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jueves, 22 de enero de 2026

Por qué los dioses retrasaron la llegada de la probabilidad matemática (y cómo un juego de azar desató la teoría)

"El Oráculo", pintado por Camillo Miola en 1880, con la Pitia sentada sobre un trípode rodeada de sacerdotes u oficiantes, en el oráculo de Delfos.

Fuente de la imagen,Getty Images

Pie de foto,"El Oráculo", pintado por Camillo Miola en 1880, con la Pitia sentada sobre un trípode rodeada de sacerdotes u oficiantes, en el oráculo de Delfos.

A mediados del siglo VI, el rey Creso de Lidia estaba preocupado.

Gobernaba un poderoso imperio en Anatolia y era tan magníficamente opulento que su nombre era y sigue siendo sinónimo de riqueza.

Sin embargo, lo atribulaba el creciente poder de Persia, así que envió mensajeros con ofrendas al único lugar de adivinación en el que confiaba: el Templo de Apolo en Delfos.

Su pregunta era si debía enviar un ejército contra los persas.

"El juicio dado a Creso proclamó que, si enviaba un ejército contra los persas, destruiría un gran imperio", cuenta el historiador griego Heródoto.

Atacó alentado por la palabra divina de la misteriosa sacerdotisa Pitia y efectivamente un gran imperio fue destruido: el suyo.

Es una de las profecías más famosas, no sólo por ingeniosa, sino porque sirve como advertencia sobre el riesgo de malinterpretar mensajes y la importancia de la humildad.

Pero, para ser justos, Creso no fue el único que erró al interpretar las profecías del Oráculo de Delfos, pues solían ser crípticas y a menudo ambiguas.

Aún así, todos los que podían acudían a Pitia para conocer la guía divina de Apolo en temas que abarcaban desde asuntos de Estado hasta cuestiones personales.

Había otros dioses y oráculos disponibles, así que si querías saber qué podría suceder en el futuro para reducir el riesgo de fracaso o calamidad, los consultabas.

Esa avidez por intentar predecir cuáles eran tus chances no se desvaneció cuando, en el siglo IV d.C., la Roma recién convertida al cristianismo desacreditó la autoridad del Oráculo de Delfos.

Los antiguos romanos tenían sus métodos de predicción del porvenir, incluido uno con una creación de la diosa Fortuna: los dados.

Jugadores de dados, panel de mosaico de Thysdrus, El Djem, Túnez. Civilización romana, siglo II d. C. F

Jugadores de dados, panel de mosaico de Thysdrus, El Djem, Túnez. Civilización romana, siglo II d. C.

Fuente de la imagen,Getty Images


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Los antiguos romanos solían rendirse ante la insaciable tentación de apostar al azar.

Desde emperadores, que jugaban con sus vidas y las de sus soldados, hasta plebeyos, que apostaban sus bienes en las tabernas, los romanos creían que lo aleatorio (del latín alea o dado) estaba regido por el destino y el favor de los dioses.

Así que "podían lanzar los dados y consultar una obra de referencia que decía qué significaba la puntuación de los dados para sus posibilidades", cuenta la especialista en estudios clásicos Mary Beard.

"El juego no era solo un pasatiempo, también era una forma con la que los romanos se enfrentaban al riesgo, a los peligros, a la incertidumbre", señala la experta en la serie de la BBC "At your own peril".

Sin embargo, los textos antiguos muestran que no entendían bien el concepto de probabilidad y sus reglas matemáticas.

"Nuestra palabra 'probabilidad' proviene del latín probabilĭtas, pero muy de vez en cuando eso significaba 'probable'. Mucho más a menudo indicaba 'aprobación'", cuenta Beard.

Es sorprendente que el surgimiento de algún tipo de teoría de la probabilidad y, por lo tanto, alguna forma de medir el riesgo, tardara tanto.

