viernes, 23 de enero de 2026

Éric Vuillard, escritor: “El discurso contra la inmigración lo impulsan quienes tienen una idea favorable de la Conquista”

El autor francés, recién galardonado con el Premio Ernst Bloch, reflexiona sobre las formas de explotación del capitalismo y el papel político de la escritura: “La literatura se vuelve cortesana si olvida el mundo en el que vive” 



Cuando en 2017 ganó el Premio Goncourt con El orden del día, Éric Vuillard (Lyon, 1968) se convirtió en uno de los principales escritores europeos. A mediados de noviembre pasó por Madrid, pocos días antes de recibir un galardón en la ciudad alemana de Ludwigshafen: el Premio Ernst Bloch, concedido a “una obra científica o literaria destacada por una actitud filosófica significativa para realizar un examen crítico del presente”. 

Su último libro traducido al español es Conquistadores y en enero llegará a las librerías francesas Les orphelins. Une histoire de Billy the Kid (Los huérfanos. Una historia de Billy el Niño). Es otra vuelta de tuerca a un proyecto literario y político que, centrado en episodios concretos de la historia (desde la conquista española de Perú hasta el nazismo o la guerra de Indochina), reflexiona sobre la realidad social, las formas de dominación y los estallidos revolucionarios

Pregunta. Sus libros pueden leerse como una contrahistoria del relato occidental y dominante sobre el mundo contemporáneo. ¿Cómo y cuándo concibió ese proyecto?

Progresivamente. Alrededor de 2008 escribí, casi como un juego y a la vez, las primeras versiones de Conquistadores y La batalla de Occidente, que guardé en un cajón durante dos años. Un amigo me animó a publicarlos. Entonces los releí y pensé que valía la pena que lo evaluaran los lectores. Y luego ya vinieron los otros títulos: Congo, Tristeza de la tierra… Hoy no se puede tener un proyecto general, no es posible tener una idea total de la historia y el presente. No puede existir un gran proyecto como Zola con Los Rougon-Macquart. En la actualidad las cosas se nos escapan, son fragmentarias, y por eso mis libros lo son.

P. Con un estilo muy personal.
R. De entrada, con la primera versión de La batalla de Occidente, no comprendía lo que había hecho. Lo he descubierto después, mientras avanzaba con mis otros libros. Construyo una narración, en forma de novela, donde se integran divagaciones poéticas, la subjetividad del autor incluso más allá del narrador, y una mezcla de registros que lo acaban por convertir también en un ensayo. Ahora la separación de géneros me parece artificiosa.

P. En su literatura practica una especie de zoom, de mirada microscópica a un episodio, focalizando la atención en aspectos muy concretos. ¿Qué busca con esa técnica?
  
R. Hace poco leí El almacén de antigüedades, de Dickens. El libro está centrado en una niña, muy pobre, y su abuelo, y habla de la pobreza en la Inglaterra de su tiempo. Toda la escritura —los adjetivos, el ritmo, la estructura…— palpita como el personaje, como si la escritura fuera esa niña protagonista. Crea realidad. El lector de la época no tenía experiencia de esa pobreza, de la mendicidad, de lo que implicaba dormir en la calle. Y Dickens nos confronta con esa experiencia desconocida que, a través de la fuerza de esa escritura palpitante, se nos hace familiar. La novela se publicó por entregas: cuando un nuevo folletín llegaba a Nueva York, los jóvenes esperaban los ejemplares que traía el barco y se preguntaban si la protagonista aún estaba viva, como si fuera una persona real. Y un diputado irlandés, que leyó el final en un tren, el de la muerte, se escandalizó, arrugó el periódico, lo tiró por la ventanilla y exclamó que no deberían haberla matado. No la mató Dickens, la había matado la miseria. No era una ficción. Entonces no había otra manera de aprehender la realidad. Es el mejor ejemplo de la literatura de zoom. El novelista actúa así como un antropólogo social. Porque hay cosas que necesitamos distancia para comprenderlas y otras que se ven mejor de cerca.

P. Hace un par de años escribió un prólogo para una edición del Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels.

R. Me propusieron prologar antes La guerra de los campesinos en Alemania, de Engels, porque había escrito La guerra de los pobres. Su historia es predecesora de las ciencias sociales. Engels rescribió la historia con los materiales históricos disponibles y con su teoría de Marx y Engels. Y la comprensión de la historia cambió. Es mucho más interesante.

P. ¿El tema de sus libros, en realidad, es la relación entre el capitalismo y los hombres, las formas de explotación del individuo?
R. Es el mayor fenómeno social. Toda literatura, de alguna manera, explora lo que es central en la sociedad en la que se desarrolla mientras que la ideología es la justificación que la clase dominante construye para legitimar la dominación. Desde el siglo XIX, desde Dickens a Proust pasando por Tolstói, la corriente central de la literatura ha convergido en explorar los problemas sociales mayores, en los que literatura y política van ligadas. Los libros han jugado un rol político de primer nivel. Y con el cambio de coyuntura reciente, el que tiene el 2008 como fecha simbólica y que afecta también a las clases medias o a la pequeña burguesía, la cuestión política y económica regresó, como si volviésemos a ese momento de la novela realista del siglo XIX. Hoy la literatura se rencuentra con esa fuerte presencia de las desigualdades, ante una regresión de la libertad. Y la literatura se vuelve cortesana si olvida el mundo en el que vive.

El escritor francés Éric Vuillard, el pasado 19 de noviembre. SAMUEL SÁNCHEZ

P. Diría que sus libros se centran en el pasado, pero hablan de la regresión en el presente.
R. Así lo espero. La literatura, con personajes diferentes, pero siempre es sobre quien muere: el ser humano.

P. ¿También en Conquistadores?
R. De alguna manera el discurso contra la inmigración se puede decir que lo impulsan quienes tienen una idea favorable de la Conquista. Lo que en realidad significa que el relato de la Conquista es hipócrita. Es algo muy paradójico. Es algo que ya está en la Verdadera relación de la conquista del Perú, de Francisco de Jerez, que en la primera página de su crónica afirma que la Conquista se realiza por la gracia de Dios, pero Dios desaparece desde la segunda y ya no dejará de hablar del oro. El hilo rojo del libro no será Dios sino el oro. La motivación de Pizarro y sus compañeros de aventura no tiene nada que ver con la religión ni la civilización. El oro es el principal motivo de la conquista del Perú. Y el segundo es la posesión de la tierra: destruir y repoblar con los españoles. No es algo particular. Los franceses y norteamericanos hicieron lo mismo. Todos.

P. ¿Cómo se relaciona esa relectura de la Conquista y el colonialismo con el presente?
R. Hay una frase de Paul Claudel, en El libro de Cristóbal Colón, con la que de alguna manera siempre dialogan mis libros: “Ce jouet, la Terre”, “ese juguete, la Tierra”. Es terrible. Tiene una dimensión muy contemporánea para nosotros con la globalización, como si nuestra relación con la Tierra tan solo fuese un objeto técnico. Y también tiene una dimensión irónica, como si el hombre la pudiera manipular. ¿Cómo es posible que la universalidad de la especie humana y la idea de igualdad para todos hayan pasado a través de la peor violencia con la Conquista? Lo que ocurrió en todo el mundo fue el efecto de la concentración del poder y la riqueza. De los banqueros, de las grandes familias, de las monarquías. Y hay una palpitación entre ese pasado y nuestro presente: la concentración de la riqueza es un asunto mayor para todos. Es naíf e ingenuo escribir desvinculando la literatura de las coordenadas de la concentración de poder y sus consecuencias en la humanidad.

