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jueves, 2 de agosto de 2018

El ciudadano, de Roland Vranik Hungría, el infierno para los inmigrantes



Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández.

Cuando estaba en la escuela secundaria, tuve un profesor inglés muy bueno que después de encomendarnos la obra de teatro “Hedda Gabler”, de Henrik Ibsen, nos advirtió para que prestáramos mucha atención a las pistolas que Hedda Gabler muestra a un invitado en el primer acto. Las había heredado de su padre y al parecer resultaban de utilidad para matar el tiempo en un asfixiante hogar burgués. Cada vez que al principio de una obra se ve una pistola o un cuchillo, nos dijo, se crea un inquietante presagio de que van a utilizarse en el acto final. El personaje principal, aburrido y frustrado, al igual que Madame Bovary y otras amas de casa victorianas, acaba disparándose un tiro en la cabeza.

Al comienzo de “El ciudadano”, un película húngara dirigida por Roland Vranik que se estrena hoy en el teatro Metrograph de Nueva York, nos encontramos con el personaje principal, Wilson Ugabe, un refugiado de Guinea-Bissau que está siendo interrogado por un funcionario húngaro de inmigración que integra un panel de tres personas encargadas de determinar si tiene derecho a convertirse en ciudadano. “Cuénteme algo del arte húngaro en el Renacimiento”. “¿Recuerda quién fueron los Corvino?” “¿Y el humanismo?” Wilson permanece en silencio, como cabe esperar de alguien que tiene que asumir la versión húngara de la prueba por la que los afroamericanos tuvieron que pasar durante la era Jim Crow para poder registrarse y votar.

Da la casualidad de que los Corvino fueron un clan monárquico que reinó en Hungría en el siglo XVI, derivando su nombre de la palabra latina cuervo. En cuanto al humanismo, la broma es que la prueba se aplique a alguien que habla con soltura la lengua húngara para negarle la ciudadanía, un acto inhumanamente excluyente. ¿Pueden imaginar a un inmigrante húngaro en Guinea-Bissau intentando convertirse en ciudadano al que se le niega dicha condición después de dominar el portugués, la lengua oficial, porque no puede responder a las preguntas sobre la historia de los Mandinga en el siglo XVIII? Claro que no.

Un pequeño acto demuestra el humanismo del que sus interrogadores tanto carecen. Empleado como guardia de seguridad en un centro comercial, Wilson ve a un joven ratero metiendo un pequeño frasco de artículos de aseo en su bolsillo trasero. Como por casualidad, se acerca a él y le susurra al oído: “No intentes salir fuera con eso o la alarma se disparará”. Después de recuperar el frasco y volverlo a colocar en el estante, le ofrece otro consejo: “No salgas corriendo de la tienda porque llamarías la atención. Todo lo que tienes que hacer es no volver más”.

La carencia de ciudadanía de Wilson Ugabe en la Hungría actual es como la pistola de Hedda Gabler. Crea una sensación de peligro inminente que es omnipresente durante todo el film a pesar de sus muchos momentos optimistas, sobre todo su historia de amor con Mari, la tutora húngara que ha contratado para que lo prepare para el siguiente examen. Ambos de sesenta años, su romance otoñal tiene una intensidad que no se ve muy a menudo en las películas de hoy en día. Ese amor se desató tras un largo día de caminar por los museos para aprender sobre la cultura húngara cuando él le aplicó un ungüento en sus doloridos tobillos.

Wilson vive de forma modesta. Ha compartido apartamento con otro inmigrante africano que está marchándose porque ha encontrado un trabajo nuevo en Viena, dejando atrás su poster de Fela Kuti como regalo. En una sesión de tutoría con Mari, ella pone un CD de Bartok para ponerlo al tanto de la cultura húngara. Cuando le pregunta si le gusta, él dice que está bien pero que prefiere a Fela Kuti y se lo pone en el casete portátil.

