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sábado, 26 de septiembre de 2026

_- Murió Frances Saunders



_- Murió Frances Saunders, la investigadora que destapó la red de intelectuales al servicio de la CIA. Frances Stonor Saunders murió el pasado 31 de agosto, a los 60 años, víctima de un tumor cerebral.

Con ella desaparece una de esas investigadoras que logran algo infrecuente: escribir un libro después del cual resulta imposible contemplar de la misma manera toda una época histórica o el perfil de algunos de sus personajes .

“Who Paid the Piper? The CIA and the Cultural Cold War”, publicado en 1999 y conocido en su versión castellana con el título de “La CIA y la guerra fría cultural”, no fue simplemente una simple investigación sobre operaciones de espionaje. Fue la reconstrucción minuciosa, elaborada y sin concesiones de uno de los mayores dispositivos conocidos de intervención política sobre la cultura y la intelectualidad occidental.

Saunders había llegado a aquella historia casi accidentalmente. Nacida el 14 de abril de 1966 en Windsor, Berkshire, era hija de Julia Stonor y de Donald Saunders, nacido Donald Slomnicki cerca de Bucarest y llegado a Gran Bretaña como refugiado después de la Segunda Guerra Mundial. Sus padres se separaron cuando ella tenía ocho años. Estudió Literatura Inglesa en St Anne's College, Oxford, y se graduó en 1987. Tras pasar por Roma y por el ambiente cultural británico de finales de los ochenta, comenzó a trabajar como documentalista para televisión.

Sería precisamente la televisión la que la conduciría hacia el asunto que marcaría su vida intelectual. En 1995 realizó para Channel 4 la serie documental Hidden Hands: A Different History of Modernism. Mientras investigaba las relaciones entre el expresionismo abstracto estadounidense, sus instituciones culturales y los organismos de inteligencia norteamericanos, Saunders encontró los primeros hilos de una trama mucho mayor.

Una CIA que no necesitaba llevar pistola

Lo que Saunders descubrió era extraordinario porque mostraba otra cara del poder imperial estadounidense. No se trataba ahora de golpes de Estado, operaciones paramilitares, intervenciones militares o espionaje convencional. Era una lucha por determinar qué libros se leían, qué revistas adquirían prestigio, qué escritores viajaban por el mundo, qué exposiciones llegaban a las grandes capitales europeas y qué concepciones políticas podían presentarse como expresión espontánea de la intelectualidad occidental.

El eje de aquella enorme operación fue el Congress for Cultural Freedom, el Congreso por la Libertad de la Cultura, creado en 1950 y financiado clandestinamente por la CIA. La propia historia oficial de la agencia acabaría definiéndolo como una de sus operaciones encubiertas más audaces y eficaces de la Guerra Fría.

Desde París, y bajo la dirección administrativa de Michael Josselson, que era agente de la CIA, aquella organización estuvo articulando durante años una red internacional de intelectuales, revistas, congresos, conciertos, traducciones, exposiciones y organizaciones culturales. En su momento de mayor expansión llegó a tener presencia en decenas de países y sostuvo más de veinte publicaciones de prestigio.

Saunders siguió el dinero. Revisó documentos desclasificados, archivos privados y correspondencia y entrevistó durante años a protagonistas de aquel mundo.

El resultado demostraba que detrás de una parte nada desdeñable de la aparente espontaneidad de la vida cultural occidental existía una verdadera política de Estado. Su libro obtuvo el premio Gladstone de la Royal Historical Society, fue traducido a numerosos idiomas —el periódico The Guardian cifra actualmente en 17 las traducciones— y convirtió a una autora que apenas superaba los treinta años en una referencia internacional.

Revistas como Encounter en Gran Bretaña, Preuves en Francia o Der Monat en Alemania formaron parte de aquel universo. La CIA organizó o financió congresos, sufragó viajes, promovió publicaciones y utilizó fundaciones y organizaciones intermediarias para ocultar el origen del dinero. También impulsó internacionalmente determinadas manifestaciones de la vanguardia estadounidense: el expresionismo abstracto podía presentarse ante Europa como demostración de que Estados Unidos era el territorio de la libertad creadora frente al realismo socialista soviético. Jackson Pollock se convirtió así, sin necesidad de recibir instrucciones de un agente de inteligencia, en una pieza de aquella representación cultural de la superioridad estadounidense.

Los grandes nombres de la intelectualidad occidental

Y aquí residía probablemente la parte más explosiva de la investigación de Saunders: los nombres.

Por aquellas páginas desfilaban algunos de los escritores, filósofos, historiadores, críticos y artistas más importantes del siglo XX.