Hubo que esperar hasta mediados del siglo XVII para cruzar ese umbral imaginario y descubrirla, o tal vez inventarla.

Un concepto extraño

La razón por la que los antiguos no se adentraron en la ciencia de la probabilidad es un misterio, sobre todo si se considera cuán sofisticadas e imaginativas llegaron a ser sus matemáticas.

"Hasta cierto punto, tenían un conjunto de reglas aproximadas al respecto, pero no lo teorizaron", dice Beard.

"En parte creo que se debe a que tenían una noción diferente sobre la ciencia y los conocimientos culturales".

"Nosotros concebimos la probabilidad como estadísticas y matemáticas —agrega—. El interés antiguo era hasta qué punto se relacionaba con lo divino, hasta qué punto era obra de Dios y hasta qué punto se puede predecir".

"Los jugadores de cartas", 1699, de Pierre Bergaigne

"Los jugadores de cartas", 1699, de Pierre Bergaigne

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Con el empeño de Luis XIV de domesticar a la nobleza para menguar el potencial de oposición política, mantener entretenida a la clase alta era importante, así que el juego era crucial. ("Los jugadores de cartas", 1699, de Pierre Bergaigne) 

Se necesitarían innumerables pasos matemáticos, el recorrer de muchos siglos y varias transformaciones sociales, culturales y políticas antes de que se pudiera dar el salto final hacia la probabilidad.

Y no es casualidad que su aparición tuviera lugar durante el Renacimiento y la Ilustración.

"La gente ha discutido mucho sobre por qué tomó tanto tiempo, si tenía que ver con los métodos computacionales y si la gente pensaba que el azar estaba solo en el regazo de los dioses. Pero se requería un cambio revolucionario en la forma de pensar", apunta David Spiegelhalter, profesor emérito de Estadística en la Universidad de Cambridge.

"Había que inventar la idea de la probabilidad, pues es un concepto muy extraño. No se puede medir directamente como se puede medir el tiempo, el peso o la distancia", continúa.

Tampoco es casualidad que el descubrimiento de la probabilidad se hiciera en las mesas de juego.

La inspiración surgió de un jugador notablemente filosófico, el ensayista y matemático aficionado francés Antoine Gombaud, conocido como Chevalier de Méré (el caballero de Méré).

Un problema puntual

En 1654, Gombaud había estado reflexionando sobre lo que se conoce como el problema de puntos o problema de la partida interrumpida.

Había aparecido por primera vez, hasta donde sabemos, 60 años antes, en el tratado "Summa de Arithmetica, Geometrica, Proportioni et Proportionalita" del fraile franciscano y matemático Luca Pacioli.

La pregunta era: si estabas apostando en un juego que se ganaba cuando un jugador acumulaba cierto número de puntos, pero el juego se veía interrumpido antes de que eso sucediera, ¿cómo se debería dividir la apuesta?

Pierre de Fermat

Pierre de Fermat

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Pierre de Fermat (1601-1665) fue uno de los principales matemáticos de la primera mitad del siglo XVII y a menudo es llamado el fundador de la teoría moderna de los números.

Imagínate que tú y un amigo están apostando a cara y sello con una moneda: el primero que acierte seis veces, gana.

Pero tienen que suspender cuando a tu amigo le faltan 3 puntos para ganar y a ti, 2.

"Existía la sensación de que, de alguna manera, la apuesta debería dividirse para que la persona que tuviera más probabilidades de ganar obtuviera más", cuenta Spiegelhalter.

"El reto era determinar esencialmente cómo dividir la apuesta".

Gombaud recurrió a una de las mentes más brillantes de la historia: el matemático, físico, filósofo y teólogo francés Blaise Pascal.

Pascal había empezado a jugar juegos de azar cuando sus médicos le aconsejaron evitar los esfuerzos mentales por el bien de su salud, pero no pudo resistir la tentación.

