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jueves, 1 de junio de 2017

_--Cultura de autoayuda y mundo del trabajo. Una crítica a la ideología.

_--Santiago Garcés Correa

"Nunca dejes que nadie te diga que no puedes hacer algo. Ni siquiera yo, ¿vale? Si tienes un sueño, tienes que protegerlo. Las personas que no son capaces de hacer algo te dirán que tú tampoco puedes. Si quieres algo ve por ello y punto”. Esto le dice el personaje de Chris Gardner, interpretado por Will Smith, a su pequeño hijo en uno de los momentos álgidos del blockbuster hollywoodense En Búsqueda de la Felicidad. La película es una adaptación de la autobiografía de Gardner, en donde narra su tránsito de la pobreza a la riqueza a partir de su esfuerzo personal. Hoy en día el millonario es un conferencista “motivacional” mundialmente reconocido.

“Pero el problema no es la economía, sino tú. ¿Estás molesto por la corrupción del ámbito corporativo? ¿Estás enojado con Wall Street y los grandes bancos por permitir que sucediera esta crisis? ¿Con el gobierno por no hacer lo necesario, por hacer demasiado poco o por equivocarse tanto y no hacer lo correcto? ¿Estás molesto contigo mismo por no asumir el control desde antes? La vida es difícil. Pero ¿qué piensas hacer al respecto? Quejarte y despotricar no asegurará tu futuro. Tampoco te servirá culpar a Wall Street, a los grandes banqueros, al Estados Unidos corporativo, ni al gobierno. Si deseas un futuro sólido, necesitas crearlo. La única forma de que asumas el control de tu futuro es haciéndote cargo de tu fuente de ingresos. Necesitas tener tu propio negocio”. Esto escribe en un texto reciente Robert Kiyosaki, autor de la célebre serie de libros sobre “inteligencia financiera” y emprendimiento “Padre Rico, Padre Pobre”.

"Póngase una mano en el corazón y diga: ¡Admiro a la gente rica! ¡Bendigo a la gente rica! ¡Amo a la gente rica! ¡Y yo también voy a ser una de esas personas ricas". Este es el mantra recomendado a sus lectores por T. Harv Ecker, autor del best seller “Los Secretos de la Mente Millonaria. Como dominar el juego interior de la riqueza”.

En un artículo reciente de la revista colombiana Dinero, leemos el siguiente titular: “Trabajadores felices, hacen empresas más rentables y exitosas: No existen fórmulas para alcanzar la felicidad, sin embargo las empresas que no invierten en esta cultura pierden billones de dólares al año, revela Sunny Grosso, la Coach de la felicidad en el trabajo que visitó Colombia.”. La inversión en esta cultura pasa por el uso del coaching, método que consiste en el “entrenamiento” a una persona o grupo de personas de parte de un “coach”, con el objetivo de cumplir una serie de metas o desarrollar un conjunto de habilidades específicas. En otro artículo de la revista colombiana Portafolio, leemos: “las sesiones de coaching han ido más allá, pasando del plano personal al laboral, de hecho han sido creadas organizaciones legalmente constituidas para abarcar este segmento dentro del mercado, el del coaching empresarial. Estas firmas son contactadas por compañías que desean fomentar al interior de sus colaboradores, el espíritu de trabajo en equipo, la comunicación y potenciar al máximo las habilidades, así como mejorar debilidades de los trabajadores.”

¿Qué tienen en común los ejemplos recién mencionados? Ya sea que se trate de libros, películas o conferencias, nos encontramos ante la presencia de la cultura de autoayuda orientada a la vida laboral y económica de las personas.

La cultura de la autoayuda se ha vuelto un elemento omnipresente en nuestra contemporaneidad. Los ámbitos de la misma son tantos como dimensiones de la vida humana donde haya una “interioridad” susceptible de ser transformada; el amor, la sexualidad, la identidad de género, la amistad, las relaciones familiares, y como se dijo más arriba, la vida laboral y económica de las personas.

Si se mira atentamente, en el transporte público es extraño no encontrar algún pasajero inmerso en algún libro de autoayuda en medio del hacinamiento matutino. Las estanterías delanteras de las librerías del mundo se encuentran saturadas en demasía de estos pequeños libros parsimoniosamente repetitivos y orientados a la mercantilización masiva. Familiares, amigos e incluso nosotros mismos alguna vez hemos buscado en las páginas de un libro de autoayuda o una conferencia motivacional recetas específicas para mejorar algún aspecto de nuestro “desempeño” en la vida. ¿Qué hay detrás de este fenómeno y cómo se cruza con el mundo de vida del trabajo en nuestra contemporaneidad? En este breve texto pretendo elaborar algunas respuestas a este interrogante.

