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lunes, 27 de abril de 2026

El dios dinero no tiene ateos

La guerra de aranceles pone encima del tapete lo que verdaderamente importa. ¿Cómo se puede ganar más dinero, aunque sea perjudicando al resto del mundo?

Cuando Donald Trump bombardea lugares estratégicos de Venezuela, mata a decenas de personas, secuestra a su presidente y nombra a Delcy Rodríguez presidenta encargada, no lo hace guiado por principios morales sino por intereses económicos. Lo que le importa es el petróleo del país y los minerales que necesita para que funcionen sus industrias. Y así lo manifiesta descaradamente: él tiene que controlar directamente la producción y la comercialización del petróleo. La democracia de Venezuela, el bienestar de sus habitantes, el respeto a las leyes internacionales y nacionales le traen al pairo. Es más, se burla de las gentes del país diciendo que son personas muy feas.

Ahora quiere anexionarse Groenlandia (por las buenas o por las malas). La isla helada es parte de la Unión Europea porque Dinamarca es uno de sus 27 miembros y está integrada en la OTAN. No le importa extorsionar a uno de sus aliados. Y la razón es muy sencilla: le interesa para sus negocios, para sus industrias, para el control de la navegación comercial. «Necesitamos que Groenlandia sea nuestra», dice como si esa necesidad fuese un argumento válido para ocuparla con dólares o por las armas.

Respecto al conflicto de Gaza es conocido su plan. Montar un resort de lujo sobre las ruinas y los cadáveres de las víctimas del genocidio más execrable de la historia. Resulta obsceno pensar que donde ha existido tanto dolor, tantas lágrimas, tantas heridas, tanta destrucción, tanta muerte, se pueda pensar en hacer un negocio de proporciones tan gigantescas.

La guerra de aranceles pone encima del tapete lo que verdaderamente importa. ¿Cómo se puede ganar más dinero, aunque sea perjudicando al resto del mundo? América primero quiere decir la bolsa primero.

Cuando visité por primera vez la Torre Trump en la Quinta Avenida de Manhattan en la ciudad de Nueva York pensé cómo había sido posible reunir la cantidad de dinero necesaria para construir ese monstruo en el ombligo del mundo. También descubrí que la Torre era una fuente inagotable de producir dinero. Pensé con asombro, cómo era posible que el dueño fuese una sola persona, y que esa persona estuviese inmersa en innumerables negocios que incrementan sin cesar su patrimonio. ¿Dónde está el límite?

Esta obsesión por el dinero no solo domina al presidente de los EEUU. Domina a muchos políticos que, aprovechando su situación privilegiada para el enriquecimiento, se enriquecen de manera fraudulenta burlando la confianza de quienes les habían colocado en puestos relevantes para que cuidaran de su bienestar y de sus intereses. La avaricia lo pudre todo. Ahí está, en nuestro país, el escándalo que estamos padeciendo de dos secretarios de organización del Partido Socialista, José Luis Ábalos y Santos Cerdán. ¿Cómo es posible que militantes de un partido que pretende distribuir equitativamente la riqueza se dediquen a cobrar mordidas y a enriquecerse fraudulentamente?

Y ahí está el caso del señor Rato y del exministro de Hacienda, señor Montoro y del ciudadano particular con el que está emparejada la señora Ayuso. Y ahí está la Gürtel nacional y los ERES andaluces. Y tantos otros ladrones. Cuando esos ladrones son descubiertos, juzgados y condenados, van a la cárcel. Pierden la libertad, pero no devuelven el dinero robado. Ya lo disfrutarán cuando acabe la condena. Creo que la justicia debería exigir para la completa liberación la devolución de todo lo robado.

Quienes más ganan, más quieren seguir ganando, así que las diferencias entre pobres y ricos siguen aumentando vertiginosamente. Los ricos son cada vez más ricos y los pobres son cada vez más pobres.

