé si el sistema puede implantarse en cualquier país”, comenta Rattle. “Creo que es más fácil en lugares con fuertes raíces musicales. Puede funcionar en sitios tan dispares como Sudáfrica, Venezuela o Finlandia… Quizá su éxito se deba al empuje de un hombre. Sudáfrica tuvo a Mandela, Venezuela cuenta con Abreu”, asegura el músico de Liverpool.

Es en esa liga en la que Abreu juega para la historia. La de los grandes líderes humanitarios globales, por encima de Gobiernos y de baches históricos. El sistema es la mejor cara que Venezuela y la música pueden ofrecer al mundo.

A partir de ahora, cree Abreu, cualquier país dejará de dudar de la eficacia pedagógica implantada por él. “Se arriesgarán a probarlo”, cree el maestro. Su sistema ha desafiado la educación musical corriente, individualizada, cambiándola por la necesidad de trabajar en grupo desde el principio.

Los resultados sociales son espectaculares. La música da sentido a la vida de los chicos y crea una fuerte identidad y un orgullo especiales, fundamentales para afrontar las duras realidades que les rodean. Por si no fuera suficiente, a estos resultados sociales se unen los artísticos. Cuando un niño prefiere pasar horas y horas en un núcleo en lugar de salir a la calle, donde le espera una realidad de delincuencia, armas de fuego y exclusión social, la práctica se nota. Se produce así de manera muy natural el virtuosismo.

Así se ha podido comprobar estos días en la ciudad austriaca. La pervivencia de lo que Rattle llama “el virus”. Una enfermedad contagiosa que los posee y los empuja a la conquista de sus propias capacidades individuales y colectivas. Y los chicos destacan en sus papeles los solistas, pero también lo hacen los directores del Sistema.

Hasta la fecha habíamos oído hablar de Gustavo Dudamel, la joya de Abreu, adoptado ahora en Europa por el propio Rattle y sobre el que se ha colocado, quizá con demasiada ansiedad el foco para sustituir en 2018 al inglés en Berlín. Sobre eso, Rattle se muestra cauteloso. “Lo que yo diga, si me decanto por alguien, puede perjudicarle. La Filarmónica de Berlín es una orquesta absolutamente democrática, ellos eligen soberanamente”. Pero tampoco está exenta de intereses y cuchillos, ataques como los que él mismo padeció al principio de su mandato por parte de los partidarios de Daniel Barenboim. A veces, los integrantes del cónclave berlinés pueden asemejarse al Vaticano. “Sí, claro, pero con la ventaja de que son capaces de elegir a un papa mucho más joven”, bromea Rattle.

No solo Dudamel ha salido de la cantera de Abreu. Ahí están ya en órbita y sin haber cumplido los 30 Diego Mattheuz o Christian Vásquez. Pero en este escaparate de Salzburgo, el propio Abreu tenía reservada una sorpresa: Jesús Parra, de 18 años.

Debutó ayer Parra de la mano de Simon Rattle. Hace tres años, en Caracas, un chavalillo tímido, dulce y seriote, seguía los ensayos del propio Rattle partitura en mano. Estaba ansioso por aprender. Hoy, sus nueve hermanos y sus padres —peluquera y comerciante de Victoria, a dos horas de Caracas con cola (atasco), comenta Parra— deben estar comiéndose la emoción por saber del éxito que cosechó su hijo en su debut internacional.

Parra cabalgó junto a la Infantil, con una desbocaba partitura de Ginastera, la suite de ballet Estancia, un canto a la cultura gaucha parida por la endiablada cabeza de un músico deseoso de emular a Bartok. Parra la encaró con vigor, prestancia, madurez, dominando cada uno de sus virtuosos aspectos, domando los aires pampeños, fundiendo Argentina y Venezuela en Centroeuropa y contagiando el sello enérgico de los suyos al público atónito.

Su éxito fue arrollador. Como al final el de toda la orquesta. Puede que sea difícil en estos tiempos medir el entusiasmo. Queda un detalle más allá de las lágrimas y los 10 minutos de aplausos entre los presentes. Uno nunca había presenciado a un público que no dejara de hacerlo hasta que el último de los músicos abandonó el escenario.