¿Qué es la cultura de autoayuda? Es aquella identificable por ofrecer recetas encaminadas a la auto-transformación de la propia “interioridad”. De maneras muy diversas, ofrece a las personas la idea común de que la propia auto-transformación, en un sentido adaptativo, sería la clave para resolver inquietudes y carencias emocionales, económicas, laborales e incluso de la sociedad en su conjunto. La expresión prototípica de esta cultura es la literatura de autoayuda, sin embargo, esta trasciende las especificidades de dicho género literario. Puede expresarse en conferencias motivacionales, películas, series de televisión, talk-shows, etc. Vania Papalini nos aporta una definición que sirve para dar cuenta de los rasgos principales de dicha cultura en su conjunto; se trata de aquella que prescribe recetas de auto-transformación subjetiva con las consignas de mejorar las habilidades de comunicación, de cambio y adaptación, de autosuperación y afirmación, de mayor eficacia, de manejo del estrés y de control del tiempo. Esto en el marco de grandes significaciones sociales como el éxito, la competencia, la flexibilidad y la velocidad.

La aparición de narrativas similares a la cultura de autoayuda contemporánea en tanto que recursos para orientar la vida laboral y económica de las personas es un fenómeno que se remonta varios siglos atrás. Podríamos pensar en la obra de Benjamin Franklin de 1748 Consejos a un joven comerciante en donde se encuentra la célebre máxima “Recuerda que el tiempo es dinero”, o las investigaciones del sociólogo Max Weber durante el siglo XIX a propósito de la relación entre la ética protestante y el espíritu del capitalismo. Sin embargo, no es el objetivo de este artículo exponer la historia de este fenómeno. En las siguientes líneas me limitaré a exponer las características principales de la presencia de la cultura de autoayuda en el mundo laboral y a criticar dicho fenómeno desde una perspectiva solidaria con los intereses de quienes vivimos de nuestro trabajo. Terminaré con una reflexión a propósito de la necesidad de promover que las inquietudes emocionales y subjetivas que subyacen al uso de la autoayuda se dirijan hacia proyectos de transformación menos centrados en la interioridad de los individuos, y más preocupados por las condiciones sociales en donde los propios individuos se construyen y se desenvuelven.

La preocupación por el bienestar en el trabajo
El discurso mainstream de gestión de recursos humanos se caracteriza por una inusitada preocupación de las gerencias por el bienestar y la felicidad de sus trabajadores. Detrás de dicha preocupación, se encuentra la intención de lograr una mayor productividad y un mayor compromiso en el trabajo mientras se intenta expulsar de la vida laboral el conflicto. Ya sea que nos encontremos ante la promoción de técnicas de “mindfulness” para disminuir el estrés laboral, de sesiones de coaching empresarial, de fomento de la “inteligencia emocional” o de promoción del llamado “pensamiento positivo”, el propósito permanece idéntico.

Según Eva Illouz, socióloga marxista estudiosa del impacto del capitalismo sobre la esfera cultural, la literatura y la cultura de autoayuda como elemento de la cultura organizacional de las empresas, ha ayudado a construir la idea de “la ética comunicativa como el espíritu de la empresa” (Illouz, 2010, 119). Dicha ética “explica el conflicto y los problemas como resultado de una comunicación emocional y lingüística imperfecta; a la inversa, considera que la comunicación lingüística y emocional adecuada es la llave para lograr relaciones sociales deseables” (2010,119). Además, nos explica de qué manera la autoayuda apuntala dicho modelo: “La literatura de autoayuda acerca de la administración exitosa requiere incesantemente que uno se examine a sí mismo como si lo hiciera a través de los ojos de otro, sugiriendo así que uno adopta el punto de vista del otro para incrementar las propias posibilidades de éxito” (2010,121).

¿Por qué deberíamos sospechar de las buenas intenciones de las gerencias? ¿La preocupación por el bienestar de los trabajadores de parte de las patronales no es acaso síntoma de un nuevo capitalismo más amigable y menos explotador? ¿Cuál es el problema con que se busque expulsar el conflicto del lugar de trabajo a través de la promoción del auto-control emocional y de la mejora continua de las habilidades de comunicación?
El problema fundamental es que la preocupación contemporánea por la felicidad y el bienestar busca lograr mayor motivación y compromiso en el marco de situaciones que generan descontento, y no transformar las realidades laborales que producen la infelicidad. Un movimiento emancipador preocupado por el bienestar en el trabajo buscaría superar las condiciones sociales y organizacionales que generan infelicidad, por el contrario en el marco del uso patronal de la cultura de autoayuda, estamos ante la idea de motivar a los trabajadores en situaciones de intensificación del trabajo y de precarización de sus condiciones laborales. El objetivo es transformar la actitud de desaliento, y no las circunstancias que generan el desaliento.

