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miércoles, 16 de septiembre de 2026

Quiero que llegue septiembre

Descubrir nuevos conocimientos, explorar nuevas realidades, responderse a nuevas preguntas de las manos de apasionados e inteligentes profesores y al lado de compañeros intelectualmente inquietos tendría que ser un placer.
Todos los años, cuando llegan estas fechas, dedico un artículo a dar la bienvenida al nuevo curso escolar. Es un gran acontecimiento. Habituados a esta realidad no valoramos la importancia que tiene. Se trata de un acontecimiento impresionante. La maquinaria del sistema educativo, desde la educación infantil hasta la de adultos, pasando por la Universidad, se pone en marcha en todo el país movilizando una legión de alumnos y de profesores para iniciar un sinnúmero de experiencias de enseñanza y aprendizaje. Ya expliqué en este mismo espacio que la revista portuguesa A Página da Educaçâo, en la que escribo desde hace muchos años, está trabajando para que la Unesco declare la relación profesor/alumno patrimonio común de la humanidad.

Pues bien, esa relación salvífica se reactiva en cada institución del país, generando procesos de aprendizaje que mejoran a las personas y a la sociedad. Una relación no tan asimétrica, a mi juicio, como muchas veces se piensa. No es una relación en la que uno da y el otro recibe sino en la que los dos dan y los dos reciben. Siempre me he alegrado de haberle dado a mi primer libro un título que define, a mi juicio, la simetría de la relación: ‘Yo te educo, tú me educas’. Este libro se tradujo al portugués con el título. ‘Pedagogía da libertaçâo. Crónica sentimental de una experiencia’. Yo no lo hubiera cambiado si no hubiera insistido tanto el editor.

Hace unos años propuse en este mismo espacio que de la misma manera que celebramos la fiesta de Año Nuevo, deberíamos celebrar la fiesta de Curso Nuevo. Con más motivo. El Año Nuevo celebramos el paso de un año a otro, nada especial ya que nada trascendental sucede más que el paso del tiempo. El Curso Nuevo, por contra, pone en marcha millones de experiencias maravillosas de aprendizaje, millones de iniciativas y proyectos innovadores, millones de relaciones de amor, millones de ilusiones que son fuente de optimismo y esperanza para las personas y para la sociedad… Es en estos procesos donde mejora el mundo, donde se aprende a pensar (no qué pensar) donde se aprende a descifrar la realidad, donde se pasa de una mentalidad ingenua a una mentalidad crítica, como decía Paulo Freire, donde se fragua la paz, donde la solidaridad se acrisola, donde se aprende a convivir con quienes son diferentes, donde se entiende que los seres humanos tienen una dignidad esencial por el hecho de ser seres humanos…

Una legión de profesionales (docentes, directivos, orientadores, terapeutas, psicólogos, logopedas, inspectores, periodistas, consejeros, cargos ministeriales…) ponen sus saberes al servicio del desarrollo de este gigantesco proyecto nacional. Además, otra legión de personas (cocineros, señoras de la limpieza, conductores de autobuses escolares, conserjes, porteros, vigilantes…) colaboran de forma imprescindible para que toda la maquinaria funcione como un engranaje perfecto. Y, sobre todo, millones de escolares y de familias llegan a las instituciones educativas para participar activamente en ese proyecto salvador. En el año 2010 publiqué un libro en la Editorial Homo Sapiens titulado ‘Pasión por la escuela. Cartas a la comunidad educativa’. En él presenté 45 cartas a diversos tipos de alumnos y alumnas, de padres y madres de autoridades educativas, de otros agentes que colaboran con la escuela… Mi amigo Horacio Muros, director de una escuela argentina del Sosneado en la ciudad de San Rafael (Mendoza) de la que soy padrino pedagógico, llamó a su despacho a diversos destinatarios de mis cartas (un profesor novel, una docente que se jubila, un alumno desanimado, una madre inquieta, una señora de la limpieza…) para decirles que habían recibido una carta. Se la leía y les pedía su opinión sobre el contenido…

Los profesores y las profesoras tenemos una gran responsabilidad en ayudar a los alumnos y las alumnas a vivir esas experiencias con pasión. Y para ello es preciso que nosotros la vivamos. Creo que esta profesión no se puede desempeñar adecuadamente sin pasión. Hace algunos años una madre me escribió para decirme que estaba muy preocupada porque su hijo de diez años le había dicho algo inquietante:

Mamá, quiero ser viejo.

