Mostrando entradas con la etiqueta Manuel Sacristán. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Manuel Sacristán. Mostrar todas las entradas

sábado, 28 de marzo de 2026

Manuel Sacristán y el marxismo del siglo XXI


Fuentes: La Izquierda Diario [Imagen: Marx. Créditos: Federico Murro, tomado de Brecha]


En esta nueva entrega del Centenario Manuel Sacristán reproducimos un texto de Juan Dal Maso sobre el Marx que se leerá en el siglo XXI.

Este año se cumplen cien años del nacimiento y cuarenta de la muerte de Manuel Sacristán (1925-1985), el principal filósofo marxista de habla castellana. En esta ocasión, intentaremos recuperar su mirada respecto del Marx que leeríamos en el siglo XXI, no solamente para analizar si su hipótesis se vio corroborada sino sobre todo para pensar en qué medida el propio Sacristán colaboró en crear las condiciones para una relectura del pensamiento de Marx en la actualidad, así como sus aportes para intervenir en la escena del marxismo actual.

¿Qué Marx para nuestro siglo?
Fechado el 6 de febrero de 1983 (en la ciudad de México) y publicado en octubre de ese año en la revista mientras tanto, el texto “¿Qué Marx se leerá en el siglo XXI?” realiza ciertas predicciones y ofrece algunas importantes claves de lectura para pensar la vigencia de Marx en la actualidad. Antes de analizar los planteos del trabajo de Sacristán, tengamos en cuenta que esos son años de recapitulación en el debate marxista. En 1983 también se publicó Tras las huellas del materialismo histórico de Perry Anderson, basado en unas conferencias dictadas por el historiador británico el año anterior, en cuyas conclusiones aparecen los temas identificados como centrales en el mismo período por Sacristán: el feminismo, el movimiento ecologista y el movimiento antibélico/antinuclear. El año 1983 también es del inicio de las conferencias de Jameson sobre el posmodernismo. Son años de “crisis del marxismo”, inicios de la ofensiva neoliberal y proliferación de posiciones teóricas antimarxistas, posestructuralistas, posmodernas y posmarxistas. En ese marco, Sacristán señalaba que en el siglo XXI se seguiría leyendo a Marx, e iba a estar claro que “el desprecio por Marx de los años setenta y ochenta, nacido del hipermarxismo de 1968, fue solo, como este, otro despiste de la misma labilidad pequeñoburguesa” [1]. En la perspectiva de Sacristán, Marx era un clásico y eso estaría claro también para nuestra época. Lo más difícil de prever era qué Marx se iba a leer en nuestro siglo.

Descartando que su vigencia se viera garantizada por la sola perfección literaria de algunos tramos de su producción teórica, Sacristán afirmaba que “dentro de veinte años” iba a ser más fácil “reconocer la dimensión y los límites del núcleo formalmente teórico (de «economía pura», como decía Marx, y también de sociología y de historia) de la obra marxiana”, así como su deuda con la especulación hegeliana, que le daba su carácter particular al trabajo teórico de Marx (recordemos que Sacristán se ocupó en detalle de este tema en su conferencia de 1978 sobre “El trabajo científico de Marx y su noción de ciencia”). Sacristán asignaba una importancia fundamental a la relectura de Hegel puesta en práctica por Marx en 1857, para rebasar el terreno de la crítica “joven-hegeliana” y decidirse a hacer un trabajo propiamente científico, pero que iba más allá de la prosaica “ciencia normal”. Pero para Sacristán lo que caracterizaba el pensamiento de Marx era una orientación eminentemente práctica:

El conocimiento que busca Marx ha de ser muy abarcante, contener lo que en nuestra academia llamamos economía, sociología, política e historia (la historia es para Marx el conocimiento más digno de ese nombre). Pero, además, el ideal de conocimiento marxiano incluye una proyección no solamente tecnológica, si no globalmente social, hacia la práctica. Un producto intelectual con esos dos rasgos no puede ser teoría científica positiva en sentido estricto, sino que ha de parecerse bastante al conocimiento común, o incluso al artístico, e integrarse en un discurso ético, más precisamente político. Es principalmente saber político. Permítaseme repetir -porque cuando uno habla de Marx siempre corre el riesgo de levantar ronchas- que eso no excluye la presencia central de contenidos estrictamente científico-positivos en la obra de Marx. Ellos son imprescindibles en su concepción y la diferencian de las otras épocas de la tradición revolucionaria [2].

Volviendo sobre la cuestión de la tensión en Marx entre un determinismo de las “leyes de la historia” y la centralidad del “desarrollo subjetivamente revolucionario de la clase explotada”, Sacristán consideraba que la lectura determinista fatalista era una mala lectura del pensamiento de Marx pero que –más allá de la cuestión de la precisión teórica– se imponía un examen de la cuestión en función de que el capitalismo había logrado combinar el desarrollo científico-tecnológico con una política reaccionaria:

El desarrollo de las fuerzas productivas, señaladamente el de ciertas técnicas militares (armamento atómico, biológico y químico), pero también, y no menos profundamente, el de técnicas para la vida civil (desde la producción de energía en gran escala, con fuerte efecto centralizador, hasta la ingeniería genética), se puede integrar perfectamente en una perspectiva política que tiende a eternizar la explotación y la opresión, dando una vuelta más a la triste noria de la historia universal [3].

Lo que le interesaba a Sacristán no era discutir la validez del esquema de Marx sobre fuerzas productivas y relaciones de producción, sino sobre todo “la cuestión política de cómo hay que actuar sobre los datos que satisfacen hoy el esquema para promover la realización de los valores socialistas”. Para pensar ese problema, era necesario “tener en cuenta la peculiaridad y novedad de una fuerza productiva apenas naciente en tiempos de Marx: la tecnociencia contemporánea” [4]

Como habíamos comentado antes, Sacristán había abordado en su conferencia de 1978 las diversas vertientes que conformaban la noción de ciencia de Marx. El registro de esa reflexión era centralmente teórico y epistemológico. En este caso, Sacristán hacía hincapié en la relación entre actividad científico-técnica y desarrollo del capitalismo, a tono con sus reflexiones sobre el rol de la ciencia en la sociedad contemporánea. Para esto, identificaba en Marx tres formas de abordar el problema:

Se encuentra en la obra de Marx, sobre todo a partir de los manuscritos de 1857-1858 -como lo señaló Ernest Mandel-, consideraciones bastante simétricas y completas acerca de la influencia de la ciencia de la naturaleza en el cambio social moderno. Es posible catalogarlas en tres grupos: hay reflexiones visiblemente animadas por una peculiar mezcla del infalibilismo de la dialéctica hegeliana con el optimismo ilustrado dieciochesco que implantaron en Marx su padre y su suegro: éstas se encuentran sobre todo desde los citados Grundrisse hasta finales de los años setenta. Hay otras contrapuestas a las anteriores, en las que Marx estudia y expone los efectos opresivos y destructores del progreso técnico no sólo en la clase obrera, sino también en la naturaleza; estas exposiciones se encuentran dispersas por toda la obra de Marx, pero principalmente en el libro I de El Capital y en los manuscritos de la época en que más química y agronomía leyó (preparación del Libro III de El Capital): se puede añadir a este grupo algunas reflexiones melancólicas y dubitativas de sus últimos años, por ejemplo, a propósito de la disolución de la comunidad aldeana rusa o de la penetración del ferrocarril por los valles de los afluentes del Rin. Por último, hay un tercer registro, característicamente “dialéctico”, que apunta en el Manifiesto Comunista(1848) y se encuentra plenamente formulado en el manuscrito de 1857-1858, en un paso, bastante citado estos últimos años, que describe la pugna entre progresismo maquinista y reacción medievalizante y afirma que la lucha entre esas dos concepciones igualmente parciales no se resolverá sino con la superación del capitalismo, También la repetida observación marxiana de que en el capitalismo toda fuerza productiva es al mismo tiempo una fuerza destructiva pertenece a esta línea “dialéctica” [5].

Identificando la primera lectura con la socialdemocracia y el estalinismo y descartando que la segunda pudiera volverse predominante, Sacristán afirmaba:

Queda la lectura más fiel al sistema de Marx y a su estilo intelectual, la que se orienta por la perspectiva dialéctica articulada por vez primera en el manuscrito de 1857-1858, aunque anticipada en el Manifiesto Comunista: la tensión entre la creación y la destrucción, causadas ambas por el desarrollo capitalista de las fuerzas productivas-destructivas, así como la tensión entre las ideologías correspondientes, no puede resolverse más que con el socialismo. En lo que se refiere a las sociedades conocidas, o en la medida en que niega, la tesis suena realista y los hechos parecen concordar con ella. Pero no da ni una tenue pista para hacerse una idea de por qué y cómo se van a superar esas tensiones en el socialismo. Se puede sospechar que el logicismo de origen hegeliano, «enderezado» y convertido en confianza en las “leyes de la historia” y en la “racionalidad de lo real”, es la causa de esa laguna [6].

Concluía Sacristán:
El que este Marx más completo –aun con su importante laguna– sea el leído en el siglo XXI presupone que sus lectores hayan abandonado la fe progresista en la bondad supuestamente necesaria de toda reproducción ampliada, y hasta del mismo paso del tiempo. Y el que los marxistas del siglo XXI se den cuenta de la laguna que presenta incluso esta que es la mejor de las lecturas presupone que hayan abandonado también la fe hegeliana en la racionalidad de lo real (que vaya usted a saber lo que significa, dicho sea de paso). El asunto real que anda por detrás de tanta lectura es la cuestión política de si la naturaleza del socialismo es hacer lo mismo que el capitalismo, aunque mejor, o consiste en vivir otra cosa [7].

Destaquemos, de paso, que unos meses después y ya de vuelta en Barcelona, en su conferencia sobre “Algunos atisbos ecológico-políticos de Marx”, Sacristán profundizaba estos planteos, señalando:

Hay, pues, en el pensamiento de Marx, algunos motivos (algo más que barruntos) que rebasan la ecología del trabajo bajo el capitalismo. Pero, además, Marx ha intentado utilizar esos motivos para entender qué habría de ser la sociedad socialista. El intento es corto y no muy preciso, pero tiene bastante interés. Marx parte de una convicción muy pesimista, a saber, que en el momento de construir la sociedad socialista el capitalismo habrá destruido completamente la relación correcta de la especie humana con el resto de la naturaleza (entendiendo por “correcta”, pragmáticamente, la relación adecuada para el sostenimiento de la especie). Y entonces asigna a la nueva sociedad la tarea -dice literalmente- de “producir sistemáticamente” ese intercambio entre la especie humana y el resto de la naturaleza, entendiendo como básica ley reguladora de la producción en una forma adecuada a lo que llama (con un ideologismo muy de época, que todavía hoy perdura en giros como “psicología evolutiva”, etc.), “pleno desarrollo humano”. La sociedad socialista queda así caracterizada como aquella que establece la viabilidad ecológica de la especie. El desarrollo es muy breve; toda esta sección X del capítulo XIII del libro I de El Capital es corta; según las ediciones ocupa entre tres y cinco páginas. Pero su contenido es de mucho interés. ¿Por qué no ha tenido continuación un texto tan categórico y preocupante, puesto que expresa la hipótesis de que el capitalismo no se extinguirá hasta haber destruido antes totalmente el metabolismo duradero entre la especie humana y la naturaleza? Pero sin duda la sensibilidad respecto de cualquier problema es un asunto histórico; generaciones y generaciones de marxistas y marxólogos han pasado sobre estas páginas fijándose en las demás cosas que decían, a saber, que el capitalismo tecnifica la agricultura, que reduce la población agrícola, etc., pero sin reparar en lo que decían acerca de la relación entre la especie humana y la naturaleza [8].

Recapitulando en el conjunto de cuestiones planteadas, podemos decir que Sacristán acertó en los siguientes aspectos: Marx se sigue leyendo, se lo considera un clásico; su lectura sigue teniendo una implicación político-práctica (aunque el marxismo militante es minoritario en relación con el marxismo académico); y al interior del marxismo viene creciendo con fuerza la corriente de la “fractura metabólica”, que busca pensar en profundidad la relación entre la problemática ecológica y la cuestión del socialismo, a partir de la lectura de Marx (aunque en su interior hay también distintas posiciones e interpretaciones). Nos centraremos ahora en la cuestión de la relación entre desarrollo de las fuerzas productivas y socialismo, que él planteaba como central para la lectura de Marx en nuestro siglo.

Hacia un replanteamiento de la cuestión del socialismo
La propuesta de Sacristán de desenganchar el socialismo de una concepción productivista resulta altamente relevante, no solo porque Sacristán acertó en la importancia que tendría el tema en el marxismo del siglo XXI, central en las perspectivas del marxismo ecologista, sino sobre todo porque es un asunto insoslayable para pensar el socialismo hoy en términos de proyecto de sociedad alternativa al capitalismo. La crisis ecológica impone pensar variantes que combinen el desarrollo económico y social con una forma de relación entre naturaleza y sociedad más mesurada que la impuesta históricamente por el capitalismo. Esto quiere decir que el socialismo no se propone o no debería proponerse llevar el desarrollo de las fuerzas productivas más allá del nivel conquistado por el capitalismo independientemente de su impacto ecológico. Por el contrario, estableciendo una barrera al desarrollo de las fuerzas productivas en clave de fuerzas “destructivas”, el socialismo permitiría simultáneamente desarrollar el potencial que tienen ciertas posibilidades de desarrollo de las fuerzas productivas en los marcos de una política tendiente a reconstruir el metabolismo entre la sociedad humana y su ambiente natural.

Así lo había planteado Sacristán en su “Comunicación a las Jornadas de Ecología y Política” (1979) en una buena síntesis de su pensamiento al respecto:

Esta complejidad de lo que tiene que hacer el sujeto revolucionario -ni “liberar las fuerzas productivas de la sociedad” sin más, ni simplemente coartarlas- conlleva un cambio de la imagen tradicional del agente. Era este concebido como una fuerza encadenada y mutilada, cuya liberación se entendía como una expansión ilimitada de disposiciones, facultades y operaciones. Eso era coherente con la idea de que la revolución rompía el dique social que impedía el “libre fluir de las fuentes productivas sociales”. A juzgar por la complicación de la tarea fundamental descrita, la operación del agente revolucionario tendrá que describirse de un modo mucho menos fáustico y más inspirado en normas de conducta de tradición arcaica. Tan arcaica, que se puede resumir en una de las de las sentencias de Delfos: “De nada en demasía” [9]

El planteo de Sacristán no reside solamente de una cuestión de énfasis retórico o terminológica, sino que implica repensar los parámetros con los que se define qué es el bienestar material para los seres humanos, en el marco de una tentativa de recomposición del metabolismo entre la sociedad humana y la naturaleza.

Este punto de vista permitiría sortear sendas trampas del tecno optimismo –que supone la posibilidad de encontrar siempre nuevas soluciones tecnológicas a los problemas sociales, políticos y ecológicos sobre la base de la huida hacia delante por el mismo patrón de desarrollo– y del decrecionismo, que desconoce –sobre todo en sus variantes más simplistas– el problema de la relación desigual entre centro y periferia y las necesidades específicas de esta última en términos de cuestiones básicas de infraestructura y nivel de vida. En esta dirección se orientan los recientes trabajos de Esteban Mercatante y Ariel Petruccelli.