En una excursión a un museo, Mari intenta explicar el papel del rey San Esteban, el monarca del siglo XI que hizo del cristianismo una religión de Estado. Mostrando su conocimiento de esa parte de la historia húngara, Wilson le menciona a Mari que el rey mostró muy poca misericordia con un señor de la guerra rival llamado Kopanny, quien fue descuartizado después de ser derrotado por las fuerzas superiores de Esteban, ordenando exhibir los trozos del cuerpo en las puertas de entrada de las principales ciudades de Hungría. Para Wilson, ese es el tipo de brutalidad que le forzó a convertirse en refugiado. Una milicia había matado a su esposa y había “desaparecido" a sus dos hijas. Si se hubiera quedado en África, habría sufrido el mismo destino.

A pesar de su tolerancia racial y los intentos sinceros de integrarle en la sociedad húngara, se insinúa que Mari es susceptible al nacionalismo que se ha extendido por toda Hungría bajo la órbita de Viktor Orban, que hace de la vida un infierno para los inmigrantes. Ella le dice a Wilson que aunque el rey San Esteban fue cruel, su éxito al unir el país bajo el cristianismo justificó los medios para conseguir tal fin.

Un día después de que su compañero de habitación se marchara a Viena, una mujer iraní muy joven y embarazada llamada Shirin aparece en el umbral de la puerta de Wilson. Ha huido de un campamento de inmigrantes indocumentados y ha buscado refugio en el apartamento que su excompañero de habitación le ofreció como refugio frente a la policía de inmigración. Cuando la joven rompe aguas, Wilson muestra el tipo de ingenio que cabía esperar. La ayuda a tener al bebé y se convierte en su protector. Cuando Mari decide dejar a su marido y mudarse con Wilson, todos se esfuerzan por llevarse bien, aunque los prejuicios húngaros de María, a pesar suyo, y sus celos hacia la joven y bella mujer crean una tensión dramática que sólo se resuelve en el clímax de la película con el mismo tipo de explosión de la pistola de Hedda Gabler.

En una decisión brillante de reparto, Roland Vranik elige a Marcelo Cake-Baly para que haga de Wilson Ugabe. Cake-Baly era un economista que perdió su trabajo después de que Hungría dejó atrás el comunismo y se vio obligado a tomar un tranvía hacia Budapest. Cuando en una parada del tranvía le pidió a un joven que no fumara porque estaba prohibido, este le contestó que Hungría era su hogar y que un emigrante como él debería haberse ahogado en el mar.

Vranik escribió el guión junto a István Szabó, que es una de las figuras más respetadas de la cinematografía húngara. Su "Mephisto" de 1981 ganó el premio de la Academia a la mejor película en lengua extranjera por su interpretación de un actor húngaro que acepta oportunistamente una oferta de los ocupantes nazis para crear un teatro amable con ese régimen. Al igual que Fausto, el actor vendió su alma al diablo. Está claro que colaborar en el guión de "El Ciudadano" fue un proyecto que István Szabó consideró consecuente con sus inclinaciones humanistas de siempre, inclinaciones bajo asedio hoy en el país con un Viktor Orban que ambiciona convertirse en el Satanás de Hungría.

Louis Proyect es el moderador de Marxism Mailing List.
Su blog es:
http://louisproyect.orgFuente: https://www.counterpunch.org/2018/07/06/hungary-where-hell-is-for-immigrants/

sábado, 6 de febrero de 2016

Cuando el paraíso era el infierno

Tal vez algún compañero del instituto le había hablado de un desierto donde había palmeras o puede que solo fuera una rebelde con demasiados sueños. Tenía 16 años aquella adolescente cuando levantó el vuelo una madrugada. Fue la madre a despertarla y encontró su cama vacía. La niña ha volado, le dijo la mujer al marido. No entendían nada. “¿Qué hemos hecho mal?”, se preguntó el hombre mirándose en el espejo del baño. Él regentaba un famoso despacho de abogados. Ella era psicóloga y había citado a varios pacientes esa mañana. La niña en una gasolinera de las afueras llevaba ya una hora suplicando a cualquier conductor que la llevara al sur.

