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jueves, 25 de enero de 2018

Holocausto: historia y advertencia. Este sábado es el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto, el mayor caso hasta ahora conocido de genocidio.

Holocausto es el término acuñado para designar un fenómeno singular de la historia: el programa de exterminio biológico de los judíos europeos ejecutado por las autoridades alemanas durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Su resultado final, conocido tras el triunfo aliado de 1945, fue atroz: una cosecha de sangre de casi seis millones de personas asesinadas en la Europa dominada por el régimen de Hitler.

El antisemitismo nazi era un fenómeno moderno, pero bien enraizado en prejuicios veteranos: la judeofobia surgida durante la Antigüedad clásica. Esa hostilidad respondía al hecho de que el judaísmo fue en la historia la primera religión monoteísta (creyentes en un solo Dios) y monolátrica (adoradores de un solo Dios), claramente opuesta a las religiones animistas y politeístas entonces dominantes, que consideraron su pretensión de superioridad teológica como fruto de la soberbia y el exclusivismo absurdo.

El antijudaísmo clásico fue asumido por la Iglesia cristiana hasta avanzado el siglo XX. Como seguidores de una secta judía, los cristianos afirmaban que Jesús de Nazaret era el Hijo de Dios, cuya muerte había dado comienzo a la universalización del mensaje salvífico de Moisés. Sin embargo, para los judíos, esa doctrina era una herejía y Cristo un mero profeta. El conflicto entre iglesia y sinagoga se extendió desde el siglo I hasta el siglo IV, cuando la conversión del cristianismo en religión oficial del Estado romano determinó la derrota del judaísmo. Desde entonces, el antijudaísmo clásico cultural se vio reforzado por motivos teológicos ya que el principal crimen religioso judío radicaba en su culpabilidad por el asesinato de Cristo.

A diferencia de la judeofobia clásico-cristiana, el antisemitismo de Hitler no consideraba que las taras del judío fueran rasgos religioso-culturales modificables por aprendizaje. Y rechazaba que la conversión y el bautismo pudieran limpiar el pecado de ser judío. Porque la doctrina antisemita configurada a fines del siglo XIX se basaba en una nueva concepción racial y social-darwinista de la humanidad, que estaba formada por razas definidas por factores biológicos hereditarios y eran diferentes en sus capacidades físicas y morales, además de estar inmersas en una lucha natural por la supervivencia de las más aptas, el sometimiento de las más débiles y la eliminación de las nocivas.

De acuerdo con esta cosmovisión, el enemigo natural de la raza aria (supuestamente la más excelsa de la especie humana) siempre había sido la raza judía, que vivía como un parásito subhumano sobre el suelo de la patria germana y corrompía la sangre de sus hijos mediante el mestizaje de sangre. Una supuesta verdad racial que la judería combatía mediante estratagemas como eran el capitalismo financiero que destruía la economía nacional, el comunismo que subvertía las relaciones sociales y el pacifismo derrotista que minaba la fortaleza de las naciones.

En función de esas ideas que alentaban el prejuicio popular antijudío, convertidas en doctrina de Estado desde 1933, la dictadura de Hitler puso en marcha varias medidas antisemitas que fueron radicalizándose. Primero aplicó una política de discriminación formal contra los judíos residentes en Alemania (una gran parte, desde el siglo XIV). Después, tras el pogromo de la Noche de los Cristales Rotos en noviembre de 1938, trató de lograr la más completa segregación física de los judíos en el seno de la sociedad alemana. Finalmente, el inicio de la guerra mundial en 1939 hizo posible la apertura de la última etapa de la política antisemita nazi. En algún momento del verano de 1941, Hitler dio la orden verbal y secreta de iniciar la solución final: el exterminio masivo de la población judía residente en todas las zonas ocupadas, ya fueran jóvenes, mujeres, ancianos o niños. A principios de 1942 comenzó el uso de seis campos de exterminio con sus correspondientes cámaras de gas ocultas como salas de ducha y sus hornos crematorios: Auschwitz, Belzec, Sobibor, Lublin, Treblinka y Chelmno. En definitiva, se pasó de la artesanía del homicidio mediante hambruna, maltrato y fusilamiento a la práctica industrial de la matanza según cadenas de montaje.