P. Pero nadie está obligado a escribir desde esa perspectiva.
R. Te respondo con otro ejemplo. El novelista  E. M. Forster —el autor de Regreso a Howards End, Maurice— impartió unas conferencias sobre el género de la novela hace un siglo en Oxford. Allí se refirió a los grandes temas de la literatura: el amor, las relaciones familiares… Y en esa lista él olvida dos cosas: el trabajo y el dinero, como si el dinero no tuviese importancia en nuestra vida. Pero olvida también que esa dimensión sí está en Regreso a Howards End: porque están el amor y los problemas familiares, pero en el centro está la herencia de una casa, la que da nombre al título. Lo social no está al margen. Él no es un intelectual, es un escritor en la realidad, que ha sido explicado en ocasiones como ejemplo de escritor no político. Y puede ser discreto como novelista, disimula, pero la presencia de lo social en ese libro es suficientemente visible como para que Virginia Woolf considerara que era excesiva. De la misma manera que disimuló su homosexualidad, Forster también disimuló la presencia de lo social en sus novelas.



Éric Vuillard, en Madrid. SAMUEL SÁNCHEZ

P. En La guerra de los pobres y 14 de julio aparece la violencia. ¿Es la alternativa histórica a la opresión? ¿Es el motor del cambio?
R. Sigo con el ejemplo de Forster. Las instituciones sociales son su tema: el amor, el matrimonio… Y diría que para él el matrimonio es una gran violencia. Está allí la violencia de la estructura social. En las novelas más célebres del XIX la violencia la ejercen los mejor asentados, los hombres sobre las mujeres. Porque, como dijo Lord Acton, el poder corrompe y el poder corrompe absolutamente. Nosotros vivimos en una sociedad con desacuerdos conscientes y nos parece natural, normal, como si fuese eterna. Y la revuelta altera la sociedad que creemos eterna. Hay revueltas en la esfera privada, como en Howards End, o en la vida pública. Piensa en el Antiguo Régimen, la sociedad monárquica del siglo XVIII en Francia, un mundo que hoy consideramos inaceptable, totalmente desigual. ¿Cómo aceptar que la homosexualidad era un delito? ¿Cómo aceptar que el divorcio era imposible? ¿Cómo aceptar la esclavitud? ¿Cómo aceptar que la gente que nos dirige no fuese elegida? Eso era el Antiguo Régimen. Así era la sociedad francesa antes del 14 de julio. Y la violencia de ese día, terrible, esencialmente fue ejercida sobre el pueblo. Ejercida por un ejército que estaba integrado por mercenarios al servicio del rey y no de Francia. La diferencia es que el día después, 30.000 personas de origen pobre o artesanos se armaron y tomaron el fuerte medieval de la Bastilla, la última plaza fuerte de París. Así la sociedad vivió una convulsión y cambió. Y eso ocurrió porque el pueblo se armó. Y el poder central no lo pudo dominar. La destrucción de la Bastilla era condición necesaria para la existencia de una democracia.

P. Después de la crisis de 2008 y el aumento de las desigualdades, ¿cree que el presente es un momento de revuelta?
R. Cualquier individuo que vive en sociedad tiende a pensar que vive en una situación normal. Nosotros somos hijos de la idea de igualdad y libertad, estamos a favor de ellas y debería desarrollarse porque no tiene límite. Pero ahora, desde hace 40 años, hay una regresión de la libertad. Ahora en París ha aumentado el control para identificar a quien no paga, como si ese fuera un gran problema. Pero es una anécdota que va de lo particular hasta la estructura de la ley, de la modificación de las libertades públicas. En este momento de regresión lo aceptamos como algo que parece un paréntesis, puramente una coyuntura. Pero en Francia la ley antiterrorista controla y el espacio público ha cambiado. Igualmente, como contó Libération, la policía disparó contra ecologistas. Es una regresión constante. En los derechos laborales, en los servicios públicos. Ya no es coyuntural. Es un cambio trascendente. Y es un hecho inaceptable. En tanto que escritores, como Dickens o Forster, deberíamos escribir libros que cuenten esa regresión para comprenderla mejor, para no ignorarla.

P. ¿Qué nos va a contar en su nuevo libro?
R. La historia de un desperado que muere joven: Billy el Niño. Está la juventud como forma de libertad en un contexto muy particular: el oeste americano. Con armas, caballos, con aventuras extremadamente peligrosas en busca de una cierta forma de emancipación violenta: una libertad vana que lleva a la muerte. Y después esta otra historia: la de la estructuración de la gran propiedad del territorio, también con violencia, y luego las elecciones organizadas después de la constitución de ese dominio, un momento único para blanquear los crímenes cometidos. El libro es una historia de la democracia confiscada.

P. Felicidades por el premio Ernst Bloch. ¿Qué representa hoy este filósofo?
R. La obra de Ernst Bloch, en especial El principio de la esperanza, tiene una importancia capital. En una época en la que creemos que el porvenir está clausurado, la filosofía de Bloch consiste en encontrar, en el presente, el germen de la esperanza real.

Alain Passard, el chef con tres estrellas Michelin que renuncia a la carne: “Un animal muerto no es poesía”

El cocinero cumple 40 años al frente del restaurante L’Arpège, en París, adoptando una carta plenamente vegana, lo que ha generado sorpresa y críticas en su país

Alain Passard chef

El cocinero cumple 40 años al frente del restaurante L’Arpège, en París, adoptando una carta plenamente vegana, lo que ha generado sorpresa y críticas en su país.

Alain Passard (La Guerche-de-Bretagne, 69 años) lleva décadas instalado en la cima de la cocina francesa. Su restaurante en París, L’Arpège, cumplirá este año su 40º aniversario. El establecimiento, a dos pasos del Museo Rodin, conserva tres estrellas Michelin desde 1996 y fue durante años un templo de la carne, emblema de una idea tradicional del lujo gastronómico en su país. Pero a este chef le gustan los retos. Tras la crisis de las vacas locas, decidió eliminar la ternera de su carta y convirtió los productos del huerto en el centro de su cocina.

El verano pasado dio el paso definitivo: retiró de la carta todos los productos de origen animal, con la única excepción de la miel, y se volcó en una propuesta plenamente vegana. El resultado ha generado tanta sorpresa como críticas. Para algunos ha sido una provocación dictada por una moda pasajera. Él sostiene, mientras prepara el servicio del almuerzo junto a un equipo joven, dinámico y muy internacional, que se trata más bien de un nuevo comienzo.

Pregunta. Al anunciar este giro, ¿no temió que sus clientes le dieran la espalda?
Respuesta. No, porque mi decisión respondía a un largo proceso de reflexión. Creo mucho en esta cocina de la tierra, saludable y artística. Hemos mantenido el volumen de reservas, aunque me parece normal que este cambio sorprenda. Supongo que llama la atención que un chef con tres estrellas Michelin, que contaba con caviar, foie gras, rodaballo o pularda en su menú, se ponga a cocinar lo que cultiva en sus tres huertos.

P. ¿Qué le empujó a dar este paso?
R. Sentí que había llegado al final de mi aprendizaje de la cocina animal. Aún preparaba algo de cordero y alguna ave, pero ya estaba en el último capítulo de ese libro. Quise dejar de lado las cosas fáciles. Con mantequilla, nata, queso y leche, es sencillo que cualquier plato funcione. El reto es conseguir una salsa sabrosa sin productos de origen animal. Si no aprendo, no me interesa trabajar. Y ahora aprendo cada día.

P. No es su primera metamorfosis. L’Arpège nació como un restaurante de piezas asadas, hasta que un día decidió prescindir de la carne roja.

R. Fue después de la crisis de las vacas locas, un episodio muy doloroso para mí. Mi relación con lo animal se deterioró. Hasta entonces, la carne era toda mi vida. De pronto, me sentí incapaz de poner un filete en la cazuela. Me pareció que la carne estaba enferma. Estuve a punto de dejarlo todo.

