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viernes, 8 de marzo de 2024

Cómo envejecer con gracia.

Nuestra columnista de salud personal, que acaba de cumplir 80 años, evalúa su vida y decide cómo vivirla mejor.

 Credit...Gracia Lam
El día después de mi cumpleaños número 80, que se desbordó de buenos deseos, sorpresas y celebraciones a prueba de covid, me desperté sintiéndome realizada y pensando que, pase lo que pase en adelante, estoy bien con ello. Mi vida ha sido gratificante, mi lista de deseos está vacía, mi familia es próspera, y si todo se acaba mañana, que así sea.
No es que anticipe hacer algo que acelere mi muerte. Seguiré haciendo ejercicio con regularidad, comiendo de forma saludable y esforzándome por minimizar el estrés. Pero también estoy haciendo un balance de los muchos rasgos comunes del envejecimiento y decidiendo qué debo reconsiderar.

He encontrado mucha inspiración y orientación en un nuevo libro, Stupid Things I Won’t Do When I Get Old, de Steven Petrow, escrito con Roseann Foley Henry. Petrow, que también es columnista, pero es casi dos décadas más joven que yo, empezó a pensar en el futuro tras observar los errores de sus padres al envejecer, como esperar demasiado tiempo para conseguir aparatos auditivos.

Yo hice un inventario similar de mi vida y empecé por arriba, con mi pelo. Llevaba décadas pintándomelo, cada vez más claro a medida que envejecía. Pero me di cuenta de que durante la pandemia, muchas personas (tanto hombres como mujeres de todas las edades) habían dejado de cubrirse las canas. Y se veían bien, a veces mejor que con el pelo teñido de oscuro por encima de una fachada arrugada. Hoy en día, yo también tengo canas y me encantan, ¡aunque ya no puedo culpar a mi perro de los pelos blancos en el sofá!

También he resistido la tentación común de cubrir otros problemas cosméticos. Ahora apenas me maquillo y mi traje habitual de verano sigue siendo el de pantalón corto y camiseta de tirantes. Malditas arrugas. Estoy orgullosa de tenerlas.

Pero me seguiré irritando con la mala gramática y corregiré el mal uso del lenguaje siempre que pueda.

Y me resistiré obstinadamente a modificar mis hábitos solo por evitar posibles tragedias que otros prevén. Paseo a mi perro por el bosque sobre rocas resbaladizas, raíces y troncos caídos para poder disfrutar de su intrépida energía y atletismo y mejorar mi propio equilibrio y confianza en mí misma. El médico que controla mi salud ósea termina cada consulta con una orden: “No te caigas”, y el traicionero paseo por el bosque forma parte de mi respuesta. Como subrayó Petrow, el miedo a las caídas “en realidad puede provocar más caídas”, ya que te hace estar indebidamente ansioso, vacilante y centrado en tus pies en lugar de en lo que tienes delante.

Mi cocina se construyó para una cocinera de metro y medio que, gracias a la escoliosis y mi encogimiento, es ahora varios centímetros más baja. Eso significa que a menudo trepo para alcanzar artículos que no puedo guardar en un estante más cercano. Pero siempre utilizo un taburete robusto, a diferencia de un amigo de 78 años que tontamente se subió a una silla (un gran no-no), se cayó y se lesionó la espalda.

Cuando le pregunté a una mujer de mi edad cómo se sentía, me dijo: “tengo problemas”, y yo le contesté: “todos tenemos problemas. El secreto para envejecer con éxito es reconocer los propios problemas y adaptarse a ellos”. Aprendo constantemente lo que puedo y lo que no puedo hacer y pido o pago ayuda cuando la necesito.

Tarde o temprano, todos debemos reconocer lo que ya no es posible y encontrar alternativas. Hace años, la mecánica del cuerpo me obligó a dejar el tenis y el patinaje sobre hielo, y ahora la extenuante jardinería. Sigo haciendo paseos de 16 kilómetros en bicicleta varias veces a la semana cuando hace buen tiempo, pero los viajes en bicicleta de dos semanas subiendo y bajando colinas ya son historia.

Una querida amiga de más de 90 años es mi modelo a seguir y me ayuda a tener los pies sobre la tierra. Cuando le pregunté si me acompañaría en un viaje al extranjero, me dijo: “Gracias, pero ya no estoy para el nivel de actividad que implica”.

Me prometí dejar de hablar con quien quiera escuchar sobre mis dolores, molestias y achaques, lo que Petrow llamó el “recital de órganos”. No proporciona alivio; de hecho, puede incluso empeorar el dolor. En lugar de infundir empatía, el “recital de órganos” probablemente aleje a la mayoría de la gente, especialmente a los jóvenes.