En el cruce de tradiciones: Manuel Sacristán y la recomposición del marxismo
Hemos comentado en otros artículos algunas cuestiones que tienen que ver con el panorama actual del marxismo: el escenario de “marxismo global” o “mil y un marxismos” y las posibilidades de recomposición mediante una nueva síntesis o una convergencia (para no exagerar la suposición de homogeneidad) entre diversas tradiciones, con sus puntos fuertes y débiles, que nos permita pensar los futuros posibles del socialismo. Esto implica, para quienes formamos parte de la tradición trotskista, incorporar aquellos aportes vitales de otras tradiciones convergentes.

En ese panorama, Manuel Sacristán tiene muchas contribuciones para aportar, incluidas las que venimos comentando en estas líneas. Pero más allá de las cuestiones puntuales, quisiera destacar otras más, de posicionamiento general. La primera es la continuidad de una perspectiva revolucionaria (que no excluye una lectura realista de las condiciones en que se desenvuelve la lucha de clases). Tomemos un pasaje de su intervención crítica del eurocomunismo (1977), para sintetizar su posición:

Lo científico es asegurarse de la posibilidad de un ideal, no el empeño irracional de demostrar su existencia futura. Y lo revolucionario es moverse en todo momento, incluso en situaciones de mera defensa de lo más elemental, del simple pan (como en la presente crisis económica), teniendo siempre consciencia de la meta y de su radica ilusión de transición gradual que conduce a la aceptación de esta sociedad. […] Esa posición política tiene dos criterios: no engañarse y no desnaturalizarse. No engañarse con las cuentas de la lechera reformista ni con la fe izquierdista en la lotería histórica. No desnaturalizarse: no rebajar, no hacer programas deducidos de supuestas vías gradualistas al socialismo, sino atenerse a plataformas al hilo de la cotidiana lucha de las clases sociales y a tenor de la correlación de fuerzas de cada momento, pero sobre el fondo de un programa al que no cabe llamar máximo, porque es único: el comunismo [10].

Si bien su mirada de los últimos años era más movimientista que partidaria, la centralidad que otorgaba a la lucha de clases, buscando unir al movimiento obrero con el ecologismo y el feminismo, rechazando tanto la vía gradualista al socialismo como las alianzas con la “burguesía progresista” y su crítica del estalinismo en todas sus variantes [11] constituyen claros puntos de apoyo para pensar los problemas del marxismo actual.

La segunda cuestión de posicionamiento más general que quería destacar es la lectura del marxismo como una tradición viva, que no debía (no debería) ser interpretada de modo identitario o de mera adhesión a saberes ya establecidos, sino que debía renovarse pensando los nuevos problemas que planteaba la realidad del capitalismo y al mismo tiempo repensando las propias tensiones, puntos fuertes y débiles de su propio cuerpo teórico y su práctica política. Vamos a detenernos en este punto brevemente. Cuando hacemos referencia a una interpretación en clave identitaria del marxismo, nos referimos a una lectura que se circunscribe a ciertos tabiques establecidos durante la historia del marxismo del siglo XX, lo cual es complementario con la búsqueda de comodidad en los saberes ya establecidos. Por ejemplo: marxismo clásico vs. marxismo “occidental”. Más allá de que ciertas problemáticas vinculadas con la clasificación de Perry Anderson siguen teniendo vigencia (especialmente la necesidad de un marxismo más decididamente militante y no tan académico), el mundo en que se escribió ese libro ya casi no existe. Otro signo de identitarismo y “zona de confort” es de las corrientes y/o individuos que se reivindican trotskistas y están en una especie de cruzada para explicar lo mal que está trabajar con la teoría de Gramsci o lo improcedente de intentar pensar en qué consiste la actualidad de la teoría de la revolución permanente. No olvidemos tampoco la contribución de algunos sectores gramscianos que todavía siguen repitiendo al pie de la letra las críticas menos informadas de Gramsci contra Trotsky como si fueran axiomas. Pongo estos casos, porque son los que tengo más presentes en este momento. Pero no son para nada los únicos ejemplos posibles. El problema central que surge de la existencia de estos múltiples tabiques y “zonas de confort” es que se da la paradoja de que suelen ser los marxistas quienes menos interesados están en el marxismo (o mejor dicho en pensarlo y ponerlo en discusión).

Contra ese tipo de posturas, un abordaje como el de Sacristán nos permite pensar a un nivel distinto, sin atarnos a las antinomias del pasado pero sin la superficialidad de creer que podemos ignorarlas, poniendo a jugar esa dialéctica entre pasado y presente que Gramsci visitaba seguido en sus Cuadernos de la cárcel y que permitía comprender que “el presente contiene todo el pasado” y del pasado solo se realiza en el presente aquello que es “esencial” (C7 §24).

Por todas las reflexiones y aportes que repasamos en este artículo, parece sensato afirmar que Manuel Sacristán es un gran pensador del siglo XX, pero también (y quizás, sobre todo) del siglo XXI.

Notas

[1] Sacristán Luzón, Manuel, Pacifismo, ecología y política alternativa, Barcelona, Icaria, 1987, p. 123.
[2] Ibidem, pp. 124/125.
[3] Ibidem, pp. 125/126.
[4] Ibidem, pp. 126/127. Por “tecnociencia” suele entenderse la actividad científico-tecnológica de gran escala, orientada por objetivos centralmente económicos y con predominio de la inversión privada.
[5] Ibidem, p. 127.
[6] Ibidem, p. 128.
[7] Ibidem, pp. 128/129.
[8] Ibidem, pp. 146/147.
[9] Sacristán Luzón, Manuel, Antología esencial, preparada y presentada por Ariel Petruccelli y Salvador López Arnal, Bs. As. Editorial Marat, 2021, p. 185.
[10] Sacristán Luzón, Manuel, Intervenciones políticas. Panfletos y Materiales III, Barcelona, Icaria Editorial, 1985, pp. 205/206.
[11] El pensamiento de Sacristán está ligado estrechamente a la crisis del estalinismo. Su apoyo incondicional a la Primavera de Praga y su rechazo del eurocomunismo (que caracterizaba como un “estalinismo de derecha”) así lo atestiguan. 

Fuente: 

viernes, 20 de marzo de 2026

Sobre el interés de Sacristán en Bruno y Galileo


Fuentes: Rebelión [imagen: Galileo ante el Santo Oficio (1847), de Joseph-Nicolas Robert-Fleury]



En esta nueva entrega del Centenario Manuel Sacristán recuperamos una conferencia que había permanecido inédita hasta ese momento que Sacristán había pronunciado sobre la figura de Galileo y que había sido publicada en Rebelión (13/7/2007).

El 13 de febrero de 1967, Manuel Sacristán Luzón (1925-1985) impartió una conferencia en la Residencia (o Escuela) San Antón con el título «Bruno y Galileo: creer y saber». Existen dos esquemas muy similares de su intervención depositados en Reserva de la Biblioteca Central de la Universidad de Barcelona. Se incorporan aquí los textos seleccionados por el propio Sacristán para acompañar su intervención.

Sacristán participó con un breve escrito, fechado el 3 de diciembre de 1967, en una revista de los estudiantes de Filosofía de Barcelona. Su texto llevaba por título: «Un problema para tesina en filosofía». Ha sido reimpreso en Papeles de filosofía. Icaria, Barcelona, 1984, pp. 351-355. El lector hará bien en repasarlo como complemento de esta conferencia.

No era la primera vez que Sacristán se aproximaba a la figura de Galileo. Una de sus conferencias más recordadas, dictada en la facultad de Medicina de Barcelona en 1964, llevó por título: «Detrás de una medición de Galileo» (el esquema de su intervención se conserva igualmente en Reserva de la Biblioteca Central de la UB, Fondo Sacristán). De hecho, Sacristán hizo diversas y documentadas referencias a Galileo en sus clases de «Fundamentos de Filosofía» tras su vuelta de la Universidad de Münster, y en sus apuntes editados de 1956-57 y 1957-58 hay diversas referencias a la obra y al método galileano.

Sobre Galileo
Tiene interés recordar algunas aproximaciones de Sacristán a la obra de Galileo Galilei:

I) Matemático, astrónomo y físico italiano, revolucionó la concepción del mundo de su tiempo adhiriéndose a la tesis (copernicana) de que la tierra gira alrededor del sol. Su trabajo pionero en gravitación y movimiento le costó la vigilancia ininterrumpida del tribunal de la Inquisición en Roma. En 1633, a los 70 años de edad y después de haber estado sometido a veinte días de interrogatorios y acusaciones, Galileo abjuró. Cuenta la tradición que, al levantarse, golpeó con furia el suelo y exclamó «Eppur si muove» (y sin embargo se mueve). Su contribución al pensamiento moderno recoge, además, su intento inicial de combinar el cálculo matemático y la experimentación. Por eso se le considera no sólo padre de la mecánica moderna, sino también de la física experimental.

II) […] Pues Galileo no probó ni podía probar el heliocentrismo. Tampoco se ha probado,… la ley de caída libre de los graves, por ejemplo: el escolástico Cremonini pudo sostener con toda «razón» contra los galileanos que esa ley «no se cumple» nunca en la realidad accesible a los hombres en la superficie de la Tierra…

Ocurre, en sustancia, que el criterio de la cientificidad de una proposición no es su «demostrabilidad» en sentido absoluto: el criterio es más bien una cierta racionalidad crítica, intersubjetiva e interna a la teoría, «vinculada a supuestos y métodos», razón por la cual la racionalidad de cada proposición se manifiesta en la eficacia global de la teoría (que las contiene a todas) sobre la realidad.

Por otra parte, no está en absoluto claro que las verdades objetivas no produzcan jamás esfuerzo moral: Copérnico y Galileo no han muerto, como Bruno, en la hoguera, pero han luchado y sufrido por verdades así. Y es que, al no haber demostrabilidad absoluta, también es necesaria una decisión para imponerse el modo de pensar -y aún más el de vivir- racional.

III) El mundo de la matemática es ya el mundo en que vivimos, y lo será en mayor medida para las próximas generaciones. La frase de Galileo según la cual el libro de la naturaleza está escrito con caracteres matemáticos ha resultado tener la permanente verdad de las metáforas poéticas más auténticas. Seguramente nadie tiene hoy presente la inspiración platónica de la frase al reconocerla, luego de tres siglos, una vigencia aun más completa que en el momento en que la escribiera Galileo. Vigencia más completa porque la convicción de que la matemática es una raíz principal de nuestras posibilidades de comprender las cosas no se refiere sólo a las cosas de la naturaleza. Una naturaleza segunda, la técnica, penetra hoy, por obra en gran parte de la matemática, en la vida cotidiana, con profundidad creciente, configurándola e influyendo cada vez más en la consciencia de cada día. E incluso en la misma consciencia teórica de la vida social, en las ciencias sociales, se tiene un proceso de penetración del pensamiento matemático que, según toda apariencia, no previeron nunca ni los pensadores más entusiastas de la matemática en el pasado.

IVa) Más en general, el análisis reductivo practicado por la ciencia tiende incluso a obviar conceptos con contenido cualitativo, para limitarse en lo esencial al manejo de relaciones cuantitativas o al menos, materialmente vacías, formales. Esto se aprecia ya claramente en los comienzos de la ciencia positiva moderna. Así, por ejemplo, lo que hoy llamamos «presión atmosférica» fue manejado durante algún tiempo por la naciente ciencia moderna con el viejo nombre de «horror de la naturaleza al vacío» (
Horror vacui
)
, sin que el uso de esta noción tuviera grandes inconvenientes, pues lo que de verdad interesaba al análisis reductivo del fenómeno (desde Galileo hasta su discípulo Torricelli) era la consecución de un número que midiera la fuerza en cuestión, cualquiera que fuera la naturaleza de ésta.


El análisis reductivo practicado por la ciencia tiene regularmente éxito. Es un éxito descomponible en dos aspectos: por una parte, la reducción de fenómenos complejos a nociones más elementales, más homogéneas y, en el caso ideal, desprovistas de connotaciones cualitativas, permite penetrar muy material y eficazmente en la realidad, porque posibilita el planteamiento de preguntas muy exactas (cuantificadas y sobre fenómenos «elementales») a la naturaleza, así como previsiones precisas que, caso de cumplirse, confirman en mayor o menor medida las hipótesis en que basa, y, caso de no cumplirse, las falsan definitivamente. Por otra parte, el análisis reductivo posibilita a la larga la formación de conceptos más adecuados, aunque no sea más que por la destrucción de viejos conceptos inadecuados. Así, aunque todavía no en Galileo, en Torricelli y Pascal aparece ya el concepto de presión atmosférica, una vez que Galileo ha relativizado y minimizado el contenido cualitativo del concepto tradicional del horror de la naturaleza al vacío.

IVb) La decisión con que Galileo va a la búsqueda del integrante matemático de los fenómenos, para generalizarlo luego en leyes que también son matemáticas, se patentiza de modo notable en el siguiente ejemplo, que vale la pena considerar por su radicalismo en este sentido: Galileo analiza matemáticamente a base de ese experimento algo de cuyo concepto careció durante toda su vida: la presión atmosférica.

Los interlocutores del diálogo acerca de dos nuevas ciencias están discutiendo acerca de si el vacío (es decir, lo que la tradición llamó «horror de la naturaleza al vacío» u » horror vacui») es «bastarte de por si solo para mantener unidas las partes separables de los cuerpos sólidos». Galileo quiere demostrar que esa «fuerza del vacío» no basta para explicar la unión de partes físicas de un cuerpo. Y como primer paso para demostrarlo, se propone analizar, «resolver» esa fuerza. Pero analizar es para Galileo medir, matematizar. Arbitra el siguiente procedimiento:

1. Se toma un cilindro hueco de vidrio ABCD, dentro del cual puede funcionar un émbolo FGHI, perforado por la varilla JK. El orificio para el paso de la varilla es holgado.

2. Por el orificio se vierte aceite hasta llenar el espacio HIBO. (El aire puede salir por ser el orificio del émbolo holgado para la varilla).

3. Hecho esto, se tapona herméticamente el émbolo tirando de la varilla KJ, mediante el reborde de ésta, que es de mayor diámetro que el orificio Se invierte el aparato y se coloca en el gancho K de la varilla pesos hasta conseguir «vencer la fuerza del vacío», es decir, hasta que el aceite se separe del fondo del cilindro. Repitiendo el experimento para eliminar errores, será conocida la «fuerza del vacío».

Así mide Galileo lo que hoy llamamos presión atmosférica. Con su método, Galileo ha empezado por llegar a conocer matemáticamente una entidad establecida por inducción: la «fuerza del vacío». Luego, en el curso ulterior de su razonamiento, probará si esa fuerza es suficiente para separar, por ejemplo, trozos de mármol. Comprueba que no lo es, y concluye que los trozos de los cuerpos físicos (no ya sólo del mármol) están unidos por alguna fuerza mayor que la mera presión atmosférica, u «horror al vacío», como creía el físico escolástico con quien polemiza en ese momento.

El método de Galileo está basado en una inducción matemática. La inducción galileana puede prescindir de conceptos esenciales, y hasta usar conceptos fantásticos, sin que eso inutilice su resultado, que es matemático, relacional y no conceptual.

Esa es la auténtica y transcendental diferencia entre la inducción galileana y la aristotélica, y no la presunta inepcia que se atribuye al gran clásico griego cuando se le hace padre de un imposible método inductivo que exigiría enumerar todos los casos particulares de una predicación antes de hacer la predicación universal. Las obras de Aristóteles abundan en inducciones incompletas, pero no basta con que una inducción sea incompleta para que sea galileana: para ser galileana tiene que ser, además de incompleta, matemática, y debe venir apoyada en una metodología experimental auxiliar.

