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sábado, 16 de marzo de 2024

Cuándo caminar se volvió un pasatiempo para los británicos y dejó de ser una actividad de pobres, criminales y vagabundos

Personas en un puente de Londres

FUENTE DE LA IMAGEN,GETTY IMAGES

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Mejor agarrarse bien el sombrero si la caminata incluye cruzar un puente sobre el Támesis un día ventoso


 Salir a caminar siempre es una buena idea. Quizás, si eres afortunado, podría ser una caminata por acantilados irregulares o por una playa, junto con tu familia.

Muchos de nosotros, sin embargo, tenemos que caminar por las aceras de pueblos y ciudades de Reino Unido en nuestros paseos después del almuerzo.

Como investigadora especializada en pedestrianismo, me fascina la cultura cambiante de cómo, dónde y por qué caminamos. Esto incluye la etiqueta tácita que ha perdurado a través de los siglos y ha cambiado para reflejar las preocupaciones culturales de la época.

Puede que te sorprenda saber que “salir a caminar” no era realmente una actividad en sí hasta finales del siglo XVIII.

Puede que el término "pedestrianismo" tenga raíces latinas, pero en el siglo XIX su primera asociación habría sido deportiva. El “pedestrianismo profesional” o la “marcha atlética” era ferozmente competitiva en la década de 1850.

Los torneos en Estados Unidos se llevaban a cabo durante seis días, y los participantes caminaban el equivalente a 725 km, hacían siestas en tiendas de campaña junto a la pista y bebían champán en el camino.

La estricta “regla del talón a la punta”, que aún está vigente, establece que “la pierna que avanza debe estar estirada desde el momento del primer contacto con el suelo”.

Solo por necesidad
La caminata como actividad de ocio surgió alrededor de la década de 1780. Hasta ese momento, caminar había sido un acto de necesidad, asociado con la pobreza, la vagancia e incluso con intenciones criminales.

Charles Dickens

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Charles Dickens contribuyó a que el caminar se pusiera de moda. 

 Muchas personas vivirían y morirían sin haber visto más allá de unos pocos kilómetros cuadrados de paisaje urbano sombrío y sólo un poco más para los que se encontraban en el campo.

Junto con los “poetas del lago” a principios de siglo -que incluían a William Wordsworth y Samuel Taylor Coleridge – , caminantes famosos como Charles Dickens hicieron que el pasatiempo de caminar se pusiera de moda.

Calles sucias y podridas
Se ha escrito mucho sobre el celo religioso con el que Dickens realizaba su “trabajo andante” diario.

Recorría un promedio de 19 km por día y a un ritmo notable de más de 6 km por hora, suficiente para que otros "se hicieran a un lado mientras el gran escritor, que siempre parecía estar caminando en contra del pensamiento, avanzaba".

Caminar era un engranaje esencial en el proceso creativo de Dickens: un momento para absorber, casi por ósmosis, la idiosincrasia de las calles.

Desde incursiones en los barrios marginales de Londres hasta marchas nocturnas impulsadas por el insomnio, sus encuentros proporcionaron la brillantez excéntrica de sus personajes: las instantáneas callejeras retenidas “en orden regular en diferentes estantes de mi cerebro, listas con sus etiquetas para ser mostradas cuando yo las quiero".

Calles de Londres FUENTE DE LA IMAGEN,GETTY IMAGES Pie de foto,

En las calles y personajes de la ciudad, Dickens encontraba su inspiración.

En el siglo XIX, cuando las aceras estaban en su infancia, caminar era una experiencia completamente diferente. Se estima que 300.000 caballos recorrían las calles de Londres, depositando más de 1.000 toneladas de estiércol al día.

También se vertían cosas peores en las alcantarillas plagadas de ratas de los barrios marginales: se cree que la palabra "loo" (baño, en inglés) deriva de "gardyloo", del francés "regardez l'eau" (cuidado con el agua), que se gritaba anunciando el vaciado de un orinal desde un piso superior.

El lamentable estado de las calles de la ciudad creó una demanda de todo tipo de trabajadores, incluidos los llamados “buscadores puros” que recogían caca de perro y la vendían a granel a las curtidurías locales (lugares donde se procesaban las pieles de cuero).

Ésta era sólo una de las ocupaciones poco atractivas a las que el historiador Henry Mayhew se refería como “limpiadores de calles”: un grupo variopinto de barrenderos y demás personajes que se ganaban la vida con los desechos callejeros.

Afortunadamente, la reforma social y la planificación urbana han avanzado dramáticamente y ahora realizar una caminata urbana es una experiencia mucho más placentera.