Para valorar el éxito de los venezolanos en Salzburgo quizá también valga una promesa. Marina Mahler tiene miedo a volar, como ya habíamos contado. Pero le aseguró a este cronista que piensa vencerlo y agarrar un avión que la plante en Venezuela para visitar personalmente los rincones desde los que emana la música que ayer, según ella, “hubiese emocionado a mi abuelo hasta el llanto”.
Fuente: El País.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Bound for Local Glory at Last

TULSA, Okla. — Oklahoma has always had a troubled relationship with her native son Woody Guthrie. The communist sympathies of America’s balladeer infuriated local detractors. In 1999 a wealthy donor’s objections forced the Cowboy Museum in Oklahoma City to cancel a planned exhibition on Guthrie organized by the Smithsonian Institution. It wasn’t until 2006, nearly four decades after his death, that the Oklahoma Hall of Fame got around to adding him to its ranks.
But as places from California to the New York island get ready to celebrate the centennial of Guthrie’s birth, in 2012, Oklahoma is finally ready to welcome him home. The George Kaiser Family Foundation in Tulsa plans to announce this week that it is buying the Guthrie archives from his children and building an exhibition and study center to honor his legacy.
“Oklahoma was like his mother,” said his daughter Nora Guthrie, throwing back her tangle of gray curls as she reached out in an embrace. “Now he’s back in his mother’s arms.”
The archive includes the astonishing creative output of Guthrie during his 55 years. There are scores of notebooks and diaries written in his precise handwriting and illustrated with cartoons, watercolors, stickers and clippings; hundreds of letters; 581 artworks; a half-dozen scrapbooks; unpublished short stories, novels and essays; as well as the lyrics to the 3,000 or more songs he scribbled on scraps of paper, gift wrap, napkins, paper bags and place mats. Much of the material has rarely or never been seen in public, including the lyrics to most of the songs. Guthrie could not write musical notation, so the melodies have been lost.
The foundation, which paid $3 million for the archives, is planning a kickoff celebration on March 10, with a conference in conjunction with the University of Tulsa and a concert sponsored by the Grammy Museum featuring his son Arlo Guthrie and other musicians. Although the collection won’t be transferred until 2013, preparations for its arrival are already in motion. Construction workers are clearing out piles of red brick and wire mesh from the loading dock in the northeast end of the old Tulsa Paper Company building, in the Brady District of the city, where the planned Guthrie Center is taking shape. The center is part of an ambitious plan to revitalize the downtown arts community.
Now that the back walls are punched out, workers trucking wheelbarrows of concrete can look across the tracks to the tower built by BOK Financial, which George Kaiser, whose foundation bears his name, presides over as chairman. Forbes magazine ranks Mr. Kaiser as the richest man in Oklahoma and No. 31 on its Forbes 400 list.
Ken Levit, the foundation’s executive director, said he thought of doing something for Guthrie after the Hall of Fame induction. Nowhere in Tulsa, he said, is there even a plaque paying homage to this folk legend, who composed “This Land Is Your Land”; performed with Pete Seeger and Lead Belly; wrote the fictionalized autobiography “Bound for Glory”; and sang at countless strikes and migrant labor protests in the 1930s and ’40s. Mr. Levit began a more than three-year campaign to win the consent of Ms. Guthrie, who had taken custody of the boxes that her mother, Marjorie Guthrie, had stowed away in the basement of her home in Howard Beach, Queens.
Ms. Guthrie, who as one of Guthrie’s youngest children, didn’t really know her father until Huntington’s disease began to rob him of his sanity, movement and speech many years before his death, in 1967, said she only rediscovered the kind of man he once was when she started to page through the boxes about 15 years ago.
“I fell in love through this material with my father,” Ms. Guthrie, 61, a former dancer, said from her office in Mount Kisco, N.Y.
Her older brothers Arlo and Joady were happy to have her take custody of the papers. Of Arlo, she said, “He was filled up with being Woody Guthrie’s son, so he was glad the responsibility moved to me.”