Aristóteles también buscaba, como Galileo, lo universal por inducción incompleta. Pero para Aristóteles lo universal era cualitativo, conceptual: los universales eran esencias. Así lo había aprendido Aristóteles de la tradición socrática. En cambio, lo que la inducción galileana descubre, el «universal» de Galileo, no es esencia, sino ley, relación.

V) Ahora bien: estos importantes progresos determinan un profundo desprecio por la ciencia escolástica, y víctima de ese desprecio es, junto con muchas cosas que lo merecían, algo que era, en cambio, digno de mejor suerte: la lógica formal de la Baja Escolástica y en general, la tradición lógica aristotélica. Desprestigiada por su desorbitado uso como técnica de investigación empírica… la lógica pierde su espíritu teórico-formal. El desprestigio llega a extremos que sólo pueden comprenderse teniendo en cuenta lo deslumbrador que debió ser para los hombres de los siglos XV, XVI y XVII el descubrimiento de los métodos de investigación empírica y de la filológica: la observación libre, no sometida a autoridades, la experimentación, la forja de hipótesis audaces, la creación de teorías independientes, la matematización, y el estudio directo y crítico de los clásicos. El humanista Lorenzo Valla, parece haber creído que la tercera figura aristotélica no concluye…

Ese momento de abandono de la idea de una ciencia de lo formal no parece haber durado mucho. El propio Galileo no ha caído nunca en tales extremos, y en vez de renegar de la inspiración aristotélica deseaba, como dice en una de sus cartas al astrónomo Kepler «un Aristóteles redivivo», libre del dogmatismo de los filósofos y teólogos escolásticos.

VI) En uno y otro caso, con una y otra lectura, podemos ver que el artista expresa aquí una delicada verdad, que compraremos, en cuanto sea posible, con ideas secas. La moneda ruda con que compramos esa verdad dice así: el hombre no ve cosas sino en el mundo, es decir, en el sistema de todas las cosas que ve. Si algo no tiene sitio en el mundo, no es visto por las personas en general. Además, la perduración del mismo mundo, con sus pocas cosas visibles, hace que el ver de todos los días pueda ser, al cabo del tiempo, rutinario y «ausente» y que mire las cosas «como un tonto». Pero quien dispone de una sensibilidad penetrante puede lanzarse tras algo que no tiene sitio en el mundo tan simple que los padres enseñan a sus hijos; y si su sensibilidad es, además de penetrante, industriosa, la persona sensible puede, luego de mucho trabajo, colocar aquello que descubrió en un mundo suyo y nuevo, en el que caben más cosas. Eso hizo Galileo en Pisa y eso hace el Alfanhuí en el campo de Castilla; busca el sitio de las cosas que descubre, construir el mundo de las cosas, que es también el de los hombres.

Referencias: I. Temps de Gent 1985. II. «Un problema para tesina de filosofía», Papeles de filosofía, op. cit, pp. 352-353. III. Presentación a la edición castellana de Sigma. El mundo de la matemática, p. XVI. IVa. «La tarea de Engels en el Anti-Dühring«, Sobre Marx y marxismo, pp. 35-36. IVb. Fundamentos de Filosofía, pp. log. 55-57. V. Lógica elemental, pp. 316-317. VI. «Una lectura del Alfanhuí de Rafael Sánchez Ferlosio», Lecturas, p. 75.

Galileo como ejemplo
Un apunte de Sacristán de las clases de Metodología de las ciencias sociales 1983-1984 (pp. 10-12) en torno al papel de la experiencia (o de los experimentos) en la contrastación de las teorías científicas que, obviamente, no intenta defender la creencia de que todo trabajo teórico elaborado y artificioso es bueno per se, independiente de toda empiria, pero sí hacer plausible la tesis de que el rechazo de una construcción teórica por su carácter rebuscado, artificioso o sofisticado puede tener efectos paralizadores. El ejemplo dado por Sacristán toma el caso de Galileo como ilustración:

Varios físicos de la universidad del París del siglo XIV, y belgas, habían llegado prácticamente a nociones que serían poco tiempo después características de la nueva física. Por ejemplo, la noción de inercia (que no llamaban inercia, la llamaban «impetus», pero la noción es muy análoga). Era la idea -completamente nueva, revolucionaria entonces, y contrapuesta a la física antigua y medieval- de que el estado de movimiento era una cosa tan natural como el estado de reposo, de que un cuerpo en movimiento puede seguir indefinidamente en ese estado -que es la base de la idea de la inercia, que el cuerpo permanezca en su estado sea cualquiera ese estado del principio y dejando aparte cuestiones de roce, etc. Esos físicos del XIV (Nicolás de Oresme, Buridán) llegaron a esa idea simplemente por crítica de la teoría del movimiento antiguo, de la teoría del movimiento mecánico aristotélico y escolástico. Por ese camino llegaron a deducciones ya galileanas. Por ejemplo, muy cerca de la ley de caída libre de los graves, que es quizá el punto angular del nacimiento de la ciencia moderna, la tesis de Galileo según la cual en el vacío todos los cuerpos, cualesquiera que sea su densidad, caen a la misma velocidad.

Los físicos parisienses del siglo XIV llegan a resultados muy parecidos y a cálculos sobre la base de esta idea de «impetu» (esta premonición de la idea de inercia), pero su aparato experimental les arroja constantemente una diferencia de resultados empíricos respecto de los resultados previstos por la teoría, y entonces, muy sensibles al carácter artificioso de la teoría, se atienen al dato numérico obtenido empíricamente y renuncian a la teoría que estaban desarrollando. Eso ocurre en el XIV, desde 1340 hasta 1400.

Dos siglos más tarde, prosigue Sacristán, cuando el mismo Galileo desarrolla la ley también observa discrepancias entre los datos empíricos y los calculados a partir de la teoría, pero éste considera «que esas discrepancias serán fruto de factores que intervienen y que él no controla; en vez de sentir la teoría como artificiosa la siente como esencial, puesto que es una teoría deductiva y cuantificable, para él -que cree más o menos místicamente en la naturaleza matemática del universo- tiene todas las seguridades, y si los datos de los sentidos y las mediciones empíricas no concuerdan exactamente, será que las mediciones tienen algún defecto.

Esta conciencia teórica llega hasta el extremo de que cuando un gran físico tradicional, un físico escolástico, un dominico, repite las mediciones de Galileo (la caída por el plano inclinado de las bolas de plomo, de mármol, de madera) y no le sale el mismo resultado y escribe a Galileo diciendo que ha repetido su experimento y no sale (tiene una discrepancia), Galileo ni siquiera se digna contestar. Encarga la contestación a un discípulo, Toscanelli, el cual escribe una carta, una breve carta, que puede que suene como una provocación maleducada pero que lleva dentro toda la idea de teoría. Es una sucinta carta que dice: «si sus bolas de plomo, de mármol, de madera, de hierro, no cumplen la ley del señor Galileo, peor para ellas».

Se pregunta entonces Sacristán: ¿Qué es lo que hay por debajo de esta impertinencia? La convicción de que lo que importa realmente es la teoría. «La convicción teórica y el reproche a este hombre de no haber entendido eso, de no haber entendido que lo esencial es el lado explicativo de la teoría, que las discrepancias empíricas no son mayores que con la teoría anterior. Al contrario -esto está empíricamente a favor de los galileanos-, sus discrepancias eran de todos modos menores, su margen de error, y su margen de diferencia en resultado teórico y resultado empírico era una diferencia menor que con la teoría anterior, la teoría aristotélica que proponía que cada cuerpo cayera a una velocidad proporcional a su densidad, o sea su peso; esa teoría es más discrepante de la realidad como es obvio«.

Conclusión: si muchas veces la especulación teórica puede ser, sin duda, ociosa e incluso vacía, en otras, en cambio, rechazarla por su aparente artificiosidad o sofisticación puede tener efectos paralizadores.

Sacristán remataba su argumento recordando la postulación fuertemente especulativa de Pauli, sin anclaje experimental, de la existencia del neutrino para «salvar» el principio de conservación de la energía.

(Puede completarse este anotación con el anexo «Ficha para la proyección del ‘Galileo’»).

Sobre Giordano Bruno
En cuanto a Giordano Bruno, esta breve selección de textos de Sacristán:

I) Pie de página (1970)

Giordano Bruno, defensor del heliocentrismo y de otras doctrinas condenadas por la Iglesia católica, fue quemado vivo el año 1600 en la plaza del Campo dei Fiori (Roma).

II) Creer y saber (1967)

La contraposición entre saber y creer es un viejo tema filosófico. En el curso de los estudios de filosofía se tropieza con él varias veces (…) y, luego, probablemente (aunque eso depende de cómo conciba el profesor la filosofía moderna) en quinto, al hablar de Bruno y Galileo. Las conductas de Bruno y Galileo encarnan de un modo ya suficientemente moderno la contraposición entre creer y saber. Por eso uno de los tratamientos más típicos de este tema en este siglo (el de Jaspers en Der philosophische Glaube (La creencia filosófica) Zürich 1947) arranca de una comparación entre esos dos grandes perseguidos. «Giordano Bruno creía y Galileo sabía. Externamente se encontraban los dos en la misma situación. Un tribunal de la Inquisición exigía bajo amenaza de muerte la abjuración. Bruno estaba dispuesto a retractarse de muchas proposiciones, pero no de las que eran decisivas para él: murió de muerte de mártir. Galileo renegó de la doctrina de que la Tierra gira alrededor del Sol (…)». (Jaspers, op. cit., p. 9)…

Por otra parte, no está en absoluto claro que las verdades objetivas no produzcan jamás esfuerzo moral: Copérnico y Galileo no han muerto, como Bruno, en la hoguera, pero han luchado y sufrido por verdades así. Y es que, al no haber demostrabilidad absoluta, también es necesaria una decisión para imponerse el modo de pensar -y aún más el de vivir- racional. Puede, por cierto, observarse de paso que la tajante contraposición de Jaspers no alcanza tampoco el caso de Bruno. Uno de los estudiosos de Bruno que gozan de más prestigio, Rodolfo Mondolfo, ha argüido convincentemente que el mártir estaba dispuesto a abjurar precisamente de sus tesis teológicas, no de las cosmológicas, y que fue la fidelidad a estas últimas tesis, filosóficas, en general, la que le costó la vida…

La contraposición saber-creer esconde, en realidad, la contraposición verdadera que es la que se da entre la creencia racional y la irracional. Es verdad que «racional» es un adjetivo muy problemático que no ha recibido aún aclaración satisfactoria y que acaso no la reciba nunca, sino que sea una de esas nociones reguladores a las cuales no podemos sino acercarnos asintóticamente, según la útil metáfora de Engels. Pero aun en este caso es un hecho que este movimiento asintótico ha recorrido bastante camino, como «prueba» el que «racional» mismo, o más frecuentemente, «plausible», sean términos aplicados a expedientes utilizados con éxito heurístico en disciplinas tan constrictivas como la matemática, por no hablar ya de las ciencias empíricas naturales y sociales.

III) Hipótesis matemáticas y heliocentrismo (1960)

Los teólogos que quemaron a Bruno -el hombre que, con escasa prudencia positivista, infería de los hechos explicados por Copérnico la posibilidad de otros mundos habitados- habían descubierto desde hacia ya tiempo la forma de esterilizar la razón y la experiencia por medio de la castración positivista: como es sabido, hasta que la crisis estalló ya indisimuladamente con los casos de Bruno y Galileo, la Iglesia permitió la enseñanza de la astronomía heliocéntrica sólo como una «hipótesis matemática», sin significado físico. Con este inocente estatuto epistemológico, el copernicanismo fue enseñado durante el siglo XVI en Universidades tan poco sospechosas de cientificismo moderno como las españolas de la época, lumbreras de Trento.

Referencias: I. Antología Gramsci, p. 230, n. 98. II. «Un problema para tesina de filosofía», Papeles de filosofía, pp. 351-354. III.»Tres notes sobre l´aliança impia», Horitzons 2, p. 15.

Guion para una conferencia sobre Bruno y Galileo
El siguiente es, pues, el esquema desarrollado de la conferencia impartida por Sacristán en 1967 en torno a Bruno y Galileo, y a las nociones de creencia y saber.

 0.

1. Esta intervención aislada [de 45 minutos] en un curso de tantas lecciones como el que están dando ustedes no puede proponerse hacerlo adelantar, contribuir directamente al mismo. Por el contrario, sólo puede ser un paréntesis dentro de él.

2. Ocupa ese paréntesis un tema que es un lugar común de la historia de la filosofía y del pensamiento científico: es corriente poner a Bruno y a Galileo como ejemplos, respectivamente, del saber y el creer1.

2. La forma más reciente y difundida de ese lugar común es la que le ha dado Jaspers en Der philosophische Glaube [La creencia filosófica], 1948:

«Giordano Bruno creía y Galileo sabía. Externamente se encontraban los dos en la misma situación. Un tribunal de la Inquisición exigía bajo amenaza de muerte la abjuración. Bruno estaba dispuesto a retractarse de muchas proposiciones, pero no de las que eran decisivas para él; murió de muerte de mártir. Galileo renegó la doctrina de que la Tierra gira alrededor del Sol; y se inventó luego la aguda anécdota según la cual Galileo habría murmurado a continuación las célebres palabras: «Y sin embargo se mueve» » (Jaspers, K., Der philosophische Glaube, Zurich 1947, pp. 9-10).

I.

0. La comparación tópica de Bruno con Galileo se basa en la semejanza supuesta entre las situaciones y la contraria resolución de las mismas por ambos personajes. Vale la pena examinar ambos supuestos.

1. La semejanza de la situación externa, como la llama Jaspers, es a primera vista llamativa:

1.1. Ambos, Galileo y Bruno, han tenido previas dificultades con la Inquisición:

1.1.1. Galileo por el Decreto de 24-II-1616, que declaraba «absurda y falsa en filosofía, y por lo menos errónea en la fe» la tesis copernicana.

1.1.2. Bruno desde que huyó, colgando los hábitos dominicos, del proceso de 1576 -para caer en el proceso calvinista de 1579.

1.2. Ambos han creído haber superado esas primeras dificultades por estar fuera del territorio pontificio.

1.2.1. Bruno en Venecia, ante cuya Inquisición consigue defenderse discretamente.

1.3. De tal modo que durante años han creído poder salirse en paz

1.3.1. Galileo durante los años que van del Edicto de 1616 hasta la publicación del Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo (febrero de 1632).

1.3.2. Bruno durante sus 9 años de cárcel (1592-1600).

1.4. En cuanto a las tesis condenadas de uno y otro, la coincidencia es profunda, aunque no es identidad.

1.4.1. En Galileo se trata de la inmovilidad del Sol y el movimiento de la Tierra en torno suyo.

1.4.2. En el caso de Bruno, el proceso es menos conocido porque los documentos siguen siendo secretos. Se sabe que eran ocho tesis principales, pero sólo se conocen exactamente cuatro:

1.4.2.1. El repudio del dogma de la Transubstanciación (Borrador de sentencia del 8-II- 1600).

1.4.2.2. La herejía novaciana (Sumaria del 24-VIII-1597).

1.4.2.3. La pluralidad de los mundos (Sumaria del 24-III-1599)

1.4.2.4. El alma-piloto (Sumaria del 24-VIII-1597).

1.4.3. La tesis de la pluralidad de los mundos está emparentada con la heliocéntrica, es consecuencia de la obra del «magnánimo Copérnico»2.