Pedestrianismo profesional
Si bien las veredas han cambiado, muchos de los códigos de conducta que rigen la etiqueta de los peatones victorianos siguen siendo relevantes en la actualidad.

Personas caminando en la rivera del Támesis FUENTE DE LA IMAGEN, GETTY IMAGES Pie de foto,

Muchos de los códigos victorianos para caminar por la calle siguen vigentes.

En 1780, un artículo escondido discretamente entre las noticias y los anuncios de la popular Revista de Londres describía "Reglas de comportamiento, de uso general, aunque muy ignoradas en esta populosa ciudad".

Entre sus 12 puntos, se aconseja a los peatones “tener cuidado de mirar fijamente a los rostros de los que pasan […] porque una mirada autoritaria da la apariencia de un matón, y una entrometida, la de un alguacil”.

Entonces, mientras caminas, haz lo que hizo Dickens y evita dar estos pasos en falso:

Silbidos o tarareos desconsiderados
Caminar con alguien del brazo
Quedarse conversando
Obstaculizar a todos los que están detrás con un “paso lento”
Si bien las reglas implícitas pueden cambiar con el tiempo (usuarios de teléfonos distraídos, los estoy mirando), hay mucho sobre las aceras que conservan su decoro victoriano.

Son un lugar de multiplicidad y variedad, cultura y comercio: una franja de tierra para celebrar durante todo el año.

*Lauren Colley es doctora en Literatura Inglesa, Universidad de Notthingham, Reino Unido.

miércoles, 18 de mayo de 2022

_- Estrategias para lidiar con tu soledad


_- ¿Te sientes solo? Hay muchos en la misma situación. Aquí algunas ideas que pueden ayudar.


Las órdenes de quedarnos en casa han afectado en especial a quienes viven solos.

Afia Ofori-Mensa, de 39 años, vive sola desde hace dieciséis años, y durante nueve de ellos dio clases en Oberlin College, en el área rural de Ohio, donde tenía un círculo social reducido. En agosto pasado se mudó a Nueva Jersey para asumir el cargo de directora del programa de becarios presidenciales de la Universidad de Princeton, que otorga recursos para estudios de doctorado, incluidos algunos universitarios originarios de poblaciones poco representadas en el sector académico. Según comentó, por fin sentía que tenía una vida social satisfactoria, después de restablecer contacto con exalumnos de Oberlin y sus familiares en el área y haberse acostumbrado a tomar el tren para asistir a eventos en ciudades cercanas. Por desgracia, sobrevino el brote de coronavirus, algo que acentuó su sensación de aislamiento.

“Lo más difícil es cuando pienso que ni siquiera sé cuándo podré volver a tocar a otro ser humano”, compartió. Puesto que no tiene mascotas ni pareja, ni siquiera una planta, comentó que se siente muy muy sola. “Algunas veces siento como si estuviera desapareciendo”.

Julianne Holt-Lunstad, profesora de Psicología y Neurociencia en la Universidad Brigham Young, quien se especializa en el estudio de la soledad, explicó que la conexión social es una necesidad biológica para el ser humano. “Somos seres sociales y nuestros cuerpos responden cuando no tenemos proximidad con otros”, aseveró. Así que la nueva normalidad provocada por la COVID-19 “es una situación difícil, pues necesitamos mantener la conexión social aunque estemos separados físicamente”, abundó.

Holt-Lunstad descubrió que la soledad puede tener consecuencias muy graves. Uno de sus estudios reveló que la falta de cualquier tipo de conexión social constituye un factor de riesgo de mortalidad, comparable a fumar hasta quince cigarrillos al día. Otro estudio mostró que la soledad aumenta en un 26 por ciento el riesgo de muerte a edad más temprana. También observó que el riesgo de muerte debido al aislamiento social, la soledad y el hecho de vivir por nuestra cuenta supera al asociado con la obesidad, la actividad física y la contaminación del aire.

Susan Pinker, psicóloga y autora del libro The Village Effect, describe la soledad como un sentimiento subjetivo de encontrarte solo contra tu voluntad. Explicó que podemos no estar con nadie y no sentirnos solos y, de igual forma, podemos sentirnos solos aunque estemos rodeados de personas. La soledad nos hace “sentirnos excluidos y sufrir angustia existencial”, subrayó.

La situación es de especial gravedad porque muchos estadounidenses ya se sentían solos antes de la pandemia del coronavirus.

