
Cuando en 2017 ganó el Premio Goncourt con El orden del día, Éric Vuillard (Lyon, 1968) se convirtió en uno de los principales escritores europeos. A mediados de noviembre pasó por Madrid, pocos días antes de recibir un galardón en la ciudad alemana de Ludwigshafen: el Premio Ernst Bloch, concedido a “una obra científica o literaria destacada por una actitud filosófica significativa para realizar un examen crítico del presente”.
P. Con un estilo muy personal.
R. De entrada, con la primera versión de La batalla de Occidente, no comprendía lo que había hecho. Lo he descubierto después, mientras avanzaba con mis otros libros. Construyo una narración, en forma de novela, donde se integran divagaciones poéticas, la subjetividad del autor incluso más allá del narrador, y una mezcla de registros que lo acaban por convertir también en un ensayo. Ahora la separación de géneros me parece artificiosa.
P. En su literatura practica una especie de zoom, de mirada microscópica a un episodio, focalizando la atención en aspectos muy concretos. ¿Qué busca con esa técnica?
R. Hace poco leí El almacén de antigüedades, de Dickens. El libro está centrado en una niña, muy pobre, y su abuelo, y habla de la pobreza en la Inglaterra de su tiempo. Toda la escritura —los adjetivos, el ritmo, la estructura…— palpita como el personaje, como si la escritura fuera esa niña protagonista. Crea realidad. El lector de la época no tenía experiencia de esa pobreza, de la mendicidad, de lo que implicaba dormir en la calle. Y Dickens nos confronta con esa experiencia desconocida que, a través de la fuerza de esa escritura palpitante, se nos hace familiar. La novela se publicó por entregas: cuando un nuevo folletín llegaba a Nueva York, los jóvenes esperaban los ejemplares que traía el barco y se preguntaban si la protagonista aún estaba viva, como si fuera una persona real. Y un diputado irlandés, que leyó el final en un tren, el de la muerte, se escandalizó, arrugó el periódico, lo tiró por la ventanilla y exclamó que no deberían haberla matado. No la mató Dickens, la había matado la miseria. No era una ficción. Entonces no había otra manera de aprehender la realidad. Es el mejor ejemplo de la literatura de zoom. El novelista actúa así como un antropólogo social. Porque hay cosas que necesitamos distancia para comprenderlas y otras que se ven mejor de cerca.
P. Hace un par de años escribió un prólogo para una edición del Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels.
P. ¿El tema de sus libros, en realidad, es la relación entre el capitalismo y los hombres, las formas de explotación del individuo?
R. Es el mayor fenómeno social. Toda literatura, de alguna manera, explora lo que es central en la sociedad en la que se desarrolla mientras que la ideología es la justificación que la clase dominante construye para legitimar la dominación. Desde el siglo XIX, desde Dickens a Proust pasando por Tolstói, la corriente central de la literatura ha convergido en explorar los problemas sociales mayores, en los que literatura y política van ligadas. Los libros han jugado un rol político de primer nivel. Y con el cambio de coyuntura reciente, el que tiene el 2008 como fecha simbólica y que afecta también a las clases medias o a la pequeña burguesía, la cuestión política y económica regresó, como si volviésemos a ese momento de la novela realista del siglo XIX. Hoy la literatura se rencuentra con esa fuerte presencia de las desigualdades, ante una regresión de la libertad. Y la literatura se vuelve cortesana si olvida el mundo en el que vive.
El escritor francés Éric Vuillard, el pasado 19 de noviembre. SAMUEL SÁNCHEZ
P. Diría que sus libros se centran en el pasado, pero hablan de la regresión en el presente.
R. Así lo espero. La literatura, con personajes diferentes, pero siempre es sobre quien muere: el ser humano.
P. ¿También en Conquistadores?
R. De alguna manera el discurso contra la inmigración se puede decir que lo impulsan quienes tienen una idea favorable de la Conquista. Lo que en realidad significa que el relato de la Conquista es hipócrita. Es algo muy paradójico. Es algo que ya está en la Verdadera relación de la conquista del Perú, de Francisco de Jerez, que en la primera página de su crónica afirma que la Conquista se realiza por la gracia de Dios, pero Dios desaparece desde la segunda y ya no dejará de hablar del oro. El hilo rojo del libro no será Dios sino el oro. La motivación de Pizarro y sus compañeros de aventura no tiene nada que ver con la religión ni la civilización. El oro es el principal motivo de la conquista del Perú. Y el segundo es la posesión de la tierra: destruir y repoblar con los españoles. No es algo particular. Los franceses y norteamericanos hicieron lo mismo. Todos.
