domingo, 6 de octubre de 2013

600 horas. La huella mayor que se ha quedado en la vida del juez Ricardo Gil Lavedra viene de las horas de estupor y justicia frente a Videla

Ricardo Gil Lavedra tiene 64 años y parece la imagen de la paciencia. El 22 de abril de 1985 era un joven juez que afrontó, con otros más viejos que él, el peso de ver cada día los rostros de criminales. Jorge Videla y otros facciosos de la Junta Militar argentina fueron su panorama durante 600 horas.

Dos años antes (este octubre hace 30) había acabado aquel horror. El presidente Alfonsín asumió el poder y decidió juzgar a aquellos matarifes. Del tribunal elegido destacaba esta figura ahora pausada de Gil Lavedra. Él era hijo de militar; su padre, un aviador, había muerto en accidente cuando él tenía cuatro años. En la familia quisieron ocultarle esa muerte, él simuló no saber, pero en realidad escuchó la noticia cuando un soldado fue a darla en casa. Su abuelo materno, Rodolfo Lavedra, fue su tutor, y el nieto salió al abuelo, juez.

Le pregunté qué sintió aquel 22 de abril. Miedo no sintió, sintió nervios. Era algo que había que hacer, y lo hicimos. Era la primera vez, y de momento es la última, que un país decide asumir su pasado terrible juzgándolo; aún estaban los militares afectos a Videla y a los suyos campando en los cuarteles. Hubo que tomar decisiones muy duras, para que el juicio fuera ejemplar. Las normas fueron estrictas: no se permitían uniformes, de ningún lado, ni pancartas. A Hebe, la madre de la Plaza de Mayo, tuvo que convencerla el fiscal Julio Strassera de que ella tampoco podía asistir con su pañuelo blanco.

Le pedí que me dijera qué imagen vio de Videla. El dictador leía en la sala un libro religioso, portaba un crucifijo. “Probablemente quería que Dios lo aliviara de la culpa de semejante atrocidad”. El juicio era “un salto a lo desconocido”. Cinco de aquellos seis jueces (uno falleció) se reúnen aún, y siguen hablando de aquel atrevimiento, “¡¿cómo pudimos sacarlo adelante?!”. La sociedad estaba en carne viva. Ese clima fue aprovechado por facinerosos que amenazaban con bombas o con francotiradores. Él tenía sobre sí el peso del asombro: cómo estos hombres, de la estirpe militar de su padre, podían haber hecho esas atrocidades. “Muchas veces, después de escuchar los testimonios, lloré, lloramos”.

Me contó algunos horrores. Agarran a un comunista y buscan a su mujer, que se escapa con su hijo de 15 años. Los detienen. Al chico lo torturan de tal manera que su madre oiga sus gritos. Algún tiempo después, el muchacho aparece “muerto por empalamiento” en la costa de Uruguay. Un médico explicó ante el tribunal cómo fue su tortura: le hacían escuchar los lamentos de su mujer mientras la torturaban; para hacer más evidente lo que pasaba en el otro cuarto, los torturadores le traían “las bombachas de las nenas”.

El ser humano, dice Gil Lavedra, “es capaz de todo si el sistema te lo permite. Un hombre normal asume cualquier atrocidad. Estos creían que cometiendo esas barbaridades estaban defendiendo a la patria”. Y a Dios, representado por el crucifijo de Videla.

Después Gil Lavedra ha sido ministro y hasta ahora ha sido el principal parlamentario del partido de Alfonsín. Pero la huella mayor que se ha quedado en su vida viene de aquellas 600 horas de estupor y justicia. Por cierto, me dijo, esas 600 horas están ahora digitalizadas en el archivo de la Universidad de Salamanca, donde Millán Astray (me lo recuerda él) dijo preferir la muerte a la inteligencia.
Fuente. Juan Cruz, El País.

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