Ambos ataques provocaron una destrucción difícil de dimensionar y dejaron consecuencias que se prolongaron mucho después del final de la Segunda Guerra Mundial.
Decenas de miles de personas murieron durante las explosiones y en los días posteriores. Las estimaciones varían, pero se calcula que para finales de 1945 habían fallecido alrededor de 140.000 personas en Hiroshima y unas 74.000 en Nagasaki. La mayoría eran civiles: niños, ancianos, trabajadores, estudiantes y familias enteras. Entre las víctimas también había numerosos coreanos y personas trasladadas a Japón como trabajadores forzados durante el periodo colonial.
Estados Unidos lanzó la bomba de uranio Little Boy sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945. Tres días después, lanzó la bomba de plutonio Fat Man sobre Nagasaki. Entre ambos bombardeos, la Unión Soviética declaró la guerra a Japón y, durante la madrugada del 9 de agosto, inició una gran ofensiva contra las fuerzas japonesas en Manchuria.
La decisión estadounidense continúa siendo objeto de debate. Quienes la defienden sostienen que aceleró la rendición de Japón y evitó una invasión terrestre que, según sus estimaciones, habría causado una cantidad todavía mayor de muertos. Sus críticos argumentan que Japón ya se encontraba militarmente debilitado, que podían haberse explorado otras vías y que la entrada de la Unión Soviética en la guerra también fue determinante para que el Gobierno japonés aceptara la derrota.
No existe una interpretación única que haya cerrado por completo esta discusión. Más allá del debate sobre las razones que llevaron a utilizar las bombas, fueron lanzadas sobre ciudades habitadas y causaron la muerte de una enorme cantidad de civiles.
Recordar esta tragedia es necesario. Comprenderla plenamente también exige recordar el contexto de la guerra que la precedió y a las víctimas que el Imperio japonés dejó en diferentes partes de Asia.
Antes de los bombardeos, el Imperio japonés había librado durante años una guerra de expansión. Esa ofensiva incluyó la colonización de Corea, la ocupación de Manchuria, la invasión de China, la masacre de Nankín, el ataque japonés a Pearl Harbor del 7 de diciembre de 1941 y la posterior expansión por el sudeste asiático. Durante ese proceso se cometieron ejecuciones, torturas, trabajo forzado, violencia sexual y matanzas de civiles.
La Unidad 731 realizó experimentos con seres humanos y desarrolló armas biológicas en los territorios ocupados de China. Numerosas mujeres, principalmente coreanas, chinas, filipinas y procedentes de otras partes de Asia, fueron sometidas a un sistema de esclavitud sexual establecido al servicio del Ejército imperial japonés. Civiles y prisioneros de guerra también fueron obligados a trabajar en condiciones brutales y sufrieron hambre, malos tratos, torturas y ejecuciones. En Manila, Singapur, Malasia y otros territorios ocupados se cometieron además masacres contra la población civil.
Muchas de estas atrocidades no fueron simples excesos aislados de algunos soldados. Formaron parte de una guerra impulsada por un régimen militarista que buscaba ampliar su dominio territorial y político mediante la fuerza.
Reconocer los crímenes del Imperio japonés no convierte a los habitantes de Hiroshima y Nagasaki en responsables de esas decisiones, ni disminuye el carácter devastador de los ataques nucleares. Del mismo modo, recordar a las víctimas japonesas no debe utilizarse para borrar el sufrimiento causado por el Ejército imperial en Asia.
Hoy, 81 años después, Hiroshima y Nagasaki continúan siendo símbolos mundiales de la destrucción nuclear. Al mismo tiempo, en China, Corea, Filipinas y otros países de Asia siguen vivas las memorias de la ocupación japonesa y de los crímenes cometidos durante aquellos años. Son recuerdos diferentes de una misma guerra, transmitidos por sobrevivientes, familias, museos, libros y ceremonias que no siempre cuentan la historia desde el mismo lugar.
Con la desaparición progresiva de quienes vivieron directamente aquellos acontecimientos, el riesgo no es únicamente olvidar, sino recordar de manera selectiva. Presentar a Japón solamente como víctima borra el sufrimiento causado por el Imperio japonés en Asia. Presentar a toda la población japonesa como responsable borra a los civiles que murieron sin haber decidido la guerra.
Hiroshima y Nagasaki no pertenecen únicamente al pasado. Siguen presentes en los debates sobre las armas nucleares, la responsabilidad histórica y la forma en que cada país decide explicar su propia historia. Recordarlas de manera completa implica mirar también a Nankín, Corea, Manila, Singapur, a las víctimas de la Unidad 731 y a las demás personas afectadas por la expansión japonesa, sin utilizar el dolor de unos para silenciar el de otros. Antonio Peña
#TalDíaComoHoy de 1945, Estados Unidos se convirtió en el primer (y único) país en lanzar una bomba atómica contra la población civil siendo Hiroshima el objetivo.
A las 8:15 del 6 de agosto, el Enola Gay lanzó "Little Boy"; tres días después, el Bockscar arrojó "Fat Man" sobre Nagasaki.
