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jueves, 7 de marzo de 2024

_- Franco y la 2ª G.M.

Fotografía difundida en España por la Agencia Efe de la entrevista de Francisco Franco con Adolf Hitler en Hendaya (Francia) el 23 de octubre de 1940.
_- Derrotados los fascismos, Franco, que había tratado de navegar entre el Eje y los aliados, buscó desesperadamente perpetuar su dictadura. Lo consiguió.

Se acerca el final de la II Guerra Mundial y un Franco temeroso de las consecuencias de su comunión con nazis y fascistas todavía confía en el milagro alemán. De hecho, hasta cuatro meses antes del estrepitoso derrumbe del Tercer Reich, Franco no abandonó la esperanza de que las armas hitlerianas se impusieran, incluso mágicamente, a sus enemigos.

El embajador de España en Gran Bretaña, Jacobo Fitz-James Stuart, duque de Alba, se entrevistó con el dictador al que servía para hacerle ver que, dado el exitoso avance del desembarco aliado en Normandía [D-Day: 6 de junio de 1944], eran necesarios cambios a favor del viento. “No corra tanto, Alba”, le dijo Franco, “el desembarco puede aún resultar una trampa. Conozco los efectivos del Eje –sigo muy de cerca las operaciones– y me faltan [la situación de] alrededor de 80 divisiones que creo veremos aparecer por algún sitio en cualquier momento”. Y le repitió lo que les confió a los firmantes del conocido como Manifiesto de los Veintisiete, del otoño de 1943, 17 procuradores en Cortes y otras diez personas con relevancia social, entre ellos numerosos militares de alta graduación, que le solicitaban la neutralidad formal y la prometida restauración monárquica: el führer posee armas secretas potentísimas, un fantasioso ‘rayo cósmico’, que garantizan la victoria del Eje. Como su ilusa convicción de que los Estados Unidos no tardarían en adoptar el ideario falangista.

De las tres partes del conflicto mundial, el Eje, los aliados y España, Franco era quien más deseaba que España entrara en guerra: la situación económica y financiera era desesperada, la hambruna generalizada extendía el desánimo por toda la sociedad y las peleas y discrepancias entre las ‘familias’ del Régimen amenazaban gravemente la estabilidad del Nuevo Estado aún a medio instaurar. Así lo prueba la carta que envió Franco a Mussolini el 15 de agosto de 1940, requisada en Roma por el ejército de los Estados Unidos, en la que pide a su colega dictatorial ayuda que le permita incorporarse activamente al conflicto: “A la aportación que España hizo al establecimiento del nuevo orden, con nuestros años de dura lucha, ofrece una más al prepararse a tomar un lugar en la contienda contra los enemigos comunes. En este sentido hemos solicitado de Alemania los elementos indispensables a la acción, impulsando preparativos y haciendo todos los esfuerzos para mejorar en lo posible la situación de abastecimiento. Por todo ello comprenderéis la urgencia en escribiros para pediros vuestra solidaridad en estas aspiraciones para el logro de nuestra seguridad y grandeza con la reciprocidad más absoluta de nuestro apoyo para vuestra ‘espansión’ [sic] y vuestro futuro”. Il Duce del Fascismo y Capo del Governo Italiano contestó aplaudiendo su decisión –“su carta no me ha sorprendido. Siempre he pensado que desde que empezó la guerra, ‘Vuestra’ España, es decir, la España de la Revolución falangista, no habría podido permanecer neutral y que finalmente de la neutralidad pasaría a la no beligerancia [estatus recién adquirido] y finalmente a la intervención. Si esto no ocurriera, España se alejaría de la historia europea, sobre todo de la historia del mañana que será determinada por las dos potencias victoriosas del Eje”, pero dándole largas a sus peticiones: “Su situación económica interna no empeorará si usted pasa de la no beligerancia a la intervención”.

Hitler y Mussolini preveían, tras una declaración de guerra de Franco a Gran Bretaña, la toma de Gibraltar como inicio de la Operación Félix –establecer bases en el protectorado español de Marruecos, el Sahara español y en Canarias y, posteriormente, en las Azores y las Madeira tras invadir Portugal desde Galicia–, pero las necesidades económicas y armamentísticas de España eran tan desorbitadas como las pretensiones imperiales de Franco. Lo que, unido a la grave situación de Italia en Grecia, los Balcanes y el Mediterráneo oriental y la inminencia de la Operación Barbarroja de invasión de la Unión Soviética, aplazó sine die la entrada de España en la guerra.