Intrigado, notó que la solución tendría que reflejar las posibilidades de victoria de cada jugador dada la puntuación en el momento en que se interrumpió el juego.

Eso implicaba inventar un nuevo método de análisis, así que involucró a otra de las mentes más brillantes de la historia, el matemático francés Pierre de Fermat.

En un legendario intercambio de cartas que se extendió a lo largo de varias semanas, sentaron las bases de la teoría de la probabilidad moderna.

Tú y tu amigo

Si te quedaste con curiosidad por saber cómo se dividiría el botín de la apuesta en el juego suspendido con tu amigo, no te preocupes.

Pascal descubrió una forma sencilla de calcular esa división. La clave está en lo que hoy se conoce como el triángulo de Pascal.

El triángulo de Pascal

El triángulo de Pascal

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El triángulo de Pascal se construye a partir del 1.

El triángulo se construye a partir del 1 y, a continuación, se colocan números debajo de él en forma triangular, siendo cada número del triángulo la suma de los dos números inmediatamente superiores.

Por ejemplo: el 4 que ves en la 5° fila es la suma de 1 + 3 que están encima, y así sucesivamente.

En el caso de tu juego interrumpido, en el que a ti te faltaban 2 puntos para ganar y a tu amigo, 3, se suman el 2 y el 3 para obtener 5.

Eso te indica que tienes que usar la quinta fila del triángulo.

Luego sumas los tres primeros números (1 + 4 + 6 = 11) y los dos últimos (4 + 1 = 5), y la apuesta se divide según esta proporción.

De modo que tú recibirás 11/16 de la apuesta y tu amigo, 5/16.

La apuesta de Pascal

Con la solución al problema de puntos llegó una revolución en el pensamiento humano.

Descubrimos que al observar los eventos pasados, podíamos comenzar a predecir los resultados futuros.

El riesgo se podía calcular.

Se podía elegir cuál camino tomar, pues el destino ya no estaba sólo en manos de los dioses.

Irónicamente, Pascal era profundamente religioso y después de una experiencia mística, renunció a las matemáticas.

Retrato de Blaise Pascal basado en una miniatura de Paul Prieur

Retrato de Blaise Pascal basado en una miniatura de Paul Prieur

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Aunque Blaise Pascal (1623-1662) nunca publicó ninguna obra filosófica durante su vida, sus pensamientos, publicados postumamente, influyeron a Jean-Jacques Rousseau y Henri Bergson, así como a los existencialistas.

En una carta a Fermat de 1660 le escribió: "La considero el más hermoso oficio del mundo; pero nada más que un oficio [...]. Me metí en esos asuntos por una razón singular, satisfecha la cual es posible que nunca más vuelva a pensar en ella".

Murió dos años después, pero en un giro curioso, en una obra publicada póstumamente, titulada Pensées ("Pensamientos"), dejó una de las apuestas más famosas de todos los tiempos.

En la conocida como la apuesta de Pascal, el alma eterna estaba en juego.

La cuestión es que, en el terreno de la fe, el ser humano se ve obligado a apostar pues no tiene la capacidad de saber si Dios existe o no.

"La razón no puede decidir nada en este caso", escribió.

Así que no queda más remedio que analizar las consecuencias prácticas de cada probabilidad.

Si alguien elige no creer que existe y resulta que está en lo cierto, no gana ni pierde nada; pero si está equivocado, no irá al cielo.

O sea, quien opta por creer que existe, "si gana, lo gana todo; si pierde, no pierde nada".

Por eso, aconsejó: "Apueste a que existe sin vacilar".

¿Mejor que el Oráculo de Delfo?

El logro de Pascal y Fermat abrió el camino para el desarrollo de la teoría de la probabilidad, que fue demostrando cómo se podía predecir con cierto grado de precisión los acontecimientos que aún estaban por venir.

El rey persa Ciro con una caballería de camellos en la batalla de Sardis en el 547 a.C.

