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martes, 21 de abril de 2026

Viajar también es recordar.

Mientras pedaleo recuerdo las ciudades que he visitado y al final algunos viajes se reducen a una pequeña ráfaga dentro del humo de la memoria.

A estas alturas de la vida hago ejercicio en la bicicleta estática durante media hora al día. Con ella puedo escalar valles y montañas, atravesar desiertos, cruzar los puentes de todos los ríos del planeta. Mientras pedaleo a veces trato de recordar los países y las ciudades que he visitado y al final algunos de aquellos viajes se reducen a una pequeña ráfaga dentro del humo de la memoria.

¿Qué era París? Estar orgulloso de que Roger Cazes, el dueño soberano de la Brasserie de Lipp, que seleccionaba a sus clientes con mucho rigor, gracias al común amigo el gran periodista Feliciano Fidalgo, corresponsal de EL PAÍS, me diera la mesa en la que poco antes se habían sentado Mitterrand, Yves Montand y Jeanne Moreau gente así, según me decía. París también consistía en comerse uno de los huevos duros que había en los cuencos de los veladores del Café de Flore y pensar que Camus, Sartre o Picasso pudieron haber hecho lo mismo; o leer con la emoción de un paleto advenedizo los nombres de Apollinaire, Gide, Samuel Beckett en las mesas de la Closerie des Lilas.

¿Qué era Praga? 
Era el musgo putrefacto que sudaban los sillares de la sinagoga de Pinkas del siglo XIV en las callejuelas del antiguo gueto, en el distrito de Josefov, que llevaban al viejo cementerio judío donde me encontré a una muchacha muy pálida, vestida de blanco, que permanecía de pie llorando frente a la estela de la tumba del poderoso rabino Löw, muerto en 1607, a quien la propia muerte temía. En este viaje supe que Kafka consistía en buscar el escarabajo de la Metamorfosis por toda la ciudad y estar condenado a no encontrarlo nunca hasta correr el peligro de que, al final, descubrieras que escarabajo eres tú.

¿Qué era Nueva Orleans? 
El olor a magnolia, a flores carnosas, a bebidas azucaradas de muchos colores con la hierbabuena asomada por el filo de los vasos largos; oír jazz puro sentado en el suelo en el Preservation Hall que se conservaba como el día en que Louis Armstrong tocó allí por primera vez la trompeta; ver pasar un entierro seguido de una orquestina de negros cantando la canción When the Saints Go Marchin In. Subir al tranvía que llevaba al barrio llamado Deseo y sentir que Marlon Brando con la camiseta sudada gritaba desaforado a su esposa Stella, y después encontrarte en Bourbon St. con Tennessee Williams, con Mark Twain, con Truman Capote bebiendo un licor duro en el Old Absinthe, cuyas paredes estaban empapeladas con dólares firmados.

¿Qué era Nairobi? 
No era la granja de Karen Blixen, situada a 15 kilómetros de la ciudad a la que acudí en peregrinación como un mitómano más de Las Memorias de África. Nairobi era para mí el recuerdo de la reserva de Massai Mara en la que me sentía protegido en una furgoneta montada como una jaula. Y vi que fuera, en la libertad de la sabana, un guepardo me observaba como si yo fuera una fiera muy peligrosa a la que había que tener enjaulada.

¿Qué era Shanghái? 
Era un millón de personas en cada esquina con una cantimplora en la mano. Era el Hotel Cathay, que mantenía el lujo ya destartalado anterior a la Revolución Maoista, en cuyo espacio flotaban los personajes de Vicki Baum, de Somerset Maugham y la acción de la novela de Malraux La condición humana. Ya no existían marineros entrando y saliendo de los olorosos burdeles de la calle Szechuan, ni gánsteres con esmoquin blanco, automóviles de cristales tintados a prueba de bala que trasportaban a los reyes de la prostitución, ni ruido de fichas en las timbas. En el armario de la habitación del hotel Cathay se podía entrar caminando y allí en el colgador alguna mujer había olvidado un traje de seda hacía cien años.

¿Qué era Dublín? 
Era la tienda de ropa Brown Thomas de la calle Grafton, que sale en el Ulises de Joyce, donde me compré una gabardina blanca y al torcer una esquina me encontré con el famoso restaurante The Bailey, frente al pub Davy Byrnes donde Joyce solía tomar un vino acompañado con queso Gorgonzola. Dublín eran las borracheras con sucesivas pintas de cerveza Guinness envueltas en carcajadas, gritos y músicas en los pubs, los pecados de la carne todavía que había que confesarse los sábados e ir a misa el domingo bien lavados y bien peinados bajo el sonido de las campanas. “¡Que el señor os bendiga, hermanos!”, decía el cura desde el altar a aquella parroquia compuesta de familias sanísimas, hijas casaderas y novios formales.