P. ¿Por qué no lo hizo?
R. Se me apareció una salida. Tuve la idea de recurrir a los colores de las frutas, las hierbas y las flores. Fue como recuperar la fe, aunque también fue un proceso duro. De un día para otro, el restaurante se vació. Los clientes llegaban y, al descubrir que apenas había carne en el menú, daban media vuelta. Perdí a parte del equipo y tuve que empezar de cero. Esta vez no ha sido así. Las cosas van avanzando.

"No me molesta que la cocina se haya convertido en espectáculo, hay lugar para todos. Pero yo no aceptaría salir en Masterchef" P. ¿Su decisión también responde a la preocupación climática?
R. Por supuesto. Hay que dar la voz de alarma y hacer que el sector sea consciente de la necesidad de un cambio radical al respecto. Y no solo respecto al consumo de carne roja: al eliminar los productos animales, hemos reducido también un 50% de los residuos. Ya no usamos film de plástico, ni productos de aluminio, ni bolsas de plástico.

P. Incorpora prácticas poco habituales en la alta gastronomía, como el compostaje o la elaboración de kombucha casera, asociadas a otro tipo de establecimientos.
R. Sé que hay muchos prejuicios al respecto, pero hay que cambiar ya. Si no, no sé qué planeta les dejaremos a nuestros hijos.

P. Georges Perec escribió un libro sin usar la letra e y los directores del Dogma 95 prohibieron la música en sus películas. En su caso, ¿las restricciones también han estimulado su creatividad?
R. Mucho. Para mí, las prohibiciones son una fuente de felicidad. Te obligan a encontrar recursos: gestos, sabores, cocciones y perfumes nuevos. Y los clientes lo notan: en mi restaurante detecto una nueva emoción. Llevamos solo seis meses. ¿Dónde estaremos dentro de seis años?

P. ¿La cocina francesa sigue siendo demasiado conservadora?
R. Sí, pero no me opongo a ese conservadurismo. Es una base necesaria. Es como en la música: sin aprender solfeo a la manera tradicional no llegas a ser John Coltrane. Hay que saber elaborar una blanquette, un navarin, una salsa bearnesa… Y, a partir de ahí, innovar.

Alain Passard que cumple 40 años al frente del restaurante parisino L'Arpège, retratado en diciembre en su establecimiento. Samuel Aranda

P. Desde que introdujo su nueva carta, ha recibido críticas muy severas.
R. Sí, hemos tenido una en Le Monde y otra en Le Figaro, las dos bastante sangrientas. Puedo entender que un crítico no tenga aprecio por esta cocina. Pero hay maneras de decirlo... Y seamos claros: después de medio siglo en los fogones, creo que sé cocinar un puerro. En cualquier caso, no me duele: las críticas me dan alas.

P. Su menú degustación cuesta 420 euros. ¿No es un precio excesivo?
R. Nadie está obligado a pagar eso. Se puede cenar por menos de 100 euros pidiendo medias raciones y una infusión del huerto. Y uno se va satisfecho, se lo aseguro.

P. ¿Qué justifica ese precio?
R. Somos 50 empleados para 40 cubiertos. Y he contratado a una decena de jardineros dedicados a mis huertos, que nos mandan los productos que utilizamos a diario. Además, yo estoy aquí cada día, al mediodía y por la noche. En todo el año pasado solo falté a tres servicios. Eso tiene un coste. Y también un precio.

“Hubo mucha violencia en las cocinas. Por suerte, eso ha cambiado. Se puede ser exigente usando palabras amables”

P. Existe la idea de que lo vegetal exige menos trabajo que la carne. ¿Es comparable, en términos de dificultad y coste, cocinar una remolacha y un pichón al vinagre de frambuesa?
R. No se equivoque: preparar una remolacha lleva horas. Ir al huerto, limpiarla, costra de sal, dos horas al horno, romper la sal, hacer la salsa… Hay mucha sofisticación en lo vegetal. Y además tiene algo que la carne no tendrá nunca: poesía, sinfonía y amor.

P. ¿La carne no puede ser todas esas cosas?
R. No de la misma manera. No podemos decir que un animal muerto sea poesía.

P. Vegetarianos y veganos siguen siendo minoría. ¿Por qué cuesta tanto cambiar los hábitos?
R. Porque nos crían con la carne y porque ya hemos perdido la noción de las estaciones. En invierno comemos tomate, pepino, melón… Es absurdo y genera una gran confusión en el consumidor. Si el mercado falsea los ciclos, es difícil conectar con esta cocina. ¿Cómo vas a querer comerte un tomate en enero? Y además, lo que te sirven ni siquiera es un tomate: lo producen en 50 días. En mi huerto, un tomate tarda cinco meses en crecer. La naturaleza ya lo escribió todo. Solo hay que saber leerla.

P. Fuera del restaurante, ¿usted es vegano?
R. No del todo. Todavía me como algún huevo, pero ya he dejado la mantequilla. A mí lo que me importa es el “pasaporte” del producto: su identidad y su procedencia.

P. ¿Cómo nació su vocación?
R. Crecí en un pequeño pueblo bretón muy gastronómico. Mercados, panaderos, charcuteros… Mi familia vivía al lado de una pastelería. Levantarme cada día con olor a brioche me marcó. A los 12 años vi salir de un restaurante a una brigada de cocina, vestidos con chaquetilla y sonrientes, y pensé: “Quiero dedicarme a eso”.

P. La cocina se ha convertido en espectáculo televisivo.
R. No me molesta, hay lugar para todos. Pero yo no aceptaría salir en MasterChef.

P. En su restaurante no hay órdenes militares ni se grita “sí, chef”.
R. Hubo mucha violencia en las cocinas. Por suerte, eso ha cambiado. Yo creo que se puede ser exigente usando palabras amables, enseñar y corregir con respeto. Mi equipo trabaja de forma autónoma y horizontal. Todo el mundo puede probar sus ideas, incluso los becarios.

P. Su próximo reto: privilegiar los zumos, las tisanas y otras bebidas sin alcohol en su carta.
R. Armonizan mejor con este tipo de cocina. Una infusión caliente limpia el paladar. El vino, a veces, es demasiado fuerte. Ya lo ve: soy un chef francés que no cocina carne y que recomienda no tomar vino. Un día no podré ni salir a la calle... [risas].

Sobre la firma Álex Vicente

jueves, 22 de enero de 2026

Tormenta en la sacristía. ¿Qué quedó del Concilio Vaticano II?

Primera sesión del concilio, en Roma, el 11 de octubre de 1962
Sesenta años después del Concilio, un catolicismo mermado por la secularización busca pasar página de sus guerras culturales El 8 de diciembre de 1965, hoy hace 60 años, finalizaba el Concilio Vaticano II. Los obispos de todo el mundo salían de San Pedro en procesión y Pablo VI se fundía en un abrazo con su eminencia gris, Jacques Maritain, el filósofo del diálogo. Habían sido tres años de trabajo desde que Juan XXIII diera la sorpresa no solo por convocar la gran reunión doctrinal y estratégica del catolicismo, sino por la orientación de su convocatoria. Por primera vez, sería un Concilio únicamente pastoral. Sin definiciones dogmáticas. Sin anatemas. El “Papa bueno” quería que entrara “un poco de aire fresco en la Iglesia”. Quería un catolicismo que sirviera a su tiempo “demostrando la validez de sus enseñanzas y no condenando”. Desde finales del XIX, algunos teólogos eran conscientes de que el cristianismo, según un testigo del Concilio como el periodista y escritor José Jiménez Lozano, no podía “permanecer simplemente a la defensiva”. Se necesitaba “determinar de modo nuevo” la relación entre la Iglesia y sus contemporáneos. Y eso se iba a hacer mediante el “diálogo”, palabra que nunca había aparecido en la doctrina de la Iglesia y que aparecerá 28 veces en los documentos conciliares. Cuando muere el Papa Roncalli, Pablo VI asume su espíritu. Y en su primera sesión conciliar no necesitó palabras para enviar su mensaje: le bastó con suprimir la tiara y la silla gestatoria, símbolos del poder temporal del Pontífice.