¿Por qué, hijo?

Porque no quiero ir a la escuela.

La madre me pedía alguna orientación o sugerencia sobre lo que podía hacer para solucionar el problema. Conversamos sobre el niño, sobre la escuela, sobre la historia escolar del niño y llegué a la conclusión de que el problema no estaba en el niño. Le sugerí a la madre que le cambiase de escuela. La madre siguió mi consejo. Pasaron algunas semanas y un viernes por la tarde la madre me llamó entusiasmada y me dijo:

Profesor, ¿sabe lo que me ha dicho mi hijo esta tarde?

No lo puedo imaginar.

Mamá, quiero que sea lunes.

El problema no estaba en el niño, el problema estaba en la escuela. En una escuela, con determinados maestros, el niño quería ser viejo para no ir a la escuela y en otra, con otros maestros, el niño quería que el día siguiente al viernes fuese lunes para ir a la escuela.

No quiero decir que el diagnóstico sea siempre el mismo. Habrá también, cómo no, problemas de actitud y de comportamiento de los alumnos y de las alumnas en aulas presididas por docentes comprometidos. Ahora bien, si nosotros, como profesionales, queremos hacerlo cada día mejor, tenemos que poner nuestras prácticas en tela de juicio todos los días.

Estaba cerrando el curso escolar pasado cuando, en pleno mes de julio, una vez finalizados los exámenes, mi hija Carla me dijo que deseaba que llegase el mes de septiembre. Me sorprendió, sí, pero también me alegró. Porque me vino a decir que le había gustado lo que había estudiado y aprendido durante el curso de Psicología y que le había alegrado comprobar que el esfuerzo realizado hubiese dado lugar a una cosecha de sobresalientes. Y, durante el verano, ha disfrutado de las vacaciones y no se las ha enturbiado el inexorable acercamiento del inicio de septiembre, cuyo séptimo día abre las puertas del nuevo curso universitario en Málaga.

Me gustaría que esta fuese la actitud habitual de los estudiantes. Porque aprender es apasionante. Porque descubrir nuevos conocimientos, explorar nuevas realidades, responderse a nuevas preguntas de las manos de apasionados e inteligentes profesores y al lado de compañeros intelectualmente inquietos tendría que ser un placer.

El ser humano está diseñado para explorar, para buscar, para aprender. El problema es que la enseñanza resulta muchas veces insufrible. Y lo es por muchos motivos: porque lo que se estudia tiene muy poco que ver con los intereses de los aprendices, porque los métodos de enseñanza son poco estimulantes, porque no despertamos en los aprendices la disposición emocional que es necesaria para que se produzca el aprendizaje. (Abro aquí un paréntesis para defender la importancia y la necesidad del esfuerzo. Lo que pasa es que el esfuerzo que se realiza por una causa que ilusiona, no es el mismo que el que se hace por una causa ingrata).

Un señor tenía un perro. El veterinario le había recetado unas dosis de aceite de bacalao. Todas las mañanas, el duelo se dirigía a la caseta del perro, le obligaba a salir por la fuerza, le arrastraba con la correa hacia una sala oscura, le metía por la fuerza la cabeza entre las piernas, le abría la boca por la fuerza y, con una cuchara, le introducía en la boca la dosis prescrita. Un día, mientras el dueño le sujetaba con fuerza para meterle en la boca la dosis con la cuchara, el perro se apartó bruscamente y el tarro que tenía el dueño sobre la rodilla, cayó al suelo y fue rodando hasta un extremo de la habitación. El perro se liberó del amo y fue corriendo a lamer el tarro. No es que no le gustase el aceite que le daba el amo, lo que no le gustaba era la forma con la que se lo daba.