Acabo de leer una novela de Sabina Berman titulada ‘Los billonarios desaparecen’. Sabina Berman es una destacada escritora, dramaturga, guionista y periodista mexicana, reconocida por su profunda exploración de la identidad femenina, la política y la sociedad. ¿De qué va su novela? En un mundo donde las diferencias entre ricos y pobres son cada vez más abismales y los cambios tecnológicos y ecológicos tienen efectos expansivos, encontrar soluciones a la crisis humanitaria se convierte en algo urgente. Sabina Berman piensa que quizás el lugar más indicado para hacerlo sea la Cumbre de Líderes Globales que se realiza en Davos, Suiza. Con el lema «La desigualdad es nuestro desafío», durante tres días y bajo la batuta de Christine Jambes, presidenta del Banco Mundial, se reunirá el 1% de los hombres y mujeres que acumulan las mayores fortunas del planeta. Entre ellos está el profesor Wermer, uno de los matemático más sobresalientes, Premio Nobel y autor de un teorema que lleva su nombre. Wermer tiene un firme y oscuro propósito: unirse a las protestas de los disconformes con el modelo neoliberal que se manifiestan en la Cumbre y acabar de una vez por todas con ese pequeño porcentaje que enferma a la sociedad. No haré espóiler para que el lector o lectora no me reprochen la ruptura de su curiosidad.

Siempre me ha llamado la atención esa irrefrenable e inusitada ambición de quienes tienen cantidades de dinero exorbitante que no podría gastar la familia ni muchas generaciones de herederos. ¿Para qué se necesita más dinero del que puede permitir comprarlo y tenerlo todo? ¿Por qué es ilimitada la ambición?

La codicia se desarrolla a gran escala y a pequeña escala. Porque, cuando desde las alturas se ofrecen ejemplos tan lamentables de codicia, parece desprenderse un lema: que cada cual robe en el lugar que se encuentre y en la medida que pueda. El que no lo haga es un imbécil. El que no aproveche la ocasión es un ingenuo.

El dinero no solo corrompe la política, corrompe también los negocios. Los robos pueden empezar por cantidades pequeñas. Me gusta contar la historia de un joven que, en una localidad rural, quiere comprar un burro. Se entera de que un campesino tiene en venta su burro. Y acude a su casa para comunicarle su deseo de comprarlo. Después de la negociación llegan a un acuerdo. Es ya de noche, así que el campesino le dice:

-El trato está cerrado. Ahora ya es de noche. Ven por la mañana y te daré al animal limpio y bien preparado.
- ¿Hace falta que firmemos un documento?, dice el joven.
- No hace falta. Mi palabra vale más que todos los papeles y todas las firmas, contesta con aplomo el vendedor.
El joven, a primera hora del día siguiente, se presenta en la casa del campesino y, después de los pertinentes saludos, dice:
- Vengo a pagar y a llevarme el burro.
- Tengo que comunicarte una mala noticia. Cuando he ido esta mañana a prepararlo para entregártelo, lamentablemente, el burro estaba muerto.
- No importa. Me lo voy a llevar igual. Voy a hacer con él un negocio y claro, como está muerto, no me cobrará usted nada.
El joven se lleva el burro muerto en su furgoneta. Pasados algunos meses el campesino se encuentra con el joven y le pregunta:
- ¿Hiciste el negocio con el burro? ¿Cómo te fue?
- Muy bien, le dice el joven.
- ¿Y qué negocio era ese si el burro estaba muerto?
- Una rifa. Vendí mil papeletas a diez euros cada una.
- Y gané 9990 euros sin ningún esfuerzo.
- ¿Y no protestó nadie?, preguntó el campesino.
- Sí, protestó el afortunado al que tocó la papeleta y a ese le devolví los diez euros.
Este joven podrá llegar a ser presidente de importantes sociedades financieras. Tiene interesantes cualidades para alcanzar el éxito.

He vivido en muy poco tiempo seis experiencias de cargos fraudulentos en una cuenta de mi Banco a través de la tarjeta. Desde Países Bajos, desde Irlanda, desde España… Sesenta cargos, veinticinco, cuarenta… La extorsión es grave. No solo porque te han robado sino porque la solución tiene un proceso largo y enojoso: relación de los cargos firmada por el Banco, denuncia en la policía, envío de los documentos… Cuando fui a presentar una de ellas me dijeron en la comisaría que de cada diez denuncias que reciben ocho son de este tipo.

El dios dinero lo controla todo. En muchas ocasiones, la elección de carrera y de profesión depende, fundamentalmente, del dinero que se puede conseguir ejerciéndola. ¿No sería mejor pensar dónde se puede ser más feliz, qué es lo que más gusta hacer y dónde se puede ayuda a los demás?

