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sábado, 3 de enero de 2026

Lo que las primeras heces de un bebé revelan sobre el futuro de su salud

Un bebé a pocos días de nacido duerme en pañales sobre un fondo oscuro

Fuente de la imagen,Getty Images

Pie de foto,Cuando nacemos somos prácticamente estériles


Es 2017 y dos técnicos del laboratorio de patología del Hospital Queen's de Londres esperan con impaciencia el correo del día.

En un buen día, este laboratorio puede recibir 50 paquetes individuales bien sellados, cada uno con un tesoro en su interior: una pequeña muestra de heces de bebé, cuidadosamente recogidas por sus padres de los pañales de los recién nacidos.

Estos técnicos son la pieza clave del estudio Baby Biome, cuyo objetivo es comprender cómo la microbiota intestinal del bebé —los billones de microbios que viven en su tracto digestivo— afecta a su salud futura. Entre 2016 y 2017, el laboratorio analizó las heces de 3.500 recién nacidos.

Los resultados fueron muy reveladores.
"No es hasta tres o cuatro días después del nacimiento que se empieza a notar una buena presencia de microbios en el intestino, por lo que la colonización tarda un par de días", explica Nigel Field, profesor de epidemiología de enfermedades infecciosas del University College London (UCL), quien dirige el proyecto Baby Biome.

"Al nacer, somos prácticamente estériles. Por lo tanto, es un momento extraordinario para el sistema inmunitario, ya que hasta entonces, todas las superficies del cuerpo no entran en contacto con microbios".

Todos, una vez pasados los primeros días de vida, desarrollamos una microbiota intestinal.

Los científicos creen ahora que esta comunidad de bacterias, hongos y virus desempeña un papel vital en nuestra salud. En la edad adulta, ayudan a descomponer la fibra difícil de digerir y proporcionan las enzimas necesarias para sintetizar ciertas vitaminas.

Simplemente con estar presentes, nos protegen de patógenos dañinos, e incluso algunos liberan antibióticos naturales para eliminar los invasores.

Dos personas de la tercera edad son asistidas por una enfermera

Dos personas de la tercera edad son asistidas por una enfermera

Fuente de la imagen,Getty Images

Pie de foto,

Una microbiota intestinal saludable podría proteger contra afecciones como la ansiedad, la depresión e incluso enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer.

Los beneficios de una microbiota intestinal saludable van aún más allá. Investigaciones recientes sugieren que una microbiota intestinal que funciona correctamente podría proteger contra afecciones como la ansiedad, la depresión e incluso enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer.

Sin embargo, la otra cara de la moneda es que una microbiota intestinal desequilibrada en la edad adulta se asocia con una larga lista de afecciones, entre las que se incluyen enfermedades cardiovasculares, cáncer colorrectal, enfermedad renal crónica, diabetes, enfermedad inflamatoria intestinal y obesidad.

Aunque los científicos han realizado numerosos estudios sobre el papel de las bacterias intestinales en la salud adulta, hasta recientemente se sabía poco sobre su impacto durante la infancia. Esto, sin embargo, está empezando a cambiar.

"Los primeros microbios que colonizan el intestino del bebé son como los arquitectos del sistema inmunitario", afirma Archita Mishra, profesora titular de la Universidad de Sídney, en Australia, quien estudia el papel del microbioma en el desarrollo inmunitario durante la primera infancia.

"Ayudan a 'entrenar' al cuerpo para distinguir entre lo propio y lo ajeno, enseñando a las células inmunitarias a tolerar los antígenos alimentarios y los microbios inofensivos, y a generar defensas contra los patógenos".

Según Mishra, las comunidades bacterianas que se establecen en los primeros seis a doce meses son responsables del riesgo de alergias, de la respuesta del niño a las vacunas y del buen funcionamiento de la barrera intestinal, la capa que separa el contenido intestinal del resto del cuerpo.

"Los primeros mil días de vida parecen ser un periodo crítico en el que el microbioma intestinal deja una huella que perdura décadas", explica Mishra.

