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domingo, 14 de mayo de 2023

La responsabilidad de votar

No comparto, aunque respeto, la postura de quienes se muestran tan defraudados por los políticos que deciden no acudir a las urnas bajo el pretexto de que todos son malos y de que todos son iguales. O de este otro argumento: los políticos de antaño eran magníficos, pero los de ahora son impresentables. Da igual elegir que no elegir porque el desastre está asegurado. Pienso que no es verdad ni una cosa (ahora todos son malos) ni la otra (ahora todos son iguales). No ir a votar supone dejar en manos del azar o de los dioses o de no se sabe quién el futuro del país. No ir a votar supone una declaración explícita de que es mejor que alguien gobierne sin elecciones, es decir, que gobierne un dictador. Votar, por consiguiente, es un deber democrático. No el único, ciertamente. Entre votación y votación no dejamos de ser ciudadanos y ciudadanas, con derechos y deberes.

Respeto menos la actitud de quienes por pereza, dejadez, comodidad o desinterés, ni se molestan en saber quiénes se presentan, con qué programas, con qué ideología, con qué promesas electorales. Sencillamente, me parecen irresponsables. No solo no votan sino que se desentienden de cualquier exigencia ciudadana. Eluden el deber democrático de votar y se declaran apolíticos.
Es curiosa y significativa la actitud de los políticos cuando entran en campaña electoral porque es la etapa en la que manifiestan claramente quién es el que manda en una democracia. Mientras dura la campaña se acercan a la ciudadanía, la escuchan, la adulan. Bajan de las alturas a pie de calle para explicar, para preguntar, para prometer, para dialogar. Porque su futuro depende de los votantes y de las votantes. El problema es que una vez finalizadas las elecciones ese vínculo se debilita o se rompe.

Es deber de los ciudadanos y las ciudadanas escuchar, analizar, solicitar, exigir y acudir a las urnas. Es un deber mirar hacia atrás y escudriñar si todo lo que se prometió en anteriores elecciones se ha cumplido o se ha dejado de cumplir y por qué.

Algunos periodistas intensifican su campaña permanente añadiendo una dosis mayor de virulencia. El grado de parcialidad de algunos es tan exagerado, tan agresivo, tan visceral que convierten cada palabra en un insulto y en un desprecio a los políticos que no piensan como ellos y, en consecuencia, a todos aquellos que los votan. También aquí diré que no todos los periodistas son malos ni todos son iguales.

Me voy a referir a dos que me parece que encarnan la antítesis de la racionalidad y de la ética. Y voy a decir sus nombres. Me refiero a Carlos Herrera, de la COPE, y a Federico Jiménez Losantos de Es radio. El nivel de las descalificaciones, de los insultos, de los juicios de valor, de las actitudes despectivas, de las bromas crueles, sobrepasa las líneas básicas del respeto. Sus adversarios (de izquierdas, claro) son la encarnación del mal. Criticar es discernir, no es demoler. Analizar es argumentar no insultar. Libertad de expresión no es libertad de agresión. ¿Cómo se creen que se sienten los votantes de quienes tanto desprecian y a quienes tanto insultan?

No me gusta que en la campaña electoral se introduzcan altos niveles de descalificación del adversario. Parece que el núcleo de la argumentación está más en la destrucción del argumentario de los otros, que en la defensa rigurosa del propio. Qué decir de ese afán malsano de buscar y sacar en época de campaña todos los trapos sucios del contrincante. Como si la suciedad solo se encontrase debajo de unas siglas. No se dan cuenta del daño que se hacen a sí mismos cuando tratan de mostrar lo despreciables que son los otros. Por eso me gustan más los debates que los mítines. Me gusta más la argumentación serena que los insultos, los gritos y las descalificaciones.

En el libro “Aristóteles y armadillo llegan a la capital”, cuyos autores son los filósofos estadounidenses Daniel Klein y Thomas McCachcart y cuyo subtítulo es “Cómo analizar las mentiras de los políticos con humor”, aparecen unos políticos dialogando sobre el discurso que se va a pronunciar en un mitin. Uno de ellos dice a los colegas: El discurso para el mitin ha quedado muy bien, solamente hay dos ideas que no han quedado suficientemente confusas.

Hay una acusación que siempre me ha resultado pintoresca. Cualquier iniciativa que se plantee en plena campaña merece una inmediata descalificación:

Es una medida electoralista.
Pero, caramba, también esa crítica es electoralista. ¿Hay que dejar de hacer algo que es necesario, oportuno, y conveniente hacer por temor al etiquetado? Pues resulta que no hacer nada también sería electoralista, en el sentido inverso.