Algunas veces, el dinero corrompe hasta el amor. Existe el amor «a primera visa». Un joven se dirige al padre multimillonario de tres hijas y le confiesa el amor apasionado que siente por una de ellas. El padre quiere saber de cuál de sus hijas se ha enamorado. Y le pregunta:
- ¿De cuál de las tres?
El joven, sin vacilar un momento, contesta:
- De la que sea.

Hay otros dioses a los que venerar con devoción: la felicidad, la justicia, la paz, la solidaridad, la libertad, la empatía, la igualdad, la compasión… Si al morir te sobra dinero y tienes el corazón empobrecido es que has hecho mal las cuentas.

viernes, 7 de marzo de 2025

Qué va, si es mi amigo

La amistad exige lealtad. La lealtad no es servilismo. Por eso el amigo es capaz de decirte que te has equivocado. No es amigo quien oculta la verdad, quien halaga sin límite ni motivo, quien te dora la píldora

Decía Epicuro: “Cada mañana, la amistad recorre la tierra para despertar a las personas, de modo que puedan hacerse felices”. Es una hermosa visión de la historia humana. La vida se teje de pequeñas anécdotas que se van trenzando en la cotidianeidad y en la emergencia. Los recuerdos se van sucediendo y nos van marcando: el asado en Rosario en la casa de Perico y Silvia, la cena en Santiago con el regalo del libro “El coraje de enseñar”, la vista sorpresa a la escuela rural con el Ministro de Educación de San Luis, la final de la Champions en el Santo Refugio, la tarde nublada de llanto silencioso, el café chileno en mi casa frente al mar, el hermoso Prólogo de mi libro, el cruce de libros en cumpleaños y Reyes, la felicitación en el mes de mayo durante cincuenta años, la comida en El Adarve de Frigiliana, la muerte tan dolorosa que dejó un vacío enorme, los largos desayunos en la librería de Teatinos, el baño en el río de Cabezuela del Valle, el viaje desde México para asistir a mi investidura en Oviedo… La vida. La amistad.

Cuenta Eduardo Galeano, en su hermosa obra “El libro de los abrazos” que en los suburbios de La Habana llaman al amigo mi tierra o mi sangre. En Caracas mi amigo es mi pana o mi llave. Pana por panadería, la fuente del buen pan para las hambres del alma y llave….

Llave por llave, dice Mario Benedetti.

Y cuenta que cuando vivía en Buenos Aires en tiempos del terror él llevaba cinco llaves ajenas en su llavero, las llaves de cinco casas, de cinco amigos: las llaves que lo salvaron. Los dueños de esas llaves no solo salvaron la vida a su amigo, se arriesgaron a convertirse en sus cómplices y a ser castigados por ello.

En estos tiempos en los que la traición, el egoísmo y la deslealtad están de moda quiero hacer un elogio de la amistad porque creo que es una de las columnas sobre las que se sostiene nuestro mundo. El pragmatismo de nuestro tiempo, el egoísmo indisimulado, la competitividad a cualquier precio hace que los individuos se pregunten sobre todo por lo que salen ganando o perdiendo en cada relación. En ese mecanismo se sitúan quienes quieren trepar a cualquier precio. Para este tipo de personas los amigos se tienen en la medida que pueden ser utilizados como escalones para ascender. O para obtener algún beneficio. Cuando ya no sirven, se prescinde de ellos. Si alguien les ofrece más o puede ser más rentable en las transacciones se convierte en el nuevo destinatario de sus adulaciones. La amistad exige lealtad. La lealtad no es servilismo. Por eso el amigo es capaz de decirte que te has equivocado. No es amigo quien oculta la verdad, quien halaga sin límite ni motivo, quien te dora la píldora. El amigo no te dice lo que tienes que hacer, te ayuda a decidirlo y te da fuerza para que puedas y quieras hacerlo. El amigo no es capaz de cometer una traición. Puedes dar la espalda y tenerla siempre cubierta cuando él se queda. Por definición, el amigo es incapaz de darte una puñalada trapera.

La amistad supone generosidad. Surge esta de forma espontánea, sin falsas promesas, sin grandes alardes, sin búsqueda de contrapartidas. El amigo es como la sangre que acude a la herida sin necesidad de llamarla.