El Holocausto fue el mayor caso hasta ahora conocido de genocidio de la historia. No fue resultado de un arrebato pasional esporádico o incontrolado, fruto de la brutalidad inherente a toda guerra. Tampoco fue una mera masacre brutal de enemigos y civiles vencidos tras el combate. Fue un verdadero programa de genocidio ideológicamente motivado, deliberadamente planificado y eficazmente ejecutado con todos los recursos de un Estado industrial moderno y una sociedad avanzada.

Recordar aquel crimen supremo no es sólo un deber de conciencia cívica humanitaria, sino también un ejercicio de prudente prevención por razones bien expuestas por el escritor italiano Primo Levi, superviviente de Auschwitz: “Si el mundo llegara a convencerse de que Auschwitz nunca ha existido, sería mucho más fácil edificar un segundo Auschwitz. Y no hay garantías de que esta vez sólo devorase judíos”.

Enrique Moradiellos es premio Nacional de Historia 2017.

https://elpais.com/cultura/2018/01/23/babelia/1516712609_048448.html?rel=lom

martes, 12 de diciembre de 2017

“Auschwitz era un lugar de muerte en el que cada uno se aferraba a la vida”. La autora Magda Hollander-Lafon sobrevivió a cinco campos de concentración y cuenta su experiencia en el libro ‘Cuatro mendrugos de pan’.

A la frívola pregunta de si el infierno existe, Magda Hollander-Lafon (Záhony, Hungría, 1927) responde que sí, porque estuvo.
Pero a diferencia de las supuestas almas condenadas entre las llamas de las creencias religiosas, ella volvió de entre las reales: las de los hornos crematorios de los campos de la muerte. Entre mayo de 1944 y abril de 1945, su cuerpo —un desecho— y su mente —un búnker— pasaron por cinco infiernos sucesivos: Auschwitz-Birkenau, Walldorf, Ravensbrück, Zillertal y Morgenstern. Otros tantos siniestros mojones dentro de la Solución Final orquestada por Hitler, Himmler, Heydrich y Eichmann: el genocidio organizado de casi seis millones de judíos de toda Europa.

Magda escribe libros, libros estremecedores y a la vez luminosos como Cuatro mendrugos de pan, recientemente publicado en España por Editorial Periférica. Lleva 40 años viviendo en las afueras de la ciudad francesa de Rennes. Allí recibió a EL PAÍS con café, pastas y muchas ganas de contar su historia. Increíble si no fuera porque ocurrió.

Pregunta. Lleva años contando su experiencia en Auschwitz a estudiantes de instituto y universitarios. ¿Cómo reaccionan?
 Respuesta. No se trata solo de contarles mis cosas, porque aquello resulta intransmisible. Además, si yo me pongo a contar mis batallitas, puedo desanimar a un regimiento. Lo que hago es tratar de convocarles a la vida, dinamizarles interiormente. Nuestros jóvenes son un regalo de la vida, pero nadie se lo dice nunca. Sé de lo que hablo, habré hablado ante unos 16.000. Le he dado muchas vueltas a cómo dar testimonio.

P. ¿Y a qué conclusión llegó?
R. Elaboré unos cuestionarios, que son distribuidos entre los alumnos y ellos escriben ahí por qué quieren escuchar estas historias. Mire, se los voy a enseñar… [Magda Hollander-Lafon se levanta y se dirige a un salón, abre un armario enorme y ahí están: montañas de clasificadores y carpetas con las preguntas y respuestas que los alumnos le han dado durante tantos años]. Ahora estoy trabajando en un libro sobre esto.

P. ¿Cómo se titulará ese libro?
R. Tu vida y tu devenir están en tu mano. Es un mensaje para que no vuelva a ocurrir aquello. Hay que cuidar la memoria.

P. Blindar la memoria es lo que hace usted en Cuatro mendrugos de pan. “Una meditación sobre la vida, no sobre la muerte”, avisa al principio. ¿Es esa la lección que extrajo, vivir la vida como si cada día fuera el último?
R. Justo es esa. Pero no solo hoy. Incluso allí, en los campos de concentración, todo el mundo quería vivir, se aferraba a la vida. ¡Tantas personas —niños, jóvenes, adultos, ancianos— desaparecieron…! Pero hasta el último aliento quisieron seguir viviendo. Auschwitz-Birkenau era un lugar de muerte en el que cada uno se agarraba a la vida.