Lo que no me parece de recibo es llenar la campaña de promesas falaces, a sabiendas de que lo son. Porque se puede prometer algo sinceramente y después no cumplirlo porque las circunstancias son otras. Pero entonces hay que explicar el porqué del cambio, el por qué de la imposibilidad. He contado alguna vez la historia de un político que muere y llega al otro mundo preguntando por la normativa que existe sobre el destino definitivo. Le dicen que es necesario pasar veinticuatro horas en el cielo y otras veinticuatro en el infierno. Y, después, con sumo cuidado, ya que no existe la posibilidad de cambiar la decisión, es preciso elegir dónde se desea pasar la eternidad.

Deciden comenzar por el infierno. Cuando le abren las puertas del infierno se encuentra a otros políticos de su partido paseando en un clima estupendo y en un camino hermoso. Tienen rostros juveniles y sonrientes, visten trajes elegantes y conversan de manera animada. Camina sin rumbo y encuentra un campo de golf de verde resplandeciente y se entretiene en jugar unos hoyos con otras personas que juegan sin ninguna prisa.

Cuando pregunta dónde se puede comer algo, le dicen que hay un restaurante llamado El Tridente en el que la carta es extraordinaria y completamente gratuita. Se acerca al restaurante y pide caviar, langosta, vinos de marcas exquisitas. Comparte la comida con un alegre grupo de hermosas y elegantes mujeres.

Los altavoces anuncian que en breves momentos comenzarán los bailes y las fiestas. Todos están invitados. No puede estar más feliz. Pasan las horas velozmente. Y, cuando casi se ha olvidado de por qué está allí, le llega un aviso recordándole que ha finalizado su tiempo de estancia en el infierno.

– ¿Qué tengo que hacer ahora?, pregunta.

– Tiene que pasar veinticuatro horas en el cielo, le dicen.

Abren las puertas del cielo y ve unas nubes blancas de diferentes tamaños, le dan un arpa y le informan de que puede pasar de una nube a otra libremente. No hay nadie y nadie vendrá. Él comenta que no sabe tocar el arpa. Tiene que estar solo. Dice que es suficiente, que ya ha decidido. Pero informan de que no es posible abreviar la estancia. El tiempo se le hace interminable y aburrido.

Llega el momento de decidir dónde quiere pasar la eternidad. Dice que no tiene dudas. Quiere ir al infierno. Le advierten una vez más que no puede cambiar la decisión. Lo tiene más que claro. La diferencia ha sido enorme. Si no se puede cambiar, mejor.

Entra de nuevo en el infierno, pero ahora todo es diferente. Los políticos de su partido siguen allí, están vestidos con harapos y buscan comida en la basura. Sus rostros son decrépitos. El clima es asfixiante, el olor fétido e insoportable. Camina en busca del campo del golf para olvidar la pésima impresión, pero está calcinado. Cuando pregunta por el restaurante y la comida le dicen que tiene que buscar en la basura como están haciendo sus compañeros.

Entonces decide cambiar la decisión. Prefiere ir al cielo porque, aunque aburrido, al menos es soportable. Le recuerdan que no es posible. Entonces, irritado, pide elevar una queja enérgica. Le han engañado miserablemente para toda la eternidad. Le aconsejen que vaya a presentar esa queja a las oficinas del infierno.

Ayer pasé aquí veinticuatro horas maravillosas pero hoy, después de elegir pasar aquí toda la eternidad, he visto que todo ha cambiado. ¿Qué ha sucedido? – Muy sencillo, señor. Ayer estábamos en campaña electoral.

Hasta aquí la historia y la evidente conclusión. No se debe prometer hacer un puente en un pueblo en el que no existe un río. No puede ser la campaña una competición para ver quién da más.

Los ciudadanos tenemos que ser exigentes. Para ello tenemos que saber pensar y tenemos que trabajar para convivir en una sociedad justa. Hace unos años Philippe Perrenoud escribió un breve y contundente artículo titulado “La escuela no sirve para nada”. En él dice que puede un político despreciar al pueblo y ser votado masivamente en las siguientes elecciones. Se pregunta el autor: ¿Para qué les sirvió a esos votantes la escuela? ¿Qué aprendieron en ella? ¿Les enseñó a pensar? ¿Les enseñó a convivir en una sociedad cada vez más justa? Inquietantes preguntas.

sábado, 23 de mayo de 2015

Contra el abstencionismo: la disputa electoral en España

Si bien el sentido de la abstención cambia según los contextos históricos, en la situación española actual el llamado a no votar constituye una estrategia política cuando menos dudosa. Es cierto que hay momentos en que la importancia del acto electoral puede minimizarse: 1) en una coyuntura en la que una fuerza política tiene asegurada la mayoría absoluta en las instituciones estatales; 2) en un sistema político en el que algunos partidos están proscriptos; 3) en un sistema político dominado por el bipartidismo que plantea continuidades políticas con independencia a quien gobierne, 4) en un contexto donde la derecha no tiene posibilidades de gobernar con mayoría absoluta o incluso 5) en un contexto en el que ninguna de las fuerzas políticas encarna una alternativa de cambio real. Podrían reconstruirse otras situaciones en las que el sentido del voto ya está predefinido y que, razonablemente, no tiene fuerza disruptiva.