La amistad exige escucha. Escucha activa, atenta, sin prejuicios, sin ruidos internos, sin prisas. Estoy preparado un libro que se titulará, probablemente, “La caja mágica. Historias para la mente y el corazón”. En una de ellas cuento que una persona llama a su amigo a una hora intempestiva, ya muy tarde. Y, después de los saludos protocolarios, le pregunta cómo está. El amigo le cuenta durante largo tiempo la situación crítica por la que atraviesa. La conversación se alarga hasta altas horas. Hasta que quien ha llamado consigue que su amigo vea la situación con claridad y que desaparezca la angustia extrema que le invade. Quedan para verse al día siguiente. Y el amigo que recibió la llamada tardía el día anterior le pregunta a su interlocutor:

Por cierto, ¿para qué me llamaste ayer tan tarde?

Quería comunicarte un severo diagnóstico que recibí ayer de mi médico.

Llamaba porque quería compartir la dura noticia con su amigo, pero su problema pasó a un segundo plano, eclipsado por la angustia de su amigo. El amigo va siempre primero.

La amistad conlleva altas dosis de afecto. Y ese afecto se convierte en fuerza y en energía. Un niño lleva a otro mayor que él a cuestas porque se ha hecho daño en una pierna. Alguien que ve la escena le dice al pequeño:

Pesa, ¿eh?

Qué va, si es mi amigo, contesta muy ufano el pequeño.

Esta significativa anécdota me recuerda la historia de un amigo que llama a su amigo del alma que le ha contado que tiene mucho dolor en una pierna.

Oye, te llamo para saber si te duele la pierna izquierda o la derecha. ¿Por qué te importa ese dato?

Porque como no sé cuál es, me están doliendo a mí las dos.

La amistad practica siempre de buen grado el perdón. A un amigo se pe perdona todo: que te pida a las tres de la mañana que le ayudes a solucionar una avería del coche, que te comprometa para hacer algo que no querías, que se olvide de la fecha de tu cumpleaños, que te llame a las siete de la mañana para contarte una tontería…Un amigo es un amigo. (Estoy hablando de amigos, en el buen entendido de que me refiero siempre a los amigos y a las amigas). Quevedo dijo que valía más un buen amigo que cien parientes. Un amigo es un hermano que se elige. Por eso es tan importante tener buenos amigos (expresión que encierra una clara redundancia: decir buen amigo es como decir fuego caliente o hemorragia de sangre. No existe un mal amigo. Si es malo, no es amigo.

La amistad lleva siempre aparejado el sentido del humor. Con los amigos disfrutamos, lo pasamos bien, nos reímos. Con ellos contamos los mejores chistes, las más sabrosas anécdotas. En cierta ocasión Bernard Shaw envió a Churchill una invitación para el estreno de una obra de teatro con el siguiente texto:

Puede ir acompañado de un amigo…, si es que lo encuentra. Churchill contestó:

Gracias por la invitación. Hoy no puedo asistir. Iré otro día…, si es que hay más sesiones.

La amistad exige perseverancia. No tiene sentido hablar de una fugaz amistad de unos días. Por eso digo que es bueno hacer amigos y saber disfrutarlos, pero que resulta más importante saber conservarlos.

Elmer Hubber dice que un amigo es el que lo sabe todo de ti y, a pesar de ello, te sigue queriendo. El amor del amigo es gratuito. No hay que hacer ningún mérito para conseguir la amistad verdadera porque las personas desean que se las quiera bruto, no neto.

Me gusta mucho una metáfora que leí en el excelente libro de Ken Bain “Lo que hacen los mejores profesores universitarios”: “cuando uno de estos profesores inicia una experiencia de aprendizaje es como si un amigo invitase a sus amigos a cenar y no como si un alguacil sentase en un banquillo a un acusado”. La cena de los amigos conlleva alimento, diálogo, afecto y diversión. Quien no va a la cena se la pierde, quien no se sienta en el banquillo se libera.

Entre los amigos voy a incluir también a los animales. Siempre fieles, siempre leales. En una historia titulada “El cielo y el infierno” que he leído en el libro “Cuentos que mi jefe nunca me contó”, de Juan Mateo, se cuenta que un hombre, su caballo y su perro murieron en un accidente. Después de caminar mucho tiempo sintieron una sed espantosa. Y al llegar al cielo el hombre pidió agua para los tres. Le dijeron que él podía pasar y beber pero que sus dos acompañantes no podían entrar. Entonces declinó la oferta. Siguieron caminando. Y volvieron a ver otro cartel indicando que allí estaba el cielo. Planteó al guardián que los tres tenían una sed abrasadora. El guardián le dijo que los tres podían pasar y beber.