Arthur Koestler, Sidney Hook, James Burnham, Melvin Lasky, Irving Kristol, Stephen Spender, Ignazio Silone, Nicolas Nabokov, Isaiah Berlin, Hannah Arendt, Robert Lowell, Leonard Bernstein, Bertrand Russell, Mary McCarthy, Arthur Schlesinger Jr. y Jackson Pollock aparecen, con relaciones de naturaleza y grado muy diferentes, dentro del enorme entramado cultural que investigó Saunders. La presentación estadounidense de The Cultural Cold War menciona expresamente a Arendt, Berlin, Bernstein, Lowell, Orwell y Pollock como figuras convertidas en instrumentos idóneos de aquella guerra cultural.

Pero precisamente por respeto al rigor de Saunders conviene hacer una distinción decisiva: no todos aquellos intelectuales fueron agentes directos de la CIA ni todos conocían la procedencia del dinero. Ese matiz vuelve todavía más inquietante la historia.

Michael Josselson sí era un hombre de la CIA y dirigió el aparato del Congreso durante años. Otros intelectuales participaron intensamente en organismos, congresos o revistas sostenidos clandestinamente por la agencia, aunque su grado de conocimiento sobre el origen de los fondos continúa siendo objeto de controversia historiográfica. La propia CIA reconoce, por ejemplo, que Arthur Koestler actuó inicialmente sin saber que estaba contribuyendo a una operación patrocinada por la agencia, y que Sidney Hook participó en actividades anteriores cuyo respaldo secreto desconocía.

Encounter, negaron haber sabido que detrás del Congreso se encontraba la CIA. La controversia sobre qué sabía cada cual y desde cuándo acompañaría para siempre a aquella generación.

Por eso, reducir el hallazgo de Saunders a una relación de escritores “comprados” por la CIA empobrecería extraordinariamente su investigación. Su descubrimiento era bastante más profundo. El poder no necesitaba necesariamente decirle a un novelista qué debía escribir. Podía seleccionar qué novelista recibía traducciones, revistas, viajes, congresos, premios, difusión internacional y acceso a determinados circuitos de prestigio.

Podía crear el escenario. Y dejar que los intelectuales actuaran dentro de él. Esa es posiblemente la revelación más perdurable de “La CIA y la guerra fría cultural”.

Incluso George Orwell, cuyo nombre aparece en la investigación y en las presentaciones posteriores de la obra, exige esa precisión. No fue exactamente un “agente de la CIA”. Sus conocidas relaciones se produjeron fundamentalmente con el aparato policial británico de propaganda anticomunista. Saunders lo integró en una reconstrucción mucho más amplia de aquella red atlántica de instituciones, intelectuales y servicios occidentales. Lo mismo ocurre con numerosos artistas e intelectuales cuya obra fue promovida o instrumentalizada sin que necesariamente conociesen quién estaba detrás de determinados mecanismos de financiación. El propio subtítulo conceptual del libro podría resumirse así: instrumentos del servicio secreto estadounidense, lo supieran o no.

Justo ahí radicaba también la enorme trascendencia política del trabajo. Saunders no descubría simplemente que Washington “hacía propaganda” —como también la hacía la Unión Soviética—, sino que demostraba la contradicción existente entre el discurso de una cultura occidental supuestamente independiente del Estado y el funcionamiento real de una formidable política clandestina destinada a orientar aquella cultura.

Incluso la CIA, décadas después, reconocería sin ambages que el Congreso había sido una operación encubierta propia y que su propósito consistía en disputar la influencia comunista entre artistas e intelectuales.

Mucho más que un solo libro

El extraordinario impacto de aquella investigación corrió algunas veces el riesgo de ocultar el resto de la obra de Saunders.

En 2004 publicó Hawkwood: Diabolical Englishman, sobre el mercenario inglés del siglo XIV John Hawkwood. Seis años después apareció The Woman Who Shot Mussolini, la biografía de Violet Gibson, la aristócrata angloirlandesa que en 1926 disparó contra Benito Mussolini y estuvo a punto de matarlo. Saunders tenía una extraordinaria capacidad para encontrar detrás de personajes aparentemente secundarios, una puerta de entrada hacia las grandes estructuras históricas.

Trabajó asimismo como responsable de cultura del semanario británico New Statesman, produjo numerosos documentales radiofónicos para la BBC y presentó “Meeting of Minds”, dedicado a encuentros decisivos entre figuras de la historia intelectual. En 2018 fue elegida miembro de la Royal Society of Literature.

Pero su último gran libro sería muy diferente a todos los que le precedieron. En “The Suitcase: Six Attempts to Cross a Border”, publicado en 2021, la investigadora que había pasado décadas abriendo los archivos secretos de instituciones poderosas abrió finalmente el archivo de su propia familia.