P. ¿Nunca quiso suicidarse, poner fin al infierno?
R. Si sentías una sola vez que ya no merecía la pena vivir, todo estaba perdido. Así que huías de esa tentación. Yo siempre había sido muy rebelde, odiaba las injusticias. Cuando odias significa que estás vivo, como cuando amas o cuando sufres. Yo, en Auschwitz, quería vivir pero lo que me permitió hacerlo fue darme cuenta de que iba a morir. Y lo acepté. Y a partir del momento en que llegas a la conclusión de que vas a morir, tienes como una sensación de que la vida se hace sitio en ti.

P. No estoy seguro de entenderle
R. En ese momento todos los miedos se van. Y cuando todos los miedos se van te entran unas fuerzas enormes de vivir.

P. ¿Sabía que era tan valiente?
R. ¡Qué va! Pero eso no viene de la cabeza, sino de ese instinto de supervivencia, de la formidable intuición de vida que hay en todos nosotros. Un día salíamos de los barracones, íbamos con los cuerpos en carne viva. De pronto, no sé por qué, supe que íbamos directos a la cámara de gas. Me dije: “Magda, se acabó”. Pero sin que nadie me viera, me pasé a la otra fila, donde la gente estaba en mucho mejor estado. La otra fila fue directa a la cámara de gas.

P. Jorge Semprún escribió sobre sobre Büchenwald: “No rozamos la muerte, la vivimos desde dentro”. ¿Lo comparte?
R. Sí. Estuvimos dentro de la misma muerte, fuimos muertos vivientes. Y yo me sigo preguntando: ¿Por qué los judíos? No tengo respuestas. Pero le digo una cosa: Dios está en peligro cada vez que los judíos están amenazados.

P. ¿Cree que los nazis quisieron exterminar a los judíos porque se creían Dios?
R. Claro, ¿qué persiguen los grandes dictadores? Ponerse en el lugar de Dios. Los nazis tenían el poder de vida y de muerte sobre nosotros. ¿Qué les molestaba? Que se decía que éramos el pueblo elegido. Eso les provocaba celos y envidia. Éramos peligrosos.

P. ¿Qué es ser judío?
R. Creer en alguien que está por encima de ti. No. Creer en alguien que está contigo. Un judío es alguien que tiene fe. Cuidado, no es lo mismo creer que tener fe; puedes creer hoy en algo y mañana ya no. Pero la fe es distinta, te habita. Y lo digo yo, que vengo de una familia judía que ni siquiera era practicante. Yo, que llegué a odiar a Dios cuando era joven.

P. ¿Por qué lo odió?
R. Pues porque cuando mi madre y mi hermana pequeña rezaron, él no vino a salvarlas.

P. Perdón por esta pregunta, ni siquiera sé si tengo derecho a hacerla. ¿Cómo recuerda el momento en que aquella celadora de Auschwitz señaló con el dedo el humo de la chimenea y le dijo que allí estaban su madre y su hermana?
R. Claro que tiene derecho a hacerla. ¿Sabe? No pienso en ello todos los días. Pero mi madre y mi hermana están siempre ahí, y creo que todo este trabajo con los jóvenes que sigo haciendo, es por ellas. Eso da sentido a mi vida, que es lo que persigo.

P. ¿Qué fue lo que la salvó?
R. Me salvó la bondad de algunas personas. Y hacerme preguntas. Aun en los peores momentos yo me hacía preguntas sin parar, hablaba sola, le hablaba a mi cuerpo, a mis pies, a mis manos, y cuando los guardianes nos pegaban casi no sentía los golpes.

P. ¿Qué piensa hoy cuando come pan? ¿Se acuerda de aquellos trozos de pan mohoso?
R. ¡Mire! [se acerca a la alacena y saca una enorme barra de pan de molde]. Solo compro de este, porque tiene la misma forma que aquel. Lo cortaban en ocho trozos y nos daban uno a cada una para todo el día. ¡Cómo lo saboreábamos! Pero ahora lo tengo entero para mí sola (risas). Nos robábamos el pan. Nos quitábamos todo.

P. Hasta que aquella mujer le dio los cuatro mendrugos de pan que da título a su libro
R. Debía de ser un domingo por la tarde, el único momento en que no trabajábamos. Salía del barracón y entonces la vi, tumbada y casi ya sin mirada. Pensé: “Se va a morir pronto”. Me llamó con un gesto. Me dijo: “Eres joven y tienes que vivir para contarle al mundo lo que está pasando aquí”. Abrió sus manos y vi los cuatro trozos de pan con moho. Me dijo: “Cómetelos”. Y fue un banquete.

P. ¿Ha perdonado?
R. No tengo nada que perdonar porque nadie me ha pedido nunca perdón. Pero tuve que perdonarme a mí misma cuando volví del campo de concentración.