Rostro lleno de excremento

Se cree que la placenta es una zona libre de microorganismos, lo que significa que los bebés no tienen microbioma intestinal dentro del útero. En cambio, parecen heredar la mayor parte de su microbiota del tracto digestivo de la madre, no de la vagina, como se creía anteriormente.

Una madre inspecciona el pañal de su bebé

Una madre inspecciona el pañal de su bebé

Fuente de la imagen,Getty Images

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"La mayor diferencia radica realmente en el modo de nacimiento", afirma Field

"La naturaleza tiene un método muy preciso para establecer la microbiota intestinal en un recién nacido", afirma Steven Leach, profesor titular especializado en la microbiota gastrointestinal de la Universidad de Nueva Gales del Sur, en Sídney. "Si pensamos en el proceso del parto, el bebé nace con la cabeza hacia abajo, mirando hacia la columna vertebral de la madre. Anatómicamente, la cabeza del bebé empuja el contenido del intestino materno. Así que, básicamente, al nacer, el bebé se encuentra con la cara llena de heces".

Al parecer, las bacterias intestinales empiezan a influir en la salud casi desde el momento del nacimiento. Por ejemplo, la investigación de Field sobre las heces de los bebés ha demostrado que tener la microbiota intestinal adecuada en los primeros días de vida podría ayudar a protegerlos contra infecciones virales durante la infancia. El equipo analizó las heces de 600 bebés a los cuatro, siete y 21 días de vida. Algunos de estos bebés fueron evaluados nuevamente a los seis meses y al año.

"La mayor diferencia radica realmente en el modo de nacimiento", afirma Field. "Por lo tanto, los bebés nacidos por cesárea tienen un aspecto muy diferente al de los bebés nacidos por vía vaginal".

Cesárea vs. parto vaginal

Esto tiene sentido, ya que los bebés nacidos por cesárea se pierden la experiencia del excremento en el rostro que tienen los bebés nacidos por vía vaginal. Las cesáreas, por supuesto, son un procedimiento que salva vidas y a menudo médicamente necesario. Pero la investigación muestra que los bebés nacidos de esta manera no reciben bacterias beneficiosas que podrían protegerlos de infecciones respiratorias.

El estudio de 2019 descubrió que, durante la primera semana después del nacimiento, una de las tres especies pioneras principales suele establecerse en el intestino del bebé: Bifidobacterium longum (B. longum), Bifidobacterium breve (B. breve) o Enterococcus faecalis (E. faecalis).

"Según la especie que se encuentre, esta determina la trayectoria de las demás especies que colonizarán al bebé", afirma Field.

Al séptimo día, los bebés nacidos por vía vaginal tendían a tener B. longum o B. breve en su tracto digestivo, mientras que los bebés nacidos por cesárea tenían más probabilidades de estar colonizados por E. faecalis. La microbiota intestinal de los bebés nacidos por parto vaginal tendía a coincidir con la de sus madres, lo que confirma que las bacterias se transmiten principalmente a través del intestino materno, no de la vagina. Por otro lado, los bebés nacidos por cesárea presentaban una mayor cantidad de bacterias asociadas al entorno hospitalario.

"E. faecalis es una bacteria relacionada con infecciones oportunistas. Por lo tanto, si el sistema inmunitario no funciona correctamente, puede causar enfermedades", explica Field.

Un bebé gatea entre pañales

Un bebé gatea entre pañales

Fuente de la imagen,Getty Images

Pie de foto,La presencia de B. longum parece proteger a algunos bebés nacidos por vía vaginal de afecciones respiratorias

Los investigadores descubrieron que las diferencias en la microbiota intestinal entre los bebés nacidos por parto vaginal y los nacidos por cesárea se igualaban en gran medida al cumplir el primer año de vida. Sin embargo, había indicios de que tener bacterias beneficiosas desde el primer día les confería a los bebés una ventaja para su salud. El equipo realizó un seguimiento a más de 1.000 bebés para determinar si alguno requería hospitalización.

