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viernes, 9 de enero de 2026

_- Joseph E. Stiglitz y «la buena nueva» del desarrollo latinoamericano

_- Moneda de curso común en América Latina es la recepción mecánica y acrítica de algún académico o economista proveniente de Europa y, particularmente, de los Estados Unidos.

Gobernantes, funcionarios, asesores, consultores, activistas de ONG, empresarios, editores, audiencias masivas e, incluso, estudiantes y académicos universitarios suelen, no pocas veces, caer seducidos ante la perorata de algún vendedor de ilusiones que, desde el norte del mundo, pretende desvelar los misterios del subdesarrollo latinoamericano y de las paradojas políticas de la región.

No son pocos los nombres: Juan Carlos Monedero, Pablo Iglesias, Íñigo Errejón, Albert Noguera Fernández, Marco Aparicio Wilhelmi, José María Guijarro, Antoni Gutiérrez-Rubí, Alfredo Serrano Mancilla, Éric Toussaint, Henry Veltmeyer, François Houtart, Heinz Dieterich, Alex Salmond, Boaventura de Sousa Santos, entre otros de signo progresista e incluso radicados por largo tiempo en países latinoamericanos. Vinculados a otros espectros ideológicos destacan personajes como Jeffrey D. Sachs, Paul Krugman, Dani Rodrik, Ha-Joon Chang, Richard Layard, Mariana Mazzucato, Daniel Lacalle, Lawrence Summers, Juan Ramón Rallo, David McWilliams, Xavier Sala-i-Martin, Judith Butler, Yanis Varoufakis y, por supuesto, Joseph E. Stiglitz. Estos nombres evidencian una propensión al escapismo psicológico por parte de las élites políticas, empresariales y académicas latinoamericanas, así como una negación por parte de estos grupos sociales locales a pensar el desarrollo con cabeza propia.

Como activistas y propagandistas de ciertas ideas e ideologías relacionadas con los problemas públicos, sean estos económicos, políticos, educativos o propios de las relaciones internacionales, sus plataformas de difusión son también vastas: desde cátedras en universidades, foros académicos como congresos y simposios, editoriales que publican sus libros y testimonios, hasta conferencias magistrales ante audiencias variadas, programas de radio, cápsulas de podcast, mesas redondas y paneles de análisis en televisión o en las redes sociodigitales, columnas de opinión en diarios y revistas de divulgación, entre otros. Desde esos púlpitos construyen y difunden significaciones en torno al diseño y ejercicio de políticas públicas, los procesos de democratización en las sociedades nacionales, la comunicación política, los desafíos de la economía mundial, las contradicciones geopolíticas, los procesos de integración económica, el estado y futuro de los organismos internacionales, entre otros temas más.

Joseph Eugene Stiglitz es uno de esos peculiares economistas que gozan de amplias audiencias y lectores en prácticamente todo el mundo. Nacido en Gary, Indiana en 1943, académico de la Universidad de Columbia, Presidente del Consejo de Asesores Económicos del Presidente de los Estados Unidos durante el primer mandato de Bill Clinton, Primer Vicepresidente y Economista Jefe del Banco Mundial, y colaborador en el Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC). Peculiar su pensamiento porque pese a desempeñar estos cargos en el establishment, al pertenecer a la academia de universidades estadounidenses ampliamente influyentes y a ser un representante –a través de la llamada economía de la información– de la corriente principal de la teoría económica convencional que se enseña en un sinfín de universidades, desliza ante sus lectores y audiencias una postura progresista y hasta crítica en torno a la gestión o no de la economía mundial. Difusor de una globalización con rostro humano o de un capitalismo progresista, e incluso de ideas como las de un Consenso Post-Washington, Stiglitz se presenta como un reivindicador de las tesis keynesianas y como una alternativa al monoteísmo de mercado que arraigó desde finales de los años ochenta bajo el imperativo friedmaniano de la libertad de elegir.

Con la noción de capitalismo progresista (https://shre.ink/odMB), Stiglitz aboga por posicionar el poder del mercado al servicio de los ciudadanos y de la mejora de sus ingresos. Retóricamente, el economista laureado con el Premio Nobel en el año 2001 introduce la noción de desigualdad acotada a la distribución del ingreso y de la riqueza, pero sin referir un mínimo análisis y cuestionamiento a la estructura asimétrica y polarizada del capitalismo y a sus relaciones de explotación que son el telón de fondo que originan esa desigualdad social e internacional. A lo sumo, respecto a la carrera desbocada por crear y acumular riqueza, habla del abuso del poder de mercado, de la captación de rentas o de las ventajas que brinda la posesión asimétrica o imperfecta de la información.