Según una encuesta realizada en enero de 2020 por Cigna a 10.000 estadounidenses mayores de 18 años, el 61 por ciento de los adultos (tres de cada cinco) dijeron sentirse solos. Esa cifra aumentó siete puntos porcentuales con respecto a la registrada en 2018. Ahora que los estadounidenses están en aislamiento físico más estricto debido a las órdenes de quedarse en casa por el coronavirus, la sensación de soledad se ha enfatizado, indicó Doug Nemecek, director médico de Cigna especializado en salud conductual. El estudio de Cigna indica que los factores principales relacionados con la soledad son la falta de apoyo social y un número muy reducido de interacciones sociales significativas; también reveló que quienes trabajan desde casa se sienten más solos que quienes trabajan en una oficina.

“Debido a la COVID-19, esta situación afecta a muchas más personas. Hemos establecido el distanciamiento social. No podemos interactuar ni con amigos ni con vecinos. No podemos visitar a nuestros padres ancianos que se encuentran en asilos”, comentó. “Todos estos factores pueden afectar cómo nos sentimos por la conexión social y la soledad”.

El estudio de Cigna descubrió que el 79 por ciento de las personas entre 18 y 22 años consideraban que estaban solas. En este grupo, quienes más usaban las redes sociales mostraron una mayor probabilidad de decir que se sentían solos, indicó Nemecek, “así que es muy importante aprovechar las redes sociales de manera adecuada para establecer y mantener conexiones significativas con otros”. Por ejemplo, dijo que puede ser más beneficioso tener una conversación por video que leer las noticias en las redes sociales o ver publicaciones de Twitter.

Quienes no tienen ningún contacto social ni ningún tipo de apoyo social pueden correr un mayor riesgo de caer en depresión, afirmó Lisa Cox, trabajadora social clínica con licencia y profesora de Trabajo Social y Gerontología en la Universidad Stockton. Sin embargo, señala que si esas personas aplican el autocuidado pueden estar bien. Pueden incluir prácticas como participar en grupos de apoyo en línea, yoga y estiramientos, llevar un diario de gratitud, practicar atención plena y sumergirse en actividades creativas como dibujar y escuchar música.

Cox reconoció que puede ser difícil reunir la energía necesaria para intentar algo nuevo cuando te sientes solo, pero afirmó que vale la pena intentarlo. Pinker dijo que, si no podemos estar con alguien, tener una conversación por video es la segunda mejor opción, y también podemos intentar cualquier actividad que imite la reciprocidad de las interacciones reales o compartir la experiencia de todos “ponerle atención a la misma actividad al mismo tiempo”.

Es una época ideal para tomar el teléfono y hablar con amigos y familiares con quienes no hemos tenido contacto desde hace tiempo, señaló. Tan solo salir y caminar alrededor de la cuadra puede ayudarnos a reproducir la rutina de nuestro día, como cuando íbamos al trabajo o a una cafetería, pues crea oportunidades para “ver a las personas de manera casual”, dijo Pinker. Además, tanto Pinker como Cox concuerdan en que aplicaciones como Houseparty, que nos permite participar virtualmente en actividades como juegos con amigos, o Netflix Party, donde podemos ver películas con amigos que no están con nosotros, pueden ser un buen medio para tener conexión social.

Este periodo resulta ser especialmente difícil para los adultos mayores. Un informe realizado en 2020 por las Academias Nacionales de Ciencias, Ingeniería y Medicina de Estados Unidos reveló que casi la mitad de los adultos de 60 años y mayores dicen sentirse solos. Lisa Marsh Ryerson, presidenta de la Fundación AARP, cita hallazgos que muestran que más de 42 millones de estadounidenses, equivalentes a un tercio de la población mayor de 45 años, se sentían solos antes del brote de coronavirus y afirma que esas cifras van en aumento en la situación actual. En su opinión, los adultos mayores deberían hacer un “inventario de amigos”, una lista que contenga, para empezar, a su círculo de amigos más cercanos y a sus vecinos, y que la vayan ampliando con antiguos compañeros de trabajo y escuela. “Nos cuesta trabajo dar el primer paso, pero es importante buscar a las personas”, dijo.

Así mismo, recomendó que los demás llamemos cada día por lo menos a un adulto mayor que pueda estar en riesgo de sentirse solo para preguntar cómo está y escuchar su respuesta. Otra forma de ayudar podría ser ofrecernos a explicarles cómo organizar conversaciones virtuales con sus amigos y familiares.

Ofori-Mensa ha comenzado a obligarse a lidiar con sus sentimientos de soledad durante este tiempo difícil, para lo cual intenta conectarse más con su entorno. Ha comenzado a escuchar las grabaciones de música clásica y jazz con piano que pone el vecino del piso de abajo por las noches. Otro vecino ha estado cocinando con ajo más seguido. “Me gusta detenerme en el pasillo y respirar profundo cada vez que salgo a caminar”.