2. La contradictoria actitud:

2.1. La abjuración de Galileo

Yo, Galileo Galilei, hijo del difunto Vincenzo Galileo de Florencia, a los setenta años de mi edad, constituido personalmente en juicio y arrodillado ante vos, eminentísimos y reverendísimos cardenales, Inquisidores generales en toda la República Cristiana contra la herética maldad; teniendo ante mis ojos los sacrosantos Evangelios, los cuales toco con mis propias manos, juro que siempre he creído, creo ahora y con la ayuda de Dios, creeré en el futuro todo aquello que sostiene, predica y enseña la Santa Católica y Apostólica Iglesia. Pero como por este Santo Oficio, luego de haberme sido jurídicamente intimado con precepto del mismo que debía abandonar totalmente la falsa opinión de que el Sol es el centro del mundo y no se mueve y que la Tierra no es el centro del mundo y se mueve, y que no sostuviera, defendiera ni enseñara de ninguna manera, ni de viva voz ni por escrito, dicha falsa doctrina, y tras haberme notificado que dicha doctrina es contraria a la Sagrada Escritura, he escrito y dado a la estampa un libro en el cual trato la misma doctrina ya condenada y aporto razones con mucha eficacia en favor de ella, sin aportar ninguna solución, he sido juzgado como vehemente sospechoso de herejía, es decir, de haber sostenido y creído que el Sol es el centro del mundo e inmóvil, y que la Tierra no es el centro del mundo y se mueve.

Por tanto, queriendo yo quitar de la mente de Vuestras Eminencias y de todo fiel cristiano esa vehemente sospecha, justamente concebida sobre mí, con corazón sincero y fe no fingida abjuro y maldigo y detesto dichos errores y herejías, y en general cualquier otro error, herejía o secta contra la Santa Iglesia; y juro que en el futuro no diré nunca más ni afirmaré de viva voz o por escrito cosas tales por las cuales se puede tener de mí semejante sospecha; y si conociera algún hereje o sospechoso de herejía lo denunciaré a este Santo Oficio, o al Inquisidor u Ordinario del lugar en que me encuentre

Yo, Galileo Galilei, antedicho, he abjurado, jurado, prometido y me he obligado como queda dicho; y en fe de la verdad, con mi propia mano he firmado la presente cédula de abjuración y la he recitado palabra por palabra en Roma, en el convento de la Minerva, este día 22 de junio de 1633. Yo, Galileo Galilei, he abjurado como queda dicho, de mi propia mano.»

2.2. La actitud de Bruno

[Bruno ante los jueces

– «Ch´i cadrò morto a terra ben m´accorgo;

Ma qual vita pareggia al morir mio?» (Transillo).

– «Majori forsitan cum timore sententiam in me fertis quam ego accipiam»].

II.

1. La heterogeneidad de las actitudes finales de los dos ha sido el fundamento de la distinción tópica entre el creer del uno y el saber del otro.

1.1. La verdad de Galileo no sufriría por abjuración.

1.2. La de Bruno sí.

«Esa es la diferencia: una verdad que sufre por la abjuración, y una verdad cuya abjuración no la afecta. Ambos hicieron algo adecuado al sentido de la verdad que representaban» (Jaspers, K: Der ph. Gl., p. 10).

2. Llegados a este punto hay que ponerse en guardia porque el filósofo nos esté deslizando, sin que nos demos cuenta acaso, una doctrina de la verdad que quizá no estemos obligados a aceptar. Con ella además -y esto es lo más grave- va a introducir a priori un concepto de creencia y otro de saber. No habrá investigación, ni siquiera honrada fijación convencional de esos términos. (Este es el vicio característico de la filosofía clásica).

3. En efecto, a continuación escribe Jaspers

«La verdad de la cual vivo no es sino en la medida en que me identifico con ella; es histórica en su aparición, no es universalmente válida en su formulabilidad objetiva, pero es incondicionada. La verdad cuya corrección puedo probar subsiste sin mí; es universalmente válida, atemporal, pero no incondicionada, sin más bien vinculada a presupuestos y métodos del conocimiento en conexión con lo finito. Sería inadecuado querer morir por una verdad que se puede probar» (Jaspers, K., Der ph. Gl, p. 10).

4. Esa doctrina parece clara, pero no lo es y hay mucho que decir:

4.1.1. Hasta Einstein, no ha habido ‘prueba’ física del heliocentrismo. Y la prueba supone muchos conceptos teóricos.

4.1.2. La ley, de caída libre de los graves no se ha demostrado ni se «demostrará» nunca en el sentido de Jaspers. El caso Cremonini.

4.1.3. El criterio de racionalidad no es la demostrabilidad, sino la práctica crítica intersubjetiva, colectiva.

4.2.1. No está en absoluto claro que verdades objetivas (pero que no son «demostrables» en el tranquilizador sentido de Jaspers) no necesiten ni merezcan, ni de hecho produzcan, el esfuerzo personal.

4.2.1.1. Copérnico y Galileo no han muerto, pero han luchado y sufrido.

4.2.1.2. Y es que, al no haber demostrabilidad absoluta, también es necesaria una decisión para imponer el modo de pensar -y aún más de vivir- racional. Se puede no poder vivir sin cientificidad, y éste va a ser el caso cada día más.

4.3. Por último, en el caso concreto de Bruno, la tesis no aclara los hechos: las verdades por las que es oportuno morir, tal como las describe Jaspers -y tal como las concibe, en general, el tópico son propiamente verdades de fe. Deberían ser las proposiciones teológicas de Bruno.

4.3.1. Ahora bien: Bruno estaba dispuesto, en Venecia y luego en Roma, a abjurar precisamente de sus tesis teológicas. Uno de los mejores conocedores de Bruno, Rodolfo Mondolfo, ha explicado del modo siguiente el cambio de Bruno en la fase final de su proceso:

«Ignoramos sí entre las restantes cuatro proposiciones heréticas había otras de contenido netamente filosófico; sin embargo, las dos mencionadas eran de importancia capital en la filosofía de Bruno; especialmente la pluralidad de los mundos, que mientras podía preocupar a sus jueces por implicar aún problemas teológicos (como el de la Encarnación que tendría que realizarse en cada uno de los mundos innumerables), significaba para él las doctrinas filosóficas de la infinitud y unidad universales y de la correspondencia entre potencia y acto divinos…

Lo cual explica la sensación inmediata que tuvo Bruno de una diferencia sustancial entre el tribunal romano y el véneto, a cuyas exhortaciones a retractarse había accedido. El tribunal véneto le exigía únicamente una retractación sobre el terreno de la fe religiosa, a la cual podía someterse en virtud de su convicción y afirmación constante de la misión práctica (moral y social) de la religión. En cambio el tribunal romano le pedía además un repudio de su misma filosofía, por considerarla condenada por toda la tradición católica, y sobre este terreno él no podía retractarse sin renegar de todo lo que había tomado más a pecho» (Rodolfo Mondolfo, Tres filósofos del Renacimiento, Buenos Aires, 1947, p. 31).

4.4. La situación resulta todavía mucho más complicada si se tiene en cuenta que aquí no puede recurrirse a una distinción tajante entre ciencia positiva y filosofía: en la época – también para Galileo- ciencia es filosofía y viceversa.

4.5. Con todo eso no se trata de negar la diferencia entre Galileo, que es un gran científico, y Bruno, que no lo es.

4.6. Pero es evidente que hay que revisar la tesis, aparentemente tan clara, de las dos verdades heterogéneas.

III.

1.1. La demostrabilidad es interna al sistema científico teórico, más o menos teórico, por lo demás.

1.1.1. Y la relación a presupuestos y métodos también.

1.2. Pero la decisión de hacer ciencia y creerla en algún sentido, considerándola básica para la conducta, es externa a todo eso. Por tanto, tan incondicionada como cualquier otra.

1.3. Lo mismo vale para el sentido común razonable. La frase de Einstein4 sobre la bomba.

1.4. Por tanto, también el comportamiento racional, o incluso el científico, se basa en creencia. Sólo los teoremas formales son ajenos a la creencia, pero en cuanto tales carecen de significación.

2.1. La contraposición (jaspersiana, por ejemplo) saber-creer esconde la verdadera: creencia racional-creencia irracional. Es verdad que «racional’ es muy problemático y no ha recibido aún aclaración, ni quizá la reciba nunca del todo, y sea asintótico. Lo cual haría más sólida esta argumentación. Pero la tesis contraria es peor:

2.2. La falsa contraposición es ideológica:

2.2.1. Construye un concepto de saber idealizado y falso, por extrapolación al exterior del sistema de lo que es interior (no hay saber racional, hay conocimiento racional).

2.2.1.1. De este modo hace creer que es inadecuado comprometerse y luchar por verdades racionales, porque la seguridad de éstas sería obvia: cosa, como hemos visto, falsa.

2.2.1.1.1. El teorema es certeza interna al sistema. La aplicación del teorema es asunto tan moral como la de dogmas. Por eso hay responsabilidad moral del científico.

2.2.2. Y así puede contraponerle una creencia absoluta y personal

2.2.2.1. Que no puede existir más que renunciado a la crítica.

2.2.2.2. Y sería accesible por otros supuestos procedimientos (el método filosófico, etc.) que no existen sino con la misma condición.

2.2.3. Todo lo cual tiene una función conservadora de la irracionalidad de la cultura, al hacer de la conducta racional algo de resultados tan claros y obvios cuanto sin importancia.

3.1. Ahora bien: por debajo de todas las diferencias, Galileo y Bruno coinciden en afirmar precisamente la conducta racional y crítica, frente a la autoridad, la tradición y el lugar común.

3.1.1. Galileo lo dice con su hermoso estilo tranquilo de trabajador de la razón. Tan contrario a toda autoridad que hasta desconfía de la suya propia.

«Mi inquieto espíritu no puede evitar el ir dando vueltas como rueda de molino y con gran gasto de tiempo, porque el último pensamiento que se me ocurre a propósito de alguna novedad me hace mandar al agua todos los descubrimientos anteriores»

3.1.2. Bruno con la violencia del propagandista:

«No valga como argumento ninguna autoridad de varón, por excelente e ilustre que sea»

«Es inicuo sentir por obediencia a otro, es mercenario, servil y contrario a la dignidad de la libertad humana sujetarse y someterse; es estupidísimo creer por costumbre, irracional admitir algo por la muchedumbre de los que así opinan…»

«Hay que escuchar el clamor de la naturaleza»

Bruno, Articuli 160 adversos mathematicos. Dedicatoria Ad divum Rodolphum II imperatorem.

3.2. Ambos son en ese sentido típicos renovadores de la razón en la Edad Moderna, proclamadores de lo que Ortega llamó la naturaleza luciferina de ésta, que proclama su ‘non serviam’ frente a cualquier autoridad.

3.2.1. Porque la experiencia enseña (no demuestra) que para servir, la razón tiene que no ser sierva.

3.2.1.1. Para servir al progresivo descubrimiento de verdades y a la progresiva destrucción de viejas falsedades.

3.2.1.2. Lo cual supone decisión, vivir-en.

3.3. Contra lo que dice Jaspers, Bruno y Galileo han vivido de lo mismo: del renacimiento de la razón en los comienzos de la Edad burguesa. -Tesis de la doble verdad.

4. Con eso hemos despejado el terreno de interpretaciones ideológicas disimuladas. El caso de Bruno y Galileo nos confirma que toda actitud racional -salvo en las ciencias formales puras- es creencia. No es verdad que la actividad intelectual racional sea un mero juego infalible, frente al cual exista, con sus fuentes, otro modo de conocer y conducirse que sea también filosófico. Eso es afirmación ideológica. No es que lo uno sea saber y lo otro creer. Son dos creencias.

Ahora, por redondear, vamos a recuperar la diferencia Bruno Galileo.

IV.

1. Muchas diferencias

1.1.1. Galileo era un viejo de 70 años cuando abjuró

1.1.2. Bruno tenía 53 años cuando murió en la hoguera, 44 cuando empezó

1.2.1. Galileo es científico en acto, aunque sus grandes descubrimientos arranquen alguna vez de razonamientos incorrectos.

1.2.2. Bruno es más un propagandista de la libertad de investigación de enseñanza.

2. Pero esta última diferencia, que parecería explicarlo todo, no explica nada.

2.1. El caso Bacon

«Que el ánimo se acomode prudentemente a las ocasiones y oportunidades, en vez de hacer las cosas dura y obstinadamente» (Bacon, De dignitate et augmento scientiarum).

2.2. Bruno en cambio

«Si alguna razón, por nueva que sea, nos estimula y obliga, sea lícito a todo el mundo opinar libre y filosóficamente en filosofía y manifestar su doctrina» (Bruno, Acrotismus camoeracensis. Forma epistulae ad Rectorem Universitatis Parisiensis, Opera latina I,1, 57).

3. La comparación con Bacon es muy instructiva.

3.1.1. La lucha contra los «ídolos» lo es también de Bruno.

3.1.2. Y en más de un respecto se considera a éste precursor de aquel.

3.2. Hay casi identidad de misión, con diversidad de conducta, de «táctica».

4. No es pues diferencia de verdades, sino de personas.

4.1. Sin juzgar.

4.1.1. Por la diversidad de las circunstancias. (Contra el tópico).

4.2. Registrar.

5.1. Y no olvidar, como científicos, que no hay por un lado creencia, decisiva existencialmente y ni necesitada ni susceptible de justificación racional; y, por otro lado, un saber totalmente justificado, pero que no sirve moralmente para nada.

5.2. La situación es que todo es creencia, y que la que se esfuerza por ser racional requiere tanto esfuerzo moral como la irracionalista -seguramente más, porque exige espíritu crítico y autocrítico.

5.3. Observar el mecanicismo de los espiritualismos irracionalistas.

Notas de Salvador López Arnal

1) Como se indicó, sobre el asunto Bruno-Galileo, creer-saber, puede consultarse un artículo de Sacristán para una revista de estudiantes de filosofía fechado el 3.XII.1967 -«Un problema para tesina de filosofía» (Papeles de filosofía, op. cit, pp.351-355), directamente relacionado sin duda con esta conferencia.

2) Sobre Copérnico, esta nota de su traducción de Historia del Espíritu griego (p. 282):

» Desde la época de redacción de este libro de Nestle [Griechische Geitesgeschichte.Vom Homer bis Lukian [Historia del espíritu griego],1944], la investigación de la historia de la ciencia ha subrayado aún más la importancia del descubrimiento de Aristarco y de su influencia en Copérnico. La eliminación de la referencia a Aristarco en el prólogo impreso del De revolutionibus (impreso póstumamente) se debe al editor y amigo de Copérnico que, con cierto fundamento, creyó poder evitar así ataques religiosos al astrónomo: no citando más que a pitagóricos, la tesis heliocéntrica parecía «mera hipótesis matemática», no materialmente creída; así se evitaba chocar con la autoridad. Citar a Aristarco era en cambio confesar el heliocentrismo como plena teoría física. Y esto no era aún posible 50 años más tarde, como prueban los procesos contra Bruno y Galileo.»