Barbara Ehrenreich, nos cuenta que el boom del pensamiento positivo en el mundo empresarial estadounidense desde la década de los setenta se explica como una forma innovadora y barata de las multinacionales para subirle la moral a sus empleados, desmoralizados por los despidos masivos. De igual manera relata cómo el sector de los coaches o entrenadores le debe su enorme crecimiento en la década de 1990 al fin del empleo vitalicio (2011).

Aunque aún es necesario mayor investigación empírica para comprender el alcance real y las particularidades de este fenómeno en Colombia, la evidencia indica que la preocupación por el bienestar como factor de productividad por parte de las patronales permanece siendo un proyecto de aumento de la felicidad y del compromiso en el trabajo en el marco de situaciones laborales precarias que no se buscan modificar, y que en ocasiones son ocasionadas por la propia patronal. A propósito de esto, podemos leer en un artículo de la revista colombiana Portafolio la declaración de la fundadora de una empresa colombiana de coaching empresarial: “el coaching busca apoyar a las personas en cualquier tipo de pérdida o duelo que puede llegar a ser por muerte, enfermedad, divorcio, pérdida de trabajo, cambios organizacionales, robo, secuestro, entre otros” (2016). Que se admita que las situaciones laborales en las cuales los coaches están llamados a intervenir son análogas a la muerte de un ser querido o al secuestro es un reconocimiento de que el conjunto del esfuerzo de las patronales va dirigido a transformar la manera como los trabajadores perciben situaciones difíciles y no las causas sociales, organizacionales o económicas de dicho malestar subjetivo.

“Amo a la gente millonaria”: El emprendimiento como autoayuda
En un primer momento, “Emprendedor” es la manera contemporánea de los discursos pro-capitalistas para referirse a los empresarios de manera apologética. Si un político en tiempos de elecciones dice que gobernará en favor de los empresarios, aún hoy esto puede generar resquemores y suspicacias en la inmensa mayoría de la población. Después de todo, es un asunto de sentido común. ¿No es acaso un descaro poner las instituciones al servicio de los grupos sociales que no necesitan del Estado pues ya poseen fortuna?

Por el contrario si se el mismo político proclama a viva voz que gobernará al servicio de los emprendedores, probablemente disminuyan las suspicacias. Esto es así porque dicho concepto- tan de moda hoy en día en los medios de comunicación, las instituciones del Estado, la cultura de masas y hasta en las universidades - resalta ciertas características “positivas” de algunos empresarios en momentos específicos, como es la capacidad de innovar en productos y procesos atendiendo necesidades sociales. Pero esta no es la razón fundamental; la sustitución en el discurso público de la palabra empresario por la de emprendedor busca que las personas que vivimos de nuestro trabajo, que no poseemos grandes medios de producción ni tampoco tenemos grandes capitales para invertir nos identifiquemos como emprendedores o potenciales emprendedores, ¿De qué trata el “emprendimiento”, cómo se relaciona con la cultura de autoayuda y porqué deberíamos sospechar de este discurso?

Para empezar, pasemos revista al concepto de emprendimiento. Camilo Guevara, en su tesis de maestría sobre la cultura del emprendimiento en Bogotá reseña una serie de definiciones a partir de la literatura mainstream sobre este tema: el emprendimiento dice ser una actitud de las personas, una cultura, una capacidad central de las empresas y una característica del entorno competitivo en las ciudades y los países (Guevara, 2013). Más adelante nos dice que el emprendedor “es aquel que a partir de la identificación de una oportunidad decide aprovecharla poniendo toda su capacidad al servicio de la nueva aventura, buscando, encontrando y organizando los recursos técnicos, humanos y de capital para poner en marcha su ejecución” (Guevara, 2013).

En el papel que le asigna al individuo y a la cultura, el discurso del emprendimiento se funde con la cultura de autoayuda, pues ser emprendedor pasa por el aprendizaje de una serie de habilidades y de actitudes ante la vida que supuestamente estarían al alcance de todos.

Bajo esta forma de ver el mundo, desaparecen las diferencias insalvables entre empresarios y trabajadores. Si se considera que cualquiera puede alcanzar el éxito económico a través del aprendizaje del emprendimiento, el reverso necesario es considerar que los ricos y poderosos lo son porque “saben” algo que el resto no. Como ha dicho Edisson Aguilar, esta traducción de las desigualdades sociales a diferencias cognitivas posibilita el auge de la literatura de autoayuda, pues sus autores pretenden que ese “saber” de los “ricos” puede codificarse y enseñarse a las personas que viven de su trabajo para que logren ascender socialmente (Aguilera, 2014).