Intrigado, el hombre preguntó cuál de los dos sitios era el cielo.

Aquí está, le dijo el guardián. El otro lugar es el infierno. Allí quedan aquellos que son capaces de abandonar a sus amigos para salvarse. Los amigos y las amigas están ahí, sosteniendo el mundo. Muchas veces de forma silenciosa, siempre de forma eficaz, Están también en el silencio, en la distancia, Por eso hay que cultivar la amistad. Es hermoso y certero aquel proverbio chino: recorre frecuentemente el camino que lleva al huerto del amigo, de lo contrario crecerá la hierba y no podrás encontrarlo fácilmente.

lunes, 4 de octubre de 2021

Homenaje a Paulo Freire (I)

El pasado día 19 de septiembre, se cumplió el primer centenario del nacimiento de Paulo Freire en Recife, Pernambuco (Brasil). Paulo se sentía en primer lugar pernambucano (¡el contexto, el contexto, el contexto!), luego brasileño, luego latinoamericano y finalmente ciudadano del mundo. No al revés.

Cuando conocí la noticia de la muerte de Paulo Freire me encontraba leyendo su libro “A la sombra de este árbol”. Tuve que levantar la cabeza para enterarme bien de lo que había sucedido. Un infarto le había fulminado de forma inesperada y repentina. Tenía que ser el corazón, pensé. Un corazón tan grande, tan generoso, tan abierto, que podía acoger a todos los desheredados y desheredadas de la tierra. A la muerte, como al sol, decía François de La Rochefocauld, no se les puede mirar de frente. Todas las hojas de aquel árbol de palabras cayeron sobre mí en forma de lluvia triste. No lo podía creer. La muerte es algo excesivo. Era el 2 de mayo de 1997. Paulo Freire era un joven de 76 años, según su idea de la juventud que defiende en ese libro: “Nadie es viejo solo porque nació hace mucho tiempo o joven porque nació hace poco. Somos viejos o jóvenes mucho más en función de cómo entendemos el mundo”.

En los próximos días le esperábamos en la Universidad de Málaga para entregarle la distinción de Doctor Honoris Causa (sabíamos que ya tenía más de treinta otorgados por diferentes Universidades del mundo). Le habíamos enviado ya los pasajes de avión. En lugar de llegar su persona cargada de experiencia y de palabras liberadoras, nos llegaba la dolorosa noticia de su muerte. Se había ido con la mayoría, como se dice en algún país para hablar de la muerte, sin grandes alharacas, con la humildad del sabio, con la sonrisa del educador, con la valentía del luchador, con la grandeza de un ser humano excepcional, que dejaba el mundo mucho mejor de lo que lo había encontrado. Ojalá se pueda decir lo mismo de cada una, de cada uno de nosotros.

Quisimos que su esposa, Ana María Araujo Freire, viniese para recibir en su nombre la distinción que le honraba y que honraba también a nuestra institución, pero no fue posible. Para llenar la ausencia que la muerte nos impuso, dimos al Salón de Grados de la Facultad de Educación el nombre de Paulo Freire. Hace unos días formé parte de un tribunal en dicha sala y, como siempre hago cuando entro en ella, dirigí una mirada cómplice y agradecida a la imagen y al nombre del pedagogo más influyente del siglo XX. Le debemos mucho quienes nos dedicamos a la educación. El mundo le debe mucho.

Pero Paulo Freire no se fue del todo y para siempre, porque aquí tenemos su obra y su memoria, aquí siguen, imperecederas, sus palabras llenas de esperanza, de coraje y de sabiduría. Aquí sigue entre nosotros la pedagogía crítica que nos guía en la oscuridad de esta cultura neoliberal que envenena el pensamiento, las actitudes y los comportamientos. “Paulo Freire deja tras de sí un cuerpo de trabajo construido en el transcurso de una vida de lucha y compromiso”, dice Henry Giroux.

Cuando me llegó el correo de Francisco Gárate Vergara, coordinador de la obra a la que me referiré y alumno mío que fue en Santiago (de Chile) en un Doctorado de la Universidad de Alcalá de Henares, invitándome a escribir el prólogo de un libro conmemorativo del centenario del nacimiento de Paulo Freire, me sentí a la vez halagado y estremecido. Era un desafío emocionante. Era también un honor que no merecía, porque sé que hay muchas personas que admiran, quieren, y siguen a Paulo Freire con pasos más ágiles y firmes que los míos. Se trata de un libro coral titulado “100 cartas para Paulo Freire de quienes pretendemos enseñar”.