Y yo aprecio a mis amigos jóvenes que me mantienen joven de espíritu y centrada en cuestiones importantes para mis hijos y nietos y el mundo que heredarán. Ellos, a su vez, dicen que valoran la información y la sabiduría que puedo ofrecer.

También me esfuerzo por decir algo halagador o alegre a un desconocido cada día. Eso alegra la vida de ambos y me ayuda a centrarme en la belleza que me rodea. Pero mi consejo más valioso: vive cada día como si fuera el último, con un ojo puesto en el futuro por si no lo es, una lección que aprendí de adolescente cuando mi madre murió de cáncer a los 49 años. Su muerte me acostumbró a las pérdidas catastróficas, que manejo mejor que las pequeñas.

Lo más difícil en el futuro será manejar. Cuando tenía unos 70 años, mis hijos empezaron a pedirme que dejara de conducir simplemente por mi edad. No había tenido ningún accidente, ni siquiera casi accidentes, ni me habían puesto una multa por una infracción de tráfico. Aun así, me subieron el seguro de responsabilidad civil (OK, dije, si les hace sentir mejor). Y, para quitármelos de encima, dejé mi minivan de diez años y la sustituí por uno de los carros más seguros de la carretera, un Subaru Outback.

Al igual que muchos otros autos del mercado, el Subaru cuenta con varios accesorios de protección que compensan la disminución de los sentidos y la lentitud de reacción que acompañan al envejecimiento. Me avisa cuando se acerca un carro, una bicicleta o un peatón al salir de un estacionamiento. Se detiene en seco cuando algo aparece o se detiene repentinamente frente a mí. Si giro la cabeza para ver algo, parpadea “Mantenga la vista en la carretera”.

También estoy empezando a enfrentarme a otro problema agobiante especialmente común entre quienes han vivido mucho tiempo en un mismo lugar: el desorden. Tengo un miedo latente a “quedarme sin” cosas y por eso compro y guardo crónicamente más que suficiente de todo. Mi difunto marido decía que nuestra casa era un refugio antiaéreo que podía mantenernos durante un año. También soy terrible a la hora de deshacerme de objetos que algún día pueden ser útiles. Me dijo que le recordaba a una anciana que conocía que guardaba trozos de cuerdas “demasiado pequeños para usarlos”. Estoy tomando a pecho su consejo. Deséame suerte.

Jane Brody escribe la columna de salud Personal Health, un cargo que ha ocupado desde 1976. Ha escrito más de una decena de libros incluyendo los éxitos de ventas Jane Brody’s Nutrition Book y Jane Brody’s Good Food Book.




sábado, 19 de agosto de 2023

_- ¿Es verdad que el azúcar alimenta a las células cancerosas?


An illustration of a profile of a person drinking from a straw in a soda can; little red dots represent sugar and go from the straw to various parts of the body
Credit..._- Jam Dong
Muchos pacientes dicen que evitan los dulces para ayudar a combatir la enfermedad. Pero si bien una dieta saludable es importante, no se puede “matar de hambre a un tumor”.
 
 Durante los ocho años que Stacey Shawhan ha trabajado como especialista en nutrición oncológica, ha atendido muchas dudas de sus pacientes con cáncer acerca de la manera en que su dieta puede influir en su pronóstico. Pero hay un tema que ha surgido con más frecuencia: si consumir comidas y bebidas con azúcar alimenta las células cancerosas y puede empeorar la enfermedad

El Times Una selección semanal de historias en español que no encontrarás en ningún otro sitio, con eñes y acentos. Get it sent to your inbox. “Los pacientes con cáncer son muy vulnerables y a algunos de ellos les aterra comer”, señaló Shawhan, quien trabaja en el Centro Oncológico de la Universidad de Cincinnati. “Lo que ellos piensan es que si dejan de comer azúcar pueden matar de hambre a sus células cancerosas”.

La narrativa de que “el azúcar es el alimento del cáncer” se remonta a la década de 1920, cuando un fisiólogo alemán se dio cuenta de que algunas células cancerosas consumían más glucosa que las células sanas. Poco después de eso, aparecieron las dietas bajas en azúcar que afirmaban curar el cáncer. Encuestas recientes en Estados Unidos y Europa indican que más o menos una tercera parte de los pacientes con cáncer evitan el azúcar de manera expresa. 

