Hay vidas que no caben en un solo campo del saber. Hay vidas que la historia tarda décadas en comprender. Y hay vidas que el mundo, literalmente, le debe su forma actual. La vida de Alan Mathison Turing es las tres cosas a la vez.
Nació el 23 de junio de 1912 en Paddington, Londres, y hoy cumpliría 114 años. Murió el 7 de junio de 1954 con apenas 41; destruido, en gran parte, por el mismo país al que había salvado.
La historia comienza con un niño extraño y solitario que encontraba más comodidad en los números que en las personas. En Sherborne, el internado inglés al que fue enviado, su primer amor fue un compañero llamado Christopher Morcom, un chico brillante que compartía su pasión por la ciencia. El 13 de febrero de 1930, Christopher murió víctima de la tuberculosis bovina.
La muerte del joven Morcon dejó algo más que dolor: la fe religiosa de Turing se partió en mil pedazos, se volvió ateo, se obsesionó por comprender la naturaleza de la consciencia, su estructura y sus orígenes. De esa obsesión nacería, décadas después, la pregunta más importante que un matemático ha hecho en la historia moderna: ¿pueden pensar las máquinas?
Pero antes de llegar a esa pregunta, Turing tuvo que resolver algo más urgente. En 1936, siendo estudiante de posgrado, publicó un artículo que cambiaría para siempre la historia del pensamiento matemático: un modelo matemático abstracto que define los principios fundamentales de la computación. Toda computadora moderna opera, en su nivel más básico, según los principios que describe.
La Máquina de Turing no era una máquina real. Era una idea, la idea de que cualquier cálculo expresable como algoritmo puede ser ejecutado mecánicamente. Era, en esencia, la definición abstracta de lo que es una computadora, formulada veinte años antes de que existiera una computadora real. Un matemático de 24 años acababa de inventar, en el papel, el mundo digital del siglo XXI.
Y entonces llegó la guerra. En 1939, un día después de que se iniciara la Segunda Guerra Mundial, Turing fue llamado a prestar sus servicios en el Servicio Británico de Descifrado. Lo que encontró en Bletchley Park era un problema de una magnitud aparentemente insuperable: el ejército alemán utilizaba la máquina Enigma para cifrar todas sus comunicaciones militares, y cada día los códigos cambiaban. Sin descifrar Enigma, los aliados navegaban ciegos. Turing diseñó la Bombe, una máquina electromecánica que podía encontrar los ajustes correctos de Enigma usando fragmentos de texto probable. La primera Bombe fue instalada el 18 de marzo de 1940.
El resultado fue decisivo. Los historiadores estiman que descifrar el código Enigma acortó la guerra entre dos y cuatro años y salvó millones de vidas. Se cree que gracias al trabajo de Turing el conflicto bélico se acortó unos dos años, lo cual equivale al ahorro de aproximadamente 14 millones de vidas. Catorce millones de personas vivas gracias a la mente de un matemático. Y nadie lo sabía. Solo se supo de su contribución tras su muerte. Ni siquiera sus amigos y familiares sabían de su enorme aporte a la humanidad, puesto que era secreto de Estado.
Después de la guerra, Turing no descansó. En 1950 publicó el artículo que fundaría la inteligencia artificial como disciplina. En Computing Machinery and Intelligence, Turing propuso su célebre test: “Una computadora puede ser llamada inteligente si logra engañar a una persona haciéndole creer que es un ser humano”. La pregunta que formuló ese año: ¿pueden pensar las máquinas?, sigue siendo la pregunta central de la inteligencia artificial siete décadas después. «Una computadora merecería ser llamada inteligente si pudiera engañar a un humano haciéndole creer que es humano» , escribió. Era el mismo hombre que había salvado a Europa. Ahora estaba definiendo el futuro de la humanidad.
Y entonces llegó el horror.
En enero de 1952, Turing denunció ante la policía el robo en su casa de Mánchester. Durante la investigación reveló sin ambages que mantenía una relación con Arnold Murray, un joven de diecinueve años. Tanto Turing como Murray fueron procesados por actos homosexuales, ilegales entonces bajo la sección 11 de la Ley de Enmienda del Derecho Penal de 1885. El hombre que había salvado a Europa de los nazis fue procesado por su propio gobierno por amar a otro hombre.
