Mostrando entradas con la etiqueta Michel Foucault. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Michel Foucault. Mostrar todas las entradas

viernes, 30 de noviembre de 2018

_- La parresía o el coraje de decir la verdad

_- Luis Roca Jusmet
Rebelión

Parresîa es un término griego que puede traducirse como hablar con sinceridad, como el decir verídico. Implica algo externo,que es la libertad de palabra, pero sobre todo algo interno, la veracidad de la actitud. La verdad del discurso debe ser necesariamente la verdad de la vida, implica una determinada relación con los otros y con un mismo.Define la subjetividad moral, que debe estar arraigada en estas prácticas. Vamos a ver ahora cual es la trayectoria que señala Foucault en su análisis histórico y crítico del término. La primera concepción es la directamente política, en el escenario del ágora o de la corte del rey, que sería la parresîa política.

Foucault la situará en el marco de la democracia ateniense y la relacionará con la isegoría, la libertad de palabra, y la isonomía, que es la igualdad delante de la ley. Todos tienen derecho a hablar, pero la democracia exige la parresîa el hablar claro y veraz en la asamblea y frente al poderoso.

La parresîa ética se empieza a utilizar, más tarde, como práctica específica de determinadas relaciones humanas, y aparece con el helenismo. Para los epicúreos, la amistad es muy valorada, pero hay también una relación entre el maestro y el discípulo y uno de sus aspectos es el arte de guiar espiritualmente a (en paralelo al arte de la medicina o al arte de la navegación).

Tanto la amistad como la maestría implican la parresìa el ser sincero con el otro, el decirle la verdad. En los estoicos se recalca más esta relación maestro-discípulo que no la amistad, a la que no dan tanta importancia como lo hacen los epicúreos. En el caso del estoicismo, la parresîa es sobre todo una forma de luchar contra nuestro principal enemigo interno, que es el amor propio o vanidad; es necesario luchar contra el autoengaño propio y del otro. Lo que presenta en definitiva para ellos la parresîa es un juego de verdad en el que uno tiene que ser suficientemente valiente para saber la verdad sobre sí mismo y sobre el mundo; es el coraje de decirse a los otros y de decirse a uno mismo la verdad.

Para los cínicos, finalmente, lo más importante es la necesidad de decir la verdad a todo el mundo a través de una interpelación crítica: es también la manera de poner en evidencia, ante una multitud, la arbitrariedad de las convenciones; lo hacen a través de la conducta escandalosa o de un diálogo provocativo que ataca la vanidad del interlocutor; es un tipo de ataque para liberar al interlocutor de su miedo, puesto que, como dice Diógenes, si alguien trae armas es que está asustado: el que no tiene miedo no necesita defenderse. Aparece con los cínicos una tercera forma de parresîa, que es la filosófica. No es la política, que es una intervención directa frente a los ciudadanos o frente a un poder y que implica un riesgo. Pero tampoco es la ética, que se da en el marco de la relación maestro-discípulo o entre amigos y que no supone ningún riesgo. Es una intervención pública pero no en un escenario directamente político. Es la de los cínicos, que quiere decir problematizar las costumbres, las creencias y plantear otro tipo de vida. Es un contrapoder que implica un riesgo, como el político. En realidad la parresîa filosófica tiene una doble dimensión, que es ética y política. Y esto nos hace volver a los orígenes de la filosofía, a Sócrates. Es el paradigma de la parresîa filosófica. Sócrates dice que no interviene directamente en la política para no jugarse la vida. Extraña paradoja porque le acabaron matando. Sócrates sabía que se jugaba la vida pero prefería hacerlo diciendo la verdad por las calles de Atenas, hablando con los ciudadanos y no en las asambleas. Porque sabía que en las asambleas no domina la parresîa sino la retórica. Habla no el que dice la verdad, sino el que habla mejor, el que manipula más, el que seduce La parresîa filosófica, como la política, entraña un riesgo,el riesgo de enfrentarse al poder. Es lo contrario de la retórica, donde se habla para seducir, para encantar, para adular y ser adulado.

Hay, dice Foucault, tres puntos importantes en el tema de la parresîa en relación con el cuidado de uno mismo. El primero es que lo que era inicialmente el deber de un maestro con respecto el discípulo se va transformando cada vez más en un deber de uno sobre sí mismo. El segundo es que el principio de esta práctica es el conocimiento de uno mismo para una autoconstrucción ética. El tercero es que lo que está en juego no es el descubrimiento de las propias profundidades psíquicas, de su secreto, sino la relación de uno mismo con una serie de principios interiorizados.