El Concilio, como dijo el propio Pablo VI, estaba llamado a ser “un día soleado para la Iglesia”: su ajuste al mundo en una época de cambios como los sesenta. Nada, sin embargo, iba a salir según este optimismo. Desde el mismo principio, cuando dos cardenales progresistas —Liénart y Frings— pidieron rehacer las comisiones de trabajo previstas por la curia, el choque estaba servido. Con celeridad se van formando dos bandos. Por un lado, los padres conciliares de los países donde se había forjado la llamada nouvelle théologie, Bélgica y Holanda, Austria y Alemania, una “Alianza Europea” con prebostes como König y Bea, Suenens y Alfink, además de los citados Frings y Liénart. Por otro lado, el Grupo Inernacional de Padres, que reunió a 250 prelados conservadores, del antiguo papable Siri al futuro cismático Marcel Lefebvre. Las iglesias de África y Asia, dependientes de iglesias ricas como la alemana, se alinearían con la “Alianza Europea”. Así, desde el principio, el Concilio iba a tener una marcada impregnación progresista, con protagonismo de teólogos como Karl Rahner.

Si bien los padres conciliares más conservadores tardaron algo más en articular su respuesta, esta llegó, por lo que, finalmente, la mayor parte de los 16 documentos conciliares —como la constitución Gaudium et spes— tendrían que negociarse más de lo previsto. Quizá por eso, en los años pasados desde su fin, ha habido dos perspectivas marcadas sobre la cita conciliar: aquella que dice que la Iglesia no desarrolló todo el potencial del Concilio y una sensibilidad para la que se habría ido demasiado lejos. En realidad, lo verdaderamente característico está en cómo los mismos que impulsaron cambios buscaron después ajustarlos. Henri de Lubac, teólogo de moda en la época, terminaría por clamar contra “una nueva Iglesia, di­ferente de la de Cristo, que se quiere instaurar”. Y dos teólogos progresistas del Concilio, Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger, lamentarían, ya convertidos en Juan Pablo II y Benedicto XVI, que “se han cometido verdaderas herejías” y que “los resultados del Concilio parecen oponerse cruelmente a las expectativas de todos”.
El primero en acusarlo fue Pablo VI: lejos de lo anticipado, el post-Concilio era “un día lleno de nubes, de tempestad”. Se cumplía así una tradición que, ya desde el Concilio de Jerusalén en el siglo I, parece asegurar que no hay concilio sin trauma posconciliar. Pablo VI llega a decir, en palabras famosas por su dramatismo, que “el humo de Satanás” se ha colado “en el templo de Dios”. ¿La causa de su angustia? 14.000 abandonos, solo contando sacerdotes, entre 1964 y 1971. Rebeldías doctrinales como el Catecismo holandés de 1966 o esa “opción preferencial por los pobres” que, acordada en una reunión de obispos latinoamericanos en Medellín en 1968, alfombró el camino a la teología de la liberación. Y, de modo muy notable, las reacciones contrarias a la reforma litúrgica. Si intelectuales de todo origen, de Jorge Luis Borges a Nancy Mitford, habían pedido al Papa mantener la misa de siempre, la nueva misa no iba a conllevar solo el adiós al latín: la Santa Sede sufría al ver cómo, de pronto, las baterías tomaban los presbiterios e incluso se llegó a hablar de curas que consagraban con donettes. Cualquier ola progresista quedó frenada cuando, al poco del Concilio, Pablo VI, contra la voluntad de buena parte del episcopado, fijó la doctrina sobre anticoncepción en la encíclica Humanae vitae.

Para apreciar cómo ha infusionado el Concilio la vida de la Iglesia, cabe preguntarse cómo podría renunciarse hoy a su apertura ecuménica a la unidad de los cristianos, su denuncia expresa del antisemitismo o su compromiso con la libertad religiosa. Un compromiso y una libertad que terminaron por dinamitar las relaciones entre Pablo VI y Franco y lograron que el régimen fuera, literalmente, más papista que el Papa. También bajo la tutela del Pontífice, la Iglesia, que apoyaría la Transición con Tarancón, no postuló en España una democracia cristiana a la italiana.

Esto le iba a gustar poco a Juan Pablo II, quien, por lo demás, tampoco pudo heredar el Concilio a beneficio de inventario. Si por un lado intervino a los jesuitas por progres, por el otro excomulgó a Lefebvre por tradi. Y si nombró cardenales a personajes de la izquierda, intentaría suplir la crisis de la vida religiosa con los nuevos movimientos: Opus Dei, Legionarios. Con Benedicto y Francisco volvieron las luchas litúrgicas a propósito de la permisividad de la misa tradicional. Y si bien el propio Benedicto quiso enmarcar el Vaticano II en una “hermenéutica de la reforma” respetuosa de las enseñanzas de siempre de la Iglesia, solo León XIV parece haber apaciguado las guerras culturales intracatólicas. Es el primer Papa, por edad, no marcado por las dialécticas desencadenadas en los sesenta. Y, como escribe el periodista católico británico Dan Hitchens, el hecho de que no esté claro cuál es el futuro de las ideas liberales en el mundo, aleja el debate de qué hacer frente a ellas.

Sesenta años después del Concilio, la Iglesia ha sufrido su mayor crisis de credibilidad con los abusos. Es una Iglesia que, en Europa, cuenta con élites más progresistas que sus fieles y su clero. Y que gana peso demográfico y moral en África o en Asia. Tal vez sea “un puñado de vencidos”, como vaticinaba Pablo VI, o “el resto de Israel”, en palabras de Benedicto, pero ha sido capaz de sobrevivir, como apunta el converso alemán Martin Mosebach, tras “pasar siglos sin estar del todo al día”. Y hoy causa sorpresa que, de pronto, los nietos empiecen a interesarse —en iniciativas católicas como Hakuna o Effetá— por la vieja religión de sus abuelos.

Por qué los dioses retrasaron la llegada de la probabilidad matemática (y cómo un juego de azar desató la teoría)

"El Oráculo", pintado por Camillo Miola en 1880, con la Pitia sentada sobre un trípode rodeada de sacerdotes u oficiantes, en el oráculo de Delfos.

Fuente de la imagen,Getty Images

Pie de foto,"El Oráculo", pintado por Camillo Miola en 1880, con la Pitia sentada sobre un trípode rodeada de sacerdotes u oficiantes, en el oráculo de Delfos.

A mediados del siglo VI, el rey Creso de Lidia estaba preocupado.

Gobernaba un poderoso imperio en Anatolia y era tan magníficamente opulento que su nombre era y sigue siendo sinónimo de riqueza.

Sin embargo, lo atribulaba el creciente poder de Persia, así que envió mensajeros con ofrendas al único lugar de adivinación en el que confiaba: el Templo de Apolo en Delfos.

Su pregunta era si debía enviar un ejército contra los persas.

"El juicio dado a Creso proclamó que, si enviaba un ejército contra los persas, destruiría un gran imperio", cuenta el historiador griego Heródoto.

Atacó alentado por la palabra divina de la misteriosa sacerdotisa Pitia y efectivamente un gran imperio fue destruido: el suyo.

Es una de las profecías más famosas, no sólo por ingeniosa, sino porque sirve como advertencia sobre el riesgo de malinterpretar mensajes y la importancia de la humildad.

Pero, para ser justos, Creso no fue el único que erró al interpretar las profecías del Oráculo de Delfos, pues solían ser crípticas y a menudo ambiguas.

Aún así, todos los que podían acudían a Pitia para conocer la guía divina de Apolo en temas que abarcaban desde asuntos de Estado hasta cuestiones personales.