Aunque los especialistas señalan que las dietas altas en azúcares añadidos pueden aumentar el riesgo de desarrollar cáncer a lo largo de la vida, eliminar el azúcar en realidad no afecta los tumores ya existentes.

“Todas las células, así como nuestro cerebro, requieren glucosa”, comentó Philipp Scherer, quien investiga la diabetes en el Centro Médico del Suroeste de la Universidad de Texas, en Dallas.

En otras palabras, la mejor manera de alimentarse cuando se tiene cáncer —o se está tratando de reducir el riesgo de desarrollarlo— es mediante una dieta balanceada y saludable.

El azúcar y en el riesgo de desarrollar cáncer
Scherer afirma que el azúcar no es una sustancia cancerígena. No hay pruebas que demuestren que consumir azúcar provoque cáncer por sí solo (como lo haría el tabaquismo, por ejemplo). Además, Scherer añadió que “muchísimos tipos de cáncer prefieren usar la grasa como su principal fuente de energía, así que ni siquiera es tan cierta la idea de que el cáncer prefiera la glucosa”.

No obstante, una serie de evidencias, limitada pero creciente, ha vinculado el consumo excesivo de azúcares añadidos (de los que se encuentran en las galletas, los pasteles y los refrescos) con el cáncer. Por ejemplo, una amplia revisión de estudios publicada en 2018 hizo referencia a varios de ellos que vincularon los azúcares añadidos y el consumo de bebidas azucaradas con un incremento en el riesgo de desarrollar cáncer.

Se ha demostrado que el consumo excesivo de azúcar desencadena una inflamación crónica en algunas personas, cosa que puede dañar algunas células que después pueden llegar a ser cancerosas, afirmó Shawhan. También se ha demostrado que el consumo excesivo de azúcares añadidos disminuye la inmunidad, lo cual puede permitir que las células cancerosas se propaguen con mayor facilidad. Además, el consumo excesivo de azúcar puede alterar tanto el metabolismo que puede dar lugar a obesidad y diabetes, condiciones que se sabe aumentan las probabilidades de desarrollar cáncer.

El azúcar y los pacientes con cáncer
Shawhan comentó que, al parecer, cuando ya se ha recibido un diagnóstico de cáncer, en la mayoría de los casos, eliminar el azúcar no desacelera ni detiene el cáncer. “Para este momento, ya no es el consumo de azúcar lo que provoca el crecimiento de las células cancerosas, sino el cáncer en sí”.

Además, según Scherer, el azúcar es esencial para casi todas las cosas vivientes. Y cuando está presente de manera natural en alimentos como los productos lácteos, las frutas y los vegetales, forma parte de una dieta saludable, explicó Natalie Ledesma, especialista en nutrición oncológica en el Centro Oncológico Integral de la Familia Helen Diller de la Universidad de California, en San Francisco.

La mayor parte de los especialistas concuerdan en que no es necesario privarse del azúcar de los alimentos naturales. Pero Ledesma puntualiza que el consumo excesivo de azúcares añadidos se ha asociado con los peores resultados —entre ellos las tasas más elevadas de mortalidad— en pacientes con cierto tipo de tumores sólidos, como los del cáncer de mama, de colon y de próstata. Ledesma mencionó que es posible que también otros tipos de cáncer puedan ser afectados, pero no existen muchas investigaciones sobre los tipos de cáncer menos comunes.

También es importante que los pacientes con cáncer gestionen su dieta sin llegar a tenerle miedo a la comida, explicó Santosh Rao, especialista en oncología integrativa en los Hospitales Universitarios de Salud Integral Connor, en Cleveland. Como resultado de su enfermedad, hasta la mitad de ellos sufre pérdida muscular y, en ocasiones, lo que recomiendan los médicos a los pacientes durante las sesiones de tratamientos extenuantes (como el Ensure, las bebidas con electrolitos e incluso las papas) pueden contener muchos azúcares, destacó Shawhan.

Aunque todo mundo debe evitar las dietas altas en azúcares añadidos, los pacientes con cáncer que padecen ciertas enfermedades metabólicas deben estar especialmente atentos porque esas enfermedades pueden perjudicar su pronóstico.

Rao señaló que “las pacientes que no tienen bien controlada la diabetes, por ejemplo, tienden a manifestar un cáncer de mama más agresivo”. Un metaanálisis también reveló que los pacientes obesos tenían mayores probabilidades de fallecer de cáncer de colon, de mama y de útero.