La consideración de que en las sociedades capitalistas todos podríamos ser emprendedores se entronca con el pensamiento económico neoclásico según el cual las clases sociales son una mera ficción intelectual, y la realidad consiste en mercados en donde se encuentran compradores y vendedores de diferentes mercancías, en donde la fuerza de trabajo sería una mercancía más, cuyo precio, al igual que el del resto de mercancías, sería supuestamente definido en virtud de las leyes inquebrantables de la oferta y la demanda. El gran banquero, la trabajadora por cuenta propia que tiene su puesto callejero de venta de alimentos, el burócrata estatal de bajo nivel y la estudiante que trabaja en un call center para pagar sus estudios universitarios; todos serían potenciales emprendedores que van al mercado a ofrecer sus servicios al mejor precio posible.

En la práctica, en contraste, la difusión del emprendimiento funciona como una manera de estilizar situaciones de precariedad creciente para los trabajadores mientras los grandes empresarios ven aumentar sus ganancias a partir de estrategias de reducción de costos que explican la precariedad laboral. Bajo esta cosmovisión, se busca que la precariedad sea interpretada por las personas que la sufren como producto de las vicisitudes de la “vida empresarial”, al tiempo que están llamados a superar estas dificultades de manera heroica en vez de cuestionar si esa situación que padecen es producto de alguna injusticia estructural.

El objetivo de este discurso es lograr que quienes vivimos de nuestro trabajo canalicemos nuestro descontento hacia el aprendizaje vano de “los secretos de la mente millonaria” y hacia la auto-transformación en virtud de dichos preceptos, en vez de canalizarlo de manera colectiva hacia la superación de injusticias como la desigualdad de oportunidades, las políticas estatales en favor de los ricos y poderosos y en contra de los trabajadores, y en última instancia, la desigualdad estructural entre el capital y el trabajo.

El rechazo a este discurso no apunta a impugnar como erróneo el hecho de que las personas legítimamente busquen técnicas que involucren la transformación de sus propios pensamientos y emociones para mejorar sus vidas, sino a señalar que este discurso no es neutral ni inofensivo, sino que termina por ayudar a reproducir las realidades de injusticia que generan el descontento y el malestar, en la medida en que impide tomar conciencia sobre dichas situaciones. Además de esto, puede en ocasiones empeorar los padecimientos subjetivos que supuestamente contribuiría a resolver. Esto es claro cuando tenemos en cuenta que el discurso del emprendimiento -y de la autoayuda laboral en general- tiende a depositar en las personas la culpa y la responsabilidad de padecimientos por los que sin lugar a duda no deberían responder. Esto puede llegar a niveles absurdos y francamente irracionales. Miremos el ejemplo del denominado “Coaching laboral”, que busca enseñarle a las personas a conseguir empleo. Dentro de este “entrenamiento” se usa sin ambages el discurso del emprendimiento pues uno de los “consejos para encontrar trabajo” que se le imparte a los trabajadores desempleados es el de mirarse a sí mismos “como una empresa”.

En un artículo del periódico El Espectador publicado en 2014, en donde se habla de manera positiva del incipiente coaching laboral en Colombia podemos leer el siguiente titular: “ Los 1,99 millones de desempleados que hasta 2013 registró el país seguramente están cometiendo el mismo error.”. Esta idea no podría ser más perniciosa: se pretende que los desempleados analicen su situación como producto de errores propios, como si el desempleo de un millón de personas -y la informalidad de otras decenas de millones- no fuera una realidad que obedece a situaciones estructurales como la ausencia de una matriz productiva diversificada y la reprimarización de nuestra economía.

Si más desempleados del mundo asumieran como propio este discurso y actuaran en consecuencia ¿Se acabaría el desempleo o aumentaría más aún la feroz competencia por las plazas existentes que ya caracteriza a nuestras sociedades, sin que aumente considerablemente el tamaño del pastel a repartir? Sin duda que la segunda opción se ajusta mucho más a la realidad. Verdades de a puño como éstas son absolutamente ignoradas bajo la cosmovisión de la cultura de autoayuda.