P. ¿Tuvo remordimientos por estar viva?
R. Sí, claro que sí… ¿por qué yo sí y otros no?, me decía. Y fue en aquellos momentos cuando quise morir, no cuando estaba en Auschwitz. Pero un día me dije que no podía seguir concediéndole a Hitler, 30 años después, el poder sobre mi vida.

https://elpais.com/cultura/2017/11/24/actualidad/1511539758_597235.html

domingo, 24 de septiembre de 2017

¿Por qué hablamos de seis millones de muertos en el Holocausto? Nunca se podrá precisar el número de judíos asesinados por los nazis. Los expertos manejan una cifra entre cinco y seis millones

Raul Hilberg, el gran historiador del Holocausto, consideraba que siempre se había tratado de contar la Shoah a través de los relatos de los supervivientes, cuando sólo se puede narrar a través de los muertos. La mayoría de víctimas del genocidio nazi fueron asesinadas nada más bajar de un vagón en cámaras de gas de lugares que resuenan en la memoria como Auschwitz, pero también en otros de los que apenas quedan restos, como Treblinka, Belzec o Sobibor.

El diario israelí Haaretz se preguntaba en agosto de dónde sale la cifra que mide universalmente ese horror (seis millones de judíos muertos) y por qué es tan difícil precisar un número de víctimas. La respuesta apunta a esa inmediatez: los muertos no dejaron testimonios, pero tampoco muchos documentos, pues nunca fueron censados. Tampoco los fusilados masivamente en la URSS desde junio de 1941. Otra respuesta es la magnitud de los crímenes nazis, imposible de imaginar y, por ello, de medir.

Los dos principales centros de documentación de la Shoah, el Yad Vashem de Jerusalén y el Museo del Holocausto de Washington, emplean los canónicos seis millones. Este último dedica un detallado análisis a las cifras, aunque recuerda que ningún documento nazi cifra el número de judíos, ni de otros grupos, asesinados entre 1933, cuando Hitler llega al poder, y 1945, final de la II Guerra Mundial. Las estadísticas se basan en todo tipo de censos e investigaciones posteriores. Los números de esta institución se reflejan en el gráfico.

Auschwitz (un millón de muertos, de ellos 870.000 gaseados nada más llegar), Treblinka (925.000) y la actuación de los Einsatzgruppen (unidades móviles de exterminio) en la URSS (1,3 millones) concentran más de la mitad de víctimas judías. Los guarismos de Treblinka resultan especialmente espeluznantes: tenía unas instalaciones muy pequeñas, un andén de llegada y cámaras de gas, destruidas por los nazis cuando terminaron de usarlas. Estuvo operativo de julio de 1942 a noviembre de 1943. Sus restos nunca se han terminado de investigar.

Hilberg (1926-2007) dedicó toda a su vida a estudiar el Holocausto, conocimiento que plasmó en su insoslayable La destrucción de los judíos europeos (Akal). En su epílogo, explica la cifra de seis millones y ofrece su propio recuento: 5,1 millones. Llegó a esta conclusión en 1985, antes de caer la URSS, y es posible que hubiese cambiado datos de haber podido seguir estudiando.

Atribuye la cifra de seis millones a William Höttl, un antiguo SS, quien declaró en 1945 que fue usada por Adolf Eichmann, el arquitecto de la solución final, en agosto de 1944: habló de “dos millones de fusilados y cuatro millones en los campos de exterminio”. En cambio, el propio Eichmann habló a otros jerarcas nazis de cinco millones, la misma que citó en su juicio en Jerusalén en 1961. Hilberg recuerda que fue el oficial de las SS que manejaba más estadísticas.

Tierras de sangre
En junio de 1945, el Instituto de Asuntos Judíos de Nueva York situó el total entre 5.659.600 y 5.673.100, de ellos 1.250.000 asesinados en la URSS. En 1946, el Congreso Mundial Judío apuntó 5.978.000, 1,5 millones en la URSS.

Hilberg desgrana todo el papeleo administrativo del terror para llegar a los 5,1 millones repartidos así: campos de exterminio, más de 3.000.000 de muertos; fusilamientos por los Einsatzgruppen, 1.300.000, y guetos y privaciones, 800.000.