Su crítica al modelo económico imperante desde los años ochenta del siglo XX se centra en la desregulación de los mercados bancario/financieros, al papel errático de organismos como el Fondo Monetario Internacional, así como en el creciente poder de mercado concentrado por las grandes corporaciones y los oligopolios. En general, se opone a la ideología fundada en un mercado sin restricciones o regulaciones; de ahí que aboga con ingenuidad para que se adopten leyes antimonopolio, los agentes financieros y los bancos rindan cuentas y que “los mercados, en general, se pongan al servicio de la sociedad”. De ahí que sea posible argumentar, muy a contracorriente de la postura de Stiglitz (https://shre.ink/odev), que el capitalismo progresista sí es un oxímoron.

Además de criticar la noción de libertad y elección individual difundidas por libertarios como Friedrich August von Hayek y Milton Friedman, Stiglitz cuestiona las políticas que restringen el poder del Estado. En suma, Stiglitz, a lo largo de su obra e incursiones públicas, aboga por una mayor acción colectiva para afianzar la gobernanza de la economía global a partir de la coordinación entre el Estado y el mercado. Sin embargo, la noción de libertad del nacido en Indiana no se extiende al campo laboral y a las relaciones de producción, las ignora totalmente.

Poco distan estas posturas de muchas otras que desde una raigambre teórica profunda se estudian en lo más fecundo y fértil de las ciencias sociales latinoamericanas y de su pensamiento crítico. Múltiples economistas abogan por la reivindicación de tesis de corte neokeynesiano para retomar la senda del crecimiento económico sobre bases duraderas. Sin embargo, no pocos gobiernos y empresarios de la región ignoran estas posturas y las hacen pasar como desapercibidas.

Las simpatías políticas de Stiglitz son evidentes: proclive a las administraciones demócratas de los Estados Unidos y a las élites globalistas que impusieron hace cuarenta años el mismo modelo económico rentista y concentrador de la riqueza que el Premio Nobel critica. Por el contrario, son evidentes sus antipatías respecto al nacionalismo populista encabezado por Donald J. Trump (https://shre.ink/odSd). Sus simpatías también se extienden a varios de los llamados gobiernos progresistas instaurados en América Latina durante distintos ciclos políticos desde 1999, sin reconocer el propio Stiglitz las contradicciones de estas élites políticas y de sus modelos económicos fundamentados en la reprimarización de las economías, en la exportación de commodities y en la perpetuación de las condiciones de desigualdad a lo largo y ancho de la región. El último gesto respecto a estas élites políticas latinoamericanas lo evidenció Stiglitz en su abierto respaldo al grupo Democracia Siempre, que reúne a los mandatarios de Chile, Brasil, Colombia, Uruguay, España, entre otros de la Unión Europea (https://shre.ink/odqO), en aras de formar de un frente contra lo que se denomina como la ultraderecha.

La cortedad de miras en la perspectiva de Joseph Stiglitz respecto a América Latina es directamente proporcional a la miopía de la corriente teórica a la cual pertenece. Sin dotarse del suficiente trabajo empírico y sin el conocimiento profundo de las realidades y diversidades latinoamericanas, se torna incapaz de comprender las estructuras profundas del subdesarrollo latinoamericano y la misma construcción histórica de los Estados y sus instituciones, la estructura de clases sociales y la correlación de fuerzas en la región. Con amplia seguridad, los datos de que dispone para sus análisis son solo aquellos provenientes de las bases estadísticas de organismos internacionales. De ahí que sus recomendaciones de política económica sean, por decir lo menos, superficiales y apenas cosméticas para el grado que alcanzan las contradicciones del capitalismo en América Latina y los flagelos sociales que acelera su patrón de acumulación rentista, neoextractivista, maquilador y primario/exportador.

Stiglitz se erige en una especie de gurú que esboza apreciaciones y pronósticos sobre la situación de la economía mundial. Y ello le trajo no pocos equívocos y diferencias en América Latina, como cuando habló de un “milagro económico argentino” tras la recuperación económica del país luego de la pandemia del Covid-19, omitiendo especialmente el tema de la inflación galopante y la caída de las reservas internacionales, así como el incremento de la pobreza y de la informalidad laboral en el país austral (https://shre.ink/odAB). En efecto, la economía argentina se recuperó hacia el 2022, pero como resultado de actividades y sectores económicos que estuvieron confinados durante la crisis epidemiológica global. Entonces, los comentarios errados de Stiglitz son más atribuibles a una simpatía por gobiernos y economistas apegados a una ideología progresista que por contar con las bases empíricas para sustentarlos.