Bienvenido el curso escolar. Mi enhorabuena y mi gratitud a todos los profesionales que dedican su vida a la tarea de la educación, una tarea intrínsecamente optimista porque parte de una tesis indiscutible: el ser humano puede aprender, el ser humano puede mejorar. La educabilidad se rompe en el momento que pensamos que el otro no puede aprender y que no podemos ayudarle a conseguirlo. Mi enhorabuena a ese ejército de salvación de la humanidad que es el profesorado. Dice Herbert Wells: «La historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe». Y nadie como el profesorado está del lado de la educación. Enseñar no es solo una forma de ganarse la vida; es sobre todo, una forma de ganar la vida de los otros.

lunes, 6 de septiembre de 2021

_- Mi credo para el nuevo curso

_- Quiero dar la bienvenida al nuevo curso escolar, como vengo haciendo desde hace casi veinte años por estas fechas y desde esta columna. Hace años propuse en este espacio que se instaurase la costumbre de celebrar la llegada del nuevo curso con una fiesta similar a la que tenemos para iniciar el Aaño tan especial, todavía metidos en una pandemia inacabable, quiero dar la bienvenida al curso escolar con un credo pedagógico que deseo compartir con la comunidad educativa. John Dewey publicó en 1897 su Credo pedagógico, un breve texto en el que expone sus convicciones sobre el aprendizaje, la escuela y la sociedad. En él están las raíces del frondoso árbol de la Escuela Nueva. Mi credo no tiene más pretensiones que brindar un aplauso al nuevo curso y a todos los miembros de la comunidad educativa que van a conseguir con su trabajo constante, creativo y esforzado el hermoso milagro de hacer realidad un sueño.

1. Creo que la educación es la piedra angular del desarrollo social y moral de la sociedad. La solución a los problemas del mundo no está, principalmente, en los despachos ministeriales, ni en los bancos, ni en los cuarteles, ni en las multinacionales, ni en las iglesias… Está en las escuelas. La historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe.

2. Creo que la educación es algo más que la mera instrucción. Porque la educación tiene un componente crítico (enseñar a pensar, no qué pensar) y un componente ético (enseñar a ser y a convivir) que no tienen la simple adquisición del conocimiento. Es también diferente al proceso de socialización, que busca la integración exitosa del individuo en la sociedad y, por supuesto, al adoctrinamiento. El adoctrinador no acepta la libertad del discípulo. Un fanático no es un maestro. La educación es la práctica de la libertad.

3. Creo que la finalidad fundamental de las instituciones educativas es ayudar a que los alumnos y alumnas aprendan a ser felices. No hay señal más clara de inteligencia que desarrollar la capacidad de ser felices y de ser buenas personas. No hay nada más estúpido en la escuela que lanzarse con la mayor eficacia en la dirección equivocada.

4. Creo que la profesión docente no se puede desempeñar adecuadamente sin pasión. Los profesores mercenarios disfrutan menos y trabajan peor. Porque nadie puede dar lo que no tiene. Deberían dedicarse a esta tarea los profesionales mejor preparados y más valiosos de la sociedad. No hay tarea más importante, más difícil y más hermosa que la enseñanza porque consiste en trabajar con la mente y el corazón de las personas. Enseñar no es solo una forma de ganar la vida; es, sobre todo, una forma de ganar la vida de los otros.

5.Creo que todos los alumnos y alumnas tienen derecho a la escolarización y, sobre todo, tienen derecho a tener éxito en la escolarización en la etapa obligatoria. Lo cual no quiere decir que los estudiantes no tengan que esforzarse para aprender sino que hemos de darlo todo para que se produzca el aprendizaje. La letra con sangre entra, pero con la sangre y la ilusión del profesorado.

6. Creo que no hay conocimiento útil si no nos hace mejores personas. No debemos olvidar que fueron médicos muy preparados, ingenieros muy bien formados y enfermeras muy capacitadas en su oficio, los profesionales que diseñaron las cámaras de gas en la Segunda Guerra Mundial. Sabían mucho pero sus victimas maldijeron el día en que habían aprendido tanto. Por eso hay que formar en la escuela no a los mejores del mundo sino a los mejores para el mundo.

7. Creo en la necesidad de la coeducación como estrategia básica para alcanzar la igualdad entre hombres y mujeres. No basta para ello la convivencia de niños y niñas en la misma institución. Es preciso ir más allá para acabar con la cultura androcéntrica de la sociedad y de las escuelas.

