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viernes, 7 de diciembre de 2018

Bertolucci, unas notas en el acordeón

Mundo obrero


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La muerte de Bernardo Bertolucci, en Roma, en su casa de Monteverde Vecchio, debajo del Gianicolo, a los setenta y siete años, nos llega cuando creíamos, en uno de los muchos espejismos que la vida nos depara, que el director italiano era mucho más viejo, casi de una edad venerable, porque hacía veinte años que estaba enfermo, primero en una cama, y después en una silla de ruedas, y, sobre todo, por la evidencia de que Novecento se estrenó hace más de cuarenta años, y los jóvenes que la vieron entonces son hoy ya casi unos apacibles jubilados. En ese barrio donde se dio cuenta de que Roma e Italia habían cambiado hasta el punto de que no se reconocían a sí mismas, Bertolucci documentó en sus últimos años la difícil vida que sus pintorescas callejuelas llenas de baches y de adoquines perdidos forzaban a una persona que debía moverse en silla de ruedas por el Trastevere, como si recordase las quejas de Rafael Alberti, sobre el mismo barrio romano. Bertolucci fue el único director italiano que consiguió un Oscar en esa tramposa fiesta del cine norteamericano, y aún rodó una última película en 2012, Tú y yo, antes de mirar el sombrío escenario en que se ha convertido Italia, contemplando los fantasmas que la Italia roja creyó un día que nunca volvería a ver: la sucia xenofobia, el nacionalismo miserable, la degradación de Roma, la nueva derecha y el viejo fascismo que se asoman en tantas insinuaciones al odio y en los llamamientos a la furia y al egoísmo, como si la fraternidad fuera un engaño absurdo del pasado, en un país que se reconstruyó con el antifascismo y la justicia.

Nació durante la Segunda Guerra Mundial, en Parma, como Verdi; hijo del poeta Attilio Bertolucci, y empezó a trabajar con Pasolini, también emiliano, y que, como él, se estrenaba en el cine, a quien siempre consideró uno de los mayores directores y dedicó su Novecento para responder, según sus palabras, al “pesimismo antropológico” del poeta. Bertolucci tenía apenas veintitrés años cuando rodó Prima della rivoluzione, donde recogió el sueño libertario de la militancia obrera, y treinta años cuando rodó El último tango en París, que muchos años después daría lugar a una desagradable polémica por la infame e imperdonable escena de la violación, donde Marlon Brando forzaba a Maria Schneider, una joven actriz a quien Bertolucci engañó, dejando una mancha imborrable en su trayectoria vital, una sucia cicatriz que no puede olvidarse.

Tuvo en gran estima al cine francés de Godard, y a Kurosawa, y siempre estuvo preocupado por el pasado fascista de Italia, sus orígenes, el rastro viscoso, corrupto y sangriento que había dejado en la piel del país, como se muestra en La estrategia de la araña o en El conformista, películas que rodó el mismo año, 1970, cuando las redes fascistas seguían actuando en Italia, al amparo de los servicios secretos italianos (SISMI), del Gladio de la OTAN, y de la Logia masónica de Licio Gelli, todos empeñados en cerrar el paso al Partido Comunista italiano con la siniestra estrategia de la tensión, que culminó en esos años con el feroz atentado de Bolonia, donde los fascistas causaron una matanza que acabó con la vida de ochenta y cinco personas colocando una bomba en la sala de espera de la estación de ferrocarril.

Novecento, tal vez su obra más recordada, la rodó con treinta y cinco años, ilustrando la dignidad y la alegría, el sufrimiento y el coraje con que generaciones de trabajadores y campesinos italianos lucharon contra el fascismo, por la libertad, por el socialismo. No hizo nunca la tercera parte, que debería haber narrado las luchas obreras entre 1945 y el fin de siglo, entre la derrota del fascismo y la inútil operación de Achille Occhetto que disolvió el Partido Comunista y abrió paso a la desarmada, grasienta y desconsolada Italia que se vería forzada a soportar al grotesco empresario amigo de mafiosos, Silvio Berlusconi.

De la mano de Stefania Sandrelli, Dominique Sanda, Liv Tyler o Eva Green, Bertolucci nos hizo temblar ante la belleza, y nos llevó a los años de Pu Yi, para descubrir la Ciudad Prohibida de Pekín y mostrarnos la vida de quien había sido primero emperador y después jardinero en la nueva China socialista. Allí pudo rodar escenas donde miles de personas actuaban a sus órdenes. La historia de Italia está recogida en su Novecento, que pensó en su casa del Trastevere romano, una película que él quiso iniciar con la muerte de Verdi (ese aviso incrédulo, y al tiempo desolado, de Rigoletto: Verdi è morto, Verdi e morto!, con que Bertolucci inaugura el siglo XX), y donde quiso mostrar que, gracias al socialismo, gracias al empeño de los campesinos emilianos y de los militantes comunistas, Italia iba a poder salvar su propia alma y su vieja cultura popular, ante el inquietante aviso que Pasolini había hecho de la transformación del capitalismo italiano, de la degradación de las cloacas televisivas, y de la pérdida de los rasgos de identidad de las periferias pobres que guardaban el alma de Italia.