A los aliados, en fin, tampoco les convenía la entrada de España en la guerra, pues añadía a los ya demasiado extensos frentes de batalla el segundo territorio mayor de la Europa occidental, por lo que se conformaban con el estatus de España y con presionar para conseguir concesiones. Entre estas, restringir las facilidades portuarias a los navíos italianos y alemanes y las exportaciones a Alemania de wolframio y otras materias primas estratégicas, etc. Algunas de gran calado, como excluir la cesión de bases y el territorio español como territorio de paso y, en septiembre de 1942, la sustitución al frente del ministerio de Asuntos Exteriores del germanófilo Ramón Serrano Suñer por Francisco Gómez-Jordana, anglófilo y partidario de la no intervención.

Además, Churchill, primer ministro británico desde mayo de 1940, aseguró la neutralidad española mediante el soborno de una treintena de generales, a los que pagó trece millones de dólares entre 1940 y 1943 a través de uno de los financieros del golpe de estado del 18 de julio de 1936, el contrabandista mallorquín Juan March, “el último pirata del Mediterráneo”, quien ocultó a los sobornados la procedencia del dinero, haciéndoles creer que procedía de una iniciativa de banqueros e inversores españoles que querían evitar a España la ruina y el horror de otra guerra. Cuando Franco se reunió con Hitler en Hendaya, el 23 de octubre de 1940, llevaba en el bolsillo la prohibición terminante de la influyente Junta de Defensa Nacional de entrar en la guerra.

style="font-size: large;"> El protocolo secreto Hitler-Franco
No obstante, a Franco no le quedó más remedio que someterse en Hendaya a los designios ‘hitlerianos’. El dictador alemán ya se lo había hecho saber unas semanas antes de reunirse con su homólogo español, a través de Serrano Suñer, ministro de Asuntos Exteriores y concuñado de Franco: el 17 de septiembre de 1940 lo convocó en la Cancillería de Berlín para hacerle saber que España había de declarar la guerra a Gran Bretaña para dar comienzo a la Operación Félix. Lo que quedó plasmado en el llamado protocolo secreto de Hendaya, por el que Franco se comprometía a entrar inmediatamente en guerra si había un ataque enemigo a Portugal o España. Aunque a las tres semanas, en vista de que los aliados no emprendían tal ataque, Hitler decidió que España entrara ya en guerra. Así se lo comunicó a Serrano el 19 de noviembre, esta vez convocado a la residencia del führer en Berchtesgaden, el Nido del Águila. El ministro español pudo obtener una prórroga de “unos pocos meses” para que llegaran a España las importaciones de trigo norteamericano y canadiense pendientes de los navicerts, permisos de navegación, británicos.

El protocolo secreto adscribía a España al Pacto Tripartito y tras él Franco consideraba que España era aliada de la Alemania nazi. Con la astucia política que le era característica y le valió para perpetuarse en el poder, navegó entre las presiones de Hitler y de sus mandos militares enviando al frente oriental alemán la División Azul, hasta 46.000 soldados voluntarios: jóvenes falangistas, otros pronazis o anticomunistas, sospechosos para la dictadura que así limpiaban su historial político o policial y familiares de republicanos que eludían su destino, la pena de muerte o largas condenas de prisión, si un hijo se alistaba –caso del cineasta Luis García-Berlanga, aunque, además tuvieron que pagar en sobornos 650.000 pesetas (obtenidas de la venta de una fábrica de electricidad y una gran finca) para salvar a su padre del paredón y de la cárcel–, a los que Hitler, con su exquisito lenguaje diplomático habitual, consideraba “una banda de andrajosos”, aunque los admiraba: “Son extraordinariamente valientes, duros para las privaciones”.

El documento firmado por ambos dictadores fue hecho público en 1946 por los norteamericanos –procedente de los documentos nazis incautados, mientras que la copia española se había hecho desaparecer de los archivos de la dictadura– era un trágala abusivo. Ignoraba las condiciones españolas para entrar en guerra –además de “facilitar la asistencia militar y otras requeridas [”el apoyo económico de España también será necesario“] para llevar adelante la guerra”, el “cumplimiento de una serie de demandas territoriales nacionales: Gibraltar, Marruecos Francés, la parte de Argelia colonizada y habitada predominantemente por españoles (Orán) y, además, la ampliación de Río de Oro, provincia del sur saharaui, y de las colonias del Golfo de Guinea”, según el memorándum “altamente secreto” que el embajador alemán en Madrid, Eberhard von Stohrer, envió el 8 de agosto de 1940 a Berlín– y exigía la entrega de las islas Canarias y las posesiones en Guinea.