Cómo comer de manera más saludable sin dejar lo dulce
La mejor manera de reducir el riesgo de desarrollar cáncer, y de comer cuando se ha recibido un diagnóstico de cáncer, es seguir una dieta saludable que contenga muchas frutas y verduras naturales. Algunos estudios demuestran que las dietas mediterráneas cumplen con estos propósitos y ayudan a disminuir el riesgo de desarrollar cáncer. Combinar los carbohidratos con proteínas, fibras y grasas (una pequeña cantidad de mantequilla de maní sobre una rebanada de manzana, por ejemplo) evita los picos de glucosa que, con el tiempo, pueden provocar estragos en nuestro metabolismo y aumentar el riesgo de desarrollar cáncer.

Según Shawhan, por lo general está bien darse el gusto de comer un poco de azúcar, incluso diariamente, siempre y cuando estemos consumiendo los nutrientes esenciales del resto de la dieta. Shawhan recomienda seguir las sugerencias del Departamento de Agricultura de Estados Unidos de comer 12 cucharaditas de azúcar añadida al día o, mejor, seguir la recomendación de la Organización Mundial de la Salud de seis cucharaditas.

Las investigaciones relacionadas con los sustitutos de azúcar y su influencia en el cáncer y el riesgo de desarrollarlo no son concluyentes. Los expertos recomiendan evitarlos hasta que sepamos más. Ledesma prefiere endulzar sus recetas con alimentos naturales dulces como los plátanos, los frutos rojos congelados y el puré de manzana, los cuales casi siempre forman parte de sus helados sin productos lácteos.

“La canela y el jengibre nos brindan algo dulce sin azúcar ni calorías añadidas”, destacó Ledesma.
Connie Chang es una escritora independiente en Silicon Valley y se enfoca en ciencia y crianza.

lunes, 8 de mayo de 2023

6 recomendaciones de un neurocientífico de 81 años para mantener tu memoria tan afilada como la suya



Richard Restak
Richard Restak ejercita su memoria a diario.

Desde dónde dejamos las llaves del auto hasta cómo se llamaba la hija de esa prima lejana, o cuál era nombre del actor de esa película que tanto nos había gustado, el acto de recordar parece volverse cada vez más difícil con el paso de los años.

Sin embargo, este proceso de desgaste no es inevitable, asegura Richard Restak, neurólogo y profesor de la Escuela de Medicina y Salud del Hospital de la Universidad George Washington, en Estados Unidos, y autor de una veintena de libros sobre la mente.

Si ejercitamos nuestra memoria a diario —de una forma similar a como se ejercita el cuerpo— es posible mantenerla activa y en forma, dice el reconocido científico de 81 años, cabello blanco y memoria impecable.

En conversación con BBC Mundo, Restak compartió algunos consejos clave para entrenar y fortalecer nuestra memoria.

1. Lee libros de ficción
Los libros de no ficción son una gran fuente de conocimiento e información, pero a la hora de activar la memoria, las novelas son mucho más útiles.

"Los libros de no ficción, como el último mío, no demandan mucho en términos de memoria: uno puede leer la tabla de contenidos y centrarse en aquello que a uno le interesa, por ejemplo", dice Restak.

"La ficción, en cambio, es mucho más exigente desde el punto de vista de la memoria, sobretodo si uno está leyendo una novela compleja. Allí, los personajes aparecen y desaparecen. Puedes encontrarte con alguien en el capítulo dos que luego no aparece sino hasta el capítulo diez".

Retener el hilo de la historia, los vínculos entre los personajes y los detalles de la trama, requieren un esfuerzo de memoria mayor en comparación con los textos de no ficción.

2. Convierte las palabras en imágenes
Este es un principio básico. Si, por ejemplo, alguien se apellida Greenstone —que traducido al español sería Piedraverde— visualiza en tu cabeza una piedra de color verde intenso, sugiere Restak.

Esta simple estrategia te ayudará a que tu mente lo recuerde sin problemas.

Restak convierte los libros de la biblioteca en rodajas de pan en su mente para no olvidarse de comprar pan.

"Si no lo haces, y te quedas solo con las palabras, puede que luego no te acuerdes si es Piedrazul, o Piedranegra, por ejemplo".

Otro truco que el experto utiliza es crear un mapa mental de lugares con los que esta muy familiarizado, como su barrio, para vincularlos con cosas que quiere recordar.

Si el objetivo en algún momento dado es acordarse de comprar leche y pan, Restak superpone esas palabras con dos sitios de su mapa para componer imágenes dramáticas, difíciles de olvidar.

