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sábado, 12 de septiembre de 2026

Mao, la modernización y el «Viejo tonto»

Fuentes: Rebelión


El 9 de septiembre de 1976, hace ahora cincuenta años, moría Mao Zedong. Su muerte cerraba una etapa decisiva de la historia contemporánea de China, pero no clausuraba su influencia. Medio siglo después, Mao continúa presente en la memoria política y simbólica del país, aunque la China actual sea, en muchos aspectos, profundamente diferente de aquella que él gobernó. Una de las razones de esta persistencia es que, más allá de las enormes contradicciones y tragedias del maoísmo, en su pensamiento político ya estaba presente una determinada concepción de la transformación de China: la modernización como una tarea histórica de largo aliento, que exigía una voluntad colectiva capaz de afrontar obstáculos aparentemente insuperables.

Hay una parábola que permite aproximarse a esa idea con particular nitidez: la del Viejo tonto que mueve las montañas (Yugong yishan), procedente de la tradición clásica china. Según el relato, un anciano decide retirar dos enormes montañas que dificultan el paso delante de su casa. Ante las burlas de quienes consideran absurda la empresa, responde que, aunque él no consiga terminarla, continuarán sus hijos, sus nietos y las generaciones posteriores. La montaña, por tanto, acabará desapareciendo.

Mao recuperó esta parábola en momentos decisivos. En 1945, poco antes de la victoria comunista, la utilizó para expresar una idea que trascendería el contexto revolucionario inmediato: las grandes transformaciones históricas exigen perseverancia, organización y confianza en la capacidad humana para modificar una realidad aparentemente inmóvil. No era solamente una metáfora sobre la revolución. Era también una determinada filosofía de la acción histórica.

Aquí podemos encontrar una de las conexiones más sugerentes con la modernización china posterior. La China que emerge de la revolución de 1949 heredaba un país extraordinariamente atrasado, fragmentado y debilitado tras décadas de guerras, intervención extranjera y convulsión política. La recuperación de la soberanía era inseparable de la recuperación de la capacidad para transformar el país. Modernizar China no podía ser, desde aquella perspectiva, una operación limitada a la economía pues implicaba reconstruir el Estado, transformar la sociedad, elevar la educación, desarrollar la ciencia y la industria y recuperar una posición internacional acorde con su dimensión histórica.

El problema es que la voluntad transformadora del maoísmo acabó errando en varias ocasiones. El Gran Salto Adelante constituye probablemente el ejemplo más dramático. La convicción de que la voluntad política podía superar los límites económicos y materiales condujo a una movilización cuyos costes humanos y económicos fueron enormes. La Revolución Cultural llevó todavía más lejos esa lógica al considerar que la propia sociedad podía ser remodelada mediante una movilización ideológica permanente, incluso contra las instituciones, el conocimiento especializado y buena parte de la propia tradición cultural china.

La paradoja es significativa. La misma cultura política que podía proporcionar una extraordinaria capacidad de perseverancia podía alimentar también una peligrosa confianza en la omnipotencia de la voluntad política. El Viejo tonto podía representar la paciencia de las generaciones, pero también podía ser interpretado como una invitación a ignorar los límites de la realidad.

Después de la muerte de Mao, la modernización china experimentaría una profunda rectificación. Deng Xiaoping no abandonó la idea de la transformación del país, pero modificó radicalmente sus instrumentos. La prioridad pasó de la lucha de clases al desarrollo económico; de la movilización ideológica a la experimentación; de la ruptura con la tradición a la recuperación de elementos útiles del pasado; y de la voluntad de transformar inmediatamente la sociedad a la construcción gradual de las capacidades materiales necesarias para hacerlo.

En cierto sentido, el Viejo tonto regresaba, pero con una lectura diferente. La montaña ya no tenía necesariamente que ser derribada de una vez: podía ser rodeada, perforada, atravesada o removida poco a poco. La modernización china posterior a 1978 fue, en buena medida, un aprendizaje sobre cómo convertir la voluntad transformadora en un proceso más pragmático, experimental y acumulativo.

Esto ayuda también a comprender la continuidad existente entre etapas políticas que a veces se presentan como radicalmente contrapuestas. Mao, Deng y Xi representan modelos muy diferentes de ejercicio del poder y distintas fases de la modernización, pero comparten la convicción de que China debe recuperar, mediante una acción deliberada y sostenida, su capacidad de desarrollo y su posición en el mundo. La diferencia fundamental reside, en buena medida, en la respuesta a una misma pregunta: ¿Cómo se mueve la montaña?

El denguismo confió especialmente en el crecimiento, la apertura y la experimentación. A partir de los años noventa, la integración económica internacional se convirtió en una poderosa palanca de transformación. Con Xi Jinping reaparece con fuerza la dimensión estratégica y nacional de la modernización. La innovación tecnológica, la seguridad económica, la reducción de las vulnerabilidades externas, la revitalización rural, la prosperidad común o la construcción de un país fuerte forman parte de un proyecto que vuelve a subrayar la necesidad de una dirección política capaz de mantener el rumbo durante décadas.