Había otros dioses y oráculos disponibles, así que si querías saber qué podría suceder en el futuro para reducir el riesgo de fracaso o calamidad, los consultabas.

Esa avidez por intentar predecir cuáles eran tus chances no se desvaneció cuando, en el siglo IV d.C., la Roma recién convertida al cristianismo desacreditó la autoridad del Oráculo de Delfos.

Los antiguos romanos tenían sus métodos de predicción del porvenir, incluido uno con una creación de la diosa Fortuna: los dados.

Jugadores de dados, panel de mosaico de Thysdrus, El Djem, Túnez. Civilización romana, siglo II d. C. F

Jugadores de dados, panel de mosaico de Thysdrus, El Djem, Túnez. Civilización romana, siglo II d. C.

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Los antiguos romanos solían rendirse ante la insaciable tentación de apostar al azar.

Desde emperadores, que jugaban con sus vidas y las de sus soldados, hasta plebeyos, que apostaban sus bienes en las tabernas, los romanos creían que lo aleatorio (del latín alea o dado) estaba regido por el destino y el favor de los dioses.

Así que "podían lanzar los dados y consultar una obra de referencia que decía qué significaba la puntuación de los dados para sus posibilidades", cuenta la especialista en estudios clásicos Mary Beard.

"El juego no era solo un pasatiempo, también era una forma con la que los romanos se enfrentaban al riesgo, a los peligros, a la incertidumbre", señala la experta en la serie de la BBC "At your own peril".

Sin embargo, los textos antiguos muestran que no entendían bien el concepto de probabilidad y sus reglas matemáticas.

"Nuestra palabra 'probabilidad' proviene del latín probabilĭtas, pero muy de vez en cuando eso significaba 'probable'. Mucho más a menudo indicaba 'aprobación'", cuenta Beard.

Es sorprendente que el surgimiento de algún tipo de teoría de la probabilidad y, por lo tanto, alguna forma de medir el riesgo, tardara tanto.

Hubo que esperar hasta mediados del siglo XVII para cruzar ese umbral imaginario y descubrirla, o tal vez inventarla.

Un concepto extraño

La razón por la que los antiguos no se adentraron en la ciencia de la probabilidad es un misterio, sobre todo si se considera cuán sofisticadas e imaginativas llegaron a ser sus matemáticas.

"Hasta cierto punto, tenían un conjunto de reglas aproximadas al respecto, pero no lo teorizaron", dice Beard.

"En parte creo que se debe a que tenían una noción diferente sobre la ciencia y los conocimientos culturales".

"Nosotros concebimos la probabilidad como estadísticas y matemáticas —agrega—. El interés antiguo era hasta qué punto se relacionaba con lo divino, hasta qué punto era obra de Dios y hasta qué punto se puede predecir".

"Los jugadores de cartas", 1699, de Pierre Bergaigne

"Los jugadores de cartas", 1699, de Pierre Bergaigne

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Con el empeño de Luis XIV de domesticar a la nobleza para menguar el potencial de oposición política, mantener entretenida a la clase alta era importante, así que el juego era crucial. ("Los jugadores de cartas", 1699, de Pierre Bergaigne) 

Se necesitarían innumerables pasos matemáticos, el recorrer de muchos siglos y varias transformaciones sociales, culturales y políticas antes de que se pudiera dar el salto final hacia la probabilidad.

Y no es casualidad que su aparición tuviera lugar durante el Renacimiento y la Ilustración.

"La gente ha discutido mucho sobre por qué tomó tanto tiempo, si tenía que ver con los métodos computacionales y si la gente pensaba que el azar estaba solo en el regazo de los dioses. Pero se requería un cambio revolucionario en la forma de pensar", apunta David Spiegelhalter, profesor emérito de Estadística en la Universidad de Cambridge.

"Había que inventar la idea de la probabilidad, pues es un concepto muy extraño. No se puede medir directamente como se puede medir el tiempo, el peso o la distancia", continúa.

Tampoco es casualidad que el descubrimiento de la probabilidad se hiciera en las mesas de juego.

La inspiración surgió de un jugador notablemente filosófico, el ensayista y matemático aficionado francés Antoine Gombaud, conocido como Chevalier de Méré (el caballero de Méré).

Un problema puntual

En 1654, Gombaud había estado reflexionando sobre lo que se conoce como el problema de puntos o problema de la partida interrumpida.

Había aparecido por primera vez, hasta donde sabemos, 60 años antes, en el tratado "Summa de Arithmetica, Geometrica, Proportioni et Proportionalita" del fraile franciscano y matemático Luca Pacioli.

La pregunta era: si estabas apostando en un juego que se ganaba cuando un jugador acumulaba cierto número de puntos, pero el juego se veía interrumpido antes de que eso sucediera, ¿cómo se debería dividir la apuesta?

Pierre de Fermat

Pierre de Fermat

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Pierre de Fermat (1601-1665) fue uno de los principales matemáticos de la primera mitad del siglo XVII y a menudo es llamado el fundador de la teoría moderna de los números.

Imagínate que tú y un amigo están apostando a cara y sello con una moneda: el primero que acierte seis veces, gana.

Pero tienen que suspender cuando a tu amigo le faltan 3 puntos para ganar y a ti, 2.

"Existía la sensación de que, de alguna manera, la apuesta debería dividirse para que la persona que tuviera más probabilidades de ganar obtuviera más", cuenta Spiegelhalter.

"El reto era determinar esencialmente cómo dividir la apuesta".

Gombaud recurrió a una de las mentes más brillantes de la historia: el matemático, físico, filósofo y teólogo francés Blaise Pascal.

Pascal había empezado a jugar juegos de azar cuando sus médicos le aconsejaron evitar los esfuerzos mentales por el bien de su salud, pero no pudo resistir la tentación.

Intrigado, notó que la solución tendría que reflejar las posibilidades de victoria de cada jugador dada la puntuación en el momento en que se interrumpió el juego.

Eso implicaba inventar un nuevo método de análisis, así que involucró a otra de las mentes más brillantes de la historia, el matemático francés Pierre de Fermat.

En un legendario intercambio de cartas que se extendió a lo largo de varias semanas, sentaron las bases de la teoría de la probabilidad moderna.

Tú y tu amigo

Si te quedaste con curiosidad por saber cómo se dividiría el botín de la apuesta en el juego suspendido con tu amigo, no te preocupes.

Pascal descubrió una forma sencilla de calcular esa división. La clave está en lo que hoy se conoce como el triángulo de Pascal.

El triángulo de Pascal

El triángulo de Pascal

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Pie de foto,
El triángulo de Pascal se construye a partir del 1.

El triángulo se construye a partir del 1 y, a continuación, se colocan números debajo de él en forma triangular, siendo cada número del triángulo la suma de los dos números inmediatamente superiores.

Por ejemplo: el 4 que ves en la 5° fila es la suma de 1 + 3 que están encima, y así sucesivamente.

En el caso de tu juego interrumpido, en el que a ti te faltaban 2 puntos para ganar y a tu amigo, 3, se suman el 2 y el 3 para obtener 5.

Eso te indica que tienes que usar la quinta fila del triángulo.

Luego sumas los tres primeros números (1 + 4 + 6 = 11) y los dos últimos (4 + 1 = 5), y la apuesta se divide según esta proporción.

De modo que tú recibirás 11/16 de la apuesta y tu amigo, 5/16.

La apuesta de Pascal

Con la solución al problema de puntos llegó una revolución en el pensamiento humano.

Descubrimos que al observar los eventos pasados, podíamos comenzar a predecir los resultados futuros.

El riesgo se podía calcular.

Se podía elegir cuál camino tomar, pues el destino ya no estaba sólo en manos de los dioses.

Irónicamente, Pascal era profundamente religioso y después de una experiencia mística, renunció a las matemáticas.