Fue declarado culpable de «indecencia grave» y, para evitar la prisión, aceptó someterse a un tratamiento hormonal. En la práctica, se trataba de castración química mediante inyecciones de estrógeno, un procedimiento que provocó cambios físicos profundos y humillantes, incluido el desarrollo de tejido mamario. Se le denegó el acceso a las instalaciones de Bletchley Park. La situación lo llevó a una profunda depresión.
Incluso en medio de esa humillación, Turing mantuvo su sarcasmo y su lucidez. En una carta a su amigo Norman Routledge, escribió un falso silogismo sobre el rechazo social que provoca la homosexualidad: “Turing cree que las máquinas piensan. Turing se acuesta con hombres.” Era el mismo humor oscuro de alguien que entiende perfectamente la ironía de su situación y no tiene ni la energía ni el deseo de fingir que no la ve.
Alan Turing falleció el 7 de junio de 1954, envenenado al morder una manzana con cianuro en su laboratorio. Los forenses determinaron que fue un suicidio. Tenía 41 años. El hombre que había definido la computación, descifrado Enigma y fundado la inteligencia artificial murió solo, destruido por el Estado al que había servido, antes de ver el mundo que su mente había hecho posible.
El reconocimiento llegó tarde, como siempre. En 2009, el primer ministro británico Gordon Brown emitió una disculpa pública en nombre del gobierno. En 2013, la Reina Isabel II le concedió un indulto real póstumo. En 2021, el Banco de Inglaterra lo honró con su imagen en el billete de 50 libras esterlinas. La extensión del indulto de Turing creó la ley que lleva su nombre, donde se le da perdón a más de 49.000 personas condenadas por homosexualidad, entre ellas Oscar Wilde.
Hoy, el premio más alto en ciencias de la computación se llama Premio Turing. Cada teléfono, cada computadora, cada servidor, cada algoritmo de inteligencia artificial opera sobre principios que Turing formuló. Y la pregunta que escribió en 1950: ¿pueden pensar las máquinas?, es la pregunta que define el debate más importante del siglo XXI.
Hoy, 23 de junio de 2026, Alan Turing cumpliría 114 años. El mundo que habitamos es, en una parte que no puede medirse pero tampoco ignorarse, el mundo que su mente construyó. Y el mundo le pagó destruyéndolo.
Eso también es parte de la historia. Y merece ser contado.
🖊️ @abdulmath
#Matemáticas #AlanTuring #HistoriaDeLasMatemáticas #Computación #InteligenciaArtificial #Enigma #MatemáticaParaTodos
Mostrando entradas con la etiqueta Bletchley Park. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bletchley Park. Mostrar todas las entradas
jueves, 23 de julio de 2026
sábado, 13 de junio de 2020
Muere Ann Mitchell, cazadora de patrones criptográficos en la lucha contra los nazis. El 75 % del personal de Bletchley Park, sede del centro del criptoanálisis aliado durante la Segunda Guerra Mundial, eran mujeres.
/cloudfront-eu-central-1.images.arcpublishing.com/prisa/KCS7MF3BABGZBIJTWI6GVGXE2U.jpg)
El pasado 11 de mayo fallecía Ann Mitchell (1922-2020), miembro el equipo de criptoanalistas de Bletchley Park que ganó la batalla a la famosa máquina Enigma, empleada por el ejército nazi para el cifrado de sus comunicaciones. Mitchell, graduada en Matemáticas por la Universidad de Oxford, fue llamada a servicio en 1943. Allí estuvo trabajado dos años junto a otras mujeres y hombres –entre ellos, Alan Turing–, ideando novedosas técnicas matemáticas aplicadas a la criptografía.
La pugna de las matemáticas contra Enigma empezó años antes de la guerra, lejos de Bletchley. En noviembre de 1931 un empleado de la Chiffrierstelle de Berlín, resentido con su patria en general y con su familia en particular, vendía en Verviers (Bélgica) dos escritos con detalladas instrucciones sobre la máquina Enigma a un agente secreto francés, de nombre en clave Rex. Esos documentos llegaron a la Biuro Szyfrów de Varsovia, y permitieron al matemático polaco Marian Rejewski iniciar su particular guerra de guerrillas contra la máquina Enigma.