Por eso resulta interesante contemplar los cincuenta años de la muerte de Mao no simplemente como una efeméride sobre el pasado, sino como una ocasión para preguntarnos qué permanece de aquella concepción de la transformación. La China tecnológica de las inteligencias artificiales, los vehículos eléctricos, los trenes de alta velocidad o la exploración espacial parece muy alejada del país rural y empobrecido de 1949. Y, sin embargo, detrás de esa extraordinaria transformación existe una cultura política que concede enorme importancia a la planificación, a la continuidad histórica, a la movilización de recursos y a la capacidad de perseguir objetivos durante largos periodos.

También existen, naturalmente, importantes zozobras. La historia china del último siglo demuestra que la voluntad de modernizar puede producir avances extraordinarios, pero también costes inmensos cuando carece de contrapesos, de información fiable o de capacidad para corregir los errores. Esa es quizá una de las grandes lecciones que separan la experiencia maoísta de la posterior pues no basta con saber adónde se quiere llegar; hay que saber medir el camino, reconocer los obstáculos y rectificar cuando sea necesario.

El Viejo tonto, finalmente, no es tanto el símbolo de un hombre que consigue mover una montaña como el de una sociedad que acepta que determinadas empresas históricas no se completan en una sola generación. La modernización china puede leerse así como una sucesión de generaciones que reciben una tarea, la modifican, la corrigen y la transmiten a la siguiente.

La revolución liderada por Mao pretendía cambiar China en una generación; la modernización descubrió que cambiar China era, en realidad, una tarea de generaciones. Y la parábola del Viejo tonto, mucho más antigua que el maoísmo, continúa ofreciendo una imagen poderosa de esa larga marcha que no aporta la certeza de que la montaña desaparecerá mañana, sino la convicción de que merece la pena empezar a moverla hoy.

Mao aporta muy tempranamente la idea de la transformación como empresa histórica intergeneracional, pero el maoísmo incurre en la tentación de acelerar artificialmente ese proceso; Deng introduce la paciencia, la experimentación y el pragmatismo, mientras que Xi recupera una visión más estratégica y deliberada de la modernización. 

Xulio Ríos acaba de publicar  China, la modernización permanente (Txalaparta, 2026)

lunes, 14 de agosto de 2017

Cómo el Partido Comunista logró encaminar a China hacia el éxito.


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Sebastian Heilmann, de 51 años, es el presidente fundador del  Instituto Mercator de Estudios sobre China (Merics) en Berlín y también es profesor de la Universidad de Tréveris. Cuenta con varias publicaciones sobre la política tecnológica e industrial de China, la estructura del Partido Comunista Chino y la forma en que China refleja en la actualidad la historia del partido, que se forjó como una organización revolucionaria en regiones remotas y dispersas del país.

Una de las principales obras de Heilmann es una  guía completa sobre el gobierno de Chinaque se actualizó y tradujo al inglés con el título China’s Political System. Se trata de un amplio análisis de la operación del sistema, su manera de guiar la economía, prestar servicios al pueblo y formular nuevas políticas. La versión en línea del libro se actualizará cada dos o tres meses, para que los lectores estén al tanto de la creación de agencias o campañas de gobierno.

En una entrevista, Heilmann habló acerca de las fortalezas del sistema político de China, que no han sido apreciadas en profundidad, y comentó que quizá durante el mandato del presidente Xi Jinping ese sistema ha abandonado la actitud de apertura a la experimentación que le ayudó a tener éxito en décadas recientes.

Un aspecto notable de su libro son los casos de estudio que presenta, pues muestran cómo funcionan diferentes ministerios y comisiones.

Queríamos mostrar cómo se resuelven los problemas, o lo que se conoce como provisión de bienes públicos. Por ejemplo, ¿cómo se crea exactamente un sistema rural de servicios de salud? ¿Cómo se garantiza la seguridad de los alimentos? Son problemas que enfrentan todos los gobiernos del mundo. No se concentra en la ideología, sino en el funcionamiento real del sistema.

Otra característica inusual que intentamos explicar es cómo funciona el sistema de cuadros dirigentes (funcionarios del partido). En Occidente, las políticas se establecen a través de leyes y los funcionarios de gobierno se encargan de su aplicación. En China, las políticas se aplican a través de los cuadros dirigentes. Reciben objetivos y parámetros claros para cumplir con ciertas tareas y después los envían a realizarlas. Los grandes cambios de políticas e iniciativas impuestas por la élite se manejan a través de este sistema, no mediante leyes.

¿Por ejemplo?
La campaña de Xi Jinping contra la corrupción. El Partido Comunista tiene desplegada y movilizada una burocracia disciplinaria paralela que cuenta con amplias facultades para actuar e investigar. Sin embargo, esta burocracia no tiene una base legal clara. Los documentos del partido y las directivas internas dictan sus operaciones.

