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sábado, 22 de agosto de 2026

Laura Estremera, psicóloga: “Es urgente cambiar la mirada que tenemos de los primeros años de vida de un niño”


La especialista en atención temprana y autora de ‘La infancia acompañada’ defiende que los cinco primeros años construyen los cimientos de la autoestima, la regulación emocional y la forma de relacionarnos con los demás.

Durante los últimos años, la crianza ha estado dominada por una contradicción difícil de ignorar. Nunca antes padres y madres habían tenido tanta información sobre desarrollo infantil y, sin embargo, tampoco había habido tantos progenitores preocupados por si lo estaban haciendo bien. Idiomas desde la cuna, estimulación precoz, pantallas, actividades, libros y un sinfín de consejos en redes sociales conviven con una sensación cada vez más extendida de que educar a un hijo exige conocimientos especializados. Para la psicóloga y especialista en atención temprana Laura Estremera (Zaragoza, 37 años), el problema no es la falta de información, sino haber perdido de vista qué necesita realmente un niño durante sus primeros años de vida.

En La infancia acompañada (Ariel, 2026), su tercer libro, la autora sostiene que la infancia no es una carrera por adquirir habilidades cuanto antes, sino la etapa en la que se construyen los cimientos de la autoestima, la regulación emocional, la autonomía y la forma en que nos relacionaremos con los demás durante toda la vida. Frente a una sociedad obsesionada con adelantar aprendizajes, Estremera reivindica el juego libre, el movimiento, el apego seguro y la importancia de respetar los ritmos de maduración. “Los niños no necesitan padres perfectos, sino suficientemente buenos”, resume.

 

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PREGUNTA. Usted sostiene que los cinco primeros años de vida dejan una huella decisiva en la persona que seremos. ¿Por qué se sigue infravalorando una etapa tan importante?

RESPUESTA. Porque seguimos creyendo que es una etapa de poca importancia y eso hace que intentemos adelantar muchos procesos. Sabemos cuál es el resultado final que queremos —que caminen, hablen, compartan, regulen sus emociones o aprendan a leer—, pero desconocemos todo el camino que necesitan recorrer para llegar hasta ahí. Si fuéramos conscientes de que durante estos años se están construyendo los cimientos sobre los que más tarde se desarrollarán todas nuestras capacidades humanas, miraríamos esta etapa de una forma completamente distinta.

P. En el libro insiste en que el problema no es enseñar conductas, sino comprender qué ocurre en el mundo interior del niño.

R. Los niños pequeños tienen unas características muy diferentes a las de los adultos. Su cerebro todavía está desarrollándose, sienten las emociones con enorme intensidad, pero aún no pueden regularlas ni comprender un mundo tan complejo como el nuestro. Cada vez damos más importancia a las emociones, pero todavía nos cuesta entender qué hay detrás de muchas conductas infantiles y ofrecer el acompañamiento que necesitan.

P. ¿La enorme cantidad de información sobre crianza ayuda o genera inseguridad?

R. Que exista interés por comprender el desarrollo infantil es una magnífica noticia, porque nos permite educar desde el conocimiento y no desde los automatismos o nuestras propias experiencias. El problema aparece cuando intentamos hacerlo todo perfecto. Entonces esa información deja de ser una ayuda y se convierte en una fuente de exigencia. Los padres no podemos con todo ni podemos ser perfectos.

P. Vivimos en una época de estimulación constante: idiomas desde bebés, actividades, pantallas, fichas... ¿Estamos confundiendo desarrollar a un niño con acelerar etapas?

R. Exactamente. Cada etapa tiene un sentido dentro del desarrollo humano. El problema es que conocemos el destino y queremos enseñar desde ese resultado final. Sin embargo, el proceso no se parece al resultado. Un niño no aprende a caminar porque le enseñemos a caminar, sino porque antes ha podido arrastrarse, gatear y explorar. Tampoco construye una buena base para los aprendizajes escolares adelantando fichas o contenidos, sino jugando libremente durante años. Intentar acelerar esos procesos no fortalece el desarrollo; al contrario, debilita los cimientos.

P. Usted desmonta la idea de que compartir, controlar los impulsos o gestionar las emociones se aprende a base de repetirlo una y otra vez. ¿Por qué cuesta aceptar que madurar tiene sus propios tiempos?

R. Porque desconocemos cómo funciona realmente el desarrollo infantil. Antes de compartir, por ejemplo, un niño necesita atravesar una etapa en la que siente los objetos como propios. Antes de ser verdaderamente autónomo, necesita haber sentido que sus necesidades eran atendidas. Muchas capacidades requieren una maduración interna que no puede imponerse desde fuera por mucho que insistamos.