Con el cristianismo se pasará del maestro al director de conciencia. La parresía se pone entonces al servicio del poder pastoral. A partir de aquí ya no es la del maestro con respecto al alumno, que se irá emancipando hasta autorizarse a sí mismo. Será la del rebaño respecto al pasto, la del pecador que debe decir la verdad, el que debe hablar de su deseo. El director de conciencia lo escucha para aplicarle una sanción, para hacerle renunciar a sí mismo. La obediencia es fundamental, mientras no se contemplaba en absoluto en la parresia griega. En el psicoanálisis se mantendrá la cuestión de que es el analizado el que habla, aunque evidentemente para el psicoanálisis el que habla no es el sujeto consciente sino el sujeto del inconsciente. Pero por supuesto que se recupera el sentido originario de que la finalidad no es la renuncia a uno mismo sino la afirmación de uno mismo. Afirmación que para el psicoanálisis lacaniano será la del deseo inconsciente, la del ello frente a las ilusiones del yo, y para el psicoanálisis no lacaniano será la afirmación del yo.

La filosofía será para Foucault una parresía, en la medida en que asume una función crítica. En este sentido señala la continuidad que establece con ella Kant con su texto "¿Qué es la ilustración?" Se trata de pensar por uno mismo y de ser veraz, decir lo que se piensa. Hay por tanto un compromiso claro en Foucault. La filosofía no debe ser normativa, no debe decir lo que se tiene que hacer, ni a la asamblea ni al gobernante. Porque si no tuviera este compromiso político entonces sería pedagogía, que también pretende decir la verdad pero sin riesgo al hacerlo. Pero la función política del filósofo es siempre la de problematizar, la de una "exterioridad reacia" a participar directamente en el juego político. Lo cual no quiere decir que no se comprometa como ciudadano en diferentes acciones, como hizo el propio Foucault en este tiempo, pero no como filósofo. Aunque el abrir problemáticas conduce a la crítica y esta lleva a la acción.

La posición de Foucault frente a la democrática es, por tanto, la de problematizarla en el sentido de que ha de ser un escenario para la discusión veraz, no para la retórica aduladora y manipuladora. Es decir, la democracia no únicamente como procedimiento, también como contenido, que tiene que ver con la relación que hay entre los ciudadanos y la verdad.

En su último curso Foucault diferencia la veracidad de la parresîa con otras dos formas antiguas de veracidad, la de la profecía y de la sabiduría. El profeta habla a través de enigmas y transmite la verdad de un Otro, el parresista lo hace de manera clara y habla por sí mismo. El sabio tiene en común con el parresista el que habla claro y habla por sí mismo, pero habla poco. El silencio para ser una de las mejores maneras que tiene para transmitir algo. lo único que tiene el parresista es la palabra.

Lo que nos puede enseñar esta noción de Foucault es que la democracia no es solo un procedimiento formal, que implica una determina ética. Cultura que quiere decir tener un criterio, una ética de la verdad y la capacidad de responsabilizarse por lo que uno dice, con los riesgos que implica. Que no es solo el derecho a decidir sino a hacerlo con una información, con un criterio, con una capacidad de discrepar y con el valor de no seguir la corriente que marcan los demagogos.

viernes, 17 de agosto de 2018

Los amigos de Kant. Javier Cercas

Michel de Montaigne odiaba con razón la mentira porque consideraba que violaba la primera regla de la relación entre humanos, según la cual todos estamos obligados a decirnos la verdad. Esta norma rige incluso para los autores de ficción, salvo cuando escribimos ficción, en cuyo caso se nos autoriza a saltárnosla para escribir algo que no es exactamente una mentira, aunque se le parece bastante (en latín, mentire significa a la vez mentir e inventar: Atque ita mentitur, dice Horacio en elogio de Homero, sic veris falsa reminiscet; o sea: “Y así miente/inventa, así mezcla lo falso con lo verdadero”). Pero incluso Montaigne admitía que, aunque siempre estemos obligados a no mentir, no siempre estamos obligados a decir la verdad, o al menos toda la verdad, y no conozco ningún filósofo relevante que considere que la regla universal de no mentir no admite excepciones, que no existe eso que Platón llama las “nobles mentiras”. El único es Kant, quien puso un ejemplo célebre: supongamos que un amigo se refugia en mi casa porque le persigue un asesino; supongamos que el asesino llama a la puerta y me pregunta si mi amigo está en casa; en esta situación, dice Kant, yo no estoy autorizado a mentir para intentar salvar a mi amigo, sino que mi obligación es, como siempre, decir la verdad, aunque el asesino entre en mi casa y mate a mi amigo. Sobra decir que los argumentos con que Kant respalda su postura son de una gran solidez lógica, aunque pocos, incluso entre los propios kantianos, parecen dispuestos a aceptarlos (no ha faltado quien califique su punto de vista de lunático, ni quien lo haya considerado una broma), y es posible que esos admirables razonamientos demuestren de forma admirable que la lógica limita con el absurdo. Comentando lo anterior, De Quincey acusa a Kant de cómplice virtual de asesinato.