En cuestión de segundos miles de personas fueron incineradas o aplastadas. Para finales d e 1945 habían muerto unas 140.000 en Hiroshima y cerca de 74.000 en Nagasaki. Los hibakusha (sobrevivientes de los ataques nucleares) padecieron durante décadas quemaduras, leucemias, cánceres y las secuelas de la radiación. En Hiroshima, más de 51.000 edificios quedaron destruidos o calcinados.
La versión oficial afirma que este crimen era inevitable para forzar la rendición y evitar una invasión a la isla. Pero Japón estaba militarmente derrotado: sufría un bloqueo devastador, carecía de combustible y materias primas y ciudades como Tokio también habían sido bombardeadas por EE. UU. Una parte de su cúpula militar buscaba terminar el conflicto preservando al emperador y esperaba una mediación soviética.
Esa esperanza desapareció el 8 de agosto, cuando la URSS declaró la guerra. El Ejército Rojo lanzó una ofensiva fulminante, destrozó al Ejército de Kwantung y hundió el dominio japonés en Manchuria. El colapso militar, la entrada soviética en la guerra y la posibilidad de conservar la institución imperial ofrecían alternativas reales al exterminio nuclear provocado por EE. UU.
Ni siquiera existió unanimidad sobre entre los altos mandos estadounidenses. Eisenhower sostuvo que Japón ya estaba derrotado y que emplear la bomba era innecesario; el almirante William Leahy la calificó de arma bárbara que no aportó ayuda material para vencer.
La verdad es que Hiroshima y Nagasaki no fueron los últimos bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, sino que fueron una demostración de poder ante la URSS y el primer acto de la naciente Guerra Fría. EE. UU mostró que pretendía imponer su hegemonía mediante el terror nuclear. Años después se consolidó el mito político de que cientos de miles de soldados estadounidenses habían sido salvados porque se evito la invasión a Japón, transformando una matanza de civiles en un acto de necesidad.
"La inmensa mayoría de la evidencia documental disponible hoy en día demuestra que, antes de que se lanzara la bomba atómica, los principales responsables políticos y militares estadounidenses sabían que Japón estaba derrotado de forma exhaustiva y que intentaba rendirse. [...] El peso abrumador de la evidencia sugiere que el principal motivo de la rápida decisión de Truman de utilizar esta nueva arma fue su deseo de impresionar a la Unión Soviética con el poderío estadounidense. La bomba fue vista como un martillo diplomático para asegurar que Estados Unidos tuviera el control en la configuración del mundo de la posguerra, particularmente en Europa del Este y Asia."
-Gar Alperovit (1995): La decisión de usar la bomba atómica y la arquitectura de un mito americano.
Decenas de miles de personas murieron durante las explosiones y en los días posteriores. Las estimaciones varían, pero se calcula que para finales de 1945 habían fallecido alrededor de 140.000 personas en Hiroshima y unas 74.000 en Nagasaki. La mayoría eran civiles: niños, ancianos, trabajadores, estudiantes y familias enteras. Entre las víctimas también había numerosos coreanos y personas trasladadas a Japón como trabajadores forzados durante el periodo colonial.
Estados Unidos lanzó la bomba de uranio Little Boy sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945. Tres días después, lanzó la bomba de plutonio Fat Man sobre Nagasaki. Entre ambos bombardeos, la Unión Soviética declaró la guerra a Japón y, durante la madrugada del 9 de agosto, inició una gran ofensiva contra las fuerzas japonesas en Manchuria.
La decisión estadounidense continúa siendo objeto de debate. Quienes la defienden sostienen que aceleró la rendición de Japón y evitó una invasión terrestre que, según sus estimaciones, habría causado una cantidad todavía mayor de muertos. Sus críticos argumentan que Japón ya se encontraba militarmente debilitado, que podían haberse explorado otras vías y que la entrada de la Unión Soviética en la guerra también fue determinante para que el Gobierno japonés aceptara la derrota.
No existe una interpretación única que haya cerrado por completo esta discusión. Más allá del debate sobre las razones que llevaron a utilizar las bombas, fueron lanzadas sobre ciudades habitadas y causaron la muerte de una enorme cantidad de civiles.
Recordar esta tragedia es necesario. Comprenderla plenamente también exige recordar el contexto de la guerra que la precedió y a las víctimas que el Imperio japonés dejó en diferentes partes de Asia.
Antes de los bombardeos, el Imperio japonés había librado durante años una guerra de expansión. Esa ofensiva incluyó la colonización de Corea, la ocupación de Manchuria, la invasión de China, la masacre de Nankín, el ataque japonés a Pearl Harbor del 7 de diciembre de 1941 y la posterior expansión por el sudeste asiático. Durante ese proceso se cometieron ejecuciones, torturas, trabajo forzado, violencia sexual y matanzas de civiles.
La Unidad 731 realizó experimentos con seres humanos y desarrolló armas biológicas en los territorios ocupados de China. Numerosas mujeres, principalmente coreanas, chinas, filipinas y procedentes de otras partes de Asia, fueron sometidas a un sistema de esclavitud sexual establecido al servicio del Ejército imperial japonés. Civiles y prisioneros de guerra también fueron obligados a trabajar en condiciones brutales y sufrieron hambre, malos tratos, torturas y ejecuciones. En Manila, Singapur, Malasia y otros territorios ocupados se cometieron además masacres contra la población civil.