"Me imagino mi casa volcada de lado, con leche que brota de la chimenea (como si fuera un cartón de leche) y se desparrama por la calle. Y cuando paso por la biblioteca y miro por la ventana, me imagino que los estantes están llenos de rodajas de pan en vez de libros", dice.

3. Haz juegos de mente con tus amigos (y también cuando estás solo)
Uno de los juegos favoritos de Restak para jugar en una reunión familiar o una fiesta, y que resulta un excelente ejercicio para la memoria, es el llamado "20 preguntas".

El juego consiste en un jugador (o un grupo) que debe pensar en una persona, una cosa o un lugar, y otro jugador (o grupo) que debe adivinar de qué se trata haciendo hasta 20 preguntas que solo pueden responderse con un sí o un no.

La dificultad del juego radica en que ambos deben recordar tanto las preguntas como las respuestas para no dar pistas falsas, no repetir preguntas y llegar por eliminación a la respuesta correcta.

Si eres amante de un deporte, trata de recordar, por ejemplo, todos los jugadores de tu equipo favorito. Una vez que los tengas en un tu mente, juega a ordenarlos alfabéticamente y trata de enumerar la lista de jugadores en ese orden.

4. Usa la tecnología (pero de forma inteligente)
Llevar en el teléfono una lista de los productos que queremos comprar en el supermercado o una foto de algo que nunca hemos comprado y queremos probar no es necesariamente una mala idea.

Si bien el uso de celulares y otros dispositos similares hace que se debilite nuestra memoria, podemos usar la tecnología a nuestro favor.

Cuando vamos al supermercado, por ejemplo, Restak recomienda tratar de recordar primero lo que vamos a comprar y usar la lista solo después, para evitar olvidarnos de nada.

Lo mismo con los productos nuevos, tratar de recordar cómo eran y una vez que los consigues corrobora con la foto que sean los correctos.

La idea es "no sustituir la memoria por el dispositivo sino usar primero el cerebro, y luego chequear su desempeño".

5. Duerme la siesta
En algunos lugares, la siesta no tiene muy buena fama, pero diversos estudios han demostrado que hacer una siesta corta es fundamental para ayudar a la memoria.

Restak, que suele tomar una siesta todos los días, dice que ayuda a absorber información, solidificarla y codificar la memoria para luego poder acceder a ella.

"De hecho, cuando tomamos dos grupos de estudiantes y les permitimos a uno de ellos hacer una siesta después de haber aprendido algo, mientras que al otro no, notamos que el que durmió siesta aprendió mucho mejor", explica Restak.

La recomendación es dormir entre 20 y 40 minutos. "Si te pasas de la hora interferirás con el sueño nocturno. Así que ponte la alarma, o pídele a alguien que te despierte".

6. Aliméntate mejor
Más que alimentos específicos, Restak dice que la clave es evitar ciertos alimentos como los ultraprocesados, en referencia a aquellos con excesos de grasas, sales, preservativos, etc.

"Estos alimentos no son buenos para la memoria porque disminuyen a largo plazo la circulación sanguínea en zonas vinculadas a la memoria, provocan hipertensión, diabetes".

"Estas son todas causas que pueden conducir a la demencia", explica Restak.

jueves, 30 de marzo de 2023

_- Si comer sano reduce la mortalidad, ¿por qué no nos obligan a hacerlo? Pese a los riesgos para la salud pública de muchos alimentos, el respeto a la libertad de elegir o el peso de la industria alimentaria provocan que no haya soluciones simples

_- Pese a los riesgos para la salud pública de muchos alimentos, el respeto a la libertad de elegir o el peso de la industria alimentaria provocan que no haya soluciones simples

La revista de la Asociación Estadounidense del Corazón publicaba hace unos días un artículo en el que estimaba los beneficios de cumplir las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en el consumo de sal. Solo en Australia, donde se llevó a cabo el estudio, reducir en un 30% la ingesta de sodio que se toma con la sal de aquí a 2025 evitaría 1.700 muertes prematuras cada año y 7.000 diagnósticos de enfermedad cardiaca, renal y de cáncer de estómago. Otro análisis de 2021, publicado en la revista Circulation, calculaba que alcanzar los objetivos de la Iniciativa para la Reducción de la Sal y el Azúcar en EE UU, que requiere un descenso del 20% de los alimentos envasados y un 40% en las bebidas azucaradas, supondría una reducción de 490.000 muertes por enfermedad cardiovascular y 750.000 casos de diabetes a lo largo de varias décadas.