La posición de España ante el conflicto pasó de la estricta neutralidad cuando las tropas alemanas invadieron Polonia, el 1 de septiembre de 1939, desencadenando así la II Guerra Mundial, a la no-beligerancia el 12 de junio de 1940, ante la caída de París el 14 de junio de 1940 –estatus similar al de prebeligerancia declarada por Mussolini en septiembre de 1939 y para los juristas de la época. No beligerancia es el nombre usado, en calidad de excusa, para perpetrar la violación de las leyes de la neutralidad y en la esperanza de poder cometer actos de naturaleza bélica, escapando a las consecuencias del estado de beligerancia” (Edwin Montefiore Borchard, 1941)– hasta la definitiva y peculiar de ‘neutralidad vigilante’ –o “neutralidad benevolente” con los aliados (Unión Soviética excluida, naturalmente), expresión acuñada por el historiador Carlton J. H. Hayes, embajador en España de los Estados Unidos de. 1942 a 1945–, adoptada en 1944 ante el inequívoco transcurso de la guerra, a pesar de las citadas bravatas de Franco a Alba.

“Tres guerras” para caminar sobre el alambre
Si Franco había ganado la guerra –aunque no lo verbalizaría hasta el 27 de septiembre de 1953, cuando el ministro de Asuntos Exteriores, Alberto Martín Artajo, le informó que había firmado los Acuerdos con los Estados Unidos con el embajador James Clement Dunn: “He ganado la guerra de España… Tengo la conciencia tranquila y puedo descansar”– lo cierto es que, con el fin de la II Guerra Mundial, perdía la larga posguerra. Además del protocolo secreto de Hendaya, los norteamericanos habían confiscado otro documento comprometedor en poder de los nazis: el protocolo también secreto firmado el 10 de febrero de 1943, cuando los Estados Unidos ya habían entrado en guerra, por el ministro español de Asuntos Exteriores, Francisco Gómez-Jordana y el embajador nazi en España, Helmuth von Moltke, por el que España se comprometía a entrar en guerra junto al Eje cuando los aliados pusieran “pie en la península Ibérica o en territorios españoles fuera de la Península, es decir, en el Mediterráneo, Océano Atlántico y en África”. Protocolo que sorprendió a los estadounidenses, pues el presidente Roosevelt ya había garantizado a Franco de que los aliados no pisarían nuca suelo español, como lo habían demostrado en la Operación Torch, el desembarco aliado en el norte de África en noviembre de 1942, que respetó escrupulosamente el Protectorado español en Marruecos. Quizá Franco autorizara la firma como un brindis al sol ‘hitleriano’, confiando ingenuamente que por su carácter de “alto secreto” nunca sería conocido por los aliados.

En todo caso, ya había limitado los envíos a Alemania e incrementado las exportaciones a los aliados de wolframio español, que era ambicionado por ambos bandos para su munición artillera y antitanque por su capacidad de endurecimiento del acero. Una medida para paliar los efectos de su larga complicidad, desde el inicio de la Guerra Civil, con sus correligionarios nazis y fascistas. Como, en el plano teórico, fue su extravagante teoría de “las tres guerras” que se desarrollaban simultáneamente: la primera era la del Eje con los aliados, en la que España se declaraba neutral; la segunda, la de Alemania y sus aliados contra la Unión Soviética, en la que España –que el 27 de marzo de 1939 se había adherido al Pacto Anti-Komintern para luchar contra “la amenaza de la Internacional Comunista” – era beligerante de facto, por lo que mandó la División Azul y la tercera, la de los aliados contra los japoneses, a los que de la admiración y amistad iniciales, hasta declararse no-beligerante en ese conflicto, había pasado a tildarlos de “bárbaros orientales” e incluso, en 1945, a mostrarse ante los Estados Unidos patéticamente dispuesto a declarar la guerra a Japón y enviar otra División Azul a luchar en el Pacífico a las órdenes del general McArthur, en esta ocasión por ser “enemigos del cristianismo”.