Una paradoja del capitalismo: ¿Siembra desarraigo y cosecha compromiso?
La presencia de la cultura de autoayuda en el mundo del trabajo obedece a una contradicción más general del capitalismo ubicada al nivel de los procesos productivos y de las relaciones laborales. Mientras que la flexibilización del mercado de trabajo y el aumento general de la precariedad laboral siembran desarraigo entre los trabajadores, se pretende cosechar de parte de los mismos mayores niveles de compromiso, ya sea que se trate de trabajadores asalariados o de trabajadores ”atípicos” inmersos en distintas formas de informalidad laboral.

El economista político William Davies, estudioso la psicología económica y de la contemporánea “industria de la felicidad”, sintetiza esta contradicción de la siguiente manera: “Desde los años sesenta, las economías occidentales han tenido que afrontar un problema fundamental: dependen cada vez más de nuestro compromiso psicológico y emocional (ya sea en el trabajo, con las marcas comerciales, con nuestra propia salud y bienestar), pero también cada vez les resulta más difícil conseguirlo. Las formas de renuncia personal a dicho compromiso, muchas veces manifestadas como depresión y enfermedades psicosomáticas, no sólo redundan en el sufrimiento experimentado por el individuo sino que alcanzan consecuencias económicas, con la consiguiente preocupación para gobernantes y directivos. Sin embargo, lo datos que aporta la epidemiología social describen un panorama inquietante, en el que la infelicidad y la depresión se concentran en las sociedades muy desiguales, marcadas por los valores fuertemente materialistas y competitivos. En los lugares de trabajo se hace creciente hincapié en el compromiso comunitario y psicológico, pero las tendencias económicas a largo plazo discurren en sentido contrario, hacia la atomización y la inseguridad. Tenemos, así, un modelo económico que atenúa los atributos psicológicos que, a la vez, precisa para su supervivencia. En este sentido más general e histórico, los gobiernos y los negocios han “creado los problemas que ahora están tratando de resolver” (Davies, 2015,16)

El fragmento recién expuesto me permite resaltar que el creciente hincapié en el compromiso comunitario y psicológico que las patronales buscan lograr a través de la difusión de la cultura de autoayuda no debe malinterpretarse unilateralmente como un síntoma de la capacidad del capital para “apropiarse” de una vez y para siempre de las subjetividades de los trabajadores, proyecto por demás imposible de concretar. El malestar y el descontento a los cuales dichos discursos pretenden ser una respuesta son en sí mismos un síntoma de la resistencia de quienes padecen condiciones oprobiosas. Por otra parte no se debe confundir el hecho constatable de que las patronales buscan transformar la cultura y las subjetividades de los trabajadores con la idea pesimista e insostenible de que por el mero hecho de intentarlo efectivamente lo logran en todas las oportunidades.

Sin embargo, de ser exitoso el esfuerzo porque las personas interioricen la autoayuda en contextos laborales, las consecuencias pueden ser enormemente negativas. Vania Papalini nos presenta algunas de ellas: opera un enmascaramiento de los malestares subjetivos y la disolución de los primeros síntomas de alerta, ayuda a crear personas resilientes que soportan más la explotación en vez de desafiarla, y finalmente se educa en la auto-responsabilización y la solución instrumental de los problemas, encubriendo de esta manera condiciones más amplias y generales que hacen posibles dichos problemas, desactivando de esa manera potenciales conflictos y reclamos (Papalini, 2015)

De “Querer es poder” a “Es preciso soñar...”: recuperemos la política
La frase “Querer es poder” es casi un leitmotiv de la cultura de autoayuda. Bajo dicha formación discursiva, se trata de una idea en exceso subjetivista que ensalza la voluntad sin tener en cuenta las condiciones de posibilidad de concretar dicha voluntad. Cuando se formula como máxima a propósito de la vida laboral y económica de las personas, no pasa de ser una versión sofisticada de la vieja idea reaccionaria y conservadora según la cual las personas son pobres porque quieren y lo único que se necesita para ascender socialmente es “Echarle ganas”. Pero en vez de rechazar el ensalzamiento vitalista de la voluntad podríamos intentar que asuma un cariz menos individualista, más orientado a la transformación colectiva, y libre de autoengaño.

Juan Carlos Monedero, uno de esos pensadores imprescindibles para pensar la política en el mundo contemporáneo, nos plantea lo siguiente: “Frente una sociedad que ofrece como solución leer libros de autoayuda, yo creo que la única autoayuda que funciona es la autoayuda colectiva, y la autoayuda colectiva se llama política”. Se podría argüir que es poco realista que la alternativa a la cultura de autoayuda sea simplemente la lucha política. Y esto es verdad hasta cierto punto. Después de todo, la autoayuda aparece como alternativa precisamente porque ayuda a lograr que los sujetos agobiados, sin cambiar las condiciones sociales y económicas, resistan y no colapsen en su cotidianidad. Y la cotidianidad no puede estar atravesada en cada momento por la lucha política.