P. También cuestiona una frase muy repetida: “Como era un bebé, no se enteró”. ¿Qué sabemos sobre el impacto de las experiencias tempranas?

R. Aunque no conservemos recuerdos conscientes de esa etapa todo lo vivido forma parte de quienes somos. Durante los primeros años, el cerebro está construyendo los patrones sobre cómo funciona el mundo, cómo son las relaciones y quiénes somos nosotros mismos. Por eso esas experiencias dejan una huella que continúa acompañándonos cuando somos adultos.

P. Dedica muchas páginas al apego seguro. Sin embargo, hay padres que acaban sintiéndose culpables por no hacerlo todo bien.

R. Esa culpa es innecesaria. Los niños no necesitan padres perfectos. Incluso en un apego seguro existen errores, malentendidos y momentos en los que no sabemos qué necesitan nuestros hijos. Como decía Winnicott [Donald Woods Winnicott, psicoanalista y pediatra británico], lo que necesitan son padres “suficientemente buenos”. Ese es el objetivo, no la perfección.

P. Afirma que alrededor del 90% de la comunicación con un niño pequeño ocurre sin palabras...

R. Sí, a través del contacto físico, del tono de voz, de la tensión del cuerpo, de la mirada o de nuestros gestos les transmitimos si están seguros, si son queridos o si el mundo es un lugar confiable. Cuando el lenguaje verbal y el no verbal no coinciden, el niño siempre da más credibilidad a lo que percibe con el cuerpo que a nuestras palabras.

P. En una sociedad obsesionada con que los niños aprendan cuanto antes a leer o hablar inglés, usted reivindica el juego libre. ¿Lo seguimos viendo como una pérdida de tiempo?

R. Sí, y es uno de los grandes errores. El juego, el movimiento y la exploración no son un entretenimiento: son la forma en la que un niño aprende durante los primeros años. Es ahí donde desarrolla la atención, la curiosidad, la capacidad de resolver problemas, la autonomía y las bases sobre las que después se construirán los aprendizajes académicos.

Según Laura Estremera, es un gran error creee que el juego libre es una pérdida de tiempo. 

P. Habla de autoestima mucho antes de que un niño pueda definir quién es. ¿Cómo se construye en esos primeros años?

R. Se construye en los pequeños gestos cotidianos. En cómo los tocamos, cómo los cuidamos, cómo les hablamos, qué etiquetas utilizamos o qué oportunidades les damos para sentirse capaces. También en nuestros gestos de aprobación o de rechazo. Todo eso va formando la imagen que el niño construye sobre sí mismo mucho antes de que sea capaz de expresarla con palabras.

P. La conciliación sigue siendo una de las grandes asignaturas pendientes. ¿Estamos pidiendo a las familias que hagan algo para lo que la sociedad apenas les da tiempo?

R. Necesitamos cambios importantes. Espero que este libro contribuya a comprender que los primeros años son mucho más importantes de lo que solemos pensar. Pero tampoco podemos cargar toda la responsabilidad sobre las familias. Criar requiere una red de apoyo. Esta información debería conocerla cualquier persona que conviva o trabaje con niños pequeños, porque acompañar bien la infancia es una responsabilidad colectiva.

P. Si pudiera desterrar una única idea equivocada sobre la crianza, ¿Cuál sería?

R. Que los primeros años son poco importantes. Esa falsa creencia está presente en las dificultades para conciliar, en los permisos parentales, en las ratios de las escuelas infantiles o incluso en las condiciones laborales de quienes trabajan con niños de cero a tres años. Sin embargo, hablamos precisamente del periodo en el que el cerebro está formando los cimientos sobre los que se construirá toda la persona. Ese cambio de mirada es probablemente el más urgente que necesitamos como sociedad. 
 

martes, 20 de junio de 2023

Rebecca Rolland, psicóloga y profesora de Harvard: “Estamos convirtiendo a los niños en personas que actúan de forma robótica”.

La también escritora acaba de publicar ‘El arte de hablar con niños’, una guía con claves para cambiar esas conversaciones del día a día solo centradas en la logística para fomentar así la creatividad y fortalecer el vínculo familiar

Muchas veces se nos olvida pasar más tiempo con los niños y hablar con ellos más. 