El rey persa Ciro con una caballería de camellos en la batalla de Sardis en el 547 a.C.

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La victoria de Persia contra Lidia se logró contra todo pronóstico gracias al ingenio de Ciro el Grande, la disciplina de sus hombres y un notable uso de camellos como caballería.

Los conocimientos se fueron acumulando hasta que se llegó a la idea de que la probabilidad y la estadística podían converger para formar una ciencia bien definida y firmemente fundamentada, que aparentemente tenía aplicaciones y posibilidades ilimitadas.

Hoy en día, permea casi todo, desde decisiones políticas, el mercado de valores y diagnósticos médicos, hasta el funcionamiento de las señales de tráfico, los deportes y las compras en línea.

Con todo y eso, lo que la teoría de la probabilidad produce son modelos y previsiones, no reflejos de la realidad.

Si bien es una poderosa herramienta matemática, no es una ciencia exacta pues se ocupa de la incertidumbre y la probabilidad de eventos, no de la certeza absoluta.

Lo que nos da, tras analizar fenómenos aleatorios, es un abanico de posibles futuros y la posibilidad de que se realicen.

Todo basado en el conocimiento.

Sería interesante saber qué respuesta recibiría hoy el rey Creso de Lidia respecto a sus posibilidades de victoria contra Ciro II de Persia.

El poderoso el gobernante lidio podía reunir fuerzas impresionantes, según se dice, más de 100.000 hombres frente a los 50.000 de los persas, su caballería era la mejor del mundo en aquel momento y estaba aliado con los espartanos.

Así que es posible un experto actual le darían más (quizás mucho más) del 50% de probabilidad de triunfo.

Lo que sí es seguro es que dificilmente recibiría una respuesta tan acertada como la del Oráculo de Delfos.

Pasara lo que pasara, siempre sería 100% correcta. 

jueves, 11 de junio de 2020

Byung-Chul Han: “El dataísmo es una forma pornográfica de conocimiento que anula el pensamiento”

El filósofo coreano, que en su último ensayo afirma que la conversión de la producción y el rendimiento en valores absolutos está desritualizando cada vez más a la sociedad, cree que la violencia que el ser humano ejerce contra la naturaleza se está volviendo contra él con más fuerza

CÉSAR RENDUELES
17 MAY 2020

Byung Chul Han

El filósofo alemán vivo más leído en todo el mundo es coreano. Byung-Chul Han (Seúl, 1959), profesor en la Universidad de las Artes de Berlín, se dio a conocer en todo el mundo hace 10 años con La sociedad del cansancio. Desde entonces ha publicado más de una decena de ensayos formalmente similares —muy breves y con una escritura clara y directa— en los que desarrolla una peculiar crítica comunitarista de distintos aspectos del capitalismo contemporáneo. Su último trabajo es La desaparición de los rituales (Herder, 2020). Esta entrevista se hizo por correo electrónico.

PREGUNTA. En su libro define los rituales como acciones simbólicas que generan una comunidad sin necesidad de comunicación. En cambio, según plantea, en las sociedades actuales abundaría más bien la comunicación sin comunidad. ¿Cómo imagina esa “comunidad-sin-comunicación” perdida? Los ejemplos que usted pone pertenecen al pasado o a pequeños pueblos campesinos e insiste en que el causante de esa destrucción comunitaria es el neoliberalismo. ¿Ha habido otras épocas del capitalismo más abiertas a los rituales? ¿Es incompatible la modernidad y la comunidad o la incompatibilidad se da exclusivamente entre capitalismo y comunidad?