"Observamos que los bebés cuya microbiota intestinal estaba dominada por B. longum tenían aproximadamente la mitad de probabilidades de ser hospitalizados por una infección respiratoria durante los dos primeros años de vida, en comparación con los bebés con B. brevae y los bebés con E. faecalis", afirma Field.

En otras palabras, la presencia de B. longum parece proteger a algunos bebés nacidos por vía vaginal de afecciones respiratorias. Es posible que la ausencia de bacterias intestinales beneficiosas como B. longum explique por qué los bebés nacidos por cesárea tienen un riesgo ligeramente mayor de desarrollar ciertas afecciones inflamatorias como asma, alergias, trastornos autoinmunitarios y obesidad, aunque se necesitan más estudios para confirmarlo.

Entorno hostil 

Se desconoce por qué las bacterias intestinales del bebé pueden protegerlo de las infecciones, pero una de las principales teorías es que las bifidobacterias, como B. longum, u otras bacterias beneficiosas llamadas Lactobacillus, son expertas en descomponer los oligosacáridos, azúcares complejos presentes en la leche materna.

Estos azúcares son un componente principal de la leche materna, pero las enzimas del bebé no pueden digerirlos. B. longum convierte estos azúcares en moléculas llamadas ácidos grasos de cadena corta (AGCC), que se cree que regulan el sistema inmunitario, lo que podría ayudar al bebé a combatir mejor las infecciones.

Los AGCC también pueden ayudar a que el sistema inmunitario del bebé aprenda a ignorar y tolerar estímulos inocuos e inofensivos. En otras palabras, ayudan a guiar al sistema inmunitario hacia una respuesta inmunitaria más tolerogénica.

"En las sociedades occidentales ya no estamos tan expuestos a bacterias mortales", afirma Leach. "Por lo tanto, los problemas de salud que observamos [en la población occidental en general] tienen más que ver con una respuesta inmunitaria hiperactiva".

Bebé acostado en la cama

Bebé acostado en la cama

Fuente de la imagen,Getty Images


Pie de foto,¿Deberíamos intervenir para proporcionar a los bebés (y especialmente a los nacidos por cesárea) un impulso microbiano beneficioso?

Se cree que las bifidobacterias también ayudan a crear un entorno intestinal más hostil para las bacterias patógenas causantes de enfermedades. A diferencia del intestino de un adulto, el de los recién nacidos es aeróbico, es decir, contiene oxígeno. Esto favorece la absorción de nutrientes en el intestino durante su primer período de desarrollo. Al nacer, el intestino no es ni ácido ni alcalino (tiene un pH neutro).

"El problema es que los tipos de bacterias que podrían dañar a un recién nacido prefieren estas condiciones aeróbicas de pH neutro", explica Leach. "Las bifidobacterias ayudan consumiendo rápidamente el oxígeno y creando un entorno anaeróbico que reduce el pH. Esto limita el crecimiento de bacterias potencialmente dañinas".

Sin embargo, los científicos apenas están comenzando a comprender cómo se relaciona todo esto. "La cuestión podría ser más compleja que simplemente afirmar que 'la cesárea es menos recomendable y el parto vaginal es mejor'", explica Field.

"No todos los bebés nacidos por vía vaginal adquirieron las bacterias asociadas a un menor riesgo, y no todos los bebés nacidos por cesárea obtuvieron los resultados de salud que nos preocupaban".

Ingeniería microbiana

Sin embargo, este hallazgo plantea la siguiente pregunta: ¿deberíamos intervenir para proporcionar a los bebés (y especialmente a los nacidos por cesárea) un impulso microbiano beneficioso? "Las cesáreas salvan vidas, por lo que nuestra labor consiste en reconstruir el microbioma faltante de forma segura y precisa", argumenta Mishra.

La cuestión es cómo. Una opción que a veces se considera es la "siembra vaginal", mediante la cual se aplica una muestra de fluido vaginal en la piel y la boca del recién nacido con la esperanza de que los microbios beneficiosos se establezcan en su intestino.