El don de Momo, el personaje creado por el escritor Michael Ende, era que sabía escuchar. De todas partes acudían al pequeño anfiteatro en el que vivía la pequeña para conversar. Al menos hasta que los hombres grises llegaron para arrebatarles el tiempo para la charla. Para la psicóloga estadounidense Rebecca Rolland (Atlanta, 43 años), también escritora y profesora de Educación en la Universidad de Harvard, en Boston, esto es un poco lo que pasa hoy, especialmente con los hijos e hijas. “Se tienen conversaciones superficiales y de tipo logístico, pero se emplea poco tiempo en conversaciones más profundas de escucha plena”, explica a EL PAÍS por correo electrónico.

Rolland, que además trabaja como especialista en patologías del lenguaje oral y escrito en el departamento de Neurología del Hospital Infantil de Boston, acaba de publicar en España El arte de hablar con niños (editorial Diana). En el libro, publicado el año pasado en Estados Unidos, la autora puntualiza que si se aprovechan las pequeñas conversaciones del día a día y se eliminan robatiempos, término que utiliza en su libro por ejemplo para referirse al abuso de la tecnología, se logrará que esas charlas se conviertan en grandes oportunidades de aprendizaje, de desarrollo de la creatividad y también reforzaremos el vínculo con los hijos.

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PREGUNTA. ¿Por qué diría que necesitamos un manual para hablar con niños?

RESPUESTA. Todos queremos lo mejor para nuestros hijos e hijas y, en definitiva, para la sociedad. Nos esforzamos al máximo para ello: les llevamos a hacer actividades, hacemos los deberes con ellos, vamos a los eventos que organizan en la escuela, etcétera. Pero no tenemos en cuenta la clave más importante para su desarrollo, que son las conversaciones que tenemos a diario con ellos. A menudo, estas conversaciones son de tipo logístico. Están muy centradas en cómo vamos de un sitio a otro, en cuáles son nuestros horarios y, en general, en cómo pasar el día a día. Hay mucha investigación al respecto que dice que si aprovechamos estas conversaciones del día a día y hacemos que sean grandes oportunidades de aprendizaje, de desarrollo de la creatividad para los niños y también de refuerzo del vínculo, estas conversaciones pueden ser utilizadas de forma mucho más eficaz y podemos mejorar nuestras vidas. Yo espero que este manual pueda ayudar a los padres a ello.

P. ¿Cuánto de desconectados estamos de la infancia?
R. Creo que con nuestras vidas laborales tan ajetreadas, damos mucha importancia a los logros y al rendimiento de los niños, pero se nos olvida muchas veces lo que es ser niño o ser niña. A veces estamos muy alejados de la experiencia de los niños y de las niñas, que puede ser simplemente dejar la mente en blanco o caminar e ir mirando lo que vamos viendo. Lo que sí que nos da esperanza es que tenemos una gran oportunidad porque es maravilloso hablar con los niños. Ellos tienen un sentido natural de jugar, de sorprenderse y ven el mundo desde una perspectiva muy diferente. A nosotros se nos ha olvidado eso porque hemos aprendido mucho sobre el mundo. Por ejemplo, los niños se preguntan muchas veces: ¿por qué no nos volvemos cada vez más jóvenes? o ¿qué pasaría si viviéramos en Marte? Muchas veces se nos olvida hacer estas preguntas tan importantes y, al pasar más tiempo con los niños y hablar con ellos más, no solo les ayudamos a ellos, sino que también despertamos de nuevo nuestra capacidad de sorprendernos.

P. Justo se han cumplido 50 años de la publicación de Momo, de Michael Ende. Cuando se lee, parece premonitorio de muchas cosas que vivimos actualmente… ¿Quiénes diría que son hoy los hombres grises que nos roban el tiempo?
R. Hay muchas cosas que les roban tiempo a los niños. En parte es porque les llenamos la agenda con muchísimas cosas que hacer. En lugar de hablar con ellos, les llenamos de experiencias y no les damos tiempo para que reflexionen. Les estamos convirtiendo en personas que actúan de forma robótica, y no son personas creativas o no siguen sus intereses. Otro componente muy claro es que hay niños que están muy centrados en las redes sociales y en el uso de internet. Por supuesto, se puede dar un buen empleo a la tecnología con los niños, pero cuando se centran demasiado en buscar o en ver una imagen perfecta tras otra no se dan cuenta de cuánto tiempo pasan haciendo eso. Por ejemplo, conozco el caso de un niño que se relacionaba solo a través de las redes. Y creo que no podemos hacer que pierdan esas experiencias de niños y que su vida se pueda centrar solamente en los likes que reciben.