Era mi Prólogo número 89. Recopilé los 65 primeros en un libro titulado “Pase y lea. Prólogos para libros sobre educación”. Ahora vuelvo a repetir la invitación de manera entusiasta: Pase y lea. No se arrepentirá. Quien lea este libro va a descubrir el rostro de Paulo Freire en cada una de las 100 cartas, va a sentirle vivo de nuevo en múltiples experiencias, va a renovar la esperanza y comprobar cómo es posible luchar por la emancipación de los pueblos y de las personas. Pase y lea.

La idea de este homenaje es muy hermosa, a mi juicio. Hay que felicitar por ella al CIIEDUC (Centro de Investigación Iberoamericano en Educación), sito en Santiago y con tan altos fines.Las 10 epístolas del libro “Cartas a quien pretende enseñar” (1994) se han multiplicado por 10. Ahora son 100. Diez por diez, cien. Con otros remitentes, claro. Uno/a o varios/as por carta. Paulo Freire y solo Paulo Freire podía estar en el remite de aquellas maravillosas diez misivas, en las que nos habla de asuntos tan importantes como la lectura del mundo, la lectura de la palabra, el miedo a la dificultad, la vocación y las cualidades del docente, el primer día de clase, la identidad cultural y la educación, el contexto concreto y el contexto teórico, las relaciones entre educando y educador, el valor de la disciplina… Y aquí se ve de forma clara la influencia maravillosa de la enseñanza que libera y apasiona. De aquellas cartas nacen estos textos. Los autores y autoras de este libro, a su vez, verán multiplicados sus esfuerzos educativos por miles de alumnos y de alumnas. Es la espiral del bien, la espiral interminable de la educación liberadora. Son las sementeras de la educación que hacen posibles tan abundantes e inexorables cosechas.

Este libro es un árbol frondoso que nació y creció de las semillas de las palabras de Paulo Freire. Este libro es un hermoso ejemplo de la fertilidad de la acción liberadora. Freire pedía que no le repitiésemos sino que le recreásemos, que le reinventásemos. Y eso han hecho los autores y autoras de estas emocionantes cartas.

El título del libro “Cartas a quien pretende enseñar”, tiene mucho trasfondo. Se dirige Freire a quienes pretenden enseñar, no a los que enseñan. Porque el aprendizaje se produce no cuando alguien quiere enseñar sino cuando alguien desea aprender. La enseñanza no produce automáticamente el aprendizaje. Por eso digo que el verbo aprender, como el verbo amar, no se pueden conjugar en imperativo.

He contado alguna vez la anécdota (se non è vera, è ben trovata) de un pedagogo brasileño que va a dar una conferencia sobre enseñanza y aprendizaje a un numeroso grupo de docentes. Para sorpresa de todos comienza diciendo:

Como especialista en enseñanza, he conseguido un logro extraordinario: he enseñado a hablar a mi perro y lo tengo ahí fuera esperando. Se producen risas y miradas y gestos de escepticismo, ante los cuales el conferenciante propone lo siguiente:

Si ustedes quieren ver el perro, lo puedo hacer pasar. Está detrás de la puerta, esperando. Ahora el clima está cuajado de incredulidad y de silenciosos desafíos.

Sí, queremos verlo, dicen algunos.
El conferenciante abandona la sala y vuelve a entrar con un pequeño perro en las manos, que mira asustado y silencioso al auditorio. Lo coloca encima de la mesa de conferencias. Las miradas expectantes se clavan en la boca del perro para ver si dice algo: hola, guau, buenas tardes… Pero no dice absolutamente nada. Entonces las miradas se dirigen al conferenciante para que explique el silencio del perro. Y lo explica de forma contundente.

– Bueno, ya se lo he dicho, Yo le enseñé, pero el perro no aprendió.

Esta anécdota, que refleja la crítica contundente que Paulo Freire hace de la educación bancaria, nos pone en el verdadero camino para entender la educación como un fenómeno liberador y no como simple instrucción. Las tesis de Paulo Freire cuando nos habla de la educación como práctica de la libertad resultan imprescindibles para no perder el rumbo. No hay nada más estúpido que lanzarse con la mayor eficacia en la dirección equivocada. En las escuelas donde está presente la pedagogía crítica no se forma a los y las mejores del mundo sino a los y las mejores para el mundo.