Sin embargo, no dejan de ser falsificaciones las ideas centrales de la cultura de autoayuda según las cuales las condiciones en las que se desenvuelven los individuos son intransformables o incluso la idea de que el cambio social puede ser impulsado simplemente a partir del movimiento de cada “interioridad”. Por más difícil, y a veces decepcionante, que pueda ser el intento de transformar las estructuras económicas y sociales, esta permanece siendo una opción más realista y justa que la que nos ofrecen los discursos dominantes bajo el neoliberalismo. Por tal razón, mientras se busca promover que las inquietudes emocionales y subjetivas que subyacen al uso de la autoayuda por parte de las personas se canalicen hacia proyectos de transformación colectiva, habría que volver a la máxima leninista: “Es preciso soñar, pero con la condición de creer en nuestros sueños. De examinar con atención la vida real, de confrontar nuestra observación con nuestros sueños, y de realizar escrupulosamente nuestra fantasía“.

Bibliografía
Aguilar Torres, Eddison (2014), "Empresarios de sí mismos. La literatura de autoayuda y el mercadeo en red en la constitución de sujetos ético-económicos". En Artes de vida, gobierno y contraconductas en la prácticas de sí. Universidad Nacional de Colombia
Davies, William (2016) La Industria de la felicidad. Cómo el gobierno y las grandes empresas nos vendieron el bienestar. Malpaso Ediciones, S.L.U. Barcelona.
Ecker, T. Harv (2005) Los Secretos de la Mente Millonaria
Ehrenreich, Barbara (2011) Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo. Turner publicaciones.
Guevara, Camilo (2013) La Cultura emprenderista en Bogotá: consecuencias de las nuevas formas de gestionar el desempleo. Tesis de maestría en sociología. Universidad Nacional de Colombia
Illouz, Eva (2010) Introducción, en “La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de autoayuda.” Katz Editores
Papalini, Vania (2015) Garantías de felicidad. Estudio sobre los libros de autoayuda. Adriana Hidalgo Editora
“Entrevista a Juan Carlos Monedero: La política es conflicto” (2016) Horizontal http://horizontal.mx/la-politica-es-conflicto-entrevista-a-juan-carlos-monedero/
“¿Cuándo una hoja de vida es exitosa?” (2014) Periódico El Espectador http://www.elespectador.com/noticias/economia/cuando-una-hoja-de-vida-exitosa-articulo-472884
“Trabajadores felices hacen empresas más rentables y exitosas” (2016) Revista Dinero
http://www.dinero.com/empresas/articulo/trabajadores-felices-hacen-empresas-mas-rentables-y-exitosas/239207
“El “Coaching”, cada vez más presente en el mundo de los negocios” (2016) Revista Portafolio
http://www.portafolio.co/tendencias/coaching-empresarial-una-tendencia-en-alza-499236
Santiago Garcés Correa, Sociólogo. Estudiante de la Maestría en Estudios Sociales, en la línea de estudios laborales, de la UAM-Iztapalapa.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Se buscan emprendedores para mayores. Son contados los proyectos empresariales destinados a la tercera edad

Perfecto González, 73 años, tiene una fortaleza tallada en madera de boj. Quizá la dé haber estado décadas conduciendo un camión. Un oficio duro. Ahora le falta la luz. Anda casi ciego tras ser operado de un tumor en la cabeza. La cirugía también le sacó de la carretera y le llevó a Saraiva. Un centro de día respaldado en parte por Momentum Project, el mayor ecosistema para el emprendimiento social que existe en España. Una iniciativa de BBVA, la escuela de negocios Esade y la consultora PricewaterhouseCoopers (PwC).

Sin embargo, pese a los manotazos de la vida, Perfecto se siente afortunado. "Me paso el día haciendo bromas. Me encanta hacer reír a los demás", asegura mientras conversa al lado de Marisa, quien coordina el centro de Saraiva en Marín (Pontevedra). "Trabajo con el ordenador y hago de todo un poco. No me quejo", apostilla. Tal vez recuerde que expertos como el geriatra Francisco Gómez cifran entre 320.000 y 400.000 los mayores maltratados. Perfecto está muy bien atendido. Aunque a un precio. La media jornada sale por 350 euros al mes. Es un hogar distinto. Saraiva trabaja con una filosofía llamada housing, que supone humanizar estos centros recreando el mismo ambiente que tenía el mayor en su casa. "Es un primer paso hacia una nueva sociedad", señala Noelia López, directora adjunta de Saraiva.