3) Sobre la noción de creencia, señalaba Sacristán en «Un problema para tesina de filosofía» (Papeles de filosofía, pp. 353-354):

«(…) Lo esencial en todo esto es que en la ciencia real, no en la formal, no hay demostrabilidad absoluta. Y no la hay porque la relación de fundamentación o «demostrabilidad» es interna al sistema científico teórico (más o menos teórico, por lo demás, lo que quiere decir que la relación de fundamentación estará más o menos determinada según los casos). En cambio, la decisión de hacer ciencia y de creerla (en algún sentido de «creer» que habría que precisar), considerándola así básica para la conducta, es externa al sistema teórico. Por tanto, es tan incondicionada como cualquier otra decisión. Nótese que lo mismo vale para todas las decisiones vitales del sentido común: según una célebre observación de Einstein no se puede demostrar la proposición «No hay que exterminar a la humanidad», sino que la gente, por decisión absoluta, como dice Jaspers, nos dividimos en los que somos contrarios al uso de la bomba atómica y los que le son favorables. En suma: también el comportamiento racional, un ápice del cual es el científico, se basa en creencia, no en «prueba». Sólo los teoremas formales (interpretados -en el sentido genialmente anticipado por Kant- como lo que hoy llamamos implicaciones estrictas con la prótasis expresa) son independientes de la creencia y carecen al mismo tiempo de significación real.»

Igualmente, en su reseña de J. Mosterín, Racionalidad y acción humana, Mundo Científico núm.1, pp. 106-107 (ahora reimpreso en M. Sacristán, Lecturas de filosofía moderna y contemporánea, Trotta, Madrid, 2008, edición de Albert Domingo Curto), apuntaba Sacristán:

«(…) Este optimismo se hace a veces cientificista. De vez en cuando, dentro de una tradición neopositivista, como cuando hace intervenir esa pieza inevitable de «filosofía cientificista perenne» que es el criterio de los competentes, entender el cual es condición de la racionalidad creencial. El mismo ejemplo que aduce Mosterín se burla un poco del criterio de los competentes y sugiere que, junto a ese criterio, habría que introducir en la racionalidad creencial y en la práctica un criterio de docta ignorancia, por así decirlo, que autoriza a prescindir en ciertos casos de las opiniones de los científicos. El ejemplo de Mosterín es la deriva continental: el creyente racional ha de admitir la opinión dominante al respecto entre los geólogos competentes. Pero ocurre que en una generación esa opinión ha cambiado dos veces: hace poco más de treinta años se enseñaba en el bachillerato la tesis de la deriva continental en la versión de Wegener; luego se olvidó, y hoy se vuelve a enseñar con otra explicación. Parece bueno recomendar al creyente racional y, sobre todo, al agente racional que, cuando ello sea posible, procure decidir con independencia de si los continentes se deslizan o no.»

Sobre fe y creencia, matizaba Sacristán en «La militancia de los cristianos en el partido comunista» (Materiales núm 1, 1977):

«En toda conducta razonable va implícita una creencia. Pero esa creencia es una expectativa basada en experiencia colectiva y en razonamiento controlable en principio por cualquier ser humano. La creencia empieza por ser, dicho sea de paso, un factor de la supervivencia de la especie. También los animales superiores tienen creencias de estructura y funcionamiento parecidos a los de las humanas creencias sobre la luz del sol, sobre los alimentos, etc; creencias, y no sólo instintos, como lo prueba el que sean capaces de rectificar algunas de sus creencias y de adoptar otras nuevas cuando con las anteriores falla la satisfacción de un instinto. La creencia es, para numerosas especies animales, incluida la nuestra, una fuerza productiva fundamental de la reproducción simple de la vida y de la reproducción ampliada biológica; y, además, para nuestra especie, es una fuerza productiva de la reproducción ampliada total: de esa fuerza nacen ideas razonables para conductas complicadas, a veces ideas científicas, y a veces incluso revolucionarias; pero siempre construidas con experiencia común y razonamiento controlable.

La creencia cristiana -o, en general, teísta- no es eso. Es creer en lo que no se basa en experiencia común ni en razonamiento controlable, ni siquiera en naturaleza. Es, como decían los catecismos, «creer lo que no vemos», en el sentido de creer lo inverosímil… El cristiano, en cuanto hombre, tiene creencias sensatas, como el hombre reaccionario, o como el comunista, o, por lo que hace al caso, como el orangután. Pero en cuanto cristiano no tienen creencia, sino fe. El mismo cristiano piensa que la fe no es creencia normalmente humana, sino virtud teologal, don gratuito de Dios.»

4) Sobre Einstein, esta voz -escrita en colaboración con Mª Angeles Lizón- para el calendario Temps de Gent 1984:

«Hombre simple y pacífico, siempre interesado apasionada y activamente por la justicia y la responsabilidad cívica. Judío alemán de origen, trabaja y reside en Suiza, Checoeslovaquia y los Estados Unidos. En 1905, siendo un simple empleado de una oficina suiza de patentes, publica el primero de sus importantes estudios sobre la teoría de la relatividad. Realizó, entre otras, investigaciones sistemáticas sobre la teoría cinética de los gases y la de los calores específicos; sobre estadística, mecánica relativista y cálculos de coeficientes de radiación y absorción. Su contribución más importante en el campo de la física fue la teoría de la relatividad restringida (1905) y la teoría de la relatividad general (1916) que supusieron una ruptura con el importante esquema de la física newtoniana. Miembro honorífico de numerosas academias y sociedades científicas, cofundador de la Universidad de Jerusalén, declinó la presidencia de Estado de Israel y continuó trabajando en el Instituto de Estudios Superiores de New Jersey hasta su muerte. Al morir ya había cambiado el rumbo de la física y abierto la era atómica».

Ficha para la proyección del Galileo de Cavani
Por otra parte, el siguiente texto, fechado el 12 de enero de 1977, es una nota didáctica que Sacristán escribió para estudiantes preuniversitarios con la siguiente observación manuscrita: «Ficha para la proyección del Galileo de Cavani a estudiantes de BUP. Pedida por Juliana.» (Puede verse en reserva de la Biblioteca Central de la UB, fondo Sacristán)

Juliana acaso refiere a Juliana Joaniquet. Puede verse sus declaraciones para Xavier Juncosa, «Integral Sacristán», El Viejo Topo, Barcelona, 2006.

*

No es nuevo que un científico destacado sea objeto de una película, pero tampoco es cosa frecuente. Tiene que tratarse de personajes que, además de impresionar a la inteligencia por la importancia de sus trabajos, muevan la imaginación y el sentimiento por las consecuencias de sus aportaciones o por las circunstancias de su vida, o por ambas cosas a la vez. Eva Curie o Roberto Koch son ejemplos característicos. Eva Curie por ser una de las pocas mujeres que han podido destacar como grandes científicos en una sociedad dominada por los hombres. Koch por la impresión que produjo su aportación a la lucha contra una de las plagas más temidas en su época: la tuberculosis.

A medida que el trabajo científico se va haciendo más colectivo, por su riqueza de aspectos y su complicación, van cambiando los criterios que dan interés literario, dramático o cinematográfico a una aventura científica. Pero en la época de Galileo, la época en la que precisamente empezó a florecer el individualismo en todos los terrenos -desde la economía hasta el arte, la religión y la ciencia-, los dos puntos de vista de la importancia de la aportación personal y del dramatismo de la biografía alcanzaban una vigencia que no habían tenido nunca hasta entonces en la historia. No conocemos los nombres de casi ningún constructor de las catedrales e iglesias medievales, ni los nombres de los que construyeron el admirable sistema de la geometría griega que hemos recibido bajo los símbolos, más que nombres, «Pitágoras» y «Euclides». En cambio, conocemos la biografía del menos afortunado de los discípulos de Galileo, de Newton o de Einstein.

Galileo es inolvidable desde los dos puntos de vista indicados.

Galileo ha aportado logros de mucha consideración en varios campos del conocimiento de la naturaleza. Ha promovido con un éxito desconocido hasta entonces la penetración de la matemática en la investigación de la naturaleza, la matematización de la cosmología. En la mecánica ha formulado (1604) la ley de la caída libre de los graves esencialmente tal como la conocemos hoy. Con la idea de gravedad Galileo desarraigaba dos ilusiones casi míticas de la concepción del mundo antigua y medieval: que haya un lugar natural para cada cuerpo (al que el cuerpo tiende a volver, y por eso cae) y que, consiguientemente, haya un movimiento natural (aquel por el cual cada cuerpo se mueve hacia su místico ‘lugar natural’) y un movimiento violento (aquel por el cual se le fuerza a alejarse de dicho lugar). Ya desde 1591 (lo más tarde) afirmaba Galileo la posibilidad del vacío, precisamente para poder justificar sus ideas sobre la gravedad; y también con esta tesis se oponía a otra creencia mítica aún dominante en su tiempo: la creencia en que «la naturaleza siente horror del vacío», por lo que éste es imposible. La idea de inercia, fundamento de la dinámica moderna, es otra de las aportaciones de Galileo.

En astronomía, Galileo, que desde 1564 era copernicano (es decir, estaba convencido de que es la Tierra la que se mueve alrededor del Sol, y no al revés, contra la creencia profesada por las autoridades eclesiásticas de la época), consigue observar en 1604 una estrella de las llamadas «nuevas» (novae), lo que le confirma contra el prejuicio antiguo de la inmutabilidad del Cielo de las estrellas. En 1609 Galileo construye la lente de aproximación o anteojo astronómico de cuyo comercio en Holanda y en Venecia ha tenido noticia. En este como en muchos otros puntos de la obra de Galileo se manifiesta la importancia que tuvo para el nacimiento de la ciencia moderna la aparición de una vida económica y una cultura mercantiles, en las que una incipiente acumulación de capitales en dinero permitía potenciar las industrias artesanales. Los sabios de dos siglos antes no habrían podido contar con un arte como el de los ópticos holandeses o el de los vidrieros venecianos (uno y otro imprescindibles para la obra de Galileo), pero, sobre todo, no habrían imaginado que la actividad industrial tuviera algo que ver con la ciencia pura, y hasta se habrían sentido humillados si alguien lo hubiera sugerido. Galileo, que vive en los comienzos de la cultura burguesa, siente ya que las artes industriales están íntimamente relacionadas con la investigación de la naturaleza, se interesa por ellas y hasta se ejercita en ellas, como lo muestra, por ejemplo, su construcción del anteojo.

Con él consigue Galileo descubrimientos que socavan irreparablemente la astronomía medieval: descubre que la Luna tiene montañas; que la Tierra difunde luz como cualquier planeta (corroboración de la astronomía copernicana); que hay muchas más estrellas que las catalogadas hasta entonces: que los cometas son astros, no meteoros (y, por lo tanto, que el viejo Cielo inmóvil está bastante animado); que Júpiter tiene satélites (lo que elimina lo que parecía ser una anomalía del sistema copernicano, a saber, el hecho de que la Luna gire alrededor de la Tierra, y no alrededor del Sol); que Venus tiene fases; que desde la Tierra se ve siempre la misma cara de la Luna. Desde el punto de vista filosófico, para la concepción general del cosmos, el descubrimiento más sensacional de Galileo fue que el Sol presenta manchas variables (1610, 1612). Esto era la puntilla para la idea del Empíreo inmutable. Así lo vio Galileo:

«Creo que estas novedades serán el funeral, o más bien el final y el juicio último, de la falsa filosofía; han aparecido ya signos en la Luna y el Sol. Y espero oír sobre este punto grandes cosas (…) para mantener la inmutabilidad de los Cielos; no se ya cómo podrá salvarla y mantenerla.»

Ya esa lista de descubrimientos -que es sólo parcial- bastaría para explicar la celebridad de Galileo, y el que su memoria pueda disputar metros de cinta cinematográfica a otros temas. Pero la importancia de Galileo no se aprecia del todo si no se contempla dos puntos más.

Uno es su fecunda aportación a la constitución de la idea moderna de ciencia, la condición que tiene la obra de Galileo de ser paradigma de la ciencia moderna. Esta se caracteriza por unos rasgos aparentemente contradictorios, en realidad muy unidos: es empírica y experimental, pero, al mismo tiempo, muy teórica, incluso idealizadora y matematizadora. Por otro lado, su tendencia idealizadora no le impide ser una energía práctica, principalmente industrial: una fuerza productiva. Una teoría de la moderna ciencia de la naturaleza es un artificio intelectual abstracto, ideal, matematizado en muchos casos, que no refleja la naturaleza ni tiene, muchas veces, el menor parecido con ella; pero con esa teoría es posible (mientras que era imposible con la ciencia medieval) hacer experimentos exactos, prever hechos delicados y complicados, fabricar máquinas y, con ellas, productos, etc. Todo eso está presente en la práctica científica de Galileo, visitador asiduo de talleres artesanos y convencido, al mismo tiempo, de que «el libro de la naturaleza está escrito con caracteres matemáticos.»

La otra razón por la cual Galileo Galilei es inolvidable es que encarna dramáticamente la noción de verdad característica de la ciencia en sentido moderno: verdad objetiva, independiente de consideraciones subjetivas, que puede, por lo tanto, entrar en conflicto con el poder social, pero que, por otra parte, no necesita de adhesión moral.

Galileo no ha tenido ningún deseo de ser rebelde. Más bien -como piensa Bertolt Brecht en el drama que le ha dedicado- ha pecado de acomodaticio, al modo de tantos científicos modernos. Hasta bien entrado en su edad había vivido como un tranquilo profesional de éxito. Había sido profesor en Pisa, su ciudad natal, por nombramiento del Gran Duque de Toscana; luego había enseñado en Padua, llamado por el senado de Venecia; por último. el Gran Duque le había recuperado para la universidad de Florencia.

Galileo había tenido un primer roce con la Inquisición, cosa nada rara en la época. Peor augurio fue el que se tratara de la misma autoridad con que había chocado Giordano Bruno antes de morir en la hoguera el año 1600 (cuando Galileo tenía 36 años): el cardenal San Roberto Belarmino. La Inquisición intimó a Galileo a que no hablara del heliocentrismo más que como de una simple hipótesis irreal calculística, sólo útil para facilitar cálculos, pero sin valor descriptivo de la naturaleza; como realidad había que proclamar que el Sol se mueve alrededor de la Tierra. Por decreto de 24 de febrero de 1616 la Iglesia declaraba «absurda y falsa en filosofía, y por lo menos errónea en la fe» la tesis de que la Tierra se mueve alrededor del Sol.

La aparición de la obra de Galileo Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo (Florencia, 1632), en la que Galileo discute el heliocentrismo copernicano y el geocentrismo tradicional, hizo cristalizar las sospechas del Santo Oficio, que procesó al sabio y le condenó a retractación y a severas penas que le fueron conmutadas por la de destierro (22 de junio de 1633). En el momento de su abjuración Galileo tenía setenta años y era ciego.

También la abjuración de Galileo se ha visto como característica del científico moderno, el cual, se dice, ha ido disociando cada vez más la conciencia moral de su conciencia teórica:

«Yo, Galileo Galilei, hijo del difunto Vincenzo Galileo de Florencia, a los setenta años de mi edad, constituido personalmente en juicio y arrodillado ante vos, eminentísimos y reverendísimos cardenales, Inquisidores generales en toda la República Cristiana contra la herética maldad; teniendo ante mis ojos los sacrosantos Evangelios, los cuales toco con mis propias manos, juro que siempre he creído, creo ahora y con la ayuda de Dios, creeré en el futuro todo aquello que sostiene, predica y enseña la Santa Católica y Apostólica Iglesia. Pero como por este Santo Oficio, luego de haberme sido jurídicamente intimado con precepto del mismo que debía abandonar totalmente la falsa opinión de que el Sol es el centro del mundo y no se mueve y que la Tierra no es el centro del mundo y se mueve, y que no sostuviera, defendiera ni enseñara de ninguna manera, ni de viva voz ni por escrito, dicha falsa doctrina, y tras haberme notificado que dicha doctrina es contraria a la Sagrada Escritura, he escrito y dado a la estampa un libro en el cual trato la misma doctrina ya condenada y aporto razones con mucha eficacia en favor de ella, sin aportar ninguna solución, he sido juzgado como vehemente sospechoso de herejía, es decir, de haber sostenido y creído que el Sol es el centro del mundo e inmóvil, y que la Tierra no es el centro del mundo y se mueve.