Me ha gustado que se haya elegido para esta obra conmemorativa el género epistolar, como una réplica al que utilizó en su libro de cartas Paulo Freire. También lo utilizó en otros libros como “Cartas a Cristina”, su querida sobrina y “Cartas a Guinea-Bisau”. Alguna vez yo también lo elegí, por ejemplo en mi libro “Pasión por la escuela. Cartas a la comunidad educativa”. Un libro que fue censurado por la jerarquía católica argentina por una “Carta a un profesor homosexual”. El género epistolar tiene una larguísima tradición en la literatura. Se trata de un ingenioso recurso a través del cual se pueden expresar ideas y sentimientos. Se trata de un género que facilita la cercanía afectiva con el destinatario: te escribo a ti, te nombro, te pongo cara: querido Paulo. Continuará.

martes, 20 de abril de 2021

El ajedrez. El mejor gimnasio de la mente.

Estoy enseñando a mi hija Carla a jugar al ajedrez. En un mundo lleno de ajetreo, de prisas y de estímulos efímeros, creo que es bueno dedicar tiempos a pensar, a ejercitar la mente. Un poquito tarde para lo que yo hubiera deseado. Pero nunca es tarde para aprender.

Todo el mundo sabe que el ajedrez es un juego entre dos contrincantes en el que cada uno dispone al inicio de 16 piezas móviles (un rey, una reina, dos alfiles, dos caballos, dos torres y ocho peones) que se colocan sobre un tablero de 64 casillas o escaques. En su versión de competición está considerado un deporte, aunque tiene una dimensión social, educativa, terapéutica y lúdica.

En más de una ocasión he visto presentar en Congresos o Jornadas educativas alguna comunicación relacionada con el juego del ajedrez. La primera vez me sorprendió poderosamente que el expositor propusiese la articulación de todo el curriculum en torno a este juego tan peculiar. Había en él importantes y claras vinculaciones a la historia, a la literatura, a las matemáticas, a la geometría, a la geografía, a los idiomas, a las ciencias, al arte, a la psicomotricidad, a la música… En las sucesivas ocasiones he ido prestando más atención y he llegado a la conclusión de que se trata de una actividad con enormes potencialidades educativas.

En los cuatro años que fui Director de un Colegio en Madrid hicimos un ambicioso programa de actividades que llamábamos paralelas, no complementarias o extraescolares, como se suele decir. Porque las considerábamos de igual importancia que las curriculares. Eran más de cincuenta: musicales, literarias, deportivas, manuales, icónicas, de mesa… Entre estas últimas destacaba el ajedrez. Algunos exalumnos me han contado la importancia que tuvo este programa de actividades para el desarrollo de sus capacidades y de sus futuras aficiones.

El ajedrez no es un juego de azar, sino racional y de estrategia. No depende de la suerte sino de la habilidad, del control y de la capacidad de anticipación. Y se puede practicar desde los 3 hasta los 103 años.

Los musulmanes lo traen a España en el siglo VIII. Y se convierte inmediatamente en un instrumento para la convivencia entre musulmanes, judíos y cristianos. España añadió la figura de la reina., que es la pieza de más valor.

Este deporte, tal como se conoce actualmente, nació en Europa en el siglo XV, aunque tiene precursores en épocas anteriores y lugares diferentes. No es el momento de relatar su historia, que está llena de interesantes y sugerentes peculiaridades.

Hay torneos, hay partidas múltiples, hay partidas entre una persona y un ordenador, hay partidas sobre tablero gigante en el suelo… El mejor ajedrecista desde 2005 es un ordenador, pero no podemos olvidar que esa máquina la ha creado un ser humano.

El ajedrez no es un juego aburrido, como algunos piensan. Los niños hiperactivos se divierten mucho con él. Y se receta como terapia para niños con TDH.

No es un juego complicado. Para disfrutar del ajedrez no hace falta una inteligencia especial. Una cosa es correr y otra ser un campeón de maratón. Una cosa es jugar al ajedrez y otra ser un ganador de competiciones.

En numerosas ocasiones he oído hablar de las enriquecedoras virtualidades del juego del ajedrez. Enumeraré algunas, entre las muchas que se le atribuyen.