Después de varias negativas, finalmente su plegaria fue atendida por un camionero, que la dejó en una ciudad con puerto de mar. En el muelle había un chico que también andaba extraviado y como los dos iban igualmente perdidos juntaron las mochilas y compartieron también el primer tatuaje, una serpiente, él enroscada en un brazo, ella alrededor del ombligo. Un caso entre mil en aquel tiempo.

Tuvieron que pasar algunos años y muchas caídas para que, de regreso a Madrid, el fotógrafo Alberto García Alix certificara con una imagen los estragos que en los cuerpos de estos fugitivos dejaron los vanos sueños. El estudio de este fotógrafo en la calle Atocha era el último apeadero de ese viaje de donde ya no se vuelve. García Alix (León, 1956) examinó de arriba abajo con mirada de forense a aquellos dos seres que pretendían convertirse en sus posibles criaturas, la córnea color fresa de los ojos, las venas del antebrazo, los fieros tatuajes que cubrían de tigres sus carnes macilentas, la pelambrera rapada con crestas de gallo, los garfios y cadenas como arreos de caballo. Les dijo: “No estáis todavía lo bastante muertos. Seguid vuestro viaje al Hades”. Aquella pareja que antaño fueron espléndidos retoños de una burguesía feliz abandonaron el estudio de García Alix y se adentraron por las calles de Malasaña, por los túneles de Azca, por los descampados de Entrevías para madurar un poco más.

Sin trampas A partir de 1975, mientras el dictador seguía agonizando sucesivamente en todas las esquinas, sonaban en los garitos y colmados del rollo las descargas de los Ramones, de Sex Pistols, de Dead Boys. El fotógrafo García Alix había convertido su leica en un arma de guerra y con ella comenzó a coleccionar los futuros cadáveres que iba a traer la libertad. No se permitió hacer trampas. El propio fotógrafo daba ejemplo de estar comprometido con sus propias criaturas; compartía con ellas las mismas camas deshechas, los mismos cubos de plástico para vomitar, el mismo sexo perforado, el mismo afán de cabalgar la moto hacia un horizonte de hormigón, la misma pócima del olvido, la dama pálida cuya calavera estaba coronada con diamantes o cualquier otra sustancia que introducida por los siete orificios del cuerpo y alguno más sirviera para expulsar la conciencia por las orejas. Alberto García Alix decía: “Tiro cuando siento miedo”. Solo disparaba si veía su propia vida reflejada en los seres que fotografiaba.

Eran aquellos días en que en este país al final de la dictadura, bajo un mismo pistoletazo de salida, galgos y caballos comenzaron a ladrar y relinchar juntos en una carrera hacia la nada por los túneles de la ciudad. A García Alix le excitaba disparar su cámara sobre los ojos melancólicos de los perros perdedores, sobre las violentas fauces erizadas de colmillos de perros sangrientos, sobre los perros que en brazos de mujeres maduras y desamparadas eran el último recipiente donde ellas arrojaban todo su amor. Por los sótanos de la contracultura discurrían las tribus urbanas en busca de abrevadero y García Alix era el inspector de alcantarillas que daba los certificados. Sabía que en aquel tiempo la imagen de una chica con minifalda de cuero camino de la panadería era más detonante que cualquier ensayo de sociología.

El exorcismo
Si fotografiaba seres al límite no era para buscar un exorcismo. Su cámara no emitía ningún juicio. Las cosas son así, decía. Paredes desconchadas, perros desolados, lavabos sucios, púgiles cubiertos de tatuajes bajo cremalleras con candados, macarras espatarrados, travestis y transexuales, adolescentes turbios y desafiantes con chupas de cuero duro, jeringuillas, vulvas y erecciones violentas, orgasmos sobre colchones infectos, preservativos anudados que encerraban millones de frustrados habitantes de este perro mundo, pero de pronto su estudio lo atravesaba un ángel con un halo poético. Hay un extraño poema fotográfico debajo de este arsenal humano que trajo a este país el envés de la democracia. En medio del nihilismo anarquista y la neurosis autodestructiva de la estética punk, el talento para captar la belleza entre la rebeldía y la soledad, convirtió a García Alix en protagonista de su propia leyenda. También su cuerpo era una frontera. En su piel lleva grabados todos sus deseos. El desamparo de los paraísos perdidos lo expresa en su autorretrato con la mirada melancólica de aquel tiempo en que emprendió viaje en perpetua fuga. García Alix es su propio modelo de cuero a bordo de la moto a doscientos con el pelo electrificado.