“Demasiadas banderas rojas”, dijo el presidente de la Paramount norteamericana, cuando decidió sabotear la distribución de Novecento. Esas banderas rojas que palpitaban en su adiós a Enrico Berlinguer, donde Bertolucci recogió una de las mayores manifestaciones de duelo que se recuerdan en Italia: centenares de miles de personas dejando su último homenaje al dirigente comunista que había muerto hablando en la tribuna de una nueva Italia y del socialismo posible. Ahora, en su despedida, es forzoso recordar esas palabras finales de El cielo protector (o Il tè nel deserto, donde se inspiró en el náufrago y escritor perdido en Tánger, Paul Bowles, a quien hizo aparecer fugazmente en la película), cuando Debra Winger se acerca al viejo Bowles, mientras escuchamos la voz de Enrico Maria Salerno, preguntándose por el espejismo de “creer que la vida es un pozo inagotable, cuántas veces recordarás cierta tarde de tu infancia sin la cual ni siquiera serías capaz de concebir tu vida, cuántas mirarás salir la luna, y, sin embargo, todo parece no tener límite”. Es inevitable, también, recordar esa escena de Novecento, cuando el tren parte con las telas saludando a la gran huelga agraria, mientras las banderas rojas se agitan en las ventanillas, entre el humo y el griterío de quienes se asoman, y las mujeres abren paso al hombre de blusa blanca y gorra bolchevique que toca la Internacional con su acordeón, caminando hacia adelante.

domingo, 14 de febrero de 2016

El retrato robot del estudiante con menos opciones de futuro. Los alumnos con menos recursos tienen una probabilidad tres veces mayor de quedar rezagados.

Uno de cada 10 estudiantes españoles de 15 años no alcanza un nivel básico de conocimiento. En la definición de la OCDE eso significa que no es capaz de hacer un razonamiento complejo y que, de adulto, no podrá afrontar problemas habituales de la vida moderna. Son 42.000 alumnos con un nivel insuficiente en tres materias (matemáticas, lectura y ciencias), según el último informe de la este organismo internacional, Estudiantes de bajo rendimiento: por qué se quedan atrás y como ayudarles a tener éxito, presentado este miércoles y elaborado con resultados de la evaluación PISA de 2012. La organización económica pide a los gobiernos "hacer del bajo rendimiento una prioridad educativa" y dedicarle "recursos adicionales" que en el caso de España han ido desapareciendo progresivamente durante la crisis.

La riqueza de la familia, lo que más influye
"Lo más importante es la renta familiar", explica Alfonso Echazarra, analista de la OCDE. Es el principal factor en España y en el resto de países. Los estudiantes más pobres tienen una probabilidad tres veces mayor de quedar rezagados que el resto.

“Hay alumnos que en casa no tienen una habitación para estudiar, que pasan mucho frío porque no tienen calefacción. Son problemas que van más allá de la escuela, pero que son reales como la vida misma”, considera Charo de la Paz, docente jubilada con 38 años de experiencia como profesora y directora del instituto Arturo Soria (Madrid), al que llama “la pequeña ONU”, por la variedad de nacionalidades y etnias de sus chicos. “Para solucionar esto hay que aplicar programas de refuerzo e invertir dinero en ellos. La política educativa debe ir de la mano de otras como la sanitaria o la de servicios sociales que mejoren la calidad de vida de las familias”, añade De la Paz.

La OCDE pide "recursos adicionales" que España recortó
Igual que esta docente con décadas de experiencia, la OCDE recomienda a los países convertir el bajo rendimiento en una prioridad educativa y dar “recursos adicionales” que identifiquen a los estudiantes más regazados, con una estrategia “adecuada” y programas de refuerzo especiales para los estudiantes de origen inmigrante. ¿Qué ha ocurrido en España? “Los programas de diversificación son las víctimas fáciles de los recortes”, explica Jaime Rivière, profesor de Sociología de la Universidad de Salamanca. “La cuestión clara que la OCDE no puede decir es que muchas veces las medidas más eficaces cuestan dinero. Identificar a los estudiantes de bajo rendimiento y diseñar una estrategia adecuada a su perfil es en lo primero en lo que se recortó”, añade.

El Ministerio de Educación redujo en 2016 su partida para educación compensatoria, destinada a garantizar la equidad, un 2,6% hasta 5,11 millones de euros. Esta partida perdió casi el 90% de sus fondos en los presupuestos de 2015, cuando se recortaron 48 millones al dinero destinado a la “compensación de las desigualdades” y a activar acciones que contribuyan a prevenir las derivadas “de factores sociales, económicos, culturales, geográficos, étnicos o de cualquier otro tipo”.
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http://politica.elpais.com/politica/2016/02/09/actualidad/1455051420_102281.html