Retrato de Blaise Pascal basado en una miniatura de Paul Prieur

Retrato de Blaise Pascal basado en una miniatura de Paul Prieur

Fuente de la imagen,Getty Images


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Aunque Blaise Pascal (1623-1662) nunca publicó ninguna obra filosófica durante su vida, sus pensamientos, publicados postumamente, influyeron a Jean-Jacques Rousseau y Henri Bergson, así como a los existencialistas.

En una carta a Fermat de 1660 le escribió: "La considero el más hermoso oficio del mundo; pero nada más que un oficio [...]. Me metí en esos asuntos por una razón singular, satisfecha la cual es posible que nunca más vuelva a pensar en ella".

Murió dos años después, pero en un giro curioso, en una obra publicada póstumamente, titulada Pensées ("Pensamientos"), dejó una de las apuestas más famosas de todos los tiempos.

En la conocida como la apuesta de Pascal, el alma eterna estaba en juego.

La cuestión es que, en el terreno de la fe, el ser humano se ve obligado a apostar pues no tiene la capacidad de saber si Dios existe o no.

"La razón no puede decidir nada en este caso", escribió.

Así que no queda más remedio que analizar las consecuencias prácticas de cada probabilidad.

Si alguien elige no creer que existe y resulta que está en lo cierto, no gana ni pierde nada; pero si está equivocado, no irá al cielo.

O sea, quien opta por creer que existe, "si gana, lo gana todo; si pierde, no pierde nada".

Por eso, aconsejó: "Apueste a que existe sin vacilar".

¿Mejor que el Oráculo de Delfo?

El logro de Pascal y Fermat abrió el camino para el desarrollo de la teoría de la probabilidad, que fue demostrando cómo se podía predecir con cierto grado de precisión los acontecimientos que aún estaban por venir.

El rey persa Ciro con una caballería de camellos en la batalla de Sardis en el 547 a.C.

El rey persa Ciro con una caballería de camellos en la batalla de Sardis en el 547 a.C.

Fuente de la imagen,Getty Images


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La victoria de Persia contra Lidia se logró contra todo pronóstico gracias al ingenio de Ciro el Grande, la disciplina de sus hombres y un notable uso de camellos como caballería.

Los conocimientos se fueron acumulando hasta que se llegó a la idea de que la probabilidad y la estadística podían converger para formar una ciencia bien definida y firmemente fundamentada, que aparentemente tenía aplicaciones y posibilidades ilimitadas.

Hoy en día, permea casi todo, desde decisiones políticas, el mercado de valores y diagnósticos médicos, hasta el funcionamiento de las señales de tráfico, los deportes y las compras en línea.

Con todo y eso, lo que la teoría de la probabilidad produce son modelos y previsiones, no reflejos de la realidad.

Si bien es una poderosa herramienta matemática, no es una ciencia exacta pues se ocupa de la incertidumbre y la probabilidad de eventos, no de la certeza absoluta.

Lo que nos da, tras analizar fenómenos aleatorios, es un abanico de posibles futuros y la posibilidad de que se realicen.

Todo basado en el conocimiento.

Sería interesante saber qué respuesta recibiría hoy el rey Creso de Lidia respecto a sus posibilidades de victoria contra Ciro II de Persia.

El poderoso el gobernante lidio podía reunir fuerzas impresionantes, según se dice, más de 100.000 hombres frente a los 50.000 de los persas, su caballería era la mejor del mundo en aquel momento y estaba aliado con los espartanos.

Así que es posible un experto actual le darían más (quizás mucho más) del 50% de probabilidad de triunfo.

Lo que sí es seguro es que dificilmente recibiría una respuesta tan acertada como la del Oráculo de Delfos.

Pasara lo que pasara, siempre sería 100% correcta. 

miércoles, 21 de enero de 2026

El reloj de la izquierda española lleva atrasada la hora de Venezuela

Publicado en Ctxt.es el 9 de enero de 2025

Cuando quedaban unos meses para acabar el curso académico 2001-2002 un colega me dijo que dos profesores de la Universidad de Valencia estaban buscando a un economista académico para incorporarse, durante el periodo estival, a un equipo de consultoría internacional que deseaba crear el presidente de Venezuela, Hugo Chávez.

Yo acababa de pasar por un periodo de sufrimiento personal, por razones que no vienen al caso, y vi allí la oportunidad de poner distancia. Además, me atraía esa actividad, así como conocer con mayor profundidad un país del que había leído bastante, pues allí se encontraba desde hacía años una familiar a la que siempre he querido y admirado mucho. Acepté la oferta y me fui en cuanto acabé la actividad del curso académico (por cierto, sólo a cambio de una muy reducida dieta para gastos del día a día, y no haciéndome rico, como puede comprobar fácilmente quien indague un poco sobre mi vida).

Ahora que me acabo de jubilar es posible que escriba una especie de memorias de los dos periodos en los que estuve allí, cargados de anécdotas, información y conocimientos que quizá sirvan -además de para pasar un buen rato- para dar un poco de luz sobre lo ocurrido durante el último cuarto de siglo en aquel país. En este artículo, sin embargo, me limitaré a exponer en voz alta una reflexión rápida sobre algo que en estos últimos días me dicen que no es la hora de expresar en público (una advertencia de silencio más de las que, curiosamente, siempre tienen en mí el efecto contrario al perseguido por quienes me las hacen).

Cuando en 2002 comenté a mis amigas y amigos de izquierdas que me iría unas semanas de consultor a Venezuela para trabajar en el entorno del presidente Chávez recibía siempre la misma respuesta. Fueran del PSOE, IU, PCE o de otras organizaciones políticas o sindicales me decían que cómo hacía eso, que estaba loco, pues -según me aseguraban- Chávez era un militar golpista, de derechas e impresentable. Una opinión que mantenían incluso quienes tenían amplia experiencia como dirigentes y que duró mucho tiempo.

Tanto fue así, que una de las tareas que nos encomendamos quienes estábamos en aquel equipo fue la de difundir del modo más realista posible lo que estaba sucediendo en Venezuela, la naturaleza del proceso constituyente, las primeras medidas económicas, lo que había ocurrido con el golpe petrolero y, en fin, las expectativas de transformación social que se estaban abriendo.

No fue fácil porque el prejuicio en los ambientes de izquierdas hacia la revolución bolivariana era muy fuerte y no sólo en sus primeros tiempos. Sirva de ejemplo lo siguiente. Bastante más tarde, y sabiendo quienes organizaban una de las jornadas de Economía Crítica que se celebraron por entonces en España que yo había estado en aquel país, me invitaron a realizar una ponencia sobre la experiencia venezolana. Para explicar el apoyo social tan grande que tenía el chavismo de entonces, expliqué -entre otras cosas- lo que había supuesto la llamada Misión Identidad. Gracias a ella, en el momento en que lo expuse ya se había concedido la cédula (nuestro documento nacional de identidad) a cerca de 10 millones de personas. Cuando acabé mi exposición tomó la palabra una académica de izquierda muy conocida y respetada para decir que eso había que entenderlo como puro electoralismo. Argumentó que Chávez lo habría hecho con el exclusivo propósito de conseguir el voto de esa gente.

Alguien con una amplísima formación, con un compromiso político ejemplar durante décadas y referente de la izquierda y de la economía crítica en toda España no se percataba de que lo que estaba llevándose a cabo en Venezuela era una auténtica revolución. No entendía que, con ese acto concreto de conceder la cédula, se convertía en ciudadanos y ciudadanas a quienes antes no eran, sencillamente hablando, sino «nadies», personas que, para el Estado y la administración, no existían porque ni siquiera podían identificarse. Si a eso se añadía que comenzaban a recibir derechos, servicios y ayudas sociales, muy modestos pero por primera vez en su vida, se podía entender claramente por qué y cómo se estaba forjando una base social de militancia y apoyo electoral que iba a ser inquebrantable por muchos años.