Buscando reconocimiento con desesperación. 
Un libro reciente, Historia de la Segunda Guerra Mundial sin mitos ni tópicos, de Manuel P. Villatoro e Israel Viana, nos recuerda la carta que Franco escribió a Winston Churchill, el 18 de octubre de 1944, buscando un lugar al sol que más calentaba, las armas victoriosas de los aliados, quizá convencido de las advertencias del duque de Alba.

A Franco le constaban la empatía del primer ministro británico con su régimen –aunque, aficionado a la frases para el mármol, dijo a principios de la guerra: “Todo está ocupado por el ejército alemán, salvo España, que está ocupada por su propio ejército”
– y sus continuados esfuerzos para atemperar la dureza de Washington con la dictadura. Respondía a dos cuestiones prácticas: no dejar el mercado en poder de Francia e impedir la entrada de España en la guerra, y uno ideológico: prefería el régimen franquista a una revolución comunista. En mayo de 1944, Winston Churchill hizo un alegato favorable a España en la Cámara de los Comunes, que la prensa de Londres calificó de “apasionada”; el premier británico subrayó la neutralidad que observaba Franco a pesar de sus simpatías por el Eje; las satisfactorias relaciones comerciales, subrayando el acuerdo sobre el wolframio; el respeto mantenido con los intereses británicos en España; la ausencia de acciones que entorpecieran las operaciones en Gibraltar y en el norte de África… Y reiteró su política de no injerencia e incluso su convencimiento de que España tendría “gran influencia para mantener la paz del Mediterráneo después de la guerra” y que, en fin, “consideraba un error injuriar gratuitamente a Franco”.

Simpatías que, entre otras razones, le llevarían a perder las elecciones de 1945, a pesar de la victoria sobre Hitler, en las que uno de los eslóganes electorales de los carteles laboristas de Clement Attlee era un ominoso: “Votar a Churchill es votar a Franco”, tanto por lo que consideraban su excesiva comprensión del régimen franquista como por su desentendimiento no menos excesivo de las denuncias de la situación española.

Todo ello le pareció a Franco suficiente señal para dirigirle una extensa carta en la que le agradecía su defensa, se quejaba de que “ni la prensa gubernamental ni las radios británicas han cesado de hostilizar periódicamente a España, a su régimen, cuando no a su Caudillo”, hablaba hipócritamente de “la Italia liberada” y centraba su salvavidas en la alianza de los “pueblos más fuertes y viriles” que, “destruida Alemania”, quedaban en Europa: “Inglaterra y España” para enfrentarse a la amenaza soviética, por lo que “convendría que trabajásemos para estrechar las relaciones y hacer posible una acción futura en común”.

Churchill tardó dos meses en contestar y aunque rechazó el borrador preparado por el Foreign Office y dio instrucciones para que se mencionaran en ella los “supremos servicios” que había rendido Franco a la causa británica –“en dos momentos críticos de la guerra. A saber: el momento del derrumbamiento de Francia en 1940 y cuando se produjo la invasión anglo-americana del norte de África, en 1942”–, no dejó de ser contundente: “Le induciría a usted a un serio error si no desvaneciera en su ánimo la idea equivocada de que el Gobierno británico está dispuesto a considerar ninguna agrupación de potencias en Europa occidental, o en cualquier otro punto, basada en hostilidad hacia nuestros aliados rusos o en la supuesta necesidad de defensa contra ellos. La política del Gobierno británica se funda firmemente en el Tratado anglo-soviético de 1942 y considera la permanencia de la colaboración anglo-rusa dentro del armazón de la futura organización mundial, como esencial. Y no solamente a sus intereses, sino también a la futura paz y prosperidad de Europa en su conjunto”.

Ante la amenaza anunciada en la Conferencia de Yalta de los tres grandes aliados, celebrada del 4 al 11 de febrero de 1945 que anunció posteriores medidas “a los pueblos de los Estados europeos liberados o de los Estados europeos que fueron satélites del Eje”, Franco escribió una segunda carta a Churchill, el 25 de febrero, repitiéndole su proposición recibió una contestación tardía, cortés y, de nuevo, negativa.

El diario londinense ‘The Observer’ se hizo eco de la correspondencia: “Hase revelado ahora que Primer Ministro en días recientes ha contestado carta que Franco dirigióle en noviembre. General Franco aparentemente no comprendió bien proyectada unión Occidente misma manera que no comprendió palabras amables acerca de España. Es muy verosímil que interpretólo como pacto anti-Komintern de democracias y apresuróse a ofrecer sus indeseables servicios”, en traducción de la época manifiestamente mejorable.