RESPUESTA. La desaparición de los rituales señala sobre todo que, en la actualidad, la comunidad está desapareciendo. La hipercomunicación consecuencia de la digitalización, nos permite estar cada vez más interconectados, pero la interconexión no trae consigo más vincu­lación ni más cercanía. Las redes sociales también acaban con la dimensión social al poner el ego en el centro. A pesar de la hipercomunicación digital, en nuestra sociedad la soledad y el aislamiento aumentan. Hoy se nos invita continuamente a comunicar nuestras opiniones, necesidades, deseos o preferencias, incluso a que contemos nuestra vida. Cada uno se produce y se representa a sí mismo. Todo el mundo practica el culto, la adoración del yo. Por eso digo que los rituales producen una comunidad sin comunicación. En cambio, hoy prevalece la comunicación sin comunidad. Cada vez celebramos menos fiestas comunitarias. Cada uno se celebra solo a sí mismo. Deberíamos liberarnos de la idea de que el origen de todo placer es un deseo satisfecho. Solo la sociedad de consumo se orienta a la satisfacción de deseos. Las fiestas no tienen que ver con el deseo individual. En el juego colectivo uno no procura satisfacer su propio deseo. Antes bien, se entrega a la pasión por las reglas. No estoy diciendo que tengamos que volver al pasado. Al contrario. Sostengo que tenemos que inventar nuevas formas de acción y juego colectivo que se realicen más allá del ego, el deseo y el consumo, y creen comunidad. Mi libro va encaminado a la sociedad que viene. Hemos olvidado que la comunidad es fuente de felicidad. La libertad también la definimos desde un punto de vista individual. Freiheit, la palabra alemana para “libertad”, significa en origen “estar con amigos”. “Libertad” y “amigo” tienen una etimología común. La libertad es la manifestación de una relación plena. Por tanto, también deberíamos redefinir la libertad a partir de la comunidad.

P. Su descripción de nuestro mundo como crecientemente alejado de los rituales se opone a quienes ven el capitalismo como una sociedad hiperritualizada. Desde ese punto de vista, que usted critica, el consumo tendría una fuerte dimensión ritual e incluso religiosa: los supermercados o los estadios serían nuestros templos. ¿Por qué le parece incorrecto interpretar las prácticas capitalistas o burocráticas como formas secularizadas de rituales religiosos?
R. Rechazo la tesis de que el capitalismo es una religión. Los centros comerciales son todo lo contrario de un templo. En los centros comerciales, y en el capitalismo en general, domina una atención particular. Todo gira en torno al ego. Según Malebranche, la atención es la oración natural del alma. En los templos encontramos una forma totalmente diferente de atención. Se presta atención a cosas que no se pueden alcanzar con el ego. Los rituales me alejan de mi ego. El consumo refuerza la obsesión con él. No soy creyente, pero me gusta asistir a las celebraciones religiosas, católicas por supuesto. Cuando me dejo embriagar por los cánticos, la música del órgano y el aroma del incienso me olvido de mí mismo, de mi ego, y experimento una hermosa sensación de comunidad. En mi libro cito un apunte de Peter Handke: “Con ayuda de la misa, los curas aprenden a tratar bien las cosas: la manera delicada de sostener el cáliz y las hostias, la limpieza sosegada de los vasos, la manera como pasan las páginas del libro; y el resultado de ese hermoso modo de tratar las cosas: una alegría que da alas al corazón”. Hoy en día damos un uso muy diferente a las cosas. Las agotamos, las consumimos y las destruimos. En los rituales las tratamos de una manera totalmente distinta, con cuidado, como si fuesen amigas. Las cosas ritualizadas también pueden crear comunidad.

Los rituales poseen un factor de repetición, pero es una repetición animada y vivificadora. No tiene nada que ver con la repetición burocrática-automática. Hoy en día vamos constantemente a la caza de nuevos estímulos, emociones y experiencias, y olvidamos el arte de la repetición. Lo nuevo se trivializa rápidamente y se convierte en rutina. Es una mercancía que se consume y vuelve a inflamar el deseo de algo nuevo. Para escapar de la rutina, del vacío, consumimos aún más estímulos nuevos, nuevas emociones y experiencias. La sensación de vacío es precisamente la que activa la comunicación y el consumo. La “vida intensa” que actúa como reclamo del neoliberalismo no es sino consumo intenso. Existen formas de repetición que crean auténtica intensidad. Me encanta Bach. He tocado más de 10.000 veces las arias de las Variaciones Goldberg, y cada vez experimento una felicidad. Personalmente, no necesito nada nuevo. Me encantan las repeticiones, los rituales de la repetición.