Los beneficios de la reducción de azúcar, sal, grasa y alimentos ultraprocesados en general serían claros y muchas transformaciones sociales muestran lo que se pueden conseguir con políticas públicas decididas. La mejora de las carreteras y los vehículos, unida a las campañas de concienciación y el fomento del uso de medidas de seguridad como el cinturón, hicieron posible reducir en un 80% la mortalidad en carretera en España en 30 años. Si los daños de una mala alimentación son igual de diáfanos, ¿sería posible alcanzar los objetivos que prevén los estudios obligando a la gente a comer bien?

Manuel Franco, epidemiólogo de la Universidad de Alcalá y profesor de la Universidad Johns Hopkins (EE UU), destaca que este tipo de cambios en la reducción de la sal o del azúcar tienen que ser poblacionales. “Debe producirse en el entorno, que no tenga que tomar yo la decisión de elegir entre un alimento con mucha sal y uno con poca cada vez que voy a comer, porque eso no va a funcionar. La gente, y sobre todo la que tiene menos recursos, tiene poco tiempo para cocinar y para elegir comida sana, así que es necesario que haya unas políticas que hagan que la decisión ya esté tomada”, explica.

El éxito de esas medidas poblacionales lo estudió Franco junto a varios colaboradores en una experiencia histórica drástica. Tras la caída de la Unión Soviética, en 1991, EE UU endureció el embargo contra Cuba y aquella combinación de desgracias provocó una intensa crisis económica en la isla conocida como el Periodo Especial. Los cubanos pasaron de consumir 3.000 calorías diarias a unas 2.200 y la escasez de combustibles los obligó a caminar a todos lados o a utilizar la bicicleta. En un estudio publicado en la revista British Medical Journal, Franco mostró que aquel cambio radical de estilo de vida, que los isleños recuerdan como un periodo desgraciado, produjo beneficios para su salud. La combinación de dieta y ejercicio provocó una pérdida generalizada de cinco kilos por persona en todo el país que mejoró muchos indicadores importantes de salud. El análisis de la salud de los cubanos entre 1980 y 2010 mostró que esa bajada de peso dejaría en la mitad las muertes por diabetes, en un tercio las causadas por enfermedad coronaria y reduciría los casos de ictus.

Pese a los resultados positivos de aquel experimento involuntario, es improbable que ninguna sociedad apoyase un Gobierno que la sometiese a un periodo especial, por mucho que le prometiese mejoras para la salud, ni que ningún Gobierno se atreviese a plantear ese proyecto. Además, según apunta el nutricionista Juan Revenga, “existe una industria muy potente alrededor de estos productos que perjudican nuestra salud, de la que dependen muchos empleos, y que existe porque se compran los productos y se compran porque nos gustan”.

En los últimos años, impulsados por una conciencia social y política sobre el impacto de la alimentación sobre la salud, se han tomado algunas medidas que han reducido el consumo de elementos como la sal o el azúcar que, junto con la grasa, hacen tan atractivos los alimentos procesados. La Asociación Española de Bebidas Refrescantes (ANFABRA) ha prometido una reducción acumulada del 53% en el contenido de azúcar de sus productos entre 2020 y 2025. El Gobierno puso el año pasado un límite a la cantidad de sal en el pan que, se estima, reducirá en un 20% el consumo medio de los españoles de este ingrediente, que es algo superior a los nueve gramos diarios. Incluso con la reducción, la cantidad quedaría por encima de los entre dos y cinco gramos diarios que recomienda la OMS.

Respecto al azúcar, en 2021, el Gobierno incrementó el IVA de las bebidas azucaradas y edulcoradas del 10% al 21%. Un análisis de los efectos de la medida del Centro de Políticas Económicas de ESADE mostró que, aunque no tuvo repercusión en los hogares de ingresos medios y altos, supuso una reducción del consumo de 11 litros de bebidas azucaradas por hogar, un 13%, entre el tercio de hogares con menor nivel económico, y un 10,5% menos en el consumo de aperitivos. El valor de los impuestos para cambiar comportamientos ha mostrado también su utilidad con el tabaco, con ejemplos como Colombia, donde tras triplicar la tasa por cada cajetilla se produjo un descenso del consumo del 34%.

Beatriz Blasco Marzal, directora general de Anfabra, considera que la autorregulación “ha mostrado que se puede avanzar” sin quedarse en “medidas parciales”, como califica los impuestos a las bebidas refrescantes. Blasco asegura que en su sector, que supone un 2,1% de la ingesta calórica de los españoles, están “comprometidos con la reducción del consumo de azúcar en la población”, y recuerda que las bebidas con poco o nada de azúcar ya supone el 60% de su negocio. Además, menciona otras medidas tomadas por la industria por iniciativa propia que, al menos en parte, reconocen que sus productos no son completamente saludables. “Nosotros tenemos el compromiso de no dirigir publicidad de nuestros productos a menores de 13 años, no vender ningún tipo de refresco en centros de educación primaria y solo bebidas bajas en calorías o sin calorías en los de secundaria”, señala.