Las cosas, la mayoría de las veces, son mucho más elementales de lo que parecen a simple vista. Al acabar una charla en Petare a la que me invitó un sacerdote belga que llevaba allí muchos años, se me acercó un señor muy mayor y me dijo, mientras me enseñaba su dentadura reluciente: «¿Sabe usted por qué voy a votar siempre al comandante Chávez y por qué daría mi vida por él?». Enseguida, él mismo me respondió: «Porque ahora me puedo reír».

Mi colega seguramente también seguiría creyendo que arreglarle la boca y operar de cataratas a docenas de miles de personas, o poner centros de salud con médicos cubanos, muy modestos y elementales, pero capaces de atender a quienes hasta entonces no había recibido el más mínimo servicio médico, eran igualmente medidas de electoralismo chavista.

Salvando algunos casos excepcionales, las izquierdas españolas tardaron en entender lo que estaba ocurriendo en Venezuela y le prestaron su apoyo con retraso.

Con el paso del tiempo, las cosas cambiaron y comenzaron a manifestarse apoyos, incluso por parte del PSOE de Rodríguez Zapatero, aunque casi siempre careciendo del necesario sentido crítico. Sobre todo, con uno de los aspectos que más gravemente minó la pureza inicial del proceso revolucionario, la corrupción.

Al poco tiempo de llegar a Venezuela en el verano de 2002, como he dicho, el presidente Chávez me expresó claramente lo que quería de mí: «Quiero que me des tu opinión, cuando te la pida, con plena independencia y sin dejarte llevar por lo que oigas en mi entorno, o en mi país». Cumpliendo con esa demanda, al poco tiempo me encontré en la primera de las situaciones en la que me consta que se sintió incómodo conmigo (aunque debo decir enseguida que eso no impidió que a partir de ahí me siguiera pidiendo opinión y que lo hiciera siempre con total cordialidad e incluso afecto). Me solicitó una noche mi opinión sobre la situación del país y le dije que había algo que me preocupaba especialmente. «¿Qué es?», me dijo, y le contesté que me refería a la corrupción. Enseguida me empezó a poner al tanto de detenciones de opositores corruptos que se habían producido en las últimas semanas. Yo lo sabía y no tuve más remedio que contestarle con el argumento que uno de mis compañeros de equipo utilizaba siempre que hablábamos de ese cáncer que se extendía también entre las propias filas del chavismo: «Presidente -me atreví a decirle- mientras usted anuncie cinco detenciones, como acaba de pasar, y ninguna de ellas sea de alguno de los muchos corruptos que hay en el Proceso (así se hablaba por entonces de la revolución), sus medidas ni serán creíbles, ni eficaces. Detenga a tres corruptos de la oposición y a dos de los de ustedes, como poco, y la gente comenzará a creer que de verdad se quiere acabar con la corrupción». Me miró serio, calló y cambió de tema.

Es verdad que la corrupción había sido siempre un mal endémico de Venezuela, pero la revolución bolivariana no sólo no le puso coto efectivo desde el inicio, sino que ella misma se vio envuelta muy pronto en multitud de casos que provocaban frustración, desaliento y creciente desafecto hacia sus dirigentes. Además, lógicamente, de problemas económicos, pues paralizaban la producción y distribución de bienes y servicios, haciendo perder millones de bolívares y dólares al Estado. Es decir, al pueblo.

Cuando explicaba todo esto a la gente de izquierdas que ya se habían convertido al chavismo lo que volvía a recibir era la incomprensión, el recelo y la crítica que tuve cuando les decía sin éxito, al inicio, que había que apoyar lo que se estaba gestando.

Con el paso del tiempo, los procesos se agudizaron y la revolución degeneraba sin parar. Principalmente, eso no puede olvidarse y hay que reconocerlo, por las dificultades extraordinarias que producían la presión y el ataque exterior, pero también por la traición a sus ideales originarios y a la corrupción, cada día en mayor medida, de una gran parte de su clase dirigente.

Aunque se mantenía la retórica revolucionaria y se intentaba garantizar derechos y proporcionar ayudas, la situación económica, política y social se fue deteriorando a pasos agigantados. Comenzó a extenderse la represión en la misma proporción en la que se perdía apoyo popular, se limitaban libertades y negaban derechos, se corrompían las elecciones y Nicolás Maduro terminó convertido en un pésimo y autoritario gobernante, encabezando un régimen que, desde un punto de vista progresista, apenas tenía por dónde salvarse, si se dejaba aparte su retórica antimperialista. Es sintomático, por ejemplo, que el Partido Comunista de Venezuela terminara estando contra el gobierno de Maduro, denuncie la «persecución y criminalización del movimiento obrero» y que, «ante la situación de hostigamiento por parte de Estados Unidos, lejos de que la élite gubernamental busque una salida democrática (…) lo que hace es continuar avanzando en sus despropósitos autoritarios, antidemocráticos».

Las izquierdas españolas, sin embargo, volvían a no percatarse de la realidad y a estar mal sincronizadas con lo que iba pasando en Venezuela. Llegaron tarde a la hora de apoyarla, y tarde se van a dar cuenta de que han seguido apoyando lo que no ha merecido ser apoyado.

No hablo, por supuesto, de los miles de venezolanas y venezolanos que han seguido fieles a los ideales que impulsaron la revolución y a quienes se debe lo bueno que ha quedado. Todos ellos, como el conjunto del pueblo venezolano, merecen reconocimiento y todo el apoyo. Me refiero a la mayor parte de la clase dirigente encabezada por Nicolás Maduro que es corresponsable, junto a los grandes grupos de poder oligárquico de Estados Unidos, del empobrecimiento de su pueblo y de la enorme tragedia que es muy posible que esté por venir.

He escrito en estos días lo que pienso sobre lo que acaba de suceder en Venezuela (Un crimen más de Estados Unidos) y tengo muy claro que el sufrimiento de su pueblo es, ante todo, consecuencia de una agresión continuada de Estados Unidos: un crimen político, económico y social que debe ser condenado sin reservas, gobierne quien gobierne en Caracas.

Pero precisamente porque esa agresión existe y es tan brutal, no se le puede responder renunciando a principios que siempre han de ser ingredientes fundamentales de la transformación social progresista. Las izquierdas no pueden defender con credibilidad la emancipación de los pueblos si relativizan la democracia, los derechos humanos, la justicia, la no violencia o la paz. Cuando se asumen como valores de quita y pon es imposible impulsar y sostener procesos transformadores: se vacían por dentro y se dejan sin futuro.

Esos valores no pueden ser meros adornos morales que se utilizan cuando conviene. Su defensa y puesta en práctica es una condición que inexcusablemente ha de darse para que la transformación social no derive en autoritarismo, corrupción o en una simple sustitución de las élites. Si sólo se exigen cuando los pisan “los otros” y se excusan cuando los vulneran «los nuestros», no sólo se pierde autoridad moral: se renuncia así, en la práctica, a la posibilidad de construir formas de vida alternativas justas y liberadoras que sean creíbles y permanentes para los pueblos.

Se perfectamente que no es fácil hacer efectivos esos principios cuando se tiene enfrente a un enemigo que no los respeta, ni consiente que se ejerzan en beneficio de toda la sociedad, pero es imprescindible hacerlo. Nadie dijo que cambiar un mundo dominado por una oligarquía tan inhumana y poderosa como la de hoy día fuese una tarea simple y sencilla.

Iván Cepeda: «Derrotar el neofascismo es una condición para preservar la vida»

Fuentes: Rebelión [Imagenes de Paula Montoya Giraldo]


El candidato presidencial de la izquierda a las elecciones presidenciales de Colombia llama desde Madrid a un movimiento global contra la extrema derecha neofascista

El candidato presidencial del Pacto Histórico, Iván Cepeda, lanzó este martes 7 de enero, un contundente llamado a la conformación de un gran movimiento global para enfrentar lo que calificó como una “internacional neofascista”, durante un acto político realizado en Madrid ante la comunidad colombiana en el exterior y representantes de fuerzas políticas de la izquierda española. 