P. Una tesis muy sugerente de su libro es que los rituales permiten que los valores de una comunidad se asimilen corporalmente. Me parece una idea cercana a aquello que decía Pascal: “Si no crees, arrodíllate, actúa como si creyeras y la creencia llegará por sí sola”. Usted plantea que, en cambio, vivimos en una sociedad de las pasiones marcada por el culto narcisista a la autenticidad, donde lo único que cuenta es la sinceridad de nuestras emociones.

R. Los rituales anclan la comunidad en el cuerpo. Sentimos físicamente la comunidad. Precisamente en la crisis del coronavirus, en la que todo se desarrolla por medios digitales, echamos mucho de menos la cercanía física. Todos estamos más o menos conectados digitalmente, pero falta la cercanía física, la comunidad palpable físicamente. El cuerpo que entrenamos solos en el gimnasio no tiene esa dimensión de comunidad. También en la sexualidad, en la que lo único que importa es el rendimiento, el cuerpo es, en cierto modo, algo solitario. En los rituales, el cuerpo es un escenario en el que se inscriben los secretos, las divinidades y los sueños. El neoliberalismo produce una cultura de la autenticidad que pone el ego en el centro. La cultura de la autenticidad va de la mano con la desconfianza hacia las formas de interacción ritualizadas. Solo las emociones espontáneas, es decir, los estados subjetivos, son auténticas. El comportamiento formalizado se rechaza como falto de autenticidad o como externo. Un ejemplo es la cortesía. En mi libro hago un alegato en contra de la cultura de la autenticidad, que conduce al embrutecimiento de la sociedad, y a favor de las formas bellas.

P. ¿Cree que los partidarios de la nueva derecha radical podrían sentirse identificados con su reivindicación de los rituales y la comunidad? ¿Qué diferencia su propio comunitarismo del de la ultraderecha emergente?
R. La comunidad no se define necesariamente por la exclusión del otro. También puede ser muy hospitalaria. La comunidad a la que se acoplan las derechas está vacía de contenido. Por eso encuentra su sentido en la negación del otro, del extranjero. Está dominada por el miedo y el resentimiento.

P. En el prefacio dice muy explícitamente que este no es un libro nostálgico, pero a menudo hace comparaciones con el pasado muy desfavorables para nuestro presente. En el capítulo dedicado a la guerra, por ejemplo, defiende los antiguos valores guerreros frente a la guerra automatizada moderna, que sería una matanza sin reglas. ¿No está idealizando la guerra antigua? Al fin y al cabo, a lo largo de la historia encontramos una amplia serie de genocidios. La matanza indiscriminada no es exactamente un invento capitalista.
R. Solo quería señalar que la cultura humana se está desritualizando cada vez más, que la conversión de la producción y el rendimiento en valores absolutos está acabando con los rituales. Por ejemplo, la pornografía aniquila los rituales de seducción. En las órdenes de caballería europeas el objetivo principal no era matar al adversario. El honor y el valor también eran importantes. En la guerra con drones, en cambio, lo fundamental es matar al enemigo, que es tratado como un criminal. Después de la misión, a los pilotos de los drones se les hace entrega solemne de una “tarjeta de puntuación” que certifica cuántas personas han matado. También cuando se trata de matar, lo que más cuenta es el rendimiento. En mi opinión, esto es perverso y obsceno. No pretendía decir que las guerras del pasado fuesen mejores que las actuales. Por el contrario, lo que quería señalar es que hoy en día todo se ha convertido en una cuestión de rendimiento y producción. No solo en la guerra, sino también en el amor y la sexualidad.