P. ¿Cómo se relaciona esa relectura de la Conquista y el colonialismo con el presente?
P. Pero nadie está obligado a escribir desde esa perspectiva.
R. Te respondo con otro ejemplo. El novelista E. M. Forster —el autor de Regreso a Howards End, Maurice— impartió unas conferencias sobre el género de la novela hace un siglo en Oxford. Allí se refirió a los grandes temas de la literatura: el amor, las relaciones familiares… Y en esa lista él olvida dos cosas: el trabajo y el dinero, como si el dinero no tuviese importancia en nuestra vida. Pero olvida también que esa dimensión sí está en Regreso a Howards End: porque están el amor y los problemas familiares, pero en el centro está la herencia de una casa, la que da nombre al título. Lo social no está al margen. Él no es un intelectual, es un escritor en la realidad, que ha sido explicado en ocasiones como ejemplo de escritor no político. Y puede ser discreto como novelista, disimula, pero la presencia de lo social en ese libro es suficientemente visible como para que Virginia Woolf considerara que era excesiva. De la misma manera que disimuló su homosexualidad, Forster también disimuló la presencia de lo social en sus novelas.

P. En La guerra de los pobres y 14 de julio aparece la violencia. ¿Es la alternativa histórica a la opresión? ¿Es el motor del cambio?
R. Sigo con el ejemplo de Forster. Las instituciones sociales son su tema: el amor, el matrimonio… Y diría que para él el matrimonio es una gran violencia. Está allí la violencia de la estructura social. En las novelas más célebres del XIX la violencia la ejercen los mejor asentados, los hombres sobre las mujeres. Porque, como dijo Lord Acton, el poder corrompe y el poder corrompe absolutamente. Nosotros vivimos en una sociedad con desacuerdos conscientes y nos parece natural, normal, como si fuese eterna. Y la revuelta altera la sociedad que creemos eterna. Hay revueltas en la esfera privada, como en Howards End, o en la vida pública. Piensa en el Antiguo Régimen, la sociedad monárquica del siglo XVIII en Francia, un mundo que hoy consideramos inaceptable, totalmente desigual. ¿Cómo aceptar que la homosexualidad era un delito? ¿Cómo aceptar que el divorcio era imposible? ¿Cómo aceptar la esclavitud? ¿Cómo aceptar que la gente que nos dirige no fuese elegida? Eso era el Antiguo Régimen. Así era la sociedad francesa antes del 14 de julio. Y la violencia de ese día, terrible, esencialmente fue ejercida sobre el pueblo. Ejercida por un ejército que estaba integrado por mercenarios al servicio del rey y no de Francia. La diferencia es que el día después, 30.000 personas de origen pobre o artesanos se armaron y tomaron el fuerte medieval de la Bastilla, la última plaza fuerte de París. Así la sociedad vivió una convulsión y cambió. Y eso ocurrió porque el pueblo se armó. Y el poder central no lo pudo dominar. La destrucción de la Bastilla era condición necesaria para la existencia de una democracia.
P. Después de la crisis de 2008 y el aumento de las desigualdades, ¿cree que el presente es un momento de revuelta?
R. Cualquier individuo que vive en sociedad tiende a pensar que vive en una situación normal. Nosotros somos hijos de la idea de igualdad y libertad, estamos a favor de ellas y debería desarrollarse porque no tiene límite. Pero ahora, desde hace 40 años, hay una regresión de la libertad. Ahora en París ha aumentado el control para identificar a quien no paga, como si ese fuera un gran problema. Pero es una anécdota que va de lo particular hasta la estructura de la ley, de la modificación de las libertades públicas. En este momento de regresión lo aceptamos como algo que parece un paréntesis, puramente una coyuntura. Pero en Francia la ley antiterrorista controla y el espacio público ha cambiado. Igualmente, como contó Libération, la policía disparó contra ecologistas. Es una regresión constante. En los derechos laborales, en los servicios públicos. Ya no es coyuntural. Es un cambio trascendente. Y es un hecho inaceptable. En tanto que escritores, como Dickens o Forster, deberíamos escribir libros que cuenten esa regresión para comprenderla mejor, para no ignorarla.
P. ¿Qué nos va a contar en su nuevo libro?
R. La historia de un desperado que muere joven: Billy el Niño. Está la juventud como forma de libertad en un contexto muy particular: el oeste americano. Con armas, caballos, con aventuras extremadamente peligrosas en busca de una cierta forma de emancipación violenta: una libertad vana que lleva a la muerte. Y después esta otra historia: la de la estructuración de la gran propiedad del territorio, también con violencia, y luego las elecciones organizadas después de la constitución de ese dominio, un momento único para blanquear los crímenes cometidos. El libro es una historia de la democracia confiscada.
P. Felicidades por el premio Ernst Bloch. ¿Qué representa hoy este filósofo?