Sin embargo, ninguna de esas coyunturas políticas se plantea en el presente. Por el contrario, en la medida en que el electorado de izquierdas se movilice, la posibilidad de fragmentación parlamentaria es más real que nunca. A diferencia de otros períodos electorales, se plantea un ensanchamiento inédito de opciones políticas de izquierdas, que erosiona una composición parlamentaria atravesada por el bipartidismo. Que dicha composición haya permitido el despliegue de políticas de estado regresivas (como ha ocurrido con el cambio constitucional express para la reducción del déficit o la reforma del código penal) es un indicio del trasfondo común que comparten PP y PSOE en asuntos fundamentales, incluso si eso no niega algunas diferencias políticas reales.

Ante esta situación, el llamado a la abstención se desentiende de las correlaciones de fuerza entre diferentes partidos políticos en las instituciones estatales y con ello, permite una infra-representación de fuerzas parlamentarias como IU o Podemos (aun cuando tales fuerzas no necesariamente se ajusten de forma satisfactoria a nuestras expectativas). Para invertir el ángulo: permite la consolidación de una probable alianza entre partidos como Ciudadanos y Partido Popular.

No es sólo que estemos frente a un gobierno nefasto que nos atrapa como moscas en una telaraña política que enlaza corrupción y saqueo, salvataje privado y hundimiento colectivo. No es sólo que la mayoría automática del partido de gobierno haya dado vía libre a un recetario neoconservador que ha arrasado conquistas históricas tan valiosas como irrenunciables, facilitada por un blindaje jurídico crecientemente dictatorial. Lo específico de la coyuntura política actual es que hay una oportunidad histórica de desestructurar un sistema político basado en la lógica de los grandes partidos y reconfigurar las relaciones de poder de una estructura parlamentaria anquilosada.

El recuento de los estragos perpetrados por el partido popular de forma deliberada y coherente en los últimos años es extenso: la política de recortes en sanidad, educación, servicios públicos y prestaciones sociales; la política de rescate a la banca privada sin contraprestaciones ligadas a la recuperación del crédito para familias y PYMES; la política de sobre-endeudamiento del estado, a pesar de la tendencia a privatizar empresas públicas (con el pretexto de reducir gastos y obtener liquidez); la política tributaria de amnistía a los evasores y de manifiesta regresividad de su estructura (gravando más las rentas de trabajo que las rentas de capital); la política de precarización del empleo y consolidación de mercados laborales asediados por la temporalidad, la pauperización de las condiciones de trabajo, la caída salarial, la pérdida de derechos laborales, la institucionalización de la “flexo-explotación” y el mantenimiento de una elevada tasa de desempleo; la política de tolerancia ante la economía sumergida, el fraude y los paraísos fiscales; la política armamentística expansiva, que sigue comerciando armas con gobiernos que incumplen los derechos humanos más básicos; la política energética orientada a la protección de los intereses de las grandes corporaciones privadas del sector, en perjuicio del uso de energías renovables y de una reducción tarifaria generalizada; la política jurídica orientada a la conversión de la protesta social en delito y a la consolidación de un sistema judicial clasista y plagado de prerrogativas; la política de represión de la protesta social y la persecución policial de las ensanchadas categorías de “sospechosos” (comenzando por inmigrantes en situación irregular y personas “sin techo”); la política de desahucios que además de vulnerar el derecho a la vivienda sigue perpetuando una relación abusiva entre la banca y la ciudadanía hipotecada; la política cultural orientada a reestablecer una cultura autoritaria, tradicionalista, homofóbica y sexista; la política de medios marcada por la censura y el control ideológico, degradando un servicio público a mero instrumento propagandístico; la política de control de fronteras marcada por la denegación de derechos humanos fundamentales a los damnificados y por las expulsiones en caliente reconvertidas legalmente en “rechazo en frontera”; la política migratoria que no sólo ha restringido el acceso y permanencia legal de personas extranjeras sino que ha forzado la emigración de cientos de miles de personas (especialmente jóvenes profesionales) por falta de oportunidades laborales; la política de asilo que, además de perpetuar las graves restricciones a la concesión real de asilo, vulnera el acceso efectivo al derecho a solicitarlo; la política de desfinanciación de la investigación pública y el asedio al sistema público de enseñanza en vistas a su reconversión en un sistema de reparto jerárquico de cualificaciones profesionales (según pertenencias de clase), por mencionar algunas.