P. En su ensayo relaciona el auge del big data con un giro en nuestra concepción del conocimiento, que cada vez más entendemos como algo producido maquinalmente. Llega a hablar de un “giro dataísta” análogo al “giro antropológico” de la Ilustración. ¿Es el dataísmo la conclusión de un camino irreversible que ya estaba anticipado en los orígenes de la modernidad?
R. El dataísmo es una forma pornográfica de conocimiento que anula el pensamiento. No existe un pensamiento basado en los datos. Lo único que se basa en los datos es el cálculo. El pensamiento es erótico. Heidegger lo compara con el eros. El batir de alas del dios Eros lo acariciaba cada vez que daba un paso significativo en el pensamiento y se atrevía a aventurarse en un terreno inexplorado. La transparencia también es pornográfica. Peter Handke dice en una de sus anotaciones: “¿Quién dice que el mundo ya está descubierto?”. El mundo es más profundo de lo que pensamos.

P. La pandemia de la covid-19 está teniendo un impacto enorme no solo en términos sanitarios o económicos, sino también en nuestra subjetividad compartida. En apenas unos días, la noción de “biopolítica” se ha vuelto muy intuitiva. ¿En qué medida cree que la comunicación-sin-comunidad que usted diagnostica en nuestras sociedades está afectando a la manera en que estamos viviendo la epidemia?
R. La crisis del coronavirus ha acabado totalmente con los rituales. Ni siquiera está permitido darse la mano. La distancia social destruye cualquier proximidad física. La pandemia ha dado lugar a una sociedad de la cuarentena en la que se pierde toda experiencia comunitaria. Como estamos interconectados digitalmente, seguimos comunicándonos, pero sin ninguna experiencia comunitaria que nos haga felices. El virus aísla a las personas. Agrava la soledad y el aislamiento que, de todos modos, dominan nuestra sociedad. Los coreanos llaman corona blues a la depresión consecuencia de la pandemia. El virus consuma la desaparición de los rituales. No me cuesta imaginar que, después de la pandemia, los redescubramos.

P. ¿Cree que la pandemia constituye un hito histórico similar a la crisis de 2008, que se traducirá en transformaciones políticas de calado? ¿Qué tipo de cambios sociales cree que vamos a experimentar a raíz del coronavirus?
R. A consecuencia de la pandemia nos dirigimos a un régimen de vigilancia biopolítica. El virus ha dejado al descubierto un punto muy vulnerable del capitalismo. A lo mejor se impone la idea de que la biopolítica digital, que convierte al individuo y a su cuerpo en objeto de vigilancia, basta para hacer al capitalismo invulnerable al virus. Sin embargo, el régimen de vigilancia biopolítico significa el fin del liberalismo. En ese caso, el liberalismo no habrá sido más que un breve episodio. Pero yo no creo que la vigilancia biopolítica vaya a derrotar al virus. El patógeno será más fuerte. Según el paleontólogo Andrew Knoll, el ser humano es solamente la guinda de la evolución. El verdadero pastel se compone de bacterias y virus que amenazan con atravesar cualquier superficie frágil, e incluso reconquistarla, en cualquier momento. La pandemia es la consecuencia de la intervención brutal del ser humano en un delicado ecosistema. Los efectos del cambio climático serán más devastadores que la pandemia. La violencia que el ser humano ejerce contra la naturaleza se está volviendo contra él con más fuerza. En eso consiste la dialéctica del Antropoceno: en la llamada Era del Ser Humano, el ser humano está más amenazado que nunca.

Traducción de News Clips.

sábado, 14 de mayo de 2016

Manuel Arroyo Stephens: Franco acabó con el espíritu crítico español”. Ha publicado en español 'Contra los franceses. Libelo', que apareció en francés hace 40 años. Escritor, editor, su sarcasmo es suculento.