P. En su libro subraya que la sociedad quiere que los niños crezcan demasiado deprisa, ¿es esto un síntoma de cómo vivimos?
R. Sin duda, ahora mismo vivimos en una cultura muy centrada en el rendimiento y en la eficiencia, y en muchas ocasiones queremos que los niños encajen en un molde perfecto con la mejor de las intenciones. Considero que nos preocupa que se queden atrás, pero tenemos que subrayar que el desarrollo de los niños y de las niñas tiene lugar a lo largo del tiempo. Los menores aprovechan más actividades que están relacionadas con el juego y con el descubrimiento —que les permite desvelar cosas por sí mismos—, que no que les enseñemos un montón de cosas, sobre todo si no están listos para ello. Entonces, si les metemos mucha presión al principio, tienden a volverse ansiosos porque no están listos para las cosas que estamos haciendo. Y, además, sienten el estrés que nosotros sentimos; lo trasladamos. Es importante que nos reiniciemos y que respetemos sus ritmos naturales.

P. También propone en sus páginas un acto de rebelión: sacar tiempo para hablar con conciencia. ¿Cómo ayuda ese tipo de conversaciones al desarrollo de los hijos?
R. Esto es importantísimo. Es un cambio fundamental en el sentido en el que los niños se desarrollan y se relacionan con nosotros. Estamos creando pequeños momentos para los menores que se van acumulando a lo largo del tiempo, y eso construye su amabilidad, su confianza y su creatividad. Les estamos inspirando para que piensen por sí mismos y reconozcan que, efectivamente, tienen buenas ideas, que sus reflexiones, sus contribuciones son valiosas y que deben continuar con ellas. Creo que ahora mismo estamos en una crisis de conversación. Los niños se sienten muy aislados, a veces deprimidos o estresados, y necesitamos esos pequeños momentos de charla para poder salir de ese ciclo.

P. ¿Cómo conseguir marcar la diferencia en nuestras conversaciones? ¿Qué recomendaciones daría?
R. Empezaría por la lectura curiosa. Hacer esto durante cinco o diez minutos, un par de veces al día, con los niños es fantástico. Nos sentamos, independientemente de la edad que tengan, a su lado y los observamos. Así sabremos qué les gusta, qué les parece interesante o qué no. A lo mejor, un niño pequeño está jugando con piedrecitas y un adolescente está jugando a los videojuegos. Se trata de sentarnos a su lado y ver qué tienen en la mente. Qué les gusta, qué les fascina. Y, después, les preguntamos cosas acerca de esta curiosidad.
 
P. ¿Sabemos escuchar?
R. Creo, sin duda, que escuchar es uno de los retos más importantes. A menudo no escuchamos muy bien o de forma reflexiva y no solemos enseñar a los niños a escuchar tampoco bien o de forma efectiva. A veces, creemos que estamos escuchando, pero realmente nuestra cabeza está en otro sitio. Si enseñamos a los niños a escuchar, podrán escuchar mejor a sus compañeros y compañeras, también a nosotros y a sus profesores. Así, podremos crear una cultura de comunicación mucho más amplia.

P. ¿Hay alguna técnica para captar la atención de quien no nos está escuchando?
R. Sí, yo diría que sí. Primero, usando el humor. Si yo pienso que alguien no me está escuchando, puedo soltar una tontería que no tenga nada que ver con la conversación y ver cuánto tiempo tarda en darse cuenta de que has dicho una tontería. Por ejemplo, si estás hablando de los deberes y de repente te pones a hablar de elefantes, pues puedes tratar de medir cuánto tiempo tarda el niño en darse cuenta de que no estás hablando de lo mismo. Otra idea es pedirle a alguien que repita lo que estaba diciendo la otra persona, o lo que creen que estaba diciendo la otra persona: “Si verdaderamente estabas escuchando, dime qué has escuchado”, y luego hacer una pregunta. Muchas veces nos falta esto. No enseñamos a los niños a hacer preguntas de escucha. Creo que enseñar a los niños hacer este tipo de preguntas y modelarlo es una forma maravillosa de enseñarles a escuchar.

miércoles, 3 de julio de 2019

_- 19-06-2019 Marta Harnecker, la educadora popular

_- Luis Hernández Navarro
La Jornada

Desde comienzos de la década de 1960, la chilena Marta Harnecker fue una autora clave en la difusión del marxismo en América Latina. Su obra fue esencial en la formación de sucesivas generaciones de militantes de izquierda en el continente. Sus trabajos fueron parte sustancial y alimentaron el boom del marxismo en la región.

Desde su aparición en 1969, su libro Los conceptos elementales del materialismo histórico, editado por Siglo XXI, de Arnaldo Orfila, y Cuadernos de Educación Popular, se convirtieron en herramientas teóricas fundamentales en escuelas de cuadros y círculos de estudio. En 1982, se habían publicado 47 ediciones y más de medio millón de copias del primero, además de múltiples ediciones piratas.