Una vieja maleta que había pertenecido a su padre contenía cartas, fotografías y documentos que la condujeron hacia la historia del joven Donald Slomnicki, refugiado de Europa oriental que terminaría reconstruyendo su vida en Gran Bretaña. El libro se convirtió en una meditación sobre el exilio, las fronteras, la memoria y el progresivo hundimiento de su padre en el Alzheimer.

The Suitcase obtuvo en 2022 el PEN Ackerley Prize, dedicado a las memorias y autobiografías literarias. Era casi el reverso perfecto de “Who Paid the Piper?”: después de investigar cómo los Estados fabrican memoria y relato, Saunders se preguntaba cómo una familia reconstruye los suyos cuando quedan apenas una maleta, unas fotografías y algunos documentos dispersos.

Frances Stonor Saunders supo antes de morir que “Who Paid the Piper?” sería reeditado nuevamente. Difícil imaginar un destino más apropiado para un libro escrito hace casi tres décadas y cuya pregunta central permanece completamente viva: ¿Quién paga aquello que una sociedad termina considerando cultura independiente, pensamiento libre y opinión espontánea?

La respuesta que Saunders encontró para los años de la Guerra Fría resultó incómoda porque obligaba a mirar más allá de los discursos. Allí donde parecía existir solamente una revista prestigiosa podía haber una Fundación. Detrás de aquella Fundación podía encontrarse otra institución. Y detrás de esta, finalmente, podía estar una Agencia de inteligencia. Su mérito consistió, justamente, en seguir esos entrelazados hilos hasta el final.

Por eso, su prematura muerte, conocida con cierto retraso, ha tenido para mí un significado especialmente doloroso. La lectura de su libro “La CIA y la guerra fría cultural” me permitió comprender en toda su dimensión el papel desempeñado por una parte significativa de la intelectualidad europea en las grandes batallas políticas e ideológicas de la Guerra Fría.

Aquellos mismos años sesenta habían coincidido, además, con el final de mi adolescencia, una etapa marcada por una insaciable necesidad de leer y de conocer, vivida en un país donde acceder a determinados libros podía convertirse todavía en una aventura incierta y, en no pocas ocasiones, también frustrante.

Frances Stonor Saunders nos deja, —me deja— , una enseñanza elemental a la hora de tratar de comprender la naturaleza del poder: nunca basta con saber quién habla. Hay que averiguar también quién construyó el escenario desde el que lo hace, quién fue el que le abrió las puertas, quién se encargó de “distribuirle” el prestigio y, sobre todo, quién fue el que se encargó de pagarle al flautista.

De la pág Cubadebate.

martes, 14 de febrero de 2017

_-‘Resetear’ el expresionismo abstracto. El Guggenheim de Bilbao acoge las grandes obras de los maestros estadounidenses que marcaron el arte de posguerra. La muestra rescata el papel de las mujeres y la importancia de la escultura y la fotografía.

_-Sería desastroso ponernos un nombre”, avisó Willem de Kooning a sus compañeros en 1950, el año en que participó en la Bienal de Venecia junto a Jackson Pollock y Arshile Gorky. Cuatro años antes un crítico de The New York Times había acuñado una etiqueta para calificar la obra de Hans Hofmann:  Expresionismo abstracto. La advertencia de De Kooning no evitó el éxito de la fórmula ni el de un movimiento que terminó pasando a la historia como un fenómeno puramente estadounidense integrado por hombres blancos ajenos a la tradición europea que se dedicaban a la pintura de acción o a convertir sus lienzos en monumentales campos de color.



Medio siglo después de la última gran exposición dedicada en Europa a los creadores que marcaron el rumbo del arte mundial de la posguerra y certificaron el trasvase de poderes de París a Nueva York, el Museo Guggenheim de Bilbao acoge hasta el 4 de junio la muestra  Expresionismo abstracto. Procedente de la Royal Academy de Londres, no faltan en ella ninguno de los grandes nombres. Eso sí, se les han añadido artistas y géneros decisivos para el nacimiento de la nueva estética pero condenados por los manuales al papel de figurantes. Un paseo por las salas del museo bilbaíno -que despliega más de 130 obras de una treintena de autores-, demuestra que el primer gran rescate es el de la escultura. Los bronces y aceros de David Smith salpican el recorrido dialogando con lienzos y papeles, algo que el montaje hace muchas veces explícito. Así, el famoso Mural de seis metros pintado por Pollock en 1943 por encargo de Peggy Guggeheim –y que hace meses  pudo verse en el Museo Picasso de Málaga- convive en la misma sala con el Tanque tótem III con el que Smith le dio réplica diez años más tarde. Algo que también hicieron Robert Motherwell y Lee Krasner, esposa de Pollock, en sendas telas que pueden verse a unos metros de la obra que les sirvió de inspiración: las monumentales Elegía a la República Española, nº 126 y El ojo es el primer círculo.