Aquella pareja de adolescentes que en los primeros años de la libertad viajaron al sur, de regreso a la ciudad atravesaron el Madrid de los años ochenta y ya batidos por el hormigón desolado del extrarradio se presentaron de nuevo a examen ante García Alix. A este artista solo le interesaban los ojos de aquellas criaturas, la melancólica soledad de su mirada para estar seguro de que ya eran replicantes urbanos. En efecto, ellos habían visto naves en llamas más allá de Orión en los túneles de Azca. “Vale, me dais miedo. Ya sois de los míos”. A su modo el disparo de la leica de García Alix era el rayo C en la puerta de Tannhäuser.
http://cultura.elpais.com/cultura/2016/01/24/actualidad/1453645883_848579.html

sábado, 22 de agosto de 2015

Haití. Un infierno que nunca acaba

Vicky Peláez
Sputnik

Abandonad toda esperanza aquellos que entréis aquí.
- Dante Alighieri,
Divina Comedia,
Vestíbulo del Infierno.

Estamos acostumbrados a hablar de la crisis económica que afecta durante los últimos siete años el bienestar de los norteamericanos y los europeos pero ni siquiera nos imaginamos que sucedería si la actual crisis duraría más de 200 años. Cualquiera dirá que esto es imposible.

Sin embargo, hay casos en los que la realidad supera la fantasía. Existe un país en las Antillas que casi es una nación invisible, se llama Haití y sus habitantes han estado luchando para sobrevivir desde 1804 debido a una grave crisis económica que resultó de la injerencia de la civilización occidental.

Y pensar que Haití, que fue la primera nación en el mundo en abolir la esclavitud, adelantando en tres años a Inglaterra, y fue el primero en América Latina y en el Caribe en declarar su independencia en 1804; por esto fue finalmente "arrojado al basural por eterno castigo de su dignidad", según el escritor uruguayo Eduardo Galeano.

Esto produce la indignación y rechazo de cualquier ser humano pensante. Parece que el Occidente hasta ahora no puede asimilar el hecho de que una nación poblada por los descendientes africanos, mulatos y los llamados negros cimarrones hubieran podido resistir el dominio español y posteriormente, cuando los españoles cedieron la parte occidental de la isla La Esmeralda a los franceses en 1697, no se conformaron con el nuevo dueño de su destino. En aquel entonces Haití estaba poblado por 300.000 esclavos y 12.000 personas libres: blancos y mulatos principalmente.

La lucha por la emancipación tomó más de 100 años hasta que en 1803 decenas de miles de sublevados, bajo la dirección de Jean Jacques Dessalines, vencieron a las tropas de Napoleón Bonaparte en la batalla de Vertierres donde murieron más de 20.000 soldados franceses y unos 4.000 legionarios polacos. También los haitianos perdieron la mitad de su población. Las plantaciones de caña de azúcar que fueron destruidas durante la guerra, y el país entero, que durante el régimen colonial francés suministraba la mitad del azúcar y café consumidos en Europa, se quedó en ruinas.

Para colmo, los europeos y los norteamericanos apoyaron el bloqueo que impuso Francia obligando a Haití a pagar una indemnización por el daño que le hizo al país galo por liberarse. Los 150 millones de francos oro que tuvo que pagar Haití y los intereses correspondientes durante un siglo arruinaron definitivamente a la economía del país.