Dublín consistía en seguir el itinerario del Ulises por todas partes y saber que la ciudad estaba podrida por su literatura de modo que cualquier muchacha pelirroja podía ser Molly Bloom y, en su defecto, Nora Bernacle. Allí estaba el hotel Gresham donde tiene lugar la última escena de la película Los muertos, de Joyce, dirigida por John Huston. Mientras pedaleo en la bicicleta van y vienen otros países, otras ciudades convertidas en evanescentes ráfagas de la memoria. Y cumplida la media hora de ejercicio me apeo.

Sobre la firma Manuel Vicent

https://elpais.com/cultura/2026-01-24/viajar-tambien-es-recordar.html

lunes, 31 de agosto de 2020

Estupidez concentrada

¿Cómo vamos a frenar los rebrotes con reiterados comportamientos irresponsables? ¿Cómo vamos a vencer al virus si no somos conscientes de la gravedad de la situación? ¿Cómo superaremos la crisis con actitudes incívicas?

Hace unos días tuvo lugar en la Plaza de Colón de Madrid una manifestación, que todavía no he logrado digerir. El principio de la libertad de expresión primó, al autorizarla, sobre otro tipo de consideraciones sociales, políticas y éticas. Porque era evidente que quienes se manifestaban contra el uso de la mascarilla, no la iban a llevar puesta. Y quienes protestaban contra la imposición de la distancia de seguridad, no la iban a respetar. Por pura lógica. Es decir, les dieron permiso para incumplir la ley. ¿Por qué gozaron de un privilegio que los demás no tenemos? Les dieron permiso para que ese comportamiento incívico se exhibiese impunemente como una invitación a la desobediencia y a la irresponsabilidad. No es que no me preocupe lo que pasa con la usurpación de derechos fundamentales por parte del poder político, pero creo que en este caso las decisiones están más que justificadas.

“La pandemia es una farsa”, coreaban. Negar que existe un virus que ha afectado a más de veinticuatro millones de personas en el mundo y que ha causado casi un millón de muertos es una necedad insuperable. Imagino que ninguno de los asistentes habrá sufrido la pérdida de un familiar o de un amigo. Porque, de ser así ...“Terroristas, terroristas, terroristas”, gritaban, imagino que refiriéndose a los políticos. Sin pensar que quienes ejercían de tales eran ellos mismos, propiciando el contagio. “No nos dejan respirar”, decía irritada una manifestante. ¿No? “Stop mafia política”, rezaba una pancarta, haciendo una injusta descalificación de toda la clase política. Las imágenes que divulgaron los medios de comunicación mostraban de forma casi insoportable hasta qué extremos puede llegar la estulticia humana.

Personas gritando “Libertad, libertad, libertad”, como si las prescripciones de usar mascarilla, de no fumar por la calle o de guardar la distancia de seguridad fuesen el fruto del abuso de un poder sádico y caprichoso. No. Esas prescripciones salvaguardan la vida y la libertad. Si una persona quiere acabar con su vida, es muy libre de hacerlo. Pero resulta un atropello inadmisible quitarle al prójimo la vida.

Vi una persona (un individuo aparentemente adulto) pidiendo y dando abrazos, exponiendo de forma inconsciente e irresponsable al contagio a los demás. Había en su invitación majadera un toque festivo que producía lástima por una parte, risa por otra y, sobre todo, irritación. Como si fuera el ser humano más solidario, más amable, más simpático. El más guay del mundo.

Ese tío es un imbécil, se me escapó en voz alta.
Había una señora que decía que el uso de la mascarilla dificultaba el contacto con la divinidad. No hay estupidez de más alto grado. El colmo de los colmos de la imbecilidad humana.

Carmen, del colectivo ‘#StopConfinamiento’, ha dicho en declaraciones a Europa Press que se ha organizado esta manifestación para reclamar “derechos humanos y libertades que les están quitando con la excusa de un supuesto virus que ya no produce fallecidos”. Ah, ¿no?

Vi una pancarta con el siguiente texto: “Déjenos vivir”. No sé a quién se hacía esa petición. Es probable que al presidente del gobierno. Como si todas las medidas que está tomando no tuviesen la única pretensión de garantizar la vida de los ciudadanos y las ciudadanas.

Otra pancarta rezaba así: “El sistema controla a través del miedo. La prensa manipula. Despierta”. No es el sistema quien induce al miedo, es la realidad de la pandemia, la presencia de un virus que hiere y mata. No es la prensa quien maneja los hilos, es el contagio que se propaga de manera difícil de controlar. Hay que despertar, sí, pero ante la magnitud del problema, ante la necesidad de la solidaridad, ante la asunción de responsabilidades.

