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miércoles, 19 de agosto de 2026

Karl Liebknecht mantuvo viva la llama del internacionalismo y el antimilitarismo.

La socialdemocracia alemana apoyó a su propia burguesía votando a favor de los créditos de guerra. ¿Todos? Todos no. Karl Liebknecht mantuvo viva la llama del internacionalismo y el antimilitarismo.



El 4 de agosto de 1914, la dirección del SPD consumó una de las mayores traiciones del movimiento obrero. Después de años de promesas internacionalistas, sus diputados aprobaron los créditos solicitados por el Estado alemán. En lugar de llamar a la unidad internacionalista de la clase trabajadora, abrazaron la Burgfriedenspolitik, la “paz social” con su propia burguesía, enviando a obreros a matarse por intereses ajenos.

Frente a esa capitulación se alzó Karl Liebknecht. Aunque inicialmente se sometió a la disciplina parlamentaria, el 2 de diciembre de 1914 fue el único diputado del Reichstag que votó contra nuevos créditos de guerra.

En su declaración denunció el conflicto:

“Esta guerra no ha estallado para favorecer el bienestar del pueblo alemán ni de ningún otro. Es una guerra imperialista, una guerra por el reparto de territorios de explotación para capitalistas y financieros.

La guerra no es tampoco una guerra en defensa de Alemania. Una pronta paz, una paz sin anexiones, esto es lo que debemos exigir. Sólo una paz basada sobre la solidaridad internacional de la clase obrera y la libertad de todos los pueblos puede ser duradera.

Como protesta contra la guerra, sus responsables, los propósitos capitalistas para los cuales está siendo usada y los planes de anexión, voto contra la guerra y los créditos solicitados”.

—Karl Liebknecht, El voto contra los créditos de guerra (1914).

Mientras la socialdemocracia servía a su Estado y a su burguesía, Liebknecht demostró que el deber de un socialista no es defender a su nación en una guerra imperialista, sino los intereses de la clase trabajadora internacional, incluida la nacional.

Su ejemplo recuerda una verdad: el enemigo principal no está en las trincheras del otro país, sino en la burguesía que envía a los trabajadores a morir por sus beneficios. Cuando los cañones disparan, el internacionalismo deja de ser una consigna y se convierte en una prueba de principios. Liebknecht la superó cuando casi todos los demás la traicionaron.