Por desgracia, allí no terminaron las calamidades del pobre Haití. Ningún país reconoció su independencia a excepción de Francia a cambio de dinero. Increíblemente, el hombre que luchaba por la libertad de los pueblos, Simón Bolívar, tampoco la reconoció a pesar de que Haití le dio amparo, armas y soldados cuando llegó derrotado a la isla en 1816. Al comienzo del Siglo XX, en 1909, The National City Bank of New York echó el ojo a Haití y se apoderó del país con el pretexto de sacar a los franceses definitivamente de la región, lo hizo siguiendo las instrucciones del Departamento de Estado de acuerdo a la Doctrina Monroe que establecía que Caribe y Centroamérica formaban parte de la "esfera de influencia exclusiva de EEUU".

Así el dominio francés fue reemplazado por el imperialismo norteamericano que percibió a los haitianos como "niños crecidos" que necesitaban regimentación y tutela. The National City Bank pagaba los sueldos al presidente y a todo el gobierno y cuando quiso transferir las reservas nacionales de oro por el valor de 500.000 dólares amenazó al gobierno con el cese del pago de sus sueldos. Cada robo a nivel de Estado tiene su pretexto y Washington anunció que quiso proteger las reservas haitianas de la posibilidad del hurto local. Pero esto le pareció poco a los banqueros norteamericanos que pidieron el envío de los marines a Haití para prevenir futuros levantamientos.

El 28 de julio de 1915, unos 300 marines se apoderaron de la capital, Puerto Príncipe, y ocuparon posteriormente todo el país obligando al presidente a firmar la liquidación del Banco de la nación que se convirtió en una sucursal del National City Bank. También los estadounidenses establecieron sus reglas "civilizadoras y democráticas" según las cuales se prohibía al presidente y sus súbditos negros entrar en clubes, hoteles y restaurantes reservados para los blancos. La misión "protectora y civilizadora" norteamericana duró 19 años hasta 1934 cuando la resistencia popular hizo retornar a los marines a su lugar de origen. Como saldo dejaron a 11.000 personas asesinadas y al jefe de la guerrilla Charlemagne Péralte clavado en cruz contra una puerta en el centro de Puerto Príncipe para el escarmiento de los habitantes.

Los marines se fueron al año siguiente y el National City Bank vendió su sucursal, al Banque Nationale de Haití, a su gobierno, sin embargo ambas instituciones dejaron en su reemplazo a la Guardia Nacional y los futuros dictadores militares a su servicio incondicional que siguieron saqueando al país durante muchos años. Los más sangrientos de ellos eran Francois "Papa Doc" Duvalier que gobernó el país de 1957 a 1971 y posteriormente su hijo Jean-Claude "Baby Doc" Duvalier (1971-1986). Ambos utilizaron sus propios "camisas negras" llamados Tonton Macoutes —sus escuadrones de la muerte para mantenerse en el poder con un saldo de más de 150 mil personas asesinadas o desaparecidas, por supuesto todo con la venia de la CIA y del departamento de Estado.

Cualquier disidente o descontento se tildaba de ser "comunista", la misma característica que dio el presidente Ronald Reagan al sacerdote católico salesiano portavoz en su país de la Teología de la Liberación, Jean-Bertrand Aristide por su participación en las manifestaciones populares contra el duvalierismo. Y no podía ser de otra forma debido a la convicción de Aristide que "el capitalismo es un pecado moral". En el período 1986-1991 cuando las dictaduras militares se turnaban frecuentemente, Aristide se convirtió en un fuerte portavoz de la resistencia. Fue elegido presidente en 1991 con las consignas "dignidad, transparencia, participación, simplicidad" pero en menos de ocho meses fue sacado del poder por un golpe militar. Posteriormente la historia se repitió en 1994-1995 y en su tercera presidencia 2001-2004 fue derrocado por una oposición llamada la Convergencia Democrática, creada con el apoyo de Washington que no le perdonaba a Aristide su acercamiento a Cuba y Venezuela y sus amplios programas sociales.