Un libelo en tiempos del tuit? Era la única forma que encontré de decir algunos disparates.

¿Y por qué tuvo esa necesidad? Por un rechazo hacia parte de la cultura francesa dominante desde la segunda Guerra Mundial que ha influido en España y en América Latina. Francia es uno de los cuatro pilares de la cultura europea… Y sin embargo lo que definió la imagen de Francia fue lo peor de la cultura francesa, la que se había desarrollado en el siglo XX a partir de la adopción de la charlatanería de Heidegger.

Esa cultura cae sobre su mazo en el libelo… No; es una caricatura de la cultura francesa que ha triunfado aquí. En España se lee todavía mucho a los charlatanes de la posguerra, como Althusser, Lacan... Para mí son charlatanes. En vez de aprender de Francia lo mejor de sus humanidades, en España y en América Latina ha triunfado esa parte nefasta.

¿Y para cuándo un libro a favor de los franceses? ¡Podría hacer otro contralibelo escribiendo sobre los autores que me fascinan! Flaubert, Pascal, Montaigne, Proust, los pintores del XVIII y XIX... Desde que muere Quevedo no hay poesía en España, hasta Rubén. Esas oleadas suceden, y así pasa en Francia. El milagro es que haya algo bueno, lo normal es que no haya nada.

¿Qué ha pasado para que un país que parecía rejuvenecer después de Franco vive esa sensación de nada? Franco mató la inteligencia española, el espíritu crítico, consiguió dotarnos de una mentalidad de cuartel y sacristía, como denunció Unamuno. De esa mentalidad es muy difícil librarse… El canon de la posguerra lo marcó Cela: una vuelta al casticismo más rancio, en contraste con Chaves Nogales, al que ahora se redescubre. ¡A Lorca lo asesinan con 38 años! Para mi es el símbolo de cómo se mató a esa España que había renacido desde Rubén.

Hay otra matanza previa, la retrata Goya y usted la saca en su libro como si se fusilara el 2 de mayo a la pintura francesa… Lo que se fusila es al liberalismo español, al pensamiento crítico español, a la libertad de pensamiento, una labor que había empezado en el siglo XVI la Santa Inquisición y que fue constante e implacable durante siglos.

¿Eso se ha impregnado en nuestra mentalidad? Eso crea una mentalidad. La veo en las actitudes que tienen los españoles ante casi todo. Es asombroso que los votantes españoles voten siempre a los chulos y a los corruptos. Es parte de la mentalidad del franquismo porque la gente lo único que quiere es seguridad, una seguridad frágil, falsa. No lo entiendo.

¿Qué le produce esta situación? Rabia y tristeza. Me produce rabia por lo que hemos vivido desde la Transición, esa trampa: hemos creado un Estado inviable, carísimo y muy corrupto. No se ha perdido una década, se ha perdido un siglo.

Dice que Francia tiene cosas que le encantan. ¿Entonces por qué un libelo? En el fondo era un sarcasmo sobre el complejo de inferioridad de los españoles. Es un complejo con causa, pero ese sarcasmo no lo ha visto casi nadie, quizá por mi culpa.

¿Cuál es la causa del complejo? La historia de España en los últimos cuatro siglos. Felipe II hizo todo mal y le salió todo mal. ¿Por qué en España fray Luis fue a la cárcel o asesinaron a Lorca? Porque había una mentalidad envidiosa, de odio a la inteligencia. El grito más expresivo de la cultura española sigue siendo el de Millán Astray: “¡Muera la inteligencia!”

¿Siente que ha sido injusto con Francia? Claro que he sido injusto con Francia. ¿Cómo no va a ser injusto un libelo?... Claro que admiro a Francia, ¡cómo no voy a admirarla! Una cosa es que sea libelista y otra que sea idiota.

http://cultura.elpais.com/cultura/2016/04/29/actualidad/1461921889_336707.html