Esta práctica está ganando popularidad, pero los expertos advierten que podría transmitir patógenos infecciosos peligrosos: se cree que más de una cuarta parte de las mujeres son portadoras de estreptococo del grupo B en la vagina, por ejemplo, lo que podría ser fatal para un bebé. Además, el estudio sobre el microbioma infantil de 2019 demostró que los microbios beneficiosos no provenían de la vagina de la madre.

Bebé naciendo por cesárea

Bebé naciendo por cesárea

Fuente de la imagen,Getty Images


Pie de foto,Un estudio sobre el microbioma infantil demostró que los microbios beneficiosos no provenían de la vagina de la madre.

Existen otras opciones potenciales de ingeniería del microbioma, como los trasplantes de microbiota fecal, también llamados trasplantes de heces. En este caso, las heces de la madre se transferirían al tracto gastrointestinal del bebé. Se han realizado algunos ensayos prometedores a pequeña escala, pero actualmente no se recomienda esta práctica.

"Por el momento, no sabemos si el microbioma vaginal o incluso el fecal de la madre es el adecuado para un bebé, y creo que existe el riesgo de que no sea beneficioso e incluso que cause daños que aún no comprendemos", afirma Field.

Se ha demostrado que los suplementos probióticos son una forma segura y eficaz de influir en la flora intestinal.

Algunos ensayos clínicos sugieren que podrían proteger a los bebés extremadamente prematuros o con bajo peso al nacer de la enterocolitis necrotizante, una enfermedad intestinal potencialmente mortal que afecta principalmente a los bebés prematuros, mientras que otros estudios indican que podrían reducir el riesgo de parto prematuro. Sin embargo, aún queda la incógnita de qué bacterias administrar.

"Cualquier modificación en el establecimiento del microbioma en un bebé debería centrarse en restaurar o corregir el impacto que la intervención humana ha tenido en este proceso", afirma Leach.

"La inoculación vaginal y los trasplantes de microbiota fecal son, en esencia, probióticos contaminados. Se desconoce su composición y conllevan riesgos. Por lo tanto, los probióticos son probablemente la mejor opción".

Mishra también afirma que los probióticos orales podrían ser el método más práctico y seguro, aunque señala que los resultados varían considerablemente, ya que el intestino de cada bebé es único.

Y agrega que en el futuro, probablemente, se hagan intervenciones de precisión en el microbioma, guiadas por el perfil genético, dietético e inmunológico del bebé.

"Piénsalo como 'medicina microbiana personalizada'", dice.

*Este artículo fue publicado en BBC Future.  Haz clic aquí si quieres leer la versión original (en inglés).

miércoles, 31 de diciembre de 2025

5 sencillos cambios en tu dieta que pueden mejorar tu salud intestinal

Plato de pasta con salsa bolognesa

Fuente de la imagen,Getty Images

Pie de foto,Prueba agregarle lentejas o garbanzos a la salsa bolognesa.

Basta con echar un vistazo a las redes sociales o a los estantes del supermercado para ver un sinfín de productos que prometen mejorar la salud intestinal.

Al parecer, todo el mundo habla de cuidar su microbioma: los billones de microorganismos que viven en nuestro sistema digestivo y que influyen en todo, desde la digestión y la inmunidad hasta el estado de ánimo y el sueño.

La salud intestinal se basa en tener la combinación adecuada de bacterias y suficiente fibra para que todo funcione correctamente y tu cuerpo se sienta de maravilla.

La clave para mantener los microbios sanos es alimentarlos correctamente, y mantener una microbiota intestinal saludable es más fácil de lo que crees.

En lugar de recurrir a costosos suplementos probióticos o colaciones, te recomiendo hacer estos cinco sencillos cambios en tu alimentación para darle un impulso a tu microbiota.

1. Cambia las papas fritas por palomitas de maíz. Las palomitas de maíz son un cereal integral, por lo que están repletas de fibra que alimenta las bacterias beneficiosas de tu intestino; además, son más ligeras y mucho menos procesadas que una bolsa de patatas fritas.