Si el protagonismo de Smith demuestra que no todo era pintura en el expresionismo abstracto, la sala dedicada a las instantáneas de Harry Callahan, Herbert Matter o Aaron Siskind subraya que los fotógrafos hicieron algo más que retratar a Pollock pintando a brochazos en el suelo de su estudio de Long Island (aunque tampoco falta en Bilbao la famosa imagen tomada por Hans Namuth en aquel mítico año 50). Se trataba de “traer a la luz un expresionismo abstracto para el siglo XXI”, afirma David Anfam, comisario de la muestra junto a Edith Devaney y Lucía Agirre. Siguiendo el discurso de Anfam, la exposición desmantela uno a uno los lugares comunes asociados a algo que él prefiere llamar “fenómeno” y no movimiento: “nunca estuvo formado por un colectivo reducido ni cohesionado de artistas” y nunca publicó manifiestos programáticos. En el “grupo” la búsqueda de lo sublime (Clyfford Still) convivía con el erotismo (De Kooning), el lirismo (Hofmann) con los himnos (Franz Kline), la hiperactividad (Pollock) con la meditación (Philip Guston) y la caligrafía (Gorky) con el imperio del color (Mark Rothko).

Aunque Pollock con 13 lienzos, Rothko con 8 y Still con 12 –nueve de ellos salidos por primera vez de la pinacoteca que atesora su legado en Denver- siguen siendo los grandes protagonistas del recorrido, la visita es una enmienda a la historia tal y como nos la habían contado. Ni eran solo pintores ni fueron solo hombres (ahí están Lee Krasner, Janet Sobel, Joan Mitchell o Barbara Morgan) ni solo blancos (Norman Lewis cobra cada vez más protagonismo) ni solo neoyorquinos (Pollock no habría sido el mismo sin Wyoming ni Rothko sin San Francisco). Ni siquiera eran todos norteamericanos (Gorky nació en Armenia; De Kooning mantuvo la nacionalidad holandesa hasta 1962, y el propio Rothko, nacido Marcus Rothkowitz, era de origen letón). Esa es la gran lección de una colectiva que subraya además el origen figurativo de los futuros campeones de la abstracción al tiempo que desmiente el mayor de los tópicos: su absoluta independencia de tradiciones que no fueran la estadounidense. Amén de que muchos tenían sus raíces biográficas en el viejo continente, la monumentalidad de su obra no habría sido del mismo tamaño sin la influencia de los muralistas mexicanos o sin la llegada del Guernica de Picasso a Nueva York en 1939. Por no hablar de la influencia de la arquitectura renacentista en las “fachadas” –así llamaba a sus cuadros- de Rothko o del hecho de que el artista favorito de Pollock –“el más grande desde Miró” según el crítico Clement Greenberg- fuera El Greco.

Jackson Pollock, como David Smith, murió en un accidente de tráfico. Rothko, como Gorky, se suicidó. Kline fue víctima del alcohol. Sucedió entre 1948 y 1970. Todos vivieron para conocer la gloria. Cuando De Kooning murió en 1997 era el pintor vivo más cotizado. Hace un año, en febrero de 2016, se pagaron 277 millones de euros por un cuadro suyo. Tal vez fuera “desastroso” para ellos ponerse un nombre, pero seguro que ha sido un buen negocio.

LA CIA TAMBIÉN PINTABA MUCHO

La última gran exposición del expresionismo abstracto antes de la que ahora puede verse en Bilbao recorrió Europa entre 1958 y 1959. Supuso la consagración mundial de una estética que desde el Gobierno de Estados Unidos se promovió como punta de lanza contra el realismo socialista defendido por la Unión Soviética. Dado que algunos congresistas desconfiaban de las veleidades comunistas de aquellos “chiflados modernos” hasta el punto de ver en sus “garabatos” mapas en clave que señalaban las defensas militares de EEUU, fue la CIA la encargada de patrocinar, sin el conocimiento de los artistas, aquella triunfal gira europea.

Como recuerda la historiadora Frances Stonor Saunders en su ensayo de 1999 La CIA y la guerra fría cultural (publicado por Debate en traducción de Rafael Fontes), todo se hizo con la bendición de la institución que dictó la historia del arte del siglo XX: el MoMA, fundado en 1929 por un grupo de millonarios entre los que estaba la madre de Nelson Rockefeller, que llegó a afirmar que los americanos comunistas dejarían de serlo “si valorásemos su méritos artísticos”. Convertido en gran mecenas, su hijo Nelson hablaba de la todopoderosa pinacotea como de “el museo de mamá” y del expresionismo abstracto como “pintura de la libre empresa”. La muestra del Guggeheim está patrocinada por la Fundación BBVA.
Fuente: http://cultura.elpais.com/cultura/2017/02/02/actualidad/1486060673_516486.html