Ramón Ortega, profesor de Bioética, Antropología de la Salud y Comunicación humana, ha explorado otras técnicas para condicionar los comportamientos de grupos de personas respecto a la alimentación sin coartar su libertad, calificadas como paternalismo libertario. “El paternalismo está muy presente en nuestras vidas. Un caso es el cinturón de seguridad, que nos obligan a usar por nuestro bien, pero sin dejarnos la libertad de elegir, o la prohibición de ciertas sustancias como la heroína”, explica Ortega. El paternalismo libertario estaría en un punto intermedio que consistiría en explotar los sesgos cognitivos de la población para que incrementar la probabilidad de que la gente tome una decisión que se considera beneficiosa para ellos sin obligarles directamente.

“Un ejemplo es lo que se hizo en los comedores de Google. Allí, para reducir el consumo de refrescos y de otras bebidas azucaradas disponibles en sus máquinas dispensadoras, las colocaron en un lugar menos visible que el agua”, cuenta Ortega. “Con esa medida lograron que se aumentase en un 47% el consumo de agua”, añade. Otros ejemplos de estos empujones por nuestro bien, descritos por Ortega en un artículo reciente en The Conversation, son ofrecer por defecto carne y pescado con ensalada en los comedores de los colegios, pero dando también la posibilidad de pedir patatas fritas, o, como se hizo en Argentina, retirar los saleros de las mesas de los restaurantes y que sea el cliente quien lo pida si quiere.

El investigador de la Universidad Nebrija reconoce que estos empujones “se hacen desde una cierta manipulación, sin buscar la aceptación de una medida de forma racional”. Sin embargo, considera que es una alternativa a medidas más restrictivas de salud pública cuando la salud de la comunidad se considera un objetivo superior a la autonomía del individuo. Además, recuerda que desde la industria alimentaria también se utilizan esos sesgos cognitivos para orientar nuestro comportamiento, “como cuando se colocan alimentos básicos como la carne o el pescado al fondo del supermercado para hacernos pasar antes por delante de otros productos como los dulces o las patatas fritas”.

Cuando se plantea la posibilidad de alejar de los ciudadanos las tentaciones en forma de alimentos poco saludables, se apela con frecuencia a la libertad de elección de los consumidores y de las empresas para ofrecer sus productos. Sin embargo, la libertad ya está condicionada. La gran cantidad de azúcar, sal y grasas en los alimentos procesados, con frecuencia en combinaciones que no se encuentran en la naturaleza, producen intensos efectos en nuestro cerebro que hacen que después una comida sin mucha sal no nos sepa a nada o que el agua nos resulte anodina frente a las bebidas con sabor a azúcar. Algunos investigadores como Ashley Gearhardt, de la Universidad de Míchigan (EE UU) y Johannes Hebebrand, de la de Duisburgo-Essen (Alemania) han analizado la capacidad adictiva de algunos alimentos.

Gearhardt plantea que ciertos productos, como la pizza, las patatas fritas o las hamburguesas, comparten algunas características con sustancias adictivas que hacen difícil controlar su ingesta, aunque sepamos que no nos hacen bien. Entre otras cosas, la industria de la alimentación ha modificado alimentos que se encuentran en la naturaleza para que tengan una absorción más rápida y generen una sensación de placer más intensa, de un modo similar a lo que sucede con la hoja de coca cuando se procesa para producir cocaína. Hebebrand, que discrepa sobre el término adicción a la comida, considera que el consumo excesivo de determinados productos se debe a su omnipresencia en lugares como los supermercados y a la gran variedad, que mantiene el interés de los consumidores por esos productos poco saludables.