Por tanto, queriendo yo quitar de la mente de Vuestras Eminencias y de todo fiel cristiano esa vehemente sospecha, justamente concebida sobre mí, con corazón sincero y fe no fingida abjuro y maldigo y detesto dichos errores y herejías, y en general cualquier otro error, herejía o secta contra a la Santa Iglesia; y juro que en el futuro no diré nunca más ni afirmaré de viva voz o por escrito cosas tales por las cuales se puede tener de mí semejante sospecha; y si conociera algún hereje o sospechoso de herejía lo denunciaré a este Santo Oficio, o al Inquisidor u Ordinario del lugar en que me encuentre.

Yo, Galileo Galilei, antedicho, he abjurado, jurado, prometido y me he obligado como queda dicho; y en fe de la verdad, con mi propia mano he firmado la presente cédula de abjuración y la he recitado palabra por palabra en Roma, en el convento de la Minerva, este día 22 de junio de 1633.

Yo, Galileo Galilei, he abjurado como queda dicho, de mi propia mano.»

¿Es inevitable que la conciencia científica se escinda de la conciencia moral en el científico? El invento de que, después de abjurar negando el movimiento de la Tierra, Galileo habría murmurado «Y sin embargo se mueve» ¿no ha nacido del malestar moral de algún discípulo de Galileo?»3

Notas SLA:

1) Sobre Manya Sklodowska (1867-1934), Marie Curie, esta nota de Sacristán escrita en colaboración con Mª Angeles Lizón para el calendario Temps de gent 1985:

«Física de origen polaco, hija de un matemático y una institutriz procedentes de Varsovia, llega a París en 1892 para realizar sus estudios. Contrae matrimonio con el célebre científico francés Pierre Curie de quien obtiene la nacionalidad y con quien comparte la mayoría de los experimentos sobre radioactividad. Concentrada en su trabajo de tesis sobre el estudio de los rayos uránicos (recién descubiertos por Becquerel), fue la primera en observar la radioactividad del torio y señalar la intensidad anómala de la radiación emitida por el mineral de uranio. Junto con Pierre Curie, quien abandona sus estudios de cristalografía y se asocia con ella en la investigación sobre radioactividad, descubren sucesivamente, dos elementos radiactivos nuevos: el polonio y el radio (1898), así como las emanaciones de radio sobre los cuerpos que le rodean. En 1902, Manya Sklodowska logra preparar un gramo de cloruro de radio puro y determinar la masa atómica del elemento con lo que da por concluida su investigación de tesis doctoral. En 1903 los esposos Curie, junto con Henri Becquerel, reciben el Nobel de Física.

Para 1910, con ayuda de otros científicos, particularmente Debierne, aislan finalmente el radio en estado metálico. Un nuevo campo: el de la física y química nuclear queda entonces establecido.

Mujer de prodigiosa memoria, a la muerte accidental de Pierre (1906) da un nuevo rumbo a su carrera. Sucede a su marido en la cátedra, llegando a profesor titular en 1908.

Fue así la primera mujer que enseñó en la Sorbonne.

En el momento cumbre de su fama (1922) -junto con su hija Irene- se dedicó a la investigación de la química radiactiva y a las sustancias radioactivas con aplicaciones médicas. Antes de morir presenció la fundación de la Fundación Curie en Paris, y en 1932 la del Instituto del Radio en Varsovia.»

2) Sobre la medición de este horror de la naturaleza, señalaba Sacristán en «La tarea de Engels en el Anti-Dühring» (Sobre Marx y marxismo, pp.35-36):

«Más en general, el análisis reductivo practicado por la ciencia tiende incluso a obviar conceptos con contenido cualitativo, para limitarse en lo esencial al manejo de relaciones cuantitativas o al menos, materialmente vacías, formales. Esto se aprecia ya claramente en los comienzos de la ciencia positiva moderna. Así, por ejemplo, lo que hoy llamamos «presión atmosférica» fue manejado durante algún tiempo por la naciente ciencia moderna con el viejo nombre de «horror de la naturaleza al vacío», sin que el uso de esta noción tuviera grandes inconvenientes, pues lo que de verdad interesaba al análisis reductivo del fenómeno (desde Galileo hasta su discípulo Torricelli) era la consecución de un número que midiera la fuerza en cuestión, cualquiera que fuera la naturaleza de ésta.

El análisis reductivo practicado por la ciencia tiene regularmente éxito. Es un éxito descomponible en dos aspectos: por una parte, la reducción de fenómenos complejos a nociones más elementales, más homogéneas y, en el caso ideal, desprovistas de connotaciones cualitativas, permite penetrar muy material y eficazmente en la realidad, porque posibilita el planteamiento de preguntas muy exactas (cuantificadas y sobre fenómenos «elementales») a la naturaleza, así como previsiones precisas que, caso de cumplirse, confirman en mayor o menor medida las hipótesis en que basa, y, caso de no cumplirse, las falsan definitivamente. Por otra parte, el análisis reductivo posibilita a la larga la formación de conceptos más adecuados, aunque no sea más que por la destrucción de viejos conceptos inadecuados. Así, aunque todavía no en Galileo, en Torricelli y Pascal aparece ya el concepto de presión atmosférica, una vez que Galileo ha relativizado y minimizado el contenido cualitativo del concepto tradicional del horror de la naturaleza al vacío.»

3) En comunicación personal de 30/12/2000, después de la lectura de esta ficha de Sacristán, Óscar Carpintero señalaba:

«(…) No dejo de sorprenderme por la capacidad de síntesis y rigor de Sacristán para hacer comprensible, y con bellas palabras, las tragedias de los derrotados, sean estos políticos como Gramsci o científicos como el último Galileo». 

miércoles, 4 de febrero de 2026

Entrevista a Vera Sacristán Adinolfi sobre Manuel Sacristán «Manolo guardaba una cajita para medicinas que le regaló un preso común de su misma celda de la Modelo, y la cuidaba con muchísimo cariño»

Fuentes: Rebelión [Imagen: Vera Sacristán. Créditos: Espai Marx]


En esta nueva entrega del Centenario Manuel Sacristán Salvador López Arnal entrevista a Vera Sacristán, doctora en Matemáticas e hija de Manuel Sacristán.

Salvador López Arnal.- Naciste en 1958. Tu padre había finalizado sus estudios de lógica y epistemología en Alemania en 1956 y había contraído matrimonio con tu madre, Giulia Adinolfi, en Nápoles, en 1957. Se ha comentado que tus padres se conocieron a través de la mediación del lógico italiano Ettore Casari, compañero de tu padre en Münster. No es la única versión. ¿Podrías precisarnos este punto?
Vera Sacristán.- La historia que mis padres me contaron es que se conocieron en casa de Paco Noy y Lolín Serrano. Mi madre era hispanista y estaba aquí con una beca. Supongo, aunque no lo sé a ciencia cierta, que debió conocer a Paco Noy con motivo de sus estudios. Paco y Lolín organizaban con cierta frecuencia cenas o comidas en su casa a las que invitaban a amigos que a veces no se conocían entre sí. Por lo visto, mi padre tenía alguna experiencia anterior de tales reuniones. El caso es que me contaron que a los dos les daba cierta pereza ir a la cena en cuestión y, sin embargo, allí fue donde se conocieron. Años más tarde, recuerdo en más de una ocasión a Paco Noy diciéndome más o menos literalmente que se sentía responsable de mí porque mis padres se conocieron en su casa.

Ettore Casari, que había conocido a Manolo en Alemania, fue el padrino de la boda de mis padres, que tuvo lugar el 27 de agosto de 1957 en Nápoles, en la iglesia de San Gennaro al Vomero. Debía hacer un calor considerable y aquellas no eran épocas muy boyantes económicamente para ellos: Manolo solía recordar, cuando se hablaba de su boda, el calor que pasó metido en su único traje: un traje de invierno de lana.

Salvador López Arnal.- Hasta vuestro asentamiento definitivo en el piso de Diagonal, no fueron pocos los lugares donde vivisteis. ¿Qué razones impulsaban a tus padres a cambiar tan a menudo de domicilio? ¿Alguna relación con su militancia política?
Vera Sacristán.- Cuando volvieron de Barcelona de su viaje de bodas, que consistió en una visita a París durante la cual Manolo asistió a una reunión del Comité Central del PSUC, mis padres no tenían muebles ni enseres (eso era mucho más frecuente entonces de lo que lo es en este mundo consumista de ahora) y vivieron en un bajo amueblado de la Pedrera, en una residencia de la calle Ample donde muchos años después aún los recordaban, en un piso de la calle Padilla, en una casita en Valldoreix… Lo primero que yo recuerdo es un piso de la calle Mitre, donde vivimos entre 1961-62 y 1965, mucho antes del Cinturón de Ronda, y luego un ático en Balmes-Copérnico, que nos duró hasta 1972.

La característica común de todas nuestras casas era su pequeñez y la gran cantidad de libros que las invadían y que nos forzaban a mudarnos a pisos más espaciosos. El gran cambio se produjo cuando alquilamos el piso de la Diagonal. Mis abuelos, los padres de Manolo, nos ayudaron económicamente y esa fue nuestra casa definitiva. Aquella sí que era grande: finalmente hubo un cuarto de estudio para cada cual y la primera mesa de comedor de nuestra vida: recuerdo que su llegada fue un gran acontecimiento familiar.

Salvador López Arnal.- Recibíais muchas visitas en vuestro piso de la Diagonal, el teléfono sonaba con frecuencia. ¿Cómo se conciliaba el trabajo, la dedicación intelectual, con visitas tan asiduas? ¿Quiénes os visitaban?
Vera Sacristán.- No es cosa de exagerar, pero es verdad que se recibían muchas visitas y muchas llamadas también. Las visitas solían ser de alumnos o ex-alumnos de Manolo, estudiantes del partido, intelectuales en general, amigos suyos, muchos de los cuales fueron cambiando con los años.

Por teléfono le solían llamar para pedirle conferencias, artículos y charlas, y él procuraba defenderse: muchas veces lo dejaba sonar, y si nosotras insistíamos en cogerlo él hacía como que no estaba en casa. Decía que así, cuando se muriera, habría logrado dar alguna conferencia menos.

Viviendo en Balmes, Manolo alquiló un estudio cerca de casa, en la calle de Sant Gervasi de Cassoles. El estudio no sólo sirvió para liberar espacio en casa, sino también para aislar a Manolo de las visitas y llamadas. La ubicación del estudio fue un secreto que compartieron muy pocos. Allí Manolo tenía el tiempo y la calma necesarios para trabajar.

Salvador López Arnal.- Expulsado de la Universidad vía no renovación del contrato laboral en 1965, tu padre tuvo que ganarse la vida trabajando a destajo como traductor. Sus traducciones se cuentan por decenas, más de 90. Tal cantidad de trabajo, al que habría que añadir ensayos, prólogos y numerosas y arriesgadas tareas políticas, exigiría seguramente un horario estricto y prolongado. ¿Recuerdas cómo se organizaba?
Vera Sacristán.- Puedo contar con detalle cómo trabajaba en verano, cuando yo también estaba en casa y le veía hacerlo. Como en muchas otras cosas, era estricto con su plan de trabajo. Llevaba una libreta en la que apuntaba las holandesas que traducía cada día, el total acumulado y demás. Según la escasez del momento o el precio que le pagaban por holandesa traducía entre 15 y 20 al día. Sólo se permitió bajar a 10 holandesas diarias cuando tradujo a Marx para las OME…

Salvador López Arnal.- Disculpa. Las obras de Marx y Engels cuya traducción coordinó.
Vera Sacristán.- Por la mañana se levantaba pronto y se ponía a la máquina. Durante toda la mañana traducía sin interrupciones importantes. En general, dejaba la corrección de lo que había traducido para la tarde, después de comer y fregar los platos. A media tarde estaba libre para ir a pasear, jugar o cualquier otra cosa que quisiéramos hacer. Ese era el plan de trabajo todo el verano, excepto los domingos, en que se daba fiesta.

No tengo muy claro que en invierno su horario fuera el mismo: aunque, por un lado, las reuniones solían ser por las tardes, y eso le dejaba libre las mañanas; por otro, muchas reuniones nocturnas debían impedirle madrugar al día siguiente.
Antes de que le echaran de la universidad, en cambio, solía trasnochar mucho trabajando, pero eso me lo han contado, no lo recuerdo yo directamente.

Salvador López Arnal.- En la entrevista que concedió a la revista mexicana Dialéctica en 1983, Sacristán hizo referencia a la doble vida que tuvo que llevar durante años. Por una parte, como dirigente del PSUC-PCE, su arriesgada militancia le obligaba a tomar fuertes medidas de seguridad; por otra parte, dada su condición de personaje público, se movía abiertamente. ¿Recuerdas cómo repercutía esta situación en su vida cotidiana? ¿Qué precauciones tomaba?
Vera Sacristán.- También en el tema de las precauciones Manolo era muy estricto: nunca tenía una conversación telefónica que no fuera absolutamente inocente, nunca anotaba nada comprometedor… Cuando vivíamos en la calle Padilla, tenían convenido un sistema por el cual mi madre, que se quedaba en casa cuidándome (yo era entonces un bebé) avisaba a mi padre de peligro en la casa: un pañuelo tendido en el balcón, que debía ser de color blanco si no pasaba nada.

Recuerdo algunas anécdotas curiosas que él me contó, relacionadas con el tema de las precauciones: la primera sucedió en la calle Urgell, donde él tenía que acudir a un piso. Estaba en la esquina con Mallorca, inspeccionando la situación, y resultó que otra persona andaba rondando la esquina. Manolo y el otro estuvieron mucho rato disimulando y estudiándose. Manolo no se decidía a dirigirse al lugar de su cita. Al final el otro se acercó y le pregunto: «¿Tú también eres un hermano?». Era un miembro de la iglesia adventista, que todavía tiene allí su sede, hoy de forma legal.

La otra anécdota muestra hasta qué punto se preocupaba por la seguridad, suya y de los demás: andando por el barrio había tropezado por casualidad con Gregorio López Raimundo, que entonces estaba ilegalmente en Barcelona. Manolo no se había inmutado, pero Gregorio se había acercado a saludarle. Volvió a casa indignado: le parecía insensato que alguien que se encontraba en situación de clandestinidad le saludara y corriera el peligro de ser descubierto. ¡Quién podía asegurar que, siendo Manolo un personaje público, no llevara en ese momento a un policía siguiéndole!

Salvador López Arnal.- Has comentado un par de veces que tu padre era muy estricto. ¿Puedes explicarlo con más detalle?
Vera Sacristán.- Me he referido a ello al hablar de su estricto plan de trabajo, que no se saltaba nunca, o de su forma estricta de tomar precauciones. Creo que era una característica de su personalidad.

En mi recuerdo, Manolo solía tomar decisiones radicales y se mantenía en ellas. Tenía una combinación de radicalidad y de fuerza de voluntad que quizás expresaría mejor diciendo que parecía tener siempre una gran convicción en sus opciones y decisiones. Eso regía para los temas más serios y para los más nimios, indistintamente.