No dejo de pensar en todo esto desde que Pedro Sánchez y Quim Torra se entrevistaron en La Moncloa y, entre sonrisas, apretones de manos y palmaditas en la espalda, restablecieron las relaciones rotas entre el Gobierno y la Generalitat. Cuando aún no era presidente, Sánchez dijo de Torra que era un racista y un xenófobo, y lo comparó con Le Pen; se quedó corto, claro está: hay candidatos de Le Pen que han sido destituidos por haber dicho sobre sus conciudadanos cosas muchísimo más amables que las que Torra ha escrito sobre los suyos. Sea como sea, si algo sabemos de la reunión que mantuvieron ambos políticos es que Sánchez no le dijo a Torra la verdad de lo que pensaba de él, o al menos toda la verdad. ¿Hizo mal? No: como el diálogo entre ambos Gobiernos es la única vía posible hacia una solución, por remota que sea, Sánchez hizo lo que debía hacer, que es lo que cualquier político serio hubiera hecho, empezando por los que, tras la reunión, afirmaron que hizo mal. Diré toda la verdad: yo me lo pensaría dos veces antes de darle la mano a Torra, y quizá acabaría no dándosela a menos que abominase pública y taxativamente de las atrocidades que ha escrito; pero, si tuviera alguna responsabilidad política (cosa que gracias a Dios nunca ocurrirá), me hartaría de sonreírle, de darle apretones de manos e incluso, si a mano viene, besos con lengua, siempre que tal desenfreno sirviese para empezar a arreglar el problema. En el fondo, supongo, estamos otra vez con la vieja distinción de Max Weber entre “ética de la convicción” —la que se ocupa de los actos sin reparar en sus consecuencias— y “ética de la responsabilidad” —la que, en vez de ocuparse sólo de la bondad de los actos, se ocupa sobre todo de la bondad de las consecuencias de los actos—: la primera es la que debe dominar la vida individual, y por eso es la ética del hombre bueno; la segunda, la que debe dominar la vida colectiva, y por eso es la ética del buen político. Quizá por eso es tan difícil para un buen hombre ser un buen político y para un buen político ser un buen hombre.

No creo que Montaigne discrepara de esto. En cuanto a Kant, la verdad es que, cada vez que recuerdo los impecables argumentos con que prueba que es correcto entregar un amigo a un asesino, me pregunto qué pensarían de él sus amigos.

https://elpais.com/elpais/2018/07/23/eps/1532340977_365231.html

domingo, 22 de abril de 2018

La "teoría del loco": Nixon, Trump y Bolton




Al principio de su presidencia Richard Nixon dijo a su jefe de gabinete Bob Haldeman que su estrategia secreta para poner fin a la guerra de Vietnam era utilizar la amenaza de usar armas nucleares. Nixon creía que la amenaza de utilizar armas nucleares del presidente Eisenhower en 1953 permitió un rápido fin de la Guerra de Corea, y tenía previsto utilizar el mismo principio de amenazar con la máxima utilización de fuerza. Nixon la llamó la “teoría del loco,” cuyo objetivo era conseguir que los norvietnamitas “crean... que estoy dispuesto a todo para parar con la guerra”.

Irónicamente Daniel Ellsberg, que como se sabe filtró los Papeles del Pentágono, puede haber sido quién en sus conferencias en 1959 en el seminario de Henry Kissinger en Harvard presentó por primera vez la teoría del uso político consciente de las amenazas militares irracionales. Ellsberg llamó a la teoría el “uso político de la locura”, y señaló que cualquier amenaza extrema sería más creíble si la persona que amenaza es percibida como no totalmente racional. Ellsberg no podía imaginar que alguna vez un presidente estadounidense considerase la posibilidad de utilizar una estrategia de este tipo, pero creía que el comportamiento irracional podría ser una herramienta útil de negociación.

Es de destacar que Kissinger, que se convirtió en asesor de seguridad nacional de Nixon diez años más tarde, dijese que “aprendí más de Dan Ellsberg que de cualquier otra persona sobre negociación”. Y en su libro “Las armas nucleares y la política exterior”, abogó por una “estrategia de la ambigüedad”en cualquier discusión sobre el uso de armas nucleares tácticas. Los escritos de Kissinger en la década de 1950, por otra parte, sugieren que la “teoría del loco" de Nixon era una versión de la tesis de Kissinger de que el poder no es tal sino se está dispuesto a utilizarlo.