Las caminatas diarias le permiten compartir espacio con otras personas, aunque sea a la distancia. “Ya que no puedo tocar a nadie, me he hecho más consciente de los detalles sensoriales que me recuerdan que no estoy sola”.

https://www.nytimes.com/es/2020/04/29/espanol/estilos-de-vida/soledad-cuarentena-encierro.html 

domingo, 9 de agosto de 2015

Adelgazar caminando: ¿a partir de cuántos pasos se pierden kilos? Según los expertos, el número de zancadas, los kilómetros recorridos y la velocidad son factores clave del 'power walking'. También en la playa

Parece que se nos está bajando la fiebre del running. No es que estemos viviendo el declive de una moda pasajera, ni mucho menos, pero sí es cierto que está perdiendo fuelle en favor del power walking. Y es que, aunque correr es una de las actividades físicas más completas, "su práctica tiene un inconveniente con un claro poder disuasorio: el impacto reiterado que sufre el cuerpo", explica Helena Olsson, entrenadora personal de Prorunners. Este obstáculo es una de las principales razones por las que poco a poco caminar le está restando adeptos al running. Ya que, "el impacto es mucho menor, debido a que el centro de masas no asciende tanto como al correr y a que la velocidad es inferior", apunta Olsson.

Así que, si a esta ventaja le sumamos la posibilidad de adelgazar sin el esfuerzo que supone correr, muchos habrán encontrado, por fin, el ejercicio que buscaban para estar en forma y, al mismo tiempo, perder esos dos kilos de los que querían deshacerse desde hace tiempo.

 Camine como si tuviera prisa
 Aunque caminar pueda ser la respuesta a las plegarias de muchos, es una respuesta con matices. Y en este caso, dos de ellos son fundamentales: el número de pasos y la cadencia con que se dan. Así, el National Center for Biotechnology Information fija en 10.000 pasos el mínimo exigible para que esta actividad física se traduzca en beneficios significativos para la salud. Lo que se traduce, dependiendo de la zancada de cada uno (la media está en 75 cm), en aproximadamente 8 Km. Pero, además de recorrer esa distancia o caminar 10.000 pasos, si queremos adelgazar, deberíamos hacerlo a un ritmo moderado, que según el Colegio Americano de Medicina del Deporte (ACSM), para un adulto sería entre los 4,8 Km/h y los 6,4 Km/h.

De este modo, ya se puede empezar a hablar de estar quemando calorías. Pero, ¿cuántas? Según Olsson, la respuesta no es sencilla, ya que "cualquier actividad física tiene un gasto calórico que varía en función de varios factores: la intensidad, el sexo y la condición física del que la practica, el peso o la masa magra, entre otros". Sin embargo, a modo orientativo podemos tener en cuenta los datos que revela un estudio elaborado por el ACSM, en el que se dice que un hombre que recorre 1.600 metros quema entre 124 y 88 calorías, mientras que una mujer, entre 105 y 74.

¿Bajar peso o eliminar masa grasa?
Aunque lo parezca, no es lo mismo. La entrenadora nos recuerda que "es posible perder dos kilos en una misma sesión de entrenamiento. Sin embargo, serán en su mayor parte líquido, el cual repondremos rápidamente con una correcta hidratación. Por eso, lo mejor sería hablar de pérdida de un porcentaje de masa grasa corporal y no de peso".

Puestos los puntos sobre las íes, para perder esos kilos, Olsson aconseja hacerlo "de forma progresiva y controlada, sin olvidar una dieta equilibrada y una buena hidratación". Para ello, es imprescindible caminar con regularidad (tres o cuatro veces por semana) y combinar esta actividad con ejercicios de fuerza general donde los gestos sean amplios y controlados. Y es que, "si queremos consumir más calorías en un mismo margen de tiempo, tendremos que realizar cambios de ritmo en nuestra marcha o incorporar algunos ejercicios donde se implique la mayor musculatura posible", apunta.

Por la arena, máximo 10 minutos
Una buena forma de hacer que intervengan más músculos es caminando sobre la arena de la playa, lo cual "es una actividad que tonifica mucho más que andar sobre el asfalto o la tierra, ya que es más exigente a nivel muscular", asegura Soraya Casla, doctora en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte. Sin embargo, si ha pensado en aprovechar estos días de vacaciones en la costa para "dar el primer paso" en esto del power walking, tenga en cuenta que "si no está acostumbrado, es mejor comenzar con 5 o 10 minutos y combinar la arena con el asfalto para que los músculos no se sobrecarguen y evitar lesiones", advierte la experta.