Una pregunta clave es en qué medida puede atribuirse el éxito de China a este sistema político. ¿Cuál es su hipótesis?

Hay muchos elementos importantes. El primero es que el partido es muy exitoso al fijarse metas políticas a largo plazo, como la modernización industrial o tecnológica, o la planeación de infraestructura. Como dejó claro Deng Xiaoping en la década de 1980, ellos pueden concentrar recursos en áreas prioritarias. Considero que es una fortaleza de su fase inicial de desarrollo, digamos desde la década de 1980 hasta mediados de la década de los 2000.

Otro elemento crucial es la experimentación. En Occidente ignoramos este aspecto, la inesperada flexibilidad que puede mostrar el sistema profundamente burocrático de China. Esta flexibilidad es evidente en su capacidad de establecer proyectos piloto en zonas económicas especiales, en pruebas locales, como en el caso de la reforma de la vivienda o la quiebra de empresas estatales. Muchas veces se probaron medidas difíciles en proyectos piloto de varios años antes de promulgar leyes de aplicación nacional.

En su libro también se muestra cómo esta flexibilidad surgió de la experiencia revolucionaria del Partido Comunista.

Es un punto muy importante porque debemos preguntarnos cómo logró un sistema burocrático socialista tener este tipo de adaptabilidad que no se veía en Europa oriental. Eso fue posible por las experiencias históricas específicas de este partido en las décadas de 1930 y 1940, antes de llegar al poder. Controlaba distritos muy esparcidos y no contiguos. Así que cuando quería intentar algo como la reforma de la tierra, lo hacía de forma experimental y descentralizada. Se trata de una diferencia fundamental con respecto a la Unión Soviética.

Esta disposición a experimentar también fue una característica distintiva de los periodos de Deng Xiaoping y Jiang Zemin.

Así es pero se frenó con Xi Jinping y su idea de “diseño de alto nivel” porque se tenía la impresión de que esos experimentos descentralizados contribuían a que se generara corrupción y falta de disciplina. Así que ahora el centro de poder debe autorizar todas las iniciativas. Esta decisión ha eliminado gran parte de la energía del sistema político chino.

Se argumentó que las reformas debían aplicarse en secuencia, por lo que debían coordinarse. Pero el efecto ha sido que muy poco ha cambiado desde 2013 (cuando Xi se convirtió en presidente) en términos de resolución de problemas desde la raíz. Si decides basarte en jerarquía y disciplina, se elimina la posibilidad de tomar riesgos y experimentar en los niveles más bajos. A la gente le da miedo intentar algo nuevo.

Es irónico que apenas ahora algunos países observen a China como modelo. ¿En realidad puede ser un modelo?

Durante mucho tiempo, mi respuesta habría sido que no. Pero ahora muchos países sufren para saber cómo solucionar problemas básicos urgentes como mantener la seguridad interna, construir infraestructura física y crear empleos. Estos elementos constituyen el fundamento de los movimientos populistas en todo el mundo. China es un punto de orientación. No puede replicarse porque esos países no tienen un partido comunista con las características e historia particular de China.

Sin embargo, en lo que se refiere a considerar soluciones intolerantes e impuestas por el Estado, China se cita con frecuencia como ejemplo de un gobierno autoritario que puede resolver sus problemas de manera diferente. Así que la experiencia china siempre plantea interrogantes al mundo cuando se pregunta si el modelo occidental es el mejor.

Hacia el final del libro presenta varias hipótesis sobre el rumbo que puede seguir China en su desarrollo, y le pregunta a los expertos de Merics cuál opción prefieren. La mayoría escoge la primera situación: “un partido centralizado y disciplinado, y un Estado de seguridad (el sistema Xi Jinping)”. Usted no está tan seguro, pues argumenta que existen mayores riesgos de los que perciben las personas.

No estoy seguro de que el partido pueda lograr todo lo que pretende. Ha intentado mantener controlados todos los retos de la sociedad, pero dudo que pueda funcionar a largo plazo. En la sociedad existen diferentes estilos de vida y fuerzas. No estoy seguro de que puedan unificarse. Soy muy escéptico.

Tampoco hay que olvidar que los sistemas jerárquicos pueden sufrir descalabros. Si Xi Jinping tuviera una enfermedad grave, ¿qué le sucedería al sistema político? El sistema está diseñado a su medida. Si surgieran conflictos militares, ¿cómo reaccionarían las fuerzas nacionalistas de la sociedad?

Este sistema se construyó para lograr expansión, en especial económica, por lo que es muy difícil justificar cualquier contratiempo. Es más sencillo en los sistemas occidentales porque es posible cambiar de gobierno. Pero China no tiene esa opción, así que hay muchas probabilidades de que surjan diversos problemas.

https://www.nytimes.com/es/2017/06/06/como-fue-que-el-partido-comunista-logro-encaminar-a-china-hacia-el-exito/?smid=fb-espanol&smtyp=cur

“China, aunque suene fuerte, es de los países mejor gobernados del mundo” ver aquí.