La violencia que se desató en el país indujo a las Naciones Unidas a enviar a Haití en 2004 la Misión de la Estabilización (MINUSTAH) que sigue permaneciendo allí hasta ahora, actuando como una fuerza de ocupación militar. Su rol en la reconstrucción del país había sido insignificante, igual que el de todas las organizaciones no gubernamentales (ONGs) de las cuales está lleno Haití. El terremoto del 12 de diciembre de 2010 que azotó al país ocasionando unos 300 mil muertos, más de 300 mil heridos y un millón de desplazados confirmó la ineficiencia y la corrupción de la MINUSTAH y de las ONGs.

De acuerdo al luchador social haitiano y economista Camille Chalmers, "estamos aún bajo las botas de ocupación militar. Ya no son soldados norteamericanos, pero es la MINUSTAH, instrumentalizada por el imperialismo que llegó en 2004 y sigue el papel de la dominación y la instalación de las condiciones para favorecer el saqueo de nuestros recursos a favor de las empresas norteamericanas. Se trata de tropas que buscan remilitarizar la cuenca del Caribe para defender sus intereses estratégicos, sobre todo frente a los pueblos rebeldes como Cuba y Venezuela".

Las tropas de MINUSTAH han participado activamente en la represión de los movimientos sociales en estos 11 años, en la corrupción de los menores, prostitución por hambre, las violaciones, narcotráfico y también en la propagación del cólera por los soldados de Nepal. Hay 800.000 casos del contagio y 8.500 muertos. Para combatir este brote se necesitan unos dos mil millones de dólares pero el presidente de las Naciones Unidas, Ban Ki-Moon, que se comprometió a ayudar con dinero y recursos, finalmente entregó sólo un dos por ciento de esta cantidad (22 millones de dólares).

A la vez, de acuerdo al Center for Policy and Economic Research (CEPR), la mayoría de la ayuda financiera que llega a Haití se lo quedan los contratistas y solamente 1,3 por ciento es transferido a las compañías haitianas. Entre 2010 y 2012 Haití recibió 6,43 mil millones de dólares en donaciones y de esta cantidad solo nueve por ciento (57 millones) se quedaron en el país. Precisamente, con este dinero para la reconstrucción, una de las primeras obras construidas fue el hotel de cinco estrellas Royal Oasis y un Complejo Deportivo Olímpico, pero solamente 9.000 casas fueron edificadas.

Entonces ya podemos imaginar qué es lo que está pasando en el Haití de hoy bajo la presidencia de un incondicional servidor de Washington, Michel Martelly, quien recibe ayuda y apoyo permanente de USAid y otras organizaciones similares. Mientras tanto su pueblo vive en la miseria, los 85.000 damnificados siguen alojados en 125 campamentos provisionales. Más de seis millones del total de 10,4 millones de habitantes viven en la pobreza ganando menos de 2,44 dólares al día y otros 2,5 millones viven en la pobreza extrema con menos de 1,24 dólares al día. Su promedio de vida es de unos 50 años. Haití es el país con el mayor número de analfabetos en América: 54,3 por ciento de habitantes (5,6 millones).

Y todo esto está sucediendo en pleno siglo XXI a vista y paciencia de las Naciones Unidas, Organización Mundial de Salud, la UNESCO, el UNASUR, la CELAC, la ALBA. ¿Dónde está la integración y la solidaridad latinoamericana y la del Caribe? ¿Desde cuándo y por qué los soldados ecuatorianos, bolivianos y venezolanos de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América están defendiendo los intereses imperiales en Haití y son parte, según la opinión pública haitiana, de los invasores?

Todas estas preguntas necesitan una respuesta urgente porque se trata de un pueblo orgulloso, rebelde y talentoso condenado por los ricos y poderosos de este mundo a más de 200 años de miseria sin fin y un olvido incomprensible. Parafraseando al clérigo sudafricano Desmond Tutu, los haitianos necesitan una seria ayuda y una sincera solidaridad y no "migajas de compasión que caen de la mesa de alguien que se considera su amo". Lo que quieren los haitianos es el "menú completo de los derechos".

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de Sputnik
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