Sin embargo, para los españoles, el envejecimiento, como la muerte, es algo que siempre les sucede a los demás. Por eso ignoran las alarmas demográficas. España acumula cinco años consecutivos de caída en el número de nacimientos. Son las cifras del Instituto Nacional de Estadística (INE). En 2013 nacieron 425.390 niños. Un 6,4% menos que el año anterior. Al otro lado, la esperanza de vida crece. Ya estamos en 80 años para los varones y en 85,6 para las mujeres. Mirando al futuro, en 2022 residirán en España 9,7 millones de personas con más de 64 años.

Esta deriva demográfica debería abrir muchas oportunidades para los emprendedores. "Es un sector de gran futuro en temas de medicina, servicios asistenciales, alimentación, turismo... Cada vez vivimos más y habrá nuevas opciones que superan al tradicional asilo", describe Manuel Bermejo, profesor de emprendimiento de IE Business School...
Leer más en El País.

domingo, 30 de diciembre de 2012

A la patronal se le ve el plumero

La detención del anterior presidente de la patronal española, acusado ahora de blanqueo de dinero, alzamiento de bienes e insolvencia punible y tras una larga serie de escándalos empresariales protagonizados incluso bajo su mandato, es un buen motivo para reflexionar sobre el papel que los empresarios y sus dirigentes patronales desempeñan en nuestra sociedad. En cualquiera que sea el sistema económico con el que uno se identifique (capitalismo, socialismo, comunismo...) la empresa tiene una función esencial. Entendida como la organización que se dedica a la producción de bienes y servicios no tiene sustituto posible en la inmensa mayor parte de los casos que conocemos, bien sea poniéndolos a disposición del mercado, del estado, de la colectividad por cualquier otro medio, o de alguna autoridad central. Es verdad que no es la única forma de obtenerlos pero sí que resulta prácticamente insustituible a poco que los procesos de producción se hagan algo complejos. Sin embargo, la ignorancia y el papanatismo ideológico que tanto abundan han generado una confusión muy habitual que ha hecho que la empresa, y por ende la figura del empresario (o empresaria, porque creo que cuando se habla de empresas es cada vez más necesario subrayar el papel de las mujeres) sea muy mal comprendida y mucho peor apreciada. Tantos los izquierdistas de salón como los defensores fundamentalistas del capitalismo suelen identificar erróneamente a los empresarios con los capitalistas y más concretamente con el tipo de capitalismo que impera en cada época o en cada economía. Un error manifiesto porque es obvio que puede haber empresas en donde la propiedad no sea la privada o incluso empresas puramente capitalistas en donde los valores o la forma de gestión de los recursos predominantes no esté guiada exclusivamente por la avaricia o el afán de lucro. Una confusión aciaga y que tiene mucha más trascendencia de la que pudiera parecer cuando la difunden personas de gran influencia pública. Para crear riqueza y empleo y para proporcionar ingresos y satisfacción a los seres humanos son imprescindibles las empresas y puede ocurrir que nada de eso se consiga en la medida necesaria si unos las rechazan porque ven en ellas a su enemigo capitalista y si, al mismo tiempo, otros entienden que lo único que hay que hacer para fomentarlas es fortalecer el capitalismo y, en particular, un tipo de empresa capitalista (jerárquica, social y ambientalmente irresponsable, empobrecedora, o ineficiente por muy rentable que sea) con el que es muy difícil que la inmensa mayoría de la sociedad se sienta identificada. Lo primero le pasa a muchos sindicalistas y líderes políticos de izquierdas, que no se dan cuenta de que entre los empresarios (por ejemplo los que ahora están realmente al borde del abismo por culpa de los bancos y de las grandes empresas) pueden tener a muchos aliados, o que si se dedicaran a promover la creación de empresas de otro tipo (cooperativas, sociedades laborales, autogestionadas, etc.) avanzarían mucho más aceleradamente hacia la sociedad alternativa a la que aspiran. Lo segundo es lo que creo que le viene pasando a la patronal española en los últimos años. Ha estado y está dominada por personas cuya trayectoria no ha sido precisamente la que podría servir a la sociedad como referencia de la excelencia, el riesgo y el buen hacer productivo de un empresario ejemplar. Y no me refiero solo a sus presidentes sino a los más de 35.000 liberados (por cierto, casi 8,5 veces más de los que tienen los sindicatos) que mantienen las diferentes organizaciones patronales. El caso de Gerardo Díaz Ferrán es una muestra paradigmática de ello. Es decir, de que la patronal española refleja a un tipo carpetovetónico de empresario que tiene muy poco que ver con el que de verdad crea riqueza y con el que sería necesario promover para lograr que en nuestro país nos liberásemos alguna vez de la mentalidad dependiente y del terrible "¡que inventen ellos!". Ferrán y tantos otros empresarios instalados en la cúpula del poder empresarial, son en realidad buscadores de rentas que defienden el mercado cuando hablan ante los micrófonos pero que solo saben ganar dinero aliándose con la clase política más corrupta y que solo compiten a la hora de dar comisiones. Son los que piden austeridad a los demás pero que inflan las cuentas del Estado cuando se quedan con contratos públicos gracias a los políticos a los que han comprado. Son los que dicen que los servicios públicos son insostenibles mientras se llevan a espuertas el dinero que han ganado a costa de su militancia política a paraísos fiscales para no pagar impuestos. Los líderes de la patronal que no tienen en la boca propuestas distintas a reducir salarios, como Díaz Ferrán, son en realidad enterradores de empresas y no verdaderos líderes empresariales. Con tal de sacarle las castañas del fuego a las grandes compañías de quienes reciben votos, favores y dinero a mansalva, vienen defendiendo políticas económicas que han arruinado a miles de pequeños y medianos empresarios que son los que realmente crean empleo porque la desigualdad a la que dan lugar arruina sus mercados y destruye sus clientelas. ¿Cuándo hemos oído a un dirigente empresarial español reclamar a sus colegas que hay que investigar más, que hay que ser creativos y producir con calidad, que la asunción del riesgo y la innovación es lo que distingue a una buena empresa y no el número de pelotazos conseguido o el número de despidos, y que no basta con bajar sueldos para ser competitivos? Los dirigentes de la patronal española están continuamente diciendo que tiene que haber más empresarios y critican que los jóvenes no quieran serlo. Yo estoy completamente de acuerdo con esa demanda aunque entiendo perfectamente por qué no hay más empresarios y empresarias en España. De hecho, lo hablo a menudo con los jóvenes a quienes enseño en la universidad o con los que trato en otros lugares. A mi juicio hay dos grandes problemas que lo impiden. El primero es que no hay capital suficiente. Los dirigentes de la patronal olvidan a menudo que para que haya empresarios no basta con que existan herederos. Es imprescindible que haya dinero, aunque no sea lo único que hace triunfar un proyecto empresarial, y eso no es lo que se consigue precisamente con las políticas que defienden. Pero también otro tipo de capital muy importante: social, cultural, relacional, también buena educación, formación adecuada, ingenio en el ambiente social. Y resulta que la política que viene defendiendo la patronal española destruye este capital. Se dedica solo a privilegiar el que ya dispone una ínfima parte de la población o a financiar medios de comunicación y centros de estudio como negocio que adocenan, desmotivan y maleducan. Y, como en estos últimos años, a proporcionar dinero fácil a base de especular y de estafarse unos a otros. El segundo problema es también determinante. Mientras que los líderes de la patronal se presenten a la sociedad como cancerberos de la derecha, como escuderos de los proyectos políticos más reaccionarios y conservadores, o mientras sean simples delincuentes, como en el caso de Ferrán, mientras a los líderes de la patronal se les vea tanto el plumero político ¿cómo vamos a pedir que haya más empresarios entre todo tipo de jóvenes o entre personas honestas de todas las tendencias? Juan Torres López. Público.es