2. Cambia los dulces por fruta deshidratada. Si te encantan los dulces, este cambio puede ser difícil, pero los albaricoques secos, las pasas o los dátiles pueden satisfacer tu antojo y, al mismo tiempo, aportar fibra, vitaminas y azúcares naturales que tu intestino y tus niveles de energía agradecerán.

3. Añade lentejas o garbanzos a tu boloñesa. Las legumbres están llenas de fibra prebiótica, que alimenta a la microbiota intestinal, y pueden aumentar el volumen de tu plato, permitiéndote comer más cantidad, además de añadir textura y proteína vegetal. Es una excelente manera de comer menos carne sin sentir que te pierdes de algo.

4. Cambia los frutos secos con sabor por los naturales. Los frutos secos con sabor suelen estar cargados de sal y azúcar, mientras que los naturales te aportan grasas saludables y fibra sin aditivos que tu intestino podría evitar.

5. Cambia el helado por frutos rojos congelados con kéfir. El helado puede ser delicioso, pero los frutos rojos congelados con kéfir (una bebida láctea fermentada con un toque ácido) te aportan dulzor natural, antioxidantes y cultivos vivos que pueden ayudar a que tu microbiota intestinal se mantenga sana.

Frutos rojos en un un bol.

Fuente de la imagen,Getty Images

 


Pie de foto,

Con frutos rojos congelados y kéfir puedes hacer un postre delicioso.

Por supuesto, existen muchos otros alimentos que puedes consumir para mejorar tu salud intestinal, como beber kombucha o comer alimentos fermentados como el kimchi o el chucrut, pero no es necesario centrarse demasiado en ello.

Lo más importante para tu salud intestinal y general es consumir una variedad de alimentos integrales ricos en fibra, como frutas y verduras.

Y en cuanto a los suplementos y probióticos, mi consejo es el mismo: no hay evidencia de que te aporten ningún beneficio y productos como bebidas y polvos probióticos que prometen resultados milagrosos pueden costar cientos de dólares, lo cual considero un despilfarro de dinero. 


viernes, 27 de marzo de 2020

La verdad sobre el microbioma

No hagas caso a los chamanes. Lo peor no es que quieran robarte la cartera. Lo peor es que no tienen ni idea de lo que hablan

Busco microbioma en Bing y me salen vídeos italianos, por alguna razón. Philippe Langella nos ilustra sobre el microbioma intestinal de los “sujetos ancianos”, mientras Luca Masucci diserta acerca de la seguridad de los trasplantes de heces. “Microbioma y medicina veterinaria”, añade Antonio Gasbarrini sin reparar en que Franco Vicariotto ya había dado un pelotazo histórico con su vídeo “microbioma y la mujer”. La búsqueda en Google mejora un poco las cosas, pero no demasiado. Otras webs de Muy interesante, Efe Salud y el Instituto Roche nos terminan de sembrar en el hipocampo el virus cerebral (meme, en la nomenclatura de Richard Dawkins) de que el microbioma, la colección de mil especies de bacterias, virus y hongos que llevamos en el intestino y otras partes blandas, es la causa de todos los males y por tanto la solución a todos ellos. La presión de la industria alimentaria es fuerte y los sabiondos proliferan como setas de cardo en nuestra sociedad crédula e intoxicada por las redes. Mal asunto.

Y mira que la investigación del microbioma es bien activa e interesante. Los científicos dedicados a ello aspiran a descubrir si existe un microbioma saludable y cómo estimular su composición de bacterias en las personas que no tienen la suerte de llevarlo puesto de nacimiento en las tripas. Gracias a eso sabemos que el cáncer, el autismo y las enfermedades autoinmunes, que van desde la esclerosis múltiple hasta la artritis reumatoide, tienen relación con el microbioma. ¿No sería fantástico que pudiéramos tratar esas afecciones sin más que modificar la dieta? Sin duda. Sería fantástico, pero en sentido literal, porque no estamos aún en condiciones de recomendar una dieta que estimule un microbioma saludable. No hagas caso a los chamanes. Lo peor no es que quieran robarte la cartera. Lo peor es que no tienen ni idea de lo que hablan.