También se niegan al uso de vacunas. ¿Con qué argumentos? ¿Con qué análisis científicos? Cuando todo el mundo clama por la vacuna, cuando la comunidad científica mundial trabaja de forma denodada por encontrar la solución que nos salve de esta terrible crisis, estos miles de manifestantes claman inconscientemente contra todas las evidencias científicas.

¿Qué sucedería si toda la población adoptase las actitudes y los comportamientos de estos iluminados? ¿Qué pasaría si todos actuásemos con ese grado de irresponsabilidad y de estupidez? ¿O es que solo esos miles de manifestantes tienen bula para hacer su santa voluntad? ¿Por qué los demás tenemos que sacrificarnos por el bien común y ellos (y ellas) no lo tienen que hacer?

No quiero seguir mostrando otros textos de pancartas u otros gritos y eslóganes exhibidos. Todos en la misma línea, todos en la misma ridícula negación de la realidad. Estamos inmersos en una pandemia, el virus sigue actuando y tenemos que defendernos de sus nocivos y letales efectos.

¿Por qué se produce ese fenómeno sociológico, desde mi punto de vista tan irracional? No me cabe la menor duda de que un porcentaje elevado de manifestantes son personas que han sido arrastradas por líderes irresponsables. No puedo creer que las aproximadamente tres mil personas que acudieron a la cita hayan acudido como resultado de una elaboración personal.

Algunos, quizás, se hayan dejado arrastrar por una insensata actitud de ir contracorriente, de oponerse al poder, de hacer lo contrario de lo establecido, de ir en contra de lo que todo el mundo hace. Ese ataque de singularidad que parece convertirles en personas fuera de serie por hacer algo que el sentido común condena.

También habrá quien piense que está defendiendo una noble causa a favor de los derechos humanos y hasta pagará gustoso la multa que le impongan por quebrantar las normas. Pequeños y ridículos héroes de una causa estúpida.

Habrá también en la decisión de acudir componentes políticos. Había pancartas que hacían referencia al “virus comunista“, otras que pedían la dimisión del gobierno y algunas que insultaban a la clase política.

Cuando sucede un hecho de esta naturaleza, siempre acudo a mi fuente principal de pensamiento. ¿Cómo aprendieron a pensar en la escuela?, ¿con qué rigor son capaces de analizar los hechos?, ¿qué nexos causales son capaces de establecer?, ¿qué importancia le conceden a la ciencia? Pero, sobre todo, ¿qué aprendieron de solidaridad, de respeto a la vida del prójimo, del hecho de ser ciudadanos y ciudadanas? ... Me pregunto, en definitiva, por el fin fundamental de la educación y por el éxito y el fracaso de la misma.

Durante un tiempo, la salud de la población estuvo pendiente de la iniciativa política y del quehacer de los sanitarios. Hoy depende de la responsabilidad de los ciudadanos y ciudadanas.

Hay que exigir que las prescripciones estén fundamentadas en evidencias científicas y no en intereses partidistas o económicos. Pero hoy se sabe cómo se transmite el virus y las decisiones que se toman buscan evitar la propagación que lleve a la muerte a las personas más vulnerables y que conduzca a la destrucción completa de la economía.

Me imagino a estos manifestantes explicando a sus hijos y a sus hijas su postura ante la crisis sanitaria y económica que vivimos. Me los imagino diciéndoles que hagan lo que les de la gana, que no se pongan la mascarilla, que abracen a todo el mundo, que no respeten la distancia de seguridad… Es decir que entiendan la libertad sin restricciones porque no importa que sus caprichos y sus veleidades destruyan no solo la libertad de los demás sino la vida. Y, como consecuencia de ese comportamiento irresponsable, que arruinen del todo la economía del país. Claro que hay ideas para todo. Una de las manifestantes decía que ese comportamiento constituía un ejemplo para que sus hijos aprendiesen actitudes democráticas.

Estoy haciendo una llamada a la responsabilidad, a la conciencia ciudadana, al respeto a la vida de los otros, a la idea de que la libertad individual termina cuando destruye la libertad de los demás.

Me gustaría dialogar con alguno de los convocantes o de los asistentes. Me gustaría conocer y rebatir las argumentaciones que utilizan. Aunque, cuando lo imagino, me viene a la mente el pensamiento de Mark Twain: “Nunca discutas con un idiota. Te rebajará a su nivel y te ganará por la experiencia”.

https://mas.laopiniondemalaga.es/blog/eladarve/2020/08/29/estupidez-concentrada/