Otro gran historiador de la Shoah, Saul Friedländer (Praga, 1924), superviviente él mismo del Holocausto, cuyos padres fueron asesinados en Auschwitz, explica en El Tercer Reich y los judíos (Galaxia Gutenberg) que “pese a diversos cómputos, no es posible la estimación exacta del número de víctimas”. Maneja el dato de Hilberg y el de otro experto, Wolfgang Benz: un mínimo de 5.290.000 y un máximo justo por encima de los seis millones.

En Tierras de sangre, Timothy Snyder (Ohio, 1969) ofrece una estadística atroz que ilustra la dimensión de los totalitarismos que asolaron Europa a partir de los años treinta. Cifra en 14 millones las “víctimas políticas directas deliberadas” del nazismo y el comunismo —no cuenta las víctimas de la guerra— en lo que llama Tierras de Sangre: los países dominados por la URSS o Alemania —no incluye Estados donde hubo atrocidades como Rumania o Yugoslavia—. Sus cifras son: 3,3 millones de soviéticos muertos de hambre en Ucrania; 700.000 víctimas del Gran Terror de Stalin; 200.000 polacos ejecutados entre 1939 y 1941 por la URSS; 4,2 millones de soviéticos muertos de hambre bajo la ocupación nazi; 5,4 millones de judíos gaseados o fusilados; 700.000 civiles asesinados por los alemanes en represalias.

Cada uno es una historia, alguien arrancado a la vida en un torbellino de horror. Una cifra de Friedländer puede resumir la dimensión de la catástrofe: más de millón y medio de los judíos asesinados tenían menos de 14 años.

https://politica.elpais.com/politica/2017/09/13/sepa_usted/1505304165_877872.html?autoplay=1

martes, 27 de enero de 2015

Orban y la actuación de Hungría en el Holocausto, en el 70 aniversario de Auschwitz.

El Primer ministro hungaro Viktor Orban, ha superado este lunes las dificultades de su Gobierno para reconocer el papel que desempeñó Hungría durante el Holocausto, y ha afirmado que muchos ciudadanos del país centroeuropeo actuaron "de forma vergonzosa" durante la Segunda Guerra Mundial.

Alrededor de 430.000 de los 1,3 millones de personas que murieron en Auschwitz eran judíos húngaros, según la página web del 70 aniversario de la liberación del campo de concentración, cuyos actos conmemorativos se celebrarán mañana martes. Hungría estará oficialmente representada en Auschwitz, ha indicado Orban.

"Es una tragedia para la nación de Hungría y una irremediable pérdida para la comunidad judía húngara", ha continuado el primer ministro.

"[Durante la Segunda Guerra Mundial], fuimos indiferentes cuando debimos haber ayudado, y hubo muchos, muchísimos húngaros que eligieron el mal en lugar del bien, que optaron por actos que avergüenzan en lugar de actuaciones honestas", ha añadido el primer ministro.

Esta contundente declaración fue la que sus críticos le reclamaron en vano el año pasado, cuando el Gobierno de Orban erigió un monumento a la Segunda Guerra Mundial que asociaciones judías dijeron que pretendía lavar la imagen de Hungría durante el Holocausto.
Fuente: http://internacional.elpais.com/internacional/2015/01/26/actualidad/1422296285_675127.html?rel=ult 

Nota:
Esta es una de tantas noticias que no se entienden. Crea más dudas que informa y desde luego no aclara nada para un lector corriente que desconozca la historia de Hungría durante la II G. M.

Se me ocurren varias preguntas:
¿Qué quiere decir exactamente "que muchos ciudadanos del país centroeuropeo actuaron "de forma vergonzosa" durante la Segunda Guerra Mundial"?
Parece más una frase tapadera, que no se compromete con nada, más bien oculta hechos, que un reconocimiento explícito de la verdad histórica.

Y ¿eran ciudadanos de a pie los únicos responsables o era el gobierno de ese tiempo?
Esto debe ser también aclarado pues apelar a la responsabilidad de "muchos ciudadanos" y no decir nada del gobierno de entonces es seguir la misma línea de ocultación y tergiversación de la verdad. 

¿Es esta declaración (¿de verdad contundente?) "la que sus críticos le reclamaron en vano"?

Y por último aunque no lo último,...
¿Qué es "un monumento a la II G. M."?
Debe faltar explicación. No se entiende que un gobierno democrático levante un monumento a una Guerra y menos a la II G. M. con más de 60 millones de muertos,

¿Qué clase de monumento es ese? Si no se explica no entendemos nada. Al menos que ese sea el objetivo de la noticia, que no entendamos nada.