En la época en que tenía el estudio de Sant Gervasi, hacia 1970 aproximadamente, Manolo dejó de fumar, cosa de la cual estaba muy orgulloso. Contaba que una mañana, después de una noche de mucha reunión y mucho fumar, le había asaltado tal ataque de tos que había tirado el cigarrillo que estaba fumando y decidió no fumar más. Así fue. Afirmaba que nunca más había sentido ganas de fumar.

Años más tarde, cuando se detectó su enfermedad cardíaca, tuvo que someterse a un régimen de comidas muy estricto y su actitud fue la misma: a partir del momento en que comenzó el régimen, se acabaron los excesos, nunca volvió a ponerle sal a una comida y ni siquiera se permitió un extra de vez en cuando.

Salvador López Arnal.- En alguna ocasión, refiriéndose a temas ecológicos y al sentimiento que le despertaban las manifestaciones de la naturaleza habló de su afición al excursionismo. ¿Qué lugares solían frecuentar? ¿Cultivó otras aficiones?
Vera Sacristán.- Manolo era muy aficionado al excursionismo. De joven había andado mucho por el Montseny, por el que tenía un cariño especial. Durante años estuvimos yendo de excursión en verano por la Cerdanya, especialmente por el Puigpedrós, y en invierno por los alrededores de Barcelona: primero por Collserola, luego cruzando el Montnegre desde el Tordera en dirección al mar. También esto lo hacía concienzudamente y con mucha pasión: siempre andaba muy bien pertrechado de mapas, altímetros, víveres e ilustración sobre lo que iba a visitar.

También le gustaba mucho la bicicleta. Recorrimos todos los rincones de la plana de la Cerdanya (mejor dicho: de la mitad bajo administración española, porque Manolo no tuvo pasaporte durante años) montados en nuestras bicis. Cuando empezó con los problemas cardíacos recordaba los paseos en bicicleta con nostalgia, nostalgia de la bicicleta y nostalgia de la Cerdanya misma, que fue uno de sus amores.

Pero Manolo tenía muchas otras aficiones: desde luego, el estudio era la principal, pero desde la música (La Flauta Mágica era su pasión) hasta el bricolaje (en el que me permitía ser su ayudante para que aprendiera), muchas eran las cosas que le interesaban y que hacía con entusiasmo.

Otro de sus grandes amores fue siempre México, más adelante me referiré a ello.

Salvador López Arnal.- De acuerdo. Solíais ir los veranos a una casa que tus padres habían alquilado en Guils, en la Cerdanya. ¿Por qué ese lugar? ¿Qué recuerdos tienes de aquellos veranos?
Vera Sacristán.- Muchos creen que veraneábamos en Guils de Cerdanya porque tanto Manolo como Giulia están enterrados en el cementerio de Guils, pero no es así. Nuestra casa de veraneo estuvo siempre en Puigcerdà. Llegamos allí por casualidad, primero a una casa que encontramos a través de un anuncio en el periódico, y luego a la casa de «Los Sauces», que tuvimos alquilada 26 años.

Íbamos todos los veranos, desde finales de junio hasta principios de octubre (siguiendo el calendario escolar de entonces). Cada año el traslado era una auténtica migración: mandábamos por recadero gran cantidad de paquetes con libros, ropa, juguetes… Toda una casa. En Puigcerdà llevábamos una vida tranquila: estudiar, leer, ir a la compra, cocinar, jugar en el jardín; todo siguiendo un cierto ritual bastante inamovible.

A propósito de cómo vivíamos allí, Rosa Rossi me ha permitido traducir aquí parte de una carta que Renzo Lapiccirella mandó a su hija, Viola, desde Puigcerdà, en agosto de 1966:

Ayer, aquí, hubo tormenta, pero en serio. Un diluvio de agua, truenos poderosos y relámpagos que cortaban esa manta gris que era el cielo. Hoy, en cambio, ha triunfado el sol. Todo reluce: cielo, campos, montañas y árboles. Por no hablar de los pájaros festivamente entregados, con gran dedicación, a su actividad (para darnos gusto, pensamos nosotros). En suma, cosa de idilio o de redacción escolar, si lo prefieres. Pero, bromas aparte, éste me sigue pareciendo un lugar un poco mágico, donde incluso se puede llegar a pensar que quizás el mundo y los hombres han descubierto –o están a punto de descubrir– una medida de sí mismos y de las cosas, un maravilloso equilibrio entre razón y sentimientos y, en definitiva, el sentido preciso de su propia vida y de la de los demás. Manolo escribe sus diez holandesas diarias, Vera está jugando, Giulia continúa ordenando cuidadosamente las cosas (también a través de estas operaciones consigue hacer sentir su amistad y su afecto por los demás), Rosa espera que yo acabe de escribir para ir a Correos. Todo muy sencillo y muy corriente. Pero hay secreto. Está en la amistad, en el fondo común que la alimenta y que nos permite a cada uno –en condiciones más fáciles o más difíciles– no traicionar la imagen del hombre que nos hemos hecho. […] Un tal escribió, una vez, que «el paisaje es un estado de ánimo»: es una exageración evidente, más que discutible por muchos motivos, pero contiene una parte de verdad suficiente. En un sentido muy particular y preciso podría afirmar yo también que Puigcerdà es «un estado de ánimo» […]

Creo que algo de lo que cuenta Renzo lo sentíamos todos.

Como se ve, recibíamos visitas también allí, pero la mayoría formaban parte del ritual: pasaban parte de sus vacaciones con nosotros mis abuelos italianos (los padres de Giulia), su hermana, Rosa Rossi y Renzo Lapiccirella, viejos amigos; nos visitaban los abuelos españoles (padres de Manolo), sus hermanos… Con la edad, los abuelos empezaron a venir menos, pero compartimos el verano con nuevos amigos: Paco Fernández Buey y Neus Porta, la puntual visita de Juan-Ramón Capella (si a mediados de agosto no había aparecido, empezábamos a preguntarnos qué había sido de él) y muchos otros.

De alguna forma, la casa de Los Sauces era un punto de referencia, los amigos sabían que nos encontrarían allí.

Además, en Puigcerdà se celebraban dos de las fiestas más importantes del año: el aniversario de la boda de mis padres (que coincidía, además, con el cumpleaños de mi madre, el 27 de agosto) y el cumpleaños de Manolo, que era el 5 de setiembre. Solíamos reunirnos muchos de la familia y las celebraciones incluían decoraciones festivas, serpentinas, confetis, desayunos y comidas especiales, regalos, etc.

La explicación del hecho de que mis padres fueran enterrados en el cementerio de Guils de Cerdanya, un pequeño pueblo a unos cinco quilómetros de Puigcerdà, es la siguiente: Guils era el destino más frecuente de los paseos vespertinos de familia, casi en comitiva, en la época en que el camino aún no estaba asfaltado. Cuando se llegaba a lo alto del pueblo, delante de la iglesia, el paisaje era impresionante. Era el paseo preferido por Giulia; por eso nos pidió ser enterrada allí.

Recuerdo haberle preguntado a Manolo si él también quería ser enterrado allí: me contestó que le daba igual lo que se hiciera con él una vez muerto.

Salvador López Arnal.- Las mil actividades en las que Sacristán estaba inmerso no impidieron que te acompañara a la escuela. Creo que guardas algún recuerdo curioso de aquellos paseos. Si no ando errado, en uno de ellos te habló de la paradoja del montón de trigo de Zenón. ¿Fue así? Añado: Por las noches, durante un tiempo, te regalaba unos dibujos, como si fueran viñetas de un cómic. ¿Los conservas? ¿Qué te explicaba en ellos?
Vera Sacristán.- Recuerdo mucho a Manolo ejerciendo de padre, quizás sus tareas conmigo eran las más agradecidas: llevarme al colegio, sacarme de excursión los domingos o a paseo por la ciudad… Nos recuerdo juntos en casi todos los museos de la ciudad.

Es cierto que me contó la paradoja del montón de trigo de Zenón volviendo del colegio por el paseo de San Juan Bosco. Era otoño, el suelo estaba cubierto de hojas caídas de los árboles, y Manolo empezó a preguntarme si una hoja constituía un montón de hojas. Obviamente, contesté que no, que un montón de hojas se formaba con varias hojas; así que me replicó si bastaría con dos hojas para hacer un montón. Y si no bastaban dos, ¿cuántas bastaban? ¿Tres, cuatro, diez…? ¡No se imagina nadie la impresión que eso puede producir cuando una no tiene ni diez años!

En una época de mucha actividad, encontró una forma de establecer una comunicación nocturna conmigo, cuando muchos días no nos habíamos visto más que por la mañana: el correo nocturno. Entre 1963 y 1965 aproximadamente, y de forma más o menos esporádica, dejaba algunas noches sobre la cabecera de mi cama un dibujo que yo encontraba por la mañana, en el que aparecían todos los personajes de la familia caracterizados como animales (él se dibujaba a sí mismo como un perro) en una escena que solía reproducir un hecho del día que acababa de pasar: «El pato, el pájaro y el perro cenan en un restaurante» (19-VI-64) o del día que iba a empezar: «Hoy vamos andando si es pronto» (?-?-63). También había mensajes educativos, por así llamarlos: «el pájaro mirando el gran plato de verdura que se va a comer en un momento» (9-VI-64). Uno de los temas recurrentes era su preocupación por la cantidad de tiempo que le tomaba su actividad política y lo tarde que llegaba a casa: «El perro, que ha llegado muy tarde, se hace la cena; el pájaro carpintero y el pato duermen» (20-I-64), «Sin repartir el correo, aunque sabe que eso es feo, el cartero desgraciado se ha ido a dormir muy cansado» (23-II-65), «Un perro más bien cansado llega a casa adormilado» (14-XI-65).

Salvador López Arnal.- Hablando de regalos. El día de Reyes era espectacular en vuestra casa. Y no sólo el día 6, también los preparativos. ¿Podrías explicarnos algo de ello? ¿Por qué ese entusiasmo por la festividad?
Vera Sacristán.- Efectivamente, junto con los cumpleaños, la gran fiesta en nuestra casa era la de Reyes, aunque no sé exactamente el motivo. Todos la preparábamos minuciosamente, llevábamos los regalos en el mayor secreto y cumplíamos todos los rituales: escribir la carta, dejar agua, pan y sal para los camellos… Además, como nunca me engañaron sobre el origen de los regalos, nunca dejamos de celebrar la fiesta con todo su ritual, hasta el último año.

Lo mejor era la lectura, la mañana del 6 de enero, de la carta que los Reyes Magos me dejaban, en respuesta a las nuestras. Extracto parte de la primera, de 1964, para dar una idea:

«… el carbón azucarado
se nos había acabado:
te hemos dejado verdura,
que es también una ricura.
A tu mamma regalamos
un librito en italiano.
Para Nando y sus papás
tres cosas encontrarás …»

Pero también estas cartas tenían vocación didáctica:

«… Si no andamos confundidos,
siete años tienes cumplidos,
pero tu caligrafía
no es gran cosa todavía.
Trabaja tus buenos ratos,
mejora tus garabatos;
si no, tu letra será
como la de tu papá,
famoso en el mundo entero
por grande garabatero…» (1965)

Con los años, se ampliaron los temas de que hablaban Melchor, Gaspar y Baltasar en sus cartas. En 1969 Manolo ponía el siguiente discurso en boca de Baltasar:

«… por venir del Tercer Mundo, mi saber es más profundo. Úlceras, agotamientos, nervios, rostros macilentos, no se podrán mejorar si no es hundiendo en el mar el gobierno americano atado con el rusiano. Pues lo que al hombre hizo daño durante el pasado año es, por un lado, el fascismo del bestial imperialismo y, por el otro, el despecho del socialismo mal hecho. Ha sido un período aciago, por lo cual el estómago de la persona decente con espasmo se resiente. Pero no hay que atormentarse, sino más bien reforzarse para llegar al momento del sacrificio cruento del abundante ganado al banquete destinado que será celebración de la gran liberación. Para esa fiesta preclara doy esta minuta rara (por venir del Tercer Mundo, mi estómago es más profundo):
MINUTA
Hígado de johnson al franquillo picado,
salteado con manteca de nixon.
Chuletas de breznev con ulbrichts asados
Macedonia de generales de ambos hemisferios
Vinos:
Sangre de banquero
Linfa de fabricante
Líquido cefalorraquídeo de comerciante
Bebidas no alcohólicas:
Zumo de burócrata siberiano»

Y los pobres Reyes Magos acabaron absorbidos por la General Mitos Inc. de Oklahoma. En 1970 escribían:

«… Dicen nuestros gerentes de Oklahoma: “Hay que cumplimentar, coma por coma, al precio del mercado más subido, lo que encarga el cliente en su pedido. Nunca jamás se entregará un objeto que no se encuentre a un precio sujeto”. Y aunque a nuestros gerentes les da grima nuestra usanza oriental de hablar en rima (dicen que puede confundir las cuentas de la sección de promoción de ventas), sin embargo, para que comprendamos la lección que aprender necesitamos, nos repiten un pareado extraño, jamás oído en el Oriente antaño:

“Deja el objeto sin precio
para el subversivo necio”.
Deben tener razón nuestros gerentes, pues bien les obedecen hoy las gentes».

Pero los Reyes Magos no se dejaron convencer, y a partir de entonces apareció también en correo clandestino de los Reyes Magos. Decía en 1971:

«¿Cuál es de verdad el tema,
el importante problema
que en nuestros largos viajes
pensamos con nuestros pajes?
La cuestión es la siguiente,
aunque lo ignore la gente.
Andando por esos mundos
vemos sus males profundos.
Ya en nuestra más propia cosa
es la situación penosa:
de juguetes largas listas
hacen los capitalistas,
mientras más de un niño obrero
no tiene abrigo en enero.
¿Qué decir de los adultos?
No siempre arrancan indultos.
Sigue asolando la Tierra
el imperialismo en guerra.
Dolores y enfermedades
hay en todas las edades.
Pero aun es más complicado
este mundo endiablado,
pues eso es sólo una parte
de lo que habrá que explicarte.
Surge la complicación
por la siguiente razón:
que también tendría el planeta
alegría muy completa:
el sol, las nubes, el mar,
jugar, reír, estudiar,
andar, subir la montaña,
trepar las rocas con maña,
descansar, comer, beber,
oír, mirar, conocer,
y aún alguna cosa más
que después aprenderás.
Ya en sí misma es la alegría
lo que más importaría,
pero incluso es importante
para seguir adelante:
sin un fondo de alegría
ninguno se movería;
sólo el alegre consciente
puede ayudar a la gente.
Más, ¿qué quiere decir eso?
Pues que, si arroja su peso,
(con peso pinta a la gente
Chumy Chúmez el sapiente)
cada cual es muy capaz
de alegría, juego y paz.
Pero antes de proseguir
hay que saber distinguir:
no es oro cuanto reluce,
ni todo a alegría conduce.
El hombre capitalista
no es alegre, es escapista:
toda su falsa alegría
se basa en la policía;
ella protege los lujos
con más o menos tapujos.
El hombre capitalista
alarga siempre la lista.
Cuando ve del mal la noche
huye a comprarse otro coche;
en cuanto tiene un disgusto
o se lleva un nuevo susto
corre escapado a la tienda
a comprar lo que le venda
otro burgués comerciante.
Y así siguen adelante.
Lo contrario es la alegría
de esa febril vesania.
¡Acabemos de una vez
con tan criminal memez!
Pero estamos en un mismo
y circular silogismo:
NUNCA HABRA BUENA ALEGRÍA
MIENTRAS HAYA BURGUESÍA,
MAS NADIE ECHARA EL BURGUÉS
SI ANTES ALEGRE NO ES.
Esa es la gran paradoja,
peliaguda cuerda floja
sin cuya superación
nunca habrá revolución.
Tal es el real problema
e importantísimo tema
que en nuestros largos viajes
pensamos con nuestros pajes.»