8. Creo que la escuela, para serlo de verdad, ha de ser inclusiva. No hay calidad sin equidad, no hay equidad sin atención a la diversidad. Hay dos tipos de alumnos y alumnas en el sistema educativo: los inclasificables y los de difícil clasificación. La diversidad es una dichosa realidad, una oportunidad educativa, una fuente de enriquecimiento, no una rémora, no una lacra, no una desgracia,

9. Creo que la naturaleza de la autoridad en la escuela ha de tener sentido educativo. Tiene autoridad aquella fuerza que hace crecer, que hace desarrollarse, que hace mejorar a la comunidad. La palabras autoridad proviene del latín auctor, augere, que significa hacer crecer. Quien humilla, silencia, machaca y destruye, tendrá poder, pero no tiene autoridad.

10. Creo que la escuela es un laboratorio de la convivencia. Aprender a convivir es una de las pretensiones prioritarias de la institución escolar. A convivir se aprende conviviendo, asimilando la idea de que todos los seres humanos, por el hecho de serlo, tienen una dignidad personal inviolable. La escuela tiene que formar ciudadanos, no clientes ni súbditos.

11. Creo que el trabajo de la escuela ha de ser colegiado ya que consiste en elaborar, desarrollar, evaluar y mejorar un proyecto de escuela que es de todos y todas, para todos y para todas. No hay alumno que se resista a diez profesores que estén de acuerdo. Eso exige actitudes empáticas, solidarias y cooperativas.

12. Creo que la tarea de la enseñanza es intrínsecamente optimista. Es tan consustancial el optimismo a la educación como mojarse para el que va a nadar Sin optimismo podemos ser buenos domadores, pero nunca buenos educadores. La educabilidad se rompe en el momento que pensamos que el otro no puede aprender y que nosotros no podemos ayudarle a conseguirlo.

13. Creo que los alumnos y alumnas aprenden de aquellos docentes a los que aman. La profesión de la enseñanza gana autoridad por el amor a lo que se enseña y el amor a los que se enseña. Para que haya aprendizajes significativos y relevantes es preciso que haya una disposición emocional hacia el aprendizaje.

14.Creo que el aprendizaje se produce cuando alguien quiere aprender, no cuando alguien pretende enseñar. Por eso es tan importante despertar el deseo de aprender, avivar el amor al conocimiento. El verbo aprender, como el verbo amar, no se pueden conjugar en imperativo.

15. Creo que el ejemplo es la forma más bella y más eficaz de autoridad. El ruido de lo que somos llega a los oídos de nuestros alumnos con tanta fuerza que les impide oír lo que decimos. Los alumnos y alumnas aprenden no solo de sus maestros, sino a sus maestros.

16. Creo que la familia es un pilar fundamental de la formación. Todas las piedras que lanza sobre el tejado de la escuela, caen sobre las cabezas de sus hijos y de sus hijas. La familia es parte sustancial de la comunidad educativa y tiene el derecho y el deber de participar en el proyecto educativo.

17. Creo que la adversidad nos puede hacer más fuertes. Con dos signos menos se puede hacer un signo más. Dos fracasos nos pueden hacer más humildes, dos errores nos pueden hacer más inteligentes, dos problemas afrontados con valor nos pueden hacer mejores personas. No olvidemos que ninguna herida es un destino.

18. Creo que la escuela tiene el deber de hacer autocrítica y de abrirse a las criticas con humildad y valentía. Tiene que poner en tela de juicio sus prácticas, hacerse preguntas y responderse a ellas con rigor a través de una investigación que permita comprender y transformar la práctica en su racionalidad y en su justicia. Solo de esa forma podrá ser una institución que aprende. La duda es un estado incómodo, la certeza es un estado intelectual ridículo. Lo que pasa es que, a veces, confundimos pereza de pensamiento con firmes convicciones.

Un nuevo curso escolar. De nuevo los encuentros, los abrazos, los esfuerzos, De nuevo las ilusiones, los debates, los proyectos, los descubrimientos. De nuevo las mascarillas, las distancias, la ventilación , las vacunas, la formación de grupos burbuja… Quiero ofrecer a cada miembro del la comunidad escolar un lema que me ha acompañado toda mi vida profesional: Que mi escuela sea mejor porque yo estoy trabajando (estudiando, participando, enseñando…) en ella. Feliz curso.

https://mas.laopiniondemalaga.es/blog/eladarve/2021/09/04/mi-credo-para-el-nuevo-curso/