Peter Turnbaugh, microbiólogo de la Universidad de California en San Francisco, es uno de los responsables de la mala fama que han adquirido las carnes rojas y procesadas. Los resultados de su laboratorio indican que, en ratones, comer carne reduce las bacterias que metabolizan la fibra y promueve la enfermedad inflamatoria intestinal. Pero él mismo reconoce que sus estudios son insuficientes y extremos en las dosis de carne que consumen los animales. “¿Refleja eso lo que ocurre en la gente que sigue unas dietas más típicas?”, se pregunta. La respuesta es que no lo sabemos. Turnbaugh piensa que estos datos son valiosos para los científicos y que algún día pueden conducir a un remedio farmacológico. Pero no estamos ni de lejos en condiciones de recomendar ninguna dieta que mejore el microbioma de la población.

Hay otro asunto que merece la pena comentar. El mes pasado, Nature publicó una colección de artículos sobre el microbioma y sus efectos en la salud humana. El trabajo fue financiado por Danone y, de hecho, Patrick Veiga, Silvia Miret y Liliana Jiménez, de Danone Nutricia Research en Palaiseau, Francia, colaron en el paquete un artículo titulado “Danone: el microbioma y la probiótica, 100 años de historia compartida”. Los editores de Nature se han visto compelidos a aclarar: “Nos complace reconocer el apoyo financiero de Danone; como siempre, Nature es la única responsable de todo el contenido editorial”.

Como siempre.

lunes, 18 de septiembre de 2017

_- Los inesperados beneficios de la dieta de hace un millón de años. El autor pasó tres días comiendo como un 'hazda', uno de los últimos grupos cazadores-recolectores que quedan en África

_- Cada vez más pruebas indican que cuanto más rica y diversa sea la comunidad microbiana del intestino, menor será el riesgo de enfermar. La dieta es clave para conservar la diversidad, como quedó demostrado de manera asombrosa cuando un estudiante de grado siguió una dieta de McDonald’s durante 10 días, y al cabo de cuatro nada más experimentó un descenso significativo de la cantidad de microbios beneficiosos. Diversos estudios de amplio alcance sobre humanos y animales han arrojado resultados similares.

El microbioma del intestino es una comunidad enorme formada por millones de bacterias que tiene una influencia decisiva en el metabolismo, el sistema inmunitario y el estado de ánimo. Estos hongos y bacterias habitan hasta el último recoveco del tracto gastrointestinal. La mayoría de este “órgano microbiano”, que pesa entre uno y dos kilos, está situado en el colon (el tramo principal del intestino grueso).

Normalmente, los mayores cambios microbianos se observan en personas con mala salud y un microbioma poco diverso e inestable. Lo que ignorábamos era si un microbioma intestinal sano y estable podía mejorar en tan solo unos días. La ocasión de comprobarlo se presentó de manera poco corriente cuando mi compañero Jeff Leach me invitó a hacer un viaje de estudio a Tanzania, donde él había vivido y trabajado con los hadzas, uno de los últimos grupos cazadores-recolectores que quedan en África.

Actualmente mi microbioma está considerablemente sano, y mi diversidad intestinal –un parámetro que refleja el número y la abundancia de las diferentes especies y constituye la mejor medida general de una buena salud– era la más alta de las 100 primeras muestras que analizamos dentro del proyecto MapMyGut. Una diversidad alta se asocia con un riesgo bajo de sufrir obesidad y muchas enfermedades. Los hadzas tienen una de las diversidades más ricas del planeta.

Jeff trazó el plan de investigación. Me propuso que, durante mi estancia en el campamento del proyecto, pasase tres días comiendo todo lo que pudiese como un cazador-recolector. Tenía que medir los microbios de mi intestino antes de salir para Tanzania, mientras estaba con los hadzas, y después de mi regreso a Reino Unido. No me estaba permitido lavarme ni usar toallitas con alcohol, y se esperaba de mí que cazase y recolectase con los hadzas lo más posible, lo cual incluía entrar en contacto con las heces sueltas de niños hadzas y de babuinos rondando por ahí.