La Enigma era un sofisticado artefacto que funcionaba como una especie de máquina de escribir, que “reordenaba” el alfabeto, asignando a cada letra introducida otra, con arreglo a una permutación conocida por el receptor. El número de reordenaciones posibles en el dispositivo era colosal; cada vez que se pulsaba una tecla, la letra que finalmente aparecía impresa (o iluminada) dependía de una compleja configuración inicial. Esta se determinaba a través de varios rotores, es decir, discos con el alfabeto grabado en el anillo exterior, que giraban con cada pulsación del teclado. Cada rotor llevaba el alfabeto escrito en un orden distinto. Había varias formas de insertar los rotores en las ranuras que los albergaban, y cada uno podía encajarse de 26 maneras distintas, según la letra que quedase a la vista en la posición superior. Además, se incluía un cableado interno que tras la pulsación enviaba algunas letras a otras diferentes antes de impactar sobre los rotores. Para una descripción matemática más completa, se recomienda este artículo de Vázquez y Jiménez-Seral.
Las disposiciones iniciales de Enigma se distribuían en libros de claves, asociando a cada día una configuración; la llamada “clave del día”. Cada mensaje enviado comenzaba con el cifrado de una nueva terna de letras, la llamada “clave de mensaje” que le decía al receptor cómo girar los rotores de nuevo para seguir usando la máquina y descifrar el texto. Esa terna se escribía dos veces por seguridad, siempre cifrada con la clave del día, por lo que las seis primeras letras de los mensajes se correspondían con el cifrado de dos cadenas idénticas de tres letras. Esta “inocente” repetición insertaba en los mensajes un patrón de los que todo buen criptoanalista sabe aprovechar.
Así hizo Rejewski. Diseñó una estrategia para averiguar la clave del día, buscando posiciones de los rotores compatibles con las secuencias iniciales de seis letras de los mensajes interceptados. El procedimiento era conceptualmente sencillo, pero inabordable manualmente. Para ello, la inteligencia polaca diseñó máquinas “rastreadoras” de permutaciones, las llamadas bombas. Afortunadamente, su esfuerzo no se perdió con la entrada del ejército alemán: en agosto de 1939, semanas antes de la anexión de Polonia a Alemania, planos de las bombas, réplicas de máquinas Enigma y notas del trabajo de Rejewski llegaron a Londres a través de Francia.
Las semillas de Rejewski cayeron en un terreno peculiarmente abonado: Bletchley Park. El centro del criptoanálisis aliado estaba allí, en la llamada Government Code and Cypher School, un complejo compuesto por una pintoresca mansión victoriana rodeada de cabañas de madera. El personal de Bletchley era variado; lingüistas, matemáticos, filósofos, ingenieros y agentes sin educación superior reclutados con criterios poco convencionales (como ser de ascendencia nobiliaria o experto en crucigramas). A la cabeza, Alan Turing, el alma y cerebro de Bletchley Park.
En torno al 75% del personal de Bletchley eran mujeres. Muchas de ellas tenían educación superior en física y matemáticas, como la propia Ann Mitchell. Su trabajo se centró en optimizar la búsqueda de patrones para las bombas, usando suposiciones acerca de posibles correspondencias entre texto claro y cifrado. Además de ella hubo muchas más mujeres, como Mavis Batey, germanista que comenzó su carrera en inteligencia militar, buscando mensajes en clave insertados en los anuncios del Times, o Joan Clarke, que trabajó en la Cabaña 8, centrada en la Enigma de la Kriegsmarine. Clarke fue la única mujer en el proyecto Banburismus, ideado por Turing para reducir la necesidad de usar las bombas polacas, y siguió trabajando toda su vida en criptografía. No fue el caso de la mayoría de estas mujeres, incluida Ann Mitchell. Durante décadas, ni siquiera sus familias fueron conscientes de su discreta labor cazando permutaciones y acortando una guerra que otras armas más sangrientas eran incapaces de parar.
María Isabel González Vasco es Profesora Titular de la Universidad Rey Juan Carlos
Ágata A. Timón G. Longoria es responsable de Comunicación y Divulgación del ICMAT.
Café y Teoremas es una sección dedicada a las matemáticas y al entorno en el que se crean, coordinado por el Instituto de Ciencias Matemáticas (ICMAT), en la que los investigadores y miembros del centro describen los últimos avances de esta disciplina, comparten puntos de encuentro entre las matemáticas y otras expresiones sociales y culturales y recuerdan a quienes marcaron su desarrollo y supieron transformar café en teoremas. El nombre evoca la definición del matemático húngaro Alfred Rényi: “Un matemático es una máquina que transforma café en teoremas”.
Edición y coordinación: Ágata A. Timón García-Longoria (ICMAT)
https://elpais.com/ciencia/2020-06-03/muere-ann-mitchell-cazadora-de-patrones-criptograficos-en-la-lucha-contra-los-nazis.html
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