Ambos textos, sustituyeron como materiales de estudio a libros como El ABC del comunismo y Teoría del materialismo histórico, de Nicolás Bujarin; el Manual de economía política, de P. Nikitin; Los fundamentos de filosofía marxista, de F. V. Konstantinov, o el Manual de marxismo-leninismo, de la Academia de Ciencias de la URSS.

Los conceptos elementales fue escrito por Harnecker en París, al convertir en pequeño manual, el texto sobre materialismo histórico que había preparado para impartir clases a un círculo de estudiantes latinoamericanos. Sin embargo, pueden rastrearse huellas de este trabajo en la revista chilena Punto Final. Buscó así, acercar a nuevos lectores, el redescubrimiento del marxismo realizado por su mentor Louis Althusser. Le apasionaba su enfoque del marxismo como ins­trumento de transformación social.

A pesar de la aparente accesibilidad del libro, Harnecker se topó con la realidad de que su manual de teoría de la historia no era lo suficientemente comprensible. Redactó entonces Cuadernos de educación popular para explicar de la manera más sencilla la teoría marxista y sus conceptos a personas sin instrucción académica.

Católica militante, marcada por el tema de la pobreza, la sicóloga Marta Harnecker había llegado a Francia con una beca en 1963. El libro del filósofo católico francés Jacques Maritain sobre humanismo cristiano era para ella, en ese momento, una especie de Biblia. Se acercó al marxismo. Leyó a George Politzer y a Charles Bettelheim. En 1964 conoció al filósofo Louis Althusser, con quien cultivó una estrecha amistad. Participó en el seminario Para leer El capital (https://vimeo.com/105407390).

De regreso a Chile, militó en la organización revolucionaria Ranquil y luego se incorporó al Partido Socialista. Aprendió periodismo en la práctica, realizó reportajes y, en pleno periodo presidencial de Salvador Allende, dirigió la revista Chile Hoy. Como periodista se dedicó a recoger la voz de los de abajo.

Exiliada en Cuba tras el golpe de Estado en su país, comenzó a sistematizar las experiencias de las izquierdas de América Latina, entrevistando a sus principales dirigentes. Reconstruyó así procesos tan diversos, como el de las guerrillas centroamericanas o colombiana, el Frente Amplio de Uruguay, el Movimiento Sin Tierra y el PT de Brasil, y los gobiernos de Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa. En La izquierda en el umbral del siglo XXI, libro publicado en 1999, al comienzo del ciclo de los gobiernos progresistas en el continente, señalaba que había entrevistado a 38 figuras de izquierda de máximo nivel, y a casi 100 de cuadros dirigentes de segundo nivel.

Como señala Jaime Ortega, entre sus primeros trabajos de educación popular y los posteriores de largo aliento hay una bisagra: las entrevistas a Mario Payeras y Cayetano Carpio. En ellas aborda la elaboración del andamiaje conceptual para comprender la importancia de las luchas centroamericanas.

En uno de sus últimos trabajos, Un mundo a construir, Harnecker sostuvo que la izquierda convertida en gobierno puede usar el aparato de Estado heredado para construir la nueva sociedad. Lo puede hacer, si cumple tres condiciones: que las instituciones estatales estén dirigi­das por cuadros revolucionarios dis­puestos a transformarlas; que el pueblo organizado sea capaz de controlar su quehacer y presionar por transformarse, y que se cambien las reglas del juego ­institucional.

Autora de casi 90 libros, Harne­cker nunca trabajó en una universidad. Su obra es una bitácora de las luchas de liberación latinoamericana. Más que otra cosa, fue una educadora popular. Escribió para dotar a los trabajadores de herramientas para luchar, para reflexionar, documentar su optimismo y construir otro sentido común.

En México, Marta fue más conocida por sus trabajos iniciales sobre materialismo histórico que por su cartografía de las luchas latinoamericanas. Aunque tuvo interlocutores permanentes de enorme altura intelectual como Pablo González Casanova, sus críticos quisieron reducir su obra a una expresión de marxismo de manual. Sin embargo, su legado va mucho más allá de este señalamiento. El marxismo está vivo en el país, en parte, porque encarnó en una generación de dirigentes magisteriales, urbano-populares y campesinos, que se formaron con los libros de Harnecker. Su obra facilitó que herramientas teóricas, antes reservadas a los especialistas, sedimentaran en la práctica política y en la visión del mundo de estos activistas.

Twitter: @lhan55

Fuente:
http://www.jornada.com.mx/2019/06/18/opinion/016a2pol