El auditorio de la sede del sindicato Unión General de Trabajadores (UGT) en Madrid, con capacidad para un millar de personas, se quedó pequeño para dar cabida a todas las personas que acudieron a escuchar y mostrar su apoyo al candidato presidencial por el Pacto Histórico para las elecciones presidenciales de mayo de 2026, y a su jefa de campaña, la senadora María José Pizarro.

 
En su intervención, Cepeda agradeció a España y a diversos dirigentes y organizaciones sociales por el respaldo histórico a los procesos de paz en Colombia, en especial al Acuerdo firmado en 2016. El candidato destacó el papel de la solidaridad internacional en los momentos más críticos del conflicto armado y de la persecución política contra sectores progresistas en el país.

Cepeda afirmó que el Pacto Histórico se prepara para disputar y ganar un segundo gobierno progresista en Colombia en 2026, al que dijo aspirar como sucesor del presidente Gustavo Petro. Según el dirigente, ese proyecto político se apoya en las luchas sociales, los logros alcanzados durante el actual gobierno y una amplia alianza con movimientos sociales y fuerzas democráticas.

Uno de los ejes centrales del discurso fue la crítica a la política exterior de Estados Unidos y, en particular, a la reciente intervención militar en Venezuela. Cepeda rechazó cualquier forma de agresión o injerencia y sostuvo que este tipo de acciones vulneran la paz regional, el derecho internacional y la estabilidad económica de América Latina. “No somos una colonia ni un protectorado”, afirmó, al tiempo que exigió respeto por la soberanía colombiana y por el gobierno de Gustavo Petro.

El candidato también cuestionó duramente la llamada “guerra contra las drogas”, que calificó como un fracaso histórico impuesto desde Washington. Señaló que esa estrategia ha contribuido al fortalecimiento del narcotráfico, a la degradación institucional y a graves violaciones de derechos humanos en Colombia. En ese contexto, anunció que, de llegar a la presidencia, impulsará un replanteamiento profundo del enfoque internacional frente a las drogas ilícitas

Cepeda advirtió sobre el ascenso coordinado de fuerzas de extrema derecha a nivel internacional, a las que describió como portadoras de un proyecto autoritario, excluyente y violento. Según el dirigente, estas corrientes promueven el racismo, la xenofobia, la misoginia y el desprecio por los sectores más vulnerables, además de una explotación depredadora de la naturaleza.

En ese marco, denunció la reactivación de la Doctrina Monroe bajo lo que denominó el “corolario Trump”, una visión que —dijo— concibe a América Latina como un espacio de dominación estratégica de Estados Unidos. A su juicio, esta doctrina amenaza la soberanía de los países de la región y busca imponer gobiernos afines mediante presiones económicas, políticas y militares.

El discurso concluyó con un llamado a unir a fuerzas progresistas, movimientos sociales y pueblos de todo el mundo para frenar el avance del neofascismo y defender la paz, la democracia y la dignidad humana. “Derrotar el neofascismo no es una consigna, es una condición para preservar la vida”, afirmó Cepeda, quien cerró el acto reivindicando la soberanía de Colombia y el respaldo al actual presidente Gustavo Petro.




El discurso en Youtube:



Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

martes, 20 de enero de 2026

Premios Fronteras del Conocimiento. Premio Fronteras para los descubridores del ‘ángulo mágico’ que genera supermateriales

El físico español Pablo Jarillo-Herrero y el canadiense Allan MacDonald son reconocidos con el galardón de la Fundación BBVA, dotado con 400.000 euros

Los creadores de un nuevo campo de la física, conocido como twistrónica, han ganado este jueves el Premio Fronteras del Conocimiento en Ciencias Básicas, dotado con 400.000 euros. El físico español Pablo Jarillo-Herrero y el canadiense Allan MacDonald han recibido el galardón de la Fundación BBVA en su decimoctava edición. El jurado ha elegido a estos científicos entre casi un centenar de nominados, por sus trabajos pioneros sobre el llamado ángulo mágico, que permite transformar y controlar el comportamiento de nuevos materiales.

Un giro de apenas un grado logró revolucionar la física de materiales. En 2011, MacDonald, nacido en Antigonish en 1951, predijo teóricamente que al rotar dos capas de grafeno ―láminas de carbono de un solo átomo de espesor― en torno a un ángulo muy preciso, de aproximadamente 1,1 grados, surgirían propiedades electrónicas completamente nuevas. Siete años después, el investigador Pablo Jarillo-Herrero, nacido en Valencia en 1976, confirmó experimentalmente esta idea. Se demostró que ese ángulo mágico podía convertir el grafeno en un material superconductor o aislante.

Jarillo-Herrero, del Instituto Tecnológico de Massachusetts (EE UU), publicó los resultados de su investigación en la revista Nature en 2018. Su contribución se convirtió en una de las más citadas del año en todo el mundo. Aquel descubrimiento abrió un campo de investigación conocido como twistrónica, que estudia cómo la rotación entre capas de materiales bidimensionales superpuestas permite controlar su comportamiento electrónico. “Es un reconocimiento que es compartido con un colega y amigo, MacDonald. Además, yo soy la persona nombrada, pero realmente es un premio a mi grupo de investigación”, explica el premiado.

MacDonald, de la Universidad de Texas en Austin (EE UU), opina que lo logrado por Jarillo-Herrero es “ciencia ficción”. El propio físico valenciano afirma que rotar una capa de grafeno sobre otra con un ángulo concreto era algo que “nunca se había podido hacer en la historia de la física”. Durante años, el equipo de Jarillo-Herrero realizó multitud de experimentos hasta que consiguió superponer capas de finísimos materiales con el ángulo deseado, obteniendo propiedades con prometedoras aplicaciones industriales, como la superconductividad de electricidad y el magnetismo. El proceso actual todavía es muy artesanal. Jarillo-Herrero se compara con “monjes medievales haciendo un manuscrito”.

En una conversación telefónica con EL PAÍS, Jarillo-Herrero cuenta de dónde parte esta analogía. “Muchas veces me preguntan qué hace falta para hacer tecnología o aplicaciones con estos materiales. Yo les digo que sabemos cómo hacer un dispositivo, pero uno solo cada vez”. Cada uno con sus propias particularidades: “Los monjes medievales hacían un manuscrito con muchas florituras, único, pero luego si tenían que hacer otro lo hacían desde el principio. Aún hace falta que se invente la imprenta de materiales cuánticos para hacer miles o millones de dispositivos, todos idénticos”.

Este físico admite que producirlos a gran escala aún es un problema: “Si pudiéramos hacerlos, se podrían utilizar para muchísimas aplicaciones en tecnologías cuánticas”. Como, por ejemplo, en computación cuántica o en detectores ultrasensibles de luz, sobre todo infrarroja. Da otro ejemplo: en aplicaciones de computación neurológica, “que es comunicación inspirada en el cerebro y que puede ser útil para crear una inteligencia artificial más eficiente energéticamente”.

El jurado en la categoría de Ciencias Básicas estuvo presidido por Theodor W. Hänsch, premio Nobel de Física y una de las figuras más influyentes de la espectroscopia láser moderna. En la anterior edición del galardón, los científicos Avelino Corma, John F. Hartwig y Helmut Schwarz fueron los reconocidos por sentar las bases de los catalizadores —sustancias que incrementan la velocidad de una reacción— que hacen posible una química más sostenible y eficiente al evitar fuentes fósiles, como el petróleo o el gas.

Sobre la firma Selva Vargas Reátegui