Para ayudarnos a grabar el viaje me acompañaba Dan Saladino, el intrépido presentador y productor del espacio The Food Programme de la cadena BBC Radio 4, que estaba preparando un especial sobre los microbios de los hadzas.

Tras un largo y agotador vuelo al aeropuerto monte Kilimanjaro de Tanzania, pasamos la noche en Arusha, una ciudad del norte del país. Antes de ponernos en camino a la mañana siguiente, produje mi muestra de heces de referencia.

Después de ocho horas de viaje en Land Rover por pistas llenas de baches, llegamos a nuestro destino. Jeff nos llamó por señas para que subiésemos a lo alto de una roca enorme y presenciásemos el más maravilloso de los atardeceres sobre el lago Eyasi. Allí, a un tiro de piedra del famoso yacimiento paleontológico de la garganta de Olduvai y con la imponente llanura del Serengueti al fondo, Jeff nos explicó que nunca estaríamos tan cerca de nuestro hogar en cuanto miembros del género Homo como en el lugar en el que nos encontrábamos en ese momento.

Una dieta de un millón de años
Los hadzas salen a buscar los mismos animales y las mismas plantas que los humanos han cazado y recolectado durante millones de años. Cabe destacar que el baile de microbios humanos que se interpretó en esas tierras durante miles de millones de años probablemente determinó ciertos aspectos de nuestro sistema inmunitario y nos hizo ser como somos en el presente. La importancia de estar en el país de los hadzas no se me escapaba.

A diferencia de los miembros de esta tribu, que duermen alrededor de una hoguera o en cabañas, a mí me dieron una tienda y me dijeron que cerrase bien la cremallera porque había escorpiones y serpientes. Si tenía que salir de noche a hacer pis debía tener cuidado en dónde pisaba. Tras una noche de sueño interesante pero inquieto, me habían recogido un buen montón de vainas de baobab para el desayuno.

El fruto del baobab constituye la base de la dieta hadza. Rebosa vitaminas, sus semillas contienen grasas y, por supuesto, tiene importantes cantidades de fibra. Estábamos rodeados de baobabs que se extendían en la distancia hasta donde me alcanzaba la vista. Sus frutos tienen una cáscara dura, parecida a la del coco, que se rompe con facilidad dejando ver una carne blanquecina que envuelve una semilla rica en contenido graso. Los altos niveles de vitamina C le dan un intenso e inesperado sabor cítrico.

Los hadzas mezclaron los trozos blancuzcos con agua y lo removieron todo enérgicamente con un palo durante dos o tres minutos hasta que se convirtió en unas gachas densas y lechosas que filtraron –o algo parecido– en un tazón para mi desayuno. La bebida era sorprendentemente agradable y refrescante. Como no estaba seguro de qué más iba a comer el primer día, me bebí dos tazones, y de repente me sentí saciado.

Mis siguientes tentempiés fueron las bayas silvestres que crecían en muchos de los árboles que rodeaban el campamento. Las más abundantes eran los pequeños kongorobi. Estos refrescantes frutos, ligeramente dulces, tienen 20 veces más fibra y polifenoles que las variedades cultivadas, lo cual constituía un poderoso alimento para mi microbioma intestinal. Almorcé tarde unos cuantos tubérculos ricos en fibra que las recolectoras habían desenterrado con la ayuda de un palo afilado y habían echado al fuego. En este caso costaba más esfuerzo comerlos. Se parecían a un apio duro y terroso. No repetí ni me quedé con hambre, seguramente debido a la cantidad de fibra del desayuno. Nadie parecía preocupado por la cena.

Al cabo de unas horas nos pidieron que nos uniésemos a una batida de caza en busca de un puercoespín, una delicia poco frecuente. Ni siquiera Jeff había probado esa criatura en sus cuatros años de trabajo de campo.