She said the information contained in the archives can clear up misconceptions about her father that she has frequently heard at scholarly conferences and read in articles, including that he didn’t write love songs or sexually provocative lyrics. She has also opened up his notebooks to contemporary musicians like Billy Bragg and Wilco, Jackson Browne, Rob Wasserman, Lou Reed and Tom Morello so that they could compose music to her father’s words.
One of those artists, Jonatha Brooke, is starting off the Guthrie Foundation and Grammy Museum’s yearlong centennial celebrations on Jan. 18 at Lincoln Center with a concert of new songs she wrote for the lyrics.
Woody Guthrie’s music has also had added play time this year as Arlo Guthrie, Mr. Seeger, and other musicians have sung his protest songs at Occupy Wall Street demonstrations in New York and elsewhere.
While this poor folks’ hero and the richest man in Oklahoma might not seem to have much in common, Mr. Kaiser’s foundation, with its $4 billion endowment, is dedicated to helping Tulsa’s most disadvantaged. “I cried for an hour after meeting George Kaiser,” Ms. Guthrie said. “This uts together what I’ve always dreamed of.”
Brian Hosmer, a history professor at the University of Tulsa who is organizing the March conference — ironically titled “Different Shades of Red” — said Guthrie’s legacy is contested in some quarters.
“There is no doubt there will be some voices in opposition to the way Guthrie is being emphasized — Oklahoma is about the reddest state you can have,” Mr. Hosmer explained, referring to its conservatism. “And when Woody Guthrie was a boy, Oklahoma was also the reddest state because we had more socialists elected to public office than any other.”
Guthrie always said he was influenced by the songs he had heard his mother sing in his hometown, Okemah, about an hour’s drive from Tulsa, with a population of 3,000. His radicalism offended local officials, who scorned Guthrie until an Okemah resident, Sharon Jones, decided to do something about it in the late 1990s. One of her cousins, an avid Guthrie fan, came to visit and was shocked there wasn’t a single mention of her idol. So Ms. Jones, who died in 2009, created the Woody Guthrie Coalition, which organized an annual folk festival, called WoodyFest, around his birthday on July 14, as well as a statue, a mural and a memorial. Sensitive to the area’s Baptist beliefs (including Ms. Jones’s), no alcohol was permitted at the celebration until this year.
Dee Jones, Sharon’s husband, explained that Guthrie “was kind of taboo because some influential people in this town thought Woody Guthrie had communist leanings.” But once the community realized that the 3,000 or so attendees brought in business, everyone got behind it, Mr. Jones said.
A couple of blocks from the memorial statue, visitors can run a finger along the fading letters “W-O-O-D-Y” on a fragment of Main Street’s original sidewalk, where the 16-year-old Guthrie signed his name in wet cement in 1928.
Mary Jo Guthrie Edgmon, Woody’s 90-year-old sister, always hosts a pancake breakfast during the four-day music festival. A white-haired, elfin woman with a persistent smile and a sharp wit, Ms. Edgmon remembered how her brother was always making music.
“You’d sit down at the dinner table, and there’d be glasses of water, and he’d pick up a fork and play the glasses all around the table,” she said. “If it made music, he played it.”
Reciting snatches of Guthrie’s poetry and songs, Ms. Edgmon said her brother never cared what people thought of him and did not necessarily hold a particular affection for his birthplace. “He didn’t get attached to anything,” she said. “Everywhere was his home.”
Still, after so many years of Oklahomans’ snubbing her brother’s memory, she said the whole family was thrilled he was being honored: “What we were all shooting for,” she said, “was acknowledgment.”By PATRICIA COHEN, NYT. Aquí una versión en español, Woody Guthrie. La tradicional River Valey. Con sonido de harmónica.

domingo, 23 de enero de 2011

Los 10 compositores más famosos


Left, 1. Johann Sebastian Bach (1685-1750). From top left, 2. Ludwig van Beethoven (1770-1827), 3. Wolfgang Amadeus Mozart (1756 — 91). 4. Franz Peter Schubert (1797-1828). From middle left, 5. Claude Achille Debussy (1862 — 1918), 6. Igor Stravinsky (1882 — 1971), 7. Johannes Brahms (1833 — 97). From bottom left, 8. Giuseppe Verdi (1813 — 1901), 9. Richard Wagner (1813 — 83), 10. Bela Bartok (1881 — 1945). (NYT)