sábado, 17 de marzo de 2012

La urgencia del multilateralismo democrático

Hay que refundar las instituciones de gobernanza global y evitar que en ellas haya derecho de veto
En este mismo periódico, (El País) el 29 de febrero, un editorial se titulaba así: Siria, sin solución. El régimen de El Asad acentúa la represión ante una comunidad internacional impotente. Ante la complejidad del conflicto —problemas intrarreligiosos incluidos— y la inoperancia de los "occidentales" la Liga Árabe y la ONU han designado al ex secretario general Kofi Annan como enviado especial a Siria. Pero la eficacia de esta excelente designación queda limitada por carecer de la indispensable unanimidad, ya que Rusia y China no confían en el potencial resultado de desbancar a El Asad en favor de un variopinto Ejército Libre.
Sí, lo más inmediato es abordar eficazmente la cruenta situación siria. Sería necesario, como ya he indicado en algunas ocasiones, convocar una reunión extraordinaria y urgente de la Asamblea General de las Naciones Unidas para designar unánimemente a un representante como único interlocutor para detener, con la autoridad que le conferiría ser portavoz del mundo entero, la inmensa sangría y adoptar las medidas subsiguientes para la normalización de la situación, con un sistema de auténticas libertades públicas.
Y lo mismo para cuestiones de similar naturaleza y emergencia, tales como Somalia, Irán, Libia…
De forma similar, todas las instituciones multilaterales eliminarían —como la unanimidad en el caso de la Unión Europea— las prácticas antidemocráticas.
El multilateralismo es especialmente apremiante, porque la globalización ha favorecido exclusivamente al 20% de la humanidad, a los que vivimos en el barrio próspero de la aldea global. El 80% restante, en un gradiente progresivo de precariedades, vive en condiciones tan desfavorables que —no me canso de repetirlo, porque constituye un auténtico problema de conciencia— más de 60.000 personas mueren diariamente de hambre, en un genocidio de desamparo y olvido. El G-6, G-7, G-8, … los grupos plutocráticos que el neoliberalismo puso en práctica en los años 80, al tiempo que marginaba al sistema de Naciones Unidas, han resultado, como era de esperar, un fracaso cuyo impacto todavía desconocemos en su totalidad.
En 1998, se inició el G-20 para hacer frente a la crisis asiática, reduciéndose a un foro de ministros de economía. Reformado, aparece de la mano del presidente George Bush en noviembre de 2008, ya elegido el Presidente Barack Obama, para remediar el naufragio de grandes instituciones financieras de los Estados Unidos. Lo que ha quedado claro desde entonces es que el G-20 carece no solo de representatividad —únicamente agrupa a países ricos— sino que ha resultado completamente incompetente en la regulación de las finanzas y en la eliminación de los paraísos fiscales, ambas acciones prometidas solemnemente cuando se solicitaban colosales cifras de rescate para los bancos en zozobra. El FMI, el Foro de Estabilidad Financiera, el Comité de Seguridad Bancaria de Basilea… rinden cuentas al G-20, según se decidió en la Cumbre de Pittsburgh. Carente de un secretariado permanente y de las estructuras necesarias y sometido, de hecho, al servicio de los países más poderosos, el G-20 no ha podido superar con éxito los grandes desafíos que enfrentaba...
Está claro que la situación actual requiere una rápida clarificación conceptual y estructural. Sería ahora oportuno proclamar una Declaración Universal de la Democracia, único contexto en el que podrían ponerse plenamente en práctica los Derechos Humanos
Solo de esta manera podrán realizarse las grandes transiciones pendientes: de una economía de especulación, deslocalización y guerra a una economía de desarrollo global sostenible. De una cultura de imposición, dominio y violencia, a una cultura de encuentro, diálogo, conciliación, alianza y paz. Federico Mayor Zaragoza es presidente de la Fundación Cultura de Paz, en El País.

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