Los hadzas habían seguido la pista a dos puercoespines nocturnos de 20 kilos hasta su sistema de galerías en el interior de un termitero. Tras unas cuantas horas de cavar y abrir túneles –evitando cuidadosamente las espinas, afiladas como una hoja de afeitar–, finalmente atravesaron a un par de animales con las lanzas y los sacaron a la superficie. Encendieron una hoguera. Las espinas, la piel y los órganos valiosos fueron separados con mano experta, y el corazón, los pulmones y el hígado cocinados e ingeridos sin demora.

El resto de la carcasa, con su abundante grasa, se transportó de vuelta al campamento para una comida comunal. Su sabor se parecía mucho al del lechón. Los dos días siguientes el menú fue similar. El plato principal incluía damán, un extraño ungulado de espeso pelaje y unos cuatro kilos de peso, parecido al cuy y –precisamente él entre todas las criaturas– emparentado con el elefante.

El postre, recogido de lo alto de un baobab, consistió en la mejor miel dorada que habría podido imaginar jamás, con el añadido de un panal repleto de las grasas y las proteínas aportadas por las larvas. La combinación de grasas y azúcares hacía de nuestro postre el alimento con mayor concentración de energía de la naturaleza, capaz de competir con el fuego en lo que respecta a su importancia para la evolución.

En el país de los hadzas nada se desperdicia ni se mata si no es necesario, pero se come una increíble variedad de especies de plantas y animales (alrededor de 600, la mayoría de ellos pájaros) comparado con lo que comemos en Occidente. La otra cosa que se me quedó grabada fue el poco tiempo que dedicaban a conseguir el alimento. Parecía que no les llevaba más de unas horas al día. Era algo tan sencillo como recorrer un supermercado grande. Caminases en la dirección que caminases, había comida: arriba, encima, y debajo de la tierra.

Aumento de la diversidad del microbioma
Veinticuatro horas después, Dan y yo estábamos de vuelta en Londres, él con sus preciadas cintas de audio y yo con mis queridas muestras de heces. Después de producir unas cuantas más, las envié al laboratorio para que las analizasen.

Los resultados mostraron claras diferencias entre la muestra inicial y las tomadas al cabo de tres días de dieta recolectora. La buena noticia fue que la diversidad microbiana de mi intestino había aumentado ni más ni menos que un 20%, y que incluía algunos microbios africanos totalmente novedosos, como los del filo de los sinergistetes.

La mala noticia fue que, transcurridos unos días, los microbios habían vuelto prácticamente al mismo punto en que estaban antes del viaje. Pero habíamos aprendido una cosa importante: por buenas que sean tu dieta y la salud de tu intestino, no son ni de lejos tan buenas como las de tus ancestros. Todo el mundo debería hacer el esfuerzo de mejorar su salud intestinal volviendo a asilvestrar su dieta y su forma de vida. Ser más atrevidos en la cocina diaria y volver a conectarnos con la naturaleza y con la vida microbiana que la acompaña puede ser lo que todos necesitamos.

Tim Spector es catedrático de Epidemiología Genética del King’s College de Londres.
Jeff Leach es investigador visitante del King’s College de Londres.

Cláusula de divulgación: Tim Spector es cofundador de Map My Gut Ltd, una empresa dedicada a realizar pruebas de microbioma. Además, recibe subvenciones del Consejo de Investigación Médica, el Instituto Nacional para la Investigación de la Salud, la Fundación para la Investigación de las Enfermedades Crónicas, y Alzheimer’s Research UK, y es autor de El mito de las dietas: Lo que dice la ciencia sobre lo que comemos.

Jeff Leach es fundador de Human Food Project, cofundador de Map My Gut LTd, y autor de ReWild.
Este artículo fue publicado originalmente en inglés en la web The Conversation.
Traducción de News Clips.
https://elpais.com/elpais/2017/07/13/ciencia/1499947417_255308.html?rel=lom