Además, Churchill y su gobierno ya sabían lo que Franco pensaba en realidad: el duque de Alba, progresivamente antifranquista, se lo transmitió al agregado militar de la embajada británica en Madrid: Franco no sólo no pensaba restaurar la monarquía sino que no concedía importancia a la actitud de los “esclavos de la francmasonería”, como consideraba que eran Churchill y su gobierno y, como era inevitable el enfrentamiento entre norteamericanos y la Unión Soviética cuando se encontraran en Alemania, esta sería rehabilitada y España basaría su futura política exterior en Estados Unidos e ignoraría a un país “corrupto y decadente como era Inglaterra”.

En la subsiguiente Conferencia de San Francisco, fundacional de las Naciones Unidas, del 25 de abril al 26 de junio de 1945, llegó el aislamiento. A Franco no le importó reinar sobre una España arruinada sino perpetuarse en el poder. Ocho años después lo consiguió: el Vaticano y la Casa Blanca lo sacaron a flote, a que respirara entre los gobiernos civilizados; los españoles, no.

Fuente: https://www.eldiario.es/politica/cartas-franco-aliados-salir-aislamiento_129_10951729.html

jueves, 25 de marzo de 2021

_- ¿Por qué no puede Gran Bretaña afrontar la verdad sobre Winston Churchill?

_- Un torvo silencio acompaña a una de las figuras más comentadas de la historia británica. Se puede entusiasmar uno perpetuamente por cómo Winston Churchill derrotó a Hitler “sin ayuda de nadie”. Pero si se mencionan sus puntos de vista sobre la raza o sus políticas coloniales, se ve inmediatamente ahogado en un vitriolo feroz y orquestado.

En un mar de biografías de Churchill aduladoramente reverenciales, apenas hay libros que examinen en serio su bien documentado racismo. No se puede permitir, parece ser, hacer más complicado, y no digamos ya mancillar, el mito nacional de un héroe impecable: un ídolo que “salvó a nuestra civilización”, como pretende Boris Johnson, o “a la humanidad en su conjunto”, como afirmó David Cameron. Hágase una incómoda observación sobre sus opiniones acerca de la supremacía blanca, y la gente como Piers Morgan preguntará: “¿Por qué vive usted en este país?”

No todo el mundo se contenta con no decir nada porque hoy “hablaría alemán”, de no haber sido por Churchill. Mucha gente quiere saber más acerca de las figuras históricas que se les pide que admiren sin criticarlas. Las protestas de Black Lives Matter de junio pasado – durante las cuales la palabra “racista” se pintó con aerosol en letras rojas en la estatua de Churchill en la Plaza del Parlamento –, se vieron acompañadas de exigencias de una mayor formación en cuestiones como la raza, el imperio y las figuras cuyas estatuas salpican nuestros paisajes.

Pero proporcionar una imagen más completa se hace difícil. Se trata desdeñosamente a aquellos investigadores que exploran los lados menos gloriosos de Churchill. Tomemos el ejemplo del Churchill College, en Cambridge, en el que imparto clases.

En respuesta a las apelaciones a una mayor información sobre su fundador, el colegio organizó una serie de actos sobre Churchill, el imperio y la raza. Recientemente presidí la segunda mesa redonda sobre “Las consecuencias raciales del señor Churchill”.

Antes incluso de que tuviera lugar, se denunció repetidas veces el debate en los tabloides y las redes sociales como algo “idiota”, una “difamación de su persona” destinada a “despedazar” al gran hombre. Indignadas cartas dirigidas al colegio afirmaban que esto era llevar la libertad académica demasiado lejos, y que debería cancelarse el acto. Los ponentes y yo, todos investigadores de color, nos hemos visto sujetos a agresivos mensajes de odio, insultos y amenazas racistas. Se nos acusó de traición y calumnias. Una de las personas que escribió advertía que se había remitido mi nombre al oficial al mando de la base de la RAF cercana a mi casa.

El colegio está recibiendo fuertes presiones para dejar de celebrar estos actos. Tras la reciente mesa redonda, el grupo derechista de expertos Policy Exchange, influyente en círculos del gobierno – y que afirma abanderar la libertad de expresión y las opiniones controvertidas en los campus – publicó una “reseña” del acto. El prólogo, escrito por el nieto de Churchill, Nicholas Soames, declaraba que tenía la esperanza de que esa reseña “impediría que se organizara un acto tan intelectualmente deshonesto en el Churchill College en el futuro...o, esperémoslo, en cualquier otro lugar”.