Manuel Franco cree que volver a disfrutar de alimentos con menos sal y azúcar y menos procesados será un camino largo: “No nos vamos a convertir todos en flexitarianos de la noche a la mañana, ni vamos a disfrutar de repente con el pan sin sal, ni vamos a poder dedicar tres horas al día a comprar y cocinar, porque eso requeriría un cambio brutal en la economía y la sociedad”. Además, la industria, que en algunos casos ha manipulado la ciencia, como hizo la del tabaco para tapar sus efectos nocivos, “no solo es muy potente, sino que nos da de comer”, prosigue Franco. “Podemos vivir sin tabaco, pero no sin industria alimentaria, así que hay que convivir mientras vamos impulsando cambios”, reconoce. Revenga, que cuestiona incluso el valor de medidas como la reducción de sal en los procesados, “porque pueden dar la sensación de que es seguro consumir un producto que sigue siendo insano”, cree que uno de los pasos importantes para cambiar a nivel social es “que se empiece a enseñar en la escuela lo que sabían tan bien nuestras madres: a comprar y a cocinar, que ya nadie sabe”.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

¿Niños altos o bajos? La clave está en la alimentación (y no solamente en los genes)

No es solo una cuestión genética: la alimentación deficiente en los niños de edad escolar puede contribuir a una diferencia promedio de 20 cm en la altura entre los individuos de diferentes países, según un nuevo análisis publicado en la prestigiosa revista The Lancet.

El informe reportó que en 2019, los jóvenes de 19 años más altos del mundo se encontraban en los Países Bajos (183,3 cm), mientras que los más bajos en Timor Oriental (160,1 cm).

Las adolescentes más altas de 19 años también son de los Países Bajos (170,4 cm), mientras que las de menor estatura se encuentran en Guatemala (150,9 cm).

El equipo de científicos analizó data de más 65 millones de niños y adolescentes entre 5 y 19 años recabada por más de 2000 estudios llevados a cabo entre 1985 y 2019.

Los investigadores enfatizan la importancia de monitorear los cambios en altura y peso de los niños en el mundo a lo largo del tiempo, ya que esto puede reflejar la calidad de los alimentos disponibles y qué tan saludable es el medioambiente para los jóvenes.

En líneas generales, en 2019, encontraron que los niños y jóvenes del centro y noroeste de Europa (Países Bajos y Montenegro) eran los más altos del mundo.

Mientras que los jóvenes de 19 años en promedio más bajos vivían en sur y sureste asiático, América latina y África Oriental. 
Otros datos relevantes del informe:

En promedio, los jóvenes de 19 años de Laos tenía la misma altura (162,8 cm) que los niños de 13 años en los Países Bajos. A los 19 años, las jóvenes de Guatemala, Bangladesh, Nepal y Timor Oriental tenían la misma altura promedio que las niñas holandesas de 11 años (152 cm).

Las mejoras más importantes en la atura promedio de niños en los últimos 35 años se han visto en China y Corea del Sur. Pero en muchos países de África Subsahariana, la altura promedio no ha cambiado o se ha reducido desde 1985.

Peso
El estudio también analizó el índice de masa corporal (IMC), una medida que ayuda a determinar si una persona tiene un peso saludable en relación a su altura.

Los investigadores descubrieron que las adolescentes mayores con el IMC más alto vivían en las Islas del Pacífico, Medio Oriente, Estados Unidos y Nueva Zelanda.

Mientras que los jóvenes de 19 años con el IMC más bajo viven países del sur de Asia como India y Bangladesh.

Los científicos estiman que, en términos amplios, la diferencia entre los países con niveles más altos y más bajos de IMC es de 25 kilos.

En algunos países, los niños alcanzaba un IMC saludable a los 5 años, pero tenían altas probabilidades de volverse obesos para cuando alcanzaban los 19 años.

Si bien los investigadores reconocen que la genética tiene un papel importante en la altura y el peso de cada niño en particular, dicen que cuando se trata de la salud de poblaciones enteras, la nutrición y el medioambiente son clave.

También argumentan que las políticas de nutrición global se centran básicamente en los niños menos de 5 años, pero su estudio muestra que se debe poner más atención a los patrones de crecimiento de niños de más edad.

Beneficios a largo plazo Andrea Rodríguez Martínez, investigadora el Imperial College en Londres y una de las líderes el estudio, señala que un peso y una altura sana en la niñez y adolescencia tienen beneficios para la salud a largo plazo.

Una dieta saludable es fundamental para un crecimiento sano.

"Nuestros hallazgos deberían motivar (la implementación) de políticas que aumenten la disponibilidad y reduzcan los costos de los alimentos nutritivos, ya que esto ayudará a los niños a crecer en altura sin ganar exceso de peso".

En opinión de Alan Dangour, investigador de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, se trata de un análisis único y poderoso.

"Por primera vez, un análisis global se centra en el crecimiento de niños en edad escolar y adolescentes, e identifica que los gobiernos alrededor del mundo no están haciendo lo suficiente para asegurarse de que los niños entren en la edad adulta con buena salud".