Salvador López Arnal.- No está nada mal. Los primeros años setenta no fueron nada fáciles. Tu padre pasó malos momentos, creo que sufrió una depresión. ¿Qué recuerdas de aquello? Tengo entendido que un médico de Puigcerdà intervino con muy buen tino en aquella situación.
Vera Sacristán.- Las cartas de Reyes dejan constancia de la depresión que Manolo pasó. La de 1972, muy breve, acaba así:

«Por no tener energía
para una larga elegía,
te decimos simplemente
qué necesita la gente:
¡Abajo la depresión!
¡Viva la revolución!»

Si no recuerdo mal, al final del verano del 71 Manolo se encontró mal de vuelta de un viaje en coche. Parecía un simple mareo, pero no se le pasaba. Fue nuestro médico de Puigcerdà, efectivamente, el que detectó los síntomas de una depresión y aconsejó que le visitara un especialista.

Durante un par de años Manolo pasó momentos de abandono absoluto: eran empresas hercúleas lograr que se levantara de la cama o de un sillón, o que comiera algo. Además, por entonces fue nuestra última mudanza, la que nos llevó a la casa de la Diagonal. Aún no me explico cómo pudo Giulia soportarlo todo a la vez.

Es difícil decir con certeza cuáles fueron las causas de la depresión de Manolo. Desde luego, no se trató de una reacción a un hecho concreto, sino el cúmulo de una larga historia. Manolo a veces contaba cómo tomó la decisión, una noche en Alemania, de rechazar un puesto que le habían ofrecido y volver a España. El compromiso político no había pesado poco en aquella decisión. Yo siempre he pensado que no podía ser fácil renunciar a hacer carrera académica, a pasarse la vida estudiando (que era lo que más le divertía), para dedicar una parte importante de la vida a «conspirar», como él decía; sin preguntarse después si había valido la pena. Para principios de los setenta, Manolo ya andaba muy decepcionado de cómo iban las cosas en el mundo, en el país y en el partido.

Probablemente otros conocen mejor que yo las circunstancias de la depresión de Manolo. Habrá que preguntar a gentes como Nolasc Acarín que, aunque no era su médico, es probable que se preocupara por él en aquel momento.

Su médico se llamaba Montserrat, y debía ser un individuo muy competente; Manolo siempre hablaba de él con mucho respeto.

Salvador López Arnal.- En el mismo edificio donde vivíais, tenían un piso tus abuelos paternos. ¿Qué tipo de personas eran? ¿Qué relaciones mantenía tu padre con ellos? Tu abuela paterna murió en 1975. ¿Cómo reaccionó Sacristán ante la pérdida?
Vera Sacristán.- Efectivamente, los padres de Manolo vivían en la misma escalera que nosotros; mejor dicho, nosotros vivíamos en la misma escalera que ellos, tres pisos más arriba.

Mi abuelo, Manuel Sacristán Samiñán, era de origen ceutí, sus padres regentaban la cantina del casino militar de Ceuta. Tenía un carácter muy andaluz: era despreocupado, guasón y muy desprendido. Políticamente, como él mismo decía, era «pancista», aunque sus hermanos, durante la República y la Guerra Civil, fueron gente comprometida, concretamente con la UGT, hasta el punto que uno de ellos tuvo que exiliarse, acabó en México y allí sigue toda su familia.

Mi abuela, Emilia Luzón de las Heras, era de origen castellano y había heredado de su familia de artesanos guarnicioneros su carácter previsor, responsable, creyente y de resignación. Nada que ver con la despreocupación de mi abuelo.

Manolo tenía debilidad por su madre y ella le adoraba: cualquier cosa que él dijera o hiciera iba a misa. La verdad es que, dado el gran sentido familiar que mi abuela tenía, cualquiera de nosotros era un dechado de virtudes, pero su hijo mayor más. Mi abuela Emilia murió el 18 de marzo de 1975, y para Manolo fue un golpe terrible. Muchos años después seguía recordando que él mismo le puso una inyección del sedante que el médico recetó y del que ella ya no volvió a despertar en todos aquellos días. Le impresionaba, además, la tenacidad con que mi abuela, no siendo tampoco tan anciana, había afirmado en los últimos tiempos que sólo aspiraba en esta vida a celebrar sus bodas de oro y cómo esa había sido, en efecto, una de las últimas cosas que hizo.

Durante la enfermedad de mi madre, el padre de Manolo se comportó con ella de forma admirable; eso los acercó más a los dos: a partir de entonces, Manolo visitaba a su padre cada día, a veces comían juntos y compartían la afición de mirar juntos los «partiditos» cada domingo ante el televisor de mi abuelo, que mantenían todo el tiempo sin voz, mientras contemplaban la pantalla prácticamente en silencio, con algún raro comentario esporádico.

En resumen, yo creo que Manolo tenía mucho cariño a sus padres y ellos, a su vez, no sólo le querían sino que le tenían un grandísimo respeto; les parecía que era un «sabio» que había tenido muy mala suerte en la vida y hacían todo lo que podían por ayudarle.

Salvador López Arnal.- En febrero de 1980 murió tu madre, Giulia Adinolfi Sellitti (https://giuliaadinolfi.caladona.org/). ¿Cómo afrontó tu padre la pérdida?
Vera Sacristán.- La enfermedad y la muerte de mi madre es la experiencia que más ha marcado mi vida, no sólo por el drama que para mí constituyó su final, sino sobre todo por lo que aprendí del comportamiento de ambos.

Giulia demostró una lucidez y una serenidad impresionantes, combinando la lucha contra la enfermedad con la aceptación de los hechos tal como eran. La reacción de Manolo fue un ejemplo de solidaridad total: siguiendo su estilo, leyó montones de artículos médicos que se hizo mandar por el hermano de Giulia (especialista en inmunología genética), acompañaba a Giulia a todas partes (en particular a las sesiones de terapia) y se convirtió en un experto enfermero en los últimos meses. Creo que aprendió de Giulia a comportarse en aquella situación, de forma que no se hundió depresivamente ni durante su enfermedad ni después de su muerte. Al contrario, recuerdo que los últimos meses de vida de mi madre, cuando ya estaba inmovilizada en la cama, paradójicamente, charlábamos y reíamos constantemente, a la vez que nos cuidábamos mutuamente los tres (y no sólo nosotros a Giulia).

[Elena Grau Biosca, Violeta Ibáñez Royo, Isabel Ribera Domene (eds), Giulia Adinolfi. Entre mujeres, Barcelona: Icaria, 2025]

Después de la muerte de mi madre, Manolo, a pesar de sentirse de luto, como él decía (y como demostró vistiendo de negro durante una larga temporada), tuvo una reacción menos depresiva de lo que era frecuente en él. Supongo que, en parte, su preocupación por mí debió ser una de las causas.

Al cabo de poco tiempo fue invitado a México. Como he dicho, México había sido siempre una de sus pasiones: alguna vez me dijo que incluso había empezado a aprender náhuatl de joven. Pasó en México algo más de un año, dio un curso en la Universidad Autónoma, visitó todos los lugares que conocía por sus lecturas, volvió a ver a su familia exiliada y, lo más importante, se volvió a casar. Creo que fue una época feliz para él.

Salvador López Arnal.- Eres licenciada y doctora en Matemáticas. Es conocido el interés de tu padre por la disciplina y por la filosofía de las ciencias formales. ¿Te orientó, te influyó en tus estudios? ¿Controlaba él, en alguna medida, tus decisiones?
Vera Sacristán.- Me parece evidente que mi padre tuvo mucha influencia sobre mis gustos en el tema de los estudios (y en muchos otros, creo). Su estímulo debió avivar mi interés por las matemáticas, que recuerdo muy temprano: cuando estudiaba primero de bachillerato ya tenía claro que las matemáticas eran mi asignatura preferida.

Sin embargo, la intervención directa de mi padre, de mis padres, en mis decisiones era siempre poco menos que nula. Siempre se preocuparon por saber cómo me iban las cosas, pero nunca me aconsejaron que estudiara esto o aquello. La única intervención directa que recuerdo de mi padre en mis estudios ocurrió cuando yo estudiaba primaria en la Scuola Italiana de Barcelona: en verano, me estuvo dando clases de lengua castellana, preocupado por mi desconocimiento y mis faltas de ortografía. Mientras estudié en la facultad, se interesó siempre por saber cómo me iba y, más concretamente, por saber qué me explicaban, especialmente cuando estudié asignaturas de lógica, pero nunca emitió ni tan siquiera una opinión sobre lo que me enseñaban o sobre lo que debía yo leer o hacer.

Lo que, en cambio, siempre le obsesionó era que estudiara e hiciera las cosas a fondo. Repetía con frecuencia refranes como «la letra con sangre entra, y la labor con dolor» o «primero es la obligación y luego la diversión». Mi madre tenía una versión italiana: «chi bella vuol apparire, gran dolor deve soffrire».

Salvador López Arnal.- Fuiste militante de las Juventudes Comunistas de Cataluña a mediados de los setenta. ¿Discutías con él sobre temas políticos? ¿Intentaba convencerte de sus posiciones?
Vera Sacristán.- También en este tema la influencia de mi padre debió ser importante, pero si en el tema de los estudios procuró no intervenir demasiado, en éste fue todavía más prudente: jamás me dijo si le parecía bien o mal lo que hacía, ni me preguntó exactamente qué hacía (eso también tenía que ver con las medidas de seguridad de entonces, no sólo con su discreción como padre).

Hablábamos de política como de cualquier otra cosa, pero desde el punto de vista de quien comenta las noticias del periódico, no de quien hace una discusión política de partido. Eso sí, algunas veces le pedí ayuda para algo –un seminario, un artículo– y siempre me la dio con creces.

Yo no supe que él había abandonado su actividad hasta más tarde.

Salvador López Arnal.- Se expulsó a Sacristán de la Facultad de Económicas de la UB en 1965. Más tarde, volvió brevemente (curso 72-73), y de nuevo no se le renovó el contrato. Posteriormente no se le concedió el nombramiento de catedrático extraordinario hasta muy entrado 1984. ¿Cómo vivió esas circunstancias? ¿Qué pensaba de su tardío nombramiento como catedrático?
Vera Sacristán.- Mi recuerdo es que vivimos aquello con cierta «normalidad», como si ya estuviéramos todos acostumbrados a las faenas que le hacía el régimen. Claro que la expectativa de que le nombraran catedrático nos alegraba a todos, pero como le dijo a un periodista que le preguntó: «prefiero estar con los corderos que con los cabritos».

Del curso 72-73, en cambio, no puede decirse que fuera muy «normal». Por de pronto, Manolo fue detenido aquel invierno ya no recuerdo si dos o tres veces. Por cierto que se vanagloriaba de llevar sus detenciones con mucha serenidad. Decía que era incluso capaz de dormir de pie en la celda de Jefatura donde le retenían mientras no le interrogaban. De su paso por la Modelo guardaba una cajita para medicinas que le regaló un preso común de su misma celda, y la cuidaba con muchísimo cariño.

A pesar de todo, él intentaba mantener el ritmo de sus clases. Incluso tuvo que pasarlas de su horario habitual a las ocho de la mañana, porque decía que a su hora normal siempre había asambleas y no podía dar clase. Al cabo de poco tiempo de dar clase a las ocho volvió diciendo: «ahora ya no sufro las asambleas, ahora vienen a mis clases los que van a hacer pintadas de madrugada».

Salvador López Arnal.- Rosa Rossi ha explicado que, poco después de la muerte de Giulia, tu padre estuvo leyendo y reflexionando sobre «el tema de la muerte». ¿Sabes si ha quedado algún ensayo, algún material de este estudio? ¿Impartió alguna conferencia sobre el tema?
Vera Sacristán.- Efectivamente, recuerdo que acumuló libros sobre el tema y que me hizo algunos comentarios sobre lo que leía, pero no sé gran cosa más. Es posible que Rosa, Nolasc, Juan Ramón u otros sepan algo más.

De aquella época, o un poco antes, sólo recuerdo que intervino en una mesa redonda organizada por la Asociación Española contra el Cáncer, junto con Jordi Estapé (que era el médico de mi madre), de la que volvió impresionado por la lucidez y el coraje de alguna de las enfermeras que allí hablaron.

Salvador López Arnal.- Poco después de la muerte de tus padres, se creó la Fundación Giulia Adinolfi-Manuel Sacristán. Este 1995 hará diez años del fallecimiento de Sacristán. ¿Qué actividades piensa llevar a cabo la fundación?
Vera Sacristán.- La Fundación impulsará actividades de conmemoración. Probablemente algunas se vehiculen a través de las universidades de Barcelona: conferencias y mesas redondas. Ahora mismo estamos concretando los detalles. Pretendemos, además, hacer coincidir los actos con algunas publicaciones: un texto de lógica inédito (escrito para una enciclopedia que no llegó a publicarse); un manuscrito inacabado sobre Gramsci (este trabajo tuvo probablemente que ver con la depresión de Manolo: lo estaba escribiendo entonces, lo interrumpió y quiso tirarlo; Jacobo Muñoz lo salvó); la tesis doctoral sobre Heidegger, cuya edición hace años que se agotó; y alguna publicación más como una antología de textos y otra de entrevistas. Aparecer á también un número monográfico de la revista Mientras Tanto, que Giulia y Manolo fundaron y la Fundación sigue editando.
Salvador López Arnal.- En la bibliografía que Juan-Ramón Capella publicó en el número 30-31 de mientras tanto de 1987, se da cuenta de «papeles» inéditos. ¿Se ha pensado en la edición de esos papeles? Se ha comentado también que antes de morir estaba trabajando en torno a algún ensayo sobre el tema de la dialéctica. ¿Es así?
Vera Sacristán.- Los textos que hemos hallado más o menos completos son los que he mencionado antes. Ahora bien, está pendiente el trabajo de estudiar los cuadernos de Manolo para ver si en ellos se encuentra material publicable o no.

Es cierto que estaba trabajando sobre el tema de la dialéctica, dando un curso de doctorado, etc. Nunca me dijo, sin embargo, que estuviera preparando un ensayo, lo cual no quiere decir que no se encuentre entre sus apuntes material suficientemente elaborado como para ello.

La Fundación deberá impulsar la catalogación del material que tenemos y su estudio.

Salvador López Arnal.- Permíteme finalizar haciendo referencia a tu nombre. Se ha dicho que la elección de Vera no es una mera cuestión estética. Es un homenaje a la verdad, un foco esencial que dirigió la trayectoria intelectual, política y vital de tus padres. ¿Es así? ¿Hay algún otro homenaje escondido?
Vera Sacristán.- Vera es un nombre relativamente frecuente en Italia: significa ‘verdadera’. Desde luego, no es una mera cuestión estética. Varios amigos de Manolo han sido testigos de su interés por el significado de los nombre que pretendían poner a sus hijos y hasta qué punto eso le parecía importante.

Así que no hay homenajes escondidos ni criterios meramente estéticos, sino más bien voluntad de significado.

Salvador López Arnal.- Gracias, muchas gracias.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.