Tiene su ironía. El gobierno y los medios nos dicen que la “cultura de la cancelación” es una imposición de la izquierda académica. Pero aquí se trata en realidad de la verdadera “cultura de la cancelación” que impide un verdadero compromiso con la historia británica. Churchill fue un admirado líder en tiempos de guerra que supo ver a tiempo la amenaza de Hitler y desempeñó un papel crucial en la victoria aliada. Tendría que ser posible admitir esto sin dejar de glosar su lado menos benigno. Los investigadores académicos del acto de– Madhusree Mukerjee, Onyeka Nubia y Kehinde Andrews – llamaron la atención sobre la obstinada defensa de Churchill del dominio colonial británico, su papel participante en la desastrosa hambruna de 1943 en Bengala, en la que murieron de modo evitable millones de personas, su interés por la eugenesia, y sus opiniones, profundamente retrógradas hasta para su época, sobre la raza.

Hay constancia de que Churchill alabó el “linaje ario” e insistió en que era correcto que “una raza más fuerte, una raza de mayor rango” ocupara el lugar de los pueblos indígenas. No pensaba, según se sabe, que “la gente negra fuera tan capaz o eficiente como la blanca”. En 1911, Churchill prohibió los combates de boxeo interraciales, de modo que no pudiera verse perder a boxeadores blancos frente a otros negros. Insistía en que Gran Bretaña y los EE.UU. compartían una “superioridad anglo-sajona”. Describió a los activistas anticoloniales como “salvajes armados de ideas”.

Hasta sus contemporáneos encontraban chocantes sus puntos de vista raciales. En el contexto de la línea dura de Churchill en contra de suministrar ayuda para aliviar la hambruna de Bengalas, el secretario de Colonias, Leo Amery, subrayó: “En la cuestión de la India, Winston no está del todo en sus cabales…No he visto mucha diferencia entre su opinión y la de Hitler”.

Que Hitler fuera racista no significa que Churchill no pudiera serlo. Gran Bretaña entró en guerra, al fin y al cabo, porque se enfrentaba a una amenaza existencial, y no primordialmente porque discrepara de la ideología nazi. Advirtiendo afinidades entre el pensamiento racial colonial y el de los nazis, los líderes africanos y asiáticos cuestionaron el doble rasero de Churchill consistente en rechazar firmemente la autodeterminación de los súbditos coloniales que luchaban también contra Hitler.

Vale la pena recordar que el culto incuestionado que hoy se tributa a Churchill no lo compartían muchos británicos en 1945, cuando votaron por dejarlo fuera del poder antes incluso de que hubiera terminado del todo la guerra. Muchas comunidades de clase trabajadora de Gran Bretaña, de Dundee al sur de Gales, sentían una intensa animosidad hacia Churchill por su disposición a movilizar fuerzas militares durante los conflictos laborales. En fecha tan reciente como 2010, el consejo municipal de Llanmaes se opuso a rebautizar una base militar como Churchill Lines.

La valoración crítica no supone “difamación de su persona”. Gracias al pensamiento de grupo de “el culto de Churchill”, el difunto primer ministro se ha convertido en una figura mitológica antes que histórica. Restar importancia a las implicaciones de las opiniones de Churchill sobre la raza – o sugerir absuradamente, como sugiere Policy Exchange, que sus declaraciones racistas significaban “otra cosa distinta de su definición” – nos habla de una profunda falta de honestidad y valor.

Esta falta de valor va ligada a una aversión mayor a analizar el imperio británico de manera veraz, quizás por miedo a lo que pudiera decirnos hoy de Gran Bretaña. El diálogo nacional que se precisa sobre Churchill y el imperio con el que se sentía tan comprometido es una de las formas necesarias para romper este inaceptable silencio.

Priyamvada Gopal es profesora de Estudios Postcoloniales en el Churchill College (del que ha sido decana) de la Universidad de Cambridge. Nacida en la India, se licenció en la Universidad de Delhi, doctorándose en la de Cornell (EE.UU). Es autora de "Insurgent Empire: Anticolonial Resistance and British Dissent".

Fuente:
The Guardian, 17 de marzo de 2020
Traducción:Lucas Antón.