Por supuesto, no se utilizaron armas nucleares en Vietnam, pero la guerra secreta en Camboya y los bombardeos masivos en Vietnam fueron diseñados para obligar a Hanoi a hacer concesiones a los Estados Unidos. Estas tácticas no arrancaron concesiones a Hanoi y no restringieron la capacidad operacional de las fuerzas de Vietnam del Norte, pero a Kissinger le encantaba “jugar a los bombardeos” junto con su ayudante militar, general Alexander Haig. Le apasionaba seguir la campaña de bombardeos aéreos y navales y exigía estar al día dude los informes de inteligencia sobre sus consecuencias. Kissinger y Nixon creían en la lógica de la escalada, aunque los resultados indicasen su futilidad y fracaso.

Avancemos ahora varias décadas hasta la situación actual. Los Estados Unidos tiene un presidente autoritario que se siente atraído por el poder y se ha rodeado de consejeros pelotas. Recientemente, Trump ha nombrado como nueva directora de la CIA a Gina Haspel, que fue clave en el uso de torturas y abusos sádicos en las prisiones secretas. Ha nombrado a un nuevo secretario de Estado, Mike Pompeo, que defiende el uso de la tortura y los malos tratos, y apoya un cambio de régimen en Irán y Corea del Norte. Y ahora, el nuevo asesor de seguridad nacional, John Bolton ha recomendado asimismo el uso de la fuerza y un cambio de régimen en Irán y Corea del Norte.

El año pasado se han acumulado múltiples evidencias de que Donald Trump no es apto para servir como comandante en jefe. Es un hedonista extremo y desenfrenado al que no le importan las consecuencias de sus acciones. Su estilo de vida personal, sus políticas de personal, sus diatribas en Twitter, y sus acciones políticas apuntan a un ególatra que excluye cualquier tipo de preocupación. Trump no es un teórico, no estamos hablando de una utilización de la “táctica del loco”. Más bien, lo que tenemos es un presidente que de verdad está “loco” que ha designado a otro “loco” para dirigir su Consejo de Seguridad Nacional.

La idea de Trump y Bolton discutiendo de seguridad nacional y el uso de la fuerza en la Casa Blanca es simplemente aterradora. Ambos han demostrado ser impulsivos y explosivos hasta la megalomanía. Los biógrafos de Nixon lo describieron como una persona aguda y analítica, con una memoria notable. Los biógrafos de Trump apuntan a señales peligrosas de irritabilidad y agresividad, así como a una tendencia a una conducta engañosa en su vida personal y profesional. Bolton es más extremista que Trump.

Tanto Trump como Bolton se han visto envueltos en discusiones irresponsables sobre las armas nucleares. Trump contó a unos entrevistadores que no tiene sentido tener armas nucleares si no se está dispuesto a usarlas. Bolton sigue defendiendo el uso de la fuerza en Irak, y esta a favor de usarla contra Irán y Corea del Norte. Bolton jugó un papel clave en la politización de inteligencia para justificar la guerra de Irak y, como embajador ante la ONU, manipuló inteligencia para hacer declaraciones falsas en la Asamblea General y el Consejo de Seguridad con respecto a Siria y Cuba.

Dos secretarios de Estado, Colin Powell y Rex Tillerson, se negaron a aceptar a Bolton como secretario de estado adjunto debido a sus puntos de vista extremistas y su trató brutal de sus subordinados. Es interesante que Bolton ya haya descrito su trabajo como asesor de seguridad nacional como levantar una barrera para que la burocracia no bloquee las decisiones del presidente. Una de las tareas principales del asesor de seguridad nacional es ser un intermediario honesto, que presente diferentes puntos de vistas al presidente. Esto claramente no es el modus operandi de Bolton.

Nuestra democracia depende en gran medida de que los ciudadanos tengan confianza en el sentido común y la sensibilidad de nuestros dirigentes. En un mundo que parece estar fuera de control, simplemente no es posible tener fe en la toma de decisiones de nuestra dirección actual. La utilización de la “teoría del loco” en la política internacional es un tema discutible, pero la idea de tener locos auténticos en posiciones de poder es aterradora. En el momento de su disolución en 1991, los líderes de la Unión Soviética ya no eran creíbles para sus ciudadanos. El aumento del cinismo de los estadounidenses y de sus líderes de opinión cambiará la naturaleza de nuestra democracia.

Melvin A. Goodman. Investigador principal del Center for International Policy y profesor de la Universidad Johns Hopkins. Antiguo analista de la CIA, Goodman es autor de Failure of Intelligence: The Decline and Fall of the CIA, National Insecurity: The Cost of American Militarism, y de Whistleblower at the CIA: An Insider’s Account of the Politics of Intelligence. Actualmente prepara la edición de American Carnage: Donald Trump’s War on Intelligence.

Fuente: http://www.counterpunch.org/2018/03/26/the-mad-man-theory-nixon-trump-and-bolton/ 

Traducción de Enrique García para Sin Permiso:

http://www.sinpermiso.info/textos/la-teoria-del-loco-nixontrump-y-bolton