– Aumenta la capacidad de concentración. Es imposible practicar este juego sin un ambiente de silencio y ausencia de distractores. Es necesaria la máxima concentración en las posiciones de las piezas propias, de las del contrincante, en las estrategias que se han desarrollado y en las que hay que anticipar para defenderse o atacar… En unos tiempos en los que la atención está tan dispersa se trata de un ejercicio extraordinariamente útil para desarrollar la concentración.

Desarrolla el pensamiento matemático. Los cálculos de posiciones obligan al jugador a elaborar estrategias numéricas y movimientos precisos y calculados.

– Enseña a administrar el tiempo. El manejo del tiempo es muy importante en el ajedrez. El reloj que acompaña muchas partidas es una permanente llamada de atención a la importancia del paso inexorable del tiempo.

Enseña a ganar y a perder. El ajedrez nos permite aprender a ganar con elegancia y a perder con humildad. En la vida no siempre se gana y no siempre se pierde. Se puede aprovechar la derrota para aprender dónde se han producido los fallos y en qué han consistido los aciertos del adversario.

Desarrolla el pensamiento autocrítico. En ajedrez no influye el árbitro, ni el terreno embarrado ni el mal tiempo, ni la suerte. Se pierde por fallos propios, que se pueden analizar para aprender. El que más aprende es el que pierde.

– Ayuda a controlar el primer impulso. Nada más importante que la tranquilidad en este juego. La precipitación podría causar situaciones irreversibles que lleven a la derrota. Es necesario el control ante la necesidad de un análisis sereno.

– El ajedrez une a las personas de diferentes edades, culturas, razas y países. Es decir, genera empatía. Es emocionante ver cómo se enfrentan a ambos lados del tablero personas tan diferentes a las que unen unos propósitos y unas reglas.

– Permite desarrollar el pensamiento flexible,el pensamiento lateral. Durante la partida nos preguntamos muchas veces: ¿Y si…? Durante una partida, una sola jugada nos obliga a cambiar rápidamente

– Ejercita la memoria: ya sea la memoria a corto plazo, para recordar los movimientos que se han realizado durante la partida, o a largo plazo, para no olvidar otras partidas jugadas.

– Desarrolla el razonamiento lógico matemático: está demostrado que el razonamiento y el proceso de análisis utilizado en el juego del ajedrez es muy similar al que se usa en las matemáticas y, por tanto, su práctica puede ser beneficiosa para mejorar las aptitudes matemáticas de los alumnos.

– Mejora la capacidad de resolución de problemas y toma de decisiones: durante la partida el jugador de ajedrez se enfrenta a distintos problemas que debe resolver, analizando todas las soluciones posibles y eligiendo la más adecuada, incluso muchas veces bajo la presión del límite de tiempo para tomarlas.

– Incrementa la autoestima y el afán de superación: cada partida es un nuevo reto para el jugador, que intentará mejorar su habilidad para jugar cada vez mejor; asimismo, cada vez que gana una partida el ajedrecista aumenta su autoestima y valora su pericia en el juego. En el caso de perder contribuye a potenciar la autocrítica. En definitiva, que el alumno sepa asumir el fracaso y no se hunda, todo lo contrario, intente mejorar cada día.

– Ayuda a ejercitar la mente. Por eso se usa para prevenir enfermedades como el Alzheimer. En el Instituto Albert Einstein de Nueva York se han hecho estudios sobre esta cuestión, con resultados contundentes.

– Invita a seguir aprendiendo. Porque existen infinidad de estrategias que se pueden incorporar al acervo de las que ya se conocen.

¿Es el ajedrez un juego de hombres? Solo hay una mujer entre los 100 primeros del mundo. Uno de cada catorce jugadores es una mujer. Pero eso depende de un estereotipo. El interés es similar hasta los 14 años. Pero luego, las niñas se retiran. Se ha considerado un jugo masculino, pero solo es fruto, a mi juicio, de un estereotipo social.

Este artículo es una invitación a que las familias y las escuelas se interesen, promuevan y cultiven este juego, que es el mejor gimnasio de la mente. Y a que cada uno de nosotros hagamos ejercicio con frecuencia y fruición.

Permitidme cerrar con una ingeniosa idea que he leído no sé donde. Y no hace mucho, por cierto. El mejor ajedrecista de la historia fue Moisés, porque hizo tablas con Dios en el monte Sinaí.