miércoles, 4 de julio de 2012

Un empresario americano, Nick Hanauer, denuncia en TED, la falacia de que los ricos, los ahora llamados emprendedores en vez de lo que son realmente, capitalistas, son los que crean empleos.



Enlace alternativo al vídeo censurado https://www.youtube.com/watch?v=cLm4QF3IPdU
Es evidente que si no hay demanda, ni actividad económica, el paro seguirá aumentando, en un circulo vicioso; más paro trae menos demanda, menos demanda trae más paro. El empobrecimiento de la mayoría de la población y su influencia negativa en la economía no es compensado por el enriquecimiento cada vez mayor de los más ricos. La parte de los salarios dedicada a impuestos entre IRPF, impuestos municipales sobre basuras, agua, alcantarillado, vehículos, viviendas, ... han crecido de media más que los salarios desde los 70.

 Los impuestos sobre energía (combustibles, gas, electricidad), el IVA sobre el consumo, sobre los medicamentos, la falta de becas el pago de transporte para los estudiantes, amas de casa y trabajadores,... hacen que suponga una perdida de más del 35% de sus ingresos. Mientras los grandes Banco y Fortunas cotizan un 1%, cuando no evaden todo mediante los paraísos fiscales. Es evidente, y así lo defienden prestigiosos economistas como Paul Krugman o Joseph Stiglitz, que es necesario un cambio.