Cabe puntualizar que lo anterior evidencia una postración de las élites latinoamericanas ante un sinfín de propagandistas que desde distintas partes del norte del mundo desfilan por los auditorios, salas de conferencias, salones de capacitación de funcionarios nacionales y aulas de universidades. Evidencia también el extravío para pensar el desarrollo con cabeza propia y a partir de la recuperación del pensamiento social, económico y filosófico de raigambre latinoamericana. Lo cual no supone ignorar las posturas teórico/ideológicas de los gurús visitantes, sino dialogar con ellos de manera multidireccional, crítica y creativa, sin caer en la tentación de incorporar de manera mecánica sus posturas no pocas veces infundadas, descontextualizadas y apegadas a realidades distintas y distantes de las latinoamericanas.

Isaac Enríquez Pérez. Académico en la Universidad Autónoma de Zacatecas, escritor y autor del libro «La gran reclusión y los vericuetos sociohistóricos del coronavirus. Miedo, dispositivos de poder, tergiversación semántica y escenarios prospectivos»

Twitter: @isaacepunam

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

martes, 9 de diciembre de 2014

Por qué el queso parmesano (y el gruyère y emmental) nos pone de buen humor. Siete claves sobre el aminoácido de la felicidad. Sin fronteras de edad, se llama triptófano y está en mucho de nuestros alimentos favoritos.

Líder indiscutible en ese G20 que agrupa a los aminoácidos esenciales para el organismo, que solo se obtienen a través de los alimentos, él es sin duda el más hedonista, el encargado de despertar a la serotonina, la mensajera que pone en marcha la maquinaria química del cerebro que segrega la melatonina, una de las hormonas del bienestar más aplaudidas.

Los datos de la OMS alertan de que desde 1990 se han triplicado los índices de depresión y ansiedad, y son muchos los expertos que relacionan este fenómeno con el déficit de triptófano que provoca la alimentación impuesta por los modernos hábitos de vida. Demasiado café, demasiadas bebidas light a base de aspartamo, demasiados productos procesados y refinados… hacen que en muchos casos no produzcamos los 250 miligramos diarios de este aminoácido sin los que el bienestar es casi imposible.

¿Es realmente el aminoácido de la felicidad?
“Sin duda es el responsable del buen humor y la alegría”, confirma la doctora Josefina Vicario, nutricionista y directora médica de las clínicas que llevan su nombre. “Su efecto prioritario -continúa- es la acción relajante”. Es el aliado perfecto contra el insomnio, el estrés o la ansiedad. El que estimula el buen dormir, el optimismo y el placer.

¿Ayuda a combatir el insomnio?
Sí. Los estudios realizados en la Universidad de Navarra demuestran que el triptófano ayuda a reducir el tiempo que se tarda en conciliar el sueño y es muy eficaz para paliar el insomnio provocado por el déficit o los desequilibrios de la melatonina, la hormona encargada de regular el ciclo onírico, como ocurre en situaciones de cambios de horario, jet lag, etcétera. “En estos casos, es muy recomendable ingerir un 1 miligramo de este aminoácido 30 minutos antes de acostarse y fuera de las comidas, ya que si no actuará como un simple constructor de proteínas, no como un inductor del sueño”, comenta la experta.

¿Qué otros beneficios terapéuticos aporta?
Al actuar también como despertador de la serotonina, este vital químico emocional es “capaz de calmar el sistema nervioso, ayudando a controlar las situaciones de estrés cotidiano. Además, frena la ansiedad a la hora de enfrentarse a la comida, ya que tiene la propiedad de calmar las ansias por ingerir carbohidratos (sobre todo los dulces)”, afirma Héctor Solórzano del Río, farmacéutico y presidente de la Sociedad Médica de Investigaciones Enzimáticas. Pero sus virtudes no acaban ahí. También actúa de alerta del nucleus raphus magnus (un área primaria del cerebro gobernada por los neurotransmisores de las endorfinas, como la serotonina), donde inhibe determinados dolores, como el de cabeza o los provocados por los tratamientos bucodentales y algunos tipos de cáncer.
¿Cuáles son los alimentos más ricos en triptófano?
Los reyes son el jamón serrano (unos 400 miligramos por cada 100 gramos, siempre que sea de alta calidad) y las anchoas saladas (unos 390 miligramos por 100 gramos).

Le siguen las carnes magras como el pavo (unos 290 miligramos por cada 100 gramos), los quesos, como el emmental, el gruyère o el parmesano (100 miligramos por cada 100 gramos), y entre las legumbres, las alubias y las lentejas (80 miligramos por cada 100 gramos).
De los frutos secos, destaca el cacahuete (80 miligramos por cada 100 gramos).
Y, entre los más buscados, el chocolate negro (60 miligramos por 100 gramos).

Fuente: http://elpais.com/elpais/2014/12/01/buenavida/1417428429_370992.html
Para Rosa con muchas felicidades por su cumpleaños.


Ver aquí una versión con la letra en inglés y español: http://youtu.be/qm30u8ZJzZ0