La enumeración de estas políticas (claramente identificadas con un horizonte político neoconservador) podría ampliarse bajo la forma de análisis sectoriales. Dista de ser exhaustiva, pero permite dimensionar el alcance de unas decisiones gubernamentales que nos afectan de forma cotidiana. Como «instantáneas del cinismo» oficial no cesan de proliferar: la mentada “recuperación económica”, tras índices macroeconómicos positivos, apenas disimula el pésimo cuadro de una España asediada por la pobreza, la desigualdad, la corrupción, el desempleo, la precariedad laboral y, en general, la restricción tendencial de oportunidades económicas, culturales y políticas.

Para resumir: la vida social ha sido reconfigurada de forma notoria a partir del omnicomprehensivo discurso de la crisis. Mantenerse al margen es ilusorio: en tanto transformación de nuestras condiciones de existencia, semejantes decisiones nos afectan de forma directa e indirecta, ante todo, como restricciones materiales en el acceso a derechos sociales, económicos, políticos y culturales que sostienen la posibilidad del bienestar colectivo. Dicho de otro modo: no sólo es imposible estar fuera de la telaraña política, sino que esa telaraña nos enreda de forma creciente, mediante la asfixia cada vez más severa de nuestras vidas.

Que estemos intentando crear un “afuera” (una exterioridad política) y persistamos en la construcción de proyectos sociales autónomos, no niega esta premisa: nadie está fuera en una sociedad del control. La desconfianza al estado actual (e incluso a cualquier forma de estado, a la «estatalidad» como estructura de gubernamentabilidad e institución política central en la modernidad) no es impedimento para que ese estado irrumpa, bajo la forma de políticas gubernamentales concretas, en la vida social en su conjunto. Vincularse de formas diferenciadas con esas políticas, incluyendo la resistencia activa a sus efectos más perniciosos o el intento de limitar su campo de intervención, no niega en lo más mínimo su presencia material en nuestra cotidianeidad. Siempre ya somos objetos de las decisiones y prácticas gubernamentales: pedir que el estado “nos deje en paz” es, precisamente, la imposibilidad de la política actual. Descreamos o no, seamos libertarios, comunistas, feministas, altermundistas, insurreccionalistas, pacifistas o lo que fuere, los efectos de esas políticas son visibles y algunos inclusive irrumpen de forma brutal, bajo la forma nada metafórica de un policía antidisturbios, una citación judicial o un embargo.

Aunque el sistema político vigente suscite dudas legítimas e incluso una distancia irreductible, la abstención no parece ser una buena estrategia para sacarnos de la telaraña. Como moscas atrapadas, no es posible cortar lo que nos asfixia si no logramos subvertir las decisiones políticas que siguen enredándonos. Si un parlamento con mayoría absoluta de la derecha amenaza con profundizar en las políticas precedentes, un parlamento fragmentado permite limitar el alcance de semejantes políticas e incluso revertirlas en cierta medida. Dicho de otra forma: podría producir un movimiento forzado hacia la negociación política que, objetivamente, limita el poder de decisión de estas fuerzas neoconservadoras.

En suma, la exclusión del sistema político de partidos y de las instituciones estatales como campos estratégicos de lucha constituye una renuncia política que favorece la reproducción sistémica. Contra la idea de que votar es “hacerle el juego” al sistema, cabe afirmar que el “juego del sistema” es que cada vez la ciudadanía se implique menos en las prácticas políticas, incluyendo el acto de votar. ¿No es el abstencionismo, en estas condiciones, funcional a ese juego sistémico que consiste en blindarse contra aquellos jugadores que quieren cambiar las reglas de juego (incluyendo la de una ley electoral claramente injusta)? El abstencionismo da vía libre a las políticas gubernamentales en curso. Sostener que es indiferente quien gobierne es, sin más, un acto de ceguera. Facilita que sigan jugando con nosotros.

Si las luchas institucionales constituyen un momento específico de luchas político-sociales más vastas, no participar en ellas facilita –a menudo, de forma involuntaria- que una derecha retrógrada siga extendiendo su telaraña. Queda por averiguar si seremos capaces de desenredarnos.

Arturo Borra