Muchas de estas atrocidades no fueron simples excesos aislados de algunos soldados. Formaron parte de una guerra impulsada por un régimen militarista que buscaba ampliar su dominio territorial y político mediante la fuerza.
Reconocer los crímenes del Imperio japonés no convierte a los habitantes de Hiroshima y Nagasaki en responsables de esas decisiones, ni disminuye el carácter devastador de los ataques nucleares. Del mismo modo, recordar a las víctimas japonesas no debe utilizarse para borrar el sufrimiento causado por el Ejército imperial en Asia.
Hoy, 81 años después, Hiroshima y Nagasaki continúan siendo símbolos mundiales de la destrucción nuclear. Al mismo tiempo, en China, Corea, Filipinas y otros países de Asia siguen vivas las memorias de la ocupación japonesa y de los crímenes cometidos durante aquellos años. Son recuerdos diferentes de una misma guerra, transmitidos por sobrevivientes, familias, museos, libros y ceremonias que no siempre cuentan la historia desde el mismo lugar.
Con la desaparición progresiva de quienes vivieron directamente aquellos acontecimientos, el riesgo no es únicamente olvidar, sino recordar de manera selectiva. Presentar a Japón solamente como víctima borra el sufrimiento causado por el Imperio japonés en Asia. Presentar a toda la población japonesa como responsable borra a los civiles que murieron sin haber decidido la guerra.
Hiroshima y Nagasaki no pertenecen únicamente al pasado. Siguen presentes en los debates sobre las armas nucleares, la responsabilidad histórica y la forma en que cada país decide explicar su propia historia. Recordarlas de manera completa implica mirar también a Nankín, Corea, Manila, Singapur, a las víctimas de la Unidad 731 y a las demás personas afectadas por la expansión japonesa, sin utilizar el dolor de unos para silenciar el de otros. Antonio Peña
#TalDíaComoHoy de 1945, Estados Unidos se convirtió en el primer (y único) país en lanzar una bomba atómica contra la población civil siendo Hiroshima el objetivo.
A las 8:15 del 6 de agosto, el Enola Gay lanzó "Little Boy"; tres días después, el Bockscar arrojó "Fat Man" sobre Nagasaki.
En cuestión de segundos miles de personas fueron incineradas o aplastadas. Para finales d e 1945 habían muerto unas 140.000 en Hiroshima y cerca de 74.000 en Nagasaki. Los hibakusha (sobrevivientes de los ataques nucleares) padecieron durante décadas quemaduras, leucemias, cánceres y las secuelas de la radiación. En Hiroshima, más de 51.000 edificios quedaron destruidos o calcinados.
La versión oficial afirma que este crimen era inevitable para forzar la rendición y evitar una invasión a la isla. Pero Japón estaba militarmente derrotado: sufría un bloqueo devastador, carecía de combustible y materias primas y ciudades como Tokio también habían sido bombardeadas por EE. UU. Una parte de su cúpula militar buscaba terminar el conflicto preservando al emperador y esperaba una mediación soviética.
Esa esperanza desapareció el 8 de agosto, cuando la URSS declaró la guerra. El Ejército Rojo lanzó una ofensiva fulminante, destrozó al Ejército de Kwantung y hundió el dominio japonés en Manchuria. El colapso militar, la entrada soviética en la guerra y la posibilidad de conservar la institución imperial ofrecían alternativas reales al exterminio nuclear provocado por EE. UU.
Ni siquiera existió unanimidad sobre entre los altos mandos estadounidenses. Eisenhower sostuvo que Japón ya estaba derrotado y que emplear la bomba era innecesario; el almirante William Leahy la calificó de arma bárbara que no aportó ayuda material para vencer.
La verdad es que Hiroshima y Nagasaki no fueron los últimos bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, sino que fueron una demostración de poder ante la URSS y el primer acto de la naciente Guerra Fría. EE. UU mostró que pretendía imponer su hegemonía mediante el terror nuclear. Años después se consolidó el mito político de que cientos de miles de soldados estadounidenses habían sido salvados porque se evito la invasión a Japón, transformando una matanza de civiles en un acto de necesidad.
"La inmensa mayoría de la evidencia documental disponible hoy en día demuestra que, antes de que se lanzara la bomba atómica, los principales responsables políticos y militares estadounidenses sabían que Japón estaba derrotado de forma exhaustiva y que intentaba rendirse. [...] El peso abrumador de la evidencia sugiere que el principal motivo de la rápida decisión de Truman de utilizar esta nueva arma fue su deseo de impresionar a la Unión Soviética con el poderío estadounidense. La bomba fue vista como un martillo diplomático para asegurar que Estados Unidos tuviera el control en la configuración del mundo de la posguerra, particularmente en Europa del Este y Asia."
-Gar Alperovit (1995): La decisión de usar la bomba atómica y la arquitectura de un mito americano.