En cuanto a si es mejor caminar descalzo o con zapatillas, Casla asegura que "hacerlo descalzo es muy bueno para fortalecer la planta del pie. Sin embargo, al estar acostumbrados a llevar el pie completamente protegido, puede resultar muy agresivo para la musculatura". Razón por la cual, "lo ideal es no caminar más de 10 minutos sobre la arena seca, 20 minutos en el caso de la arena mojada y no más de 30 sobre el césped", concluye.

Sume pasos mientras hace la compra
Según la American Heart Association caminar al menos 10.000 pasos diarios comporta numerosos beneficios para nuestra salud cardiovascular. Motivo suficiente para empezar a contar. Pero, ¿cómo llevar la cuenta? Si pudiera contabilizar sus pasos desde que pone un pie en el suelo, se dirige a la oficina, camina por el supermercado, callejea y vuelve a casa, se percataría de cómo hay multitud de desplazamientos con los que uno no cuenta y que pasan a engrosar nuestro cómputo particular de pasos diarios. Una tediosa tarea que millones de personas han delegado en los podómetros: artilugios electrónicos o aplicaciones para móviles que ofrecen mucho más que datos, ya que la mayoría de ellos son capaces de monitorizar totalmente nuestra actividad física, recopilando información, pero también analizándola y proponiendo objetivos y planes de acción. Actualmente podemos encontrar en el mercado muchos en forma de pulsera, como la popular Jawbone que permite monitorizar el ejercicio físico que se realiza, fijar metas o registrar lo que se come o las horas que se duerme. Por su parte, Fitbit informa durante el día sobre la distancia recorrida, los pasos dados y las calorías quemadas y, por la noche, controla la calidad del sueño.

Si prefiere que sea su teléfono móvil el que lleve la cuenta, una de las aplicaciones más descargadas es Endomondo, utilizada por más de 25 millones de personas en todo el mundo. Y es que esta app no solo recopila y almacena información sobre su actividad, también analiza su rendimiento, propone desafíos y publica los progresos en las redes sociales. Por su parte, Runtastic Pedometer es otra de las app mejor valoradas. Ambas están disponibles para Android y iPhone.
http://elpais.com/elpais/2015/07/30/buenavida/1438263043_959659.html

lunes, 4 de mayo de 2015

Buena gente que camina. Andar puede ser un gesto revolucionario. Lo recuerda la ensayista Rebecca Solnit en 'Wanderlust'.

Crucé las avenidas mezclándome con inevitables flâneurs, vagabundos y turistas, con hombres sospechosos por su solo andar improductivo, sin rumbo ni destino; con mujeres que llevan siglos disputando su derecho a caminar sin ser tomadas por prostitutas ni acosadas ni violadas. Cruzando nuevos barrios amurallados y urbanizaciones planificadas contra el caminante, vimos tras las cristaleras de los gimnasios a los Sísifos de cinta mecánica (ese invento perverso que, recuerda Solnit, nació en una cárcel).

Juntos, sin dejar de caminar por las páginas de Wanderlust, nos unimos a quienes venían marchando desde lejos, desde muy lejos: revolucionarios y amotinados que un día echaron a andar y aún resisten, caminantes por la paz o los derechos que cruzan países, obreros, ecologistas, peregrinos, zapatistas, marchas civiles que corren una inacabada carrera de relevos hasta nuestras últimas marchas de la dignidad que prolongan el caminar como un acto político, una forma de desobediencia civil.

Junto a Solnit he caminado varias jornadas, siguiendo sus pasos, sus derivas y rodeos, sus momentos en que se detiene a mirar algo, incluso una nimiedad; las veces en que aprieta el paso y a fuerza de abarcar todos los aspectos posibles del tema nos fatiga, nos marea, nos aburre incluso, sin que podamos dejar de andar, porque caminar, leer, pensar, caminar, tiene un efecto euforizante, nos resitúa en la tierra, libera el cerebro y recupera el cuerpo frente a la incorporeidad creciente de nuestras vidas, nos vincula a quienes andan a nuestro lado, nos hace libres al buscar espacios libres y tiempo libre para recorrerlos.

No se pierdan esta marcha, este libro. Sigan andando.

Wanderlust. Una historia del caminar. Rebecca Solnit. Traducción de Andrés Anwandter. Capitán Swing. Madrid, 2015. 472 páginas. 22 euros.